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Zootrópolis a escrito — capítulo 3

El alba era fresca y agradable. Judy pisó la calle justo en el momento en el que las farolas se apagaron. El cielo ya estaba teñido de naranja por el este, y formaba largas sombras sobre el asfalto, dejando aún grandes zonas en la penumbra.

Judy respiró hondo. La mañana era su momento favorito del día. Tantas cosas por hacer, tantas oportunidades, tantas sorpresas. Y aquel día en concreto estaba señalado a ser particularmente emocionante. Era genial.

Judy pidió un café y un donut en el primer bar que encontró, regentado por un puma muy joven y muy delgado que parecía profundamente aburrido. O dormido. O tal vez las dos cosas.

-Disculpe, señor -dijo Judy cuando el camarero le trajo la cuenta-. ¿Cómo puedo ir a la parada de autobús de... -Judy miró su móvil, donde había apuntado el nombre la noche anterior- de la calle Orquídeas?

-Segunda calle a la derecha -contestó el puma apáticamente y sin mirarla mientras le dejaba la cuenta en la mesa-. Pasa un bus con destino a Plaza Central cada cuarto de hora.

-Gracias -dijo Judy.

El puma asintió sin mucho interés, pero justo entonces se fijó en la placa que llevaba pendida del uniforme.

-Un momento... -el puma levantó la vista-. ¿Tú eres la coneja policía? ¿Esa que salió con el alcalde en las noticias?

Judy se ruborizó levemente, y trató de no parecer demasiado satisfecha de sí misma.

-Bueno... sí. Yo...

-¿Y cómo se supone que vas a luchar contra el crimen? -volvió a preguntar el puma, evaluándola con el ceño fruncido-. En televisión parecías más grande.

Judy se puso en tensión.

-Perdóneme, pero soy perfectamente capaz de hacer mi trabajo -dijo con calma.

El puma se encogió de hombros.

-Muchos periodistas dicen que el alcalde sólo te ha dejado entrar en el Cuerpo por pura fachada.

-¿Qué quieres decir?

El puma se volvió a encoger de hombros, un gesto que ya empezaba a irritar a Judy.

-Imagen pública. Ya sabes... -de repente el rostro le cambió y miró a Judy con horror-. Oh, no, perdóneme usted -dijo. Se pasó una zarpa por la cara y la observó muy abochornado-. La he ofendido, ¿verdad? Yo... es sólo que...

El puma le echó a Judy una última mirada de turbación y se alejó apresuradamente.

Judy se quedó sin habla durante un instante. ¿Qué acababa de ocurrir? Tal vez el puma era bipolar, o tenía un trastorno de sociabilidad, o...

«¡Drogadictos!», gritó en su cabeza una voz parecida a la de su padre.

«¡Criminales, estafadores, depredadores!», la secundó otra voz, esta vez muy parecida a la de su madre. «¡Con lo peligrosa que es la ciudad!», lloriqueó histérica.

Judy sacudió la cabeza con firmeza. Si empezaba a oír voces no podía decir que estuviese mejor que aquel extraño camarero. Así que dejó el dinero sobre la mesa (lo que le produjo una punzada en el pecho) y salió en busca de su autobús.

Judy compró el billete a la amable caribú que conducía el vehículo. Menos mal que el Ayuntamiento le pagaba el transporte, porque si no Judy se habría visto obligada a pedir dinero a sus padres, algo que ella quería hacer sólo como último recurso.

En cuanto el autobús inició el trayecto la leve aprensión que había sentido con el camarero del bar se disipó. Había demasiado por ver al otro lado de los cristales.

Judy provenía de un amodorrado pueblo rural del interior del país, donde las casas estaban separadas entre sí por amplias tierras de labranza y los habitantes paseaban por los caminos con sus tractores y un aire sosegado y plácido, deteniéndose a charlar con cada persona con quien se cruzaban.

Allí todo era diferente. Los animales abarrotaban las calles. Había animales de todo el mundo, de todos los tamaños, de todas las especies de mamíferos posibles. Y todos parecían estar haciendo algo. La gente hablaba por el móvil, bebía café, entraba y salía de las tiendas y corría a grandes zancadas, como si llegara tarde a todas partes. Los coches zumbaban por la carretera, los taxis se paraban cada dos metros para recoger a alguien, y sobre todo el barullo había tubos de colores por los que transitaban los hámsteres y los animales más pequeños. Y los edificios... Conforme se iban acercando a Plaza Central eran más altos y más estrambóticos. Judy vio uno con forma de espiral, otro que tenía árboles en las terrazas  y uno con un gran agujero en medio. Comparado con eso, la aguja de la iglesia del pueblo, que era lo más alto que Judy había visto en su vida, parecía casi de juguete.

