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Historia 190400 — capítulo 31
—¿Qué pasa aquí? ¿Qué pasa?
Atraído sin duda por el grito dernMalfoy, Argus Filch se abría paso a
empujones. Vio a la Señora Norrisyrnse echó atrás, llevándose horrorizado las
manos a la cara.
—¡Mi gata! ¡Mi gata! ¿Qué le ha pasadorna la Señora Norris? —chilló. Con
los ojos fuera de las órbitas, se fijórnen Harry—. ¡Tú! —chilló—. ¡Tú! ¡Tú has
matado a mi gata! ¡Tú la has matado!rn¡Y yo te mataré a ti! ¡Te...!
—¡Argus!
Había llegado Dumbledore, seguido dernotros profesores. En unos segundos, pasó por delante de Harry, Ron, Hermione yrnAndrew. Entonces ,sacó a la Señora
Norrisde la argolla.
—Ven conmigo, Argus —dijo a Filch—.rnVosotros también, Potter, Weasley
Granger y Dugés.
Lockhart se adelantó algo asustado.
—Mi despacho es el más próximo,rndirector, nada más subir las escaleras.
Puede disponer de él.
—Gracias, Gilderoy —respondiórnDumbledore.
La silenciosa multitud se apartó pararndejarles paso. Lockhart, nervioso y
dándose importancia, siguió arnDumbledore a paso rápido; lo mismo hicieron la
profesora McGonagall y el profesorrnSnape.
Cuando entraron en el oscuro despachornde Lockhart, hubo gran revuelo en
las paredes; Harry se dio cuenta dernque algunas de las fotos de Lockhart se
escondían de la vista, porque llevabanrnlos rulos puestos. El Lockhart de carne y
hueso encendió las velas de su mesa yrnse apartó. Dumbledore dejó a la
Señora Norrissobre la pulidarnsuperficie y se puso a examinarla. Los cuatro estudiantes, intercambiaronrntensas miradas y, echando una ojeada a los demás,
se sentaron fuera de la zona iluminada por las velas.
Dumbledore acercó la punta de su narizrnlarga y ganchuda a una distancia
de apenas dos centímetros de la pielrnde la Señora Norris. Examinó el cuerpo
de cerca con sus lentes de media luna,rndándole golpecitos y reconociéndolo
con sus largos dedos. La profesorarnMcGonagall estaba casi tan inclinada como
él, con los ojos entornados. Snapernestaba muy cerca detrás de ellos, con una
expresión peculiar, como si estuvierarnhaciendo grandes esfuerzos para no
sonreír. Y Lockhart rondaba alrededorrndel grupo, haciendo sugerencias.
—Puede concluirse que fue un hechizornlo que le produjo la muerte..., quizá
la Tortura Metamórfica. He vistornmuchas veces sus efectos. Es una pena que
no me encontrara allí, porque conozcornel contrahechizo que la habría salvado.
Los sollozos sin lágrimas,rnconvulsivos, de Filch acompañaban los
comentarios de Lockhart. El conserjernse desplomó en una silla junto a la mesa,
con la cara entre las manos, incapazrnde dirigir la vista a la Señora Norris. Pese
a lo mucho que detestaba a Filch, Harryrnno pudo evitar sentir compasión por él,
aunque no tanta como la que sentía porrnsí mismo. Si Dumbledore creía a Filch,
lo expulsarían sin ninguna duda.
Dumbledore murmuraba ahora extrañasrnpalabras en voz casi inaudible.
Golpeó a la Señora Norriscon surnvarita, pero no sucedió nada; parecía como si
acabara de ser disecada.
Finalmente, Dumbledore se incorporó.
—No está muerta, Argus —dijo conrncautela.
Lockhart interrumpió de repente surncálculo del número de asesinatos
evitados por su persona.
—¿Que no está muerta? —preguntó Filchrnentre sollozos, mirando por entre
los dedos a la Señora Norris—.rn¿Y por qué está rígida?
—La han petrificado —explicórnDumbledore.
—Ah, ya me parecía a mí... —dijornLockhart.
—Pero no podría decir como...
—¡Pregúntele! —chilló Filch, volviendorna Harry su cara con manchas y
llena de lágrimas.
—Ningún estudiante de segundo cursornpodría haber hecho esto —dijo
Dumbledore con firmeza—. Es magiarnnegra muy avanzada.
—¡Lo hizo él! —saltó Filch, y surnhinchado rostro enrojeció—. ¡Ya ha visto lo
que escribió en el muro! Élrnencontró... en la conserjería... Sabe que soy, que
soy un... —Filch hacía unos gestosrnhorribles—. ¡Sabe que soy un squib!
