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Historia 190400 — capítulo 19

Mientras las lechuzas aún volaban por el Gran Comedor, como de costumbre,

la atención de todos se fijó de inmediato en un paquete largo y delgado, que

llevaban seis lechuzas blancas. Harry estaba tan interesado como los demás

en ver qué contenía, y se sorprendió mucho cuando las lechuzas bajaron y

dejaron el paquete frente a él, tirando al suelo su tocino. Se estaban alejando,

cuando otra lechuza dejó caer una carta sobre el paquete.

Harry abrió el sobre para leer primero la carta y fue una suerte, porque

decía:

NO ABRAS EL PAQUETE EN LA MESA Contiene tu nueva Nimbus

2.000, pero no quiero que todos sepan que te han comprado una

escoba, porque también querrán una. Oliver Wood te esperará esta

noche en el campo de**quidditch a las siete, para tu primera sesión de

entrenamiento.

Profesora McGonagall

Harry tuvo dificultades para ocultar su alegría, mientras le alcanzaba la

nota a Ron.

—¡Una Nimbus 2.000! —gimió Ron con envidia—. Yo nunca he tocado

ninguna.

Salieron rápidamente del comedor para abrir el paquete en privado, antes

de la primera clase, pero a mitad de camino se encontraron con Crabbe y Goyle, que les cerraban el camino. Malfoy le quitó el paquete a Harry y lo

examinó.

—Es una escoba —dijo, devolviéndoselo bruscamente, con una mezcla de

celos y rencor en su cara—. Esta vez lo has hecho, Potter. Los de primer año

no tienen permiso para tener una.

Ron no pudo resistirse.

—No es ninguna escoba vieja —dijo—. Es una Nimbus 2.000. ¿Cuál dijiste

que tenías en casa, Malfoy, una Comet 260? —Ron rió con aire burlón—. Las

Comet parecen veloces, pero no tienen nada que hacer con las Nimbus.

—¿Qué sabes tú, Weasley, si no puedes comprar ni la mitad del palo? —

replicó Malfoy—. Supongo que tú y tus hermanos tenéis que ir reuniendo la

escoba ramita a ramita.

Antes de que Ron pudiera contestarle, el profesor Flitwick apareció detrás

de Malfoy

—No estaran peleando, ¿verdad, chicos? —preguntó con voz chillona.

—A Potter le han enviado una escoba, profesor —dijo rápidamente Malfoy.

—Sí, sí, está muy bien —dijo el profesor Flitwick, mirando radiante a

Harry—. La profesora McGonagall me habló de las circunstancias especiales,

Potter. ¿Y qué modelo es?

—Una Nimbus 2.000, señor —dijo Harry, tratando de no reír ante la cara

de horror de Malfoy—. Y realmente es gracias a Malfoy que la tengo.

Harry y Ron subieron por la escalera, conteniendo la risa ante la evidente furia y confusión de Malfoy.

—Bueno, es verdad —continuó Harry cuando llegaron al final de la

escalera de mármol—. Si él no hubiera robado la Recordadora de Neville, yo

no estaría en el equipo...

—¿Así que crees que es un premio por quebrantar las reglas? —Se oyó

una voz irritada a sus espaldas. Hermione subía la escalera, mirando con aire

de desaprobación el paquete de Harry

—Pensaba que no nos hablabas —dijo Harry.

—Sí, continúa así —dijo Ron—. Es mucho mejor para nosotros.

Hermione se alejó con la nariz hacia arriba.

Durante aquel día, Harry tuvo que esforzarse por atender a las clases. Su

mente volvía al dormitorio, donde su escoba nueva estaba debajo de la cama,

o se iba al campo de quidditch, donde aquella misma noche aprendería a jugar.

Durante la cena comió sin darse cuenta de lo que tragaba, y luego se apresuró a subir con Ron, para sacar; por fin, a la Nimbus 2.000 de su paquete.

—Oh —suspiró Ron, cuando la escoba rodó sobre la colcha de la cama de

Harry.

Hasta Harry, que no sabía nada sobre las diferencias en las escobas,

pensó que parecía maravillosa. Pulida y brillante, con el mango de caoba, tenía

una larga cola de ramitas rectas y, escrito en letras doradas: «Nimbus 2.000».

