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Historia 190400 — capítulo 30
Llevaban casi un mes ahí y aquel niño siempre estaba solo, aún no había hecho amigos. Harry observo a Andrew Dugés y sintió compasión, el había caminado en esos zapatos, sabía perfectamente lo que era que tus compañeros no te hicieran caso. Esa tarde, Ron cumplía un castigo por golpear a goyle en la nariz, Hermione estaba en biblioteca y regresaba de entrenar, se acercó al gryffindor de primer año.
—Hola…¿puedo sentarme?
—Claro—sonrió el niño con amabilidad
—soy…
—Andrew…Hagrid me lo contó…tú también hablas en ocasiones con el ¿no?
—si…
—¿quieres salir pasear por los terrenos?
El muchacho aceptó, Harry subió a cambiarse el uniforme de gryffindor y el chico Andrew dejó sus libros, salieron juntos al patio.
—escuche que acabas de mudarte...
—si..Mi madre es inglesa…estudio aquí, pero se mudo a Francia antes de que yo naciera. Le ofrecieron un puesto aquí en el ministerio de magia, en el departamento de cooperación Mágica internacional y lo aceptó. Llegamos aquí a fines de agosto. Mi abuela es inglesa, mi abuelo es francés…pero murieron cuando yo tenía tres años.
—¿Y tu papá?
—No lo conozco—Dijo el chico apenado.
—Yo tampoco conocía a mis padres, es decir…ellos tuvieron que dejarme con mi tía cuando yo era un bebe, todos los creían muertos…aparecieron cuando yo tenía diez.
—¿De veras están vivos? No lo sabíamos…Mi mamá siempre me habló de la tuya, eran compañeras aquí en hogwarts.
—El mundo mágico no lo supo hasta el año pasado…quizás como aun estaban en Francia no se enteraron…¿ tu madre se llama Eva?
—si…
—mis padres también me hablaron de ella con cariño…Le diré a mamá que esta aquí para que se ponga en contacto con ella. Se que no saben nada de sus antiguos compañeros….han estado viviendo como muggles.
—¿Tienes hermanos?
—Tengo tres…dos mujeres y un varón…Jo entrara a hogwarts el próximo año, Amanda y Christopher tienen un año.
—soy hijo único…yo solo tengo a mi madre.
—Hace un rato, Nick casi decapitado, me invitó a su cumpleaños de muerte,dijo que podía llevar a alguien, mis amigos y yo iremos juntos…quieres ir…pasaremos un rato y luego iremos a la fiesta en el gran comedor.
—bien….y si quieres puedes juntarte con nosotros.
—¡Genial! Mamá estaba preocupada de que no tuviera amigos… Cuando sepa que soy amigo del hijo de sus amigos se pondrá feliz.
—seguro la mía estará alegre se saber quién es mi amigo.
Alas siete en punto, Harry, Ron , Andrew y Hermione atravesaron el Gran
Comedor, que estaba lleno a rebosar y donde brillaban tentadoramente los
platos dorados y las velas, y dirigieron sus pasos hacia las mazmorras.
También estaba iluminado con hileras de velas el pasadizo que conducía a
la fiesta de Nick Casi Decapitado, aunque el efecto que producían no era
alegre en absoluto, porque eran velas largas y delgadas, de color negro azabache, con una llama azul brillante que arrojaba una luz oscura y fantasmal
incluso al iluminar las caras de los vivos. La temperatura descendía a cada
paso que daban. Al tiempo que se ajustaba la túnica, Harry oyó un sonido
como si mil uñas arañasen una pizarra.
—¿A esto le llaman música? —se quejó Ron. Al doblar una esquina del
pasadizo, encontraron a Nick Casi Decapitado ante una puerta con colgaduras
negras.
—Queridos amigos —dijo con profunda tristeza—, bienvenidos,
bienvenidos... Os agradezco que hayáis venido...
Hizo una floritura con su sombrero de plumas y una reverencia señalando
hacia el interior.