—concluyó.
—¡No he tocado a la Señora Norris!rn—dijo Harry con voz potente,
sintiéndose incómodo al notar querntodos lo miraban, incluyendo los Lockhart
que había en las paredes—. Y nirnsiquiera sé lo que es un squib.
—¡Mentira! —gruñó Filch—. ¡Él vio larncarta de Embrujorrápid!
—Si se me permite hablar, señorrndirector —dijo Snape desde la penumbra,
y Harry se asustó aún más, porquernestaba seguro de que Snape no diría nada
que pudiera beneficiarle—, Potter yrnsus amigos simplemente podrían haberse
encontrado en el lugar menos adecuadornen el momento menos oportuno —dijo,
aunque con una leve expresión derndesprecio en los labios, como silo pusiera
en duda—; sin embargo, aquí tenemosrnuna serie de circunstancias sospechosas:
¿por qué se encontraban en el corredorrndel piso superior? ¿Por qué no
estaban en la fiesta de Halloween?
Los chicos se pusieron a dar a la vezrnuna explicación sobre la fiesta de cumpleaños de muerte.
—... había cientos de fantasmas quernpodrán testificar que estábamos allí-dijo Andrew.
—Pero ¿por qué no os unisteis a la fiesta después?rn—preguntó Snape. Los ojos negros le brillaban a la luz de las velas—. ¿Por quérnsubieron al corredor?
Andy, Ron y Hermione miraron a Harry.
—Porque..., porque... —dijo Harry, conrnel corazón latiéndole a toda prisa;
algo le decía que parecería muyrnrebuscado si explicaba que lo había conducido
hasta allí una voz que no salía dernningún sitio y que nadie sino él había podido
oír—, porque estábamos cansados yrnqueríamos ir a la cama —dijo.
—¿Sin cenar? —preguntó Snape. Unarnsonrisa de triunfo había aparecido
en su adusto rostro—. No sabía que losrnfantasmas dieran en sus fiestas
comida buena para los vivos.
—No teníamos hambre —dijo Ron con vozrnpotente, y las tripas le rugieron
en aquel preciso instante.
La desagradable sonrisa de Snape se ensanchó más.
—La comida que Nick sirvió, tenía muy mal olor, nos quitórnel apetito en ese momento—Explico Andy.
—Tengo la impresión, señor director,rnde que Potter no está siendo
completamente sincero —dijo—. Podríarnser una buena idea privarle de
determinados privilegios hasta que sernavenga a contarnos toda la verdad.
Personalmente, creo que debería serrnapartado del equipo de quidditchde
Gryffindor hasta que decida no mentir.
—Francamente, Severus —dijo larnprofesora McGonagall bruscamente—no veo razón para que el muchacho deje dernjugar al quidditch. Este gato no ha
sido golpeado en la cabeza con el palornde una escoba. No tenemos ninguna
prueba de que Potter haya hecho algornmalo.
Dumbledore miraba a Harry de formarninquisitiva. Ante los vivos ojos azul
claro del director, Harry se sentíarncomo si le examinaran por rayos X.
—Es inocente hasta que se demuestre lorncontrario, Severus —dijo con
firmeza.
Snape parecía furioso. Igual quernFilch.
—¡Han petrificado a mi gata! —gritó.rnTenía los ojos desorbitados—. ¡Exijo
que se castigue a los culpables!
—Podremos curarla, Argus —dijornDumbledore armándose de paciencia—.
La señora Sprout ha conseguidornmandrágoras recientemente. En cuanto hayan
crecido, haré una poción con la quernrevivir a la Señora Norris.
—La haré yo —acometió Lockhart—. Creornque la he preparado unas cien
veces, podría hacerla hasta dormido.
—Disculpe —dijo Snape con frialdad—,rnpero creo que el profesor de
Pociones de este colegio soy yo.
Hubo un silencio incómodo.
—Podéis iros —dijo Dumbledore a los chicos.
Durante unos días, en la escuela no sernhabló de otra cosa que de lo que le
habían hecho a la Señora Norris.rnFilch mantenía vivo el recuerdo en la
memoria de todos haciendo guardia enrnel punto en que la habían encontrado,
como si pensara que el culpablernvolvería al escenario del crimen. Harry le
había visto fregar la inscripción delrnmuro con el Quitamanchas mágico multiusos de la señora Skower, pero nornhabía servido de nada: las palabras
seguían tan brillantes como el primerrndía. Cuando Filch no vigilaba el escenario
del crimen, merodeaba por losrncorredores con los ojos enrojecidos,
ensañándose con estudiantes que norntenían ninguna culpa e intentando
castigarlos por faltas imaginariasrncomo «respirar demasiado fuerte» o «estar
contento».
