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El Duque — capítulo 2
Fiesta de máscaras
Me hubiera encantado contar con la presencia de Laini o de Calum para poder tener una coartada, pero mi abuela me había pedido que fuese una velada solo para nosotras. Quizás fuese la emoción de ver a la tía Beth o quizás fuese esa pequeña copa de champán que bebió durante el brindis, pero apenas la música empezó, mi abuela fugó.
El local que había alquilado la tía Beth era un apropiado reflejo de la fortuna que había heredado de su último matrimonio. Beth Reynolds no era la típica caza fortunas que uno pensaría al oír la desdichada maldición que recaía sobre cada uno de sus matrimonios, muy por lo contrario era una adorable señora, varios años menor que mi abuela y que a pesar de haber perdido marido tras marido, y haber entrado y salido tantas veces de un hospital que hubieran vuelto loco a cualquiera, ella manteníauna tierna sonrisa en el rostro y trataba de mantener la memoria de sus difuntos maridos muy en alto.
Cabía la casualidad de que sus primeros dos maridos habían sido muy adinerados y el ahora tercero, Sir Sigmund Alfred Main, un pequeño terrateniente en uno de los lugares más recónditos de Londres, poseía un linaje bastante llamativo, daba bastante de que hablar sobre Beth Reynolds. Sin embargo, cualquiera que se tomase la molestia de conocer a tía Beth, no tardaría en descubrir el gran corazón que ella tenía y su muy activa participación en cada una de las actividades del hospital en el que sus dos primeros maridos y su segundo hijo habían muerto por un sinfín de complicaciones atribuidas a dos muy raras enfermedades genéticas.
-Señorita, permítame su abrigo.- me sobresalté ligeramente al sentir la presencia de los hombres se seguridad que habían puesto en la entrada del gran salón.
Solté un corto suspiro en cuanto el abrigo negro que mantenía muy ajustado a mi cintura como una mantita de seguridad abandonó mi cuerpo, haciendo que varios ojos cercanos recayeran sobre mí.
Digamos que no cabía en el estereotipo americano de belleza, era más bien una chica de cabello castaño más oscuro del que me gustaría. Era considerada un ser humano de tamaño promedio, con atributos suficientes como para pasar la secundaria sin recibir apodos por exceso o por defecto. Tenía los ojos castaños como las nueces y un único hoyuelo se dibujaba en mi rostro cuando no podía aguantar más mi estrepitosa risa. Nunca podía salir de casa sin tropezar al menos dos veces caminando en una línea recta, sin embargo cuando mis pies tocaban la pista de hielo todo era diferente. Muy diferente. Enfatizaré mucho la gran diferencia que hay solo para que tengan una idea de las acrobacias que tenía que hacer de pequeña para caminar de la casa a la escuela y viceversa. Aún sigo sorprendida de no haberme roto ambas piernas después de diecinueve años.
Pero hoy todos aquellos defectos gracias a la milagrosa gentileza de mi abuela se hallaban camuflados bajo un vestido turquesa de tul que centellaba gracias a los cristales color plata bajo el escote corazón del vestido. Diecinueve años se había tardado Pat en obsequiarme una prenda de vestir que en verdad pudiera usar, pero había valido la pena esperar.
Como era mi costumbre, rápidamente me dispuse a observar la belleza de las piezas de arte colgadas a todo lo largo del salón. Mientras un grupo de muchachas coqueteaba junto al ponche con un par de caballeros fácilmente diez años mayores que ellas yo apreciaba los finos trazos, ya algo descoloridos de lo que podría haber sido la pieza de un museo. Yo no era Picasso, lo sé, pero me gustaba imaginar lo que debía haber estado haciendo ese pintor mientras se imaginaba la escena plasmada ahora en el cuadro.
Claro que me era imposible mantener aquel pensamiento pues claramente podía oír la voz de mi abuela Pat por encima de la música haciendo bromas con sus viejos amigos. La tía Beth amaba un tanto en exceso el sentido del humor de mi abuela y sin duda eso sumados las varías copas de champan que ya había visto en la mano de Pat, no me extrañaría que tuviera que dentro de un par de horas tuviera que intervenir para salvar a mi abuela de un coma alcohólico.
Quizás no se suponía que debía tener una abuela tan genial y por eso llegó el alcohol a compensar y malograr el panorama, pero solo habían dos ocasiones en las que mi abuela tomaba: cuando estaba con sus amigos más cercanos y cuando viajaba, por lo que mis padres nunca le dieron importancia, esa no era su conducta habitual.
Poco a poco me encontré disfrutando del son de la música y me imaginaba a Laini haciendo bailes graciosos en el centro de la pista mientras Calum estaría asegurándole al público que ella y él no estaban emparentados en lo más mínimo.
