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El Duque — capítulo 1

Prólogo

Con el pasar de los años la humanidad se ha vuelto muy automatizada, hacemos las cosas por inercia y a veces no sabemos por qué hicimos lo que hicimos. Ya nadie mira a su alrededor, cada vez son menos las personas que aprecian el arte, la naturaleza, la historia, y cada vez son más los consumidores que se pelean en las tiendas electrónicas por conseguir el nuevo modelo de lo que sea que estuviese en oferta ese día.

Yo creo ser de ese 0.0001% que aún disfruta las cosas a la antigua, que ve la belleza donde otros ven chatarra, que ve la vida florecer en cada paisaje en donde otros ven un terreno potencial para un nuevo condominio o un nuevo rascacielos.

Cabe aclarar que no soy una naturalista, ni mucho menos un espíritu libre, soy una persona sencilla a quien sin embargo parece maravillarle las cosas que muchos ignorarían. Para mí, tanto las cosas del pasado como las del presente tienen cierto encanto, cierto misterio que las envuelve y que me apasiona de tal forma que cuando me propongo un tema, puedo fácilmente volverme una erudita sobre aquello, es una de las cualidades que mis padres y abuelos aman y por las que tengo buenas notas en la universidad, sin embargo este es el motivo por el cual no poseo una vasta cantidad de amigos. Si tuviera que contar mis verdaderas amistades con los dedos de una mano, por mi bien podríamos ser alienígenas de tres dedos y aun así me resultaría difícil poder mencionar un nombre por cada uno.

Lo cierto es que hace unos cinco años conocí a quien serían mis mejores amigos. Laini Johnson o Lane como yo suelo llamarla y su hermano mayor Calum fueron las primeras personas de mi edad que compartían mi extraña visión del mundo. Me llevó tiempo encontrarlos, pero valió la pena esperarlos. Laini y yo compartíamos clase de patinaje juntas, y no nos tomó más de unos cuantos minutos descubrir que ambas compartiríamos una bella amistad. Yo siempre he sabido que cuando un acontecimiento trascenderá la vida de alguien, uno lo sabe de inmediato. Para mí es como un sexto sentido que solo muy pocas personas poseen y al cual el resto del mundo llama destino.

Pero Laini y Calum no fueron los primeros en compartir este secreto conmigo. Mi abuela desde muy pequeña desarrolló esa fascinación por todo y por todos los seres de este mundo. Ella fue quien me enseño a mirar las cosas como un todo y no solo las apariencias, a maravillarme con cada descubrimiento que hacíamos juntas, a ver la vida no solo desde mi perspectiva sino también con los ojos de los demás. Y es por eso que a pesar de tener ya diecinueve años, aún hacemos muchas cosas juntas.

-Es una mascarada Dee, no una de esas extravagantes fiestas adolescentes. -el comentario de mi abuela me hizo sonrojar.

-Digamos que era lo único apropiado en el armario de Lane abuela.- murmuré tratando de buscar en el espejo algún otro problema con el vestido además de que era demasiado corto y extremadamente ajustado en las partes que a ninguna chica les gusta resaltar.

-¿Y qué hay de malo con todos los vestidos que yo te he diseñado? - preguntó con inocencia fingida y pude ver a través del espejo como una sonrisa maquiavélica se iba formando en su rostro.

-No… no son apropiados para el cumpleaños de tu mejor amiga Pat…- balbuceé mientras me imagina vestida con lo que solo se podía describir como la pijama que usaba Wendy en las películas de Peter Pan, y eso básicamente resumía cada "vestido" que mi abuela Pat me había hecho en su vida.

-Ya, eso también pensé pequeña Dee, es por eso que te confeccioné uno aún mejor.- su sonrisa era gigantesca mientras depositaba una enorme caja encima de mi cama.

Oh no, por favor no.

-Ofenderás el pobre corazón de tu abuela si no lo usas.- atajó antes de poder siquiera articular una plegaria que me salvase de aquello.- Hay vestido, zapatos, y todo lo que puedas necesitar en la caja. Termina de alistarte y nos vemos en veinte minutos abajo. No, mejor que sean diez, ¿Recuerdas lo que hizo la tía Beth antes de su tercer matrimonio? Pues bueno, debo estar ahí para detenerla en la fiesta.- soltó una leve risilla que dejaba entrever su edad con gracia, recogió mi cabello en un último rulo y con una breve caricia en mi barbilla agregó lo que toda abuela siempre suele decir.- No olvides el abrigo mi niña.