Ginny Weasley parecía muy afectada porrnel destino de la Señora Norris.
Según Ron, era una gran amante de losrngatos.
—Pero si no conocías a la SeñorarnNorris—le dijo Ron para animarla—. La
verdad es que estamos mucho mejor sinrnella. —A Ginny le tembló el labio—.
Cosas como éstas no suelen suceder enrnHogwarts. Atraparán al que haya sido
y lo echarán de aquí inmediatamente.rnSólo espero que le dé tiempo a petrificar
a Filch antes de que lo expulsen. Estornes broma... —añadió apresuradamente,
al ver que Ginny se ponía blanca.
Entre tanto alboroto, Harry olvidó contarle a sus padresrnque había entablado amistad con aquel niño de cabello negro y brillantes ojosrnazules. A Andy le había sucedido igual. Aunque después de la noche dernhalloween, los cuatro chicos se habían unido mucho.
Aquel acto vandálico también habíarnafectado a Hermione. Ya era habitual
en ella pasar mucho tiempo leyendo,rnpero ahora prácticamente no hacía otra
cosa. Cuando le preguntaban quérnbuscaba, no obtenían respuesta, y tuvieron
que esperar al miércoles siguienternpara enterarse.
Harry se había tenido que quedarrndespués de la clase de Pociones, porque
Snape le había mandado limpiar losrngusanos de los pupitres. Tras comer
apresuradamente, subió pararnencontrarse con Ron en la biblioteca, donde vio a
Justin Finch-Fletchey, el chico de larncasa de Hufflepuff con el que coincidían en
Herbología, que se le acercaba. Harryrnacababa de abrir la boca para decir
«hola» cuando Justin lo vio, cambió dernrepente de rumbo y se marchó deprisa
en sentido opuesto.
Harry encontró a Ron al fondo de larnbiblioteca, midiendo sus deberes de
Historia de la Magia. El profesorrnBinns les había mandado un trabajo de un
metro de largo sobre «La AsamblearnMedieval de Magos de Europa».
—No puede ser, todavía me quedanrnveinte centímetros... —dijo furioso
Ron soltando el pergamino, quernrecuperó su forma de rollo— y Hermione ha
llegado al metro y medio con su letrarndiminuta.
—¿Dónde está? —preguntó Harry,rncogiendo la cinta métrica y
desenrollando su trabajo.
—En algún lado por allá —respondiórnRon, señalando hacia las
estanterías—. Buscando otro libro.rnCreo que quiere leerse la biblioteca entera
antes de Navidad.
Harry le contó a Ron que JustinrnFinch-Fletchey lo había esquivado y se
había alejado de él a toda prisa.
—No sé por qué te preocupa, si siemprernhas pensado que era un poco
idiota —dijo Ron, escribiendo con larnletra más grande que podía—. Todas esas
tonterías sobre lo maravilloso que es Lockhart...
Historia de la Magia era la asignaturarnmás aburrida de todas. El profesor
Binns, que la impartía, era el únicornprofesor fantasma que tenían, y lo más
emocionante que sucedía en sus clasesrnera su entrada en el aula, a través de
la pizarra. Viejo y consumido, mucharngente decía de él que no se había dado
cuenta de que se había muerto.rnSimplemente, un día se había levantado para ir
a dar clase, y se había dejado elrncuerpo en una butaca, delante de la chimenea
de la sala de profesores. Desdernentonces, había seguido la misma rutina sin la
más leve variación.
Aquel día fue igual de aburrido. Elrnprofesor Binns abrió sus apuntes y los
leyó con un sonsonete monótono, com ornel de una aspiradora vieja, hasta que
casi toda la clase hubo entrado en unrnsopor profundo, sólo alterado de vez en
cuando el tiempo suficiente para tomarrnnota de un nombre o de una fecha, y
volver a adormecerse. Llevaba unarnmedia hora hablando cuando ocurrió algo
insólito: Hermione alzó la mano.
El profesor Binns, levantando la vistarna mitad de una lección
horrorosamente aburrida sobre larnConvención Internacional de Brujos de 1289,
pareció sorprendido.
—¿Señorita...?
—Granger, profesor. Pensaba que quizárnusted pudiera hablarnos sobre la Cámara de los Secretos —dijo Hermione con vozrnclara.
Dean Thomas, que había permanecidornboquiabierto, mirando por la
ventana, salió de su trance dando unrnrespingo. Lavender Brown levantó la
cabeza y a Neville le resbaló el codornde la mesa.
