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El libro de la Tercera Generación — capítulo 74

Roxanne se sentía la peor persona del mundo. Le entraban ganas de llorar y a cada paso que daba malos pensamientos sobre ella inundaban su cabeza. Se había comportado horriblemente mal con Lysander, con lo bueno que era él. Lysander era el mejor chico que sentía, el novio perfecto, era amable y atento. Y ella lo trató como la mierda. Cuando Lysander le reveló que era asexual, la primera reacción de Roxanne fue reírse, porque, vamos, ¿quién podrías ser asexual en pleno siglo XXI? Por favor, que su hermano era todo un semental, Rubí lo había afirmado miles de veces. Pero entonces Lysander se había sonrojado y había bajado la cabeza, saltando su mano y adoptando una expresión de tristeza. Roxanne había dejado de reír y lo miró con los ojos como platos. —¿Es verdad? —preguntó ella incrédula. Lysander jugó con sus dedos y al final levantó la cabeza. Roxanne esperaba que le dijera algo como "No, claro que no, bobita. ¿Cómo pudiste creerlo?", pero él asintió firmemente. Se habían quedado parados en mitad del pasillo, rodeados de un gran silencio que empezaba a ser tenso. Tal vez Roxanne debió haberlo sabido, pensó ella distraída, Lysander nunca parecía dispuesto a hacer algo que simple besos. Merlín, que ni siquiera había puesto sus manos bajo la remera de Roxanne. Entonces, sin saber bien por qué, se había enojado. Es más, estaba furiosa. Roxanne sabía que debió ser compresiva, decirle que estaría con él igualmente, pero se dio media vuelta y se marchó a la fiesta de Severus. Podía oír los pasos de Lysander, siguiéndola a la Sala de los Menesteres, pero no hizo el menor esfuerzo para quedarse a su lado. Y una vez en el cumpleaños, ella bailó con sus amigos mientras Lysander se entretenía con su hermano. Si nadie notó nada fue porque ya estaban medio borrachos. Lysander no la había ido a buscar después, lo que molestó a Roxanne. En su mente, él debía disculparse con ella. Y así fue por casi dos semanas, hasta que hoy Roxanne despertó y se dio cuenta que era la peor persona del mundo. Buscaba a Lysander por cada lugar de Hogwarts, esperando que él decidiera escucharla, aunque entendía si no lo hiciera. Pero Lysander era tan bueno que, incluso cuando ella fue horrible con él, le permitiría hablar. Aquel día más que ningún otro sintió que Lysander era mucho para ella. Por supuesto, él estaba en la biblioteca, cómo no. Debió buscar por ahí. Estaba sentado en una de las últimas mesas junto a Lorcan y una gran cantidad de libros. Roxanne se sintió como si tuviera catorce años y descaradamente iba hasta donde los gemelos Scamander se encontraban, para insinuársele a Lysander, sin que éste se diera cuenta de nada. Aquella vez había salido muy bien: Lysander le había pedido una cita, el comienzo de todo. Ahora se preguntaba si ésto ocasionaría el fin de su historia. Aspiró aire y caminó hasta la mesa, sintiendo los nervios a flor de pie. —Hola —murmuró débilmente. Los dos hermanos se sobresaltaron, era obvio que habían estado muy concentrados en sus estudios. —Hola, Roxanne —le dijo Lysander, como si ella no lo hubiera estado ignorando por casi dos semanas. Lorcan, en cambio, le dirigió una mirara despectiva y continuó con sus apuntes. Roxanne se removió incómoda, nadie entendía qué había pasado entre ella y Lysander, por qué ya no estaban juntos, ya que ninguno había hablado, pero era claro que Lysander le había dicho algo a su gemelo. —¿Podemos hablar? —preguntó Roxanne vacilante. Incluso antes de que Lysander pudiera abrir la boca, Lorcan contestó por él. —Estamos ocupados —dijo con voz fría. Roxanne lo tradujo como que quería que se fuera. —Por favor —imploró, mirando a Lysander, que miraba la mesa como si fuera lo más interesante del mundo—. Necesito hablar contigo, Lysander. Por favor. —He dicho que estamos ocupados —gruñó Lorcan, empezado a molestarse—. Tenemos los EXTASIS a la vuelta de la esquina, tenemos que estudiar. —Será rápido, lo prometo. —Dije que no. Lysander se lamentaba no haber traído consigo los auriculares, no quería escuchar la discusión que su hermano y Roxanne tenía, uno enojado y la otra a punto de echarse a llorar. Por un lado Lysander quería hablar con ella, Merlín sabía que si no fuera por Lorcan la hubiera ido a buscar, implorándole que le diera una oportunidad, y por otro lado no quería hacerlo, porque temía que Roxanne quisiera terminarlo. Roxanne fue la primera chica que le interesó y la única con la que salió. No era como Lysander, que ya desde los trece gustaba de las chicas o que había tenido más de una novia. A Lysander le había costado sentirse cómodo con la presencia de Roxanne, se ruborizaba terriblemente cada vez que ella lo besa en la comisura de los labios y el corazón le saltaba cuando ella aceptaba salir en otra cita con él. Cuando Roxanne le dijo que sí quería ser su novia, Lysander se había emocionado tanto que la había hecho girar en el aire. Temía que Roxanne quisiera terminarlo. Ella era inteligente y hermosa, parte de una familia famosa, había cientos de chicos detrás de ella, chicos que no pensarían dos veces en tener relaciones con ella. Y Roxanne quería tener sexo, Lysander lo sabía, a ella le gustaría estar con alguien con el que pudiera hacerlo. Lysander había intentado de todo por sentir deseo. Cada vez que se besaban, Lysander rogaba porque una pequeña erección se formará en sus pantalones, pero eso nuca sucedía. Dios, avergonzado admitía haber vídeos de tres X para sentir algo, lo que fuera, pero nada. Cuando no tuvo más remedio que aceptar que era asexual, ingenuamente había creído que Roxanne seguiría a su lado. Ya veía que no. —¡Será solo un momento! —exclamó Roxanne ahora. Afortunadamente estaban en una zona alejada de la bibliotecaria y no había nadie más en las mesas como para escucharlos—. Quiero hablar un momento con él y volverá contigo. —¿Qué parte de no no entiendes? —preguntó Lorcan con