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Los Merodeadores "Cambiando la Historia" — capítulo 1
Eran las 5 de la mañana y Annabelle no podía dormir, daba vueltas en su cama mirando hacia la ventana en la que ya se estaba empezando a reflejar la claridad, se quedó un rato viendo hacia el techo sin pensar nada en lo absoluto, únicamente sintiendo un poco el frio que ya comenzaba a incomodarle.
Se levantó, se colocó la ropa y bajó las escaleras. Nunca terminaría de acostumbrarse al horario de Londres, ese horario tan extraño que aún no comprendía, tan rígido y tan potencialmente arcaico que seguramente jamás terminaría gustándole. Se sentó en una de las sillas del comedor, aun un poco dormida tambaleándose mientras intentaba despertarse por completo. De pronto, sintió unos pasos tras ella sobresaltándole.
-Anna, ¿Qué haces despierta tan temprano? - Le preguntó una mujer de cabello canoso, que aun llevaba su camisón de dormir. Sus ojos eran de un azul intenso y se movía grácil hasta la estancia.
-No puedo conciliar el sueño abuela, este horario es tan… - dio un respingo y le miró algo cansada - simplemente no nos llevamos nada bien, es todo.
-Bueno… - comenzó aquella mujer mientras le daba una palmada en el hombro - estoy segura que eso se puede arreglar cariño, créeme pronto todo será mejor, quizás podamos volver más rápido de lo que crees a casa, tu casa.
-Ya no será lo mismo, además supongo que algún día me acostumbraré, no te preocupes.
Ambas se miraban con un deje de tristeza y compasión. La chica lo entendía y sabía que aquella mujer que ahora la cuidaba intentaba dar lo mejor de sí para que ella se sintiera a gusto, por su parte, la anciana comprendía que nunca podría componer los pedazos rotos de la vida de su nieta por más que se esforzara en ello.
- Anna, algún día tendrás que volver - la mujer se sentó a su lado y le acarició repetidamente su cabellera dorada - ya hace más de medio año que murieron…sé que no se pueden suplantar las cosas que viviste con ellos pero, estoy más que segura que ellos no habrían querido que los olvidases del todo. No puedes hacerte a la idea de que nunca existieron.
-¿Nunca te irás de mi lado, cierto? - preguntó con tono infantil. La mujer la miró y le sonrió por un momento - Ya es demasiado estar sin padres, quedarme sin ti, sería…
-Todos tenemos que irnos en algún momento, quizás no siempre de la manera que esperamos y muchas veces dejando asuntos sin concluir, pero te aseguro, que nunca estarás sola. Cariño, la vida tiene una manera singular de devolvernos las cosas que nos quita con el tiempo.
Annabelle solamente podía quedarse allí en silencio y contemplarla; seguramente muchos le dirían lo mucho que se parecía a ella aunque fuese mentira solo por reconfortarle, incluso ya en privado su abuela se reía de las ocurrencias de sus amistades en buscarles parecidos inverosímiles a ambas. "Te pareces muchísimo a tu madre, de eso no hay duda, pero tienes los hermosos ojos de mi Jonathan".
-Deberíamos desayunar jovencita, no esperarás ahí sentada, ¿o sí? - bromeó.
Mientras aquella mujer de cabellos blancos caminaba hacia la cocina, la chica no pudo evitar pensar en todos los artefactos extraños que se encontraban en aquella casa, quizás su abuelo, antes de morir también se había preguntado lo mismo, nunca lo sabría. Solo había escuchado de el en historias que su propio padre le contaba y en innumerables fotos que su abuela tenía junto a él en aquella casa.
"Elijah Morgensten y Agatha Lowood" rezaba una inscripción de una foto encima de la repisa de la chimenea, la reconocía muy bien, era la foto de la boda de ambos. La historia era muy curiosa, pues solamente habían estado allí los padres de su abuelo, jamás le había peguntado que había pasado con su familia, pero seguramente no sería el momento de preguntarle.
