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Historia 188383 — capítulo 1
N. de las A.:cuando veáis la almohadilla#**, reproducid el enlace que os dejamos a continuación.
Link: https://www.youtube.com/watch?v=wZXgOMs25RE
Eran las once de la mañana y el turno de Kimberly Foster en la pequeña cafeteríaBlackbird Coffeehabía empezado hace dos horas. Nada fuera de su rutina habitual; levantarse —de muy mala leche, todo hay que decirlo —, vestirse, peinarse y maquillarse, coger cualquier cosa para desayunar de camino al trabajo y despedirse de su querido padre antes de salir por la puerta. Rutina a la que se había acostumbrado desde hacía ya dos largos años. Puede que la paga de una simple camarera no diese para mucho, pero era el trabajo que más le estaba durando, teniendo en cuenta el carácter de los mil demonios que se gastaba y el hecho de que acatar órdenes no era precisamente lo suyo.
Nada se había salido de lo normal en la tranquila ciudad de Dalton aquella mañana, a excepción de que Kimberly había percibido un considerable descenso en el número de consumidores que frecuentaban cada día el modesto local. La joven de veintisiete años tenía clientes habituales, pero ninguno había aparecido aún por allí, lo cual le extrañaba, ya que a esas horas la cafetería solía estar medianamente llena. No es que le diera mucha importancia, ya me entiendes, pues ella iba a cobrar igual, con clientes o sin ellos, sin embargo, había algo que no le terminaba de cuadrar. Como un extraño presentimiento.
Sin querer darle más vueltas al asunto se acercó a la barra, cogió su bandeja y dirigió sus apresurados pasos hacia la terraza, donde un cliente esperaba pacientemente su pedido.
—Buenos días, Shawn —saludó la rubia con una amplia sonrisa, justo antes de dejar el café cortado sobre la mesa —. Pensaba que no te vería hoy por aquí.
—¿Y eso por qué? —preguntó el hombre con una ceja alzada y sosteniendo la taza entre sus callosas manos.
—Últimamente no viene mucha gente, creo que hay un brote de gripe o algo por el estilo —comenzó a decir la chica mientras echaba una rápida ojeada a su alrededor —. Deberías abrigarte más, no tienes buen aspecto —señaló al fijarse en el pálido semblante de su interlocutor.
—Solo es un resfriado Kim, no te preocupes —alegó Shawn, restándole importancia a sus palabras, para luego dar un sorbo a su café recién hecho.
—Hombres...no tenéis remedio —musitó la aludida, sin poder contener una carcajada. A continuación se despidió de él e ingresó de nuevo en la cafetería para atender las demás comandas.
Una vez allí fue directa a la barra, con la intención de recoger la siguiente tanda de desayunos, pero algo llamó irremediablemente su atención. Alzó levemente la mirada y vio a una de sus compañeras, Tracy McMiller, con los brazos cruzados y los ojos clavados en el televisor. La expresión de su rostro no era nada tranquilizadora, así que se acercó a ella con curiosidad.
—¿Qué pasa, Tray?
La susodicha dio un ligero respingo.
—¿No lo ves? —inquirió sin apartar la vista de la pantalla.
—Veo genial, gracias por tu interés, pero no oigo nada —soltó Kimberly con una sonrisilla falsa en los labios —. Sube el volumen, joder.
La camarera rodó los ojos de puro hastío, pero cogió el mando a distancia e hizo lo queamablementese le había pedido. La mujer de los informativos, con una inquietud nada habitual en ella, decía lo siguiente:
"Los servicios de emergencia y las unidades militares están haciendo todo lo posible por mantener el orden en las calles. Mientras tanto, se aconseja a la población permanecer en sus casas y evitar cualquier tipo de contacto con los sujetos infectados."
Su jefe —un hombre hediondo de unos cuarenta y pico años, gordo, calvo y con muy malas pulgas —, se detuvo junto a ellas. Le arrebató con cierto desdén el mando a Tracy y apagó el televisor sin mediar palabra con ninguna de las dos chicas.
—Todo el mundo a casa, venga —comunicó con voz potente y tronadora para que todo el mundo le oyera.
—¿En serio? Pero, ¿por qué? —preguntó Kimberly algo confusa.
—¿No has oído las noticias? —apeló el hombre en tono jocoso, adquiriendo una posición en jarras.
