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Historia 188383 — capítulo 2
N. de las A.:cuando veáis la almohadilla#***, reproducid el enlace que os dejamos a continuación.*Nos gustaría saber vuestras opiniones, así que, por favor, comentad.
**Link:**https://www.youtube.com/watch?v=Exxea7kxzq4
Gif: http://s1367.photobucket.com/user/Lucy_BF/media/We%20are%20The%20Walking%20Dead/Capiacutetulo%202_zpsopl2dvfs.gif.html?sort=3&o=0
Kimberly Foster suspiró por tercera vez consecutiva. Le había llevado alrededor de una hora abandonar lo que era la caótica ciudad de Dalton. ¿El motivo?, muy simple, en cuanto comenzó a cundir el pánico entre la población, todo el mundo se dispuso a hacer exactamente lo mismo que ella: coger lo indispensable y huir como ratas despavoridas para poner a sus familias a salvo.
La joven había tomado la autopista no hacía mucho y —para su sorpresa —, no estaba demasiado concurrida, al menos por el momento. Siguió avanzando unos metros más hasta detener el coche en el arcén derecho. Todo lo que se extendía a su alrededor era penumbra y soledad, lo cual no le tranquilizaba en absoluto, pero a esas alturas estaba harta de pensar y, sobre todo, de tener miedo.
Echó el freno de mano y se miró con cierta aversión en el retrovisor interior. Tomó una gran bocanada de aire, con la intención de mantener sus inestables emociones bajo control, pero empezó a notar como se le iban humedeciendo los ojos poco a poco. Con tanto alboroto no había tenido tiempo de pararse a pensar realmente en todo lo que había sucedido, todo lo que había perdido en unas míseras horas. Lo único que tenía claro era que sus vecinos se habían vuelto completamente locos. Aquello le recordaba a las películas que solía ver cuando era pequeña, las mismas que a ella tanto le gustaban pero a Savannah, en cambio, le aterrorizaban. Sin embargo, aquello no era una simple ficción de zombis, ni mucho menos. El fin del mundo había llamado a su puerta de la manera más ruin, y ahora solo podía sentir dolor y rabia por la trágica muerte de su padre. De alguna forma, se sentía tremendamente culpable; tal vez si hubiera sabido reaccionar cuando tuvo la oportunidad, si hubiese salido antes del coche...ahora él estaría vivo.
Fue entonces cuando ya no pudo más y las lágrimas comenzaron a rodar por sus pálidas mejillas a una velocidad apoteósica. Con la mayor mueca de repulsión del mundo, se las secó con la manga de su chaqueta, para finalmente descargar toda su frustración contra el volante del vehículo. Lo golpeó una y otra vez hasta que ya no pudo soportar más el dolor que le azotaba las muñecas y rompió a llorar desconsoladamente.
Minutos después —y tras mucho esfuerzo —, logró serenarse. Inspiró profundamente y se incorporó de nuevo en su asiento. Se arregló un poco el pelo y se secó las lágrimas con el dorso de la mano.
—No hay tiempo para esto, joder —se dijo en voz alta —. Mi prioridad ahora es llegar a Arkansas y llevar a Savannah a un lugar seguro —. Dicho esto volvió a ponerse en marcha, con la única esperanza de que para su hermana pequeña no fuese demasiado tarde también.
Había dejado de contar las horas que llevaba al volante en cuanto sobrepasó las siete sin detenerse tan siquiera a descansar. No había apartado la mirada de la interminable carretera ni un momento y como no había parado desde que salió de Dalton —nada más que para ir al baño —, no era de extrañar que le doliera todo el cuerpo y estuviese de más mal humor que de costumbre. Pero era el deseo de llegar cuanto antes junto a su hermana lo que la mantenía en pie.
—Tenía que irse justamente a una universidad que estuviera a dos putos estados de distancia... —masculló entre dientes, al tiempo que se removía en su asiento. Estaba empezando a hartarse de aquella situación.