-Próxima estación, Plaza Central -anunció la caribú por megáfono-. Esta línea finaliza aquí su recorrido. Por favor rogamos a los señores pasajeros...

Judy casi tuvo que contener un grito de asombro cuando doblaron la última esquina. Ya había visto la Plaza el día anterior, cuando salió del tren, pero su magnitud la seguía abrumando. Allí estaba la gran fuente de mármol, el edificio del Ayuntamiento y la sede de la Delegación Federal. Y, a un lado, en una esquina de la plaza...

Judy contuvo la emoción, bajó del autobús y se dirigió hacia allí.

La Comisaría Central de Zootopia era sin duda un edificio imponente. Construida con enormes bloques de piedra del color de la terracota, la Comisaría imitaba el estilo de la arquitectura megalítica reinterpretándolo con modernas curvas y un techo acristalado plano y brillante.

Judy avanzó hasta la escalinata de entrada y puso un pie en el primer travesaño, como una exploradora que reclamara una nueva tierra para su rey.

Lo había conseguido. Nada podía detenerla. Judy sabía que nunca olvidaría aquel momento. Respiró hondo, y luego entró.

El interior era aún más impresionante. La luz que se colaba por el techo de cristal iluminaba tres pisos de galerías que daban a un espacioso atrio. Al fondo había una recepción con un gran escudo del Departamento de Policía de Zootopia colgado encima. Judy se dirigió hacia allí dando saltitos de alegría.

Sentado tras el escritorio se hallaba sin duda el policía más gordo que Judy había visto en su vida. Se trataba de un guepardo con la cara redonda como una hogaza de pan que parecía muy interesado en el paquete de rosquillas que estaba comiendo. Cada vez que probaba una le temblaban las papadas y soltaba por lo bajo un comentario del tipo «¡Hm, delicioso!» o «¡Qué maravilla!».

No parecía que se hubiese percatado de la presencia de Judy. 

-Em... ¿hola? -dijo dando saltos para hacerse visible (el mueble era intolerablemente alto).

El guepardo dejó la bolsa a un lado y se inclinó en su asiento para verla mejor. Entonces abrió los ojos como platos.

-¡La madre del Cordero! -exclamó, desparramando las rosquillas por todo el escritorio. Judy casi botó del susto-. ¡Tú eres la nueva conejita! ¡Zoos del cielo, eres súper cuqui! ¡Espera a cuando se lo cuente...!

-Oh -Judy no pretendió interrumpir, pero el guepardo detuvo sus aspavientos en seco-. Yo... -Judy no quería parecer desagradable ni generar tensión en su primer día, pero aquello la sacaba de quicio-. Lo siento muchísimo, pero... Lo de «cuqui» está bien entre conejos, pero que te lo diga otro animal, pues no... -se quedó mirando al guepardo, incómoda.

A éste se le cayó la mandíbula de la impresión (con lo que sus papadas temblaron de nuevo) y rápidamente compuso una expresión de culpabilidad tan sincera que a Judy le partió el corazón. Se sintió una borde sin remedio.

-¡Oh, perdóname! -volvió a exclamar-. De verdad, lo siento... Yo, Benjamin Clawhauser -entonces desvió su vista al horizonte-, considerado por todos un policía devora-rosquillas, diciéndote eso a ti... Lo lamento muchísimo, de verdad...

-No te preocupes -repuso Judy con una sonrisa. Tuvo que contener una risita, porque el tal Clawhauser era muy gracioso. Judy se sintió más animada-. Bueno, tengo que recoger las misiones...

-Oh, Asignaciones está al fondo a la derecha -dijo el policía. Sobre su hombro apareció una larga cola, que señaló hacia la dirección indicada-. Te doy la bienvenida al Cuerpo, querida mía -Clawhauser le guiñó un ojo, y con el gesto liberó una rosquilla que se había quedado atrapada entre dos pliegues de su papada-. ¡Ay, aquí estás, pillina! -dijo él, zampándosela con entusiasmo.

Judy sonrió. Si todos los oficiales eran como él, entonces no tenía nada de qué preocuparse.

Por desgracia, iba a descubrir de inmediato que eso estaba muy lejos de la realidad.