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Historia 188256 — capítulo 3

El aula de Literatura, mi primera clase de la mañana, es pequeña y reina un silencio estremecedor. La señora Mason ya está paseándose entre las hileras de pupitres con una caja en la mano, donde los estudiantes dejan de mala gana sus teléfonos. Siento cómo se me hiela la sangre cuando sus grandes y penetrantes ojos marrones me descubren segundos después de que llego.

—Isabella Swan —No es una pregunta; era de suponer que los profesores estuvieran al tanto. Hago un torpe movimiento con la cabeza a modo de asentimiento y doy unos pocos pasos vacilantes en dirección a su escritorio. Ella se acerca haciendo ruido con sus tacones y acepta mi comprobante de asistencia sin pensárselo. Lo firma, me entrega una lista de lectura y señala un asiento vacío al final del salón. Cuando hago el ademán de ir a sentarme ella carraspea —. Ahora es mi estudiante, y hará lo que yo ordene —dice señalando la caja encima del escritorio —. Deje ahí su teléfono.

Tengo que revolver la mochila para encontrarlo, lo que significa estar de pie frente a una veintena de alumnos que me observan con atención. Dejo el aparato en la caja y camino hacia mi pupitre con la cara ardiéndome de vergüenza. Finjo examinar la lista de lectura cuando siento las miradas de los que están más cerca. Reconozco algunos de los nombres que eligió Mason, pero no estoy segura de haber leído siquiera a uno. Brontë, Shakespeare, Chaucer, Faulkner…

El tiempo pasa sin que lo note. La señora Mason hace un interesante análisis del trágico y fugaz romance de Romeo y Julieta que inspira a leer el libro, y de repente a todos nos sobresalta el timbre. La profesora devuelve los teléfonos y se marcha con prisa. Recojo mis cosas a la vez que un chico alto y de rasgos asiáticos se me aproxima con una tímida sonrisa en los labios.

—¿Isabella Swan? —pregunta, e imagino que ensayó distintos saludos y éste fue el que menos bobo sonaba dentro de su cabeza. Lo sé; me ha pasado incontables veces.

—Prefiero Bella —susurro. Su sonrisa se amplía un poco y extiende una mano para que la estreche.

—Soy Eric; trabajo en el periódico escolar —Me acompaña fuera del aula en silencio, al parecer ignorando las numerosas miradas que nos persiguen —¿Cuál es tu siguiente clase?

—Historia en el edificio seis —contesto automáticamente.

—Yo voy al cuatro. Podemos ir juntos.

No hay forma de negarse, así que asiento y nos dirigimos a nuestros destinos hablando de temas tan triviales que me cuesta creer que sea periodista. Tal vez esté esperando que gane su confianza para, no sé, obtener información de primera mano sobre investigaciones policiales. Pero si cree que yo le haré de fuente interna de la policía, está equivocado.

Cuando estoy por entrar al salón seis me hace una última pregunta que no tiene nada de trivial.

—¿Viste la foto?

No contesto; no por grosera o por no tener idea de qué me está hablando, sino porque el profesor Jefferson nos llama la atención desde el escritorio.

—Mi clase ya empezó —anuncia y antes de irse, Eric me desea suerte.

La mañana transcurre sin mayores incidentes. Excepto porque parezco ser la única en toda la escuela que no ha visto la foto. Todos hablan de ella, como si fuera una película sensacional que no tengo permitido perderme. Varios alumnos me saludan al final de cada clase, y sólo a unos pocos se les ocurre mencionar la foto, que nadie describe. Cuando pregunto de qué se trata me dicen que "no es lo mismo contar que ver".

Una muchacha de nombre Jessica, de baja estatura y melena rojiza, se sienta a mi lado en todas las clases que compartimos. No hablamos de la fotografía hasta la hora del almuerzo; ella me invita a su mesa, donde me presenta a sus amigas. La mayoría parece agradable y no es difícil unirse a las diferentes conversaciones que se arman, que van desde cine hasta los chicos guapos del instituto. Es un grupo agradable.