La muchacha bufó de mala gana.
—Genial, voy a perder el sueldo de un día por una epidemia de gripe... —farfulló a la par que fruncía violentamente el ceño.
—Si tantas ganas tienes de quedarte, cierra tú —pronunció su jefe con esos aires de superioridad que tanto le caracterizaban, al tiempo que le tiraba las llaves.
Kim las cogió al vuelo, no sin antes emitir un lánguido suspiro. «Esto me pasa por abrir la boca...» —pensó arrepintiéndose enormemente de que, una vez más, su lengua fuese más rápida que su cerebro.
Nuevamente avisaron a todos los clientes de que iban a cerrar la cafetería —incluyendo a los de la terraza, quienes permanecían ajenos a todo mientras leían el periódico —, y les recomendaron regresar a sus casas. Kimberly, por su parte, metió todas las mesas y sillas de la azotea en el interior del local. Y una vez ordenadas todas, cogió su chaqueta y salió para echar el cierre. Acto seguido empezó a andar calle abajo, completamente sumergida en sus pensamientos y dejando atrás los demás restaurantes y comercios que colindaban con elBlackbird Coffee. Todo el personal estaba haciendo lo mismo que ella hace apenas unos minutos: cerrando a cal y canto sus respectivos establecimientos.
—¿De verdad esto es tan grave como para que haya chapado media manzana? —dijo para sí misma, una costumbre que tenía desde que era pequeña —. Dios, tengo que dejar de hablar sola...de lo contrario acabaré volviéndome loca —. Se metió las manos en los bolsillos de su cazadora de cuero negra y siguió caminando a paso ligero.
Quince minutos después se encontraba frente a la puerta de su casa, pintada de un blanco impoluto. Y para su suerte, había conseguido llegar justo a tiempo, puesto que nada más poner un pie en el entablado suelo del porche, comenzó a caer una lluvia torrencial. «Bueno, al menos no me he mojado» —barruntó mientras rebuscaba desesperadamente las llaves en el bolsillo de sus ajustados vaqueros.
—¡Ya estoy en casa! —exclamó tras sacudirse los pies en el felpudo.
—Vaya, que pronto has vuelto —dijo su padre, Anthony, desde la espaciosa cocina —. ¿Ha ocurrido algo? —consultó con un timbre nervioso en la voz.
Kimberly se quitó la cazadora y la dejó colgada en el perchero de la entrada.
—Por lo visto el brote de gripe es muy, muy peligroso —apostilló con sorna, irrumpiendo en la estancia —. Maldito noticiario...por su culpa me he quedado sin sueldo —. Un leve resoplido brotó de entre sus labios. Se aproximó a la encimera y cogió del frutero una sabrosa manzana roja.
—Kim, esto es más serio de lo que crees —repuso Anthony con la vista clavada en su primogénita, que acababa de dar un mordisco a la pieza de fruta.
Ella le miró confundida. ¿Qué diablos le pasaba hoy a la gente?, ni que fuese el maldito fin del mundo.
—¿Qué quieres decir? —inquirió pausadamente, al tiempo que componía una mueca escéptica.
—Verás, no se trata de un simple resfriado —prosiguió su padre tras relamerse los labios.
—No entiendo lo que quieres decir... —murmuró ella con un hilo de voz.
Anthony suspiró, decidiendo cambiar de tema. No quería preocuparla a ella también con asuntos de Estado.
—Olvídalo, ve a cambiarte anda —indicó justo antes de depositar un tierno beso en su frente.
La muchacha asintió no muy convencida, pero acabó cediendo. Subió corriendo las escaleras y fue directa a su habitación. Allí se quitó las botas militares y las dejó a un lado de la cama. Deteniéndose frente al espejo del tocador recogió su larga melena en una coleta mal hecha y volvió a bajar a la cocina, donde sabía que la estaría esperando su padre.
—Oye, ¿por qué no llamas a tu hermana? —propuso Anthony, sin apartar la mirada de la sartén que reposaba sobre el calor de la vitrocerámica.
Kimberly, sentándose al borde de la encimera, entrecerró sutilmente los ojos.
—¿Para qué? —preguntó con fingido desinterés.
El aludido giró momentáneamente la cabeza y se encogió de hombros.
