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El cuarto hermano — capítulo 2

El gato entró a la estancia a la vez que se transformaba en una mujer mayor por la cual el tiempo parecía que no había hecho más mella que la que ya se mostraba tres décadas atrás. -Profesora McGonagall - la saludó gentilmente Ginny. -Ginny, ya sabes que puedes llamarme Minerva - dijo ella sonriendo mientras colgaba un pesado abrigo en una de las perchas de la entrada. -Creo que no terminaré de acostumbrarme nunca - contestó la primera devolviéndole la sonrisa. Ambas mujeres pasaron al salón de la planta baja de la vivienda, con un movimiento de varita Ginny hizo aparecer dos tazas de té humeante sobre la mesa. -Sigue sin querer recibirme, ¿verdad? - dijo la más mayor agarrando la taza de té con las manos frías para entrar un poco en calor. -Sí… - afirmó la pelirroja sin querer mirar a los ojos de su huésped - sigue manteniendo el mismo discurso de la seguridad, el bien y la felicidad de la familia… pero lo cierto es que ya apenas lo reconozco, incluso prefiere llevar una vida como muggle sin tocar su varita en lugar de utilizarla… prefiere salir en coche en lugar de desaparecerse o usar la red flu... - dijo Ginny con lágrimas en los ojos - perdón - dijo recomponiéndose rápidamente - no quería contarle mi vida. Ginny había adoptado la imagen de madre preocupada y esposa después de que naciera su primer hijo, James, pero no por ello había dejado las ganas de aventuras a un lado, ni había dejado de ser lo que era, una gran maga. -Quisiera acercarme e intentarlo una vez más - dijo serenamente McGonagall mientras cogía las manos de Ginny entre las suyas. La familia Potter se había trasladado al norte de Noruega unos años después de la gran batalla de Hogwarts, el peso de la fama de Harry Potter y de sus hazañas apenas les dejaba vivir en paz, su vida siempre estaba llena de curiosos y la gente que se vanagloriaba de haber contribuido en la lucha contra Voldemort o de "conocer a Harry como la palma de su mano" se multiplicaban a diario, por no hablar de la cantidad de mortífagos y fieles a las ideas de Voldemort que todavía andaban sueltos por ahí. Harry cerró de nuevo el libro que tenía en la mano, "Historia reciente de la magia", había sido escrito por Dennis Creevey, el único historiador de la magia que había relatado lo sucedido aquella noche de manera fiel a la realidad, no se hablaba sólo de él sino también de Neville, Luna, Ron, Hermione, Ginny, Aberthford, La orden del Fénix al completo, el resto de alumnos que se sumaron a su causa, incluso se habla de los Malfoy y de sus respectivas vidas tras la caída de Voldemort. Además, Dennis se había encargado de reafirmar la inocencia de Sirius para siempre. Sentía los pasos de la profesora McGonagall acercándose hasta la habitación donde estaba él, primero por las escaleras y luego por el alargado pasillo, siempre sucedía lo mismo, llegaba hasta allí, le repetía que si se había planteado su propuesta y él siempre respondía un "no" rotundo que bastaba por respuesta, sin embargo, había algo distinto aquella noche. McGonagall llegó hasta la puerta y llamó, portaba unos pergaminos viejos y arrugados bajo su brazo. -Adelante profesora, pase - dijo Harry desde el otro lado de la puerta. -Me alegra que te dignes a hablarme con algo más que monosílabos - dijo ella entrando y sentándose a un lado de la mesa. -Si vienes a que reconsidere tu oferta ya sabes que mi respuesta sigue siendo no, gracias - dijo Harry sin un ápice de malicia en sus palabras. -Hoy no he venido hasta tu casa como la Directora del Colegio Hogwarts, hoy he venido como Minerva McGonagall a pedir la colaboración de uno de los magos más brillantes que ha dado el mundo mágico en un tema algo peliagudo que lleva un tiempo quitándome el sueño - dijo con un tono preocupante. Harry se fijó en que las manos le temblaban, soltó los pergaminos encima de la mesa y empezó a desenrollarlos con mucho cuidado. -¿De qué se trata? - preguntó Harry con una curiosidad que hacía tiempo que no sentía. -Tras el descubrimiento y la confirmación de la existencia de Las reliquias de la Muerte muchos han sido los magos que han estudiado y escudriñado hasta la saciedad los secretos que tales objetos esconden - empezó a decir McGonagall. -Si viene buscando las reliquias para que alguno de sus amigos las examine se equivoca de persona, no tengo las reliquias, ni una de ellas - dijo Harry poniéndose a la defensiva. -¿Por quién me