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Rosas blancas — capítulo 2
El restaurante está plagado de gente ansiosa por cenar alguna cosa. He venido a la hamburguesería más mala de la ciudad simplemente para estar un ratito tranquila, pero no va a poder ser. Me gruñe el estómago y me obligo a comerme un trozo de hamburguesa. Está cruda y fría. Veo a la gente quejarse de su comida. Una parte de su hamburguesa está cruda, otra quemada, o llevan mucho rato esperando y aun no les han traído nada. Menudo local.
No aguanto más aquí sentada y mañana tengo clase. Huelo a alcohol y a tabaco. Ni bebo ni fumo. Necesito una ducha urgentemente. Salgo del bar como puedo. Hay una cola de unas veinte personas fuera esperando. Me dan ganas de decirles que se vayan y no pierdan más el tiempo, pero lo que menos quiero es llamar la atención.
Hace dos años desde que empecé a vivir en Barcelona. Es una ciudad bonita y grande. Todo el mundo sabe que los domingos voy a esta hamburguesería a pasar el rato, que nunca como nada. Puedo explicarlo poniendo alguna excusa, por ejemplo, puedo decir que soy vegetariana. Los verdaderos motivos son más complicados y a nadie le debe importar que haga con mi vida.
Puede que suene borde, pero es la verdad. Soy una chica de diecisiete años, independiente y responsable, aunque de vez en cuando se tiene que tomar un descanso. Es difícil de explicar. Si a alguien le dices que cuando eras pequeña te llevaron a otro planeta, experimentaron contigo y mataron a tu madre...¿Alguien se lo cree? No, te toman por loco.
Ni yo misma estoy segura de eso. Nadie tiene pruebas de que sea verdad, ni tampoco voy a preguntar nada. De momento.
Mi casa está a una manzana del instituto. Intento no destacar en nada, no quiero que me hagan preguntas. Puede que no esté segura de mi pasado, pero tiene que haber alguna razón para la muerte de mi madre y la desaparición de mi padre.
Llego a casa y abro el grifo de la ducha. Vivo sola. Hasta hace un año mi padre vivía conmigo, pero desapareció misteriosamente. Ahora, tengo que parecer normal, lo más normal posible.
Me desnudo y me meto en la ducha. El agua caliente me relaja los músculos, haciendo que me olvide de mis preocupaciones. Me enjabono el pelo. Tengo una buena mata de pelo, que antes solía llevar recogida en una coleta alta. Cojo el gel de aloe vera que compré hace unos días en el Mercadona de la esquina. Me paso en gel por los brazos hasta llegar a mis muñecas.
Mierda.
Dieciséis marcas diminutas adornan mi muñeca izquierda. Sé lo que significa, sé que mi pasado es real.
Me enjuago bien y salgo pitando de la ducha, intentando no resbalarme con el suelo de mármol. Mi habitación es la última del pasillo a la derecha. Entro corriendo y me encierro dentro. Busco mi pijama azul y me lo pongo.
Estas marcas significan que en siete años han matado a más de la mitad de los chicos que estuvieron conmigo durante los experimentos. ¿Qué voy a hacer yo para sobrevivir que no hayan hecho los otros?
En primer lugar, he de mantener la calma. En segundo lugar he de continuar con mi vida. Y en tercer lugar me he de entrenar.
Cierro los ojos y me intento dormir, evitando entrar en pánico.
Cuando me despierto por la mañana noto el cansancio. No he dormido casi nada, y lo poco que lo he hecho he estado metida en una pesadilla. Algo se me escapa, pero no se el qué.
Me levanto de la cama perezosamente. Arrastro los pies hasta la cocina, cojo la leche y bebo a morro. No tengo ganas de coger un vaso. Vuelvo al dormitorio con los ojos casi cerrados del todo. Me visto con una camiseta marinera de manga larga y unos shorts blancos. Me pongo mis Vans blancas y voy al baño. Me lavo los dientes lo más rápido que puedo y me peino corriendo.
Cojo la mochila de Roxy con los libros de las asignaturas que tengo hoy y salgo corriendo al instituto. Aunque vivo cerca, hoy me he despertado tarde y si no corro llegaré tarde. La entrada está abarrotada de adolescentes tristes de que sea lunes. Corro por el pasillo hasta llegar a las escaleras. Subo a la tercera planta, tengo alemán.
Me extraña que no haya nadie en el pasillo a estas horas. Entro a clase unos minutos antes de que suene el timbre. Solo hay unas diez personas, cosa que aun me preocupa más.
-Perdona, ¿Y el profesor?- Le pregunto a Mark, un chico responsable y cariñoso.
-Enfermo, hoy faltan cinco profesores, todos están se han contagiado del mismo virus. Creo que van a hacer unas actividades durante todo el día para las clases en las que faltan profesores. En la sala de actos.
Salgo por la puerta caminando tranquilamente. Es verdad lo que me ha dicho Mark, ahora me acuerdo de que la semana pasada nos entregaron un papel con información sobre ese virus. No es letal, pero te obliga a estar en la cama durante una semana.
Paso por delante de Liam y su pandilla, los típicos chulitos de la películas americanas.
Sam me da una palmada en el culo y me paro de golpe.
-¿Qué pasa rubia?¿Una mala noche? Si quieres yo lo arreglo en unos minutos. Ya sabes como me ponen esos ojos azules...
Sam siempre hace que me enfade. Cree que soy una chica cualquiera y se cree el chico más guapo, guay y popular del instituto. No lo es.
-Sam, sabes de sobra que no te voy a hacer caso nunca. Enserio, que pesadito con rubia. Empiezo a pensar que no te sabes mi nombre. Odio que me llames rubia.
-Eres rubia, ¿qué problema hay?
En la Tierra cada animal existe para desarrollar una actividad. Él existe para fastidiarme y hacerme la vida más difícil, aun más de lo que ya es. Vale, soy rubia y tengo los ojos azules, pero no me llamo rubia.
-Adiós.- Me giro y bajo las escaleras lentamente para que sus amigos se burlen de él por mi rechazo.
-Vale, Sarah espera.- Me agarra de la muñeca con fuerza para que no me intente soltar.- Perdona, sé que no soy muy majo y tal, pero esque tu culo...- le planto una bofetada en toda la cara.
-Por si no me has oído te lo repito. Adiós.
Y lo dejo allí, humillado por una chica extraterrestre.