La tarde se le estaba empezando a echar encima, aunque por suerte hacía más o menos media hora que había pasado ya el cartelito de "Bienvenidos a Arkansas". De manera que siguió la trayectoria de la carretera hasta coger el desvío indicado para poder llegar al campus de la universidad en la que Savannah estudiaba. No obstante —y como era de esperar —, el caos que reinaba en Georgia había llegado al estado de Arkansas mucho antes que Kimberly, y los respectivos familiares de los estudiantes no habían perdido ni un solo segundo en ir a por ellos.
—Genial... —farfulló la rubia al ver el atasco —. ¡Queréis daros prisa! —gritó tras sacar la cabeza por la ventanilla, recibiendo así pitidos e incluso algún que otro improperio (que ella no tardó en devolver) por parte del resto de conciudadanos.
Cinco minutos después la muchacha logró ponerse detrás de uno de los vehículos que aguardaban en la cola para atravesar las puertas de la universidad. Lo cierto es que estaba manteniendo bastante la compostura, teniendo en cuenta la poca paciencia con la que había sido dotada. Sin embargo, nada más cruzar la verja, abandonó la fila y aparcó en una de las muchas zonas de jardín que poseía el campus.
«Es el fin del mundo, no creo que vayan a multarme» —pensó a la par que abandonaba el coche.
Sin saber muy bien a dónde ir o cómo ubicarse, empezó a buscar a su hermana entre la inmensa multitud. Pero aquella tarea se le estaba antojando condenadamente difícil.
—¿De dónde coño sale tanta gente? —se dijo en voz alta, abriéndose paso entre un grupo de personas. Sin duda alguna, aquello era un completo desastre.
Fue entonces cuando divisó en la lejanía una larga melena dorada. No le costó mucho reconocer a Savannah junto al edificio de una de las hermandades, por lo que echó a correr hacia ella.
—¡Sav! —gritó para atraer su atención.
La susodicha se giró con una expresión de auténtico pavor en el rostro.
—¿Kimberly? —pronunció claramente sorprendida.
La mayor de las Foster se detuvo frente a ella y no dudó envolverla en un efusivo —y para nada esperado —, abrazo.
—¿Estás bien?, ¿te han herido? —preguntó mientras la examinaba de arriba abajo, en busca de cualquier rasguño. La joven retrocedió un par de pasos, abrumada, para luego negar con la cabeza —. Vale, entonces... —realizó una pequeña pausa para recobrar el aliento, clavando la vista en el imponente edificio que tenían justo al lado —. Mira, no quiero interrumpir todo este rollo dekapa sigma, ¡arriba el equipo de la universidad! —añadió en tono jocoso, a lo que su hermana puso los ojos en blanco —. Pero tenemos que largarnos, y rapidito.
Savannah, pese a haber escuchado con atención todo lo que le había dicho, frunció ligeramente el ceño al fijarse en su estrambótico aspecto, que fue lo que llamó su atención desde el principio.
—¿Qué...qué diablos llevas dibujado en la cabeza? —quiso saber, al tiempo que señalaba con el dedo índice su hueso parietal —. ¡¿Es un tatuaje?!
Kim suspiró, resignada. ¿Cómo podía centrarse en eso ahora?
—¿Puedes meterte con mis pintas luego? ¡Por si no te has dado cuenta, tenemos que irnos! —exclamó, cogiéndola fuertemente del brazo. La arrastró varios metros en dirección a donde había dejado el vehículo, pero Savannah logró zafarse de su agarre.
—¿Pero a ti qué te pasa? —soltó la rubia, alzando notoriamente la voz. Si ya de por sí, la situación en la que se encontraban era agobiante, la actitud paranoica de su hermana no mejoraba las cosas —. ¿Me vas a explicar de una vez de qué va todo esto? Te presentas aquí después de un año entero sin verte, ¿y quieres que me vaya contigo, así sin más? —dijo mientras se cruzaba inquisitivamente de brazos.
—Sav, ¿no ves que todo el mundo se está largando? —inquirió Kimberly, señalando lo obvio —. Esto es serio, joder. Hay que irse.
La mencionada echó una rápida ojeada a su alrededor, pudiendo cerciorarse de que, en efecto, el campus estaba siendo evacuado, y que no era su hermana mayor la que se había metido un chute de anfetaminas.
