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Olvidé olvidarte — capítulo 10

Capítulo 10: Solo el amor duele de esta manera.

Harry, que para algunas cosas se seguía fiando más de los muggles, llevó a su mujer a un hospital muggle. No había tenido casi ni tiempo de explicarle a los médicos lo que sucedía cuando se la llevaron para examinarla. Él quiso seguirlos, pero una enfermera con aspecto serio lo detuvo ante unas puertas con un mensaje restrictivo que decía: solo personal autorizado. Harry se llevó una mano a la frente y contuvo un suspiro. No lo admitiría delante de nadie, bueno tal vez de Hermione y Ron si, pero estaba completamente aterrado. Cuando había recibido el patronus de Ginny en medio de una de sus clases de auror, estuvo a punto de quedarse sin aliento. Pero lo peor había sido llegar a casa y encontrarse a la pelirroja envuelta en un charco de sangre en el suelo de la cocina.

Su propia sangre desapareció de su rostro, y aun era patente que no se había recuperado del susto.

En ningún momento, desde que supieron que Ginny estaba embarazada, pensaron en la posibilidad de que algo pudiera ir mal o que el embarazo no llegase hasta el final. Habían sido unos ilusos, dejándose llevar por esa burbuja de felicidad que los había invadido desde el principio. Sin embargo, ahora que se veía cruzando ese puente, en lo único que podía pensar Harry era en Ginny. Ella era única, irreemplazable, irrepetible, el amor de su vida

Su pequeña luchadora.

Siempre tan aguerrida, tan fiera y contundente en sus palabras, con su genio de bruja, y con esa sonrisa que le traía de cabeza. Harry no podía dejar de pensar en la última imagen que había tenido de ella. Era la de una mujer con el miedo inundando sus ojos marrones, apretándose el vientre con sus manos, como si de esa manera pudiera detener el torrente que se escapaba entre sus piernas.

Fragilidad, pensó.

Era la viva imagen de la fragilidad humana.

Harry se levantó de la incómoda silla de plástico y caminó de un lado a otro de la sala de espera. A su alrededor se sucedían las urgencias: camillas que entraban, médicos que corrían, ambulancias que llegaban con su sirena atronadora, la megafonía llamando al personal. Pero él no era consciente de nada. Era como si le hubieran arrancado la capacidad de reaccionar.

Suspiró aliviado cuando vio llegar a Hermione.

Ya no estaba solo.

Fuera lo que fuera que iba a pasar, lo afrontarían todos juntos, como la familia que eran.

Abrazó a su hermana con fuerza, como si de esa forma pudiera absorber parte de su energía. La castaña enterró la cabeza en el hombro de Harry, mordiéndose los carrillos para no llorar. No era el momento. Harry la necesitaba fuerte mientras esperaban a saber algo de Ginny. Había venido tan rápido como la aparición lo había hecho posible. Después de su conversación con Hagrid se sentía emocionalmente inestable y hecha polvo, pero por el momento tendría que esperar para desmoronarse en la soledad de su casa. Ella tampoco jamás pensó que aquello podría llegar a pasarles a sus mejores amigos.

¿Cómo había permitido Merlín que pasara eso?

Harry y Ginny estaban hechos para ser padres y asfixiar de cariño a ese pequeñín.

Ahogó un sollozo y se apartó para mirar a los ojos a Harry. Le acarició la mejilla con afecto y los dos juntos fueron a sentarse en las incómodas sillas de plástico. En silencio, con las manos entrelazadas; poco más podían hacer. Esperar parecía lo único prudente y rezar para que todo saliera bien. Ninguno de los dos era creyente, pero en aquella situación parecía lo correcto; proyectar tus esperanzas hacia un poder superior y confiar en que te ayudase de alguna forma. Harry se removió en su asiento y Hermione le pasó un brazo por los hombros para después atraerlo hacia su pecho.

Parecía un niño perdido.

Un niño al que le habían quitado las ganas de vivir.

Y al igual que Harry, Hermione pidió que a Ginny no le pasara nada.

Se olvidó de todos sus problemas; de la boda; de Cormac; de sus inseguridades; de sus certezas; de los destrozos de su corazón; de lo que sentía; de lo que no sentía; de lo que creía correcto; de lo que no estaba dispuesta a hacer; de Ron; de su noche de pasión; de los recuerdos que se habían despertado en su mente. Y volvió a sentirse paralizada del mismo modo en que lo había estado en la cabaña de Hagrid unas horas antes.

