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Olvidé olvidarte — capítulo 9
Capítulo 9: Paralizada.
Ron se despertó con las primeras luces del amanecer, alargó el brazo y encontró el otro lado de la cama vacío. La almohada estaba fría al tacto y la esencia de ella empezaba a evaporarse. Suspiró y se quedó mirando al techo. ¿De verdad esperaba despertase con Hermione a su lado? Después de la noche que habían pasado juntos, perdidos en su propio mundo de deseo y caricias, el pelirrojo había dejado volar demasiado su imaginación. Había sido un auténtica sorpresa cuando al abrir la puerta se encontró a Hermione al otro lado. Ahora que habían pasado las horas, podía analizarlo con propiedad. No le había preguntado nada, ni qué hacía allí, ni qué pretendía, ni...nada.
Lo cierto es que ahora estaba mucho más confundido si cabía con la actitud de la castaña.
Cuando ya se había resignado a perderla para siempre, aparecía en su casa y pasaban la noche juntos haciendo el amor como si fuera lo más normal del mundo. Ron echó los brazos hacia atrás colocándolos detrás de su nuca. Él lo había sentido normal, correcto. Había escogido creer que era un señal del mundo que les decía que debían estar juntos. Pero ahora ella no estaba y él no sabía dónde estaba ni si la volvería a ver.
¿Estaba siendo un iluso por pensar que lo ocurrido la noche anterior por fin podría poner fin a la disparatada idea de ella de casarse con Cormac?
Si no conociera a Hermione del modo en que la conocía...
Al cabo de unos minutos se levantó de la cama, paseándose completamente desnudo por su apartamento. Fue a la cocina y se sirvió una taza de café a la que añadió un buen chorro de whisky. Contempló el reflejo del sol a través de la ventana y respiró hondo. La tormenta de la noche anterior había dado paso a un día espléndido con un cielo azul libre de nubes.
Ron movió la cabeza de un lado a otro.
Tal vez lo ocurrido la noche anterior había sido su forma de despedirse.
Sería muy propio de Hermione actuar así.
Pero...
Ron se sentía atado de pies y manos. Estaba en un terreno en el cual no sabía nada, y no tenía ganas de ir a casa de su hermana para hablar con Harry. Porque de seguro que Ginny tendría algunas cosas que decirle; y no estaba por la labor de discutir su vida sexual con su hermana. Pero necesitaba distraerse de alguna manera. Aquella espera lo estaba matando. Había estado tan cerca...tan cerca...y ahora de nuevo ella se había escapado.
Apuró la taza de café y fue hasta el baño para darse una ducha; tal vez así refrescara un poco las ideas. Cuando decidió volver a Inglaterra y luchar por el corazón de Hermione, nunca se imaginó que las cosas pudieran terminar así. Sabía que Hermione era testaruda y orgullosa, y que le había hecho un daño irreparable. Sabía que contaba con la oposición de toda su familia y que no era una decisión natural. Y aun así, había venido, la había visto, la había besado y habían pasado la noche juntos.
Y ahora era él que el que estaba hecho un lío.
¿Qué se suponía que debía hacer?
El instinto le decía una cosa, el corazón otra y la razón otra muy distinta.
Salió de la ducha y se vistió con lo primero que vio en el armario. La camiseta negra se le pegaba en la espalda allí donde aun quedaban gotas de agua. Cogió las llaves de su apartamento y salió con aparente despreocupación. Tenía que poner espacio entre su dormitorio y su mente. Puesto que si las buscaba, no paraba de encontrar evidencias de la presencia de Hermione allí. Como si no tuviera suficiente con tenerla siempre en la mente.
En los últimos minutos una posibilidad había hecho mella en su corazón.
Hermione se había despedido de él.
Pasar la noche juntos había sido su forma de decirle adiós.
Después de su ducha lo veía todo más claro; y acrecentaba el dolor de su corazón. No podía engañarse por más tiempo. Jamás conseguiría recuperarla. Pero que le partiera un rayo en ese momento si no iba a seguir luchando por ella.
¿Ya no vas a luchar por mi?, le había preguntado ella la noche anterior.
