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Zootrópolis a escrito — capítulo 4

La sala de Asignaciones era de proporciones inmensas. Judy habría jurado que allí dentro cabía como mínimo toda la Zona 8.

Los asientos de las sillas quedaban a una altura justo por encima de su cabeza, y las mesas se alzaban sobre ella casi como si fueran edificios. Sentados en ellas, los mamíferos más descomunales que Judy había visto jamás se entretenían haciendo pulsos, conversando a voz de grito o tomando café en tazas que Judy casi podía utilizar de bañera.

Todo aquello la intimidó. Estaba acostumbrada a ser la alumna más pequeña de la Academia (como muy bien le recordaba constantemente la entrenadora Polarisse), pero aquello era... distinto. Toros, leones, elefantes, osos, lobos. Eran los animales más fuertes de la tierra. Con aquella poderosa musculatura, serían capaces de levantar sin problemas un yunque. Eran profesionales. Curtidos en el mundo del crimen. Varios de sus nuevos compañeros lucían vistosas cicatrices en el rostro o en los brazos.

Pero Judy no se iba a dejar amedrentar. Ella era exactamente igual de capaz de ser policía que todos ellos. Sus credenciales lo demostraban. Y allí reconocerían su esfuerzo.

De modo que Judy se dirigió a la primera fila y se subió a una silla, al lado de un rinoceronte de aspecto imponente.

-¡Hola, soy Judy! -se presentó ella-. ¿Hacemos del mundo un lugar mejor? -dijo alegremente ofreciéndole un puño.

El rinoceronte se la quedó mirando con estupor. Gruñó algo ininteligible y chocó su puño con el de ella, con tanta fuerza que arrastró su silla varios centímetros a la izquierda. Luego puso ostentosamente los ojos en blanco y apartó la vista.

Judy abrió la boca para decir algo, pero entonces un hipopótamo bramó desde la cabecera de la sala:

-¡ATENCIÓN!

Al instante una puerta a la izquierda se abrió, y por ella entró un nuevo animal.

Era tan alto que tuvo que agacharse para no llevarse por delante la lámpara que colgaba del techo. Se trataba de un búfalo de mirada adusta y musculatura abultada. Lucía en la solapas de la camisa de su uniforme las cuatro estrellas doradas que lo identificaban como jefe de policía, y en su pectoral izquierdo, una insignia rectangular en la que se leía «Bogo». Sus enormes cuernos parecían capaces de embestir a un camión en marcha, y sus pezuñas parecían lustradas y afiladas con petróleo.

Con su llegada, el resto de agentes se levantaron y empezaron a gritar y a golpear las mesas, como una especie de saludo tribal. El Jefe Bogo ignoró su saludo.

-¡SILENCIO! -rugió cuando llegó a su atril. Todos los policías se sentaron a la vez, lo que provocó un pequeño terremoto en la sala-.  Hay tres puntos en el orden del día -anunció sin más ceremonia-. Primer caso. Y de extraordinaria envergadura... -el Jefe Bogo se inclinó hacia delante en su atril y en toda la sala se hizo un silencio expectante-. Francine, feliz cumpleaños.

Francine, una enorme elefanta sentada en la tercera fila lo observó con asombro, y entonces todos sus compañeros prorrumpieron en felicitaciones, gritos y amistosos golpes en el hombro. Dos lobos de la primera fila empezaron a aullar, y un león de la última soltó un potente rugido.

Judy aplaudió con cortesía, deseando taparse las orejas. Habían armado tal escándalo que no le parecería extraño que se tuvieran que autoimponer una multa por superar el límite de decibelios permitido por la Ordenanza de Sanidad Acústica.

-Bueno, bueno, ya es suficiente -dijo el Jefe Bogo, pero Judy vio que sonreía-. Segundo caso. Hay miembros nuevos en el Cuerpo que debería presentar... -Judy sacó pecho-, pero no lo haré porque me dan igual.

Todos se rieron. Parecía una broma habitual, así que Judy se rió también, aunque, en el fondo, estaba bastante dolida. Después de todo, ella había atravesado un largo camino para llegar hasta allí y lo mínimo...

No. Tenía que dejar de comportarse como una conejita paranoica a la que todo la ofendía. Seguro que el Jefe Bogo tendría unas palabras con ella cuando finalizara la reunión. Aun así, todo aquello hizo que Judy se sintiera desplazada, como si no le importase a nadie del Cuerpo y no pintara nada allí. Le echó una mirada al rinoceronte, que ni siquiera se había molestado en hablarle todavía, y se sintió aún peor.

-Y por último -el rostro del Jefe Bogo adquirió rápidamente una seriedad absoluta-. Ya van catorce los depredadores desaparecidos, el último una pequeña nutria en el Distrito Selva Tropical. Y me atosigan desde el Ayuntamiento para que los encuentre. Esta es la prioridad, ¿entendido?

Todos asintieron en silencio. Por primera vez se comportaban como policías, pensó Judy, y no como una panda de bravucones de colegio.

-Misiones -el Jefe Bogo extendió una mano y el hipopótamo le entregó un fajo de folders de color rojo. Debía de ser su ayudante, supuso Judy. Entonces, el Jefe Bogo se colocó unas gafas de montura cuadrada sobre la nariz y comenzó a leer-. Agentes Grisoly, Paucer, Delgatto, al distrito Selva Tropical... Agentes McCuerno, Rinnovitzch, Trómpez, a Sabana Centro...

El búfalo fue entregando los folders a cada trío de policías hasta que la sala se quedó vacía a excepción de Judy. Entonces la miró por primera vez.