—Quiero saber si todo le va bien —comenzó a explicar en un tono más serio —. Con todo esto de la epidemia, me preocupa que esté tan lejos de casa.
La rubia puso los ojos en blanco, totalmente resignada. Lo que menos le apetecía hacer en ese preciso instante eraconversarcon su querida hermanita.
—¿Y tengo que hacerlo yo? —masculló entre dientes.
—Es tu hermana, Kimberly —la reprendió su padre, que se había dado media vuelta para tenerla en frente suyo.
—Vale, tú ganas.
Echó mano a su teléfono móvil y se dirigió al salón.
El mediodía se cernía sobre el campus de la Universidad de Arkansas, dando por finalizadas las clases. Savannah Foster, la menor de la familia, caminaba de regreso a su habitación junto a su mejor amiga, Brooke Harrison. Entre risas y bromas ambas entraron en el pequeño cuarto y depositaron sus libros deCreación Artísticasobre una de las camas, para después dejarse caer en la que quedaba libre.
—Esta noche es la fiesta de Bradd, ¿vas a ir? —preguntó Brooke, sin apartar la vista de su Smartphone.
—No lo sé, deberíamos estudiar para el examen deHistoria del Arte. Lo tenemos dentro de dos días, ¿recuerdas? —respondió la rubia, mirándola con una ceja arqueada.
—¡Oh, venga Sav! —su amiga se incorporó como una exhalación —. Te pasas la vida estudiando, ¡diviértete un poco! Eres joven y estás buena, ¿qué más necesitas? —añadió como si lo que acababa de decir fuese lo más obvio del mundo.
La aludida no pudo evitar reír, a la par que negaba rotundamente con la cabeza. Su compañera no tenía remedio. Fue entonces cuando la melodía de una llamada entrante sonó desde su móvil. La menor de los Foster lo miró con el entrecejo ligeramente fruncido.
—¿Qué pasa? —preguntó Brooke al ver la seriedad que reflejaba el rostro de la rubia.
—Es mi hermana —contestó ella con cierto resquemor.
—¿No vas a contestar?
Savannah contempló el aparato un par de segundos, indecisa, para finalmente descolgar.
—¿Qué quieres, Kimberly? —pronunció nada más aceptar la llamada.
—Joder...¿ni siquiera un "hola"?—la voz de su hermana mayor sonó al otro lado de la línea.
—Hola, ¿qué quieres? —espetó de manera brusca y soez. No estaba de humor para aguantar más chorradas y menos si estas provenían de Kim.
*—Mira que eres siesa —*ese último comentario, hizo que Savannah respirase hondo para no perder los estribos —.En fin, papá quiere saber si estás bien.
—¿Es que acaso tú no? —inquirió la joven, enarcando una de sus doradas cejas.
—Bueno, si aún puedes vacilarme es que no estás tan mal—respondió la mayor burlonamente —.Mira, no te he llamado para iniciar una guerra campal. Papá está preocupado, hay una epidemia de algo pululando por ahí. Yo no creo que sea nada del otro mundo, pero él...está realmente intranquilo con todo este tema—explicó, mientras la aludida escuchaba atentamente.
—¿Tan grave es? —quiso saber, sin poder evitar estremecerse.
—*Ni idea, pero ya sabes cómo es papá, a veces se preocupa demasiado —*Savannah asintió de acuerdo con ella —.De todas formas, tú ten cuidado y no le des disgustos.
La chica esbozó una sonrisa irónica.
—Tranquila, eso se te da mejor a ti —arguyó con aire combativo.
—Que te jodan, Sav.
—Yo también te quiero, Kim —musitó antes de colgar el teléfono. Se quedó mirando la pantalla unos instantes y, tras pestañear varias veces, lo dejó en su mesita de noche.
Mientras tanto, Brooke Harrison, que no había perdido detalle de la conversación, miró de manera inquisitiva a su mejor amiga.
—¿Algo grave? —consultó, presa de la curiosidad.
La menor de los Foster se quedó sumamente pensativa, pero acabó negando con la cabeza.
—Nada de lo que preocuparse —respondió, zanjando así la conversación.
Kimberly llevaba alrededor de cinco minutos mirando fijamente los trozos de zanahoria cocida que había esparcidos por su plato. Como si se tratase de una niña pequeña los llevaba de un lado a otro con el tenedor, esperando a que, si los movía lo suficiente, acabarían volatilizándose para así no tener que experimentar su horrendo sabor.