Por supuesto que lo haría; el día que dejase de hacerlo estaría muerto. Esa sería la única forma de que renunciase a ella. La necesitaba del mismo modo en el que el sol necesitaba a la lucha; del mismo modo en el que el corazón necesitaba la sangre; del mismo modo en el que los pulmones necesitaban aire para funcionar. Necesitaba...la necesitaba a ella, a toda ella.
Había sido un tonto, un loco, un iluso...y seguramente una amalgama de cosas mucho peores. Pero era humano, y los humanos cometen errores.
Mientras caminaba por la calle entremezclándose con los muggles pensó en lo irónico de la situación. Hacía dos noches que había decidido apartase de ella, sintiendo todo el dolor de su corazón. Había llegado a la conclusión de que él era tóxico para ella. De que era lo mejor. Y así se lo había dicho mirando a esos ojos color ámbar que no le dejaban en paz nunca. Pero la noche anterior todo había cambiado. Esta vez, había sido Hermione la que había ido hacia él. No importaba que hubiera sido su forma de despedirse.
Hermione había ido a buscarlo, no dejaba de repetirse en su mente.
Y todos esos sentimientos que durante veinticuatro horas había estado atesorando y guardando en una caja en un lugar muy hondo de su corazón, volvieron a aflorar con la fuerza de un huracán. Había sido un idiota cuando pensaba que estaba siendo un hombre. Ningún hombre en su sano juicio rechazaría un amor como el que él sentía por Hermione. Eso sin contar que ella también le amaba. Se lo había dejado claro la noche anterior. No con palabras; en ningún momento habían salido las dos palabras de su boca. Pero Ron lo había visto claro en sus ojos, en su forma de mirarlo; en sus manos, en su forma de acariciarlo; en su cuerpo, en la forma en la que se movía contra el suyo.
De ninguna manera aquello podría pasar por otra cosa que no fuera amor.
Pero ella seguía empeñada en casarse con Cormac.
Y Ron ya no sabía qué hacer al respecto.
Sabía que tenía que hacer algo, pero... ¿qué le quedaba ya?
¿Arrastrarla al centro del Callejón Diagón y gritarle que la amaba delante de todo el mundo?
¿Secuestrarla y llevársela a una isla desierta, los dos solos, sin posibilidad de salir?
¿Obligarla a admitir que no podía vivir sin él?
De todas las posibilidades, esta última parecía la más difícil.
Hermione jamás lo admitiría; era demasiado orgullosa, demasiado correcta, demasiado ella misma.
Pero que le condenasen si después de pasar la noche juntos, Ronald Weasley no volvía a entrar en el juego.
Porque al fin y al cabo, el amor se reducía a eso: a un juego.
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Había escogido el tren de manera consciente. Apoyada contra la ventana, vio como el paisaje cambiaba a medida que se iban adentrado en la campiña inglesa. Tenía tres horas de camino por delante. Tres horas para pensar en lo que había hecho. Se llevó una mano al rostro, como si de aquella manera pudiera esconderse del mundo y de si misma, y suspiró. Había actuado de manera irresponsable, infantil, incoherente, inmadura. No había ninguna otra forma de explicar lo que había ocurrido la noche anterior. Y todo era culpa suya. Había sido ella la que se había presentando en casa de Ron. Había sido ella la que le había provocado con sus palabras.
¿Ya no vas a luchar por mi?, le había dicho con apenas un hilo de voz y la angustia pintada en la cara, entremezclada con las gotas de lluvia.
¿Tengo alguna posibilidad de ganar?, le había dicho él taladrándola con sus ojos azules. Esos ojos que cada vez que los miraba provocaban que le temblasen las piernas.
¿Y ahora qué se suponía que tenía que hacer con Cormac? No podía contarle la verdad, pero no sabía si podría aguantar mirarle a los ojos y no morir de la vergüenza. Se había acostado con otro hombre a tan solo cuatro días de casarse con él. Tenía ganas de echarse a llorar.
¿Y Ron? ¿Qué se ponía que tenía que hacer con Ron ahora? ¿Cómo le explicaba su cambio momentáneo de actitud?
Había pasado toda la noche abrazada a su cuerpo, con su cabeza en su pecho, escuchando los latidos de su corazón, acariciando de cuando en cuando su piel. Y había llegado a la conclusión de que aquella noche había sido su despedida. O al menos así se lo justificaba a si misma. Porque de alguna manera tenía que buscarle una razón. Puesto que la realidad que le decía su conciencia no le valía. No quería aceptar que lo había hecho porque aun lo amaba y lo necesitaba para respirar.
