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Historia 187766 — capítulo 2

Minerva McGonagall paciencia no tenía, la había perdido toda en el momento que los primeros Merodeadores pusieron un pie en Hogwarts, terminando con la paz y tranquilidad del colegio, por eso en ese momento apretaba con fuerza los labios, clavando los dedos en su escritorio. Sus tres alumnos, a los que ella los llamaba el Trío de Plata en forma de cariño, habían salido, con dirección hacia el Gran Comedor, tratando de demostrar tranquilidad, como si nunca hubieran visto a sus padres hace unos minutos. Aunque a decir verdad, estaban algo preocupados, sobre todo Rose, los tres eran totalmente parecidos a sus padres, ¿y si se habían dado cuenta de algo? Seguramente ya sospechaban. Scorpius era la copia idéntica de Draco de pies a cabeza, como Albus y Harry, y Rose era fisicamente igual a su madre, aunque con los ojos de su padre, ¿se habrán dado cuenta de todos esos detalles? Pero por el hecho de saber que habían estado hace menos de una hora estaban en 1997 y ahora en 2022, en el despacho del que antes era de Albus Dumbledore y ahora de McGonagall, ademas de que se enteraron de qué su antiguo director había muerto, también su profesor de Pociones, no se habían puesto a pensar en las coincidencias físicas de aquellos chicos con ellos. Cansada de tal barullo que proporcionaban sus antiguos alumnos, McGonagall se paró, caminando hacia el retrato de Snape, que miraba a los chicos como molestia. Miró a la directora y frunció el ceño, haciéndole entender que no estaba para nada contento con lo que sucedía. —Esto es algo muy emocionante —opinó Dumbledore, que se encontraba en el retrato de su colega, desvolviendo un caramelo de limón de quién sabe de dónde lo sacó. —¿Emocionante? —repitió Snape, como si fuera la cosa más absurda que haya escuchado—. ¡Esto es un problema! ¡Antiguos alumnos han viajado dos décadas en el tiempo! ¡Esto fue seguramente cosa de Potter y sus amigos!

—¡Yo no hice nada! —se defendió Harry, que al igual que todos, estaba escuchando la conversación de los antiguos directores con la actual. Su profesor se llevó una mano a la cabeza. —¡No tu! No podemos hacer, profesora McGonagall, que ellos se encuentren con esta generación, se cambiarían las cosas. Ya es suficiente con que hayan visto a ese trío de problemáticos. ¿Por qué siempre pasan estas cosas cuando están ellos o los Merodeadores II? —Yo le contesto —dijo Dumbledore, situándose al lado de Snape—: aquellos chicos son hijos de los que más problemas causaron en el colegio hace un par de décadas —y para nadie pasó desapercibido que miraba directamente a Harry, Ron y Hermione; los tres se sonrojaron, aunque tenían curiosidad por saber cómo eran sus hijos. McGonagall suspiró, luego volvió a sentarse en su sillón, mirando fijamente a los chicos, como si ellos pudieran decirle que hacían allí. Pero ellos se sentaron en el suelo, mirando hacia su al rededor, descubriendo que el despacho era mucho más grande que antes, las paredes eran de diferentes colores y había cosas que antes no estaban. Ese año era tan extraño para ellos. Tanto los chicos como las chicas le preguntaban cosas a la directora, por ejemplo: "¿En que trabajo?","¿Cuánto hijos tengo?","¿Con quién me casó?","¿Por qué Dumbledore y Snape están muertos?",*"¿Qué son el Trío de Plata y los Merodeadores II?"y"¿Quiénes eran esos tres chicos?"*Pero a todas esas preguntas McGonagall respondía con un "No diré nada. Podría perjudicar el futuro". Harry, Hermione, Ginny, Neville y Luna estaban hablando entre ellos aleados de los demas, Ron quería estar cerca de ellos, sobre todo de su antigua, que ahora estaba más enojada con él, pero Lavender lo tenía sujetado fuertemente del brazo, pues había notado los celos de su novio hacia Granger. Draco, Pansy y Blaise estaban murmurando en contra de cualquier ser viviente del planeta y Theo, Daphne y Astoria comentaba lo emocionante y misterioso que era todo eso. Hannah estaba sentada en el suelo, tratando de no estallar por los comentarios de Cormac. Eso si, todos se preguntaban porqué estaban ahí. —Será mejor que vayan a la Sala de los Menesteres, a descansar —dijo McGonagall, luego de un largo silencio. Se levantó, caminando hasta la puerta, pero a centímetros del pomo, se detuvo, bajó la cabeza, suspirando—. No, ahí no pueden ir. Ellos siempre están ahí. —¿Quiénes son Ellos? —preguntaron. —Nada de preguntas —sentenció y caminó hacia el retrato de Snape—. ¿En dónde pueden quedarse, que no sea la Sala de los Menesteres o las Salas Comunes? —¿Quizá donde alojamos a los estudiantes de Beauxbatons y Durmstrang cuando se hace el Torneo de los Tres Magos? —preguntó Dumbledore. —Si, ahí puede ser, ¿pero cómo los llevamos sin que nadie note sus parecencias? —Ahí tenemos un problema. La segunda generación ya estaban garantizando que dormirían en el despacho de la directora.

