← Antes de que todo termine · de
Antes de que todo termine — capítulo 2
II
El primer día de clases Lily despertó fresca como la flor que le daba nombre. Tenía el pelirrojo cabello enredado, un poco de baba seca en la comisura de los labios, y todas las cobijas de su cama habían terminado en el suelo por alguna inexplicable razón.
Se duchó, se peinó y se vistió en poco tiempo. Mientras Marlene y Mary terminaban de maquillarse, Lily guardó todos sus libros y pergaminos en la mochila y salió disparada al Gran Comedor. Aquél iba a ser un gran año, ¡había tantas cosas por aprender! Y para eso necesitaba desayunar bien. Fue de las primeras alumnas en zamparse el desayuno (tostadas, fruta, jugos y deliciosas tartas) y cuando Marlene y Mary llegaron junto a ella, estaba a punto de terminar.
―Nunca he entendido cómo haces eso ―reclamó Mary.
―Puro entusiasmo ―dijo Marlene, sirviéndose en su plato. Se vio interrumpida por un gran estruendo. Varios alumnos buscaron el lugar donde se había producido aquello. Venía de afuera. Los curiosos se levantaron a ver qué pasaba, Mary entre ellos.
Cuando regresó, lucía asombrada.
―Un chico de sexto ha intentado tirar de las escaleras a Nymphadora. ¡Allá afuera hay un gran alboroto! Y a que no creen quién está peleándose con el idiota. ¡Lupin! ¡Remus Lupin!
La boca de Lily se abrió en una perfecta O. No podía creerle a Mary. ¿Lupin? ¡Pero si era prefecto como ella! Una pelea, ¡y además de todo en el primer día de clases! Sin embargo, el chico probablemente se lo merecía. Y si alguien había querido lastimar a una pobre chica de primero sin que los prefectos de Hufflepuff parecieran tener intenciones de intervenir, entonces sería ella quien lo haría. Nunca había soportado a los idiotas que creían divertido molestar a los novatos.
Se levantó hecha una furia, casi echando humo por las orejas.
―¿Quién es, Mary?
Mary la veía con los ojos como platos. Creía que nunca había visto a Lily tan molesta.
―Mulciber.
Lily enrojeció más si pudo. Aquél era uno de los estúpidos amigos de Snape. Uno de los llamados mortífagos.
El Gran Comedor quedó en silencio absoluto cuando vieron a Lily Evans avanzando, hecha un demonio, hacia la puerta doble de madera.
Afuera, la pobre Nymphadora lloraba asustada, observando cómo Remus golpeaba a Mulciber una y otra vez. Los refuerzos del mortífago llegaban, entonces era el momento perfecto para actuar. Lily se metió en la pelea sin pensarlo. ¿Y dónde jodidos estaban los idiotas de Black y Potter cuando uno los necesitaba? Aquello pasó por su mente mientras recibía dolorosos golpes al tiempo que ella soltaba los suyos, ya enredada en una bola de piernas y cabellos de los cuales el suyo era el que más sobresalía.
―¡Tú no te metas, sangre sucia! ―soltó uno de los amigotes de Mulciber. Lily, que respiraba agitadamente, con algunos moretones y los cabellos bien enredados, lo miró. En ese momento aquél grandote supo (cosa que le ayudaría en posteriores peleas con la Orden del Fénix) que Lily Evans no era una chica cobarde. El puño de Lily se vio atraído hacia atrás como por una fuerza misteriosa y luego ¡bam! De un resorteo, lo único que sabía era que dos de los dientes del tipo habían salido volando misteriosamente de su cara.
Fue entonces cuando la pelirroja se detuvo. ¿Qué demonios estaba haciendo? ¡Pero si no debía comportarse así!
―¡Señor Lupin, señorita Evans! ¿Qué se supone que es este alboroto? ¡A la oficina del profesor Dumbledore, ahora!
Remus y Lily se miraron, abochornados. Todos los observadores, que los habían estado abucheando o animando, dependiendo el caso, se dispersaron en ese momento.
Fue como si las cosas debieran ser lo más vergonzosas posibles. En ese momento entraban al pasillo Sirius y James. Ambos se quedaron mudos al ver la escena, a lo que luego comenzaron a reír a carcajadas. Nymphadora temblaba aún.
―¡Ustedes también, Black y Potter!
El semblante de James cambió.
―¿Qué? ¡Pero, profesora! ¡nosotros no hemos hecho absolutamente nada!
McGonagall estaba estupefacta.
―Y cómo será que no me creo esa. Y ustedes acompáñenme, hablaré con el profesor Slughorn acerca de su conducta.
De pronto los únicos en el pasillo eran ellos cuatro y Nymphadora. Remus se acercó a hablar con ella mientras Lily intentaba, lo más discretamente posible, acomodarse el uniforme. James enarcó una ceja.
―¿Ahora juegas del bando divertido, Evans? ―preguntó. No había amor bobalicón en su voz como tantas otras veces. Había un sarcasmo frío que heló a Lily por completo.
―No te incumbe, Potter.
Y James-el-idiota-egocéntrico-Potter, por primera vez, se quedó callado.
¿Qué demonios estaba pasando?