El profesor Binns parpadeó.
—Mi disciplina es la Historia de larnMagia —dijo con su voz seca,
jadeante—. Me ocupo de los hechos,rnseñorita Granger, no de los mitos ni de
las leyendas. —Se aclaró la gargantarncon un pequeño ruido que fue como un
chirrido de tiza, y prosiguió—: Enrnseptiembre de aquel año, un subcomité de
hechiceros sardos...
Balbució y se detuvo. De nuevo, en elrnaire, se agitaba la mano de
Hermione.
—¿Señorita Grant?
—Disculpe, señor, ¿no tienen siemprernlas leyendas una base real?
El profesor Binns la miraba con talrnestupor, que Harry adivinó que ningún
estudiante lo había interrumpidornnunca, ni estando vivo ni estando muerto.
—Veamos —dijo lentamente el profesorrnBinns—, sí, creo que eso se
podría discutir. —Miró a Hermione comornsi nunca hubiera visto bien a un
estudiante—. Sin embargo, la leyendarnpor la que usted me pregunta es una
patraña hasta tal punto exagerada, yorndiría incluso absurda...
La clase entera estaba ahora pendienternde las palabras del profesor Binns;
éste miró a sus alumnos y vio querntodas las caras estaban vueltas hacia él.
Harry se sentía completamenterndesconcertado al ver unas muestras de interés
tan inusitadas.
—Muy bien —dijo despacio—. Veamos...rnla Cámara de los Secretos...
Todos ustedes saben, naturalmente, quernHogwarts fue fundado hace unos mil
años (no sabemos con certeza la fecharnexacta) por los cuatro brujos más
importantes de la época. Las cuatrorncasas del colegio reciben su nombre de
ellos: Godric Gryffindor, HelgarnHufflepuff, Rowena Ravenclaw y Salazar
Slytherin. Los cuatro juntos construyeronrneste castillo, lejos de las miradas
indiscretas de los muggles,rndado que aquélla era una época en que la gente
tenía miedo a la magia, y los magos yrnlas brujas sufrían persecución.
Se detuvo, miró a la clase con losrnojos empañados y continuó:
—Durante algunos años, los fundadoresrntrabajaron conjuntamente en
armonía, buscando jóvenes que dieranrnmuestras de aptitud para la magia y
trayéndolos al castillo pararneducarlos. Pero luego surgieron desacuerdos entre
ellos y se produjo una ruptura entrernSlytherin y los demás. Slytherin deseaba
ser más selectivo con los estudiantesrnque se admitían en Hogwarts. Pensaba
que la enseñanza de la magia deberíarnreservarse para las familias de magos.
Lo desagradaba tener alumnos dernfamilia muggle, porque no los creía dignos
de confianza. Un día se produjo unarnseria disputa al respecto entre Slytherin y
Gryffindor, y Slytherin abandonó elrncolegio.
El profesor Binns se detuvo de nuevo yrnfrunció la boca, como una tortuga
vieja llena de arrugas.
—Esto es lo que nos dicen las fuentesrnhistóricas fidedignas —dijo—, pero
estos simples hechos quedaron ocultosrntras la leyenda fantástica de la Cámara
de los Secretos. La leyenda nos dicernque Slytherin había construido en el castillo
una cámara oculta, de la que no sabíanrnnada los otros fundadores.
»Slytherin, según la leyenda, selló larnCámara de los Secretos para que
nadie la pudiera abrir hasta quernllegara al colegio su auténtico heredero. Sólo el
heredero podría abrir la Cámara de losrnSecretos, desencadenar el horror que
contiene y usarlo para librar alrncolegio de todos los que no tienen derecho a
aprender magia.
Cuando terminó de contar la historia,rnse hizo el silencio, pero no era el
silencio habitual, soporífero, de lasrnclases del profesor Binns. Flotaba en el aire
un desasosiego, y todo el mundo lernseguía mirando, esperando que continuara.
El profesor Binns parecía levementernmolesto.
—Por supuesto, esta historia es unrncompleto disparate —añadió—.
Naturalmente, el colegio entero harnsido registrado varias veces en busca de la
cámara, por los magos mejorrnpreparados. No existe. Es un cuento inventado
para asustar a los crédulos.
Hermione volvió a levantar la mano.
—Profesor..., ¿a qué se refiere ustedrnexactamente al decir «el horror que
contiene» la cámara?
—Se cree que es algún tipo dernmonstruo, al que sólo podrá dominar el
heredero de Slytherin —explicó elrnprofesor Binns con su voz seca y aflautada.