Cerca de las siete, Harry salió del castillo y se encaminó hacia el campo de

quidditch. Nunca había estado en aquel estadio deportivo. Había cientos de

asientos elevados en tribunas alrededor del terreno de juego, para que los

espectadores estuvieran a suficiente altura para ver lo que ocurría. En cada

extremo del campo había tres postes dorados con aros en la punta. Le

recordaron los palitos de plástico con los que los niños muggleshacían

burbujas, sólo que éstos eran de quince metros de alto.

Demasiado deseoso de volver a volar antes de que llegara Wood, Harry

montó en su escoba y dio una patada en el suelo. Qué sensación. Subió hasta

los postes dorados y luego bajó con rapidez al terreno de juego. La Nimbus

2.000 iba donde él quería con sólo tocarla.

—¡Eh, Potter, baja!

Había llegado Oliver Wood. Llevaba una caja grande de madera debajo del

brazo. Harry aterrizó cerca de él.

—Muy bonito —dijo Wood, con los ojos brillantes—. Ya veo lo que quería

decir McGonagall, realmente tienes un talento natural. Voy a enseñarte las

reglas esta noche y luego te unirás al equipo, para el entrenamiento, tres veces

por semana.

Al acabar su primer entrenamiento, regresaron adentro.

—La copa de quidditchllevará nuestro nombre este año —dijo Wood lleno

de alegría mientras entraban al castillo—. No me sorprendería que resultaras

ser mejor jugador que Charles Weasley. Él podría jugar en el equipo de Inglaterra

si no se hubiera ido a cazar dragones.

En la mañana de Halloween se despertaron con el delicioso aroma de

calabaza asada flotando por todos los pasillos. Pero lo mejor fue que el

profesor Flitwick anunció en su clase de Encantamientos que pensaba que ya

estaban listos para empezar a hacer volar objetos, algo que todos se morían

por hacer; desde que vieron cómo hacía volar el sapo de Neville. El profesor

Flitwick puso a la clase por parejas para que practicaran. La pareja de Harry

era Seamus Finnigan (lo que fue un alivio, porque Neville había tratado de

llamar su atención). Ron, sin embargo, tuvo que trabajar con Hermione Granger. Era difícil decir quién estaba más enfadado de los dos. La muchacha

no les hablaba desde el día en que Harry recibió su escoba.

—Y ahora no se olviden de ese bonito movimiento de muñeca que hemos

estado practicando —dijo con voz aguda el profesor; subido a sus libros, como

de costumbre—. Agitar y golpear; recuerden, agitar y golpear. Y pronunciar las

palabras mágicas correctamente es muy importante también, no olviden

nunca del mago Baruffio, que dijo «ese» en lugar de «efe» y se encontró tirado

en el suelo con un búfalo en el pecho.

Era muy difícil. Harry y Seamus agitaron y golpearon, pero la pluma que

debía volar hasta el techo no se movía del pupitre. Seamus se puso tan

impaciente que la pinchó con su varita y le prendió fuego, y Harry tuvo que

apagarlo con su sombrero.

Ron, en la mesa próxima, no estaba teniendo mucha más suerte.

—¡Wingardium leviosa!—gritó, agitando sus largos brazos como un

molino.

—Lo estás diciendo mal. —Harry oyó que Hermione lo reñía—. Es Wingar-

dium levi-o-sa, pronuncia garmás claro y más largo.

—Dilo, tú, entonces, si eres tan inteligente —dijo Ron con rabia.

Hermione se arremangó las mangas de su túnica, agitó la varita y dijo las

palabras mágicas. La pluma se elevó del pupitre y llegó hasta más de un metro

por encima de sus cabezas.

—¡Oh, bien hecho! —gritó el profesor Flitwick, aplaudiendo—. ¡Miren,

Hermione Granger lo ha conseguido!

Al finalizar la clase, Ron estaba de muy mal humor.

—No es raro que nadie la aguante —dijo a Harry, cuando se abrían paso

en el pasillo—. Es una pesadilla, te lo digo en serio.

Alguien chocó contra Harry. Era Hermione. Harry pudo ver su cara y le

sorprendió ver que estaba llorando.

