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Historia 187766 — capítulo 3
Los Prefectos no entendían porque tenían que trabajar todos esa noche, era el turno de los de Hufflepuff y Gryffindor, pero también los Prefectos de Ravenclaw y Slytherin se encontraban merodeando los pasillos de Hogwarts. Todos tenían la misma misión, si encontraban a uno de los Merodeadores II fuera de la cama, a su Sala Común, o cualquier otra persona. Y McGonagall les dijo a Rose y a Scorpius que mantengan a cualquier persona o fantasma alejados del pasillo que llevaban a las habitaciones adicionales. La directora había decidido llevar a la segunda generación allí a las doce de la madrugada. Ordenó que todos estuvieran juntos y que si escuchaban un sólo sonido, se escondan. Ellos ya pensaban que eran prófugos de la justicia por como los trataba. Pero tenían que admitir que deseaban cruzarse con alguien, más específicamente, sus hijos del futuro. El viaje fue algo difícil, ya que siempre escuchaban los pasos de los Prefectos o del conserje, hasta se habían salvado por un pelo de que algunos fantasmas los descubrieran. En el lugar había dos habitaciones grandes, con camas individuales suficientes para cada uno. Las chicas dormían en una habitación y los chicos en otra. Pero antes de que McGonagall pudiera retirarse, Ron se empezó a quejar de que no había comido nada hace ocho horas y moría de hambre, y a él, se le sumaron más gente. Finalmente, ella llamó a los elfos domésticos para que le trajeran algo de comida, Hermione estaba apunto de decir algo a favor de ellos, cuando vieron que la directora le entrega once Sickles y dos Knuts. —Lamento hacerlos trabajar después de su horario de trabajo. Tanto Hermione como los demas estaban confundidos, los elfos domésticos no tenían horarios de trabajo, ni tampoco se les pagaba por traer comida a los magos y brujas. —No se preocupe, profesora, esto lo compensa —y con un chasquido, los tres elfos desaparecieron. —¿Por qué le ha dado dinero? —preguntó Draco, pues él nunca en toda su vida le ha dado un sólo Knuts a sus elfos, y mirar que él a veces lo llamaba a la madrugada. —La antigua Jefa del Departamento del Control y Regulación de Criaturas Mágicas logró que los elfos domésticos consigan un salario digno, hora de trabajo y que sean tratados de la misma forma que los magos. A Hermione no le hizo falta ni dos segundos para saber que ella era quien hizo aquellos, como los demas, pues lo que dijo la profesora era las intenciones de P.E.D.D.O, el nombre de la organización fundada por ella. Y se alegraba de saber que al fin lo había conseguido. —¡Serás Jefa del Departamento de Control y Regulación de Criaturas Mágicas! —exclamaron Ginny y Luna, yendo a festejar con su amiga, que desbordaba de felicidad. —¿Cómo que antigua? ¿Ahora de qué trabaja?... —preguntó Harry—. ¿O de qué trabaja su yo de este tiempo? —Secreto, señor Potter. Coman y luego a la cama. Ahora, si tienen hambre o cualquier cosa, tendrán que esperar que yo les traiga comida, al menos que ustedes tengan once Sickles y dos Knuts para entregarle a los elfos. Draco, Pansy, Blaise y Lavender le lanzaron una mirara de molestia a Hermione, pero eso era lo último que a ella le importaba. —Buenas noches. Y cada quien fue a su habitación, pero, mientras estaban acostados en sus camas, mirando a la pared como si fuera la cosa más importante de todo, se preguntaban que había afuera de aquella sala. Trataban de visualizar como serían sus hijos, combinados con la persona de la cual ahora gustaban, o imaginárselo como ellos mismos. Se preguntaban, también, porqué Hogwarts estaba tan distinto en ese año y no era para nada parecido a su época, ademas de porqué Dumbledore y Snape estaban muertos. Preguntas de qué trabajarían, dónde vivirían, con quién se casarían y cuántos hijos tendrían pasaban por la cabeza de cada uno. Algunos se ilusionaban con pensar que serían la persona que amaban, otros se decepcionaban al pensar que no estarían con la persona que anhelaba. Los alumnos del Hogwarts pasado durmieron con infinidades de preguntas que ni siquiera un Ravenclaw hubiera podido resolver sin que alguien se lo diga.