La clase intercambió miradasrnnerviosas.
—Pero ya les digo que no existern—añadió el profesor Binns, revolviendo en
sus apuntes—. No hay tal cámara ni talrnmonstruo.
—Pero, profesor —comentó SeamusrnFinnigan—, si sólo el auténtico
heredero de Slytherin puede abrir larncámara, nadie más podría encontrarla,
¿no?
—Tonterías, O'Flaherty —repuso elrnprofesor Binns en tono algo airado—,
si una larga sucesión de directores dernHogwarts no la han encontrado...
—Pero, profesor —intervino ParvatirnPatil—, probablemente haya que
emplear magia negra para abrirla...
—El hecho de que un mago no utilice larnmagia negra no quiere decir que
no pueda emplearla, señorita Patatirn—le interrumpió el profesor Binns—Insisto, si los predecesores de Dumbledore...
—Pero tal vez sea preciso estarrnrelacionado con Slytherin, y por eso
Dumbledore no podría... —apuntó DeanrnThomas, pero el profesor Binns ya
estaba harto.
—Ya basta —dijo bruscamente—. ¡Es unrnmito! ¡No existe! ¡No hay el
menor indicio de que Slytherinrnconstruyera semejante cuarto trastero! Me
arrepiento de haberles relatado unarnleyenda tan absurda. Ahora volvamos, por
favor, a la historia, a los hechosrnevidentes, creíbles y comprobables.
Y en cinco minutos, la clase sernsumergió de nuevo en su sopor habitual.
—Ya sabía que Salazar Slytherin era unrnviejo chiflado y retorcido —dijo Ron a
Harry y Hermione, mientras se abríanrncamino por los abarrotados corredores al
término de las clases, para dejar lasrnbolsas en la habitación antes de ir a cenar—.
Pero lo que no sabía es que hubierarnsido él quien empezó todo este
asunto de la limpieza de sangre. No mernquedaría en su casa aunque me
pagaran. Sinceramente, si el Sombrero Seleccionadorrnhubiera querido
mandarme a Slytherin, yo me habríarnvuelto derecho a casa en el tren.
Hermione asintió entusiasmada con larncabeza, pero Harry no dijo nada.
Tenía el corazón encogido de larnangustia.
Harry no había dicho nunca a Ron yrnHermione que el Sombrero
Seleccionador había consideradornseriamente la posibilidad de enviarlo a
Slytherin. Recordaba, como si hubierarnocurrido el día anterior, la vocecita que
le había hablado al oído cuando, unrnaño antes, se había puesto el Sombrero
Seleccionador.
Se encontraron con Andy en la salarncomún y bajaron juntos al comedor.
Mientras caminaban empujados por larnmultitud, pasó Colin Creevey.
—¡Eh, Harry!
—¡Hola, Colin! —dijo Harry sin darserncuenta.
—Harry, Harry.., en mi clase un chicornha estado diciendo que tú eres...
Pero Colin era demasiado pequeño pararnluchar contra la marea de gente
que lo llevaba hacia el Gran Comedor.rnLe oyeron chillar:
—¡Hasta luego, Harry! —Y desapareció.
— ¿Qué es lo que dice sobre ti unrnchico de su clase? —preguntó
Hermione.
—Que es el Heredero dernSlytherin—afirmo Andrew—yo tambien lo escuche…lo golpeé para que dejara dernhablar idioteces.
—no debiste hacerlo—lo retórnHermione—si un profesor te veía, podrían haberte castigado y quitado puntos.
—no había ningún profesor viendo, dernhaber habido uno, el nunca habría dicho eso—dijo el chico.
—La gente aquí es capaz de creerserncualquier cosa —dijo Ron, con
disgusto.
La masa de alumnos se aclaró, yrnconsiguieron subir sin dificultad al
siguiente rellano.
—¿Crees que realmente hay una Cámara dernlos Secretos? —preguntó
Ron a Hermione.
—No lo sé —respondió ella, frunciendornel entrecejo—. Dumbledore no fue
capaz de curar a la Señora Norris,rny eso me hace sospechar que quienquiera
que la atacase no debía de ser...,rnbueno..., humano.
Al doblar la esquina se encontraron enrnun extremo del mismo corredor en
que había tenido lugar la agresión. Serndetuvieron y miraron. El lugar estaba tal
como lo habían encontrado aquellarnnoche, salvo que ningún gato tieso colgaba
de la argolla en que se fijaba larnantorcha, y que había una silla apoyada contra
la pared del mensaje: «La cámara harnsido abierta.»
—Aquí es donde Filch ha estadornhaciendo guardia —dijo Ron.
