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Historia 188383 — capítulo 3

N. de las A.:cuando veáis la almohadilla#**, reproducid el enlace que os dejamos a continuación.

**Link:**https://www.youtube.com/watch?v=AuhKgTCfLhI

**Gif:**http://s1367.photobucket.com/user/Lucy_BF/media/We%20are%20The%20Walking%20Dead/Capiacutetulo%203_zpsb6zqujqc.gif.html?sort=3&o=0


El refugio con el que tanto habían fantaseado, aquel que la radio situó en la transitada ciudad de Atlanta, resultó ser un completo desastre para las hermanas Foster —y para todo el mundo —. Tras varios días de viaje, cuando al fin llegaron a su tan ansiado destino, se encontraron con un panorama que rompió en mil pedazos la poca esperanza que les quedaba: el campamento había sido totalmente arrasado y la localidad invadida por los muertos-vivientes. Por esa misma razón, luego de agotar toda la gasolina y viendo imposible la oportunidad de detenerse a repostar, las dos chicas se vieron obligadas a continuar a pie para alejarse de allí lo antes posible. Y tras abastecerse en una tienda con servicio las 24 horas del día, cogieron la autopista y empezaron a seguirla con la vaga esperanza de llegar a algún sitio donde pudieran estar a salvo.

El viaje no fue lo que se puede decir ameno. Savannah se había pasado dos largas semanas sin pronunciar ni una sola palabra, limitándose tan solo a asentir y seguir los pasos de su hermana como un alma en pena. A Kimberly esa actitud le alteraba muchísimo, ya que el fin del mundo no era precisamente el escenario idóneo para que su hermana se convirtiera en un lastre. No obstante —y por el bien de ambas —, hizo un esfuerzo y decidió dejarla tranquila, pues era perfectamente consciente de lo mal que lo debía de estar pasando.

Llevaban varios días deambulando por una de las desérticas autopistas del estado de Georgia, cuando finalmente se dispusieron a tomar un desvío, el cual las condujo a un pueblecito alejado de la mano de Dios. Una pequeña urbanización compuesta por varias casas bajas y alguna que otra tienda.

—Vamos a registrar los comercios —propuso Kim luego de haber inspeccionado el lugar. Parecía una ciudad fantasma, lo cual (en cierto sentido) le tranquilizaba, pero si algo había aprendido en todo ese tiempo que llevaban de Apocalipsis, era que nunca se podía bajar la guardia —. Necesitamos comida y agua, también medicinas —añadió mirando a su hermana.

—Y munición —le recordó Savannah, justo antes de realizar un pequeño alto para recobrar el aliento. Habían caminado durante horas y eso empezaba a pasarle factura; le dolía todo el cuerpo, sobre todo los pies y las piernas, y el calor asfixiante que hacía en esa época del año no mejoraba las cosas a la hora de vagar de aquí para allá sin rumbo fijo. Además, sentía que la cabeza le iba a explotar en cualquier momento, por lo que esperaba encontrar algún bote de aspirinas.

—Oh, sí. Seguro que el supermercado de un pueblucho con dos casas y un árbol es el lugar perfecto para buscar armamento —comentó irónicamente la mayor.

La joven de veintidós años rodó los ojos de puro hastío. Nunca le había sido nada fácil lidiar con ella, pero ese día en particular se le antojaba condenadamente insoportable. Quizás fuese por la falta de agua o la desnutrición…pero, ¿qué narices estaba diciendo? Kim era así de nacimiento.

—¿No podrías ser un poco más amable? —le recriminó cruzándose deliberadamente de brazos.

—No —respondió la otra, poniéndose de nuevo en marcha.

Cuando llegaron al establecimiento ambas se detuvieron frente a la gran puerta de cristal, que —para su sorpresa —, permanecía intacta. La mayor de las Foster avanzó un par de pasos y, tras limpiar con su antebrazo la superficie polvorienta del vidrio, echó una rápida ojeada al interior del edificio.

—No parece haber nadie, pero mejor asegurarnos —le comunicó a Sav, quien asintió. Acto seguido la ex-camarera sacó de una funda que llevaba atada a su pierna derecha, un cuchillo de mango negro y hoja larga —. ¿Estás lista? —. La aludida se llevó la mano a su cinturón, desenvainando un enorme machete del que pocas veces se separaba —. Ve detrás de mí, ¿entendido? —dijo, volviendo la vista hacia ella, para después sostener el pomo de la puerta.