—Deja de jugar con la zanahoria y cómetela de una vez, ¿os es que acaso vuelves a tener doce años? —apeló su padre, observándola con una mueca divertida.
—Sabes perfectamente que no soporto la zanahoria —le recriminó, fulminándolo con la mirada —. Empiezo a pensar que lo haces a posta —. Volvió a centrar toda su atención en las verduras.
—¿Cómo está tu hermana? —preguntó Anthony, mientras cogía el bol de ensalada que había en el centro de la mesa y echaba un poco en su plato.
—Tan repelente como siempre.
El Sr. Foster suspiró, abatido. No soportaba verlas así: todo el día discutiendo y continuamente a la defensiva. Era como si ya nada quedase de esas dos dulces niñas que parecían inseparables.
—Kim, mírame —le pidió en un tono más afable del que hubiese preferido.
La rubia alzó la cabeza hasta alcanzar los profundos y cálidos ojos de su padre.
—Deberías hablar un día con Savannah —le instó, suavizando inconscientemente la dura expresión de su semblante.
—Acabo de hacerlo —respondió la joven con simpleza, justo antes de darle un sorbo a su vaso de agua. Quería hacerse la inocente, pero de sobra sabía lo que quería decir.
—Me refiero a hablar de verdad, tratar de arreglar las cosas —la voz del hombre se fue apagando hasta no ser más que un susurro —. Después de todo, sois hermanas. No podéis estar toda la vida así.
Kimberly inspiró profundamente antes de retomar la palabra:
—¿Arreglar las cosas?, pero si... —el teléfono móvil de Anthony sonó justo en ese momento, cortando a la muchacha en mitad de su alegato contra la menor de los Foster. El hombre le hizo un gesto con la mano para indicarle que volvía enseguida, al tiempo que se levantaba de la mesa. Como era policía, estaba acostumbrada a que este recibiera llamadas de trabajo a cualquier hora.
En su ausencia, la rubia siguió removiendo la comida de su plato —el cual estaba prácticamente lleno —, hasta que su padre volvió a entrar corriendo desde el salón.
—Kim, levanta. Tenemos que irnos —le ordenó impacientemente.
La muchacha le miró, desconcertada. Su semblante estaba condenadamente pálido, y varias gotas de sudor humedecían su frente. Pareciera que había visto un espectro.
—¿Qué? —dijo, levantándose torpemente de la silla.
—Coge tus cosas y mételas en una bolsa, hay que irse ya.
La respiración de la mayor de los Foster se aceleró considerablemente, igual que los latidos de su corazón. No entendía nada, y eso la aterrorizaba. Solo tenía clara una cosa; la situación era grave, de lo contrario, su padre no se vería tan alterado.
—Papá, dime qué está pasando —le suplicó a la par que se colocaba un mechón rebelde detrás de la oreja —. ¡Me estás asustando! —gritó sin poder contenerse más. A este paso le iba a dar un puto ataque de ansiedad.
—Kimberly, escúchame —Anthony se acercó a su pequeña y sostuvo con delicadeza su rostro, tratando de transmitirle algo de seguridad —. No hay tiempo, coge lo indispensable y vayámonos. Te lo explicaré todo de camino —el hombre se dispuso a abandonar la estancia, pero la estridente voz de su hija le retuvo unos instantes más.
—¡¿De camino a dónde?! —exclamó, completamente exasperada.
—¡Kim! —el grito de su padre hizo que se sobrecogiera —. Haz lo que te pido, por favor.
La rubia contempló a su progenitor unos segundos más, inmóvil y sin pronunciar ni una sola palabra, hasta que volvió a reaccionar. Asintió, logrando tranquilizar en cierta medida a Anthony, y corrió escaleras arriba en dirección a su habitación. Abrió el armario y sacó su vieja bolsa de deporte, totalmente negra y vacía, que llevaba acumulando polvo desde hacía meses. Vació la mitad de su armario y lo metió todo en la mochila. Después se sentó en la cama y se puso las botas que había dejado esparcidas por el suelo nada más llegar a casa. Cogió la bolsa y se la echó al hombro. Iba a salir por la puerta cuando pasó la mirada por su mesita de noche, encontrándose con la pulsera de cuero trenzado rosa que su hermana le había regalado cuando apenas tenía ocho años. Suspiró levemente, para luego aproximarse a la mesilla y coger la pulsera. Ahora sí que estaba lista.