Sin duda, le causaba gracia que su abuela conservara un caldero como los de adornos para Halloween en su estancia, y sobretodo que tuviese pequeños frascos que parecían darle a la casa un aspecto un poco lúgubre y desprolijo.
-¡Oh! Veo que te gusta mi decoración - soltó mientras llevaba una bandeja en sus manos - tu abuelo siempre decía que tenía unos gustos algo excéntricos, pero estoy segura que no le molestaba, le causaba mucha gracia que los tuviese.
-Veo que aún tienes mis libros de Harry Potter - exclamó mientras señalaba a la biblioteca.
-Por supuesto querida, eran tus favoritos cada vez que venías, he de decirte que me fascina también…todo es tan controversial.
-¿Controversial dices?
- parecía algo contrariada, le causaba gracia la expresión de su abuela con respecto a aquella lectura y que además hubiese hojeado aquellos libros.
-Si cariño, es demasiado verdadero para una lectura común, y para alguien como yo que…- se detuvo y la miró algo desorientada - mejor deberías comer, solamente me fascina que te interese ese mundo tan maravilloso, estoy segura que ese Harry Potter ha de estar por la calles de Londres.
-Tienes una fabulosa imaginación abuela - dijo engullendo la primera tostada.
-¿Imaginación dices? - bufó y se sentó a su lado - no comprendo cómo no puedes creer en todas esas cosas, si puedes creer que tienes esa tostada en tu mano, puedes creer en eso.
Annabelle la miró de forma inquisitiva tomando un sorbo del jugo de naranja. Su abuela no parecía estar bromeando ni mucho menos diciéndolo con ese tono con el que suelen hablarles a los niños pequeños, además estaba segura que su abuela no trataba de convencerla, simplemente de una forma realmente sorprendente, estaba contrariada por el hecho de que su propia nieta no creyera en cuentos de magia.
-¿Quieres decir que la magia entonces realmente existe?
-¡Por supuesto querida! No son cuentos de niños, pero mejor…come tu tostada.
Los días pasaban y uno era igual al otro y al anterior, no había diferencia. No se imaginaba que estaría haciendo ahorita de haber estado con su familia, adoraba a su abuela, de eso no había duda pero de algo estaba ciertamente segura, y es que en esas circunstancias no parecía el mejor término de verano.
-Christine, acércate por favor - llamó la mujer desde una habitación contigua. La chica sonrió, su abuela tenía aquella extraña manía de llamarla por su segundo nombre y nunca por aquel con el que la habían registrado al nacer - Ya que has cumplido la edad que creo justa, y eres mi única heredera quiero que tengas conocimiento de mis posesiones.
-Abuela no creo que…
-Aquí están mis joyas
- siguió sin escuchar su queja - que espero en honor a mi memoria pasen a todas las generaciones de la familia que tendrás, esta es mi caja fuerte - señaló un retrato de un hombre de cabello oscuro - nunca he confiado en los bancos como tu abuelo, así que todos mis ahorros están aquí, puedes hacer todo lo que quieras cuando pasen a tus manos querida. Debes girar dos veces a la derecha, tres a la izquierda y dos más a la derecha. ¿Podrás recordarlo?
-No creo que sea necesario abuela yo…
-¿Podrás? - le interrumpió mirándola con aquellos ojos que centelleaban en su dirección.
-Dos a la derecha, tres a la izquierda, dos a la derecha, no creo necesario saber esto abuela.
-Saldré querida - continuó mientras se despedía de ella con un beso en la mejilla - volveré para la hora del té.
-Pero abuela… - la mujer le hizo un ademán con la mano y siguió su apresurado paso hasta la puerta.
Suspiró. Parecía que su abuela no le había escuchado a ninguna de sus réplicas y por supuesto se había ido dejándole con la palabra a pedir de boca. Se lanzó sobre uno de los sofás del antiguo despacho de su abuelo, y observó el retrato. Ciertamente era su abuelo cuando estaba mucho más joven, no podía negar que era realmente apuesto. Se dio cuenta de que había heredado el color de sus ojos al igual que su padre, pero a diferencia de él, el cabello del hombre del retrato se veía mucho más largo, casi hasta los hombros.