—Ya soy mayorcita, no necesito ninguna niñera —soltó la muchacha, alzando el mentón con aire combativo.

Kim la miró con una ceja arqueada.

—Pues tú primero, Rambo —se hizo a un lado, abriéndole el paso.

Savannah empujó la puerta con ciertos aires de superioridad e ingresó en la tienda seguida de su hermana. Una vez dentro, Kimberly se adelantó hasta llegar al mostrador, donde había una bandeja metálica. La cogió y le dio varios golpes con el filo del puñal. Después la depositó nuevamente sobre la superficie de madera y guardó silencio, a la espera de percibir cualquier movimiento ajeno a ellas. No tardaron ni dos segundos en escuchar gruñidos provenientes de detrás de algunos expositores.

—¿Lo oyes? —musitó Kim en voz baja, dirigiéndose a su hermana —. Parece que hay dos —. Savannah realizó un leve asentimiento con la cabeza.

Fue entonces cuando la mayor de los Foster le hizo una señal para que fuese por el lado derecho del comercio, mientras ella investigaba el izquierdo. Atravesó los pasillos que separaban unas estanterías de otras, todas ellas bastante vacías y cubiertas de una fina película de polvo, hasta que llegó a la parte posterior de la tienda, donde una de esas espeluznantes criaturas la esperaba sin un brazo y con la mandíbula desencajada.

»Joder…tú eras de los que se quedaban sin pareja para el baile de fin de curso, ¿verdad?

El no muerto se abalanzó sobre ella tras rugir ferozmente, pero ésta consiguió apartarse a tiempo y arrinconarlo contra la pared. Apenas un instante después, echando mano de su cuchillo, agarró el mango con firmeza, se aproximó a aquella cosa y hundió la hoja en su globo ocular.

Mientras tanto Savannah caminaba por el lado opuesto del establecimiento. Iba inspeccionando a fondo cada estante, en busca de algo que pudiera serles de utilidad, sin embargo, al parecer la gente del pueblo se les había adelantado. Y es que no quedaba absolutamente nada.

Andaba desprevenida cuando uno de esos seres apareció tras ella, logrando sobresaltarla. Esta se giró en un acto reflejo, pero no fue lo suficientemente rápida como para impedir que aquel cadáver se le echase encima. La rubia cayó al suelo y con ella su machete, que quedó a un par de palmos de distancia. Intentó alcanzarlo, mas tuvo que emplear ambas manos en sujetar el cuerpo del muerto-viviente —o como ellas los llamaban, merodeadores —, que trataba de arrancarle la yugular de un mordisco. Echó un vistazo rápido a su arma y en un hábil movimiento, consiguió alcanzarlo para finalmente incrustarlo en el cráneo de su rival.

Aquel cuerpo putrefacto cayó a plomo sobre la muchacha, que tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para contener una arcada.

—Así que…muy mayor para niñeras, ¿eh? —pronunció Kimberly, que se había acercado tranquilamente a su posición.

Savannah bufó de mala gana.

—Lo tenía todo controlado —contradijo al tiempo que se ponía en pie con toda la elegancia del mundo.

—Sí, claro…un poco más y me quedo sin hermana a la que soportar —ironizó Kim, esbozando una sonrisa ladina.

La pequeña de las Foster puso los ojos en blanco, y contó mentalmente hasta diez para no perder la calma.

—Como si eso fuera a importarte demasiado —se sacudió el polvo de la ropa, que poseía alguna que otra mancha de sangre. Hace tiempo que le había dejado de importar su aspecto.

Por otro lado, el atlético cuerpo de Kimberly se tensó en el acto.

—¿Perdona?, fuiste tú la que decidió odiarme sin motivo —arguyó, indignada.

—¡¿Sin motivo?! —repitió Savannah, alzando notoriamente la voz. Con ella le resultaba imposible mantenerse impasible —. ¿Debo recordarte lo que hiciste?

