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Historia 188383 — capítulo 4

N. de las A.:cuando veáis la almohadilla#**, reproducid el enlace que os dejamos a continuación.

Nos gustaría conocer vuestras opiniones, ¿os va gustando la historia?, ¿y las protagonistas?, ¿cuál de ellas os gusta más, o con quién os sentís más identificados?

**Link:**https://www.youtube.com/watch?v=nHQdXe2zA0k

**Imagen:**http://s1367.photobucket.com/user/Lucy_BF/media/We%20are%20The%20Walking%20Dead/g8BT91PQ_zpseir00m6n.jpg.html?sort=3&o=0


El hombre que había encontrado a las hermanas Foster en medio del bosque no tardó en avisar a sus camaradas, que se congregaron alrededor de ellas entre murmullos y silbidos de admiración. Estos no eran muchos, unos cinco más o menos (seis a lo sumo), pero se les veía lo suficientemente fornidos y avispados como para doblegar a las chicas —quienes se vieron incapaces de defenderse entre tanta testosterona, menos aún de huir —sin tan siquiera esforzarse lo más mínimo. Aquellos sujetos, cuyos rostros no pudieron discernir con claridad debido a la falta de luz, las inspeccionaban de arriba abajo como si fuesen trofeos de caza, lanzándoles miradas lascivas que dejaban entrever sus más puros instintos.

Kimberly apretó los puños con una fuerza sobrehumana, clavándose las uñas en la palma de sus sudorosas manos a causa de la impotencia. Maldita sea, ¿cómo habían sido tan descuidadas? De haber estado sola probablemente hubiera ideado algún plan para poder escapar de esa panda de impertinentes, pero Savannah se encontraba con ella y ya le habían amenazado una vez con hacerla daño, de modo que no podía arriesgarse. Así que se limitó a ignorar sus provocaciones y mantener la boca bien cerrada para no empeorar las cosas. Porque, ¿acaso tenían elección? Definitivamente no, estaban bien jodidas.

—Clayton, asegúrate de atarlas bien —le ordenó el hombre de la prótesis a uno de sus compañeros, que acababa de llegar —. Oh, y cúbreles la cabeza. De lo contrario podrían aprenderse el camino y no queremos que estas perritas se nos escapen —el aludido asintió, para luego llevar a cabo lo que le habían encomendado.

—Capullo —masculló entre dientes la rubia del tatuaje, ya maniatada.

Él tan solo sonrió y le guiñó un ojo con picardía.

Acto seguido las arrastraron fuera de las lindes del bosque, regresando nuevamente a la carretera de la que se habían alejado con tanto recelo. Allí había un par de coches aparcados en el arcén derecho, de manera que acomodaron a las chicas en los asientos traseros de uno de ellos y cuando todo estuvo listo, pusieron el motor en marcha.

—Kim… —pronunció Savannah en un susurro, apenas perceptible. No había dejado de temblar desde que esos salvajes dieron con ellas. Estaba aterrorizada.

—No digas nada, Sav —se apresuró a contestar la susodicha, cuyos ojos también permanecían tapados por una gruesa tela.

—¿Adónde nos llevan?, ¿qué quieren de nosotras? —la joven solo podía formular preguntas que carecían de respuesta, al menos en esos momentos. La duda revoloteaba continuamente por su mente, sin darle tregua alguna, y la incertidumbre estaba empezando a acabar con ella. ¿Quién demonios era esa gente? Y, sobre todo, ¿qué pretendían obtener de ellas?

La mayor, por su parte, emitió un lánguido suspiro.

—No lo sé —respondió en un tono aparentemente sereno —. Pero no va a pasarnos nada, tranquila —. Aquello logró reconfortar en cierta medida a la pequeña, aunque no duró mucho.

—¡Eh, vosotras dos! Cerrad el pico de una vez —dictaminó el conductor: un hombre de raza negra que no dejaba de mirarlas con inquina a través del espejo interior.

A ellas no les quedó más remedio que obedecer.