Apoyó la barbilla contra la cabeza de Harry y cerró los ojos.

Esperar.

Parecía que últimamente su vida se reducía a eso: a esperar.

Abrió los ojos y se olvidó de respirar.

Al otro lado de las puertas de entrada estaba Ron, con el rostro pálido y el cabello despeinado. Era la primera vez que se veían desde su encuentro la noche anterior. Porque Hermione así lo había querido al abandonarlo cuando aún dormía. Un sonrojo progresivo fue subiendo por sus mejillas y se concentró en su cuero cabelludo. Estaban condenados a hacerlo todo mal, pensó. ¿Por qué se tenían que haber encontrado en aquellas circunstancias? ¿Es que no era ya suficientemente difícil la situación en la que estaban?

Para Hermione, aquella noche había significado mucho más; pero no quería admitirlo.

Para Ron, aquella noche había sido la despedida de Hermione.

El pelirrojo avanzó despacio, con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha. Ahí estaba el Ron del que ella se había enamorado, el auténtico. Ni en su forma de caminar, ni en su forma de mirar, ni en su postura, se atisbaba nada de la arrogancia y petulancia que caracterizaban al Ron jugador de Quidditch e ídolo de masas. En su lugar, tan solo estaba el Ron amante de su familia, en especial de su hermana pequeña; el Ron que habría ido hasta el mismo infierno si ella se lo hubiera pedido.

¿Por qué?, pensó Hermione cuando salió de su estupefacción.

¿Por qué se lo ponían tan difícil?

¿Por qué no podía seguir siendo el Ron superficial que ella detestaba?

Habría sido mucho más fácil para ella comportarse delante de ese Ron; en cambio, la vulnerabilidad que se adivinaba en aquellos ojos azules hacía que su corazón latiese desbocado y que apretase más las manos que mantenían a Harry contra su pecho, en un esfuerzo por contenerse. Porque lo que en realidad quería Hermione era correr hacia aquellos brazos y esconder el rostro contra su cuello. Dejar que Ron la consolase del mismo modo en que ella estaba consolando a Harry. Sin embargo, cuando el pelirrojo llegó a su lado, se limitó a bajar la cabeza y mantener la boca cerrada.

Ron la miró de reojo, no queriendo romper ese momento fraternal que estaban teniendo sus otrora dos mejores amigos. Harry también le había mandado un patronus y él había salido de casa a la velocidad de un rayo. Era probable que su hermana perdiera el bebé que esperaba, o al menos eso le había dicho Harry. Chasqueó la lengua nervioso, y con cierto grado de culpabilidad. Durante todo el camino no había dejado de pensar en que de alguna forma lo que le estaba ocurriendo a Ginny era culpa suya. Y era algo que le comprimía el corazón de una manera que nunca había experimentado.

Quizás...

Tal vez si no la hubiera metido en su estúpido plan de recuperar a Hermione...

Si no la hubiera hecho partícipe de sus meteduras de pata...

Si ella no hubiera tenido que hacer frente a los bajones de Hermione que él mismo había provocado...

Apoyó las manos en ambas rodillas y dejó caer la cabeza hacia delante. Pensó que a esas alturas el debería saber muy bien que no valía la pena lamentarse por lo que podría haber sido/dicho/hecho y no había sido/dicho/hecho. Era un ejercicio inútil que tan solo aportaba más estrés y sufrimiento a su castigada mente. Pero por encima de todas las cosas era humano, y si por algo se caracterizaban los seres humanos era que estaban hechos de contradicciones.

Pasaron varios minutos así: siendo conscientes de la presencia del otro pero ignorándola deliberadamente.

Hasta que Harry soltó un sollozo final y se incorporó del abrazo de Hermione. Durante unos minutos había sido reconfortante abstraerse del mundo y solo ser consciente del latido del corazón de Hermione. Pero Harry sabía que no podía seguir escondiéndose así mucho más tiempo. Tenía que volver a la devastadora realidad en la que no sabía qué le depararía el futuro. ¿Tendría hijo? ¿Tendría esposa? Se había asustado muchísimo al ver toda esa sangre cubriendo el suelo de la cocina. Nunca en su vida había tenido tanto miedo, ni siquiera cuando tuvo que enfrentarse a Voldemort siendo solo un niño y más adelante un adolescente.