Porque sonaba incorrecto.
Porque sonaba patético.
Porque ella no se podía permitir pensar así en un momento como ese.
Ahogó un sollozo y se mordió los nudillos hasta dejar la marca de sus dientes en la piel. Cerró los ojos con fuerza mientras bajaba las manos temblorosas hacia su regazo. Merlín, ¿por qué todo era tan complicado? Subió una mano hacia el hueco que había entre su pecho y su cuello y comenzó a dar pequeños golpecitos contra la piel. Como si de aquella manera pudiera acallar el rugido de su corazón.
Ron se apartó ligeramente para mirarla. Hermione tenía la boca entreabierta, respiraba agitada y sus ojos se veían oscurecidos por la excitación. La besó con pasión y urgencia, obligando a su lengua a dejarle paso a la suya. Hermione entrelazó sus brazos en el cuello de él, atrayéndolo más contra su cuerpo. Las manos de Ron bajaron por la espalda de ella, trazando caricias en cada resquicio de piel que quedaba en su camino. En ningún momento dejaron de besarse, de adentarse el uno en el otro. Sus lenguas parecían danzar, o más bien luchar, para ver cual de los dos se hacía con el control.
La respiración entrecortada, sus pechos subiendo y bajando con aceleración, y gemidos, muchos gemidos recortados contra la oscuridad y el silencio de la noche.
Ninguno de los dos parecía querer romper aquel beso de instintos primarios.
Todo era rudo, trazando una delgada línea entre el dolor y el placer.
Hermione se apoyó contra la puerta mientras las manos del pelirrojo dejaban su espalda y se concentraban en el resto de su cuerpo; sus caderas, su trasero y, finalmente, sus pechos. Le temblaban las piernas cuando subió sus manos hasta la nuca de él y acarició con los dedos el largo cabello rojo.
Jamás había experimentado una pasión como esa con Cormac, pensó. Pero enseguida desechó el pensamiento. Era mejor no pensar en Cormac en esos momentos. De hecho, lo mejor era no pensar en nada. Tan solo sentir.
Sintió los dedos de Ron llegar a los botones de su blusa negra, desabrocharlos y dejar al descubierto su sujetador negro. Y sintió fuego recorrer su piel cuando esas manos estuvieron, por fin, en contacto con la piel de sus pechos. Ron rompió el beso y jadeó contra la linea de su cuello, mandando más vibraciones hacia todos los confines de su ser. El pelirrojo besó el cuello cetrino al tiempo que sus manos traspasaban la tela que cubría sus pechos y acariciaba las pequeñas protuberancias con la yema de sus dedos. Hermione estaba a punto de derretirse allí mismo, con la espalda clavada contra la puerta. Movió la cabeza en busca de aire, incapaz de seguir por más tiempo acorralada de aquella forma. Puso las manos contra los hombros de él y lo apartó para llamar su atención. Ron volvió a la seguridad de sus labios y acometió de nuevo con su lengua, como si ella fuera una roca y él el mar que entrechocaba una y otra vez contra ella. Pasó un brazo por la cintura de ella, para poder sostenerla y caminó con ella hasta dejarse caer de espaldas en el sofá.
Ahora era Hermione quien lo tenía acorralado.
Disculpe, ¿está ocupado este asiento?
Aquella voz la trajo de vuelta a la realidad. Hermione levantó la cabeza, con las mejillas arreboladas, y batió los ojos varias veces para ver a la persona a la que pertenecía la voz. Se trataba de un hombre de mediana edad, con la gabardina en una mano y un maletín de trabajo en la otra. Un muggle, pensó. Se aclaró la garganta al tiempo que se enderezaba en su asiento, recolocando mejor las pertenencias que había dejado esparcidas en el asiento de al lado.
No. -le dijo finalmente al hombre y volteó la cabeza para concentrarse de nuevo en el paisaje.
Gracias. -dijo el hombre; colocó la gabardina en la estantería que había sobre sus cabezas, se sentó y apoyó el maletín en sus rodillas. Enseguida lo abrió y sacó una ingente cantidad de papeles que se puso a repasar con avidez.
