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Hija de las llamas — capítulo 4

Salgo del vestuario con la ropa que Roxanne me ha traído. He de admitir que me sienta bien. Sabía que mi pelo era de un rojo muy intenso, pero no pensaba que el único modo de conseguir ese tono era con tinte rojo. Roxanne me mira con los ojos como platos y seguidamente aplaude emocionada.-Oh, por favor, te queda de maravilla.- Las palabras le salen todas de golpe, atropellándose unas con las otras.

-¿Me lo puedo llevar puesto?- pregunto inocentemente.

-Pues claro, ven a la caja.- No puedo evitar soltar una risita. He vivido toda mi vida en una caja de metal enorme y ahora me quieren meter en otra. Que cosas más extrañas tiene mi vida.

-¿Me vas a empaquetar?

La cara de la dependienta forma una sonrisa preciosa y se echa a reír a carcajadas. Me paro a pensar en lo que he dicho. No se que le hace tanta gracia, ha sido ella la que ha dicho que me acercara a la caja.

-Podría enviarte a una pasarela de moda, te cogerían como modelo seguro. De momento solo voy a cobrarte la ropa.

Entonces caigo en la cuenta. La caja registradora. Solo va a cobrarme la ropa que llevo puesta, nada más. Debe pensar que soy tonta o algo por el estilo. Seguro.

Roxanne va marcando números hasta que suena un pitido de la máquina oxidada. La caja es vieja, chirría y hace un ruido espantoso cada vez que se marca una tecla.

-Chatarra estúpida...- oigo susurrar a Roxanne.

Poco a poco en la cara de la ''experta'' se forma una sonrisita, diciéndome que ya vuelve a funcionar la máquina.

-Los pantalones y la camiseta son 18.95 $.

-Entendido.- Me miro de arriba a abajo y me doy cuenta de que no llevo zapatos. Roxanne se da cuenta y se aleja.

Al cabo de unos minutos vuelve con unas zapatillas blancas en las manos.

-Estas eran mis converse favoritas, ahora me van pequeñas pero tu pie parece más pequeño que el mío. Pruébatelas.

Sin rechistar me las pongo cuidadosamente. Me van un poco grandes, pero, de repente noto como mis pies se estiran un poco para llenar la suela de los zapatos.

Sorprendida, tropiezo con mis propios pies y noto como se vuelven a encoger.

-¿Qué tal?

-Bien. ¿Cuánto cuestan?

-Son un regalo de mi parte.

-Gracias.

Me parece un detalle precioso que Roxanne me regale sus viejas zapatillas nuevas. Son muy bonitas, y sirven tanto para correr como para ir un poco más arreglada. Saco el dinero del bolsillo del vestido que me acabo de quitar y le entrego a la encargada 20 dólares.

-Quédate el cambio.

-Vuelve pronto.

Dicho esto, salgo de la tienda, pero al segundo vuelvo a entrar. Me acabo de acordar de algo importante. Saco el papel con la dirección, y con una caligrafía excelente hay escrito un nombre.

Healy.

Ese nombre hace que algún engranaje en mi cabeza se mueva, y un recuerdo me asalta.

Una niña pequeña está corriendo por un bosque nevado. La reconozco enseguida. Esa cabellera roja es muy familiar.

A pesar de sus pequeños pies, corre ágilmente y salta los troncos con mucha gracia. Se para de golpe. Empieza a correr en la otra dirección, hacia un cervatillo herido. Cuando el animal reconoce a la pequeñaja, levanta la cabeza. Mi yo en miniatura le coloca las manos sobre la herida rápidamente.

El cervatillo ruje de dolor, le estoy quemando, pero, en pocos segundos la herida ha desaparecido.

-Ves, te dije que confiaras en mi.- Le dice la niña al pequeño ciervo.

Estoy mareada y confusa, no sé de donde saco las ganas para preguntarle a Roxanne:

-¿Me puedes decir qué es Healy?

-Claro- responde mientras escribe en el ordenador.

-Aquí está...- dice pensativa- Healy es un pueblecito de unos 1.000 habitantes en Alaska, cerca de Denali.

-Gracias- digo mientras salgo corriendo de la tienda.

En mi recuerdo estaba en la Reserva de Denali, estoy segura. Decidido, me voy a Healy.