"Podría decir que hasta es Sirius Black" bromeó para sí Annabelle mientras se imaginaba una escena en la que ese personaje de sus libros y su abuela se conocían. "No se ven tan diferentes como los imagino, solo que el abuelo no tiene ojos grises".
Cabeceó y se levantó camino a su habitación, la verdad no había mucho que hacer en aquella ciudad, y más cuando no podía andar sola y sin compañía. Aún pensaba en sus padres y en su pequeño hermano, no paraba de verlos en sueños y despertar sobresaltada a mitad de la noche. Recordaba una y otra vez el accidente y se preguntaba cómo había salido casi ilesa de aquel desastre, casi no recordaba nada de aquella noche, y no tenía la certeza de querer hacerlo realmente.
Las cosas parecían estar mejor cada día que pasaba y seguramente había retomado gracias a la insistencia de su abuela el hábito por la lectura, y por supuesto el primer libro que le había dejado en la cama para comenzar había sido uno de aquel mago de lentes que había derrotado al perverso Voldemort. Ya casi, según parecía, se había acostumbrado a ese tedioso horario y su hábito alimenticio había regresado.
Una tarde, a la hora del té escuchó un ruido estruendoso mientras terminaba de ordenar su ropa, bajó rápidamente las escaleras y encontró a su abuela tendida en el piso respirando entrecortadamente, Annabelle se lanzó rápidamente junto a ella sin saber qué hacer, sostuvo su cabeza apoyándola en su regazo.
-Estaré bien… - intentó calmarle la mujer mientas le tomaba la mano fuertemente.
Sin saber detenerlo, comenzó a llorar frente a ella mientras trataba de articular alguna palabra. Parecía costarle respirar y comenzaba a perder el conocimiento, lo podía sentir mientras soltaba su mano y su mirada se hacía lánguida sin punto fijo.
Aquella tarde parecía repetirse una y otra vez en su cabeza, ya no lloraba, la gente tomaba su mano y se presentaba pero ella no escuchaba ni una palabra de lo que decían, parecía que su vida jamás tendría un deje de felicidad ni un respiro de calma. Vio como un hombre de traje oscuro y voz profunda comenzaba a hablarle.
-…como sabrá debemos llevarla a una casa de refugio en estas circunstancias - estas palabras parecieron haberla sacado del ensimismamiento en el que estaba.
-Puedo cuidarme sola señor, créame yo…
-La ley es clara señorita Morgensten y al no tener más familia usted sabrá que nadie más podrá hacerse cargo- continuó con voz solemne - mañana vendrán a recogerla. Lo lamento mucho, su abuela era una mujer realmente adorable.
Todos se fueron yendo a medida de que se hacía de noche, aquella casa le parecía más sola y más lúgubre conforme la luz se iba atenuando. No sabía realmente a donde iría ni que haría, ni mucho menos que personas le recibirían, le asustaba el hecho de que ahora no tenía más nadie en el mundo. Había tomado una decisión, nadie le extrañaría de todos modos.
Corrió a su habitación y tomó el primer equipaje que vio y comenzó a lanzar toda su ropa allí, sobre su mesa de noche había una foto de su familia que tomó entre sus manos, la miró un momento antes de lanzarla entre el montón de ropa que llevaba. Bajó las escaleras hasta el despacho, y abrió la caja fuerte, suponía que no tendría que recordar las palabras de su abuela, pero en ese momento no encontraba otra forma, y necesitaba lo suficiente como para llegar un poco más lejos. Al lado, estaban las joyas, dudó un momento y solo tomó un collar que le había parecido bonito y dejó todo lo demás.