desespero—. ¿La N o la O? ¡Él no se moverá de aquí, punto final! —Está bien, Lorcan —dijo Lysander, hablando por primera vez. Su hermano abrió la boca indignado y Lysander suspiró profundamente, armándose de fuerza, mientras se giraba hacia Roxanne—. Está bien. Entiendo si ya no quieres estar conmigo, está bien, no pasa nada. Te entiendo. No me enojo. Está todo bien. Había escuchado por ahí que si repetía mucho una palabra se volvería realidad. —Está bien —repitió—. Está todo bien. Roxanne se lo quedó mirando un largo rato, tanto que Lysander se sintió incómodo y se apresuró a volver a sus apuntes. Lorcan volvió a exigirle a Roxanne que se largará, con la voz un poco más suave, aunque el frío no desaparecía de sus palabras. —No, no, Lysander, no —protestó Roxanne, ignorando completamente a Lorcan y sentándose a su lado. Ella podía sentir las lágrimas picar sus ojos—. Yo quiero seguir contigo. Yo quiero disculparme. Por favor, mírame. —Te lo advierto, Weasley, si no te largas ahora, no me hago cargo de mis acciones... —¡Cállate un maldito segundo! —le espetó. Se giró hacia Lysander, obligándole a mirarlo y tomándolo de las manos—. Me he comportado como una idiota, una niña. Debí haberte apoyado cuando me lo dijiste, debí decirte que todo estaría bien y quedarme contigo. Me comporté de un modo muy horrible contigo y entiendo si tú no quieres perdonarme; yo no lo haría, en tu lugar. No puedo creer que estuve a punto de sacrificar nuestra relación de dos años solo porque no había posibilidad de tener sexo, en serio, ahora me doy cuenta lo que hice y pienso que debí ser la persona más estúpida del mundo. —Porque lo eres —murmuró Lorcan, volviendo a sus estudios. —Sé que no lo merezco —continuó Roxanne, como si Lorcan no hubiera hablado—, pero te pido una oportunidad. Una sola. No me importa, no importa si eres asexual, solo me importa estar contigo. El sexo no interesa si te encuentras a mi lado. Yo quiero estar contigo, Lysander. Pese a todo. —Nunca tendríamos relaciones —murmuró Lorcan, agachando la cabeza—. Nunca te tocaría. No sentiré ninguna especie de deseo por. Yo nuca podría darte placer. —¿Por qué deben hablar de esto frente a mí? —protestó Lorcan—. Bien, me largo yo, antes que me entren arcadas —avisó, poniéndose de pie y yendo hacia la sección de Alquimia. —No me importa —siguió Roxanne, como si Lorcan no hubiera interrumpido. Le apretó las manos—. Quiero estar contigo, Lysander. Te amo tanto, te amo y sintió haberte lastimado. Lo siento, lo siento, por favor dame una oportunidad. Será diferente. —Es que... no te haré feliz —se entristeció Lysander. Roxanne sintió una presión en el pecho, ¿cómo había podido lastimar a un ser tan bueno como él? —Lys, tú ya me haces feliz —aseguró, abrazándolo. Lysander la abrazó con fuerza, enterrando su cabeza en su cabello y aspirando con fuerza. Él era tan bueno, tan inocente, y ella lo había lastimado. Roxanne suspiró y buscó sus labios con desespero, esperando que Lysander la correspondiera. —¿Te hago feliz? —preguntó inseguro, a pocos centímetros de ellas. —Me haces la mujer más feliz del mundo —respondió con sinceridad. Lysander le dio una brillante sonrisa y parecían más vivo de lo que Roxanne nunca vio en las dos semanas que estuvieron separados. Con una sensación de emoción, lo atrajo hacia ella para besarlo. Había cometido un gran error, pero se encargaría de solucionar todo.

Oliver era un manojo de nervios, lo peor era que no tenía a alguno de sus amigos para ayudarlo. Teddy estaba en sus típicas reuniones familiares, Jace no dejaba sola a su mujer e hijo por un solo segundo y Derek le había prometido a su madre que recogería a Drake del set de grabación. Le hubiera venido bien preguntarle a sus amigos si debía regalarle algo a Dina por su primer mes como casados, como se hacía cuando eran novios, pero cuando se despertó aquel día, recordó que era su aniversario.  Sí, él no era el mejor en recordar cosas. La culpa, pensaba cuando le preparaba un desayuno de última hora a Dina, era de Ted, el imbécil le había prometido que le enviaría un mensaje para recordarte que era su aniversario, pero no lo había hecho. Mal amigo. Así que Oliver había terminado como su desayuno, le había escrito una pequeña nota romántica a Dina, lo había dejado con cuidado en un mueble cerca de su cama y se había marchado a comprarle un regalo. Usando sus influencias como jugador de los Puddlemere United, había conseguido una reservación en La Última Gota, el restaurante más prestigioso de Hogsmeade, para las nueve de la noche para él y Dina. Por lo tanto, tenía varias horas para elegir un regalo perfecto para Dina. A su esposa no le gustaban los vestidos, su madre había tenido que convencerlo de usar uno para su boda, Dina había querido ir con unos vaqueros y una remera; Oliver había estado de acuerdo, así él podría vestir cualquier cosa antes que ese incómodo traje, lastima que no fue así. Las joyas tampoco eran una opción: a Dina les gustaría, lo usaría por unos días y luego las dejaría con las demás que tenía, porque ella no era de usar collares y pulseras. El único accesorio que llevaba a todas parte era una cinta roja atada en su muñeca que todos sus hermanos compartían. Las flores eran muy simples como para darle de regalo, aunque había ido a reservar un ramo de claveles en la florería y que debía recoger a las cinco de la tarde. Pero no podía darle eso como único regalo, tenía que darle otra cosa. Desesperado, pensó en regalarle un auto, tenía dinero suficiente para comprarlo, pero Dina no lo aceptaría. Demonios, lo que haría por tener a sus amigos ayudándolo. Si ni podía regalarle vestidos, joyas o un auto a su esposa, ¿qué le iba a dar? No sabía tocar la guitarra como Jace para dedicarle una serenatas, no escribía poemas como Derek para recetarle uno y poseía una casa en la playa como Teddy para llevarla a un paseo romántico. Durante su tiempo como novios, la había llevado a restaurantes y cines por sus aniversarios, pero