—Tengo...tengo que ir a por mis cosas —señaló, bastante aturdida por todo lo que estaba ocurriendo.
Kim bufó de mala gana, pero acabó cediendo:
—Pues ya estamos tardando.
Ambas corrieron en dirección a la residencia y, una vez dentro, subieron las transitadas escaleras hasta llegar al segundo piso, donde se encontraban las habitaciones de los alumnos. Kimberly enmudeció unos instantes y pudo escuchar así la cantidad de ruido que procedía de esa misma planta, justo del pasillo a dónde se dirigían. Aquello no le daba buena espina, pero sabía que Savannah no se iría de allí sin sus efectos personales, por lo que siguió caminando sin decir nada al respecto, pero, eso sí, manteniéndose alerta en todo momento.
—Date prisa, Sav —le instó, una vez que se hubieron detenido frente a la puerta de su cuarto, la cual estaba entreabierta.
La menor de los Foster tomó el pomo entre sus manos y tiró de él, sin embargo, lo que se encontró al otro lado del umbral no fue exactamente lo que esperaba. La estancia estaba hecha un desastre —con cosas esparcidas por todos sitios —, su amiga Brooke Harrison estaba tirada en el suelo junto a un enorme charco de sangre y tenía encima lo que en algún momento había sido su profesor deDibujo Artístico. La visión de tan horripilante escena la obligó a soltar un chillido, que se ahogó en la palma de su hermana. Esta la agarró por la cintura con su mano libre y la apartó de la puerta, arrinconándola contra la pared.
—Savannah, cielo —murmuró Kim en un tono aparentemente tranquilo y sereno, pero que había puesto a propósito —. Sé que todo esto está siendo muy duro para ti, pero no me he metido doce horas de coche para que ahora nos devoren por culpa de tu histerismo. Así que, ¡no grites más!
La rubia se apartó de un empujón de ella, sin poder contener más las lágrimas.
—¡¿Cómo quieres que me tranquilice si uno de mis profesores se está comiendo a mi mejor amiga?! —exclamó en medio de un ataque de pánico.
Mientras tanto, lo que antes había sido un docente, escuchó los estridentes gritos de la estudiante, por lo que que se puso en pie y comenzó a caminar con pasos torpes y desequilibrados hacia la puerta.
—Maldita sea, ¿es que no entiendes nada cuando te hablo? —le increpó Kimberly, quien había empezado a perder la paciencia.
La pequeña de los Foster compuso una mueca horrorizada al ver como el cadáver viviente de su antiguo profesor se le acercaba a su hermana por la espalda, con la boca increíblemente dilatada, preparado para morderles la yugular.
—¡Cuidado! —gritó, alertando a Kim justo a tiempo.
Esta se giró de golpe, para luego agarrar fuertemente el pomo y cerrar de un portazo, evitando así que la criatura se le echase encima.
—Em, vale...esto no estaba dentro de mis planes... —musitó la mayor, contemplando la cabeza en estado de descomposición del profesor de Savannah, que se había quedado encajada entre la puerta y la jamba, dando como resultado una auténtica explosión de sangre y sesos —. ¿Y bien?. ¿Vas a ir a por tus cosas, o no? —le preguntó a la rubia, volviéndose hacia ella.
—¡¿Estás de broma?! —volvió a gritar la pequeña, cuyo semblante había palidecido de repente —. ¡Las tripas de Brooke están esparcidas por toda la habitación! —alegó, empezando a hiperventilar.
Aquello no podía estar pasando.
—¿Y que le haya reventado la cabeza a tu profesor te da igual? —le recriminó Kimberly, adquiriendo una posición en jarras —. Joder, este debía de caerte mal...
Ignorando sus palabras, Savannah se fue escurriendo por la pared hasta quedar sentada en el suelo. Se abrazó las piernas e intentó calmarse, respirando hondo una y otra vez. Kimberly, que no le había quitado el ojo de encima, emitió un lánguido suspiro.
—Quédate aquí, iré a por tus cosas —le ordenó en un tono más afable de lo habitual —. Si ves u oyes algo fuera de lo normal, avísame. ¿Entendido? —. La muchacha asintió, todavía temblando debido al miedo.