Levantó la cabeza y sintió ganas de sonreír, a pesar de todo.

Porque al igual que cuando era un niño, allí estaban sus dos mejores amigos, uno a cada lado, apoyándole, siendo sus bastones, sus luces en la tormenta. Alargó sendas manos para coger las de los dos, apretándolas en un intento de decir gracias sin mediar palabra. Pero mantuvo la vista al frente, perdida en aquellas dos puertas que le separaban del amor de su vida. El corazón volviendo a latir de manera acompasada, el color volviendo poco a poco a sus mejillas

Pasados veinte lentos minutos, que los tres percibieron como tres horas, un médico salió por las puertas que restringían el paso a todo aquel que no era miembro del hospital. Su semblante era serio, con el gorro de quirófano aun en la mano.

Familiares de Ginvera Potter. -dijo escaneando la sala de espera.

Al instante, como activados por un resorte, los tres amigos se pusieron de pie y avanzaron los cuatro pasos que les separaban del médico. Con el corazón encogido, Harry no se soltó del agarre de Ron y Hermione. Necesitaba su apoyo, su calor, su presencia. Había llegado el momento de la verdad y él no estaba preparado. Daba igual, fuera cual fuera la noticia, estaba seguro de que se iba a romper. Todo aquel episodio había arrojado demasiada tensión a todo su cuerpo y su mente.

Es mi esposa. -dijo Harry con un destello de voz, sin atreverse a mirar del todo al médico.

Hermione se pegó más al brazo del moreno, apretando con fuerza sus manos entrelazadas. Ella si que había visto el semblante del médico y había perdido todo ápice de color en su rostro. Pensó que había experimentado muchas veces tener el corazón roto, pero esta vez se había presentado de manera distinta. Era como si alguien le hubiera dado un puñetazo en el estómago y luego la hubiera rematado dándole otro en la mandíbula, mandándola directamente al suelo. Sintió como todo su cuerpo se contraía y sus pulmones luchaban por encontrar aire en su camino.

Lo siento mucho, señor Potter. Hemos hecho todo lo que hemos podido, pero su mujer ha sufrido un aborto natural. -explicó el médico con voz grave y seria.- En estos momentos está siendo trasladada a una habitación. En cuanto sea posible, podrán pasar a verla. Lo siento.

Harry no dijo nada; tampoco se movió. No daba muestras de haber escuchado o entendido nada. Ron y Hermione intercambiaron una mirada de preocupación, olvidándose por primera vez de todo lo que estaba ocurriendo entre ellos dos. El pelirrojo le pasó un brazo por los hombros a su cuñado y lo guió de vuelta a la silla. Hermione los seguía detrás, impotente, tragándose su propio dolor. Harry respiró hondo y cerró los ojos. Quería gritar, aporrear algo, maldecir a Merlín y a todos los dioses del mundo por haber truncado sus sueños y los de Ginny. Ella no se merecía eso; ninguno de los dos lo merecía. Sintió cómo las lágrimas rodaban por sus mejillas antes de darse cuenta de que estaba llorando.

Bueno, pensó, si había algún momento en la vida donde estaba permitido que un hombre llorase en público, sin duda era ese momento.

También pensó que no sentía ningún tipo de alivio al saber que Ginny estaba bien. Había esperado que aquello rebajase su nivel de dolor y tristeza, pero no había sido así. Seguía habiendo perdido una parte de él y una parte de Ginny. Ojalá hubiera algún hechizo que se llevara toda esa tristeza, o alguna forma de volver atrás en el tiempo y anticiparse a lo que estaba a punto de ocurrir. Pero ninguna de aquellas cosas era posible, y a él no le quedaba más remedio que intentar respirar en medio de ese mar de dolor.

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Cuando le avisaron, Harry se levantó para ir al lado de su esposa; ignorante del torrente de emociones que circulaban alrededor de la sala de espera; ajeno a lo ocurrido la noche anterior entre sus dos amigos.