ahora, casados, creía que Dina merecía algo mejor. Se cuestionó la idea de llamar a algunos de sus hermanos para pedirle ayuda, aunque dudaba que fuera posible. Nadine estaba en el entrenamiento de las Arpías de Holyhead, Jonathan no tendría la menor idea de qué hacer, Jackson parecía más distraído y paranoico de lo normal, Max tenía novia, pero estaba en Hogwarts, como Percy, que tampoco sería de ayuda porque tenía once años. Estaba solo y no tenía ni menor idea de qué hacer. Cuando salió del bazar en el que había estado, buscando algo que le sirviera, se resignó que debía llamar a alguien. Se decidió por Teddy, ya que era el único que iba a poder contestarle. —Vamos, idiota, contesta —murmuraba Oliver con desespero. Una ancianita que pasaba por su lado lo miró mal y siguió caminando—. Ted, hijo de puta, será mejor que contestes o yo... —¿O tú qué? —sonó la voz burlona de su mejor amigo—. Recuerda que yo soy Auror. Te patearé el trasero antes de que te des cuenta. —Sí, sí, sí, lo que digas —dijo, rodando los ojos—. Mira, necesito un favor. —No puedo irme de la Madriguera, lo siento, amigo —dijo Teddy—. La abuela Molly está a punto de sacar el pastel de frutas que hizo. —Vale, no hace falta que vengas —avisó Oliver, cerrando los ojos—. Solo dime que le puedo regalar a Dina. Lo que sea, pero que no sean vestidos, joyas o un auto. —¿Un auto? —preguntó Ted confundido. —¡Solo dime! Su amigo Metamorfomago dejó escapar un ruidito de concentración, Oliver se lo imaginó con una mano bajo del mentón y con expresión pensativa. Aparte de eso, Oliver no escuchaba nada más, lo que resultaba de algún modo extraño, cada vez que llamada a su amigo y él estaba en sus reuniones familiares, siempre se escuchaba las risas de sus primos como los regaños de parte de sus tíos. Por supuesto que eso era en las vacaciones de verano. En la Madriguera debían estar los abuelos y tíos de Ted, Victoire y él mismo; a Molly y a su hijo Jared ya le habían dado el alta, pero debían descansar tranquilos.  —No sé...—murmuró Ted—. Pues... cuando yo era chico y estaba en casa del tío Harry, era el aniversario de él y tía Ginny... —¿Si? ¿Qué le regaló? —preguntó Oliver impaciente. —Agarró cien hojas de colores y escribió unas cuantas cosas —le dijo Teddy. Oliver se lo imaginó encogiéndose de hombros—. Cosas del tipo:"Vale para que Harry Potter limpie la cocina","Vale para que Harry Potter haga la comida", "Vale para que Harry Potter le dé un beso". No sé, cosas por el estilo, a la tía Ginny le encantó y lo tuvo como elfo doméstico por dos meses. —Ay, Dios —suspiró Oliver—. Bueno, gracias. —De nada. ¡Nos vemos!—exclamó, antes de cortar. Oliver se lo pensó por un largo momento, la idea de las notas era la única que tenía y todavía tenía que ir a recoger las flores para Dina. Oliver se encogió de hombros, resignado a ser el elfo doméstico de su mujer por dos meses, y caminó hacia la librería más cercana para comprar hojas de colores y un bolígrafo. En la casa del matrimonio Wood-Thomas, Dina acababa de levantarse. Era domingo, así que lo hizo a las once de la mañana. Se estiró en la cama con los ojos cerrados y buscó un cuerpo a su lado, abrió los ojos y frunció el ceño cuando lo encontró. Se sentó, estremeciéndose ligeramente por el frío que entraba por la ventana, y miró por toda la habitación. Nada, ni un rastro de Oliver. Eso sí, cuando giró la cabeza encontró una bandeja con el desayuno preparado. Sonriente, lo tomó. Oliver seguramente lo había hecho, le preparó un exprimido de naranja, waffles con mucha miel, tostadas y le dejó un pequeño bol con dulce de leche. Dina sonrió, cuando Oliver se lo proponía era el mejor esposo que pudiera existir. Mientras pinchaba un waffle, descubrió que había una nota cerca del plato. Con una sonrisa y curiosidad, lo tomó para leerlo."He tenido que pasar a recoger algo. Disfruta de tu desayuno de aniversario. Te amo, Oliver". Pese a que el mensaje le gustó, Dina se sintió confundida por lo escrito. ¿Desayuno de aniversario? Cuando se dio cuenta de lo que pasaba, se echó a reír sin poder evitarlo, aunque le encantó el detalle de Oliver. Su marido pensaba que celebrarían su primer mes de casados como cuando eran novios, debió haberse asustado al olvídalo y salió de prisa para buscar un regalo para ella. Estaba a punto de llamarlo para decirle que no lo hiciera cuando su celular sonó. Pensó que sería él, pero en la pantalla se leía JOANNA. —¡Hola, Dina! —exclamó su amiga cuando contestó—. Quería hacerte una pregunta con respecto a tocar en el Caldero Chorreante. —Sí, ¿qué ocurre? —preguntó, luego de morder un pedazo de waffle. —Recuérdame a qué hora debemos estar el viernes allá —pidió—. Le pedí a Florence que lo pusiera en la agenda, pero se olvido, ya sabes como él. ¿Me lo dice? —En el Caldero Chorreante a las diez —respondió—. En serio, Jo, mucha gracias por lo que haces. —¡Cómo no hacerlo! —exclamó Joanna con alegría—. La señora Hannah nos dejó tocar en su pub cuando no éramos nadie, dar una función en el Caldero Chorreante es lo menos que podemos hacer. —Llenarán todo el pub —aventuró Dina, acomodándose en la cama con la bandeja en sus piernas. —¿Qué cuentas, Dina? —le preguntó—.¿Qué tal la vida de casada? Joanna y Derek llevaban dos meses casados. Oliver se había molestado al descubrir que Ted había ayudado a Derek a casarse antes de él. Dina seguía sin entender las ridículas apuestas de los Animales. —Hoy cumplimos un mes —comentó Dina— y Oliver piensa que hay que celebrar cada mes como cuando éramos novios. Debe estar buscando un regalo para mí —agregó mientras Joanna. —¡Celébrenlo por hoy!—exclamó ella—. Podrías usar este día para decírselo, ¿no? La idea le encantó a Dina. Habló un momento más con su amiga antes de colgar. Dejó su desayuno a un lado y salió de la cama, acercándose a la cajita musical que su madre le había regalado en su décimo cumpleaños. Lo abrió, revelando algo en particular que hizo a Dina sonreír. Era un test de embarazo.