Se miraron unos a otros. El corredorrnse encontraba desierto.
—No hay nada malo en echar un vistazorn—dijo Harry, dejando la bolsa en
el suelo y poniéndose a gatear enrnbusca de alguna pista.
—¡Esto está chamuscado! —dijo Andy—.rn¡Aquí... y aquí!
—¡Ven y mira esto! —dijo Hermione—. Esrnextraño.
Harry se levantó y se acercó a larnventana más próxima a la inscripción de
la pared. Hermione señalaba al cristalrnsuperior, por donde una veintena de
arañas estaban escabulléndose, segúnrnparecía tratando de penetrar por una
pequeña grieta en el cristal. Un hilornlargo y plateado colgaba como una soga, y
daba la impresión de que las arañas lornhabían utilizado para salir
apresuradamente.
—¿Habíais visto alguna vez que lasrnarañas se comportaran así? —
preguntó Hermione, perpleja.
—Yo no —dijo Harry—. ¿Y tú, Ron? ¿Ron?
Volvió la cabeza hacia su amigo. Ronrnhabía retrocedido y parecía estar
luchando contra el impulso de salirrncorriendo.
—¿Qué pasa? —le preguntó Harry.
—No... no me gustan... las arañasrn—dijo Ron, nervioso.
—No lo sabía —dijo Hermione, mirandornsorprendida a Ron—. Has usado
arañas muchas veces en la clase dernPociones...
—Si están muertas no me importarn—explicó Ron, quien tenía la precaución
de mirar a cualquier parte menos a larnventana—. No soporto la manera en que
se mueven.
Hermione soltó una risita tonta.
—No tiene nada de divertido —dijo Ronrnimpetuosamente—. Si quieres
saberlo, cuando yo tenía tres años,rnFred convirtió mi... mi osito de peluche en
una araña grande y asquerosa porque yornle había roto su escoba de juguete. A
ti tampoco te harían gracia si estandorncon tu osito, le hubieran salido de
repente muchas patas y...
Dejó de hablar, estremecido. Erarnevidente que Hermione seguía
aguantándose la risa. Pensando quernsería mejor cambiar de tema, Harry dijo:
—¿Recordáis toda aquella agua en elrnsuelo? ¿De dónde vendría? Alguien
ha pasado la fregona.
—Estaba por aquí —dijo Ron,rnrecobrándose y caminando unos pasos más
allá de la silla de Filch pararnindicárselo—, a la altura de esta puerta.
Asió el pomo metálico de la puerta,rnpero retiró la mano inmediatamente,
como si se hubiera quemado.
—¿Qué pasa?—preguntó Harry
—No puedo entrar ahí —dijo Ronrnbruscamente—, es un aseo de chicas.
—Pero Ron, si no hay nadie dentrorn—dijo Hermione, poniéndose
derecha y acercándose—; aquí es dondernestá Myrtle la Llorona. Vamos,
echemos un vistazo.
Y sin hacer caso del letrero de «Nornfunciona», Hermione abrió la puerta.
Era el cuarto de baño más triste yrndeprimente en que Harry había puesto
nunca los pies. Debajo de un espejorngrande, quebrado y manchado, había una
fila de lavabos de piedra en muy malrnestado. El suelo estaba mojado y reflejaba
la luz triste que daban las llamas dernunas pocas velas que se consumían en
sus palmatorias. Las puertas de losrnretretes estaban rayadas y rotas, y una
colgaba fuera de los goznes.
Hermione les pidió silencio con unrndedo en los labios y se fue hasta el
último retrete. Cuando llegó, dijo:
—Hola, Myrtle, ¿qué tal?
Harry y Ron se acercaron a ver. Myrtlernla Lloronaestaba sobre la cisterna
del retrete, reventándose un grano dernla barbilla.
—Esto es un aseo de chicas —dijo,rnmirando con recelo a Harry y Ron—. Y
ellos no son chicas.
—No —confirmé Hermione—. Sólo queríarnenseñarles lo... lo bien que se
está aquí.
Con la mano, indicó vagamente elrnespejo viejo y sucio, y el suelo húmedo.
—Pregúntale si vio algo —dijo Harry arnHermione, sin pronunciar, para que
le leyera en los labios.
—¿Qué murmuras? —le preguntó Myrtle,rnmirándole.
—Nada —se apresuró a decir Harry—.rnQueríamos preguntar...
—¡Me gustaría que la gente dejara dernhablar a mis espaldas! —dijo Myrtle,
con la voz ahogada por las lágrimas—.rnTengo sentimientos, ¿saben?, aunque
esté muerta.