Mejor que mañana les otorgue a cada Casa cincuenta puntos como mínimo, porque no podía ser que manden a los ochos Prefectos a merodear por la zona y, de un momento a otro, que los manden a sus respectivas Salas Comunes. Sólo que no es lógico, ¿para que mandó a todos los Prefectos a hacer guardia por los pasillos y, sin cumplir al menos una hora, ya les dice que regresen a sus dormitorios? Al día siguiente, Minerva McGonagall tendría que contestar muchas preguntas. Scorpius, por mucho que sabía que la directoria hizo eso para que no descubrieran a la segunda generación, estaba molesto. Desaprovechó horas de sueño sólo para vigilar, sin contar que al final los desvolvieron. En resumen: fue tiempo perdido. La molestia se le había ido por un tiempo cuando acompañó a su novia a la Torre de Gryffindor, pero a la hora de volver a las mazmorras, su malhumor había regresado. Aunque mejoró un poco cuando subió a la habitación de los chicos de quinto año, donde su mejor amigo lo esperaba para que le cuente de todo, pues él, desde ahí, estaba vigilando todo con el Mapa del Merodeador, que su hermano le prestó ese día. Y sería mejor que lo conservara hasta que los invitados se vayan, si no quería que los viera en el mapa. Con lujo de detalles, le contó a Albus sobre lo que pasó en los pasillo, sobre como a veces estuvieron a punto de tropezarse con ellos y por eso tenían que correr para que no los viera, como tenían que tratar de alejar a los fantasmas y a los demas Prefectos de ellos. Claramente no mencionó cuando él y Rose se besaban. —¿Por qué será que han venido? —Y cómo llegaron —puntualizó Albus. Ambos estaban sentados en la cama del heredo de los Malfoy, comiendo los dulces que les quedaba del paseo a Hogsmeade a la mañana—. Digo, que yo sepa, la única cosa que los puede hacer viajar en el tiempo es un Giratiempo. Aunque, esas cosas, como dijo Rose, sólo viajan hasta el inicio del día y viajan al pasado —remarcó la última palabra—, no al futuro. Y la tía Hermione era la única que tenían ese objeto antes de que se lo devolviera al Ministerio. —Y eso deja que sea más difícil saber cómo viajaron. Esa historia de que apareció una luz blanca en la punta de sus varitas es muy extraña. ¿Crees que le diga al Ministerio de Magia? Albus tragó antes de contestar. —Ni la menor idea. Me gustaría ver la cara de papá al ver su yo del pasado. —A mi me gustaría ver la cara de yo pasado de mi padre al enterarse que se casa con una una bruja que no sigue la supremacía de la sangre —los amigos rieron en voz baja, pues sus otros compañeros estaban durmiendo—. Y también la cara de esa Parkinson al ver que su dragoncito—repitió con voz femenina. Su tía le había dicho que así lo llamaba a su padre— no se casa con ella. —Mi padre, creo, gusta ahora de mi madre, así que no será difícil de que estén juntos. Eso si, por lo que me contó papá, el tío Ron aceptó sin rechistar la relación, pero yo no sé si hará lo mismo ahora. —No te preocupes, como buen amigo, me presentaré frente a él, diciéndole que soy novio de su futura hija. El tiempo que tarde en tratar de matarme, Harry podrá escapar. Rieron, luego se apretaron las manos, antes de que Albus volviera a su cama, así relajarse después de un largo día. ¿Y quién sabe?, quizá sea sólo un sueño y cuando se despierte, tanto su prima como amigo lo tomaran de loco al soñar una cosa así, argumentándole que era realmente absurdo que personas del pasado viajen del futuro, sin explicación alguna. Si, eso sucedería, si fuera un sueño.
Suponía que eran las tres de la mañana cuando Ginny Weasley la despertó. Para ser sincera, al levantarse en una cama que no era suya, en una habitación que no reconocía, con, aparte de Lavender, compañeras de habitación que no eran suyas, sintió miedo, hasta que recordó que habían viajado al tiempo quién sabe cómo y porqué y que se encontraba en la sala que la nueva directora del colegio Hogwarts de Magia y Hechicería la había traído a ella y a los demas alumnos que también habían viajado. Frunció el ceño al escuchar que su amiga quería dar una vuelta por ahí. ¿Es qué ella se había olvidado que estaban en un lugar que era y no era el suyo? ¿Qué se podían encontrar con cualquier cosa ahí afuera? ¿Y si cambian el futuro? De tantas veces que McGonagall lo había repetido, hizo que el miedo de que eso pasara se adentrada dentro de ella. Pero Hermione tenía que acordarse que los Weasley no eran personas que aceptaban un no como respuesta, ellos eran demasiado tercos cuando se lo proponían. Ella había tenido una prueba viviente de eso, su antiguo mejor amigo, del cual estuvo pensando mucho antes de dormir. ¿Y si él terminaba con Lavender y tenían hijos? ¿Ella cómo se sentiría? Mal, por supuesto. Horrible. Aunque no lo admitirá en voz alta, al ver los ojos azules de la chica que era parecida a ella de la Torre de Astronomía, le recordaron mucho a los ojos de él. Nadie podía imaginar la felicidad que sintió cuando pensó que, quizá, acabarían juntos, pero, dos segundos más tarde, se dio cuenta que eso no pasaría. Ron se había