La mayor de las Foster tomó una gran bocanada de aire justo antes de abrir la puerta de un solo golpe, lo que hizo que el cuerpo sin vida del hombre cayera inexorablemente al suelo, puesto que ya no había nada que lo mantuviese en pie.
—Oh, Dios... —murmuró Savannah, apartando la vista y tratando de contener una arcada.
—Mira que eres escrupulosa... —dijo Kim, que acababa de pasar por encima del difunto sin inmutarse lo más mínimo.
—¡¿Escrupulosa?!, ¡¿pero es que estás mal de la cabeza?! —soltó la universitaria sin ningún miramiento, alzando la voz mucho más que antes —. ¿Te parece esto una situación normal? —inquirió, señalando todo a su alrededor.
Kimberly, por su parte, hizo oídos sordos a los comentarios de la muchacha, se aproximó con paso firme al armario de la habitación, lo abrió y una pequeña carcajada brotó de su garganta.
»¿Te estás riendo? —quiso saber, al tiempo que asomaba la cabeza a través del umbral —. Estás enferma... —eso fue lo único que atinó a decir, ya que la imagen del cuerpo mutilado de su mejor amiga la obligó a desviar inmediatamente la mirada.
—Me río porque no hace falta preguntarte cuál es tu ropa de entre toda la que hay aquí. Al parecer, alguien tiene trastorno obsesivo compulsivo por aquí... —pronunció Kim, esbozando una sonrisa burlona. Acto seguido cogió una bolsa de deporte morada que había al fondo del mueble, y comenzó a meter las prendas en su interior.
—Soy ordenada, deberías aprender de mí —le compelió Savannah, que no había sido capaz de callarse ante su provocación.
—Seguro, Sav —dijo Kimberly sin prestar la menor atención, lo cual solo sirvió para enfurecer aún más a su hermana, que desistió y se dispuso a mantenerse en silencio.
Cuando hubo terminado de meter toda la ropa que tenía al alcance en la mochila, cerró la cremallera y se la echó al hombro. Estuvo a punto de abandonar la habitación cuando sus hermosos ojos azules se posaron en una pequeña fotografía que había sobre una de las mesitas de noche. La cogió con delicadeza y vio que en la imagen salían su padre, su hermana y ella, de manera que la sacó del marco y se la metió en el bolsillo de sus vaqueros. Salió de allí como una exhalación y se detuvo frente a Savannah.
—Vámonos, no me apetece bañarme en más sesos de zombi —dijo a la par que le ayudaba a ponerse en pie.
Las dos bajaron rápidamente por las escaleras hasta llegar a la puerta de la residencia, y después echaron a correr en dirección al coche.
—¿No podías haber aparcado bien? —le reprochó la menor de los Foster a su hermana, mientras entraba al vehículo.
—¿En serio, Sav?, ¡¿en serio?! —contestó la aludida, enarcando una ceja. Se acomodó en el asiento del conductor y puso el motor en marcha, para finalmente abandonar el campus de la universidad. No obstante, al igual que cuando salió de Dalton, la increíble cantidad de coches que se había incorporado a la carretera al mismo tiempo que las Foster, no facilitaba las cosas a la hora de conducir con fluidez.
Tardaron alrededor de media hora en poder salir de nuevo a la autopista y, aún así, se vieron obligadas a ir a una velocidad bastante moderada para no colisionar con el resto de transeúntes. Y mientras Kimberly se acordaba de las madres de todos los conductores que circulaban junto a ellas, Savannah sollozaba desconsoladamente por el trágico final de su amiga.
—¿Dón...dónde vamos? —consultó la rubia mientras se secaba las lágrimas con la manga de su chaqueta.
—A Atlanta —respondió Kim, sin apartar la vista de la carretera.
Savannah la miró con una expresión de desconcierto.
—Para el coche —ordenó, procurando que no se le quebrase la voz. Pero su hermana obvió por completo aquel comentario y siguió conduciendo —. ¡Qué pares el coche! —repitió, perdiendo los estribos.