—Myrtle, nadie quiere molestarte —dijornHermione—. Harry sólo...
—¡Nadie quiere molestarme! ¡Ésta sírnque es buena! —gimió Myrtle—. ¡Mi
vida en este lugar no fue más quernmiseria, y ahora la gente viene aquí a
amargarme la muerte!
—Queríamos preguntarte si habías vistornúltimamente algo raro —dijo
Hermione dándose prisa—. Porque larnnoche de Halloween agredieron a un
gato justo al otro lado de tu puerta.
—¿Viste a alguien por aquí aquellarnnoche? —le preguntó Harry.
—No me fijé —dijo Myrtle conrnafectación—. Me dolió tanto lo que dijo
Peeves, que vine aquí e intentérnsuicidarme. Luego, claro, recordé que estoy...,
que estoy...
Aquella noche, en la sala común, los cuatro habalaban enrnlos sillones mas alejados.
Pero ¿quién podría ser? —dijo Hermionerncon voz tranquila, como si continuara una
conversación que hubieran estadornmanteniendo—. ¿Quién querría echar de
Hogwarts a todos los squibsy los de familia muggle?
—Pensemos —dijo Harry con simuladorndesconcierto—. ¿Conocemos a
alguien que piense que los que vienenrnde familia muggleson escoria?
Miró a Hermione. Hermione miró haciarnatrás, poco convencida.
—Si te refieres a Malfoy...
—¡Naturalmente! —dijo Ron—. Ya lornoísteis: «¡Los próximos seréis los
sangre sucia!» Venga, no hay másrnque ver su asquerosa cara de rata para
saber que es él...
—¿Malfoy, el heredero de Slytherin?rn—dijo escépticamente Hermione.
—Fíjate en su familia —dijo Harry—.rnTodos han pertenecido a Slytherin, él siempre alardea de ello. Podríanrnperfectamente ser descendientes del mismo Slytherin. Su padre es un verdaderornmalvado.
—¡Podrían haber conservado duranternsiglos la llave de la Cámara de los
Secretos! —dijo Andy—. Pasándosela de padres a hijos...
—Bueno —dijo cautamente Hermione—, supongo que puede ser.—Perorn¿cómo podríamos demostrarlo? —preguntó Harry.
—. Lo que tendríamos que hacer esrnentrar en la sala común de Slytherin y hacerle a Malfoy algunas preguntas sinrnque sospeche que somos nosotros.
—Pero eso es imposible —dijo Harry,rnmientras Ron se reía.
—No, no lo es —repuso Hermione—. Lornúnico que nos haría falta es una
poción multijugos.
—¿Qué es eso? —preguntaron a la vezrnHarry y Ron.
—Snape la mencionó en clase hace unasrnsemanas.
—¿Piensas que no tenemos nada mejorrnque hacer en la clase de Pociones
que escuchar a Snape? —dijo Ron.
—Esa poción lo transforma a uno enrnotra persona. ¡Pensad en ello! Nos
podríamos convertir en estudiantes de Slytherin. Nadie nosrnreconocería. Y
seguramente Malfoy nos diría algo. Lornmás probable es que ahora mismo esté
alardeando de ello en la sala común dernSlytherin.
—Esto del multijugosme parecernun poco peligroso —dijo Andy, frunciendo
el entrecejo—. ¿Y si nos quedamos pararnsiempre convertidos en tres de
Slytherin?
—El efecto se pasa después de un ratorn—dijo Hermione, haciendo un
gesto con la mano como para descartarrnese inconveniente—, pero lo realmente
difícil será conseguir la receta.rnSnape dijo que se encontraba en un libro
llamado Moste Potente Potionsquernse encuentra en la Sección Prohibida de la
biblioteca solamente.
Solamente había una manera dernconseguir un libro de la Sección
Prohibida: con el permiso por escritornde un profesor.
—Será difícil explicar para quérnqueremos ese libro si no es para hacer
alguna de las pociones.
—Creo —dijo Hermione— que sirnconsiguiéramos dar la impresión de que
estábamos interesados únicamente en larnteoría, tendríamos alguna
posibilidad...
— ningún profesor se va a tragar esorn—dijo Ron—. Tendría
que ser muy tonto...
—¡Lockhart! —exclamo Andrew.
A la mañana siguiente, al finalizar larnclase de defensa contra las artes oscuras, Hermione se acercó a la mesa delrnprofesor.
