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El Secuestro del Trío de Plata — capítulo 2
Debía admitir que el castillo era hermoso, realmente. Incluso más que Durmstrang, aunque eso nunca lo diría de vocas para afuera. Soy bastante orgullosa y defensora de mi escuela, la cual es mejor por el simple hecho de no guardarse las cosas y enseñar buena magia; oscura, sí.
En Hogwarts los pocos alumnos que pude ver, cuando intentaban inmiscuirse para echarles un vistazo a las princesitas de Beauxbatons, era simples, larguiruchos y de rasgos no precisamente lindos.
En Durmstrang no hay muchas mujeres. De novecientos estudiantes, solo habemos ochenta féminas, y aquello había forjado de alguna manera el estigma de que era una escuela únicamente para hombres. Lo mismo pasaba con Beauxbatons, pero al revés.
Nuestro uniforme, femenino, consistía de una camiseta de corte hombro a hombro negra, con un aspecto a bruja. En la parte de abajo era una faldade vuelos roja, pero un tono más a vino tinto, junto a medias semi-transparentes negras y botines de bruja negros. Encima de todo eso iba una chaqueta de botones carmesí, suave al tacto, con una parte superior de pelaje, similar a la masculina.
En lugar de un sombrero de mago, teníamos un sombrero de pelos, negro y algo alto, que por suerte solo debíamos usar en ocasiones especiales, puesto que era bastante caluroso.
Mi hermano, Arthur, me dirigió una mirada algo sonriente, quizás para calmarme. Aunque no estaba realmente alterada, solo algo ansiosa. Siempre había escuchado sobre lo mágico que era Hogwarts, y quería ver que tan cierto era.
—Se tardan en las selecciones —dijo este, cruzándose de brazos. Daba risa como su chaqueta le quedaba algo más grande, era delgado y huesudo—. ¿Te sabes bien la rutina de entrada?
Lo miré con algo de desdén. No soy idiota, y la rutina de los bastones era realmente sencilla. Al ser una de las más agraciadas de la escuela, iría a primera fila, cerca de nuestro director, Viktor Krum.
—Por supuesto que sí, hermano —dije de forma educada, y pasé mi brazo por los hombros mi querido rubio, que le sonreía como idiota a las chicas de Beauxbatons—. ¿Y tú, ricitos?
Simon se alteró, algo confundido. Me dio una punzada de celos en el estómago, pero seguí sonriendo de forma amenazante. Detestaba que aquellas chicas se aprovecharan de sus genes veela.
—¿Yo qué? No jodas, Rosie, quita esa cara de asesina o nos harás mala fama —gruñó en ruso, haciendo que las francesas se rieran sonrojadas.
Tensé la mandíbula, mientras Arthur se reía con torpeza, tapando su boca con su puño. Me daban ganas de darles un buen puñetazo.
—Drochila —eso era, un pajero sin decencia—. Ya verás el dedo que te voy a sacar cuando quieras ponerme una mano encima.
Ambos siguieron riendo, mientras Simon sujetaba mi cintura con firmeza, sonriendo con picardía.
—¿Te enojaste? Ahora tienes una cara peor, te saldrán arrugas.
Arthur asintió, cruzándose nuevamente de brazos.
—Ajá. Relaja tu zen o te verás estreñida cuando entres.
Rodé los ojos, empujando para deshacerme de su agarre. Por suerte la puerta se abrió, revelando a un hombre de cabellos oscuros con pequeños rastros de canas. Me había salvado de un momento incómodo, lo cual agradecía.
Este estaba vestido elegantemente, con una sonrisa afable y gentil. Era atractivo, de firme mandíbula y ojos tiernos pero valerosos. Inspiraba tranquilidad con solo mirarlo.
—Bienvenidos a Hogwarts, es un placer tenerlos aquí, y un honor ser la sede del torneo —sonrió, tomándose las manos sudorosas mientras temblana un poco—. Soy Neville Longbottom, profesor de herbología y sub-director de Hogwarts.
Algunas chicas sonreían tontamente, pero yo solo podía fijarme en como este hombre fijó su curiosa mirada en Arthur. Mi hermano tenía facciones extrañas, no era nada común esos ojos esmeralda que él tenía, pero no justificaba el escrutinio al que fue sometido por unos segundos.
Pálido, carraspeó, mientras mi hermano fruncía el ceño y se miraba los zapatos con incomodidad. Estaban pasando cosas extrañas, debía admitir, y no era nada cómodo.
