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Historia 188542 — capítulo 2
La luz del sol empezaba a acariciar con sus dedos cálidos las montañas cubiertas de nieve por las que dos muchachos rubios caminaban. Sus gruesas botas de alpinista rompían el silencio de la mañana al hundirse y volver a salir de la gruesa capa de nieve; tenían los músculos entumidos, el sudor se les helaba en la frente y su cálido aliento formaba halos blancos a su paso. La brisa de la montaña hacia bailar los hilos que se escapaban de los diversos hoyos que tenían las descoloridas chaquetas de los chicos, mientras la escarcha que cubría sus cabezas comenzaba a derretirse por el sol, empapando su cabello. Uno, llevaba a la espalda un gran montón de leña atado con gruesas y rugosas cuerdas, un mechón de pelo rubio le caía sobre la cara, pero su mirada azul seguía fija al frente sin hacer caso a su alrededor, concentrado en llegar a su destino. El otro, arrastraba con una mano un saco repleto de pescado, en la otra mano sostenía una red de pesca y un hacha de leñador, de vez en cuando volvía sus ojos cafés sobre su hombro para asegurarse de que ningún pescado se hubiese caído del saco. Caminaban a buen ritmo, y pronto divisaron a lo lejos una cabaña de madera en medio del paisaje blanco, apuraron el paso, deseosos de llegar al calor de la chimenea. Finalmente se acercaron a la puerta, el portador de la leña la abrió de una patada y ambos atravesaron la entrada sacudiéndose la nieve.
El muchacho de ojos cafés fue el primero en notarlo; ese extraño ambiente turbado, los libros tirados en el suelo,y luego se percató de los trozos de cerámica manchados de sangre. De pronto se sintió aturdido y solo fue capaz de pensar en una palabra " Mamá". El sonido de su hermano descargando la leña sobre el suelo le hizo reaccionar.
-¡Mama! - grito al aire en tono de súplica, le respondió un sollozo ahogado proveniente del piso superior, sintió que el aire le faltaba. Su hermano le miro con el mismo pánico en los ojos y ambos dejaron caer lo que traían, corriendo escaleras arriba. Abrieron de golpe la primera habitación, descubriendo una figura miserable encogida en una esquina. El enmarañado cabello rubio le caía ligero sobre los hombros, la mano ensangrentada le temblaba, tenía la mirada perdida, sus grandes ojos azules estaban llenos de tristeza y las lágrimas atravesaban su pálido rostro. El muchacho de ojos azules se acercó preocupado, arrodillándose miro a su madre. Al cruzarse sus miradas, los ojos de la mujer volvieron a llenarse de lágrimas y escondió el rostro entre las piernas. El otro joven también se arrodillo y levanto suavemente el rostro de su madre.
-Mamá, ¿Quién te hizo esto? - dijo tratando de que no le temblara la voz. La mujer soltó un sollozo agonizante.
-Yo, yo lo hice - respondió entre lágrimas para después abrazar los cuerpos de ambos muchachos mientras comenzaba a sufrir convulsiones por el llanto. Ellos la rodearoncon sus brazos.
-¿Qué sucedió? - inquirió el joven de ojos azules aun abrazándola con fuerza.
-¡Hay mi amado Lissander! ¡Ellos los quieren muertos! - respondió desesperada. Los muchachos se separaron de ella y la mujer saco una carta arrugada de entre los pliegues de su ropa, la miro con desesperación unos segundos, como deseando que pudiese desaparecer, y luego les tendió la carta temblando. Lorcan la tomó, sosteniéndola en su mano, indeciso, para luego guardársela en la chaqueta y mirar a su madre.
-Vamos a curarte la mano, mamá - dijo con firmeza. Ayudo a su madre a incorporarse y la hizo sentarse en la cama, dirigió una rápida mirada a su hermano, y bajo las escaleras por un pañuelo limpio y un tazón de agua tibia. Con manos temblorosas comenzó a llenar el recipiente mientrasmil pensamientos le cruzaban por la cabeza. Dio un respingo al sentir una mano sobre su hombro, y se permitió respirar cuando se dio cuenta de que se trataba de su hermano.
-¿Cómo está? - le pregunto.
-Bien, pero muy… conmocionada - respondió Lissander humedeciendo un pañuelo.
-Yo más bien diría aterrada - dijo Lorcan con lentitud.
-¿Qué hay en la carta?
-No lo sé, pero creo que con "ellos" se refería al ministerio
-También lo creo, pero no es una sorpresa que nos quieran muertos
-Tal vez ahora encontraron la forma de hacerlo - respondió Lorcan sacando la carta, soltó un suspiro y la empezó a desdoblar. Lo primero que vieron en el pergamino, fue un sello, una marca de un árbol en llamas, el sello del ministro. A medida que sus ojos pasaban por las letras sentían sus temores cumplirse y sus posibles soluciones deshacerse como arena. Lissander dejó caer el pañuelo y Lorcan estrujo la carta entre sus manos con furia e impotencia. Se miraron a los ojos y las palabras no fueron necesarias, ambos sabían que debían ir, ambos sabían que solo así protegerían a su madre, ambos sabían que podían morir en el campo de batalla, pero también sabían que se tenían el uno al otro, para siempre, sin importar los obstáculos.