—¡Qué gente más morbosa vive en este pueblo! —exclama una chica llamada Lauren. Tiene el teléfono en la mano y el rostro contraído en una mueca de asco. Un par de muchachas se ríen con malicia, pero las demás, incluyendo a Jessica, le dan la razón.

—¿Es la fotografía? —pregunto, aunque la palabra morbosa me ha quitado parte de la curiosidad.

—¿Ya la viste? —pregunta Lauren y niego con la cabeza. Ella me entrega su teléfono —Sírvete.

La imagen es horrorosa.

Es un torso; sólo eso. Sin brazos, ni piernas ni cabeza. El pecho está abierto de principio a fin, con los órganos internos a la vista; la sangre forma un manto rojo a su alrededor. Una frase está escrita con esa sangre en el suelo, que parece ser pavimento. Dos palabras: TE ENCONTRAMOS.

Siento nauseas aun cuando dejo de mirar la foto. Las demás hacen comentarios que no logro oír, ya que me he levantado de la mesa y echado a correr fuera de la cafetería. Estoy afuera, sin mi abrigo y a punto de vomitar hasta lo que desayuné. Pero no me importa. Un día en Forks y es probable que sí vaya a necesitar la terapia que papá propuso durante la semana. Vomito entre unos arbustos en el patio, sin fijarme en las palabras que suenan a mí alrededor.

—Oye, ¿estás bien? —pregunta una voz aguda. Mantengo la cabeza gacha; el cuerpo entero me tiembla y parte de mí desea ser tragada por la Tierra —Ven, te ayudo.

Una mano pequeña me roza el hombro, y me levanto de golpe, casi sin pensarlo. Estoy respirando con dificultad y el estómago me duele por la fuerza ejercida. Busco con la mirada a la persona que me habló y descubro a una chica de mi edad, tal vez más joven, de baja estatura y rasgos finos, como de duendecillo. Su corto pelo negro apunta en todas direcciones. Sonríe dulcemente mientras me tiende un pañuelo hecho con una tela suave y blanca. Lo acepto con dedos temblorosos.

—Entonces, ¿ya estás bien? —insiste colocando las manos tras la espalda y balanceándose sobre las plantas de los pies. Su actitud infantil me inspira confianza pero mantengo la boca cerrada, viendo con detenimiento cada detalle que compone a la muchacha frente a mí.

Tiene la tez blanca como la nieve, nada extraordinario en una localidad donde apenas sale el sol. Lo que no es normal son las profundas ojeras que se extienden como cardenales bajo sus ojos, del color de la miel. Parece enfermiza, lo que no combina con su postura segura y la ropa poco abrigada que trae puesta.

—Soy Alice. Tú eres Bella, ¿no? La chica nueva —dice a toda velocidad, estrechándome la mano que no sostiene el pañuelo —Me gusta tu sweater.

—Gracias —balbuceo echando un fugaz vistazo a mi pecho. Por alguna razón me siento cohibida, como si ella estuviera amedrentándome —. Eh… y sí, no te preocupes, ya estoy bien. Fue algo que comí.

Ella sonríe comprensiva.

—Sí, la comida de aquí no es muy buena.

—Alice, no te quedes atrás —Un muchacho más alto que cualquiera de las dos, de hombros anchos y cabello cobrizo, aparece de la nada. Igual que Alice, su postura no concuerda para nada con sus pronunciadas ojeras y atuendo ligero.

Automáticamente retrocedo un paso y nuestras miradas se encuentran. Sus ojos, también dorados, se transforman en finas rendijas que parecen analizarme como una máquina de rayos X. La sangre se me agolpa en el rostro, pero no rompo el contacto visual. Es él quien lo hace, de golpe y como dolido.

—Lo siento, Edward —Ella se encoge de hombros y me mira con ternura —. Bella necesitaba mi ayuda. Puedes quedarte con el pañuelo.

Se van juntos, ella con movimientos gráciles y él como si quisiera imponer respeto. Los observo con atención hasta que entran en la cafetería, detrás de otros tres chicos. Me quedo inmóvil en mi lugar; el corazón me late a toda prisa y el calor se extiende por mi cuerpo a pesar del frío. Una incomprensible angustia toma el control de mi ánimo.

Regreso con Jessica y las demás tratando de contener las lágrimas.