—Damas y caballeros de Beauxbatons, harán su entrada en cinco minutos junto a Madame Apolline —indicó encantadoramente, saludando con la cabeza a la rubia de ojos grises en sus cuarenta, que estaba en la parte de adelante.
La directora, asumí.
—Damas y caballeros de Durmstrang, contarán diez minutos desde ahora y pasarán junto al Señor Krum, y se sentarán en los sitios que se les indicó.
Me distraje, pensando en Arthur, mientras el director Krum me tomaba por el brazo y me posicionaba en primera fila. El bastón estaba en mi mano, y mi respiración se aceleró. Por un momento sentí como si mi mente saliese de mi cuerpo, observando todo desde afuera, casi como un sueño, algo irreal.
Creo que estoy enloqueciendo. Respiré hondo, volviendo a la realidad, y vi como la fila celeste se hacía paso por el comedor, con bailes gráciles en son a la música de un delicado piano, y una pareja de ballet se presenciaba justo detrás de la directora.
Hermoso, pero no era mi estilo. Prefería la fiereza de mi escuela.
Krum me afirmó con la cabeza, indicando que ya debíamos pasar. Escuché una voz femenina y algo envejecida presentándonos, seguramente la directora, y contuve el alientos.
Primero pasó un grupo de séptimo, con una coreografía sencilla con los bastones encantados, encendiendo pequeñas llamas que dejaban cenizas brillantes por donde chocaban.
Yo pasé luego junto al director, y lo primero que vi fueron los rostros curiosos de los estudiantes. Habían cuatro mesas, una roja, otra verde, otra azul y la última amarilla. Los dividían como ganado, pero ciertamente era interesante.
Endurecí mi mirada, me gustaba emanar misterio y poder. Eso era lo que a Viktor Krum le gustaba enseñar y presumir, y a mí me gustaba ser un claro ejemplo de esto.
La incomodidad inicial desapareció cuando nos abrimos paso. Sabía que mi hermano y mi mejor amigo estaban detrás de mí, sin mucho movimiento por a penas ser estudiantes de quinto año, y no precisamente gigantescos como los primeros en pasar.
Di pequeños golpes con mi bastón al suelo, sin mucha ciencia, y los aplausos no se hicieron esperar. Fuimos saludados por una mujer anciana, con ojos gatunos y una elegante túnica color verde botella, igual a su sombrero. Era la directora, Minerva McGonagall.
Finalmente se nos indicó una mesa, y tanta pesadilla acabó. O eso esperaba.
—Tienes una cara de demonio, Rosie. ¿No te relajaste? —bromeó mi hermano, sentándose a mi derecha, mientras mi amigo rubio de ojos grises como el mercurio se sentaba a mi izquierda.
—Es una buena chica, Arth. No quería que se le acercaran los tipos por respeto a mí, ¿Cierto, corazón?
Endulcé mi mirada y mi sonrisa, girando suavemente la mirada hacia él.
—Por supuesto, amor. Y justo por eso, si te veo cerca de una fémina, juro que un Cruciatus será lo más dulce que puedo darte —bromeé con cierto tono dulcemente amenazante.
Ambos rieron, aunque no era del todo falso que sí me enojaría, justo como en el hall de bienvenida. Para evitarme otro enojo, puesto que no estaba de buen humor, centré mi mirada en los alumnos de Hogwarts, que empezaban a cantar su himno.
Uno de los esfuerzos más grandes que he hecho, fue no reírme. La letra era ridícula, y ninguno, a excepción del coro, parecía saberla bien, ya que cantaban terrible y sin sincronía alguna.
Fue una tortura para mis oídos.
Simon y Arthur estaban en las mismas, enarcando una ceja con confusión. Me tapé la boca, sonriendo para no reír.
Cuando se acabó en una nota rápida, mi mirada se dirigió a una mujer que no me quitaba el ojo de encima. Era pálida y de aspecto inglés, pequeñas pecas y cabello castaño y ligeramente enmarañado. Sus ojos eran como la miel, y estaba en la mesa de profesores.
Aquí todo el mundo era bastante extraño.
¡Hola! Espero que les esté gustando la historia. Por favor, un review/comentario es muy, muy lindo y me gustaría saber qué piensan y qué les gustaría ver en la historia. No saben cuán feliz me hace un pequeño comentario, y no toma mucho <3