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El Secuestro del Trío de Plata — capítulo 4

Los fuertes brazos de Simon me envolvieron, mientras mis pies sin zapatos reposaban en el reposador del sofá. La Sala Común que le había sido dada a Durmstrang era hermosa y lúgubre, me encantaba.

Este jugaba con mi cabello. Sentía su respiración en mi mejilla, mientras mi espalda descansaba en su duro pecho. Ya era de noche, y había sido un día agotador.

—Me pasó algo rarísimo hoy —dije algo distraída, relamiéndome los labios—. Me hice amiga de una chica, me estaba presentando a su hermana y su cuñado, y cuando les dije mi nombre se pusieron en plan de viuda.

—¿Plan de viuda? —rió este, parando de jugar con mi cabello para mirarme con una sonrisa socarrona—. Suena bizarro.

—Lo fue —reí—, al parecer les recuerdo a su prima perdida, y Dominique, esta chica de la que me hice amiga, me abrazó porque me parezco a Rose.

Reímos, mientras me acomodaba para hundir mi rostro en la curvatura de su cuello.

—Debió ser incómodo. Aunque apesto a que esa Rose no es tan bonita como tú, mon amour.

Lo miré como si le hubiesen salido los cabezas, sonriendo con incredulidad mientras mantenía mi cabeza en aquella incomoda posición para poder mirarlo.

—¿Desde cuando, Simon Kovalenko, sabes francés? —le pregunté con un pequeña risa entre dientes, silenciosa.

Este rió un poco, uniendo mis dedos con los suyos. Su sonrisa era adorable.

—Se lo escuché a las chicas de Beauxbattons que estaban cerca de la mesa, pensé que sería romántico —dijo con un mohín, rozando mi nariz con la suya.

Íbamos a besarnos, pero mi hermano saltó en el sofá que estaba a nuestra izquierda, luciendo algo pálido, y su uniforme estaba desarreglado.

—¿Todo bien, colega? —pregunté, enarcando una ceja.

Arthur negó, restregándose la cara de forma ordinaria con sus manos. No se veía muy bien, daba gracia.

—Unas chicas me confundieron con un chico, fue incómodo. Me persiguieron, incluso cuando les aclaré que no me llamo James.

Arrugué mis labios, pensando de forma distraída. Era bastante curioso.

—Qué raro... A Rosie le pasó algo similar, ¿No? —preguntó Simon, mirándome con curiosidad.

Asentí torpemente. Algo no estaba bien.


Entre mis dedos se envolvió aquel pergamino, con mi nombre escrito en una elegante escritura. Si algo me caracterizaba, era una letra pulcra e impecable, delicada y agradable a la vista.

Respiré bastante hondo, meditando mi futura acción mientras me dirigía al salón con firmeza. En mis oídos solo habitaba el sonar de mis tacones golpear el suelo.

Había pasado una semana en Hogwarts, y sinceramente, no la he pasado tan mal como creía. Dominique era agradable, aunque evitaba a toda costa que me presentara a sus familiares. Quería distanciarme de problemas e incomodidades.

Simon estaba más tranquilo, y se había interesado en Herbología, por lo cual sus quejas sobre las materias se redujeron, gracias a Merlín. Arthur seguía siendo acosado por las fanáticas de James Potter, por lo cual se había enemistado con este, que cegado por si envidia lo insultaba siempre que lo veía.

No soy de meterme en las cosas, pero ya me hartaba, y juré no quedarme en piedra cuando volviese a arremeter contra mi hemano.

De todos esos dramas que me tenían distraída, lo que más me perturbaba eran mis clases de Runas Antiguas. Me había maravillado, era sumamente interesante. El problema era la profesora, Hermione Weasley.

Demasiado brillante y agradable, teniendo en cuenta que era una hija de muggles y defensora de las minorías. Eso me fastidiaba, pero me había agradado. Lo malo era que siempre la pillaba mirándome como si no me diese cuenta.

Sin embargo, recordé que ella era la madre de Rose, la desaparecida. Se notó cuando al pasar la lista casi se suelta a llorar frente a toda la clase.

Era algo incómodo. Ya me conocían como el fantasma de Rose, e incluso he salido en El Profeta —un periódico de Gran Bretaña mágica. Si me pudiese lanzar un Avada Kedavra, lo haría.

Al entrar en la sala todas las miradas y cuchicheos se dirigieron hacia mí. Mantuve mi mirada fija en el cáliz, y dejé mi pergamino con mi nombre en las llamas azules de este.

Hubo varios aplausos y vítores, y dos figuras morenas se adelantaron por mi espalda.

—Hey, hey, rojita —sonrió un chico de Gryffindor, moreno y de cabellos oscuros, justo como sus ojos—. ¿Te has postulado? Te ves prometedora:

—Yep, a puesto a que sabes lanzar buenos hechizos rusos —añadió una chica un poco más baja que él, también de Gryffindor. Era morena, y su cabello era rojizo y rizado—. ¿Nos muestras?

—No soy un payaso como para darles un espectáculo —gruñí, entrecerrando los ojos en forma defensiva, por si se atrevían a pasarse de la línea.

—Tranquila, cálmate —rió el moreno, de forma traviesa—. Un placer conocerte, soy Fred Weasley, y esta es mi hermanita, Roxanne.

