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Antes de que todo termine — capítulo 1

I

Lily abordó por penúltima vez el expreso de Hogwarts y observó por la ventana, parada en el pasillo con su baúl a un lado, alejarse a su familia. Hacía al menos tres o cuatro años que Petunia no iba a despedirla, pero Lily había aprendido a alejar la tristeza y guardarla, lejos, muy profundo, en algún lugar en el que no pudiera salir.

Habían cambiado tantas cosas desde la primera vez que Lily había pisado la plataforma 9 ¾ …

"Tranquila", pensó, "el último año en Hogwarts, el último…"

Después de eso no tenía la menor idea de lo que haría. Muchas de sus amigas comenzaban a pensar en lo que harían después del colegio, y aquello incluía ideas como trabajar en El Profeta y vivir en alguna villa mágica. Pero Lily, atrapada entre los dos mundos, aún no podía decidir a cuál pertenecía más.

―Vamos, Lily ―una mano se posó sobre su hombro y Lily se giró para encontrarse con sus mejores amigas. Marlene McKinnon, una chica de largo cabello castaño, alta y hermosa, y Mary McDonald, una bajita chica rubia, de mirada fiera y ojos azules como el mismo cielo, le sonreían. Eran las chicas que Lily más quería de todo Hogwarts.

―Este año será genial, lo prometo ―dijo Mary mientras caminaban por el pasillo en busca de un compartimento solo. ―Imagínense, ¡ya no tendré que cursar pociones!

Las chicas se rieron. Mary era el desastre más grande que hubiese pisado Hogwarts en toda su historia, pero la asignatura que llevaba peor había sido pociones desde primer curso. En cuando había podido deshacerse de ella, lo había hecho. Aquello le había hecho mucha gracia al profesor Slughorn.

―¡Oh, Lily! Si yo tuviese tu talento para las pociones… ―se lamentó Marlene, quien no era especialmente mala, pero si había algo que ni la más grande modestia podía ocultar, era que Lily Evans era la mejor alumna de su curso, y eso incluía ser una eminencia en dicha asignatura.

Encontraron un compartimento y se metieron las tres ahí dentro.

―Muy bien ―dijo Mary―, ahora sí, Marlene, tienes que contarnos todo.

A mediados de agosto Lily había recibido una carta muy extraña, entregada por el repartidor muggle más confundido que hubiese visto en su vida.

Querida Lily;, decía, lamento si esta carta importuna de alguna manera tus vacaciones. Estoy muy asustada y tenía que contárselo a alguien. Ha pasado lo que temía que sucediera, sé que tú sabes a lo que me refiero. No quiero ponerte en peligro, por eso no diré más. Sólo quiero saber que mis amigas están ahí, en algún lugar del mundo. Sólo quiero saber que no todo lo que hay es maldad.

Te quiere, Marlene.

Durante todo el año pasado Marlene había huido de su más grande temor: era sabido que entre las familias de magos sangre pura, la mayoría de los matrimonios eran arreglados. La familia McKinnon había sido amiga de la familia Rowle años atrás, antes de que los McKinnon declararan abiertamente su postura pro-muggles. Calixto Rowle quería casar a Marlene con su hijo Thorfinn Rowle, un chico de su misma edad que iba en Slytherin.

―Si me caso con él, es probable que el Voldemort perdone a mi familia, eso fue lo que dijo ―suspiró Marlene―. ¡Pero yo no quiero! Es tan…tan… sangre limpia, y prejuicioso, feo, apestoso, ¡es un asqueroso mortífago! Además yo…

La palabra quedó flotando en el aire y enseguida se hizo un silencio incómodo. Las tres chicas sabían qué quería decir Marlene. Ella estaba muy, muy enamorada de un chico, y era correspondida. El chico en cuestión era uno de esos chicos que salen con más de una a la vez, un rompecorazones, mujeriego, todo aquello se le había quitado meses atrás, cuando Marlene y él habían comenzado a salir. En Hogwarts se rumoraba que alguien había domado por fin el corazón del engreído y perfecto Sirius Black.

Y de pronto las cosas se habían venido abajo. Sirius rompió con ella, la dejó destrozada, y volvió a ser el mismo idiota de siempre.

Como si hubiese más razones para odiar al estúpido grupito de Los Merodeadores, pensó Lily.

―De cualquier forma ―prosiguió Marlene―, si me niego, juraron que habrá represalias. No sólo contra mí. Este no sería el matrimonio de Marlene y Thorfinn, sería el de los McKinnon y los Rowle. Tengo tanto miedo.

Alice, que estaba a su lado, la abrazó.

―Descuida Marlene. Todos lucharemos y ni Voldemort ni Rowle saldrán victoriosos. Tengo fe en ello. Yo misma me uniré a la Orden del Fénix en cuanto salgamos de Hogwarts.

Marlene asintió. No lloraba, era de esas chicas a las que nunca les habrás visto una lágrima en público.

La Orden del Fénix. Quizá Lily sí que tenía opciones para su futuro.

―¿Alguna golosina? ¡Golosinas! ―se escuchó en el pasillo. La señora del carrito se detuvo justo frente a su compartimento.

Mary se levantó.

―Deme tres pasteles de calabaza, por favor.

―Son dos galeones.

Cuando la mujer se fue, Mary repartió los pasteles entre sus amigas, a lo que las chicas agradecieron.

