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Rosas blancas — capítulo 1
Una muerte, una marca. Quince marcas, quince muertes.
Veo los ojos del cazador fijados en mis marcas. Recuerdo el día que me desperté y tenía quince marcas alrededor de la muñeca. Supe que iba a morir. He aguantado un año, mucho más que los otros Padovit. Espero que haya dado tiempo a los cuatro restantes, ellos son el futuro de nuestra especie ahora. Ahora que voy a morir.
Luna me avisó del peligro antes de que la mataran a ella. No le hice ni caso, pues, ¿Quién va a matar al guerrero más fuerte de todos? Simple. El cazador más débil de los suyos.
Necesito tiempo. Yo era el portador del conocimiento, el líder de la tribu y, según la leyenda, el único superviviente. La leyenda es eso, no más que una leyenda.
Ahora, ¿Quién debe quedar? Belleza está muerta, Fuerza lo mismo y Sabiduría (yo) pronto lo estará también. Solo espero que Poder y Destino sigan vivos, por qué si no estamos perdidos.
El cazador se frota las manos, de donde sale un líquido negro espeso. Vale, he subestimado a los Fontades, pensando que eran unos debiluchos.
El Fontades se acerca a mi, con sus manos en la espalda, ocultándome como va a ser mi muerte.
Nunca había pensado como iba a ser mi muerte, pero nunca hubiera pensado que un cazador me iba a capturar a plena luz del día, me atara y me torturara hasta la muerte. Por suerte ya voy por el tercer paso. Recuerdo lo que me dijo el maestro Shidal antes de que todo esto empezara. Podría comunicarme telepáticamente con los Padovit restantes una vez durante toda mi vida.
Ahora es el momento de emplear mis conocimientos.
-Preparaos, van a por vosotros.
La extraña masa negra se transforma en una lanza y me atraviesa el corazón.
-Solo quedáis cuatro.