Hermione sentía que no estaba siendo una buena amiga. Por supuesto que se sentía conmocionada y triste porque Ginny hubiera perdido el bebé que esperaba. Pero la presencia de Ron allí, tan cerca, la confundía. Le era imposible pensar en otra cosa que no fuera en él. Sabía que tarde o temprano aquel momento llegaría. Estaban interconectados por demasiadas personas. Sin embargo, eso no significaba que estuviera preparada. Y lo que peor llevaba era tener que sumar la tristeza por lo ocurrido a sus amigos a ese mar de confusión en el que vivía desde la aparición de Ron hacia una semana.

Si él no hubiera aparecido como llovido del cielo...

Tal vez ella estaría viviendo con más ilusión sus últimos días de soltera antes de casarse con Cormac. Pero el destino o Merlín, o fuera cual fuera la razón, no le había dado esa oportunidad. Durante esos siete días, Ron había sido una insistente presencia en su vida, en su mente y en su corazón. Y todo ello había culminado con su encuentro de la noche anterior. Hermione no tenía más sitio en su interior para pensar claramente en como había traicionado la confianza y el amor de Cormac. Pero sabía que cuando todo encajara en su mente...

Ya se lo había dicho Hagrid: se había inventado una nueva vida, un nuevo yo, pero tarde o temprano todo se desmorona.

Y en su caso, iba a ser más temprano que tarde.

Ron, por su parte, la miró de reojo todo el tiempo que sus ojos se lo permitieron. En su interior se estaba librando la misma batalla que en el de ella, por primera vez. Porque no podía evitar sentirse un poco egoísta preocupándose por Hermione cuando su hermana y Harry lo estaban pasando tan mal. Pero se recordó que él no podía hacer nada a ese respecto, tan solo servir de apoyo y consuelo cuando el momento llegase. Ahora lo que Harry y Ginny necesitaban era tranquilidad e intimidad. Y eso a él le daba mucho más tiempo para centrarse en lo que se llevaba entre manos con Hermione. Él también estaba confundido con su comportamiento; a él también la cabeza le había dado mil vueltas.

La noche anterior, durante un segundo, había pensado que ella por fin había soltado las cadenas de sus muñecas y se había dejado llevar por lo que sentía. Pero cuando despertó en la realidad de su cama vacía a la mañana siguiente...

¿Por qué lo había hecho?

Sabía que no era el momento, ni el lugar, pero él necesitaba saberlo. Necesitaba sentir que lo ocurrido la noche anterior había sido algo más que un absceso de pasión. Hermione no era así, no respondía a su carácter comportarse de esa manera. Claro que Ron sabía que durante la última semana él mismo había llevado a Hermione hasta el límite. Pero aun así...

Necesitaba saberlo.

Esta mañana cuando me he levantado no estabas. -dijo Ron para romper el hielo y penetrando en los pensamientos de ella. Hermione levantó la cabeza y pestañeó varias veces mientras miraba los ojos azules de él fijos en los de ella.

¿De verdad quieres hacer esto aquí y ahora? -preguntó cruzando los brazos alrededor de su cintura. Se la veía vulnerable, aunque de una manera diferente. Sentía que con todo lo ocurrido y lo que estaba ocurriendo a su alrededor, era un caldero a punto de explotar.

Nunca parece ser un buen momento. -apuntó el pelirrojo posando sus manos sobre sus rodillas.- O bien por las circunstancias o porque tú desapareces de mi lado a la primera de cambio.

¿Qué quieres que te diga, Ron?

¿De verdad quieres hacer como que lo de anoche no ocurrió? -preguntó él a su vez, haciendo que ella, avergonzada por el recuerdo y por ser todavía capaz de sentir las manos de él recorriendo su cuerpo, girase la cabeza para que no pudiera ver su rostro.

No, no puedo. -su voz era apenas un susurro, pero suficiente para que él lo escuchara.- Aunque sinceramente es lo que más quiero en estos momentos.

Mentirosa, dijo una voz en su cabeza. Lo que más quieres en estos momentos es que ese pelirrojo te abrace y te estreche contra su cuerpo. Que borre de tu mente, de tu cuerpo y de tu corazón todo rastro de tristeza. Eres una mentirosa.

Vaya. -dijo Ron haciendo una mueca de dolor y levantándose en el proceso. Hermione se dio la vuelta para que siguiera sin poder verle el rostro.