-Deberías ponerle un pare a tu abuela Arizona. Está haciendo el ridículo junto a esos viejos de por allá.
La voz insoportablemente nasal de Melanie Horredon me atrapó por detrás.
-Sí Kansas, es ridícula.- agregó otra chica quien también formaba parte del séquito de Melanie.
Para que entiendan el ingenio de Melanie, y cuando digo ingenio, sí, es sarcasmo. Ella y yo estudiamos en la misma primaria hasta que la compañía de su padre salió a flote. Me encantaría decir que antes de que el dinero se le subiera Melanie era una linda persona. Pues no lo era. Desde el jardín de infantes decidió que era demasiado extraño que mis padres me hubieran puesto el nombre de un rio y por lo tanto empezó a llamarme por lo que según ella pensaba eran nombres de otros ríos pero nunca el correcto. Pues, hasta el día de hoy ella sigue pensando que los estados de Norteamérica también son ríos…
-Ella es libre de hacer lo que quiera Horredon, si te avergüenza ve y bájala tú del escenario.- sonreí con suficiencia y me llevé a la boca otro pastelillo de fresas y manjar, el cual disfruté con unas ganas exageradas.
Pude observar como sus perfectas y depiladas cejas se volvían una en un abrir y cerrar de ojos y antes de que esta pudiera abrir la boca para protestar, Pat se apoderó del micrófono.
-¡Esta es la fiesta de mi mejor amiga Beth! ¡Y ustedes saben muy bien lo que le gusta a Beth! Entonces ¡¿Qué queremos?! - gritó mi abuela empujado al micrófono hasta Sir Sigmund y sus amigos.
-¡Alcohol!
- chillaron estos.
-¡¿Qué queremos público conocedor?¡ - volvió a sonreír mi abuela esta vez empujando el micrófono hacia el público y levantando una copa hacia tía Beth.
-¡Alcohol!- gritó la muchedumbre con puro júbilo en cuanto explotaron confeti y entraron los mozos que harían el show en la barra con los tragos.
Solté el aire que había estado conteniendo al ver que era algo preparado y no mi abuela montando un numerito con sus compinches seniles por culpa del alcohol.
-Creo que a la gente le gusta.- sonreí incapaz de ignorar lo feliz que estaba mi abuela.
Juraría que pude ver como salía humo del cerebro de Melanie. Sin embargo los años la habían vuelto menos minina y más cazadora. Ella ya había fijado su presa. Yo.
-Quizás, pero quien es más patética, ¿La abuela escandalosa ola inadaptada Delawer Collins aquí sola? Al menos tu abuela se divierte, pero tú… Dime ¿Así también pasaste tu baile de graduación, comiendo y arrastrándote entre las parejas?
Es pastelillo que tan alegremente me había comido hacia unos instantes me dio un vuelco en el estómago.
-Tener un vestido caro no convierte en un bombón cariño.- me miró de arriba abajo.
-Eso lo puedo ver.- agregué haciendo lo mismo con ella pero su sonrisa poco a poco me iba haciendo sentir más pequeña. Estaba empezando a detestar el kínder nuevamente.
La risa de sus amigas cada vez era más audible. Algo dentro de mí explotó.
-Lástima que no vine sola.
Apenas terminé de decir eso quise maldecirme por primera vez a mí misma. Mi pareja esta noche era mi abuela, Melanie lo sabía y yo sabía que ella lo sabía, pero ya no podía dar marcha atrás o ella terminaría de aplastarme.
-Ilústrame, ¿A qué pobre alma convenciste para que iniciara la caridad antes de Navidad?
Quise hacerle la misma pregunta pero ponerme a la defensiva no ayudaría en nada. Alcé la cabeza unos centímetros como si estuviera buscando a alguien quien me rescatase de ese desastre, pero Pat estaba en pleno júbilo, dejándome solo dos opciones: los muchachos engreídos cerca al ponche, o el muchacho de máscara y esmoquin negro. Opté por involucrar al menor público posible y caminé lo más decidida que pude hacia el muchacho con una sonrisa en el rostro.
Pude ver por el rabillo del ojo como Melanie me clavaba los ojos deseando que muriera en ese mismo instante, sin embargo su sonrisa se volvió burlona, dándome a entender que mi mentira no llegaría lejos con aquel muchacho.
No le di importancia y lo alcancé regalándole la mejor sonrisa que pude.
-¡Aquí estas! - exclamé con tanta alegría que el muchacho no pudo evitar sonreír.
Solo no digas que no me conoces, pensé para mí misma.
El muchacho inclinó levemente la cabeza y luego de lo que parecía un silencio sentenciador, sonrió con suficiencia.
