← Historia 188542 · de
Historia 188542 — capítulo 3
La fría noche ya había caído sobre la seca llanura y las estrellas, luminosas y claras, comenzaban a iluminar el cielo. Una casa destartalada se alzaba en medio de la solitaria oscuridad, las tejas del techo parecían respirar a cada soplo de helado viento, las polvorientas ventanas se encontraban cerradas, y una oxidada camioneta negra estaba estacionada en la parte delantera de la casa. No se percibía actividad dentro de la casa, parecía casi abandonada, lo habitantes dormían. Junto a la rechinante puerta, acurrucado en un nido de telas viejas, un escuálido perro dormía; estaba tuerto y lleno de cicatrices, su tieso pelambre marrón, a pesar de estar trasquilado en algunos puntos, estaba limpio. Sobre su cabeza colgaba una cuerda roída que se mecía con el viento, un extremo estaba atado a una campana encima de la puerta, a modo de timbre, pero ahora se encontraba quieta.
De pronto, un tumulto ocurrió dentro de la casa. El perro abrió de golpe su oscuro ojo y levanto las orejas, atento a lo que pasaba. Un sordo golpe contra la pared rompió el silencio, le siguió una serie de atropelladas y furiosas palabras. Tres golpes más hicieron temblar la casa, y al revuelo se unió la voz de una mujer. De pronto la puerta de entrada fue abierta con una patada que hizo al perro adoptar posición de defensa y gruñir hacia la entrada. Salió un hombre alto y rubio, de porte elegante, ceño fruncido unos labios delgados que temblaban de ira, sujetaba por el cuello de la camisa a un hombre joven y aturdido, al cual arrastro fuera de la casa y arrojo a la tierra seca como a un saco de papas. El primer hombre le pateo las piernas con los ojos aun centelleando de furia, volvió a internarse por unos segundos en la casa y salió con una caja llena de distintos objetos y se la arrojo al joven con desprecio. El contenido se vació sobre el joven en el suelo, este se incorporo con algo de dificultad, sacudiéndose el polvo de la camisa, tenía la mejilla roja y un hijo de sangre le salía de la nariz. El escuálido perro se planto delante de él en actitud protectora, dispuesto a defender a su dueño.
-¡Largo de mi casa serpiente malnacida! - grito el hombre plantado en la puerta - ¡si tienes la audacia de volver juro que te matare! - el perro gruño y el joven comenzó a recoger sus cosas del suelo sin energía. Sus penetrantes ojos oscuros reflejaban a impotencia que sentía por estar en aquella situación. Una figura delgada salió de la casa, empujando al hombre rubio y tratando de acercarse al joven de cabello negro, una mano la sujetó fuertemente del brazo.
-Vuelve a la casa Lyra - ordeno el hombre con voz firme. La joven trato de zafarse del agarre de su padre sin que este se mostrara dispuesto a ceder. Le miro a los ojos suplicante, tratando de buscar una solución pacifica.
-El no hizo nada, no hay razón para echarlo - susurro la muchacha.
-Está en mi casa, y si digo que se va, el se va - dijo clavando sus ojos grises en su hija.
-Al menos déjalo irse por la mañana, si se va ahora se morirá de frio
-No me importa lo que le pase, no lo quiero en mi propiedad ni un minuto más - sentencio. Lyra volvió su vista hacia el joven, este la miro con intensidad y levemente asintió con la cabeza, abatido.
-Estaré bien Lyra, no pasa nada - la tranquilizo el hombre. La joven volvió a mirar a su padre con la tristeza y la desesperación marcadas en el rostro.
-Déjame despedirme de él, padre, te lo imploro, sabes que el ministerio usará todo su poder para asegurase de matarlo en la batalla - dijo temblorosa. El hombre pareció dudar un segundo, soltando un poco el agarre de su hija, esto basto para que ella se librara de su mano y corriera hacia el hombre. Ambos se fundieron en un abrazo torpe, deseando no dejar de sentir la cercanía del otro nunca. El acaricio su cabello rubio y liso, aspirando su aroma, y ella puso sus delgados brazos alrededor de su cuello. Sin poder evitarlo, las lágrimas comenzaron a caer por el rostro de Lyra, mientras susurraba desesperada.
-No te vayas Marcus, no te vayas… no, por favor - El apretó mas a Lyra contra su cuerpo, igualmente afligido.
-No importa que pase Lyra, siempre estaré contigo - le susurro con voz rota.
Draco les observaba desde la entrada con rostro decidido, pero por un momento la duda cruzo por sus ojos grises. Finalmente, Marcus rompió el abrazo, sintiendo el corazón oprimido, y deposito un beso suave en la frente de Lyra. Ella se negaba a soltarlo, hasta que su padre se vio obligado a arrastrarla dentro de la casa. Marcus vio la puerta de la casa cerrarse y escucho las suplicas entrecortadas de la joven. Sabía que debía irse, pero no fue capaz de mover un musculo. El perro se acerco y froto su húmeda nariz sobre la pierna del joven, este paso su mano por la cabeza del animal, sintiendo el contacto de su pelo duro y frio. Al fin, tuvo valor para dar media vuelta y empezar a alejarse de la casa, pero el rechinido de la puerta lo hizo detenerse. Miro sobre su hombro y vio a Draco en la puerta, con una vieja manta entre las manos, y el odio hacia el aun latente en el rostro. Arrojo la manta a los pies del joven y apretó la mandíbula.
-Puedes quedarte en la camioneta, pero mañana quiero que te vayas, y nunca vuelvas - dijo en voz baja y firme, entrando nuevamente en la casa. Marcus recogió la manta de la tierra y detuvo a Draco justo antes de que cerrara la puerta.
-Yo no soy mi padre, señor Malfoy
-Lo sé, pero es más complicado que eso - cerró la puerta tras de sí, y la noche se tragó sus palabras.