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Hija de las llamas — capítulo 2

El prado verde que se extiende a mi alrededor es la prueba de que no pertenezco a nadie. Si formara parte de la vida de alguien no me habrían encerrado durante quince años en una habitación, o hubieran venido a atraparme cuando me he escapado.

Me gustaría poder llorar, poder desahogarme de todo lo que tengo acumulado en mi interior. No poder expresar mis sentimientos es otra cosa que odio de mi vida. De mi asquerosa vida.

Que recuerdo de mi infancia; nada. Solo unas frías paredes de metal que me separaban del mundo.

He aprendido a estar sola, a no hablar con nadie que no sea conmigo misma. En cierto modo me he atado con unas cadenas para no desatarme nunca.

Hace unos meses mis ''cuidadores'' me dieron un papel con una dirección y me dijeron que yo ya sabría cuando me tendría que ir allí. Supongo que se referían al día de hoy, ellos sabían que algún día me escaparía.

Me levanto de la hierba en la que estaba sentada. Mi pelo rojo ondea en el aire. Nunca he visto a otra chica en mi vida, no sé si soy guapa o no. Nunca me he visto en un espejo, no sé ni el color de mis ojos, no sé si tengo la cara pálida o la forma de mi nariz. ¿Y si soy diferente a las demás? Sabrán que soy rara, que no soy humana. Nunca me he parado a pensar eso.

Me aparto el pelo de la cara y decido emprender la búsqueda de la dirección del papel. A mi alrededor solo hay hierba y árboles y, si me fijo bien, unas montañas a lo lejos. Tengo la suerte de que no necesito comer y puedo estar meses sin dormir. Me gusta la sensación que tengo cuando duermo. Parece que esté en un mundo perfecto, sin preocupaciones y obligaciones.

Camino en dirección a las montañas, que están cubiertas por un manto blanco de nieve.

No me cuesta  nada llegar hasta un pequeño sendero cubierto de nieve situado en el valle de la primera montaña. Cuando piso la nieve con mis pies descalzos se derrite enseguida, cosa que me facilita las cosas durante todo el trayecto.

Veo animales y plantas que nunca había visto en mis libros de naturales. Es todo mucho más bonito de lo que me imaginaba. Directamente, lo que me imaginaba no era bonito para nada. El planeta que mi imaginación construía estaba predominado por el color rojo, la destrucción y el caos. La gente estaba siempre triste y lloraba por cualquier cosa. No existía la felicidad, toda la gente estaba como yo; encerrado dentro suyo.

Poco a poco el paisaje va cambiando. El camino ahora es de piedra y puedo ver un pueblecito a un quilómetro como máximo.

No sé adonde me dirijo, pero de todas formas, algo es algo.