Bajó las escaleras y se reunió con su padre en el hall. Este iba a abrir la puerta cuando Kim, en un acto impulsivo, la empujó con la mano para cerrarla nuevamente. El Sr. Foster la miró asombrado.
—Vale, ya está. Tiempo muerto, joder —pidió la joven, muy seria —. No me voy a mover de aquí hasta que no me digas qué coño está pasando —. Su padre la observó fijamente.
—Lo que tú crees que es una simple epidemia de gripe, eso pasa —contestó, para sorpresa de la rubia, que no pudo evitar enarcar una ceja —. Joder, Kim, esto es más serio de lo que piensas. Este virus o lo que mierdas sea está matando a la gente, pero... —realizó una pequeña pausa, dudando de si contárselo o no.
—¿Pero? —le instó su hija a que continuase.
—Pero no mueren —soltó de improvisto.
Kimberly abrió los ojos de par en par. ¿Le estaba hablando en serio?
—¿Cómo queno mueren?, ¿me estás tomando el pelo?
Anthony suspiró ante el escepticismo de su primogénita.
—Mueren durante unos minutos, puede que media hora —prosiguió bajo la atenta mirada de la chica —. Pero luego...luego vuelven...diferentes —. Ambos se miraron en silencio unos segundos. Silencio que solo se quebró con la risa nerviosa de Kimberly.
—¿Qué coño es esto?, ¿"Veintiocho días después"? —la mayor de los Foster se llevó las manos a la cabeza en un acto de desesperación. Seguía sin poder creérselo, todo le sonaba tan surrealista que no podía ser verdad. Joder, ¿desde cuándo el mundo se había ido a la mierda?
En ese momento empezaron a oírse gritos y gruñidos que provenían del exterior. Sonidos que erizaron el vello de Kim y le causaron algún que otro escalofrío.
—No podemos esperar más —señaló Anthony mientras agarraba el pomo de la puerta, listo para hacerlo girar —. En cuanto abra, corre hacia el coche, ¿entendido? —. Su hija asintió, aterrorizada, pues no tenía ni la menor idea de lo que se encontrarían al otro lado del umbral.
Tras tragar saliva Anthony abrió la puerta y Kim salió disparada al coche, que estaba aparcado a unos cinco metros de la entrada, en el garaje. Abrió el maletero y metió su bolsa de deporte dentro. Estaba tan distraída guardando las cosas en el vehículo que no prestaba atención a lo que sucedía a su alrededor, solo escuchaba gritos, llantos y súplicas. Los vecinos salían despavoridos de sus casas, los coches de policía estaban aparcados en las aceras sin nadie en su interior y los gruñidos eran cada vez más intensos. Aquello era un completo caos.
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Kimberly estaba tan absorta en sus pensamientos, que no se percató de que la perseguían hasta que algo se abalanzó sin previo aviso sobre ella. Tras pegar un chillido se giró bruscamente y apartó de un empujón a uno de sus vecinos, quien se le había acercado por la espalda.
—¡¿Matt?! —la rubia pronunció su nombre con auténtico pavor.
Conocía a ese hombre desde hacía diez años, y esa cosa que acababa de echársele encima no era Matt, ni mucho menos. Lucía extremadamente pálido y su piel...se desprendía de los huesos con una facilidad pasmosa. Sus ojos, algo desorbitados, estaban cubiertos de una película blanquecina que se extendía a través de todo el globo ocular. Y podía distinguir lo que parecía ser un mordisco en su antebrazo izquierdo.
Lo que en algún momento fue Matt Dawson volvió a abalanzarse sobre ella, pero esta vez, Anthony Foster consiguió llegar a tiempo. Le agarró de la camisa, tirando de su pútrido cuerpo hacia atrás, y, sin pensárselo dos veces, lo remató de un tiro en la cabeza.
El estruendo del disparo estremeció a Kimberly, cuya camiseta —antes blanca —, estaba llena de gotas de sangre y materia gris.