—¡Oh, venga! No me jodas, Sav —la rubia del tatuaje hizo un gesto con la mano, restándole importancia —. Sabes que yo no tuve nada que ver con eso —se defendió a la par que alzaba los brazos en un gesto que denotaba inocencia.

—¿De verdad? —inquirió la susodicha, punzante —. ¿Pretendes que me crea que el hecho de que mi novio me dejase en cuanto viniste a visitarme a la facultad fue una pura casualidad? —. La muchacha se había cruzado de brazos y fruncido violentamente el ceño, mientras le lanzaba una mirada fulminante.

Kim se dio media vuelta ante ese último comentario.

—Mira, no tengo ganas de discutir. ¿Entiendes? —alegó con simpleza, como si le estuviese hablando a un niño pequeño.

—Porque de sobra sabes que llevo razón. Entre vosotros dos hubo algo —dijo Savannah, sin querer dar su brazo a torcer. Y es que a cabezota no le ganaba nadie.

—¡¿Que yo qué?! —exclamó Kimberly, perdiendo los estribos —. Escúchame bien, porque no voy a repetirlo más veces: él se me insinuó y yo le mandé a pastar. Y, sinceramente, me alegro de que se alejara de ti, porque no me hubiese hecho ni puta gracia haber acabado en la cárcel por partirle las piernas. Y créeme que lo hubiera hecho de hacerte daño —cuando terminó su extenuante discurso, inspiró profundamente con la intención de serenarse. Hablar de ese Ken egocéntrico le había sacado de sus casillas.

Entretanto Savannah se quedó completamente inmóvil, sin saber qué decir al respecto. No iba a negar que la confesión de su hermana le había sorprendido sobremanera, pero las heridas no sanaban de un día para otro. O al menos eso era lo que quería pensar.

»Y ahora ponte a buscar algo que pueda sernos de utilidad. No me gustaría haber llegado hasta aquí para nada —añadió justo antes de desaparecer tras una de las estanterías, dejándola sola con sus pensamientos.

Abandonaron aquel pueblo desierto tras su desastroso intento de buscar suministros, y volvieron a coger la misma carretera que llevaban siguiendo desde hacía unos días. Eso sí, sin mediar palabra alguna. Luego de un par de horas caminando por la autopista, la mayor de las Foster —que encabezaba la marcha —se paró en seco, obligando a Savannah a detenerse también.

—¿Y ahora qué te pasa? —le preguntó la chica con desdén.

—¿No lo oyes? —dijo Kimberly en un susurro, volteando momentáneamente la cabeza.

—Por desgracia solo te oigo a ti —replicó la menor con una sonrisilla falsa en los labios.

Obviando por completo sus provocaciones, Kim se adelantó unos metros hasta que sus pies se detuvieron nuevamente. Un escalofrío recorrió toda su espina dorsal y los latidos de su corazón se aceleraron hasta el punto de empezar a hiperventilar.

—Sav, corre —ordenó lo suficientemente alto como para que la oyera, pero sin llamar demasiado la atención.

—¿Qué? —se sorprendió la aludida.

La mayor giró ágilmente sobre sus talones, echando a correr hacia ella. Agarró con fuerza su brazo izquierdo y ambas salieron de la carretera cagando leches, sin mirar atrás en ningún momento. Entraron en el bosque que había al lado y se escondieron tras unos frondosos arbustos. Como apenas se habían adentrado unos metros, aún podían ver desde su posición el asfalto de la autopista.

»¿Qué ocurre?

Kim no respondió verbalmente, tan solo señaló la carretera con el dedo índice.

La joven miró en esa misma dirección, encontrándose con una escena nada tranquilizadora: una horda de al menos veinte merodeadores había tomado el camino, impidiéndoles el paso.

—¿Ves ahora por qué debíamos correr? —musitó la ex-camarera en voz baja.

Sav asintió, abrumada. Desgraciadamente aquel sitio ya no era seguro para ellas.

»Larguémonos antes de que nos oigan —dijo poniéndose en pie.

—¿Por el bosque? —inquirió la pequeña con un timbre nervioso en la voz. No le agradaba mucho la idea, ya que allí tenían más probabilidades de perderse.

—¿Acaso tienes un plan mejor? —Savannah negó con la cabeza, después de haberlo meditado unos segundos —. Pues, venga.

