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El cuarto hermano — capítulo 5
Fawkes parecía que había estado siempre allí, no ensuciaba nada, siempre se posaba tranquilo en algún lugar que no molestase y hacía poco ruido, de vez en cuando mientras que Harry decidía qué llevarse a Hogwarts el ave picoteaba en algún objeto o libro como indicando que tal cosa debería ser llevada con él. A la mañana siguiente llegaron tres nuevas lechuzas a casa, una era de James deseándole suerte a sus padres y muy contento porque su padre volviera a la vida mágica. Se le notaba entusiasmado y la idea de volver a Londres en lugar de a Noruega para navidad le hacía aún más feliz, estando en Londres tenía toda la familia más cerca. También mandó unas cuantas fotos de diferentes dragones donde se le veía a él y a Bill junto con ellos, entre otros un colacuerno húngaro que detrás tenía escrito "¿Te vale como regalo para Navidad?". Desde luego si James hubiera crecido con sus tíos, si hubiera conocido a Fred y a George no se le parecía tanto, Fred sin duda hubiera tenido un buen discípulo. Se entristeció al pensar en Fred, la muerte no es una conocida generosa pero lo de Fred había sido un abuso. Otra lechuza traía un vociferador, ese era sin duda de Albus Severus, menos alegre que la carta de su hermano James, pero evidentemente feliz les deseaba un feliz viaje y un pronto encuentro, sin duda también estaba acomodando la casa para cuando llegara su madre. En cuanto a Harry le daba las gracias por atreverse a continuar y le hacía varias preguntas acerca de su puesto como profesor. Era verdad, hasta ahora no había reparado en que no sabía ni de qué asignatura sería profesor, estaba tan desconectado del mundo que ya ni sabía si las materias seguían siendo las mismas. En cualquier caso, al día siguiente lo sabría. La tercera lechuza traía una carta de Ron y Hermione, más como los amigos que fueron un día que como la familia en la que se habían convertido. Todo aquello era para Harry muy emocionante. Lily por su parte y dada la cercanía que tenía a casa de sus padres simplemente llegó a casa para la hora de comer y abrazó a sus padres por igual, se sorprendió al ver a Fawkes y volvió a felicitar a su padre por su nuevo puesto de trabajo. Hablaba entusiasmada de Durmstrang y de todas las cosas que estaba aprendiendo allí, habló también de un chico muy especial al que había conocido, un par de años más grande que ella que era español de nacimiento, según Lily lo que más gracia le hacía era la forma de hablar que tenía. El chico estaba allí haciendo un postgrado de Historia de la Magia y ni qué decir tiene estaba muy entusiasmado con la idea de conocer a la hija de Harry Potter. Aquel último día en casa fue un día especialmente frío, todas las cosas que se iban a llevar estaban debidamente guardadas y empaquetadas metidas en una maleta. Lily volvió al atardecer a Durmstrang y Ginny y Harry se quedaron solos de nuevo en la casa. Aquella casa que tanto había entusiasmado anteriormente a Harry ahora le parecía sombría, vacía, como si en ella hubiera encerrado algo de lo que no se sentía orgulloso, como si aquella casa guardara para siempre una parte del antiguo Potter a la vez que el renacer del nuevo. Era confuso. A la mañana siguiente viajaron hasta Londres, el viaje fue tranquilo, ambos adoraban volar y en los últimos años se había creado un mecanismo para volar a poca altura escapando de la vista de los muggles, así que, cuando dejaron el frío fuerte de Noruega se dispusieron a volar a baja altura para poder observar el camino. Con un par de piruetas en el aire Ginny descendió hasta quedar unos pisos por encima del suelo y activó el mecanismo, Harry por su parte estaba más desentrenado y prefirió bajar poco a poco hasta ponerse a la altura de su esposa que lo miraba riendo. Parecía que era la primera vez que volaba en escoba. Tras unas intensas horas de viaje en escoba llegaron por fin a Londres, la primera parada era obligatoria: Grimmault Place. Se posaron entre el número 11 y el 13 y la casa número 12 apareció. La fachada no había cambiado nada desde que ellos pisaron por primera vez aquella casa, sin embargo, cuando llamaron a la puerta y apareció Albus Severus el simple olor proveniente del interior indicaba que hacía mucho tiempo que había dejado de ser la casa de los Black (por supuesto no por Sirius, quien nunca fue un Black de condición). Albus Severus se abrazó a su madre con una amplia sonrisa en la boca, los invitó a pasar y le dedicó la misma sonrisa a su padre cuando pasó por su lado, le estrechó fuertemente la mano. La casa había cambiado muchísimo desde los tiempos en los que Harry habitaba allí, ya no era ni mucho menos tan sombría, no había rastro de suciedad alguna, las cabezas de los elfos domésticos no estaban ni por asomo junto a la escalera, en su lugar habían sido reemplazadas por fotos familiares, el cambio más grande quizás a simple vista es que no estaban las cortinas que antaño guardaban el retrato de la señora Black, puesto que en su lugar había un enorme cuadro con el escudo de Griffindor. Todo parecía nuevo y desprendía un agradable calor en lugar de ser el lugar frío y húmedo que Harry recordaba. Mientras que su esposa hablaba acaloradamente con Albus Severus, Harry subió casi de forma inconsciente las escaleras que llevaban al primer piso. Cuando su hijo le pidió vivir allí para estar más cerca de su trabajo él accedió con la única condición de que no se tocara la habitación de Sirius. El pasillo que antes estuvo iluminado por débiles luces ahora lucía unas grandes lámparas de aceite, las paredes que anteriormente eran de un tono grisáceo presentaban ahora un tono rojizo con brillos dorados, Harry sonrió para sí mismo, aquella era la casa de todo un Griffindor. Llegó hasta la puerta del que había sido el cuarto de Sirius, con decisión agarró el pomo y lo giró lentamente. Entró en la habitación y se maldijo porque su varita no le respondiera, estaba todo oscuro, pero sin duda allí dentro nada había cambiado, un escalofrío le inundó el cuerpo al recordar a Sirius y todo lo vivido con él y una lágrima resbaló por su mejilla, todavía le dolía. Cerró la puerta despacio, como queriendo guardar aquellos recuerdos allí dentro bajo el amparo del cariño que su padrino le había dado en los casi tres años que se mantuvo con él. Una voz proveniente del piso de abajo lo sorprendió sacándolo de su ensimismamiento. Era una voz femenina que nunca había escuchado, lentamente bajó las escaleras. -Señora Potter, mi nombre es Drita - la escuchó decir desde la puerta de la cocina aún sin abrir. Harry entró en la cocina y observó cómo, efectivamente, había una persona más allí con su mujer y su hijo. Era rubia, con los ojos grises azulados, vestía de forma elegante y había algo en su rostro que le resultaba familiar, aunque a simple vista no supo descifrar qué era. Tenía la edad de Lily aproximadamente, cuando se percató de su presencia clavó sus ojos fijos en los de Harry. -Señor Potter - le dijo tímidamente - es un placer conocerle, mi nombre es Drita - dijo estrechándole la mano con cautela. Al otro lado de la mesa de la cocina Albus Severus se frotaba las manos con nerviosismo. -Ella es… mi novia - dijo al fin. -¿Y por qué nunca nos has dicho nada? - preguntó Ginny con una gran sonrisa. -Bueno es que… - Albus Severus miraba a su padre y a su madre indistintamente sin saber por dónde empezar. Optó por coger la mano de la chica entre las suyas. -Mi nombre es Drita - repitió la muchacha, pero esta vez en un tono más frime - Drita Malfoy.