Tras media hora de viaje llegaron a lo que parecía una pequeña urbanización, rodeada de un frondoso bosque gracias al cual lograba pasar desapercibida y fortificada con una improvisada muralla hecha con chapas, neumáticos y tablones de madera que mantenían alejados a losno muertos. En lo alto de la barricada había tres centinelas que vigilaban atentamente el perímetro exterior y en cuanto vieron detenerse a los dos coches frente al portón, lo abrieron, asegurándose antes que eran de los suyos.

Una vez dentro, los hombres que habían raptado a las Foster bajaron de los vehículos. El tío de la prótesis se acercó a Kimberly y le quitó la venda de los ojos, mientras otro hacía lo mismo con Savannah. Ambas se quedaron totalmente perplejas ante la visión de tan paradisíaco refugio: estaba constituido por varias edificaciones antiguas y rústicas, entre las que se encontraban casas y salones comerciales con visibles aparadores; los bloques que estaban dentro de los límites seguros se encontraban perfectamente custodiados y limpios, hasta el césped estaba bien cortado. Aquel sitio parecía sacado de un folletín. Demasiado bueno para ser verdad.

—¿Dónde coño estamos? —preguntó Kim que observaba inquietamente a su alrededor, luego de haberse asegurado que su hermana se encontraba en perfectas condiciones.

El individuo de una sola mano esbozó una sonrisa ladina.

—Bienvenidas a Woodbury.

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La ex-camarera vio entonces como uno de esos tipos se acercaba a Savannah y empezaba a acariciarle el cabello, para después bajar sinuosamente hasta su cintura. La muchacha compuso una mueca de aversión ante su contacto e intentó apartarse, pero él era mucho más fuerte. En ese momento Kimberly dio un brinco al tiempo que deslizaba las manos —que aún tenía atadas a la espalda —por debajo de las piernas, quedando así por delante. Se aproximó al sujeto hecha una auténtica furia y con los puños cerrados le asestó un golpe en el pómulo derecho.

—¡A ella ni la toques, maldito bastardo! —bramó colocando a su hermana detrás suyo, en un gesto protector.

El individuo que las había encontrado agarró a Kimberly violentamente del brazo —antes de que lo hiciera su compañero agredido —y tiró de ella hacia atrás, provocando que casi cayera al suelo. Por suerte consiguió mantener el equilibrio, aunque a duras penas.

—Una salida más de esas y despídete de tu hermanita, ¿entendido? —la susurró al oído. La mujer se estremeció en el acto, pero hizo todo lo posible por tratar de disimularlo.

—Kim, tranquila. Estoy bien —mintió Sav en su mejor tono neutral —. Por favor, no le hagas daño —esta vez se dirigió al hombre, que no pudo evitar arquear una ceja debido a la sorpresa. Vaya, sí que eran diferentes en cuanto a carácter.

La mencionada finalmente asintió.

—Bien, a una sala cada una. Así nos será más fácil controlarlas —alegó, ganándose una mirada repulsiva por parte de las Foster.

«Puto tullido de mierda…», barruntó Kim con desprecio, justo antes de echar a andar.

Condujeron a las hermanas hasta una de las edificaciones del pueblo y nada más entrar en ella las separaron, encerrando a cada una en una habitación diferente. El hombre de tez morena, al que la mayor había apodadoShaftpor el gran parecido que compartía con el personaje ficticio, se llevó a Savannah, y Kimberly fue trasladada por el tío de la prótesis, no sin antes dedicarle algún que otro improperio y amenazarle concortarle los huevosde tocarle un solo pelo a su hermana pequeña.

Finalmente llegaron a su destino: una sala bastante amplia con una mesa metálica en el centro, algo sucia y descuidada, y una silla. Obligó a la mujer a sentarse y volvió a atarle las manos a la espalda.

—¿Y mi hermana?, ¿dónde la habéis llevado? —exigió saber con voz firme, no iba a dejarse amedrentar tan fácilmente.

—Pórtate bien, y nosotros haremos lo mismo con ella —respondió él con sorna a la par que se agachaba un poco para tenerla a su misma altura.

Kimberly bufó de mala gana.

—Oye, si lo que queréis es algo de valor os habéis equivocado de personas —comenzó a decir atropelladamente, puesto que empezaba a impacientarse —. No tenemos nada que pueda seros útil.