—Creo que te ha oído.

—¿Y qué? —dijo Ron, aunque parecía un poco incómodo—. Ya debe de

haberse dado cuenta de que no tiene amigos.

Hermione no apareció en la clase siguiente y no la vieron en toda la tarde.

De camino al Gran Comedor, para la fiesta de Halloween, Harry y Ron oyeron

que Parvati Patil le decía a su amiga Lavender que Hermione estaba llorando

en el cuarto de baño de las niñas y que deseaba que la dejaran sola. Ron

pareció más molesto aún, pero un momento más tarde habían entrado en el

Gran Comedor; donde las decoraciones de Halloween les hicieron olvidar a

Hermione.

Mil murciélagos aleteaban desde las paredes y el techo, mientras que otro

millar más pasaba entre las mesas, como nubes negras, haciendo temblar las

velas de las calabazas. El festín apareció de pronto en los platos dorados,

como había ocurrido en el banquete de principio de año.

Harry se estaba sirviendo una patata con su piel, cuando el profesor

Quirrell llegó rápidamente al comedor; con el turbante torcido y cara de terror.

Todos lo contemplaron mientras se acercaba al profesor Dumbledore, se

apoyaba sobre la mesa y jadeaba:

—Un trol... en las mazmorras... Pensé que debía saberlo.

Y se desplomó en el suelo.

Se produjo un tumulto. Para que se hiciera el silencio, el profesor

Dumbledore tuvo que hacer salir varios fuegos artificiales de su varita.

—Prefectos —exclamó—, conducid a vuestros grupos a los dormitorios, de

inmediato.

Percy estaba en su elemento.

—¡Siganme! ¡Los de primer año, mantenganse juntos! ¡No deberan temer

al trol si siguen mis órdenes! Ahora, vengan conmigo. Hagan sitio, tienen que

pasar los de primer año. ¡Perdón, soy un prefecto!

—¿Cómo ha podido entrar aquí un trol? —preguntó Harry, mientras subían

por la escalera.

—No tengo ni idea, parece ser que son realmente estúpidos —dijo Ron—. Tal vez Peeves lo dejó entrar; como broma de Halloween.

Pasaron entre varios grupos de alumnos que corrían en distintas

direcciones. Mientras se abrían camino entre un tumulto de confundidos

Hufflepuffs, Harry súbitamente se aferró al brazo de Ron.

—¡Acabo de acordarme... Hermione!

—¿Qué pasa con ella?

—No sabe nada del trol.

Ron se mordió el labio.

—Oh, bueno —dijo enfadado—. Pero que Percy no nos vea.

Se agacharon y se mezclaron con los Hufflepuffs que iban hacia el otro

lado, se deslizaron por un pasillo desierto y corrieron hacia el cuarto de baño

de las niñas. Acababan de doblar una esquina cuando oyeron pasos rápidos a

sus espaldas.

—¡Percy! —susurró Ron, empujando a Harry detrás de un gran buitre de piedra.

Sin embargo, al mirar; no vieron a Percy, sino a Snape. Cruzó el pasillo y

desapareció de la vista.

—¿Qué es lo que está haciendo? —murmuró Harry—. ¿Por qué no está en

las mazmorras, con el resto de los profesores?

—No tengo la menor idea.

Lo más silenciosamente posible, se arrastraron por el otro pasillo, detrás

de los pasos apagados del profesor.

—Se dirige al tercer piso —dijo Harry, pero Ron levantó la mano.

—¿No sientes un olor raro?

Harry olfateó y un aroma especial llegó a su nariz, una mezcla de

calcetines sucios y baño público que nadie limpia.

Y lo oyeron, un gruñido y las pisadas inseguras de unos pies gigantescos.

Ron señaló al fondo del pasillo, a la izquierda. Algo enorme se movía hacia

ellos. Se ocultaron en las sombras y lo vieron surgir a la luz de la luna.

Era una visión horrible. Más de tres metros y medio de alto y tenía la piel

de color gris piedra, un descomunal cuerpo deforme y una pequeña cabeza

pelada. Tenía piernas cortas, gruesas como troncos de árbol, y pies achatados

y deformes. El olor que despedía era increíble. Llevaba un gran bastón de

madera que arrastraba por el suelo, porque sus brazos eran muy largos.