Mientras que Rose tenía Herbología con los Ravenclaws, Albus y Scorpius tenían Pociones con los Hufflepuffs. Por mucho que hubieran pasado cinco años, los alumnos seguían mirando sorprendidos a los dos amigos, pues nunca nadie imaginó que un Potter y un Malfoy pudieran ser amigos, sobre todo que el primero quede en la Casa de las Serpientes. Pero aún así, los dos seguían siendo mejores amigos y ahora eran familia, pues Scorpius andaba con su prima, a la que la consideraba como una hermana. —Si le digo a Ronald Weasley que estoy saliendo con su hija, ¿cómo crees que reaccione ahora? —le preguntó el rubio, en un susurro para que el profesor Ernie Macmillan no lo escuche. —Te lanzaría un Avada Kedavra —le dijo, sinceramente—. O a tu padre. Eso si, si no se entera que soy hijo de su hermana y mejor amigo, porque sino se lo lanza antes a mi padre. —No si si mi suegra logra evitarlo —ambos se miraron, antes de soltar una fuerte carcajada, haciendo que sean el centro de atención. —Señor Potter, Señor Malfoy, ¿algo qué quieran compartir en clase? —les dijo el profesor—. Presten atención, son métodos que necesitaran para dar sus TIMOs. Ambos asintieron continuaron escribiendo lo que dictaba el profesor, aunque sus mentes estaban muy lejos de allí, justo en el despacho de la directora. Ellos se querían quedar a saber lo qué pasaba, pero Rose nos los dejó por dos motivos; primero, podrían revelar de quiénes son hijos, aunque seguramente algunos sospechaban quiénes eran los padres; segundo, tenían clases. Cuando terminaron con su clase, fueron hasta el salón de Historia de la Magia, su última clase del día, que compartían con los Gryffindors. Scorpius saludó a su novia con un beso cuando la hallaron, Albus miró hacia otro lado, una cosa que haya aceptado la relación, otra muy diferente de que le gustase ver a los dos besarse. Muchos alumnos de Gryffindor y Slytherin todavía no aceptaban su relación, aunque a algunos, sobre todo chicas, le gustaba porque era más o menos un amor prohibido. Por mucho que a la castaña no le gustara aquello, mantuvo su concentración en la conversación de ella y los chicos sobre sus padres amigos, ya que sus demas compañeros se habían quedado dormidos y el profesor Binns no se daba cuenta de nada, podían hablar con tranquilidad. —Si James, Fred, Lysander y Lorcan se enteran de esto, si es que ellos mismo no los trajeron, habrá un problema —apuntó Albus. —¿Y cómo hará la profesora para que nadie los vea? —Ni la menor idea. Debe de estar sumamente preocupada, nunca, en toda la historia de Hogwarts, pasó algo así. —Si. A mi se me hace raro ver a mi padre con dieciséis años. Digo, yo tengo quince y él un año más, es como si me hubiera tenido cuando era bebé —dijo Scorpius, con cara de repulsión—. Ademas, esa Parkinson esta detrás de mi padre. —¿Y yo? Mi madre esta saliendo con Dean Thomas. —Pero el señor Thomas no vino, en cambio yo voy a tener que aguantar que esa rubia teñida bese a mi padre. —¿Le dirá los otros Prefectos? —A lo sumo le dirá a los demas profesores, no creo que se lo digan a los demas Prefectos. Albus y Scorpius se quedaron conformes con la respuesta de Rose, bostezaron y se acomodaron para dormir, bajó la enojada mirara de ella, aunque al final ellos cayeron en los brazos de Morfeo. Bufó y prestó atención al profesor, pero se le hizo muy difícil, en su mente pasaba una y mil ideas de cómo la generación anterior llegó a la suya. Quizá podía mandarle lechuza a su madre, preguntándole, pero temía que sus padres vengan personalmente a Hogwarts y se armé un escándalo, por eso decidió callarse, seguramente McGonagall lo tenía todo arreglado.