El aludido rió por lo bajo y negó varias veces con la cabeza.

—¿De verdad piensas que necesitamos algo?, ¿es que acaso no has visto este sitio? —inquirió señalando todo a su alrededor.

La muchacha rodó los ojos de puro hastío. No estaba de humor para chorradas.

—Siento haberme perdido la guía turística —contestó con arrogancia.

—Hummm...tienes carácter. Eso me gusta —comentó el individuo con una sonrisa lobuna en los labios. Hizo el amago de acariciar su pálida mejilla, pero Kim reviró la cabeza nada más conocer sus intenciones.

—Como me pongas la puta mano encima, te quedas sin ella —amenazó, lanzándole una mirada iracunda —. Y no parece que te sobren.

El sujeto rió ante su comentario, lo cierto es que le agradaban las mujeres con carácter. Retrocedió un par de pasos y se cruzó inquisitivamente de brazos, para luego chasquear la lengua en señal de desaprobación.

—Vaya, vaya…deberías ser más agradecida, rubita —el énfasis en esa última palabra fue más que notorio —. De no ser por nosotros, ahora mismo estaríais durmiendo en un árbol.

—¿Debería darte las gracias por secuestrarnos y haber apuntado a mi hermana con una pistola,Capitán Garfio? —la ex-camarera se inclinó ligeramente hacia delante, luciendo una mueca burlona y desafiante.

—¿De verdad crees que habríais sobrevivido vosotras solas en el bosque? Joder, parecías más lista —se mofó tras proferir una sonora carcajada, lo cual solo sirvió para enfurecerla aún más.

—No necesitamos que nadie nos limpie el culo, sabemos cuidarnos solas —contradijo la chica, que procuraba ante todo mantener la calma. No iba a permitir que ese imbécil quedase por encima suyo, de ninguna manera.

En ese momento y antes de que alguno de los dos tuviese la oportunidad de volver a hablar, la puerta de la estancia se abrió de golpe, dando paso a la atlética figura de un hombre de unos cuarenta años de edad, cabello castaño perfectamente peinado y unos inquietantes ojos azules. Era alto y con una incipiente barba adornando su marcada mandíbula. Su presencia imponía a cualquiera, de eso no cabía la menor duda.

—¿Qué está pasando aquí, Merle? —preguntó mientras escrutaba con gran desconcierto al mencionado.

«Así que el gilipollas tiene nombre».

—Las encontramos en el bosque, iban solas —explicó el tal Merle, señalando a  la rubia con el cuchillo de su rudimentaria prótesis.

—¿Las? —el recién llegado arqueó una ceja, pues allí solo estaba Kimberly.

—A esta y a su hermana. La otra está en la habitación de al lado —explicó bajo la atenta mirada de su compañero —. Pensamos que sería mejor mantenerlas separadas.

—¿Y crees que esta es forma de tratar a unas recién llegadas? —pronunció el nuevo con voz autoritaria. El aludido tragó saliva, a lo que Kim sonrió. Por lo visto, debía tratarse del líder.

—La rubia del tatuaje tiene muy mal genio, era por precaución —se excusó el individuo de la prótesis tras encogerse inocentemente de hombros.

—Desátala.

Merle obedeció y haciendo uso de su afilado cuchillo, cortó la cuerda que mantenía inmovilizada a la mayor de las Foster, cuyos brazos comenzaban a entumecerse. El otro hombre, por su parte, se aproximó a ella con notable preocupación.

»¿Te encuentras bien? —consultó, posando una mano sobre su hombro derecho.

Kimberly se apartó de él en un acto reflejo y después asintió levemente al tiempo que se frotaba las muñecas, las cuales estaban llenas de rozaduras. A continuación se puso de pie.

»Lamento el comportamiento de mis hombres, son demasiado precavidos a veces. Desconfían de todo el mundo, espero que lo entiendas —explicó en un tono condenadamente afable, pese a la actitud distante de la mujer.

Ella carcajeó forzosamente.