—¡Oh, Dios!, ¡¿qué mierdas acaba de pasar aquí?! —imprecó, claramente fuera de sí. Y no era para menos, su padre acababa de cargarse al vecino de al lado delante de sus propias narices.
—¿Entiendes ahora por qué tenemos que irnos? —el hombre se frotó la cabeza con nerviosismo.
La aludida asintió, procurando que no se notase que estaba temblando del miedo. Sin esperar a más, se apresuró a meterse en el asiento del copiloto mientras su padre se dirigía hacia el del conductor. Pero cuando Anthony iba a abrir la puerta, otro de esos seres tiró de él, haciendo que ambos cayeran inexorablemente al suelo.
—¡Papá! —gritó la rubia, saliendo del coche a trompicones.
Corrió hacia su padre, que forcejeaba con aquella extraña criatura —probablemente otro de sus vecinos —. Echó un vistazo a su alrededor y encontró la pistola de Anthony junto a uno de los neumáticos. La tomó entre sus temblorosas manos, para luego acercarse a su progenitor y quitarle a Bill —o lo que quedaba de él —de encima. Le quitó el seguro al arma y repitió lo que el Sr. Foster había hecho anteriormente; le disparó en la cabeza. Solo cuando oyó el ruido sordo de aquel cuerpo desplomándose a sus pies se dio cuenta de lo que había hecho. Pero no había tiempo para remordimientos. Dejó caer el arma al suelo y ayudó a su padre a ponerse en pie.
—¿Estás bien? —le preguntó con el corazón en un puño.
El hombre se apoyó en el capó del coche mientras observaba fijamente a su hija.
—Lárgate, Kimberly —musitó con voz entrecortada y una pesada respiración —. Ve a Arkansas y encuentra a tu hermana. Ponla a salvo —. La joven comenzó a inquietarse. No entendía absolutamente nada.
—¿Qué estás diciendo?. Tú te vienes conmigo —contradijo, muy segura de sus palabras. No obstante, su padre negó con la cabeza —. No...no lo comprendo...
Anthony se agarró del cuello de la camisa y tiró de ella suavemente, dejando a la vista un profundo mordisco en la clavícula que no dejaba de sangrar. Aquello dejó a Kimberly de piedra.
—Te...te llevaremos a un médico —comenzó a decir, nerviosa —. Te vas a poner bien, no pasa nada —. Acortó la distancia entre ambos, y entrelazó su mano con la de él, como si aquel tierno gesto fuese a hacer desaparecer la herida.
—Kim, mírame —ella obedeció sin rechistar —. Cuando te muerden, ya no hay vuelta atrás. El virus se extiende por todo tu cuerpo y acaba contigo —le explicó con las pocas fuerzas que le quedaban. El sangrado era cada vez más errático, no duraría mucho más.
—¡No voy a dejarte aquí! —señaló la chica, tratando de contener las lágrimas.
Anthony la estrechó entre sus brazos una última vez.
—Ve a por tu hermana y buscad un lugar seguro. ¿Harás eso por mí? —la susurró al oído. Ella asintió sutilmente, al tiempo que agachaba la cabeza para intentar disimular las lágrimas que rodaban por sus pálidas mejillas —. Llevas varias cosas en el maletero. Échales un vistazo cuando estés fuera de peligro —dijo, separándose de ella —. Kimberly.
La susodicha alzó la mirada.
»Sobrevivid.
Anthony se acercó a ella y besó dulcemente su frente. Después, con las pocas energías que le quedaban, corrió hacia su casa y se encerró nuevamente en ella. Kimberly se quedó unos instantes contemplando la puerta, la cual había pasado de estar perfectamente pintada y barnizada, a poseer numerosos arañazos y manchas de un rojo borgoña. Momentos después reaccionó, salió de su ensimismamiento y subió al vehículo. Encendió el motor y se puso el cinturón de seguridad. Quitó el freno de mano y pisó el acelerador.
Apenas había salido del garaje cuando el eco de un disparo se oyó por todo el lugar; provenía del interior de su hogar. Paró el coche en seco, sopesando detenidamente se debía regresar o no. Sin embargo, de sobra sabía lo que se iba a encontrar allí dentro y realmente no quería recordar a su padre así. De manera que, una vez más, puso el vehículo en marcha y salió de allí lo antes posible.
—Pondré a Savannah a salvo, papá. Te lo prometo.