Teddy se guardó el celular en el bolsillo y volvió a la mesa, situada en el jardín. Era extraño estar en un almuerzo familiar tranquila, le faltaba el griterío que los pequeños revoltosos hacían. Afortunadamente un mes y medio más y los chicos estarían de vuelta en casa, dispuestos a alegrar las reuniones y hacer que sus padres tuvieran canas verdes. Lo mejor era que cuando ellos estuvieran de nuevo en Londres, a las reuniones también vendrían Molly y Jace, acompañados por su pequeño bebé Jared. Teddy aún seguía fastidiado de que el padrino fuera Derek y no él, pero aun así, el bebé de un mes había sido llenado de regalos por él. James había bromeando que si el hijo de Victoire era suyo, cuando naciera no tendría ni una semana y su habitación sería una juguetería. Teddy lo haría, incluso aunque resultará ser el hijo de Oliver. Tomó asiento al lado de Victoire que le dio la mano con una sonrisa, antes de girarse hacia su madre y su tía Ginny, que le hablaban sobre el embarazo y los niños. —Sea quien sea el padre, el niño va a salir travieso —comentó Ginny. —Irá a Hogwarts con Jared y formarán los Merodeadores II —aseguró Teddy con una sonrisa emocionada. —Y con el niño de Joanna —agregó Victoire, recordando que su amiga había anunciado su embarazo una semana antes de casarse con Derek. —Oliver debe embarazar a Dina —dijo Ted seriamente, sin darse cuenta de la sonrisa significativa de su mujer—. Pero irán a diferentes cursos —notó—, Jared y tu hijo irán un año por delante. —Tú fuiste primero a Hogwarts, el siguiente curso fue Jace y un año después aparecieron Derek y Oliver —le recordó Victoire—, y aun así son los mejores amigos del mundo.  —Lo somos, ¿verdad? —dijo Ted con una alegre sonrisa. La abuela Molly llegó al jardín, acompañada por tía Hermione y tía Audrey. Entre las tres mujeres se encargaron de dejar el pastel de frutas, la tarta de melaza y los bombones de chocolate en la mesa; habían empezado a hacer mucha comida cuando comenzaron los antojos de Victoire y Molly. Antes de que Teddy pudiera darse cuenta, cada Weasley se había servido algo de cada cosa en sus platos. —A veces me pregunto cómo resisten —comentó, dejando un pedazo de pastel de frutas en su plato. —Estomago Weasley —contestó seriamente tío Charlie, que estaba de vuelta en Inglaterra por el embarazo de sus sobrinas. Teddy rió mientras comía un poco de pastel. Victoire a su lado se servía mucho de cada cosa, con la emoción de un niño pintada en sus ojos. Él que vivía con ella podía comprender como fue para su tío Harry tener que alimentar a su mujer cuando estaba embarazada, Teddy había gastado más de cien galeones el último mes por comida para Victoire. Si el hambre de una Weasley ya era grande, estando embarazada era insaciable.  Desgraciadamente, nubes negras se hicieron presentes en el cielo, alertando que pronto habría una tormenta. Teddy se encargó de ayudar a Victoire a meterse en la casa mientras los demás recogían la mesa, la única Weasley nacida en Francia tenía un pie adentro cuando comenzó a llover. Ted se apresuró a meter a su esposa en la casa antes de que sus tíos vinieran corriendo para que no se mojará la comida. Incluso aunque los primos Weasley-Potter se encontraban en Hogwarts, la sala parecía pequeña para todos los que estaban en la Madriguera. Ted decidió servir un poco (mucho) de cada cosa para Victoire e ir a una habitación para que su esposa estuviera cómoda. Como no quería hacerle subir muchas escaleras, Ted la llevó a la habitación de tío Percy, que estaba en el segundo piso. —Con cuidado, con cuidado —decía Teddy mientras guiaba a Victoire hasta la cama. —Ted, estoy embarazada, no inválida —dijo Victoire divertida, aunque no iba a negar que le resultaba tierno su comportamiento. —Estás a unas semanas de dar a luz —le recordó Teddy, comenzando a preocuparse—. Oh, Merlín, estás a punto de dar a luz. Su cabello cambió de un azul eléctrico a un blanco fantasma. Victoire sonrió y le hizo sitio en la cama, Teddy se sentó a su lado y la atrajo hacia él, teniendo cuidado de no lastimar su abultado vientre. Se quedaron en un lindo silencio, pensando en lo que vendría. El medimago de Victoire le había dicho que aproximadamente el bebé nacería el 20 de abril y se encontraban a principios del mes, unas pocas semanas más y el niño nacería. Victoire tenía miedo. Claro, le hacía feliz saber que ya en mayo tendría a su bebé en sus brazos, pero temía lo que pudiera pasar. Ella aún no comprendía como Oliver y Teddy seguían siendo mejores amigos, cuando anunció su embarazo Victoire se sentía temerosa por arruinar la amistad de Teddy y Oliver. Sabía que ellos estaban bien, que incluso bromeaban con que los dos serían cargo del niño y él tendría dos padres, pero ¿y si las cosas cambiaban? ¿Qué pasaba si cuando nacía el niño, el que no resultaba ser el padre se enojaba con el que sí lo era? Si la amistad de los Animales se venía abajo por su culpa, Victoire iba a sentirse la peor persona del mundo. —Eh, ¿por qué lloras? —Hasta que Ted no limpió las lágrimas de sus mejillas, Victoire no se dio cuenta que había estado llorando.  —Es que yo... yo no quiero arruinar tu amistad con Oliver —le reveló, sin mirarlo—. Si ustedes se pelean por mi culpa... —Esto no es tu culpa, Vic. No es culpa de nadie —le dijo con suavidad, mientras le acariciaba el vientres—. Oliver y yo no vamos a pelearnos, nos conocemos desde niños y nunca hemos estado más de un día enojados con el otro. —Esto no es una pelea de colegiales, se trata de saber quién es el padre —murmuró Victoire—. ¿Qué pasa si resulta que Oliver es el padre y tú no? ¿Cómo te sentirías? —Mal, seguro —contestó sinceramente—, pero me alegraría por ustedes. Yo por supuesto cuidaría del niño también, sería su padrino y, claro, su padrastro. Yo lo amaría y a todos los hijos que tú y yo tendemos. Victoire sonrió entre las lágrimas y se la limpió, pestañando rápidamente para no seguir llorando. Ella suspiró y Teddy la abrazó con más fuerza, besando su cabello y con las manos sobre el vientre. El bebé pateó.

