Tituladas 15.1% · 30,063 de 199,415 descubiertas
Rescatado 23.3% · 21,950 de 94,296 páginas identificadas · 21,944/22,652 caps con texto ☕ Invitanos un café

← Hija de las llamas · de

Hija de las llamas — capítulo 3

Sigo sin saber el nombre del pueblo en el que me encuentro. Llevo vagabundeando por las calles más de media hora sin atreverme a hablar con nadie. Allí donde voy, todos me miran. Supongo que tengo razón; debo ser diferente. Igual tengo la cara azul, o las mejillas verdes, incluso puede que los ojos en la barbilla. Tengo que buscar algún sitio donde mirarme la cara, me da mucha vergüenza que todos me miren. Paso por delante de una pequeña tienda de ropa llamada Sonia's shop. Me entra la curiosidad por ver que ropa se lleva aquí. Voy vestida con un vestido blanco de tirantes gruesos que me va bastante corto. No he pensado en mi vestimenta a la hora de escaparme, por no mencionar que voy descalza.

El escaparate está lleno de blusas de manga corta y shorts. Me he pasado un poco cogiendo el dinero. Al salir de mi cárcel personal he robado todo el dinero que he podido, unos trecientos dólares en total si sumo los cinco dólares que me daban cada año. Una camiseta, unos pantalones y unos zapatos me costarían unos treinta dólares. Creo que es una inversión que valdría la pena.

Entro en la tienda con todo el dinero metido en el bolsillo interior de mi vestido, formando un bulto a la altura de mis caderas.

La tienda es preciosa. Está decorada en blanco y negro, con unos armarios rojos en cada esquina.

-Hola, ¿Puedo ayudarte?- Una chica rubia de unos veinte años se acerca a mi. Tiene unos profundos ojos marrones, brillantes y cautelosos. Me regala una preciosa sonrisa, mostrándome sus relucientes dientes blancos. De repente me noto cohibida ante una chica tan guapa. Me la quedo mirando de arriba a abajo. Va vestida muy simple, con unos vaqueros desgastados, una camisa azul y plateada y unas botas negras. Sencilla pero preciosa.

Me debo de haber quedado con la boca abierta, porque suelta una risa nerviosa y me pregunta:

-¿Estás bien?

Sí, me encuentro de maravilla, solo que al ver tu cara me he quedado con la boca abierta

-Sí.

-¿Te puedo ayudar en algo?- No puedo evitar ver lo incómoda que está, por lo menos el sentimiento es mutuo.

-Sí, buscaba algo de ropa... cómoda.- Espero que me entienda sin que le tenga que dar muchos detalles. Nunca he mantenido con nadie una conversación de más de tres palabras. Normalmente solo me hablaban a la hora de traerme algo, si es que me hablaban.

''Ten''

''Gracias''

Noto una punzada de dolor al recordar los odiosos primeros quince años de mi vida.

-¿Qué te parece esto?- Me pregunta mostrándome unos tejanos y un jersey de lana.

-¿Tienes algo de verano?- No sé porque al preguntarle eso me noto la persona más tonta de todo el planeta.

-Bueno... Estamos a finales de enero, pero puedo mirar en el almacén; con suerte encontraré algo.

-Gracias.- Y otra vez esa maldita sensación.

Pasan los minutos y (según pone en su etiqueta) Roxanne sale de la sala en la que ha entrado. Consigo trae unos shorts negros y una camiseta blanca de manga corta.

-He encontrado esto y una camiseta de tirantes corta, pero he pensado que esto te quedaría mejor. Allí están los probadores, el primero es más grande.

-Gracias. Otra vez.

Camino a los probadores. A diferencia de la tienda, estos son de color amarillo, para que resalten. Abro la puerta del primer probador, el más grande. Me doy la vuelta, dispuesta a probarme la ropa cuando me veo. Un espejo.

Tengo la cara muy pálida, con las mejillas rosas. Los ojos son de un verde azulado muy profundo, que resaltan más gracias a mis largas pestañas negras. Mi boca es rosada, ni grande ni pequeña, perfecta, y mi nariz es del tamaño ideal para mi cara. Soy alta, y mi cuerpo tiene unas curvas perfectas. Mi pelo rojo como la sangre cae formando tirabuzones hasta la cintura.

La gente no me miraba porque fuera rara, me miraba porque soy hermosa.