—¡Suficiente! ¡No quiero que sigan hablando, o le quitaré puntos a sus Casas! —Snape y Dumbledore levantaron una ceja—. Bueno, me olvidé que no están en su tiempo. ¡Pero mejor que sigan callados! Los chicos cruzaron los brazos, molestos, por no tener ni una respuesta a sus preguntas. McGonagall se volvió a sentar en su sillón, cansada de eso, tratando de encontrar la forma de mandarlos a su año, pues ya tenía suficiente con los dos grupos de bromista como para aguantar nuevamente a los alumnos que tuvo por siete años. Se quedaron en silencio por unos minutos, hasta que tocaron la puerta. Distraída, la profesora dijo adelante, sin saber las consecuencias que traería aquello. Un hombre de menos de cuarenta y cinco años, pero con un increíble físico, entró al despacho, con su típica sonrisa. Él era alto, con cabello corto y moreno, ojos castaños y con cara que transmitía madurez. Se sentó en el sillón en frente de la directora, sin notar la presencia de la segunda generación, mucho menos sus caras de sorpresa e incredulidad, pues aquel hombre no era nadie más ni nadie menos que Neville Longbottom. —Minerva, ¿cómo esta? Buenas tarde, Albus, Severus —los dos directores lo saludaron con asentimiento de cabeza—. Me ha llegado una carta de Hogsmeade, preguntando si este año también celebraremos Halloween en el pueblo. ¿Qué le digo? —Que... —¿Festejan Halloween en Hogsmeade? —preguntó Harry, confundido. Neville de aquella época lo miró. —Claro, Harry. Si tu asiste algunas ve..... ¡¿Por qué esta como si tuviera quince años?! ¡¿Y por qué los demas también?! —Larga historia, Neville —le dijo McGonagall—. El Trío de Plata los encontró en la Torre de Astronomía y los trajeron hacia acá; por lo que sé, el señor Weasley y la señorita Granger —dijo, poniendo énfasis en el apellido para que el profesor noté que no podía decir su nuevo apellido. Neville asintió— estaban discutiendo... —No extraña —murmuró por lo bajo. —... y luego de aquello, una luz blanca apareció en las varitas de ellos y dicen que se desmayaron y cuando despertaron, aparecieron aquí. —Muy extraño, Minerva. Muy extraño. Y ademas de Rose, Albus y Scorpius, ¿quién más sabe de esto? —Nadie más. Hágame el favor de avisarle a los demas profesores, pero sea cauteloso, nadie más se puede enterar de esto, sobre todo los Merodeadores II. Y sobre la fiesta, si, dígale que celebraremos la fiesta en Hogsmeade. Él asintió y se levantó, para poder hacer lo que le dijo, pero no quitó la vista de su yo del pasado hasta que salió del despacho. Si antes estaban confundidos, ahora lo estaban el doble. Si Neville estaba ahí, significaba que trabaja allí, ¿pero de qué? Y si le fue a avisar algo a la directora, ademas de que tiene que avisar algo importante porque lo dijo ella, ¿es por qué es subdirector? Neville no podía caber de alegría al pensar aquello. Con una mirara bastó para que nadie haga ni una pregunta. Pasaron más minutos antes de que vuelvan a tocar la puerta, pero esta vez, más concentrada, preguntó quién era. Al oír el motivo por el cual Filius Flitwick estaba ahí, McGonagall cerró los ojos con fuerza, ¿en serio todos estaban en contra de qué la segunda generación averiguara su futuro? —¡Pero nosotros no hicimos nada! —¡Fueron los estúpidos de Zabini y