Pero no se puede borrar nada de lo que hicimos. -siguió diciendo ella mientras un escalofrío le recorría la columna vertebral. Notaba la presencia de Ron a su espalda, el calor que irradiaba su cuerpo, la sensación de que si andaba dos pasos podría llegar a cubrirla por completo.

¿Por qué viniste a mi casa, Hermione? -preguntó Ron avanzando esos dos pasos y colocando sus manos en los brazos de ella. Hermione se tensó ante el contacto, pero no se movió.

...-se mantuvo callada, con los ojos cerrados y el corazón latiendo a mil por hora.

Tan solo quiero una razón, Hermione. Una explicación. -insistió él. Su aliento chocaba contra la piel del cuello de la castaña.

No lo sé. -dijo finalmente Hermione, aun con los ojos cerrados y la mandíbula tensa.- Quisiera poder decirte algo más concreto, pero... No lo sé, Ron. -suspiró.- Solo sé que algo se rompió en mi mente y en mi corazón cuando me dijiste adiós el otro día.

Eso se llama perder toda esperanza.

Eso se llama amor, dijo la voz en la cabeza de Hermione. Díselo; dile que le amas, que tu deseo por él fue más fuerte que tu compromiso con Cormac; díselo. Háblale de la lucha continua que se libra en tu interior.

Llámalo como quieras. -dijo en su lugar, intentando rebajar la intensidad de las palabras de ambos. Era como si estuvieran en su propia burbuja y se hubieran olvidado del mundo y de sus problemas. Tan solo existían ellos dos y las cosas que se atrevían a decir. Las que no, continuaban guardadas en el fondo de sus corazones.

Nunca perdiste la esperanza de que volviera a por ti, ¿verdad? -dijo Ron acercando más su cuerpo al de ella. Inconscientemente, Hermione dejó que su propio cuerpo se recostara en el pecho del pelirrojo, temerosa de que las piernas no pudieran sujetarle por más tiempo.

Ron...-susurró sin abrir los ojos. No quería, no podía, porque sabía que cuando los abriera el momento entre los dos habría pasado y ella volvería a construir su muro impenetrable piedra a piedra. Pero en una forma de autoconsolarse, se dijo que no pasaba nada si se dejaba envolver por sus brazos durante unos minutos; solo unos minutos.

Y como si el pelirrojo hubiera escuchado su pensamiento, movió sus manos y sus brazos para rodear la cintura de Hermione, pegándola aun más a su cuerpo. Apoyó la barbilla en el cabello de ella, moviendo la cabeza de un lado a otro, sintiendo como los rizos de ella acariciaban su piel, inhalando su esencia y saboreando el perfume con reminiscencias frutales que ella siempre se ponía.

Solo dilo, Hermione. -susurró él contra su oreja izquierda.

Ahora ya es demasiado tarde, Ron. No se puede hacer nada. -una lágrima traicionera y furtiva rodó por su mejilla derecha.

Ron sintió como si le hubieran dado un puñetazo en la boca del estómago. ¿Acaso estaba insinuando Hermione que si él hubiera regresado antes las cosas habrían sido diferentes? No, no podía ser. Él la conocía como nadie, o eso quería creer. Amaba cada uno de los aspectos que caracterizaba a la castaña, todas sus virtudes y todos sus defectos. Y entre estos últimos se hallaba el que sobresalía por encima de todos: el orgullo. Desde siempre, desde que eran niños, Hermione había sido una persona orgullosa, y eso no había cambiado de mayores. Ron sabía que era su orgullo el que le impedía perdonarlo. Lo sabía; porque veía en sus ojos que todavía lo amaba, que lo que existía entre ellos dos era amor verdadero, amor del bueno, de ese que te trastoca la vida y la vuelve del revés.

Con ese convencimiento, el pelirrojo retiró una mano de la cintura de Hermione y comenzó a darle la vuelta. Cuando quedaron cara a cara, ella bajó la cabeza para no tener que mirarle a los ojos. Sus ojos siempre habían sido su debilidad. Sabía que en cuanto los mirase haría o diría algo que a su modo de ver no debía. Pero Ron no estaba dispuesto a rendirse; no cuando ella había vuelto a abrir las puertas a la esperanza. Había estado a punto de darse por vencido, aquella noche en el coche, pero en las últimas veinticuatro horas había comprendido que debía seguir luchando por ella. No estaba permitido rendirse.

Si se rendía...perdía.