-Aquí estoy.- la comisura de su boca se elevó al dilatarse mis ojos.
No sé quien estuvo más estupefacta, pero incluso a la distancia podía imaginar a Melanie escupiéndome fuego. No había pensado que mi plan pudiese funcionar, pero mucho menos había imaginado que sería tan perfecto. El muchacho ahora parecía divertido de mi expresión, quise espiar por si Melanie estaba al acecho y fue un error, pues el muchacho comenzó a seguir mi mirada.
-¡NO!
- reaccioné casi como si me hubieran pellizcado y tomé los brazos del chico para mantenerlo en su sitio.
El muchacho miro mis manos y luego clavó su mirada en mi rostro. Sus ojos eran muy azules, tenía una mirada intensa pero me sentí increíblemente tranquila. Aún podía ver la magnitud del atrevimiento que estaba cometiendo pero aun así el muchacho no me apartó.
-Yo…- él alzo una ceja claramente divertido con la situación.
Aproveché el momento para espiar a Melanie por unos instantes y cuando advertí que estaba distraída despotricando sobre mí contra sus amigas, las palabras parecieron volver a mí.
-Mira, lo sé, lo siento, soy muy consciente de lo ridículo que sonará esto pero puedes fingir por un momento que me conoces así me quito de encima al monstru… quiero decir a una…- a falta de palabras para describir a Melanie, lo único que pude decir fue.- chica.
Más que una explicación, era más bien un vómito de palabras. La mirada del muchacho me atravesó y juraría que si me hubiera mirado un minuto más me hubiera ahogado en el mar de sus ojos. Y no en el buen sentido.
-¿Qué chica? - el muchacho sonrió complacido cuando mi entrecejo se frunció por inercia, no me quedaba mucho tiempo para convencerlo.
-Eso.- señale con la mirada y el muchacho retuvo una carcajada por cortesía.- ¡Ella! - me corregí con las mejillas encendidas por mi descuido.
-¿Larga historia? - la voz del muchacho dejaba entrever lo mucho que estaba disfrutando aquel momento, al menos toda la situación parecía hacerle gracia.
Antes de que pudiera abrir la boca, el muchacho me ofreció una mano.
-Te ayudaré, pero necesito dos cosas.- su sonrisa ahora sí se extendió en todo su rostro y mi enfado quedó en el olvido.- Primero, relájate, así pareces un delincuente a punto de asaltar a alguien.
Resoplé por lo bajó y le dediqué una sonrisa forzada. Lo único que conseguí fue hacerlo reír nuevamente mientras yo acumulaba más frustración. Su risa tenía un efecto aún peor que son sonrisa en mí. Procuré no dejar que él lo supiera.
-¿Y lo segundo? - alcé una ceja y tomé el brazo que el aún me ofrecía.
-Si esto va a funcionar, debes saber al menos mi nombre.
Cualquier rastro de profesionalismo abandonó mi coartada.
-Descuida, yo seré quien hable pues está claro que no sabes mentir.- me sonrió con suficiencia y consideré en ir con los chicos del ponche.- Solo recuerda, soy Alec.
-Delawer. Como el rio. Sí, es extraño, no, no deseo cambiármelo…-
-Es un lindo nombre.- me interrumpió algo divertido por mi explicación detallada.
-Vale, gracias. De todas formas, mis amigos me llaman Dee.
-Dee, como el…- cualquiera que fuese la broma que el muchacho iba a comenzar a hacer fue interrumpida por Melanie, y vaya que jamás pensé que diría esto pero por primera vez le estaba agradecida.
Creo que por inercia apreté, o mejor dicho, estrangulé el brazo de Alec cuando Melanie quiso asfixiarme a través de sus lentillas de contacto.
-¿Hay algún motivo por el que nos estés bloqueando el paso a mí y a mi cita esta velada?- la voz del Alec fue aterciopelada, elegante pero directa. Agradecí no estar en los zapatos de Melanie en ese momento.
-Yo… no… claro que no Alec… digo…-
-¿Y entonces? - el brazo de Alec abandonó su lugar con gentileza y me atrajo hacia el por la cintura como si estuviese manipulando con porcelana ostentosa.
El gesto fue increíblemente grácil, incluso desde que había abierto la boca, Alec no había irrespetuoso ni grosero, se había mantenido firme pero sin dejar de lado la elegancia.
Elegante o no, estuve a punto de abrir mi bocota para que me rindiera cuentas de con qué sencillez se creía que pondría sus manos en mi cintura, pero la amiga de Melanie fue más oportuna.
-¿Sabes al menos su nombre? - arqueó una ceja en mi dirección. Melanie le dedicó una mirada asesina.