-Y la agente Hopps, nuestra primera conejita policía... -Judy movió la cola. Por fin, después de tanto tiempo...-. Parquímetros. Retírese.

A Judy se le cayó la mandíbula.

-¿C-cómo? -preguntó sin entender.

-Ya me ha oído -contestó secamente el Jefe Bogo-. Parquímetros. Ahora desaparezca.

El Jefe Bogo se levantó y fue hacia la puerta.

Judy salió de su estupor a tiempo. Revolvió la cabeza y se bajó de la silla.

-¡Espere! -gritó.

El Jefe Bogo se dio la vuelta y se puso las gafas para mirarla, un gesto que Judy consideró innecesario (vale, sí, era pequeña, pero tampoco tanto como para que el Jefe tuviera que usar lentes de lectura para enfocarla).

-¿Y bien? -preguntó.

-Señor -dijo Judy con algo de ansiedad-. Hay catorce casos de mamíferos desaparecidos.

-Sí. ¿Y?

-¡Que yo puedo llevar uno! Lo habrá olvidado, pero fui la primera de mi promoción en la Academia.

-¡No lo he olvidado! -dijo el Jefe imitando su tono entusiasta, cruel pero acertadamente-. Lo que ocurre, agente Hopps, es que no me importa.

-Pero, señor... Yo no soy ninguna conejita florero. Yo puedo...

-¿Ah, sí? -la interrumpió el Jefe Bogo con desdén-. Pues entonces le será fácil de poner cien multas al día.

El búfalo dio por terminada la conversación y abandonó la sala sin más.

Judy se quedó sin habla, pero al instante notó cómo la rabia le hervía la sangre.

Estaba harta. Harta de todo. Primero, unos periodistas presuntuosos se atrevían a insinuar que su ascenso había sido sólo una sórdida maniobra política del alcalde. Claro, y el hecho de que hubiese sido la primera de su promoción no tenía nada que ver, ¿verdad? Luego aquel puma bipolar que la había mirado como si no fuera capaz ni de sostener correctamente una cuchara, y luego ese rinoceronte borde. Luego estaban sus padres, que no habían parado de decirle durante los tres años de Academia que se rindiera y volviera a casa, muertos de preocupación; y también estaba la estúpida entrenadora Polarisse, y aquel matón de su infancia, el panzudo y odioso Gideon Grey... 

Y ahora le venía ese señor, con sus músculos, sus cuernos y su ceño de mal humor a decirle que le daba igual lo que ella pensase y que se pasaría su primer día en el Cuerpo controlando parquímetros porque era una pobre conejita, adorable e inepta. Judy estaba harta, harta de tener que aguantar a idiotas como él que la subestimaban y la despreciaban sin importarles que ella...

-¡UUUF, garras rotas! -masculló entre dientes. No se había dado cuenta que se había puesto a patalear en el suelo otra vez-. Muy bien, «Jefe» Bogo -murmuró con desafío-. No voy a poner cien multas. ¡Voy a poner doscientas! -consultó su reloj-. Antes de las doce.

Judy abandonó Asignaciones echando humo. Encontró sin ayuda el vehículo de la patrulla de parquímetros y descubrió cómo funcionaba el gancho para sujetar los conos. Luego puso las llaves en el contacto, colocó bien el retrovisor y salió zumbando hacia la ciudad... o habría salido zumbando si el estúpido vehículo fuera capaz de ir más rápido que a treinta por hora.

-¡Oh, por favor! -exclamó dándole unos golpecitos al volante-. ¿De verdad que no puedes hacerlo mejor?

El motor del coche rugió, casi como si estuviera protestando.

Judy suspiró.

-Está bien. «Si la vida te da limones, tíralos por la ventana y hazte un zumo de zanahoria» -recitó. Aquel era uno de los refranes favoritos de su padre.

Y Judy pensaba cumplirlo.

Al final, controlar los parquímetros no era una tarea tan tediosa como Judy había supuesto. Recorría las calles moviendo las orejas continuamente, atenta al más mínimo chasquido de los parquímetros, que, gracias a su fino oído de conejo, podía detectar hasta a tres manzanas de distancia. Entonces tecleaba rápidamente el código en el dispensador de multas y ponía el pequeño papelito amarillo debajo de los limpiaparabrisas de los coches estacionados.

A veces, el trabajo incluso era un reto. Para llegar al parabrisas de un coche para jirafas, por ejemplo, Judy se había tenido que subir a un semáforo y hacer una pirueta en el aire para alcanzarlo. Luego, en la avenida Baobab, Judy había tenido que atrapar con la mano el coche de un desquiciado roedor, porque se había olvidado de poner el plomo de freno y el viento se lo había llevado volando, multa incluida.

A las doce menos un minuto Judy había conseguido poner doscientas tres multas (una de ellas a ella misma, a su pesar): un buen trabajo sin lugar a dudas. Estaba segura de que aquello impresionaría al Jefe Bogo y lo convencería de que los conejos no sólo sirven para la agricultura. Judy estaba acostumbrada a dar esa lección a menudo.

Judy rió, y tras recoger los conos se subió al vehículo para ir a comer.

Entonces lo vio. Judy se paralizó con las patas al volante y se escondió instintivamente bajo las ventanillas. Era inconfundible: la espesa cola, el cuerpo esbelto y escurridizo, el pelaje rojizo, esa característica sonrisa de confianza que te hacía querer gritarle «¡Ni se te ocurra!».

En definitiva, un zorro.