Zafiro se sonrojó y apartó la mirara. Uno debía pensar que ya se habría acostumbrado a los ataques románticos de su novio, pero cada vez que salía con sus dulces comentarios se sonrojaba fuertemente y la timidez la llenaba por completo. Había veces en las que tardaba en mirarlo, esperando que la vergüenza se le fuera del cuerpo. Draco sonrió complacido y la atrajo hacia él, repartiendo besos en su cuello, haciéndola sonrojar más pero esta vez estaba riendo. Estaban los dos en los jardines de Hogwarts, tomándose un descanso de los estudios; si no lo hacían, ambos explotarían por todo lo que debían saber. —Lo digo en serio —le susurró al oído—. Eres tú la causa de mis alegría, el motivo por el que despierto todas las mañanas y la persona que tiene la llave de mi corazón. —¿Piensas ser poeta? —preguntó en un murmullo Zafiro, intentando sonar divertida, aunque la voz se le cortó por la emoción que le causaban las palabras de Draco. —Yo solo digo lo primero que se me viene a la cabeza al estar contigo.  Zafiro dejó escapar una risita nerviosa y Draco tiró de ella hasta que acabaron acostados sobre el césped verde, abrazados y mirando hacia el ciclo. Draco tenía los dedos perdidos en el cabello de su novia y tarareaba una canción que Zafiros no reconocía, ella tenía la cabeza apoyada en el pecho de él y un brazo alrededor de su cintura. Olió el perfume que Draco usaba, no podía reconocer el aroma, pero era muy varonil y embriagante. Eran momento como aquel en los que Zafiro se sentía llena de vida. Estando con Draco, en un cómodo silencio y alejados de todos era para ella una linda forma de pasar la tarde. Se reprochaba por haber esperado tanto por salir con ella, cuando gustaba de él desde la primera vez que lo vio, con su cabello negro en punta y sus ojos verdes claros, y mirando con rencor a los chicos de Gryffindor que lo habían molestado. Zafiro no sabía por qué había hecho tal cosa, aquello era digno de Rubí, incluso de Esmeralda, no de ella, pero no podía tolerar que un grupo de idiotas pegaran a un niño inocente."Creo que te amo", le había dicho, haciendo que ella sintiera un lindo cosquilleo en su estomago. Por supuesto, Draco bromeaba, pero Zafiro se enamoró de él en ese instante, o al menos lo convirtió en su amor platónico. Si hubiera sido más como sus hermanos, seguramente ya hacía años que serían novios, pero Zafiros era mucho más tímida y reservada que Rubí y Esmeralda. Ignoraba cuando Draco se enamoró de ella, pero sabía muy bien que él siempre fue el único chico de su vida. Draco comenzó con sus comentarios románticos en cuarto. Habían ido juntos al Baile de Navidad, no como pareja y en realidad acompañados por Rubí, Esmeralda, Daniel, Ian y Erica, había acordado ir en grupo porque nadie tenía pareja, pero para el final de la noche, Esmeralda se había ido afuera con Max, Rubí estaba bailando con un chico de Hufflepuff, Daniel y Erica se habían alejado para estar solos e Ian terminó hablando con una chica guapa de Gryffindor. Draco y Zafiros se habían quedado solos, apoyados contra la pared y mirando al resto de los alumnos de Hogwarts divirtiéndose. —Creo me iré a mi habitación —le avisó, porque el baile consiguió aburrirla. —¡Son las diez de la noche! —exclamó Draco, como reprochándola—. No puedes irte tan temprano. —Estoy cansada. —Vayamos a bailar —había decidido él. Zafiro no tuvo tiempo de aceptar o negarse cuando Draco la tomó de la mano y la guio al centro del Gran Comedor, donde otras parejas se movían al ritmo de la música. Por orden de sus hermanos, Zafiro llevaba un vestido rojo y sentía que sus mejillas estaban del mismo color. Draco había puesto sus manos en la pequeña cintura de Zafiro, pero había retirado una para guiar los brazos de ella a su cuello, pues su acompañante se había quedado como paralizada. Bailar era algo automático, pero no le prestaba atención a los pasos que daba, Zafiro solo podía pensar que se encontraba a pocos centímetros del chico que gustaba y que él la tenía sujetada por la cintura. —¿Sabes? —Draco se había acercado a ella, demasiado, y le susurraba al oído, con la excusa que por la música no podría escucharlo, aunque la canción era lo suficientemente baja para hablar con normalidad—. Eres la chica más hermosa en la habitación, no lo digo por el vestido que usas o por el peinado que llevas, sino por la forma en la que actúas: con timidez e inocencia, con las mejillas sonrosadas y la mirara avergonzada. Así, Zafiro, eres más hermosa que la piedra preciosa por la cual tienes tu nombre. Zafiro seguía sin entender cómo no se había desmayado en los brazos de Draco en ese momento.  Ese año y el siguiente Draco no se había molestado en ocultar el cariño que sentía por ella. La alagaba de mil formar posibles incluso cuando estaban con amigos y no perdía ocasión de darle besos en la mejilla o de abrazarla. Lo mejor era que solo se compartía así con ella, que las miraras de amor eran solo para ella. Zafiro se sentía afortunada y aunque no lo admitía en voz alta, cada vez que Rubí o Esmeraldas mencionaban que serían una linda pareja, su pecho se inflaba de orgullo. Y entonces, la segunda noche en estar en Hogwarts, durante la fiesta de el Fin del Mundo de el Trío de Plata, Draco la había besado, murmurando antes de hacerlo que si el mundo se iría a la mierda y él moriría, lo haría después de haber probado sus labios al menos una vez. —No veo la hora de que el curso terminé —comentó Draco ahora, regresándola a la realidad—. Podríamos ir de paseo todos los días, ¿no crees? —¿A dónde podríamos ir? —preguntó Zafiro, acomodándose mejor en el pasto para mirarlo. —A la playa, tal vez —respondió, encogiéndose de hombros—. Mis padres tienen una casa en la Isla de Wight, podríamos pasar un fin de semana allá. —Si tú convences a mi padre, por supuesto —dijo ella, riendo ante la expresión de su novio. —O podemos ir al cine —agregó rápidamente.  Zafiros rió con más ganas y escondió la cabeza en el pecho de Draco, que empezaba a protestar. —Seguro mi madre me dejará —dijo Zafiro, acomodándose en los brazos de su novio. —Tal vez —murmuró Draco, acercando su rostro al suyo—. Igual lo único que quiero estar contigo, en la isla, en el cine o acostados en un sillón con comida chatarra. Mientras tú estés contigo, yo estaré feliz. Zafiro podía contar con los dedos de sus dos manos las veces que Draco le había dicho "Te amo", pero en realidad no hacía falta. Él ya le decía que la amaba con las palabras hermosas que le dedicaba.