—¿En serio?, pues tal vez deberías controlarles un poquito más —respondió, sin la más mínima intención de dar su brazo a torcer.

El desconocido se quedó observándola fijamente.

—No volverá a suceder —dijo finalmente, adoptando una expresión mucho más seria —. Y ahora vayamos a por tu hermana.

El semblante de Kimberly se iluminó por completo ante esa última alegación, por lo que aceptó la propuesta sin tan siquiera vacilar. Era cierto que no confiaba en ese tipo —por no hablar delCapitán Garfio—, pues apenas lo conocía, y no estaba segura de si hablaba en serio o solo se trataba de un farol para llevársela a su terreno. Sacudió bruscamente la cabeza para poder librarse de esas ideas. En cualquier caso, si podía comprobar con sus propios ojos que Savannah se encontraba bien, no le importaba recibir algunos golpes.

El supuesto salvador de la mayor de las Foster atravesó la puerta de la habitación, seguido por los otros dos, y caminó unos metros por el extenso pasillo hasta detenerse frente a la entrada de la sala contigua a la que acababan de abandonar. Giró el pomo y abrió la puerta, entonces la rubia asomó con suma precaución la cabeza a través del umbral. Pudo ver a Savannah, quien, al igual que ella hace apenas unos minutos, estaba sentada en una silla y maniatada. Apartó de un empujón al hombre que acababa de ayudarle y corrió hacia ella. La desató y esta se echó a sus brazos.

—¿Estás bien?, ¿te han hecho algo? —preguntó Kimberly, sujetándola por los hombros y revisando su cuerpo de arriba abajo, en busca de cualquier signo de violencia.

La menor negó con la cabeza, mientras una lágrima descendía por su sonrosada mejilla. Kim se la secó rápidamente con el pulgar.

—Creía que a la que estaban haciendo daño era a ti —musitó con un hilo de voz. Todavía temblaba debido al miedo.

La aludida respiró aliviada. Por suerte para ella, no habían llegado a tanto.

—Estoy bien —respondió con la intención de calmar su notable estado de agitación —. Hace falta algo más que un par de tíos y una cuerda para acabar conmigo —aquello bastó para que Sav esbozara una tímida sonrisa.

—Siento mucho todo esto —intervino el hombre que había ayudado a Kimberly.

Ambas se volvieron hacia él con sendas expresiones de resentimiento.

—¿Podemos irnos ya? —pronunció la mayor, cáustica y mordaz.

El sujeto lo recapacitó unos segundos, para luego emitir un lánguido suspiro.

—Me temo que no puedo permitiros que salgáis en mitad de la noche, es demasiado peligroso —arguyó encogiéndose de hombros —. No me quedaría tranquilo.

Las dos hermanas se tensaron al escucharlo.

—Podemos cuidarnos solas —insistió Kimberly con el ceño ligeramente fruncido. La idea de quedarse en ese lugar no le gustaba ni un pelo.

—Y no lo dudo, ambas parecéis muy capaces de ello —dijo el hombre, acercándose a ellas con paso firme —. Escuchad, sé que no hemos empezado con muy buen pie. Así que, dejad que os lo compense —aquello había sonado más a súplica que a una orden.

Las Foster se lanzaron una mirada cómplice.

—Habla —dictaminó Kimberly, provocando que el aludido sonriese victorioso.

—Pasad la noche aquí y descansad, os vendrá bien. Prometo que mañana podréis iros sin ningún problema, incluso os daremos comida y agua para el viaje —explicó pausadamente.

—También queremos armas y munición —señaló Savannah, que ya se había puesto en pie.

El hombre la examinó por unos segundos.

—Por supuesto —cedió con simpleza —. Pero tendréis que pasar la noche en Woodbury, esa es la única condición —agregó a la par que levantaba el dedo índice.

Las muchachas lo meditaron. Todavía no se fiaban de ellos, pero no les quedaba más remedio que aceptar, puesto que aquel tipo no parecía de los que se conformaban con unnopor respuesta.

—Está bien —aceptó la ex-camarera con los brazos cruzados sobre su pecho —. Pero como tu amiguito el del garfio se acerque a nosotras, va a necesitar otro para el brazo izquierdo. ¿Queda claro? —soltó sin ningún miramiento, haciendo que Merle riera por lo bajo.