Hermione suspiró agradecida. Lo último que le faltaba era tener a un compañero de viaje parlanchín que la interrogase sobre su vida, aunque fueran preguntas insustanciales. Se pasó una mano por la frente, echando el cabello castaño hacia atrás. El sol de la mañana se colaba por la amplia ventana mientras seguían surcando los prados del centro de Inglaterra. Apoyó la cabeza contra el cristal y cerró los ojos. De nuevo había estado soñando con él; pero esta vez en su sueño se habían colado sus labios y sus manos.
No había sido esa su intención cuando fue a casa de Ron la noche anterior. Si era completamente sincera consigo misma, no sabía exactamente cual había sido su intención. Tan solo que por una vez en su vida se había dejado llevar por su instinto y su necesidad de tenerlo a su lado. Tal era la congoja que había arrasado su mente y su corazón cuando el día anterior él se había despedido de ella. Sabia que había actuado egoístamente y que probablemente el pelirrojo se encontraba ahora tan confundido como ella. Pero no había podido resistirse.
Había tenido que besarlo una vez más.
Tenerlo una vez más, se dijo mientras su mente volaba de nuevo a la noche anterior, después de que Ron la llevase en volandas hasta su dormitorio. Con la piernas de ella entrezaladas fuertemente en sus caderas, con las manos de él sosteniendo su trasero, con las bocas de ambos luchando por sobrevivir a esos besos cargados de pasión.
Para sorpresa de los dos, cuando llegó el momento, hicieron el amor de manera lenta y tierna. Dejaron a un lado la urgencia y la pasión que había caracterizado a sus besos y caricias previas. Hermione se dejó caer hacia atrás en la cama con Ron encima suyo, sin apartar sus ojos de los de él. Le ayudó a quitarse de la camiseta empapada por la lluvia que ella había traído. Acarició su torso musculado, pasó sus manos por sus hombros y sus brazos y cuando llegó a su cuello, lo atrajo hacia abajo para besarlo de nuevo. Él no perdió el tiempo en desabrocharse el pantalón y sacarlo con la ropa interior incluida. Ahora estaban los dos desnudos; piel con piel; fuego con fuego. Rodaron en la cama, de nuevo luchando por llevar la voz cantante. Pero esta vez fue Ron el que se impuso. Se detuvo para mirarla y apartar un mechón de cabello castaño de su rostro. Entrelazó sus manos con las de ella y las estiró hasta colocarlas a ambos lados de su cabeza. Entonces se introdujo en ella y comenzó el vaivén de caderas y la melodía de gemidos.
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Ginny se paseaba de un lado a otro de su cocina. Últimamente no hacía otra cosa, y la culpa siempre la tenía la misma persona. El idiota de su hermano. Cada paso que daba en su "misión" de recuperar a Hermione no conseguía otra cosa que alejarlo de ella. ¿Es que no se daba cuenta de que era una misión suicida? Pero ya lo último había sido salir en directo en todas las cadenas de la televisión mágica para declararle su amor. ¿Es que se había vuelto loco? No quería ni pensar en cómo estaría Cormac. Cierto que no conocía demasiado bien al castaño, a pesar de que llevaba en sus vidas tres años, pero... ¡A cualquier persona con sangre en las venas le habría cabreado la aparición de Ron!
Vale, no había dicho su nombre, se dijo mientras se pasaba una mano por la frente, pero no había que ser muy listo para sumar dos más dos. Y más cuando toda la comunidad mágica había sido testigo de su deslealtad con una rusa hacia cinco años. Harry pensaba que la gente olvidaba rápido esas cosas, pero ella sabía que no. Los cotilleos eran la salsa de todas las conversaciones alrededor del mundo. Y bastaba con una palabra, un gesto o un recuerdo para traer de vuelta los acontecimientos que tanto daño hicieron a su familia y a Hermione en especial.
Ginny había apoyado a su hermano en esa misión suicida, desde el principio, aunque a veces pareciera que tenía dudas. Pero el pelirrojo había traspasado todos los límites imaginables y estaba a punto de terminar con la cordura de todos. Ya había recibido varios mensajes de su madre a través de su patronus; los gemelos también estaban enfadados con su hermano; Percy se hacia el ignorante en toda aquella historia, pero lo cierto era que estaba cansado de que le preguntasen en su trabajo sobre su hermano. ¿Y Charlie y Bill? Bueno, ellos dos vivían fuera de Inglaterra, así que no se enteraban de la misa la mitad. A Merlín, gracias. Porque si no Ginny estaría tirándose de los pelos. No era posible que una sola persona, ella, fuera la encargada de canalizar todas las voces de su familia. Y el peor de todos era Harry.