Lily estaba nerviosa. Muy nerviosa. No podría decir que era la más tranquila de la familia, ese lugar se lo ganaba Hugo, pero tampoco era una traviesa como sus hermanos y la mayoría de sus primos. Lily se consideraba alguien neutral, ni tan santa, pero tampoco tan problemática. Era solo ella. Lily. Todos sus primos habían perdido la virginidad, exceptuados a ella y Hugo, pero varios lo habían hecho cuando tenían catorce, sacando a Fred y Severus, que habían practicado el sexo a los trece. Sí, Lily estuvo a punto de hacerlo con Lorcan y seguramente si no hubieran escuchado los pasos de Luna Lovegood al subir por las escaleras, lo hubieran hecho. Lily de había quedado en ropa interior y Lorcan sin remera cuando se separaron. Eso fue lo más lejos que ella llegó. Hasta ahora. Scorpius necesitaba un descanso de tanto estudiar, así que se había marchado a su habitación, con la idea de dormir un poco. Lily había ido a la habitación de chicos de quinto años de Slytherin para buscar a su hermano mayor y pedirle prestado el Mapa del Merodeador, que según James él tenía en sus manos en esos momentos. Pero Severus no estaba, sino su mejor amigo, que estaba a espaldas de ella y se quitaba la remera para poder dormir con más comodidad.  Lily se había quedado paralizada un momento, observando con interés la espalda de Scorpius. No tenía ni menor idea que podía encontrar sensual en una espalda, solo sabía que le parecía muy atrayentes y que no podría controlar sus pensamiento. Scorpius había dejado caer una indirecta en la fiesta de Severus que quería hacer el amor con ella durante su próximo aniversario, pero para ello faltaba una semana y de improvisto Lily decidió que no quería esperar más. Así que se había acercado, haciendo el menor ruido posible y cuando Scorpius había levantado la cabeza al sentir una presencia detrás de él, Lily lo había abrazado por detrás y había llevado sus labios al cuello de su novio. —Mmm, ¿Lily? —preguntó, ladeando la cabeza. —Sí. ¿Esperabas a alguien más? —contestó en su lugar, mientras Scorpius se giraba para mirarla. Sin poder evitarlo, recorrió todo el torso de su novio sin disimulo. —¿Qué haces aquí? —murmuró, elevando la mano para acariciar su mejilla. Lily dibujó una sonrisa maliciosa en su rostro y repentinamente lo empujó a la cama. Los ojos de Scorpius se llenaron de deseo, algo que hizo sentir hermosa y poderosa a Scorpius; era la primera vez que la miraba con esa intensidad, con esa pasión. Lily dejó escapar una risita y se sentó en su regazo, deshaciéndose de la cola de caballo que llevaba, dejando libre su cabello rojo. Scorpius la besó en seguida. La rodeó con sus brazos y la atrajo hacia él, de la misma manera que Lily lo hacía, con demasiado desespero, como si no pudieran estar al menos un centímetros separados. Sin el menor pudor, Lily recorría milímetro a milímetro la piel desnuda de Scorpius, tomándose su tiempo para tocar todo lo que estuviera a su casa. Bendita sea Severus y su afán por hacer que el equipo de Slytherin entrenará seguido, Scorpius se había ganado unos buenos músculos gracias a las prácticas.  —¿A qué... a qué... viene... esto? —susurró Scorpius, entre beso y beso. Lily tardó en contestar, porque le resultaba difícil alejarse de la boca de su novio. —Es que te amo —contestó en tono bajo— y te deseo. Te deseo mucho, Scorpius. Él sonrió complacido y volvió a besarla. Lily sabía que unos meses antes de que ellos comenzarán a salir él no había tenido relaciones sexuales con nadie, en un intento de demostrarle que iba en serio con ella, por lo que llevaba diez meses sin tener sexo; Lily imaginaba cómo debía sentirse, Rose bromeaba que su amigo debía masturbarse todas las noches. Scorpius estaba necesitado de acción y se lo mostraba por la manera que tenía de acariciarla bajo la ropa. Ella ya no era capaz de recordar por qué había venido en primer lugar a la habitación, solo era consiente que mientras la besaba Scorpius le iba desabrochando los botones de la camisa de Lily, y en vez de sentir nervios, Lily sentía unas infinitas ansias de que ya lo hiciera. Scorpius se separó un momento de sus labios para deslizar la camisa por los hombros de su novia, disfrutando al ver las pecas rojizas en la piel blanca de ella. Lily se sonrojó un momento, al darse cuenta que traía un sostén de color marrón viejo, para nada sexy. Pero la mirara de Scorpius bastaba para hacerle entender que fuera lo que fuera que estuviera usando, no le importaba en absoluto..., sino lo que se encontraba bajo esas prendas. Lily se removió excitada sobre él, notando el bulto que había en los pantalones de Scorpius.  —Deberías cerrar la puerta —murmuró, dándole un beso en la comisuras de los labios. Scorpius gruñó, fastidiado ante la interrupción y la dejó con cuidado sobre la cama, mientras se levantaba para cerrar la puerta de la habitación. Lily decidió quitarse la falda de su uniforme mientras veía a su novio poner un hechizo a la cerradura, imaginaba que era uno que él, Severus y Rose debieron inventar, uno que impedía que incluso el Alohomora abriera la puerta. Lily observó sus braguitas, reprochándose por no llevar nada mejor, era una simple braga blanca, sin ningún encaje, y con una gran mancha que indicaba lo que mojada que se encontraba. Otra cosa por la cual sentirse avergonzada, Scorpius apenas sí le había hecho algo y ella ya se encontraba completamente excitada. Scorpius suspiró y se dio vuelta, deslumbrándose ante el cuerpo de Lily. Con el rostro serio, se acercó a la cama y se subió a ella, tirándose a un lado de Lily y sujetándola por la cintura. —No voy a obligarte a ser nada que no quieras —le dijo con sinceridad, aunque lo único en lo que podía pensar era que su erección le apretaba el pantalón. —Yo quiero hacerlo —aseguró Lily. Eso le bastó a Scorpius, quien se elevó usando sus antebrazo y besó a Lily en la boca, mientras sus manos se perdían en el cuerpo de ella.