—Cristalino.

Cuando abandonaron aquel edificio, el líder de Woodbury las guió a través de las desérticas calles —a esas horas de la noche era normal que no hubiese ni un alma deambulando por allí —, y las llevó hasta una de las pequeñas casitas que conformaban la comunidad. Esta no era muy grande, de una sola planta, pero más que suficiente para una sola noche.

—Espero que sea de vuestro agrado —dijo el hombre amablemente.

—No tiene que ser de nuestro agrado, con un par de camas nos conformamos —contestó Kimberly, que todavía seguía bastante malhumorada a causa de los últimos acontecimientos.

El aludido elevó las comisuras de sus labios en una sonrisa forzada, para luego despedirse de ellas y marcharse por el mismo camino por el que habían venido.

Las chicas lo vieron alejarse, hasta que finalmente desapareció en la lejanía.

—¿Entramos? —preguntó Savannah, dirigiendo la mirada hacia su hermana.

Ella se mantuvo en silencio unos instantes, sopesando meticulosamente su decisión. Emitió un lánguido suspiro y asintió.

Savannah subió con cuidado las escaleras de madera que conducían al porche de la casa, se acercó a la puerta y echó mano al picaporte. Lo giró y empujó ligeramente para poder ver el interior del domicilio. A primera vista no había nada fuera de lo normal, así que ingresó dentro seguida de Kim. Caminaron con pasos lentos y agotados por el pasillo central de la humilde morada hasta llegar a la única habitación con la que contaba: era bastante amplia, con dos camas y lo que parecía ser un baño. A la cocina y al salón no le prestaron mucha atención, puesto que su prioridad en esos momentos era dormir. A la mañana siguiente ya comerían hasta hartarse.

Y mientras la menor de las Foster se dejaba caer en una de las camas, Kimberly entró al cuarto de baño para inspeccionarlo. Se acercó al lavabo, sobre el cual había colgado un armarito con un espejo.

—¿Funciona el agua? —quiso saber Savannah, que no se había movido de su sitio.

La ex-camarera abrió el grifo y, para su sorpresa, el suministro de agua seguía funcionando perfectamente.

—Por lo visto, sí —respondió al tiempo que alzaba sutilmente la voz para que su hermana la oyera —. Ya que estamos, nos ducharemos también —. Los hermosos ojos de la pequeña se iluminaron por completo ante ese último comentario. Por fin, después de tanto tiempo sin poder asearse como es debido, volvería a disfrutar de una buena ducha caliente.

Kimberly contempló con suma atención el reflejo que le devolvía el espejo. Siempre había sido delgada, pero ahora lo estaba aún más, teniendo en cuenta todo por lo que habían pasado en esos últimos meses. Por lo demás no parecía haber cambiado demasiado: las facciones de su rostro seguían estando perfectamente definidas y sus orbes azules brillaban con la misma intensidad de siempre, aunque ahora permanecían marcados por unas oscuras y prominentes ojeras que llevaban acompañándola desde hacía un par de semanas. Centró toda su atención en el rapado del lado izquierdo de su cabeza. Habían pasado nueve meses desde que el mundo se fue a la mierda, desde que el tiempo pareció congelarse, pero no por eso el pelo iba a dejar de crecerle y lo había comprobado en ese preciso momento. Ahora, el estrambótico tatuaje que empezaba en su parietal izquierdo en forma de enredadera y bajaba por su cuello hasta llegar a la parte superior de su mano, se encontraba cubierto por una fina capa de cabello dorado —pese a que en más de una ocasión, se había bastado sola para repasárselo —. Así que abrió el armario auxiliar con la esperanza de encontrar algo que le sirviera para retocarse el rapado y volver así a lucir esa parte del tatuaje. Afortunadamente encontró una cuchilla de afeitar. La tomó entre sus manos con cuidado y la dejó sobre el lavabo. Acto seguido se recogió la melena en una coleta en el lado opuesto de la cabeza y comenzó a afeitarse.