McLaggen! Cormac y Blaise se quedaron paralizados al oír sus apellidos, asumiendo que ahí había descendientes suyos. —Filius, este no es un buen momento —dijo la directora, todavía sentada en el sillón—. Lleve a los chicos afuera. —¡¿Qué?! —cuatro voces exclamaron aquello—.Minnie, ¿esta bien? ¿Necesita ayuda? ¿Quiere que traigamos algo para tomar? ¿Le duele la cabeza? ¡Ya mismo llamaremos a la profesora Pomfrey! —McGonagall sonrió ante la preocupación de los chicos. —Señores, estoy bien, sólo que no es momento para atenderlos. —¿Qué nos esta ocultando? —preguntó alguien, lo que le siguió fueron golpes en la puerta y la voz del profesor tratando de callarlo—. ¡¿Qué nos ocultas, Minnie?! —No es de su incumbencia

—¡Pues como que me llamo James Sirius Potter II, fundador y líder de los Merodeadores II, voy a averiguar que esta escondiendo! —¡Así se habla, Cornamenta! Después de eso, se escucharon pasos alejándose, pero era demasiado tarde. Tanto Ron como Hermione trataban de sacar a Harry de su shock, ya que al oír el nombre del chico, su apodo y lo que era, no tardó en darse cuenta que era su hijo. Sus ojos se cristalizaron, había llamado a su hijo como su padre y su padrinos, dos hombres muy importantes para su vida. Y eso lo dejo pensando en algo, si él tenía hijo, significaba que no había muerto y que, tal vez, Voldemort había muerto, finalizando la guerra. Las miraras estaban puestas en El-Niño-Que-Vivió, por eso nadie notó que Ginny Weasley estaba alejada de ellos, llorando en silencio. Se sentía estúpida, ella estaba con Dean Thomas, un chico que la trataba como si fuera ella quien ponía las estrellas en el cielo, que la trataba como si de una princesa se tratara y ella... ella estaba llorando por saber que su amor platónico iba a formar una familia sin ella. Se limpió las lagrimas rápidamente al notar que Hermione la miraba, le sonrió tristemente ante de acercarse a ella. La abrazó, sabiendo lo duró que era ese momento para su amiga. Ginny había estado enamorada de Harry desde el primer momento en lo que lo vio, pero ahora sabía que no podía esperar un futuro con él, que ellos dos nunca estarían juntos. Pero aún así, seguía doliendo, había aceptado la idea de su amiga de empezar a salir con otros chicos para olvidarse de él, pero era imposible. Harry Potter era, es y será el dueño de su corazón, sin importar qué. —No puedo creerlo —dijo él, luego de un largo momento—. ¡Estoy vivo! —exclamó contento. Agarró a su amigo por los hombros y lo zarandeó—. ¡No moriré, Ron! ¡No lo haré! —Eso ya lo sabía. Tu eras él único idiota que lo creía —le dijo, feliz. —¡Tengo un hijo! ¡Tengo un hijo! —festejó, haciendo el típico baile de felicidad de los muggle, bajo la divertida mirara de todos los que se encontraban allá. —Lamento interrumpir tan memorable momento —dijo Dumbledore, ahora si en su cuadro—, pero, Minerva, ya has pensado cómo llevarlos hacia los cuarto sin que nadies los descubra. En esos momentos, ella hubiera preferido que Dumbledore siguiera siendo director, pues eso era bastante complicado, sobre todo ahora que los Merodeadores II se comprometieron a descubrir lo que ocultaba. Se llevó las manos a la cara, definitivamente sería una larga semana. Aunque, ¿qué le garantizaba que fuera sólo una semana?