Jared era hermoso. Molly se quedaba contemplándolo por horas y mantenía una sonrisa de felicidad durante todo el rato. La alegría la llenada con solo verlo dormir, en su cuna hecha por el abuelo Arthur, rodeado de todos los peluches que Ted le había regalado y acobijado que la misma Annabeth había tejido para él.  El pequeño bebé estaba tranquilo en su cuna, con una mano sobre su pecho y la otra en la pata de un tejón de peluche. La cuna estaba cerca de la cama, así que Molly solo debía incorporarse un poco para ver a su hijo. Sonrió con felicidad antes de volver a acostarse en la cama. Podía escuchar la suave música clásica que Jace escuchaba mientras preparaba algo de comer para los dos y la papilla para Jared, que debía estar a punto de despertarse. Molly se estiró en la cama y decidió levantarse para ponerse algo cómodo, a causa de la cesárea que le hicieron solía estar con ropa suelta para que no le molestará tanto. Miró un momento a Jared y se dirigió al armario, buscando una de sus viejas remera. El dar a luz tuvo algo bueno además de tener a su hijo, también le quitó los rollos de más que tenía. La ropa que antes le quedaba bien, ahora le quedaba muy holgada. Se quitó la camiseta de Jace, que usualmente usaba como piyama, y se puso su remera y unos shorts; antes no solía usar shorts por la vergüenza que le daba sus grandes piernas. Molly sabía que no tendría ni en un millón de años el cuerpo de Victoire, pero se sentía muy cómoda con el que tenía ahora. —Hice algo sencillo —Molly se giró para ver a Jace entrar en la habitación—. Salchichas con papas al horno. Y la papilla para Jared ya está. —Eres el mejor esposo y padre que existe, ¿lo sabes? —le preguntó con una tierna sonrisa. Jace sonrió con fingida arrogancia. —Lo sé, lo sé —contestó, moviendo las manos. Molly rió y Jace se inclinó para darle un beso en la mejilla. Luego se dirigió a cuna—. Ve a sentarte a la mesa, me encargaré de despertar al pequeño. Cuando Molly salió de la habitación para ir a la cocina, Jace sonrió con cariño a un Jared dormido y lo contempló un largo rato. Si Jared no hubiera sacado los mismos ojos grises que Jace poseía, hubiera apostado que Molly lo había engañado, ya que el bebé era idéntico a ella, en todos los sentidos. Merlín, que incluso tenía una serie de pecas en sus hombros como su madre. —Tu futuro hermanito, saldrá a mí —le comentó divertido. Con la mayor delicadeza del mundo, Jace lo alzó y los sostuvo en sus brazos, como si de una muñeca de porcelanas se tratara. Le acarició el único mechón rojo que tenía y lo movió despacio—. Vamos, pequeño Jared, es hora de despertar. La comida ya está lista. A Jace no le extrañaba que Jared estuviera durmiendo, el bebé se había dormido pasada de las cinco de la mañana; a Jace sí le sorprendía que él no estuviera muerto de sueño. Aunque, claro, ya llevaba más de un mes con esa rutina. Lo volvió a mover, con delicadeza, pero también con firmeza. Jared abrió los ojos al tercer intento, moviéndose en los brazos de su padre. —Eres un dormilón, ¿verdad? —le dijo divertido—. Al parecer los ojos no fue lo único que sacaste de mí. Jace sonrió y se puso en marcha para ir hasta donde estaba la madre de su hijo. Molly se había encargado de terminar de ordenar la mesa, había puesto una jarra de juego encima y acercado el pan como los cubiertos. Molly estaba sentada en la mesa, tomando un poco de jugo en su vaso de vidrio, y le sonrió a los dos cuando entraron a la cocina. Con cuidado, Jace le pasó a Jared, Molly lo puso en su regazo y le dio un beso en el cabello. —Mi padre pasará mañana —le comentó Jace a su esposa, sentándose frente suyo. Le pasó el plato con la papilla para Jared—. Tiene un regalo para Jared. —Oh, cariño, tienes un mes y medio y ya tienes miles de regalo —le dijo Molly a su hijo con cariño. Levantó la vista y le sonrió a Jace—. Mi padre también tiene algo para Jared. Creo que los dos están compitiendo para ver quién es el mejor abuelo. —Como Derek, Oliver y Teddy compiten para ver quien es su tío favorito —agregó el rubio, riendo—. Por supuesto que Ted y Oliver solo aparecen para ver a Jared, siguen molestos porque no los elegí para ser el padrino de él. —Todos ustedes están casados y siguen siendo unos inmaduros —declaró Molly. Jace rió sin poder evitarlo y llenó su plato con papas asadas, mirando como su esposa alimentaba a un adormilado Jared. Era divertido pensar que en menos de cinco meses, todos los integrantes de los Animales se habían casado, y sería más curioso si los cuatro tenían hijos al mismo tiempo. Eso sí, Jared iría con el hijo de Victoire, pero el hijo de Joanna, aunque nacería en el mismo año que ellos, iría un curso por detrás de Jared y el bebé que venía en camino. Al menos Jared iría con el hijo de Victoire, solo quedaba esperar a saber quién era el padre, si Ted u Oliver. —Ayer me llegó una carta del señor VanDaan —le anunció Molly. Jace hizo una mueca. El señor VanDaan era el Jefe de el Decreto para la Razonable Restricción de la Brujería en los Menores de Edad, por lo tanto el jefe de Molly. Era un hombre de mal genio, severo y poco amable, era seguro decir que no tenía esposa o hijos. VanDaan incluso no había querido que Molly tomará una licencia por embarazo, Jace suponía que si se lo había dado era porque ella era la ahijada de la Ministra de Magia. Y Jace podía apostar toda su fortuna en que la carta que VanDaan le envió a Molly era para que regresará a trabajar. No se equivocaba. Molly podría faltar al trabajo hasta que Jared tuviera seis meses, privilegios por ser la sobrina de la Ministra de la Magia, algo que VanDaan no le encantaba, pero no tenía más remedio que aceptar. Por supuesto VanDaan no podía obligarla a volver, pero podía dejar caer indirectas de que contraria a alguien más si no regresaba pronto. —No lo hará —le aseguró Jace—. Y si lo hace, una charla con tía Hermione y todo se resuelve. —Es un idiota —dijo ella, poniendo los ojos en blanco—. No veo la hora en la que se jubile. —Será pronto —aseguró—. ¿Cuánto tiene? ¿Cien años? Parece un cadáver andante. Molly rió tanto que la papilla que había en la cuchara se cayó al suelo. Jace decidió que era su turno de dar de comer a Jared y le pidió que le pasará, así su esposa podría comer tranquila. Después de todo, él ya había estado picando la comida mientras la cocinaba.

