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Bragas Negras — capítulo 1

Me levanté de la cama sin volverme a mirarlo, tenía un colet en la muñeca izquierda y con él la obvia marca que te deja la obstrucción de la sangre así que lo moví con mi boca mientras usaba mi mano derecha para tomar mi cabello en una coleta sencilla, el departamento no estaba caldeado pero había algo en el ambiente que me hacía casi sofocante respirar, tomando eso como señal de moverme más aprisa aseguré la coleta y pasé mis manos a la espalda para colocarme correctamente el brasier.  -¿Ya te vas? - me pregunta desde la cama como si no fuera obvio.  -Tengo cosas que hacer - le respondo buscando con la vista los jeans negros del día anterior.  -Podrías quedarte un rato más, o volver luego si quieres, podríamos almorzar... -De verdad estoy ocupada hoy - le digo con una sonrisa seca mientras me pongo los jeans que había dejado en la orilla de la cama.  -Vale. No quiere agregar nada pero lo veo en su rostro, en la súplica muda que hay en sus ojos junto con la expresión de desconcierto, tal vez no está acostumbrado todavía a que lo deje cuando se me de la gana, pero esto es lo que hago, lo tomo y me voy, siempre es así, por un lado llego a molestarme conmigo misma cuando baja la camiseta cubriendo el brasier negro de encaje que llevo puesta, si hubiera elegido tener un polvo con Ed me hubiera ahorrado el tener que dar excusas o explicaciones, él conocía las reglas. -Camila... no... no te vayas.  Odio que diga mi nombre, lo vuelve personal, no me preguntó mi nombre cuando comía mi boca, no preguntó mi nombre cuando su lengua llena del sabor del alcohol se introducía en mi boca casi buscando llegar a mi garganta, no susurró mi nombre mientras lo hacíamos, no lo mencionó cuando fumamos el último cigarrillo de la caja ni cuando volvimos a hacerlo horas después.  -No me llames - es lo que le digo ya con las zapatillas puestas y el corazón de hielo asegurado.  No fue un mal chico, en parte me compadezco de los chicos como él, chicos que no saben jugar el juego y creen que la mujer soltera cae rendida después de un buen polvo, chicos que esperan que los llames, o que esperan que tú esperes que te llamen, sola y deseosa de otra noche no tan solitaria, deseosa de ellos, de compañía, de un polvo sin remordimientos. -¿Te veré otra vez? Está de pie con los boxers puestos, me siguió hasta la entrada y no puedo hacer más que restarle puntos por eso, sin embargo un polvo es un polvo y cuando los contactos conocidos fallan y el mundo empieza a dar vueltas una puede caer en la madriguera de la que renegó, de modo que no puedo responderle con un no tajante. Vive lejos de mí, casi al otro lado de la ciudad, no frecuenta los bares que yo frecuento y se ve a distancia que está lejos de alcanzar mi edad, así que no hay peligro en responderle. -Tal vez.  Y eso es todo, tomo mi desgastada chaqueta de cuero negra de la entrada y cierro la puerta del departamento dejando al chico boxers rojos de pie en su sala de estar con una expresión de zombie recién levantado y una cura de vanidad inyectada directamente en su ingle. Cuando miro la hora en el móvil me doy cuenta de que el lunes se acerca y con él mi vuelta al trabajo, de modo que me doy el lujo de tomar un taxi que me lleve al otro lado de la ciudad a hacer lo que más amo en el mundo: dormir luego de un fin de semana relativamente bueno.  -¿A dónde? - me pregunta el taxista, es joven, unos treinta y pocos, calculo, pero ya he cumplido mi cuota así que no procuro ser amable. -A Jordan. Me pongo gafas a pesar de que son las cuatro de la tarde y el sol no está tan alto como debería, mi reflejo en la ventana parece taciturno, me recuerda a esas mujeres ricas con un pasado doloroso que se ven en las novelas venezolanas que veía mi abuela en el televisor del comedor mientras tejía chalecos de mangas demasiado cortas y espaldas demasiado largas siempre en tonos mostaza o anaranjados apagados, me falta bronceado para parecer venezolana de novela, bronceado y altura.  -Si vive en Jordan ¿qué la trajo tan lejos? - me pregunta el taxista de manera simpática, buscando conversación para el largo trayecto.  No me interesa ganar un viaje gratis, tampoco llevar a desconocidos a mi casa, no me interesa llenar el silencio con una conversación vacía que no me interesa tener, con parsimonia saco de mi chaqueta el espejo de mano y el labial color vino que tanto resalta sobre los pálidos labios de mi pálida cara. -Cosas. Es el inicio y el fin de la conversación, no necesita saber más.