Luego de unos minutos, cuando el tatuaje volvió a salir a la luz, se despojó de toda la ropa, la dejó en un cesto de mimbre que había junto al lavamanos y saltó a la ducha. Encontró una pastilla de jabón en el interior de esta, por lo que esbozó una sonrisa torcida.

No sabía de cuánta agua caliente disponían y no quería que Sav tuviera que ducharse con agua fría, de modo que no se demoró mucho en salir. Cuando terminó, se secó con una de las toallas que había colgadas en la puerta y se vistió nuevamente. La sensación de sentirse limpia otra vez era maravillosa.

Por otro lado, Savannah, se incorporó rápidamente en cuanto la vio salir del baño.

—¿Te has vuelto a rapar? —pronunció con una ceja arqueada y la vista clavada en su tatuaje.

—Tu inteligencia me sigue sorprendiendo cada día —respondió Kimberly socarronamente.

La joven se levantó de la cama y, alzando el mentón con aire combativo, fue directa hasta el aseo.

—Debiste dejar que te creciera el pelo otra vez, así parecerías más normal —replicó justo antes de cerrar la puerta de un portazo.

La mayor de las Foster negó rotundamente con la cabeza, indignada, antes de tirarse en la cama que había junto a la de su hermana. Inspiró profundamente y cerró los ojos para poder relajarse.

Nunca había sidonormal, eso era lo que le habían inculcado desde pequeña. Al vivir en un pueblo tan pequeño como Dalton, cualquier matiz que se saliera de los cánones habituales de la población residente, era objeto de críticas y cuchicheos. Y Kimberly no fue la excepción; su aspecto siempre llamaba la atención allá donde iba, por eso mismo tuvo que sufrir durante muchos años las miradas de desaprobación de sus vecinos. Ese tatuaje era un recordatorio de su propia fortaleza y del largo camino que había recorrido hasta llegar a ser quien era ahora. También le recordaba a su padre, que estuvo siempre a su lado pese a todos sus defectos.

Savannah, al igual que su hermana mayor, lo primero que hizo nada más entrar fue mirarse en el espejo. Ella también había perdido mucho peso, y el cansancio podía apreciarse en su bello rostro. Sus ojos eran grandes y azules, como los de Kim. Los habían heredado de su madre, o al menos eso era lo que le habían contado, ya que les abandonó cuando ella apenas tenía dos años. Varias pecas se extendían por los pómulos y la nariz respingona de la menor de los Foster. Sus labios eran carnosos y rosados, y la melena rubia, ligeramente ondulada y larga hasta la mitad de la espalda. Savannah, a diferencia de su hermana, nunca fue alguien extravagante. Ella era todo lo contrario a Kimberly, la hija perfecta, la chica que todo Dalton admiraba y veneraba: buena estudiante, amable, respetuosa, trabajadora y de las pocas personas que habían conseguido ir a la universidad.

La joven suspiró lánguidamente y comenzó a desvestirse para meterse en la ducha. Quiso disfrutar del momento lo máximo posible, de manera que permaneció bajo el agua hasta que esta empezó a salir fría. Solo entonces cerró el grifo y se secó con la otra toalla que había, para después ponerse la ropa y salir de la estancia.

—Empezaba a pensar que te habías colado por el desagüe —se burló Kimberly desde la cama.

—Quién sabe cuándo volveremos a tener una oportunidad como esta —la aludida se encogió de hombros al tiempo que se sentaba al borde de su cama.

—Recuerda que nos vamos mañana, no te acomodes demasiado —señaló la mayor, volviendo a fijar la vista en el techo.

—Lo sé —Savannah se tumbó.

Esa era de las pocas cosas en las que coincidían: ninguna se fiaba de esa gente. Puede que aquel hombre se hubiese portado bien con ellas, pero eso no cambiaba el hecho de que las trajeran en contra de su voluntad y a punta de pistola.

—Nos iremos por la mañana —musitó Kimberly tras un ocioso bostezo —. Será mejor que descanses.

Sav asintió un par de veces, para luego cubrirse con las sábanas.

—Solo por esta noche —dijo mirando a su hermana.

—Solo por esta noche.