Lo que vieron les pareció increíble. La mazmorra estaba llena de cientos
de personas transparentes, de color blanco perla. La mayoría se movían sin
ánimo por una sala de baile abarrotada, bailando el vals al horrible y trémulo
son de las treinta sierras de una orquesta instalada sobre un escenario vestido
de tela negra. Del techo colgaba una lámpara que daba una luz azul
medianoche. Al respirar les salía humo de la boca; aquello era como estar en
un frigorífico.
—¿Damos una vuelta? —propuso Harry, con la intención de calentarse los
pies.
—Cuidado no vayas a atravesar a nadie —advirtió Ron, algo nervioso,
mientras empezaban a bordear la sala de baile. Pasaron por delante de un
grupo de monjas fúnebres, de una figura harapienta que arrastraba cadenas y
del Fraile Gordo, un alegre fantasma de Hufflepuff que hablaba con un
caballero que tenía clavada una flecha en la frente. Harry no se sorprendió de
que los demás fantasmas evitaran al Barón Sanguinario, un fantasma de
Slytherin, adusto, de mirada impertinente y que exhibía manchas de sangre
plateadas.
—Oh, no —dijo Hermione, parándose de repente—. Volvamos, volvamos,
no quiero hablar con Myrtle la Llorona.
—¿Con quién? —le preguntó Harry, retrocediendo rápidamente.
—Ronda siempre los lavabos de chicas del segundo piso —dijo Hermione.
—¿Los lavabos? —Preguntó Andy.
—Sí. No los hemos podido utilizar en todo el curso porque siempre le dan
tales llantinas que lo deja todo inundado. De todas maneras, nunca entro en
ellos si puedo evitarlo, es horroroso ir al servicio mientras la oyes llorar.
—¡Mira, comida! —dijo Ron.
Al otro lado de la mazmorra había una mesa larga, cubierta también con
terciopelo negro. Se acercaron con entusiasmo, pero ante la mesa se quedaron
inmóviles, horrorizados. El olor era muy desagradable. En unas preciosas
fuentes de plata había unos pescados grandes y podridos; los pasteles,
completamente quemados, se amontonaban en las bandejas; había un pastel
de vísceras con gusanos, un queso cubierto de un esponjoso moho verde y,
como plato estrella de la fiesta, un gran pastel gris en forma de lápida funeraria,
decorado con unas letras que parecían de alquitrán y que componían las
palabras:
Sir Nicholas de Mimsy-Porpington,
fallecido el 31 de octubre de 1492
Harry contempló, asombrado, que un fantasma corpulento se acercaba y,
avanzando en cuclillas para ponerse a la altura de la comida, atravesaba la
mesa con la boca abierta para ensartar por ella un salmón hediondo.
—¿Le encuentras el sabor de esa manera? —le preguntó Harry.
—Casi —contestó con tristeza el fantasma, y se alejó sin rumbo.
—Supongo que lo habrán dejado pudrirse para que tenga más sabor —dijo
Hermione con aire de entendida, tapándose la nariz e inclinándose para ver
más de cerca el pastel de vísceras podrido.
—Vámonos, me dan náuseas —dijo Andy
Harry sentía mucho frío, y no digamos hambre.
—No aguanto más —dijo Ron, con los dientes castañeteando, cuando la
orquesta volvió a tocar y los fantasmas volvieron al baile.
—Vámonos —dijo Harry.
Fueron hacia la puerta, sonriendo e inclinando la cabeza a todo el que los
miraba, y un minuto más tarde subían a toda prisa por el pasadizo lleno de
velas negras.
Quizás aún quede pudín —dijo Ron con esperanza, abriendo el camino
hacia la escalera del vestíbulo.
Y entonces Harry lo oyó.
—... Desgarrar... Despedazar... Matar...
Fue la misma voz, la misma voz fría, asesina, que había oído en el
despacho de Lockhart.
Trastabilló al detenerse, y tuvo que sujetarse al muro de piedra. Escuchó lo
más atentamente que pudo, al tiempo que miraba con los ojos entornados a
ambos lados del pasadizo pobremente iluminado.
—Harry, ¿qué...? —preguntó Ron
—Es de nuevo esa voz... Callen un momento...
