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Historia 188542 — capítulo 1
Abrió los ojos de golpe, era media tarde, la luz del sol entraba por la amplia ventana al tiempo que una suave brisa mecía las cortinas blancas, en el suelo reposaban los pedazos de lo fue un jarrón de barro, la vieja cama de madera gastada crujía bajo su cuerpo, y un olor a humedad impregnaba el aire. Miró la pared que se hallaba a su lado, escudriñando con sus ojos azules el raído tapiz que dejaba ver entre sus grietas el moho de las vigas de madera que sostenían la casa, hizo un gesto de asco seguido de un suspiro de resignación y se incorporó. Un escalofrío le recorrió la espalda al sentir sus pies tocando el frío suelo de piedra, caminó con cuidado para no lastimarse con los trozos del jarrón y abrió la pesada puerta de roble, se asomó. El pasillo parecía vacío y reinaba un silencio solo interrumpido por el suave murmullo de los árboles de afuera moviéndose con el viento, atravesó el pasillo con paso ligero, pasando por la estrecha cocina cubierta de hollín y el comedor para dos que se encontraba junto a la ventana. Salió por la puerta de entrada y la luz dorada del atardecer le bañó la cara, cegándole por un momento. Al recuperar la visibilidad distinguió la figura de una carreta que se acercaba por el sendero rodeado de árboles. Alisó el camisón y se pasó los dedos por el cabello color pelirrojo, en un intento de verse más presentable, pero aún tenía los ojos hinchados y el pelo enmarañado. Desde la puerta, vio a la vieja carreta de carga estacionarse frente a la casa, dejando ver que se encontraba llena de cajas de tierra con flores de distintos colores, formas y tamaños. En ese momento el conductor del carro bajó; un joven de unos dieciocho años, alto, delgado, rasgos marcados pero a la vez finos, con penetrantes ojos grises y un cabello rubio oculto bajo un sombrero de campesino hecho de paja. —Hola — le dijo él con una sonrisa tranquila mientras desataba los caballos de la carroza con manos hábiles. Ella le miraba mordiéndose el labio para evitar que le temblara. —Hola — respondió como si pronunciar la palabra le robara aire. El hombre le sonrió nuevamente de forma despreocupada y condujo los caballos a la parte lateral de la casa, donde se encontraban los establos. —¿Sabes? Hoy el clima fue maravilloso, esta brisa tan agradable aminoró un poco el calor y el trabajo me pareció menos pesado que de costumbre ¿Cómo te fue a ti? — él se acercó a la puerta, quitándose el sombrero. Ella le miró a los ojos casi con furia y las palabras salieron de su boca antes de poder controlarse. —Ya sé sobre el mandato — el hombre le miró con rostro sorprendido, y la sorpresa pasó a ser preocupación, por un momento le temblaron los labios y se pasó la mano por el cabello con frustración. La joven bajó la cabeza, suspiró.—¿Cómo te enteraste? — volvió a hablar el hombre después de un incómodo silencio. —Vino un soldado en la mañana, a dejarte el uniforme, dijo que la carta te llegó hace dos días — él bajó la cabeza avergonzado, y se acercó a la puerta, donde ella estaba. —Lamento que te hayas enterado de esa forma ¿si? — dijo Scorpius— sé que debí decírtelo, pero no sabía como. — Ambos guardaron silencio y rehuyeron la mirada del otro. Estaba empezando a anochecer las nubes rosas que pintaban antes el horizonte, ahora adquirían tonos grises mientras el sol se ocultaba y la brisa adquiría fuerza. Rose agachó la cabeza y dejó que una lágrima surcara su mejilla. —¿Cuándo te vas? - preguntó con voz seca. —Debo estar en una semana — respondió Scorpius clavando su mirada en ella. Él se acercó y la rodeó con sus brazos, Rose respondió al abrazo y enterró el rostro en su pecho. —Promete que no te pasará nada, no quiero tener que sepultarte igual que sepulté a mis padres. —Claro que volveré, lo prometo — ambos se separaron un poco y se miraron a los ojos — Juntos para siempre ¿no? — dijo tomándole la mano a Rose. —Juntos para siempre — Respondió ella, y entraron a la vieja casa mientras la oscuridad de la noche envolvía el campo y el cielo se llenaba de estrellas.