Su maravilloso, paciente, cariñoso y enamorado Harry.
Que se estaba comportando de un modo irracional en todo ese asunto.
Primero no queriendo meterse en medio; después poniéndose del lado de Hermione; después poniéndose del lado de Ron cuando la rueda de prensa; y ahora estaba otra vez del lado de Hermione cuando ella le había hecho ver lo que el lelo de su hermano estaba provocando. Era como un cataclismo de esas películas muggles que tanto les gustaba ver. Como si en medio de la comunidad mágica se hubiera abierto un agujero negro que amenazara con tragárselos a todos. Porque eso era lo que era su hermano: una catástrofe andante.
¿Por qué nadie la escuchaba a ella cuando lo decía?
Sintió como las lágrimas acudían a sus ojos al recordar su discusión con Harry esa mañana. En todos los años que llevaban de relación, el moreno jamás se había marchado dejándola con la palabra en la boca...hasta esa mañana. Y todo por culpa del gilipollas de su hermano, se dijo otra vez. Ginny no aguantaba estar enfadada con Harry, era su debilidad, a pesar del carácter explosivo que la caracterizaba.
Se paseó por la cocina buscando una tranquilidad que no llegaba. No había nadie más entusiasta del regreso de Ron y Hermione como pareja que ella. Pero no podía seguir apoyando a su hermano cuando lo único que hacían sus acciones era más daño a la castaña. En todos los años que hacía que conocía a Hermione, nunca la había visto tan abrumada y consumida por la situación como ahora. Y Ginny sabía que en el fondo la castaña tenía razón: si tenía que equivocarse era su decisión. Si Cormac no era el hombre de su vida y ese matrimonio era temporal...el tiempo lo diría. O a lo mejor estaban todos equivocados y Hermione se conformaba con el amor de Cormac para mantener una relación cómoda carente de pasión.
Ginny se acercó al fregadero y cogió un vaso para llenarlo de agua. Fue entonces cuando sintió un calambre en el vientre. Se llevó una mano a la barriga todavía plana y con la otra se asió del fregadero. El calambre se extendió por todo su cuerpo y la dejó sin respiración. Para cuando una nueva oleada de dolor le sobrevino, Ginny dejó escapar un gemido de dolor. Con paso lento pero firme, se encaminó hacia el lavabo de la planta de abajo y comenzó a quitarse la ropa. Un nuevo lamento escapó de su boca cuando al remover la ropa interior vio una mancha de sangre en sus bragas. Conteniendo una arcada y luchando por no ser ella misma en ese momento, se subió la ropa y salió al comedor para coger su varita. Le mandó un patronus a Harry, olvidando por completo que estaban enfadados, y se tumbó en el sofá a esperar.
Se llevó una mano a la frente mientras con la otra presionaba contra su vientre, como si así pudiera proteger al ser humano que estaba creciendo en su interior. ¿Estaba teniendo un aborto? Las lágrimas rodaron de nuevo por su mejilla a la espera de la llegada de su esposo. Intentó respirar hondo diciéndose que todo estaría bien. Que para nada iba a perder ese bebé tan deseado, ¿verdad?
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Hermione llegó a Hogwarts a mediodía. Era un día inusual en las Tierras Altas de Escocia. Soleado, sin nubes en el cielo y sin una brizna de aire en el ambiente. Era incluso sofocante, se podría decir. Hacia mucho tiempo que no subía al viejo castillo, a pesar de que allí había pasado los años más cruciales de su vida. Pero la vida en Londres, con el trabajo, la familia y las obligaciones, la tenía totalmente ocupada. Caminó con tranquilidad desde la estación hasta los terrenos del castillo. Por el camino se encontró con algunos alumnos de último curso y desde el campo de Quidditch llegaban los coletazos de un partido de entrenamiento. ¿Cuantas veces se había sentado en las gradas para verlo jugar a él? Sin duda, demasiadas.