Debía ser educada, me criaron de esa forma. Les dediqué una cálida mirada, y una mueca que pretendía ser una sonrisa.

—Rosie Ivanov, un placer.

—Tu nombre no es muy ruso, hum. Cómo sea, te estábamos buscando —sonrió la chica pecosa. Era impresionante cuánto se parecía a su hermano—. Mi tía, bue, la Profesora Weasley nos mandó a buscarte.

—Quiere que vayas a su despacho, la contraseña es P.E.D.D.O. Sí, como un gas —se burló Fred Weasley, haciendo que enarcara una ceja.

Sin dejar ir muchas emociones, suspiré. Esperaba no haber hecho nada malo. Me acomodé un poco el uniforme, aunque ya me veía impecable, y les agradecí con un asentimiento de cabeza.

—Muchas gracias por avisarme. Con su permiso —me despedí, volviendo a mi firme y elegante caminar rumbo al despacho de mi profesora de Runas Antiguas.

Al llegar a este despacho, noté lo elegante y pulcro que era, decorado en cosas blancas y flores exóticas sin verse aburrido. Era hermoso.

En una esquina había una cascada mágica, no muy grande, que tampoco mojaba nada, seguramente por un encantamiento. Producía un sonido suave pero relajante, con el cual sería agradable dormir.

La profesora se encontraba firmando algunos papeles, quizás examenes, con una pluma turquesa que se encontraba enredada entre sus blanquecinos dedos, con sus uñas arregladas en un manicure francés.

—Buenas tardes, Profesora Granger —me hice notar con aquel saludo, sin forzar mucho mi expresión. A veces me costaba lucir agradable.

La profesora subió su mirada hacia mí, con esta brillando como si estuviese maravillada. Parpadeó algo perdida, dejando su pluma de lado.

—Srta. Ivanov, buenas tardes. Espero que mi llamado no la haya incordiado —dijo educadamente, y vaya que lo era. Me sorprendía cuán agradable podía ser esa mujer.

Negué suavemente con la cabeza, mientras la estatua se movía detrás de mí, cerrando el paso.

—Acababa de poner mi nombre en el cáliz —informé, sin saber por qué precisamente—. No estaba haciendo nada importante.

Con un gesto me invitó a sentarme, lo cual hice de inmediato.

—Vaya, espero que se cuide de salir elegida. Recuerdo que el Torneo de los Tres Magos se realizó en mi cuarto año —sonrió mi profesora de Runas, como si recordase algo muy preciado para ella—. Suelen ser pruebas bastante rudas.

—No se preocupe, profesora —dije con cuidado, forzando una sonrisa—. Durmstrang me ha preparado para situaciones de peligro. El sistema es mucho más fuerte y exigente que el de Hogwarts, sin ofender:

—No me ofende, en realidad me causa curiosidad —musitó, tomándose la barbilla. Ese gesto me recordó mucho a mi tic nervioso—. Pero ya tendremos tiempo para que me hables de tu escuela. Quería ofrecerte algo que espero que te interese, pero no temas en negarte si no te agrada.

Había empezado a tutearme, pero estaba bien con eso.

—Puede decirme —respondí, jugando con el borde de mi falda. —He notado tu excelente rendimiento en Runas Antiguas, en realidad, es sorprendente, teniendo en cuenta que jamás habías visto esta asignatura —dijo, cruzándose de piernas con una suave expresión—. Por lo que pensé que podría interesarte ver Runas Antiguas avanzadas, de una forma extra curricular.

Me sorprendió, de una buena manera. Me enorgullecía ser notada de esa manera, y Runas Antiguas me fascinaba. Creo que se notó en mi mirada, puestro que la Profesora Granger ladeó una sonrisa.

—Por... Por supuesto, me encantaría —dije con cierta emoción, aunque procuré resguardarla un poco.

—Me alegra mucho, Rosie —suspiró, pausando al mencionar mi nombre—. Sería entonces los martes y jueves a las seis de la tarde, revisé tu horario. ¿Puedo preguntarte algo?

Asentí lentamente, algo vigilante a su expresión aprehensiva.

—Mi sobrina, Dominique, me mencionó que no eras de Rusia. Me causó algo de curiosidad.

—Mi hermano y yo somos adoptados —me apresuré a responder, tratando de que no sacara conclusiones locas en su cabeza. Ese tema de Rose Weasley comenzaba a crisparme—. Nuestros padres no nos han dicho mucho, pero somos ingleses.

Hermione Granger entrecerró sus ojos, acercándose suavemente a su escritorio.

—¿Sabes a qué edad fuiste adoptada? —inquirió, crispándome.

—A los cuatro años —respondí, tajante—, y con todo el respeto que se merece, profesora, le agradezco que deje de inmiscuirse en mi vida. Muchas gracias, nos vemos el martes.

Y con eso, me dirigí fuera de su despacho sin mirar atrás.

¡Hola! Muchas gracias por sus comentarios, me hacen muy feliz. Igual a los que dan en favoritos y a los lectores fantasma. Si hay algún fan del Dramione aquí, subí un fic llamado "Eres una serpiente, Hermione." Es un tanto oscuro y va de Hermione en Slytherin y mortífagos y toda la cosa. Chau,