distanciado de ella quién sabe porqué, es más, ella creía que su relación, desde el principio de su sexto año, estaba mejorando. ¡Hasta tenía ganas de que fuera él el que la acompañé al Baile de Navidad del Club de las Eminencias! Pero, de un día para otro, dejó de hablarle, luego de tratarla fríamente por unos días. Había pasado noches en velas tratando de recordar algo que hizo mal, pero nunca lo encontró. Y, unas semanas después, él estaba saliendo con Lavender Brown. Alejó esos pensamientos de su cabeza ante de largarse a llorar, a la vez que se volvía a acostar, mientras que su amiga bufaba. —Por favor, Hermione. Será por poco tiempo, vamos, eres mi mejor amiga —puso cara de cachorro que siempre funcionaba con sus hermanos o sus padres. A Hermione esa cara le recordaba mucho a Ron, cuando ella se negaba a hacerle la tarea. Ron... Suspiró, tenía que sacárselo de la cabeza. —No, Ginny. Mira si nos encuentra alguien, ¿qué les vamos a decir? ¿Que viajamos en el tiempo por una luz blanca que salía de nuestras varitas? —Pues es eso lo que pasó. —No. —Hermione Jean Granger Park. —Mi segundo apellido no es Park. —Si, pero como no lo conozco, te invente uno —Hermione sonrió divertida por eso—. Ahora, por donde íbamos. Hermione Jean Granger Park, ahora mismo te levantas, o yo te lanzó la maldición Mocomurciélago, y acuérdate que por eso estoy en el Club de las Eminencias. Hermione suspiró frustrada, mientras se levantaba y tomaba la varita que había dejado en abajo de la almohada. En las habitaciones había piyamas para ellas, por eso es que ahora se tuvo que volver a poner su uniforme del colegio. Salieron de la habitación, procurando no despertar a las demas muchachas. Susurraron el encantamientos para encender sus varitas (¡Lumos!), descubriendo que no eran las únicas que pensaban en salir a dar un paseo. —¿Ustedes que hacen fuera de la cama? —¿Te crees Prefecto?... ¡No me mires así! Hermione es la única que es Prefecta de Gryffindor, tu no ayudas mucho, hermanito. Ron bufó, aunque sabía que era verdad. —Venga, vamos, suficientes las peleas de Ron y Hermione, para tener que aguantar las de los hermanos. El pelirrojo y la castaña se sonrojaron levemente con el comentario de Harry. Salieron de la sala, caminando juntos, así evitaban tener muchos problemas. En ese momento, el Niño Que Vivió se lamentaba seriamente no haber traído el Mapa del Merodeador o la Capa de Invisibilidad, pero también, que iba a saber él que ese día viajaría al futuro. Como la Torre de Astronomía, todo Hogwarts estaba cambiado. Había pasillos que tenían más cosas, diferente colores, otros tamaños y más que en su tiempo no tenían. Era como si hubieran destruido todo y lo hubieran reconstruido de nuevo para que a las generaciones futuras les fuera más lindo. Pero había algo que no encajaba, el colegio Hogwarts de Magia y Hechicería, desde su creación, nunca había cambiado, ¿por qué en el futuro si? Querían ir, primero, a la Sala de los Menesteres, así poder hablar en paz, acerca de toda esa locura que estaban viviendo, pero no se esperaban que, al llegar al séptimo pasillo, encontrarse con cuatro chico de, lo que suponían, un año más que ellos. Estaban de espaldas a la puerta que había desapareció un segundo después, habían estado allí. Se notaba que estaban tramando algo, pues hacían lo mismo que hacían Harry, Ron y Hermione cuando querían hacer algo para detener a Voldemort, pero estos cuatro chicos tenían una sonrisa entre divertida y maliciosa, como las de Fred y George cuando planeaban una broma para alguno de sus hermanos. Había un chico de cabello azabache desordenado, como si no se hubiese peinado en años, con ojos marrones que desprendían pura diversión y una sonrisa agradable en su rostro, era alto y vestía el típico uniforme de Gryffindor. A su derecha había un chico de unos pocos centímetros más alto que él, con cabello algo largo y pelirrojo, ojos azules que brillaban de emoción y una sonrisa divertida. También había dos gemelos, sólo que se notaba que uno era de Ravenclaw, mientras otro, como los otros dos, de Gryffindor, eran de cabello rubio platinado tirando para arriba, con ojos grises y una sonrisa traviesa en sus labios. Harry tragó en seco, ese chico se parecía en algo a él, excepto por esos ojos color chocolate, pero no era el único que estaba en shock, pues aquel pelirrojo era la copia idéntica de los gemelos Weasley, como el chico rubio de Luna, sólo que no con los mismo ojos. —¡Me tienen que ayudar, chicos! —Esta bien, pero no sé si funcionara. —¡Nunca digas eso! —saltó el pelirrojo—. ¡Los Merodeadores II siempre logran todo lo que se proponen! Así que ellos eran los famosos Merodeadores II, de los que tanto escucharon. Harry miró atentamente a los chicos, uno de ellos era su hijo. —Así que, Cornamenta, ten por seguro que tendrás a tu pelirroja. Mientras que en la cara del chico que, como recordaban, se llamaba James Sirius Potter II aparecía una sonrisa brillante, la cara de Harry Potter, como todo su cuerpo, estaba pálido al ver a su hijo por primera vez.