Cuando llegó a la puerta dio una mirada atrás y vio sobre la mesa con flores uno de los libros de Harry Potter, era su favorito, seguramente su abuela lo había estado hojeando, lo tomó y lo metió en su bolso. Respiró profundo, no miraría atrás esta vez, no lo haría. Con paso apresurado comenzó a recorrer las calles por las que había caminado con su abuela días atrás recordando cómo llegar a la estación.
Había visto a lo lejos a un grupo de personas cerca del parque, decidió rodearlo para evitarlos pero para su desgracia ahí estaban frente a ella, vestían unos suéteres oscuros, y tenían sus rostros cubiertos.
-Hola preciosa - le dijo uno, mientras intentaba acercarse - ¿No quieres compañía?
Cerró los ojos por un momento aferrándose a su bolso tan fuerte como pudo, los había contado eran mas de cinco hombres. No había oportunidad de escapar. De pronto, sintió como algo parecía tirar de ella con fuerza, no se atrevió a abrir los ojos. Un golpe fue lo único que sintió cuando intentó abrirlos, estaba en el suelo, sintió como el pasto húmedo estaba entre sus manos.
-¡Demonios! - tocó su cabeza adolorida - ¿Qué caraj…? - al levantarse, con dificultad, logró divisar un enorme pasillo alumbrado con fuego
- Debí darme un gran golpe, estoy viendo alucinaciones - soltó una risotada - de seguro estoy muerta, sería lo menos que me puedo esperar.
Comenzó a caminar por los pasillos tomando su bolso y recorriendo todo, parecía un magnifico sueño, aquel pasillo largo de mármol parecía interminable y estaba totalmente iluminado por fuego que parecía estar sostenido por grandes muros.
-¡Alto! ¿Quién está allí?
- Annabelle giró y logró divisar una sombra que venía en su dirección - Potter te juro que si eres tu… - ¡Oh! Nunca te había visto. ¿Qué haces en el pasillo? - la voz era de una joven de cabello rojo que a miraba ceñuda, llevaba una insignia dorada en su pecho y sus brazos estaban cruzados.
-Yo pues…No se cómo…Llegué de ¿Salem? - probó con una mentira "Este es el sueño más extraño que he tenido, realmente"
-¿Salem? Es obvio que no eres de aquí. ¿De dónde es? - inquirió.
-Norteamérica, es que por el horario mi transporte me ha dejado de forma equivocada y… - miró alrededor intentando buscar una respuesta razonable para todo.
-Bueno, de seguro debes hablar con el profesor Dumbledore. Te llevaré.
Mientras caminaba, se daba pellizcos e intentaba despertar de aquel sueño si es que lo era, lo más seguro es que estaba muerta, o quizás se había desmayado y no lograban reanimarla. Cualquier cosa era más probable que lo que estaba pensando en ese momento.
-¿Cuál es tu nombre? - preguntó la chica de cabello dorado apresurando el paso para alcanzar a la pelirroja.
-Oh lo siento, que descortés, tampoco he preguntado el tuyo. Mi nombre es Lily Evans, soy la prefecta de la casa de Gryffindor.
-El mio es Annabelle Morgensten - dijo lentamente mientras trataba de asimilar todo - Gryffindor ¿dices?
-Si, Hogwarts tiene cuatro casas, Gryffindor, Hufflepuff, Ravenclaw y Slytherin, ¿Qué no te dijeron en Salem?
-No, creo que me perdí eso - mintió.
La pelirroja la miró inquisitiva y con recelo mientras caminaban, no dijo ni una palabra mas. Llegaron a una enorme gárgola en forma de águila y se detuvieron allí.
-Browtuckle - dijo Lily mientras miraba a la gárgola - Bien, allí debe estar el profesor Dumbledore, aunque es un poco tarde nunca está en otro lugar. Sube, supongo que nos veremos en otra oportunidad - se despidió mientras daba media vuelta.
"Bien, pensó, si no estoy loca al menos espero sea un buen sueño"
¡Saludos! Espero les guste.