—... deseado... durante tanto tiempo...
—¡Escuchen! —dijo Harry, y Ron Andrew y Hermione se quedaron inmóviles,
mirándole.
—... matar... Es la hora de matar...
La voz se fue apagando. Harry estaba seguro de que se alejaba... hacia
arriba. Al mirar al oscuro techo, se apoderó de él una mezcla de miedo y
emoción. ¿Cómo podía irse hacia arriba? ¿Se trataba de un fantasma, para
quien no era obstáculo un techo de piedra?
—¡Por aquí! —gritó, y se puso a correr escaleras arriba hasta el vestíbulo.
Allí era imposible oír nada, debido al ruido de la fiesta de Halloween que tenía
lugar en el Gran Comedor. Harry apretó el paso para alcanzar rápidamente el
primer piso. Los demás lo seguían.
—Harry, ¿qué estamos...? —preguntó Andy
—¡Chssst!
Harry aguzó el oído. En la distancia, proveniente del piso superior, y cada
vez más débil, oyó de nuevo la voz:... huelo sangre... ¡HUELO SANGRE!
El corazón le dio un vuelco.
—¡Va a matar a alguien! —gritó, y sin hacer caso de las caras
desconcertadas de los demas, subió el siguiente tramo saltando los
escalones de tres en tres, intentando oír a pesar del ruido de sus propios
pasos.
Harry recorrió a toda velocidad el segundo piso, Andy , Ron y Hermione lo
seguían jadeando. No pararon hasta que doblaron la esquina del último
corredor, también desierto.
—Harry, ¿qué pasaba? —le preguntó Ron, secándose el sudor de la cara.
Yo no oí nada...
Pero Hermione dio de repente un grito ahogado, y señaló al corredor.
—¡Miren!
Delante de ellos, algo brillaba en el muro. Se aproximaron, despacio,
intentando ver en la oscuridad con los ojos entornados. En el espacio entre dos
ventanas, brillando a la luz que arrojaban las antorchas, había en el muro unas
palabras pintadas de más de un palmo de altura.
LA CAMARA DE LOS SECRETOS HA SIDO ABIERTA.
TEMED, ENEMIGOS DEL HEREDERO.
—¿Qué es lo que cuelga ahí debajo? —preguntó Ron, con un leve temblor
en la voz.
Al acercarse más, Harry casi resbala por un gran charco de agua que
había en el suelo. Ron y Andy lo sostuvieron, y juntos se acercaron
despacio a la inscripción, con los ojos fijos en la sombra negra que se veía
debajo. Los tres comprendieron a la vez lo que era, y dieron un brinco hacia
atrás.
La *Señora Norris,*la gata del conserje, estaba colgada por la cola en una
argolla de las que se usaban para sujetar antorchas. Estaba rígida como una
tabla, con los ojos abiertos y fijos.
Durante unos segundos, no se movieron. Luego dijo Ron:
—Vámonos de aquí.
—No deberíamos intentar... —comenzó a decir Harry, sin encontrar las palabras.
— escúchenme —dijo Ron—; mejor que no nos encuentren aquí.
Pero era demasiado tarde. Un ruido, como un trueno distante, indicó que la
fiesta acababa de terminar. De cada extremo del corredor en que se
encontraban, llegaba el sonido de cientos de pies que subían las escaleras y la
charla sonora y alegre de gente que había comido bien. Un momento después,
los estudiantes irrumpían en el corredor por ambos lados.
La charla, el bullicio y el ruido se apagaron de repente cuando vieron la
gata colgada. Los cuatro chicos estaban solos, en medio del corredor,
cuando se hizo el silencio entre la masa de estudiantes, que presionaban hacia
delante para ver el truculento espectáculo.
Luego, alguien gritó en medio del silencio:
—¡Temed, enemigos del heredero! ¡Los próximos seréis los sangre sucia!
Era Draco Malfoy, que había avanzado hasta la primera fila. Tenía una
expresión alegre en los ojos, y la cara, habitualmente pálida, se le enrojeció al
sonreír ante el espectáculo de la gata que colgaba inmóvil.