← Maldición Potter · de
Maldición Potter — capítulo 7
Alexander estaba fascinado tras escuchar las cinco maldiciones de todos los primogénito Potter. También por escuchar algo de la historia de sus padres. Y por eso la noche antes de partir hacia Hogwarts, estuvo pensando a que personas conocería que pudieran formar parte de los Merodeadores III y también preguntándose si el tío Albus le contó la historia de la Maldición Potter a su primo. Y si no, él se lo contaría, esta historia merecían de saberla todos.
Su abuela le había pasado a su madre los ingredientes de una poción para alisar el cabello, razón por la cual ahora Alexander tenía el cabello algo arreglado. Pero tampoco se puede decir que duró toda la semana, porque ni siquiera duró un sólo día, mucho menos cinco minutos. Al parecer esa poción no podía con la Maldición Potter. —Tuve que hacerle caso a tu padre —le dijo Abby a James, mientras caminaban hacia la Madriguera—, nunca me tuve que casar contigo si no quería que mi hijo tenga el cabello como si fuera de un nido de pájaros. —Mi madre también sufrió por eso —comentó riendo—. Y no digas nada, mejor hombre que yo nunca hubieras encontrado. Por favor, soy perfecto. —¿Por qué no quedaste en Slytherin? —preguntó su hijo. Esa pregunta la decía cada vez que su padre se comportaba de forma arrogante—. Y mamá, la Maldición Potter es algo que vas a tener que soportar. Su madre lanzó un bufido.
Los ojos azules era una de las características de su familia. Claro, había ojos color miel, verdes, grises, o de los colores del arco iris, en el caso de Sirius, el hijo de Victoire y Teddy Lupin, pero los azules estaban más vistos. Y Alexander no le gustaba parecerse a los demás, él quería ser único, por eso, cuando encontró un libro de hechizos en la casa de sus tíos Rose y Scorpius Malfoy, no dudo en leerlo para buscar uno que lo ayudase a cambiar el color de sus ojos. —No sé si es buena idea —dijo Crystal, cuando su primo le contó sus intenciones. —¡Pues esa idea me fascina! —dijo Alexa Malfoy, que era dos años mayor que el—. Aunque yo no quiero cambiar mi color de ojos, el gris me encanta.—Tus ojos están bien, Alex —continuó Jake, haciendo caso omiso a su prima—. Crys tiene razón, después de todo, Maldición Potter, recuerda. Alexander sonrió, viendo los ojos negros de su primo favorito. Dejó el libro sobre el escritorio y salió de la biblioteca, ante el llamado de su tía para que vayan a comer.
Los dos Potter de la nueva generación caminaban por el Expreso Hogwarts, buscando un compartimiento en el que estar. Si bien tenían bastantes familiares a los cuales podía ir a juntarse, querían, en el primer viaje en el tren, estar los dos solo, hablando sobre Quidditch o las ranas de chocolate. Después de unos minutos, encontraron uno al que sólo estaba un niño de cabello castaño con ojos verdes, él que amablemente los invitó a pasar. —Soy Alexander Potter. Y el es mi primo, Jake Potter. —Orion Blair —justo cuando iba a estrechar la mano con el azabache, la puerta del comportamiento se abrieron. Un chico de su edad, con cabello caoba y ojos verdes entró y se sentó al lado de Orión, mirando a los primos con curiosidad—. Él es Nicholas Mester, mi mejor amigo desde los nueve años. —Si, desde que nos unimos para hacerle bromas a los hijos del amigo de mi padre. —Con que bromas. Alexander y Jake se miraron, ya tenían formado los Merodeadores III.
Miraba a los chicos que tenían al frente entre molesto y divertido. El director Longbottom caminó al rededor del despacho, pensado un serio castigo para los cuatro problemáticos que desde que llegaron a Hogwarts no hicieron más que hacer bromas. Aunque debía de admitir que para pertenecer a diferentes Casas, si que eran muy unidos. —Entonces, el carruaje roto, los cuadros explotados, las pelotas de Quidditch volando por si solas en el Gran Comedor y la fiesta en el Bosque Prohibido, no tuvieron nada que ver con ustedes. —Que cosas más extrañas, ¿verdad? —Recuerdo cuando Albus Dumbledore me dijo que un día las cuatro casas se unirían para crear grandes acontecimientos. Pero nunca pensé que un Potter en Slytherin, un Potter en Ravenclaw, un Blair en Gryffindor y un Mester en Hufflepuff pudieran causar tantos problemas. Y recién están en tercer año. —Mirele el lado positivo —dijo Alexander—. Las cuatro casas están juntas gracias a nosotros. Y los nuevos bomistas estuvieron limpiando dos meses el castillo con cepillos de dientes al estilo muggle.
Si pasaba ese estrés en su quinto año, no quería ni imaginarse lo que sería estar en séptimo. Pero si tenía que ser sinceros, no era por los T.I.M.O.s que Alexander estaba molesto e irritado si no por esa Slytherin que conseguía sacarle de quicio en menos de dos segundos. Si buscaban a una persona opuesta él, esa era Sophie Serafín. La cual todos creían que era la chica perfecta: buenas notas, la consentida de los profesores, respetuosa y madura. Y la última persona que el quisiera ver en su vida. —Es una odiosa. —A mi me parece una buena persona —dijo Orión, viendo marchar a una pelirroja de ojos grises con el ceño fruncido. Alexander negó con la cabeza. —Chicos, si un día me llegó a enamorar de una chica así, me tiran al Lago Negro con el calamar. Quizá Alexander tuvo que pensarlo mejor, porque cuando dos años más tarde cumplió un mes de relación con Sophie Serafín estuvo nadando por su vida, tratando que la bestia marina no lo coma.