El monstruo se detuvo en una puerta y miró hacia el interior. Agitó sus

largas orejas, tomando decisiones con su minúsculo cerebro, y luego entró

lentamente en la habitación.

—La llave está en la cerradura —susurró Harry—. Podemos encerrarlo allí.

—Buena idea —respondió Ron con voz agitada.

Se acercaron hacia la puerta abierta con la boca seca, rezando para que el

trol no decidiera salir. De un gran salto, Harry pudo empujar la puerta y echarle

la llave.

—¡Sí!

Animados con la victoria, comenzaron a correr por el pasillo para volver,

pero al llegar a la esquina oyeron algo que hizo que sus corazones se

detuvieran: un grito agudo y aterrorizado, que procedía del lugar que acababan

de cerrar con llave.

—Oh, no —dijo Ron, tan pálido como el Barón Sanguinario.

—¡Es el cuarto de baño de las chicas! —bufó Harry.

Era lo último que querían hacer; pero ¿qué opción les quedaba? Volvieron

a toda velocidad hasta la puerta y dieron la vuelta a la llave, resoplando de

miedo. Harry empujó la puerta y entraron corriendo.

Hermione Granger estaba agazapada contra la pared opuesta, con aspecto

de estar a punto de desmayarse. El personaje deforme avanzaba hacia ella,

chocando contra los lavamanos.

—¡Distráelo! —gritó Harry desesperado y tirando de un grifo, lo arrojó con

toda su fuerza contra la pared.

El trol se detuvo a pocos pasos de Hermione. Se balanceó, parpadeando

con aire estúpido, para ver quién había hecho aquel ruido. Sus ojitos malignos

detectaron a Harry Vaciló y luego se abalanzó sobre él, levantando su bastón.

—¡Eh, cerebro de guisante! —gritó Ron desde el otro extremo, tirándole

una cañería de metal. El ser deforme no pareció notar que la cañería lo

golpeaba en la espalda, pero sí oyó el aullido y se detuvo otra vez, volviendo su

horrible hocico hacia Ron y dando tiempo a Harry para correr.

—¡Vamos, corre, corre! —Harry gritó a Hermione, tratando de empujarla

hacia la puerta, pero la niña no se podía mover. Seguía agazapada contra la

pared, con la boca abierta de miedo.

Los gritos y los golpes parecían haber enloquecido al trol. Se volvió y se

enfrentó con Ron, que estaba más cerca y no tenía manera de escapar.

Entonces Harry hizo algo muy valiente y muy estúpido: corrió, dando un

gran salto y se colgó, por detrás, del cuello de aquel monstruo. La atroz criatura

no se daba cuenta de que Harry colgaba de su espalda, pero hasta un ser así

podía sentirlo si uno le clavaba un palito de madera en la nariz, pues la varita

de Harry todavía estaba en su mano cuando saltó y se había introducido

directamente en uno de los orificios nasales del trol.

Chillando de dolor; el trol se agitó y sacudió su bastón, con Harry colgado

de su cuello y luchando por su vida. En cualquier momento el monstruo lo

destrozaría, o le daría un golpe terrible con el bastón.

Hermione estaba tirada en el suelo, aterrorizada. Ron empuñó su propia

varita, sin saber qué iba a hacer; y se oyó gritar el primer hechizo que se le

ocurrió:

—¡Wingardium leviosa!

El bastón salió volando de las manos del trol, se elevó, muy arriba, y luego

dio la vuelta y se dejó caer con fuerza sobre la cabeza de su dueño. El trol se

balanceó y cayó boca abajo con un ruido que hizo temblar la habitación.

Harry se puso de pie. Le faltaba el aire. Ron estaba allí, con la varita

todavía levantada, contemplando su obra.

Hermione fue la que habló primero.

—¿Está... muerto?

—No lo creo —dijo Harry—. Supongo que está desmayado.

Se inclinó y retiró su varita de la nariz del trol. Estaba cubierta por una

gelatina gris.

—Puaj... qué asco.

La limpió en la piel del trol.