Lily se dirigió a la oficina del profesor Dumbledore, completamente anonadada. Por Merlín, no entendía muchas cosas. Primero, ¿cómo era que ella, Lily Evans, había sido capaz de golpear a algún alumno de aquella manera? ¿Cómo era que Potter no había estado implicado en eso y por qué la ignoraba? Estaba frente a la gárgola que daba al despacho de Dumbledore, pero notó que no sabía la contraseña.
―Grajeas de moco ―dijo una voz a sus espaldas, una pretenciosa y odiosa voz.
―Qué, no me digas que ya habías venido, Canuto.
―McGonny me la dijo para asegurarse de que no tuviéramos excusas para no entrar ―se encogió de hombros Black.
―Bueno, Evans. ¿Qué esperas? ―dijo James, dirigiéndose a ella.
Lily sacudió la cabeza y subió las escaleras, ignorándolo.
―Adelante ―dijo la voz del profesor.
Lily empujó la puerta. Era indescriptible la vergüenza que sintió al estar frente al profesor. A su lado, Black tenía la camisa desfajada y la corbata deshecha, James llevaba el suéter al revés y Remus parecía más tembloroso de lo normal.
―Adivino que no están aquí precisamente por felicitaciones, ¿me equivoco? ―el profesor los miró a través de sus lentes de media luna.
Los chicos le explicaron lo que había sucedido, incluido el hecho de que James y Sirius no tenían absolutamente nada que ver.
Mientras lo hacían, Lily no pudo evitar que un intenso rubor se expandiera por sus mejillas. Sentía que James la miraba, pero quizá eran imaginaciones suyas, pues parecía que al chico ya no le interesaba ella.
―De acuerdo ―dijo el profesor, finalmente. No parecía muy alarmado con los sucesos―. Les creo absolutamente todo, sé que no es el estilo del señor Lupin buscar peleas, así que tendrán un castigo sencillo. A partir de hoy y hasta el fin de mes, serán encargados de ayudar en las cocinas una hora después de clases.
¡Una hora! Pero si habría muchas cosas por estudiar, tantas que Lily sabía que su cerebro trabajaría a toda máquina. ¡Y ahora además tenía que compartir una hora de su valioso día con aquellos idiotas!
―Pero, profesor…
―Estoy seguro de que no tiene problema alguno con ello, señorita Evans. Ahora pueden retirarse a clases, al profesor Binns no le hará gracia que lleguen tarde.
Qué mal día. En serio. Hubiera deseado no haber hecho aquello, pero recordó el rostro asustado de Nymphadora. Por las cosas que Lily creía que merecían la pena, iba a pelear hasta desgarrarse el uniforme y aunque la expulsasen de Hogwarts.
―Escuché que se metió en una pelea…
―Sí, pero no puede ser, ¡es Evans!
―Mírala, quizá le hayan prohibido ser prefecta.
Lily estaba a punto de levantarse de su silla en la sección de pociones para ir y golpear a todos aquellos que se creían lo suficientemente sutiles como para hablar de ella justo en sus narices. Llevaba casi dos horas así y su paciencia se estaba agotando. El primer día sin duda, después del incidente, había sido alentador. Las materias parecían más interesantes que de costumbre y Lily estaba muy ansiosa por aprenderlo todo. Aún después de siete años no se creía la mayoría de las cosas, la magia. Era sensacional. El mundo era perfecto con ella.
―Te lo dije, ¿a que sí? Tiene pinta de novia de Lupin.
Aquello fue la gota que colmó el vaso. Lily cerró el libro tan de golpe que éste soltó una nube de polvo que hizo estornudar a todos los estudiantes en un metro cuadrado a la redonda. Aguantándose las ganas de hacer lo mismo, con los ojos llorosos por el polvo, se levantó y salió de ahí. Necesitaba despejarse.
―¡Tonks, Tonks! ―Lily se detuvo en seco tras escuchar la voz de Remus. Vio a la pálida y pelirrosa niña caminar con la cabeza muy agachada y luego a Remus, que no se había percatado de la presencia de Lily, y prefirió esconderse. ―Oye, Tonks. Aguarda.
Lily vio a Nymphadora (no, Tonks, se recordó) secarse unas lágrimas. Remus llegó hasta la niña y la sujetó el hombro.
―Sólo quería asegurarme de que estés bien, después de lo que pasó esta mañana.
Tonks asintió, su cabello cambió furiosamente a rojo.
―Estoy bien, gracias. Siempre he sido de lo más torpe, de todos modos. Hubiese caído por las escaleras con o sin ayuda de ese Slytherin.
Remus soltó una carcajada. Tonks lo miró con una sonrisa ladeada.
―En el primer día todo asusta. También lo recuerdo. Sabes que puedes buscarme cuando quieras. Lo sabes, ¿verdad?
La metamorfomaga afirmó vigorosamente con la cabeza.
―Lo haré.
Lily decidió darles su espacio. Después de todo, pensó, aquello era por lo que Remus le caía tan bien. Era gentil y amable y trataba de consolar a todos.
Volvió a pensar en la Orden del Fénix. Sí. Lily quería luchar por el futuro de niñas como Tonks. Quería que esas personas tuviesen sus mejores años en Hogwarts y que, al salir, pudiesen disfrutar de la misma manera del mundo mágico.