Hugo intentaba leer su libro de mitología nórdica, pero Alexandria lo desconcentraba. No era su culpa, ella ni siquiera sabía que Hugo la estaba mirando, ero aun así él no podría seguir leyendo si ella estaba abrazada a él. Alexandria estaba dormitando, con la mano sujetada a la de él y con su cabello negro esparcido por al almohada. A Hugo le interesaba más contemplarla que seguir leyendo sobre mitos nórdicos. No estaban solos en la habitación, sin embargo. A varios metros de él, Nathan jugaba al ajedrez con Dylan Jones, los dos tenían una expresión de concentración en el rostro, aunque Hugo sabía que si se inclina para darle al menos un beso en la frente a Alexandria, él empezaría a protestar. A veces esa era la parte mala de ser el novio de la hermana de tu mejor amigo, que no podías hacer nada si él se encontraba en el mismo lugar. Alexandria suspiró, abrió ligeramente los ojos y le dio una sonrisa adormilada, luego escondió su cabeza en el cuello de Hugo. La sintió inhalar, lo que le produjo un estremecimiento en la piel. Nathan giró la cabeza un momento y regresó a la partida. El chico parecía tener un sexto sentido con referente a saber si él y Alexandria se encontraban juntos. Hugo suspiró y miró de nuevo al libro. Leía sobre el mito de Balder, el dios nórdico apreciado y amado por todos, tanto que su madre, la diosa Frigg, le hizo jurar a cada piedra y cada árbol, al agua y al fuego, a los animarles y a las enfermedades, que no lastimarían a su hijo. Para demostrar que Balder era invencible, se hizo una reunión donde todos los dioses le lanzaban cosas que no lo mataban. Pero Loki, el dios del Engaño, no le agradaba Balder, ni que el resto le quisiera tanto, y él averiguó que el muérdago, una planta pequeña e insignificante, no estaba entre las cosas a la que Frigg había pedido no lastimar a su hijo. Loki decidió armar una flecha con el muérdago y, mientras los dioses celebraban, se la lanzó a Balder, dándole fin a su vida. Loki era un dios malo. Rose lo detestaba, sobre todo al leer Magnus Chase y los dioses de Asgard, ya que ahí Loki quería adelantar el Ragnarök, pero a Hugo le gustaba. Por supuesto, él se iba por los dioses más odiados por los humanos, como Hades, el dios griego del Inframundo.  Hugo estaba por leer el mito del cabello de Sif, la esposa de Thor, robado por Loki, cuando Alexandria se removió y se sentó en la cama, sobándose los ojos. Hugo cerró el libro y lo dejó sobre la mesita de luz, incorporándose para atraerla hacia él. —¿Qué hora es? —murmuró Alexandria, con voz ronca por recién levantarse—. Tengo hambre. —Porque ya son las dos —le dijo, acariciando su cabello negro—. Intente despertarte y tú no me hacías caso. ¿A qué hora te dormiste ayer? Como todas las noches, antes de irse a dormir, Alexandria le quitaba el celular a Hugo y se lo llevaba a su habitación para ver series en Netflix. Ni Alexandria o Nathan tenían celular, no podían soportar lo que conllevaba tener uno, los dos se sobresaltaban cada vez que una llamada le entraba a Hugo y un sonido se escuchaba. Pero Alexandria había adoptado la manía de quitarle el celular para ver series desde que había descubierto Netflix. Alexandria se había llevado su celular anoche y como a las seis y media de la mañana apareció, tambaleándose por el cansancio y con el celular en la mano. Se había acostado a su lado, argumentando que la película que estaba viendo le daba miedo y quería estar con él. Hugo se había quedado dormido a los pocos minutos, ignoraba cuando lo había hecho ella. —Cuando tu celular se quedó sin carga —le respondió—. Tengo hambre —repitió. —Vayamos a buscar comida a la cocina —le dijo Hugo. Él tampoco había bajado a almorzar por quedarse a su lado. Alexandria fue al baño para poder arreglarse un poco, agradeciendo haberse cambiado de ropa antes de ir a la habitación de Hugo. Se lavó la cara y tomó el peine que había para cepillarse el cabello. Por suerte no tenía ojeras, pero se dijo que, luego de comer, buscaría su maquillaje para darse un poco de color. Salió de la habitación, dejando escapar un bostezo, y se acercó a Hugo, quien rodaba los ojos ante las palabras de Nathan. Su gemelo le decía a Hugo que no se pasará de listo cuando fueran a buscar algo de comida. —Por favor, Nathan —le dijo ella, con los ojos en blanco—, prácticamente somos niños. —Yo solo digo —se defendió él. Alex y Hugo salieron de la habitación y cuando llegaron a la Sala Común, Alex lo tomó de la mano, de la forma más posesiva que había. Le gustaba dejar bien en claro que ella era su novia, en cualquier oportunidad que tenía, disfrutaba de las miraras enojadas y rencorosas que las chicas les daba, sobre todo la de Sara Avery. Con una sonrisa de suficiencia, salió de las Mazmorras de Slytherin con Hugo. Él miró las manos unidas y sonrió. Habían hecha pública su relación hacía dos semanas, cuando Alex había decidido dejar de esperar que él hiciera algo y le diera en plena cena un beso en los labios. Hugo no se molestó, sino que siguió con el beso, escuchando a Nathan gruñir. Era de esperar, ya había notado lo molesta que se sentía Alexandria cada vez que una chica se le acercaba, ella quería marcar terreno, hacerle saber a todos que él era su novio. Si era así con trece años, no se imaginaba como lo sería cuando tuviera quince. Aun así, sabía que la amaría más que a nada, más que a todo. —Ya falta poco para que terminemos el curso —dijo Alexandria, con una alegre sonrisa—. Mamá dijo que pasaríamos las vacaciones en Francia. ¿Tú irás con nosotros, verdad? —le preguntó, mirándolo con sus ojos celestes. —Dudo que mis padres se opongan —le contestó, apretando su mano. —Yo quiero vivir en Francia —le informó, haciendo girar un mechón de su pelo en sus dedos—. Cuando nos casemos, ¿viviremos en Francia? Eso le gustaba de Alexa, que fuera tan confiada y segura. Que pensará en él como el único hombre de su vida. Cuando tenían once años, ella lo había mirara divertida y le había dicho que serían novios, no como si fuera un deseo que quisiera cumplir, sino como si fuera un simple hecho. Hugo llevó su mano a su boca y le dio un beso en los nudillos. —Sí. Te llevaré a vivir a Francia. —Te amo, Hugo —le sonrió. Hugo también sonrió. Tal vez no fueran la pareja más romántica que existiera, pero los dos estaban seguros del amor que sentían uno del otro. Con solo tomarse de las manos, Hugo ya se sentía en el paraíso. **¿Leyeron las 8000 mil palabras esperando ver un poco de Sevice? Lamento decepcionarles, pero debieron esperarlo. Digo, ya me conocen, me encanta verlos sufrir. En serio, es divertido y alimenta mi alma oscura... Okey jajaja****Sí, sé que debí subir algo de Sevice por San Valentín, pero en mi defensa prometí que podría algo de cada pareja y hay un total de 15 parejas en la historia. (Aviso que no habrá nada de Fred&Annabeth, porque en sí no son una pareja, Nadine&Nicol y Daniel&Erica, porque ni Nicol o Erica salen en el libro). Como el capítulo ya es demasiado largo y solo mencioné ocho parejas, dividiré el especial en dos partes: la primera es esta y la segunda, donde sí sale Sevice, la subiré o bien a la madrugada o mañana por la tarde.Dos palabras. Sean pacientes.¡Feliz día de San Valentín!**Besos.