tomas? - preguntó dolida McGonagall - Ya veo que como en todo no quieres colaborar, tu desentendimiento del mundo mágico está llegando hasta límites que ni yo podía imaginar - dijo atropelladamente mientras empezaba a recoger los pergaminos - podrás querer ocultarlo, pero ni tú ni nadie puede evitar quién eres - respondió dándole la espalda a Harry dispuesta a salir. -Profesora McGonagall - dijo Harry dándose cuenta del error que había cometido y de que el tema que ella le exponía debía tener una importancia más allá de la que él le había dado. -¿Si? - preguntó ella parándose en seco, pero sin mirarle a la cara. -Por favor, no se vaya… cuénteme lo que ha venido a contarme - dijo a modo de disculpa. McGonagall se dio la vuelta con una amplia sonrisa y con la misma delicadeza que un rato antes empezó a desplegar aquellos pergaminos sobre la mesa. -Como te iba diciendo - empezó McGonagall haciendo énfasis en sus palabras - muchos han sido los que han intentado descifrar los secretos de tales objetos, muchos de ellos apuntan a ti como su poseedor, otros hablan de que las reliquias se perdieron tras la caída del Señor Oscuro, yo he hecho mis propias investigaciones y vengo a hacerte saber al punto que he llegado. -Está bien, pero como ya le he dicho siento no poder ser de gran ayuda, no tengo las reliquias - volvió a decir Harry, pero en un tono mucho menos agresivo que antes. -¿Cómo puedes estar tan seguro? - le sonrió McGonagall mientras le miraba por encima de las gafas, aquel gesto le recordó mucho a Dumbledore. -Bueno… la piedra de la resurrección la deje caer en el Bosque Prohibido en el momento en que me fui a entregar a Voldemor - aseguró Harry reviviendo en su mente aquel terrorífico momento como si lo estuviera presenciando de nuevo - la varita de sauco la partí en dos y la tiré a las afueras de Hogwarts una vez derrotado Voldemort y la capa… bueno - sonrió y a McGonagall se le vino a la cabeza la misma cara que treinta años atrás había llegado una noche a Hogwarts - la capa pertenece ahora a mi hijo James, yo la heredé de mi padre y él la recibió de mí en su segundo año en Hogwarts. -Si, si, James no podía negar que es hijo tuyo, también me trajo de cabeza a mí y a otros profesores con la dichosa capa - rio animadamente la profesora. -Supongo que Albus Severus y Lily también la han tenido en varias ocasiones - aseguró Harry. -No me cabe duda, al igual que usted junto con el señor Wisley y la señorita Granger, sus hijos han heredado la capacidad para atraer los problemas - rio con más ganas - bueno, ahora hablemos del tema que tenemos entre mano - dijo ella en un tono más serio - ¿está la capa a buen recaudo? -Sí - se limitó a decir Harry. -¿Cuánto tiempo hace que no ves a tus hijos? - preguntó Minerva con serenidad. -Bueno, a Lily la veo a menudo, está dando clases prácticas en Durmstrang y suele venir a casa cada vez que puede, James está con su tío Bill en Rumanía, quiere dedicarse a la cría y cuidado de dragones al igual que él y vendrá para las vacaciones de Navidad y en cuanto a Albus Severus… no podía ser de otra forma, es un gran mago y trabaja en el ministerio como auror, sin embargo - dijo Harry cambiando el tono jovial por uno melancólico - es al que menos vemos, la verdad es que no llevó nada bien que nos mudáramos aquí y él prefirió quedarse en Londres con la casa de Grimmauld Place, además supongo que todavía no me perdona en cierto modo los años que pasó en Hogwarts por ser mi hijo y… por declinar durante años su oferta de nombrarme profesor en Hogwarts - dijo apesadumbrado. -Albus Severus siempre fue un buen alumno, pensaba que se quedaría en el colegio cuando acabó, siempre decía que él tenía que ocupar un cuadro en el despacho del director como los dos hombres por los cuales llevaba su nombre - dijo McGonagall. -Pero el peso de la fama pudo con él… Siempre le ha pesado más a él que a ninguno de sus hermanos, ¿ve ahora a lo que me refiero? No puedo volver - se excusó Harry aun sabiendo que aquello no era una excusa suficiente para convencer a McGonagall. -Harry, ¿qué quieres ocultarle al mundo? - preguntó McGonagall en un tono maternal - no puedes cambiar tu pasado, no puedes cambiar quien eres, pero si puedes demostrar que sigues siendo un gran mago y me encantaría contar con tu presencia de nuevo - relató la profesora - ¿o es que su varita ya no le responde? - se aventuró a decir. -¿Cómo sabe usted eso? - preguntó Harry atónito. -E ahí el motivo de mi visita - contestó McGonagall.