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Historia 188256 — capítulo 2

Tengo nueve años, y mamá me lleva a pescar por primera vez. Renta un bote a un señor con aspecto gruñón y le pide también un chaleco naranja que no me gusta. Tengo que usarlo si quiero subir al bote, dice, y el señor le da la razón.

Estamos sentadas de espaldas a la otra, cada una con una caña de pescar y esperando que aparezcan los peces. Mamá dice que le pedirá una receta a mi abuela para cocinarlos. Yo miro la superficie del agua, que me habla.

—Ven —susurra —. No tengas miedo. Estarás bien.

Mamá grita aterrorizada cuando me lanzo al agua. Entonces me doy cuenta de lo tonta que soy, pero ya es tarde. Algo me aferra el tobillo y me empuja con fuerza hacia lo profundo del lago. Estoy asustada y no puedo liberarme. Voy a morir…

Está amaneciendo cuando despierto, enredada en las sábanas y respirando con dificultad. Las manos me tiemblan ligeramente mientras me siento en el borde de la cama y me deshago la trenza. Hacía mucho tiempo que no revivía ese traumático recuerdo. Años de terapia se encargaron de llevarlo a lo más profundo de mi memoria, de donde escapó para hacer más notorios los malos momentos.

Finalmente decido que volver a dormir no es una opción, así que voy hasta el armario y busco las mejores prendas para un clima templado. No hay mucho que escoger. Mi ropa de Arizona es ligera y perfecta para los días cálidos, que en Forks puedes contar con una mano. Papá prometió que me ayudaría monetariamente a cambiar mi guardarropa, pero por hoy tendré que conformarme con mis jeans gastados, una camiseta blanca sobre un sweater de lana y unas para nada abrigadas botas.

Todavía es temprano para bajar a desayunar. Charlie debe seguir roncando. Me acomodo en la silla del escritorio, escribo algunas frases en mi diario y, de a poco, cualquier otro pensamiento es reemplazado por el recuerdo de la excursión de pesca. Mi madre estaba histérica cuando por fin me sacó del agua, semiinconsciente. La podía escuchar rogándome que no cerrara los ojos y repitiendo que todo estaría bien siempre que me mantuviera alerta.

Pero eso fue hace muchos años. Tiempo pasado; es hora de seguir adelante.

Inhalo y exhalo unas cuantas veces. Hoy es un día importante. O al menos así lo veo a pesar de las circunstancias. El primer día de clases siempre es complicado y, dado que la cantidad de alumnos en el instituto de Forks apenas roza los trescientos cincuenta y siete, es inevitable que al menos una persona se me acerque para hacerme sentir bienvenida. Lo que me asusta es la expresión que pondrán cuando me vean.

La hija de la suicida…

—¡Bella! —Papá entra a mi cuarto sin llamar antes. Me agarra por sorpresa y doy un respingo en la silla del escritorio. Rápidamente giro y lo miro con el ceño fruncido, medio enojada, medio curiosa.

—¿Qué pasa? —pregunto poniéndome de pie. Él se me queda viendo como atontado, como quien se acaba de enterar que tiene a su hija adolescente viviendo en la casa.

—N-no… N-nada, hija —Carraspea, nervioso, y evita mirarme a la cara —. Tengo que ir al trabajo ahora mismo. No tardes en bajar. Ten cuidado, y buena suerte en tu primer día.

Se va sin más, dejándome totalmente confundida y preocupada por la salud mental de mi padre. En cuanto escucho que se va en la patrulla, tomo mi mochila, mi anorak y bajo a preparar un desayuno lo bastante decente para soportar hasta el almuerzo. La verdad es que mis conocimientos culinarios no son tan amplios como mi madre quiso que fueran. No tengo mano para la cocina, ni la paciencia. Ella en cambio podía dedicarse las veinticuatro horas del día a preparar todo tipo de platillos que te hacían agua la boca.

Papá no lo hace mal tampoco. Un dulce y delicioso aroma hace gruñir mi estómago en cuanto estoy a escasos metros de la cocina. Dejó sobre la diminuta mesa una taza de chocolate caliente, un plato de tostadas doradas y un frasco de jalea de uva (mi favorita). Anoche preparó un filete con papas que dejó en claro que ama su soltería. Pocas mujeres se resisten a un uniformado que cocina y con un amplio conocimiento musical.

Desayuno sin prisa, evitando echar mano a mi teléfono. Mis amigos me enviaron muchos mensajes deseándome suerte en Forks, y les agradecí, pero no parecen satisfechos. Quieren recordarme una y otra vez que ya no estoy con ellos, que no tengo madre y que pasará mucho tiempo hasta que pueda ser feliz de nuevo.

Después de comer lanzo el teléfono a lo profundo de mi mochila, y doy un corto paseo por la casa antes de salir. No ha cambiado demasiado desde la última vez que estuve aquí. Los muebles son los mismos que papá y mamá compraron en sus primeros meses de matrimonio, excepto por el juego de sofás y los electrodomésticos. Lo que no se ha movido para nada es la espada samurái que cuelga sobre la repisa de la chimenea, justo arriba de una serie de fotografías mías con diferentes edades, peinados y escenarios.

Incapaz de permanecer en el silencio por más tiempo, me echo encima el anorak y me enfrento a la intensa llovizna. No me retraso buscando las llaves de la casa y refugiándome en la cálida cabina del monovolumen. En el interior aún flota un tenue aroma a tabaco y menta que me revuelve el estómago. Enciendo el coche con un infartante estruendo y, pasada la sorpresa, me pongo en marcha.

No es difícil llegar hasta el instituto, aun siguiendo las vagas e imprecisas indicaciones que papá dio durante la cena. Estaciono en la calle, frente a un edificio cuyo cartel sobre la puerta reza "Oficina Principal". Cuando bajo la llovizna se ha detenido pero soplan ráfagas de viento helado que mecen peligrosamente los árboles a mí alrededor.

Entro a la oficina con cautela, como si estuviera haciendo algo prohibido, y mi primer pensamiento es que cambiar el frío por el calor tan deprisa me hará enfermar antes de que termine la semana. Mi mirada vaga por la habitación cuadrada y modestamente decorada, y se detiene en la regordeta y pelirroja mujer que tararea mientras ordena papeles detrás del mostrador que divide la oficina. Ella me ve también y sonríe con dulzura.

—¿En qué puedo ayudarte? —pregunta dejando sus papeles para dedicarme toda su atención.

—Soy Isabella Swan —digo con voz tan firme como soy capaz de emplear. La mujer arquea una ceja con el suficiente disimulo para no ser considerado grosero —. Acabo de mudarme.

—Sí, sí, por supuesto —se apresura a asentir y me da la espalda.

Yo aprovecho para husmear en los papeles que han pegado en las paredes. Anuncios de ventas de bicicletas, clases particulares… un aviso a color con tres fotografías, dos chicos y una muchacha, y debajo la alerta de desaparecidos. Sin proponérmelo arrastro los pies hacia el cartel para ver mejor las fotos. Hay algo en los rasgos de la chica, afilados y altivos, que me resulta vagamente familiar.

—Aun no los encuentran —suspira la mujer, de cuya presencia me olvidé por completo. Me vuelvo hacia ella y noto una mezcla de orgullo y lástima en su mirada. No deseo saber por qué —. Bueno, es lo que pasa con quienes se salen del camino. Espero que sólo estén perdidos y tu padre los halle sanos y salvos —suspira otra vez y sacude los papeles que trae en la mano —. Aquí tengo un plano de la escuela y tus horarios.