Podría haber entrado al castillo, saludar a Neville, que trabajaba como profesor de Herbología, o pasar un rato agradable conversando con la directora McGonagall. No en vano seguía siendo su alumna favorita. Pero los pies de Hermione se desviaron del camino empedrado, alejándose del patio de entrada. Pasó por el puente de piedra y salió a una explanada con unas toscas escaleras excavadas en la tierra que bajaban por la colina. Recordó como en ese mismo punto le había dado un puñetazo a Malfoy en la nariz y en la satisfacción que sintió en ese momento. Si, había muchísimos recuerdos en aquellas tierras.
La cabaña de Hagrid seguía igual que la primera vez que la vio. El fuego aullaba en la chimenea, daba igual la estación en la que estuvieran. El huerto de calabazas donde una vez estuvo preso Buckbeack seguía exhibiendo sus calabazas gigantes. Y la cercanía del Bosque Prohibido ya no conseguía insuflarle miedo como cuando tenía trece años. Sonrió tontamente al recordar todas aquellas aventuras que habían estado a punto de costarles la vida más de una vez. Ahora con la perspectiva del tiempo todo se veía mucho más claro, pero entonces... Entonces no eran más que unos críos luchando contra una mal que desconocían. Pero habían salido airosos.
Y Hermione esperaba que con su presencia allí, también pudiera salir airosa de la situación en la que se había metido. Había sido una cobarde y había preferido salir de la cama de Ron cuando él aun estaba dormido. Sinceramente, no habría sabido manejar la situación si hubiera tenido que enfrentarse a su rostro, a sus ojos esperanzados y a su sonrisa bobalicona. Había sido lo mejor, aunque de cobardes. Hermione suspiró y llamó a la puerta de la cabaña de Hagrid.
¿Quién le iba a decir a ella que llegaría el día en que buscaría consuelo en la figura del gigante?
¡Hermione, qué sorpresa verte! -dijo Hagrid cuando advirtió su pequeña figura al otro lado de la puerta. Se acercó a ella para darle un abrazo y la levantó del suelo en su empeño.- Cuánto tiempo hace. Estás estupenda.
Hola, Hagrid. A ti también te veo muy bien. -dijo la castaña sonriendo. Era fácil sonreír con el gigante.
Pero pasa, pasa. No te quedes ahí fuera. -se hizo a un lado para dejarla entrar en la cabaña. Si el calor afuera era sofocante, dentro parecía una sauna. Hermione se quitó la chaqueta y el pañuelo que llevaba anudado al cuello, así como las gafas de sol, y lo dejó todo a un lado de la enorme mesa de madera.
Siento presentarme de forma tan imprevista.
Calla, calla. Los amigos nunca son imprevistos. Estoy encantado de verte. Ya queda poco para la boda, ¿eh? -preguntó inocentemente.
Si. Apenas tres días. -dijo ella con un suspiro.
Ey, pero ¿a qué viene esa cara, criatura?
Hagrid he cometido un gran error. -confesó ella dejándose caer en la silla más cercana. Hagrid ocupó la que había enfrente y concentró su mirada en el rostro de ella. Esperaba que dijese algo más, pero la castaña se contentó con esa simple frase.
Vamos, vamos, estoy seguro de que no es así. Yo nunca he estado en tu lugar, quiero decir que Maxime y yo nunca dimos el paso de casarnos y eso...-confesó el gigante un poco azorado.- Pero estoy seguro de que todo esto se debe a los nervios previos al enlace. Es un paso muy importante y...
Hagrid dejó de hablar cuando Hermione se echó a llorar. Ella intentó ocultar el rostro entre las manos, pero era imposible ponerle freno al torrente de lágrimas que bajaban por sus mejillas. Ahora desde la distancia física, comprendía que había puesto en entredicho su relación con Cormac, había abierto una puerta a Ron, había dado alas a algo que hasta hacia unos días había creído imposible. Y la culpa la tenía toda ella.
Eyy, Hermione...-Hagrid dio unas palmaditas en el hombro de la castaña.- Vamos, no hay nada que hayas podido hacer que...
Me he acostado con Ron. -soltó ella de sopetón.- Anoche. En su apartamento.
Wow. -exclamó Hagrid. Eso si que no se lo esperaba. Él, al igual que Harry, siempre había preferido mantenerse al margen de la relación que mantenían Ron y Hermione. Pero cuando las cosas se pusieron mal cinco años atrás, se puso del lado de Hermione totalmente, mostrándole un apoyo que pocas personas sabían.