Si luchaba... ¿ganaba?

Eso estaba por verse.

Ron usó su mano libre para coger la barbilla de ella y alzarla. Del mismo modo que ella repelía su mirada, él ansiaba ver sus ojos dorados. Eran únicos, como ella. Poco a poco, Hermione fue levantando la cabeza, con los ojos fuertemente cerrados, no queriendo ceder a las suplicas calladas de él. Quiso abrir la boca para detenerlo; quiso desasirse de su agarre; quiso desaparecer y volar muy lejos de allí; y quiso volver a fundirse en el abrazo de su cuerpo, abrir los ojos y acercar sus labios a los de él para besarlos. Pero no hizo nada; apenas se permitía respirar, a la espera de que él diera el siguiente paso. Ron pasó la mano por el cabello castaño y escondió un rizo detrás de la oreja, regodeándose en la suavidad de la piel de su mejilla. Hermione abrió lentamente los ojos, muy a su pesar, y fue engullida por ese mar azul que eran los de él.

Te amo, gritaba su mente.

Sin embargo, era como si le hubieran quitado la capacidad de hablar.

Nunca he sido amigo de la palabra 'tarde'. -dijo Ron; no quería presionar demasiado. Sabía que estaba llevando las cosas al límite y que en cualquier momento su burbuja se iba a pinchar. En cualquier momento, Hermione abriría los ojos de verdad y se escurriría de sus brazos como siempre ocurría.

Ron acercó su rostro al de ella, hipnotizado por sus ojos. Presionó su nariz contra la de ella, pegó su frente a la de ella...

Hermione...-susurró contra su piel.

Como si hubiera estado dormida todo el tiempo y acabara de despertar, Hermione pestañeó varias veces al escuchar su nombre pronunciado por el pelirrojo. Dejó escapar un suspiro cuando se dio cuenta de lo cerca que estaban, de la imagen equívoca que daban. Apoyó ambas manos en el pecho de Ron y lo obligó a apartarse suavemente. Él con un suspiro, hizo lo que ella le pedía de manera queda. Ambos sabían que su momento había pasado; que la burbuja había explotado. Ron deslizó lentamente sus manos por la cintura de ella hasta que estuvo fuera de su alcance. Hermione dio un paso hacia atrás y apretó las manos situadas a ambos lados de su cuerpo.

Ron volvía a ser el hombre al que amaba pero que le había roto el corazón.

Y Hermione volvía a ser la prometida de Cormac McLaggen.

Le habría encantado seguir paralizada; sentarse en una silla y no ser consciente de lo que pasaba a su alrededor, de todas las malas decisiones que había tomado en su vida. Esas mismas decisiones que provocaban que en esos momentos estuviera sintiendo el dolor más grande que había sentido nunca. Ni siquiera cuando cinco años atrás Ron la traicionó. Porque jamás el corazón le había dolido de manera tan clara, con pinchazos oprimiendo el tierno órgano. Porque sus pulmones se negaban a hincharse con el aire que ella se obligaba a inspirar. Porque su garganta estaba contraída de tal forma que nada podría pasar por el estrecho canal. Porque su estómago se retorció de tal forma que fue como si le clavasen mil alfileres en el abdomen. Porque las rodillas le temblaron como si estuvieran siendo atacadas por un terremoto. Porque los pocos restos de corazón que había conseguido reunir, se habían vuelto a romper.

Recogió su bolso y su chaqueta, sintiendo la urgente necesidad de apartarse del pelirrojo, de poner tierra de por medio. No soportaba estar más a su lado cuando estaba claro que aun lo amaba y que él la amaba a ella. Porque tal y como Ron sabía, su orgullo y su compromiso eran mayor que su amor. No se atrevió a mirarlo otra vez, porque entonces no se alejaría, y caminó con paso rápido y decidido hacia las puertas de salida.

Ron se quedó solo en la sala de espera. Con las manos en los bolsillos, el corazón en un puño y las ilusiones esparcidas por el suelo. Pero con la esperanza intacta. Lo había visto en los ojos de ella; aunque no hubiera dicho las palabras que él quería oír, Ron lo había visto. Y de momento, eso le bastaba para continuar con su plan. Para no darse por vencido.

Porque ese dolor que ambos habían sentido...

Ese dolor...

Solo el amor dolía de esa manera.