―No puedo esperar al banquete ―dijo Marlene, como si nada―. No he desayunado nada esta mañana, me he levantado tan tarde que por poco no cojo el tren.

El estómago de Lily gruño, como extrañando desde ese momento los panqués de su madre.

Durante el camino a Hogwarts, Marlene se durmió, Mary buscó nuevamente a la señora del carrito, y Lily leyó uno de sus nuevos libros de texto. No era que no los hubiese leído ya, pero era bueno refrescar la memoria.

Finalmente el tren se detuvo en la estación de Hogsmade, y todos los alumnos comenzaron a bajar. Lily cogió a su gato, Perseo, y lo cargó hasta los carruajes. Mientras avanzaban hacia el castillo comenzó a llover.

Qué raro, pensó, Potter no se había aparecido para molestarle durante el trayecto. ¿Y si no había ido a Hogwarts ese año? Quizá le hubiese pasado algo, era bien sabido que su familia entera estaba en el movimiento contra los mortífagos. La sola idea de que James-, no, Potter, estuviese muerto, le hizo sentir un escalofrío que le recorrió la columna entera. No. No quería pensar en eso. Cientos de veces le había deseado la muerte, pero claro que Lily no hablaba en serio. Aquello sólo lo decía para que dejase de molestarla como un crío. Y, de todas maneras, ¿por qué le importaba? Si Potter había decidido no volver a Hogwarts porque se creía demasiado importante, mejor para ella, así no tendría que pasar todo el año evitando su molesta presencia.

Entraron al Gran Comedor. Al fin, ¡de nuevo en casa! El olor del banquete inundó sus fosas nasales y estaba a punto de soltar un suspiro cuando vio una melena de cabello negro indomable, y un par de ojos castaños. James Potter había crecido durante el verano, había terminado por fin de madurar a tal grado que estaba…estaba…

¡No! ¡Qué asco!

Concéntrate Lily. Es el idiota de Potter.

Iugh.

Se sentaron en la mesa de Gryffindor, como de costumbre, y comenzaron a servirse comida. Lily no notó cuando la profesora McGonagall anunció la selección.

Los niños de nuevo ingreso tenían la misma pinta que habían tenido los del año pasado, asustadizos y asombrados por igual. La selección comenzó. Habían seleccionado cinco alumnos de Gryffindor cuando llamaron a "¡Tonks, Nymphadora!"

―Es la sobrina de Sirius ―dijo Marlene, en voz baja―, la conocí las navidades que pasamos con su prima Andrómeda.

El cabello de la niña se puso completamente rojo, como si se hubiese sonrojado, y muchos lanzaron un grito ahogado. Una metamorfomaga, dedujo Lily, una metamorfomaga avergonzada.

―¡Hufflepuff!

Nymphadora corrió hacia la mesa de los tejones, que la recibió entre gritos animados. Finalmente hubo dos más para Hufflepuff, tres para Slytherin, uno para Ravenclaw y cuatro para Gryffindor. Una vez estuvieron todos seleccionados el banquete prosiguió. Lily se retacó hasta que tuvo sueño. Al final, hubo que levantarse y llevar a los de primero a la torre de Gryffindor. Para eso se unió a Remus, uno de los mejores amigos de Potter.

―Lily, ―saludó este, alegremente. Era el único de los amigos de Potter que parecía sensato y tenía lógica, y también se llevaba muy bien con Lily. Al menos a él no le gritaba como a James o a Sirius. "¡Evans, Black, Evans!" o "¡No me llames Lily, Potter!" ―¿qué tal las vacaciones?

―Un completo desastre, Remus ―dijo Lily, y aquello era verdad. Durante todo el verano había discutido constantemente con Petunia, llorado a veces en los brazos de su madre, y visitando a su padre en el hospital, pues lo habían internado por un ataque al corazón. Ahora estaba bien, pero había sido una gran preocupación. ―¿Las tuyas?

Él se encogió de hombros.

―Bastante bien, no puedo quejarme. Sirius y yo fuimos invitados a donde los Potter. Peter no pudo ir.

Lily rodó los ojos.

―Oh, sí. Supongo que se divirtieron mucho haciendo cualquier cosa que Potter los haya convencido de hacer.

Remus soltó una carcajada. Sabía que Lily no la llevaba mal con ellos, sólo quería que James la dejase en paz por un rato.

―Ha cambiado ―dijo Remus―, en serio. Te sorprenderás tanto como nosotros.

Lily lo miró sonriendo de lado.

―Estoy impaciente por verlo ―anunció, sarcásticamente.

Aquella noche, mientras se cubría con las mantas después de cerrar los doseles de su cama, Lily volvió a pensar en muchas cosas. Primero pensó en Marlene, en cómo quisiera poder protegerla y que ninguna cosa mala le sucediera. Los McKinnon estarían locos si la obligaban a casarse con Rowle pero, al menos, estaba a salvo aún por un año. Y lo que había dicho Mary sobre la Orden, ¿y si Lily decidía que quería entrar? Sabía que si así lo hacía, entonces debería cortar comunicación con toda su familia. No era seguro. Incluso sabiendo que era por un bien mayor, Lily no estaba segura de poder enfrentarse al mundo mágico sola. Porque así sería como estaría después de Hogwarts, por su cuenta. Y, ¿por qué no había tenido que gritarle a James? ¿Había dejado de quererla finalmente? ¿Eso la hacía sentirse bien? No encontró respuestas.