Lo sé. -sollozó Hermione.- No sé qué hacer, Hagrid. No...no veo salida por ningún lado. Quiero tomar una decisión, pero haga lo que haga alguien va a salir herido. Y no quiero que nadie sufra por mi culpa. Yo...
Hermione, no puedes echarte sobre la espalda todo el dolor del mundo tan solo porque no quieras que los que están a tu alrededor sufran.
Pero Cormac... No puedo hacerle eso. No puedo... Y luego está Ron. Él me rompió el corazón y yo...
¿Puedo decirte algo? -preguntó Hagrid en un arrebato.
Si, claro.
Te has inventado una vida y un nuevo yo. -dijo Hagrid ladeando la cabeza para mirarla por encima de su enorme taza de té.- Pero esa no eres tú, Hermione, y lo sabes. Te estás escondiendo de lo que sientes.
Hermione se sonrojó al saberse juzgada tan sabiamente.
Pero es que no quiero sentirlo. -susurró. Como si al decirlo de esa manera, no fuera admitirlo de verdad.
Los sentimientos no se pueden controlar. -el gigante sonrió quédamente.- Creía que después de todos estos años lo sabrías.
Ya no estoy segura de saber nada. -Hermione bajó la cabeza y concentró la mirada en sus manos extendidas sobre la mesa de áspera madera sin tratar.- Ron es como una red en un arrecife de coral, que me atrapa y me envuelve con sus largos brazos hasta dejarme sin respiración.
¿Y Cormac? -preguntó Hagrid al cabo de unos segundos.
Hermione no dijo nada. No podía decirle que Cormac era como ese peluche que sientes ganas de abrazar de cuando en cuando, pero que más allá de eso... Con Cormac podía respirar tan hondo y profundo como quisiera. No había sorpresas con él; no había desafíos; no había extremos. Cormac era seguridad.
Ya sabes que yo nunca me he metido en vuestras vidas amorosas. Ni siquiera cuando erais unos chiquillos y se veía a la legua que estabais enamorados el uno del otro. -sonrió al ver como Hermione se sonrojaba, aún después de tantos años.- Pero...tengo que preguntártelo, Hermione. ¿Por qué quieres casarte con Cormac?
Hermione levantó la cabeza para mirar los ojos bonachones del gigantón que con los años se había convertido en un buen amigo, en parte de su familia. No podía mentirle, a Hagrid no. Allí, en aquella choza hecha de troncos y turba, con el perro tumbado a su pies y un caldero en el fuego de la chimenea, Hermione puso en palabras lo que su corazón llevaba diciéndole desde hacía tiempo.
No quiero estar sola, Hagrid.
Hagrid suspiró y posó su gran mano sobre las de ella.
Esa no es una respuesta muy buena, ni para ti ni para Cormac.
Hermione retiró las manos y se levantó de un salto. Recorrió en círculos en pequeño espacio dentro de la cabaña, llevándose las manos al cabello y echándolo hacia atrás. Mordiéndose los labios y arrastrando los pies. El corazón le latía rápidamente y la cara le ardía de vergüenza mezclada con el calor que hacía.
Lo sé. -dijo finalmente sin mirar a su amigo a los ojos.- Es egoísta y mezquina. Pero la soledad del corazón, del alma...-cuando levantó la cabeza para mirarlo, sus ojos parecían dos pozos insondables de pesar.
Conozco ese sentimiento. -dijo Hagrid quédamente.- Pero no puedes reemplazar ese dolor con algo que no existe. Resistirás un año o dos, pero llegará un día en el que te levantes y todo se habrá desmoronado en tu cabeza. Y cuando ese día llegue, no será a Cormac a aquien querrás tener a tu lado, Hermione, lo sabes.
Hermione se dejó caer en la silla de nuevo, con los brazos rodeando su cintura, como si quisiera protegerse de un dolor extremo que amenazaba con partirla en dos. Giró la cabeza para mirar el fuego. Las llamas rodeaban el caldero formando extrañas figuras bailando danzas exóticas.
Estoyparalizada, Hagrid. Ya no sé quién soy ni qué hago.
Cierra los ojos y respira hondo. De alguna forma tienes que empezar, y ese es un buen comienzo.