Kimberly suspiró, resignada, y dio el intermitente para poder pararse en el arcén.
—¿Qué coño te pasa ahora, Savannah? —preguntó, apagando el motor.
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—¿Que qué me pasa?, ¡¿lo estás diciendo en serio , Kim?! —exclamó la chica, totalmente fuera de sí —. Te presentas aquí después de un año sin saber nada de ti y me dices que tenemos que irnos. Me arrastras por todo el campus como una maldita histérica y cuando quiero ir a recoger mis cosas me encuentro a uno de mis profesores devorando a Brooke. ¡¿Y todavía tienes la poca decencia de preguntarmequé me pasa?! —Kimberly agachó la cabeza, sin saber qué decir —. No pienso ir a Atlanta. Llévame a casa, con papá —prosiguió, cruzándose de brazos.
La ex-camarera evitó mirar a su hermana a toda costa. Cogió aire y se dispuso a explicarle todo lo que había pasado en Dalton:
—Sav, escúchame bien —comenzó a decir en un tono condenadamente serio —. Sé que necesitas respuestas y que estás confusa, y por eso necesito que me prestes atención —tuvo que realizar una pequeña pausa para encontrar las palabras adecuadas —, ¿me has entendido?
La susodicha asintió, temerosa de lo que pudiera llegar a decirle.
—Verás, llevaban un par de días diciendo en las noticias que había una epidemia de algo que hacía enfermar gravemente a las personas. Al principio no le di la mayor importancia, pues pensé que solo sería un brote de gripe, pero papá estaba muy preocupado. El día que te llamé, salí antes de la cafetería porque avisaron por el informativo matinal que era aconsejable no salir de casa —el rostro de Kimberly se fue oscureciendo con cada palabra que salía de su boca —. Esa misma noche llamaron a papá y le dijeron que teníamos que irnos, pero al salir... —se detuvo con la mirada perdida en ninguna parte.
—¿Al salir qué, Kim? —le instó Savannah a que continuara, temiéndose lo peor.
—Comprobé que no era una simple epidemia de gripe. ¿Tu profesor de dibujo?, imagínate eso pero con media manzana —añadió al tiempo que se encogía de hombros —. Papá y yo corrimos hasta el coche, sin embargo...uno de ellos le atacó y...le mordió. Así es cómo se propaga el virus: una vez que te muerden, ya no hay nada que hacer —dijo, bajando lentamente la mirada. Era demasiado doloroso hablar sobre ello.
—¿Qué...qué diablos estás diciendo? —inquirió Savannah con la respiración cada vez más entrecortada.
Kimberly alzó pesarosamente la cabeza, hasta alcanzar los vidriosos ojos de su hermana.
—No podemos volver a casa, porque no vamos a encontrar nada ni a nadie allí —explicó con un hilo de voz.
Savannah enmudeció, lo cual la sorprendió enormemente, puesto que se había preparado para que explotase allí mismo, que comenzara a llorar o a gritar: la reacción más normal de alguien que se acaba de enterar de que su padre ha muerto. Pero no fue así. No hubo nada. Ni gritos, ni llantos...absolutamente nada. Solo un vacío enorme, que ninguna palabra sería capaz de llenar. La universitaria se limitó a volver la vista hacia la ventanilla en total y completo silencio.
Kimberly suspiró, para luego volver la vista al frente y arrancar el vehículo una vez más.
»Le prometí a papá que cuidaría de ti, que te pondría a salvo. Y aunque no me soportes, tendrás que hacerlo a partir de ahora, Sav —prosiguió tras relamerse los labios —. Porque voy a cumplir esa promesa —. Sacó el coche del arcén para incorporarse nuevamente al tráfico de la autopista —. Cuando venía a por ti escuché por la radio que había refugio en Atlanta —dijo, observando a su hermana unos segundos. Esta ni siquiera se había movido del sitio, seguía con la cabeza vuelta y la mirada perdida —. Iremos allí.
Kimberly esperaba escuchar alguna respuesta por parte de Savannah, pero la menor de los Foster parecía totalmente en shock.
»Estaremos bien, Sav. Estaremos bien...