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El Secuestro del Trío de Plata — capítulo 1

Mantuve una expresión neutra, mirando la figura masculina de Simon que me daba la espalda. Podía notarse en su rostro a través del espejo una expresión molesta, y ciertamente fatigada. Quizás debía aprender a medir mis comentarios.

Me mordí el labio, volviéndome a colocar el vestido. Y sin mediar palabra salí de su habitación como alma que lleva al diablo, cero miradas y cero dudas.

Quizás deba empezar a explicar algunas cosas.

Soy Rosie Ivanov, tengo dieciséis años y empezaré a cursar sexto curso en Durmstrang, escuela de magia y hechicería, localizada al norte de Noruega.

Yo vivo en Moscú, Rusia, desde que tengo uso de razón, junto a mi hermano Arthur y nuestro mejor amigo, Simon. Nuestros padres son magos oscuros, nos han limitado en muchos aspectos, pero realmente vivimos como reyes.

No puedo quejarme mucho de mi vida. Soy adoptada, al igual que mi hermano y Simon, cuyos padres eran mejores amigos de los nuestros y fueron asesinados por la Orden del Fénix. Sí, creo en la supremacía de la sangre, es decir, toda mi familia es purista. Soy bastante idealista, así que estoy orgullosa de mis ideales aunque sean considerados retrógrados.

Sin embargo, siempre he sentido que algo no encaja en mi perfecta vida. Al lado del hecho de que tengo terribles padres, tan negligentes que prefieren suplantar el amor por riquezas y lujos. Pero llevo bien eso, tengo a mi hermano y a mi amigo que actúa como novio pero no lo es.

Simon es una persona temperamental y sensible, como yo, y aquello hace que nuestras discusiones sean constantes. Vivimos al límite. Todo estaba excelente, con suerte llegaríamos a tercera base, pero como nos iba lo tántrico comenzamos a hablar antes de llegar a algo, e hice un mal comentario.

—Da igual, no entiendes mucho esta clase de problemas. No tienes padres, colega.

Mal comentario, le causó un quiebre, me pidió que saliera de su habitación, fin de la historia. No quería justificarme, pero me irritó ser abofeteada por mi madre gracias a que en un arranque le haya gritado que a leguas la apreciaba. No era mi culpa, era una madre del asco y no quería callármelo como lo hacía Arthur.

De cualquier forma, no confiaba mucho en mi juicio. En un momento odiaba a alguien por mirarme mal, a las horas lo amaba por saludarme. Era un desastre.

Estaba fastidiada, y sin humor como para bajar con mi caro vestido y mis altos y finos tacones a saludar a los amigos diplomáticos de mis padres. Opté por buscar a mi hermano en su habitación sin hablar mucho.

Esta era amplia y bien decorada, dándole un aire lúgubre y elegante. Me lancé a su lado, ya que estaba distraído mirando el techo. No entendía cómo no se aburría, pero recordé que yo hacía lo mismo.

Arthur me recibió entre sus brazos, mientras jugaba con los botones de su camiseta blanca de vestir. ¿Vestimenta casual? Una falda de colección y una camiseta de seda era lo más casual que estaba en mi guardarropa.

—Te conozco, pelirroja. ¿Todo en orden? —inquirió con una ceja enarcada.

Negué suavemente con la cabeza, formando un pequeño mohín en mis labios. Maña mía.

—Discutí con Simon… Y además, no me siento bien. Me siento ahogada.

Arthur enredó sus dedos en mi cabello, jugando con este sin cansarse. Ambos hacían eso desde que éramos niños, debido al exótico rojo anaranjado de mi cabellera.

—Puede ser ansiedad…­—comentó distraído, respirando a lo hondo—. No lo sé, quizás porque mañana entramos a clases.

—Quizás… —dudé, no muy convencida, y suspiré con cierto cansancio—. Cómo sea, ¿Recibiste la carta sobre el Torneo de los Tres Magos?

Mi hermano me miró, sonriendo suavemente con cierta gentileza. Mientras Simon y yo éramos tóxicos y de aspecto intimidante, él era mucho más agradable y gentil. Eso solía jugar a su favor, ya que también era ambicioso y manipulador, como nosotros. Quizás, hasta su fachada era una mentira. Las aguas mansas siempre eran las peores, decía mi madre, Alina Ivanov.

—De hecho, hablé con papá sobre eso en la mañana. Lo noto nervioso, con eso de que vayamos a Hogwarts, ves.

Aquello que me dijo me dejó pensando unos segundos. Lo miré con seriedad, frunciendo suavemente mi ceño. Era algo curioso, puesto que al recibir la carta junto a mi madre ella también se tensó. No demasiado, pero soy buena dándome cuenta de las cosas.

—Quién sabe; quizás sí les importamos, aunque sea un poco —bromeé, mordiéndome el labio de forma encantadora, pero Arthur me desvió la mirada completamente.

Eso era un gran lío. Me atraía, y me resguardaba del hecho que, biológicamente, no somos parientes. Pero él jamás me permitió acercarme de una forma que no fuese fraternal, y me frustraba, no lo negaría.

—Ya es tarde... Puedes dormir aquí, si quieres —me dijo mientras prendía la lámpara crema que estaba en su mesa de noche—. ¿Arreglaste tu baúl?

Asentí suavemente. No tenía ganas de levantarme a cambiarme la ropa por una pijama, estaba cansada gracias al lío con Simon, y la discusión con mamá. Solo quería dormir en el pecho de mi hermano.

—Todo listo. No te preguntaré, porque sé que ya lo arreglaste —reí, jugando con sus cabellos azabache, formando un par de hoyuelos en mis mejillas—, vamos a dormir.

Arthur suspiró, asintiendo con una pequeña mueca. Deseaba saber qué pasaba por su mente, pero quizás era ese sentimiento de vacío que también se asentaba en mi estómago.