-¿Tú sabes el mío? - Alec se le quedó viendo con demasiada satisfacción y pude ver el preciso momento en el que el cerebro de la muchacha recordó lo que fuese que Alec quería decir con eso.
-Solo era una broma Alec.- intervino Melanie con rapidez.- Arizo… Dee es solo una vieja amiga.
-Para ti soy Delawer, no Dee.- le aclaré olvidándome por completo de la presencia de nuestro público.- Y no soy tu amiga.
-Vamos Dee, dile a Alec que no…- Melanie intentó salvar la situación mientras se retorcía su rubio cabello con nerviosismo.
-Pues si vamos al caso, tú y yo tampoco somos amigos.- añadió Alec quien parecía orgulloso de mi arrebato interno.- Así que en vez de estar aquí puedes ir con alguien a quien sí conozcas. Y no vuelvan a incomodar a Delawer, me gusta muchísimo su sonrisa y pretendo que permanezca así toda la velada.
Alec me empujó con suavidad para que avanzara entre las muchachas y no paró de empujarme hasta que salimos por el balcón hacia los jardines porque al parecer mi cuerpo no respondía.
-Tú...
- reaccioné en cuanto me dedicó una sonrisa.
-Lo sé, soy increíble.- admitió satisfecho.
-¡¿Pero quién te crees que eres?! ¡Ponerme las manos encima no era parte del trato! - los ojos de Alec se abrieron con sorpresa, pues ni por asomo esa había sido la respuesta que alguno de los dos esperaba que saliese de mi boca en ese momento.
-¡Pero si te he ayudado! - frunció el ceño enfadado.
-¡Seguro! ¡Y de la que te has aprovechado!
-¡Tenía que ser creíble!
-¡YA era creíble! - le aseguré.
-Eso piensas porque TÚ no sabes mentir.- se cruzó de brazos nuevamente divertido.- Ella conoce a mi mejor amigo, de no haber hecho eso tu plan no hubiese funcionado Delawer.- se inclinó hacia mí y sonrió a menos de cinco centímetros de mi rostro.- Si ibas a perpetrar tu fechoría mintiendo, debiste haber escogido un blanco menos obvio.
-No te emociones, eras tú o los chicos al lado del ponche. Y sinceramente mientras menos publico hubiera, mejor. Porque como bien ha dicho, no me gusta mentir.- me separé de él y me señalé con gracia.- Además, creo que tu opinión sobre ti mismo está muy por las nubes.
-Como debería.- ladeo la cabeza y se acomodó la corbata.
-Ni que fueras tan guapo.- me crucé de brazos algo exasperada.
-Entonces si piensas que soy guapo.- alzó una ceja haciendo que mis mejillas se encendieran.- Y no te molestes en mentir porque sabré que lo haces.- se carcajeó angélicamente.
-No vamos a hablar de tu aspecto físico, estamos hablando de romper tu promesa Alec.
-No prometí que te tomaría solo de la mano Delawer, prometí ayudarte. Y eso hice. Además no hice nada inapropiado, qué diría eso de un duque.- se llevó las manos al pecho ofendido.
-Pero no estamos hablando de un duque, estamos hablando de ti.- fruncí el ceño ante su expresión.
Alec se apoyó despreocupado sobre el muro detrás de nosotros y se llevó una mano a la boca para evitar sonreír en su máximo esplendor.
-Dee, yo soy un duque.- afirmó.
-A pues, en ese caso, yo soy una princesa.- hice una reverencia sarcástica en su dirección y volví a cruzarme de brazos.
-Dee, en serio, soy un duque.- volvió a repetir, acercándose e imitando mi postura a pocos centímetros de mí.- Además, a cualquier princesa le hubiera encantado que un duque la tratara así.- todo su rostro dejaba entrever lo mucho que estaba disfrutando aquello.
-Pues lástima que no soy ni princesa ni cualquiera y tú no eres un duque Alec.
-Si no soy un duque ¿Qué soy? - sonrió acercando su rostro una vez más, sus ojos me miraban con ternura y paciencia. Dos cosas que ahora yo no poseía.
Una pareja acompañados por tía Beth y su esposo salieron por otro de los balcones al patio y bajé e volumen para evitar llamar más la atención.
-Un chaval que obviamente tiene la olla bien ida.
Alec meneó la cabeza como si la respuesta fuese incorrecta.
-¡¿Qué es lo que es tan gracioso?! - exclamé llamando la atención de tía Beth quién nos saludó con una gran sonrisa.
-Trátela bien Duque de Heminsworth, es como de la familia.- sonrió en mi dirección y luego mantuvo su mirada sobre Alec unos instantes más antes de volver a su conversación.
Todos los pelos de la nuca se me erizaron en cuanto Alec me devolvió la mirada con suficiencia.
Y luego, empecé a reír sin control.