Un súbito portazo y fuertes pisadas hicieron que los tres se sobresaltaran.

No se habían dado cuenta de todo el ruido que habían hecho, pero, por

supuesto, abajo debían haber oído los golpes y los gruñidos del trol. Un

momento después, la profesora McGonagall entraba apresuradamente en la

habitación, seguida por Snape y Quirrell, que cerraban la marcha. Quirrell

dirigió una mirada al monstruo, se le escapó un gemido y se dejó caer en un

inodoro, apretándose el pecho.

Snape se inclinó sobre el trol. La profesora McGonagall miraba a Ron y

Harry Nunca la habían visto tan enfadada. Tenía los labios blancos. Las

esperanzas de ganar cincuenta puntos para Gryffindor se desvanecieron

rápidamente de la mente de Harry.

—¿En qué estabais pensando, por todos los cielos? —dijo la profesora

McGonagall, con una furia helada. Harry miró a Ron, todavía con la varita

levantada—. Tenéis suerte de que no os haya matado. ¿Por qué no estabais

en los dormitorios?

Snape dirigió a Harry una mirada aguda e inquisidora. Harry clavó la vista

en el suelo. Deseó que Ron pudiera esconder la varita.

Entonces, una vocecita surgió de las sombras.

—Por favor; profesora McGonagall... Me estaban buscando a mí.

—¡Hermione Granger!

Hermione finalmente se había puesto de pie.

—Yo vine a buscar al trol porque yo... yo pensé que podía vencerlo, porque, ya sabe, había leído mucho sobre el tema.

Ron dejó caer su varita. ¿Hermione Granger diciendo una mentira a su

profesora?

—Si ellos no me hubieran encontrado, yo ahora estaría muerta. Harry le

clavó su varita en la nariz y Ron lo hizo golpearse con su propio bastón. No

tuvieron tiempo de ir a buscar ayuda. Estaba a punto de matarme cuando ellos

llegaron.

Harry y Ron trataron de no poner cara de asombro.

—Bueno... en ese caso —dijo la profesora McGonagall, contemplando a

los tres niños—... Hermione Granger; eres una tonta. ¿Cómo creías que ibas a

derrotar a un trol gigante tú sola?

Hermione bajó la cabeza. Harry estaba mudo. Hermione era la última

persona que haría algo contra las reglas, y allí estaba, fingiendo una infracción

para librarlos a ellos del problema. Era como si Snape empezara a repartir

golosinas.

—Hermione Granger, por esto Gryffindor perderá cinco puntos —dijo la

profesora McGonagall—. Estoy muy desilusionada por tu conducta. Si no te ha

hecho daño, mejor que vuelvas a la torre Gryffindor. Los alumnos están

terminando la fiesta en sus casas.

Hermione se marchó.

La profesora McGonagall se volvió hacia Harry y Ron.

—Bueno, sigo pensando que tuvisteis suerte, pero no muchos de primer

año podrían derrumbar a esta montaña. Habéis ganado cinco puntos cada uno

para Gryffindor. El profesor Dumbledore será informado de esto. Podéis iros.

Salieron rápidamente y no hablaron hasta subir dos pisos. Era un alivio

estar fuera del alcance del olor del trol, además del resto.

—Tendríamos que haber obtenido más de diez puntos —se quejó Ron.

—Cinco, querrás decir; una vez que se descuenten los de Hermione.

—Se portó muy bien al sacarnos de este lío —admitió Ron—. Claro que

nosotros la salvamos.

—No habría necesitado que la salváramos si no hubiéramos encerrado esa

cosa con ella —le recordó Harry.

Habían llegado al retrato de la Dama Gorda.

—Hocico de cerdo —dijeron, y entraron.

La sala común estaba llena de gente y ruidos. Todos comían lo que les

habían subido. Hermione, sin embargo, estaba sola, cerca de la puerta,

esperándolos. Se produjo una pausa muy incómoda. Luego, sin mirarse, todos

dieron: «Gracias» y corrieron a buscar platos para comer.

Pero desde aquel momento Hermione Granger se convirtió en su amiga.

Hay algunas cosas que no se pueden com partir sin terminar unidos, y

derrumbar un trol de tres metros y medio es una de esas cosas