Las Foster se adentraron todavía más en la lúgubre espesura del bosque, contando como único propósito alejarse lo máximo posible de la autopista y, por tanto, de aquella horda que les había pillado desprevenidas. Kimberly encabezaba la comitiva —realmente no tenía ni la menor idea de adónde dirigirse —, pero su prioridad en ese preciso momento era salir de allí cuanto antes. Ya idearían algún plan luego, cuando el peligro no fuese palpable en el ambiente.

El tiempo transcurría de manera rápida e impasible, tanto que el atardecer se les había echado encima a las hermanas, quienes no habían parado a descansar ni un minuto desde que se vieron obligadas a abandonar la carretera.

Savannah comenzaba a inquietarse, puesto que la idea de pasar la noche en medio de la nada, sin refugio alguno, no le entusiasmaba lo más mínimo.

—Oye, Kim —la mencionada giró la cabeza —. No es por criticar tu sabiduría de girl scout y todo ese rollo, pero…está oscureciendo —le comunicó, sin dejar de mirar nerviosamente a su alrededor. Aquel sitio le ponía el vello de punta.

—Tengo ojos, Sav. Gracias por la información —respondió la rubia del tatuaje, rodando los ojos en un acto de desesperación.

La menor emitió un lánguido suspiro.

—A lo que me refiero es que no tenemos muy claro a dónde nos dirigimos —argumentó a la par que esquivaba los numerosos obstáculos que se interponían en su camino —. Y creo que pasar la noche aquí, no es una opción.

Kimberly se detuvo.

—Tienes razón —musitó tras un breve resoplido.

—¿Qué has dicho? —Savannah la miró desconcertada, recibiendo una mueca airada por su parte —. ¿Acabas de darme la razón?, ¿tú a mí?. Ver para creer —alegó burlonamente la muchacha.

La ex-camarera sonrió levemente.

—A veces se me olvida —comenzó a decir, recargando la espalda en el vetusto tronco de uno de los árboles.

—¿El qué? —su hermana enarcó una de sus doradas cejas, confundida.

—Lo listilla que puedes llegar a ser.

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Savannah no pudo evitar carcajear, seguida de la mayor.

Después ambas se mantuvieron en absoluto silencio, el cual duró unos minutos, hasta que la pequeña retomó la palabra:

—He extrañado tus comentarios sarcásticos este último año —dijo con la mirada clavada en el suelo y el atisbo de lo que parecía una sonrisa en sus carnosos labios.

—Nos peleamos por una gilipollez, ¿sabes? —respondió Kim, que negaba deliberadamente con la cabeza. Savannah alzó la vista hasta alcanzar sus hermosos ojos azules —. Somos hermanas, joder. No debimos terminar así por un niñato de mierda —prosiguió con un hilo de voz. En verdad le apenaba, pues siempre se habían llevado bien, incluso hubo una época en la que fueron inseparables, como uña y carne. Pero como se suele decir: todo lo bueno se acaba, y su relación no había podido tener un final peor.

—Puede que no fuera importante para ti —replicó Savannah, tratando de sonar lo más firme posible —. Tú nunca tuviste problemas con los chicos…

Aquella última alegación pilló por sorpresa a Kimberly, que frunció el entrecejo algo molesta.

—¿Qué estás diciendo, Sav?

—Eras novedad siempre, Kim. La que se saltaba las clases, la que vestía de cuero…la chica mala de Dalton. Eso le encantaba a los tíos —explicó bajo la atenta mirada de la mayor —. Y cuando al fin encuentro uno que se fija en mí, vienes tú a fastidiarlo todo.

Kim cerró los ojos con gran pesar.

—Mira, Sav —se aproximó a ella unos pasos, quedando frente con frente —. Si ese Ken se puso a tirarme fichas cuando ya te tenía a ti, es que verdaderamente no merecía la pena. ¿Quién coño me elegiría a mí estando tú de por medio?, ¿que yo era novedad? —rió por lo bajo —. Si ser novedadimplicaba críticas y juicios por cada cosa que hacía, entonces habría preferido no serlo. Mierda, Savannah… Tú ibas a licenciarte en Bellas Artes, ¿y yo? Yo iba a pasarme la puta vida en la cafetería —. Tomó una gran bocanada de aire, al tiempo que se restregaba la frente con ambas manos —. Puedes enfadarte conmigo todo lo que quieras, pero me alegro de que ese cerdo se alejara de ti. Aunque eso me costase perderte.

