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El cuarto hermano — capítulo 1
El sol descendía lentamente tras las montañas y las primeras estrellas empezaban a brillar en el cielo ya oscurecido. El frío del invierno del norte de Noruega se calaba en los huesos de sus habitantes haciéndoles sentir simples mortales ante su presencia.
Una butaca se balanceaba débilmente y en ella un hombre reposaba con un libro sobre sus manos que leía ante la tibia y tintineante luz de las velas. Un ruido a uno de los lados de la chimenea de la que salía un fuego chisporroteante hizo salir al hombre de su ensimismamiento en la lectura. Alguien llamaba a la puerta y no esperó para abrir sin más.
-Harry - dijo una voz suave y dulce al otro lado de la puerta sin dar un paso más para entrar en la habitación - llevas dos días aquí metido, deberías de salir un poco o al menos estar fuera de esta habitación, los que estamos fuera no somos extraños, somos tu familia Harry.
El aludido de aquellas palabras cerró el libro que tenía entre las manos "Historia reciente de la magia" y se levantó de la butaca. Su pelo moreno peinaba ya algunas canas por encima de las orejas, las gafas redondas y la cicatriz, ahora menos notable que años atrás, le delataban. Era él, era Harry Potter, un nombre que había marcado un antes y un después en la historia y que cada vez pesaba más sobre sus hombros.
Harry se acercó hasta la mujer que estaba en la puerta, su mujer, su esposa desde hacía dos décadas. La cogió de la mano y la hizo pasar a la estancia. Los años no habían pasado en balde para ninguno de los dos, si bien el pelo rojizo de Ginny no había cambiado su brillo ni su color su piel ya empezaba a hacer visible las primeras arrugas en su rostro, justo por encima de los labios y al lado de aquellos ojos que una vez cautivaron a Harry.
Él la llevó hasta el ventanal que había en aquella habitación, en silencio, como queriendo escapar de las palabras que salieran de la boca de su esposa.
-Harry, una vez más, creo que deberías darle una oportunidad - dijo Ginny poniendo su mano en el hombro de su marido.
-No - contestó él sin malicia.
A través de la ventana se podía distinguir un gato sobre el tejado vecino. Ambos sabían que aquel no era un gato cualquiera, llevaba unos meses posándose sobre aquel tejado a observar a Harry.
-Después de todo lo que ha hecho por ti, por nosotros, por el mundo mágico, ¿cuánto tiempo piensas negarle la palabra? - dijo Ginny en un tono desesperante.
-No se trata de eso, amor, ¿es que no lo entiendes? No es por ella, no es por la escuela, es por nosotros, por nuestra felicidad y nuestro bienestar - dijo Harry adoptando una actitud tensa - ¿es que no recuerdas lo mal que lo pasaron nuestros hijos en Hogwarts por el simple hecho de ser nuestros hijos?
-Claro que lo recuerdo Harry - dijo Ginny esta vez en tono comprensivo - pero eso no te da lugar a comportarte con el mundo mágico como lo estás haciendo - esta vez su voz se tornó mucho más seria, casi irascible - allá tú, yo voy a abrirle la puerta como cada noche.
Ginny salió de aquella habitación dejando a Harry mirando por la ventana. Unos minutos después el gato bajó del tejado a la vez que la puerta de la casa se abría para darle la bienvenida.