La aludida contempló a su hermana en silencio y con el corazón latiéndole a mil. Quiso decir algo para reconfortarla, pero no tuvo la oportunidad. No pasaron ni dos segundos cuando oyeron un ruido que las hizo ponerse alerta.

—¿Merodeadores? —inquirió Savannah en un susurro.

Kimberly asintió.

—Hay que moverse.

Las Foster reanudaron la marcha, esta vez aligerando el paso. Sin embargo la suerte no corría de su parte, ya que en ese pequeño intervalo de tiempo había oscurecido bastante y apenas podían distinguir el suelo que pisaban. Pronto les sería completamente imposible caminar por allí.

Algo captó irremediablemente la atención de Kim, que se paró en seco, provocando que Savannah chocase contra su espalda.

—Dios, Kim…ten más cuidado —se quejó la menor, retrocediendo un paso.

—Shhhh —la susodicha reclamó silencio, para poder discernir con claridad de dónde procedían las voces que habían llegado a sus oídos —. Mira —dijo mientras señalaba al frente.

Savannah se posicionó a su lado, pudiendo ver con sus propios ojos unas luces que alumbraban a unos metros de ellas. Tragó saliva y un nuevo escalofrío hizo que se estremeciera.

—Esos no son merodeadores—murmuró, apegándose al cuerpo de su hermana.

—A no ser que hayan aprendido a usar linternas —Kim la cogió del brazo y la escondió detrás de un árbol, para luego imitar el gesto a los pocos segundos.

—Tal vez puedan ayudarnos —comenzó a decir la menor de las Foster —. No podemos pasar aquí la noche…

—Dijimos que no más grupos, Sav —le cortó la rubia del tatuaje, sin alzar apenas la voz —. Nunca acaban bien, y lo sabes. Con dos ya tuvimos suficiente —apeló en un tono impugnable.

La joven agachó la cabeza, sabiendo que en el fondo tenía razón.

—Larguémonos, aprovechemos que no nos han visto —ordenó Kimberly.

Las dos comenzaron a caminar en la dirección opuesta a esa gente, con la intención de pasar desapercibidas. Sentían cierto recelo hacia otros grupos de supervivientes, pues en el tiempo que llevaban viajando solas (unos nueve meses, para ser exactos), habían dado con dos, pero fueron atacados y devorados por los no muertos. Por esa razón habían decidido ir por su cuenta.

No dieron apenas diez pasos cuando se toparon de lleno con una figura ancha y fornida, que se erguía frente a ellas. La luz escaseaba, pero aún así pudieron examinar a aquel sujeto: era bastante mayor que ellas —estaría rondando los cincuenta —, con el pelo corto y algo canoso, barba de un par de días y unos profundos ojos verdes. Sin embargo lo que más les llamó la atención, fue la extraña prótesis que llevaba en su brazo derecho y que terminaba en la hoja de un cuchillo.

—Aparta —le ordenó Kimberly.

—¿Dónde vais con tanta prisa, preciosas? —preguntó el extraño, esbozando una sonrisa lobuna.

—He dicho que te apartes —repitió la joven, cuyo cuerpo se había tensado en un acto reflejo.

—El bosque es un lugar peligroso para que dos chicas indefensas vaguen de noche —el aludido chasqueó varias veces la lengua, a la par que inspeccionaba a las hermanas de arriba abajo, e hizo el amago de acercarse a ellas.

Nada más verlo, Kim se puso en guardia. Pudo haberlo empujado sin más y luego amenazar su cuello con el cuchillo, pero optó por arrearle una patada en el pecho que lo envió directo al suelo. El hombre tardó unos segundos en recobrar el aire que había perdido por el golpe y tras un burdo gruñido, consiguió levantarse.

—Que conste que he intentado hacerlo por las buenas —masculló entre dientes y con una expresión nada amigable. Se llevó la mano a la parte trasera del pantalón, sacó una pistola y apuntó a Savannah con ella —. Y ahora vais a veniros conmigo, rubitas.