—Esto... ¿Profesor Lockhart?rn—tartamudeó Hermione—. Yo querría...
sacar este libro de la biblioteca.rnSólo para una lectura preparatoria. —Le
entregó el trozo de papel con manornligeramente temblorosa—. Pero el
problema es que está en la SecciónrnProhibida, así que necesito el permiso por
escrito de un profesor. Estoyrnconvencida de que este libro me ayudaría a
comprender lo que explica usted en Unarnvuelta con los espíritus malignos.
sobre los venenos de efecto retardado.
—¡Ah, Una vuelta con los espíritusrnmalignos! —dijo Lockhart, cogiendo la
nota de Hermione y sonriéndolernfrancamente—. Creo que es mi favorito. ¿Te
gustó?
—¡Sí! —dijo Hermione emocionada—. ¡Quérngran idea la suya de atrapar al
último con el colador del té...!
—Bueno, estoy seguro que a nadie lernparecerá mal que ayude un poco a la
mejor estudiante del curso —dijornLockhart afectuosamente, sacando una pluma
de pavo real—. Sí, es bonita, ¿verdad?rn—dijo, interpretando al revés la expresión
de desagrado de Ron—. Normalmente larnreservo para firmar libros.
Garabateó una floreteada firma sobrernel papel y se lo devolvió a Hermione.
—Así que, Harry —dijo Lockhart,rnmientras Hermione plegaba la nota con
dedos torpes y se la metía en larnbolsa—, mañana se juega el primer partido de
quidditchde la temporada,rn¿verdad? Gryffindor contra Slytherin, ¿no? He oído
que eres un jugador fundamental. Yorntambién fui buscador. Me pidieron que
entrara en la selección nacional, perornpreferí dedicar mi vida a la erradicación
de las Fuerzas Oscuras. De todasrnmaneras, si necesitaras unas cuantas clases
particulares de entrenamiento, norndudes en decírmelo. Siempre me satisface
dejar algo de mi experiencia arnjugadores menos dotados...
Harry hizo un ruido indefinido con larngarganta.
—Mi padré, era un excelente jugador dernquidditch, el me ayuda en lo que necesito. Gracias de todas formas.
—Es increíble —dijo ella, mientras examinabanrnlos tres la firma en el papel—. Ni siquiera ha mirado de qué libro se trataba.
—Porque es un completo imbécil —dijornRon—. Pero ¿a quién le importa?
Ya tenemos lo que necesitábamos.
Cinco minutos después, se encontraronrncon Andy, como habían quedado, en los aseos fuera de servicio de Myrtle larnLlorona. Hermione había rechazado las
objeciones de Ron argumentando quernaquél sería el último lugar en el que
entraría nadie en su sano juicio, asírnque allí tenían garantizada la intimidad.
Myrtle la Lloronallorabarnestruendosamente en su retrete, pero ellos no le
prestaban atención, y ella a ellosrntampoco.
Hermione abrió con cuidado el *MosternPotente Potions,*y los tres se
encorvaron sobre las páginas llenas dernmanchas de humedad. De un vistazo
quedó patente por qué pertenecía a larnSección Prohibida. Algunas de las
pociones tenían efectos demasiadornhorribles incluso para imaginarlos, y había
ilustraciones monstruosas, como la dernun hombre que parecía vuelto de dentro
hacia fuera y una bruja con variosrnpares de brazos que le salían de la cabeza.
—¡Aquí está! —dijo Hermionernemocionada, al dar con la página que
llevaba por título La pociónrnmultijugos. Estaba decorada con dibujos de
personas que iban transformándose enrnotras distintas. Harry imploró que la
apariencia de dolor intenso que habíarnen los rostros de aquellas personas fuera
fruto de la imaginación del artista.
»Ésta es la poción más complicada quernhe visto nunca —dijo Hermione, al
mirar la receta—. Crisopos,rnsanguijuelas, Descurainia sophiay centinodia —
murmuró, pasando el dedo por la listarnde los ingredientes—. Bueno, no son
difíciles de encontrar, están en elrnarmario de los estudiantes, podemos
conseguirlos. ¡Vaya, mirad, polvo derncuerno de bicornio! No sé dónde vamos a
encontrarlo..., piel en tiras dernserpiente arbórea africana..., eso también será
peliagudo... y por supuesto, algo dernaquel en quien queramos convertirnos.
—Perdona —dijo Ron bruscamente—. ¿Quérnquieres decir con «algo de
aquel en quien queramos convertirnos»?rnYo no me voy a beber nada que
contenga las uñas de los pies dernCrabbe.
Hermione continuó como si no lornhubiera oído.
—De momento, todavía no tenemos quernpreocuparnos porque esos
ingredientes los echaremos al final.
Sin saber qué decir, Ron se volvió arnHarry, que tenía otra preocupación.
—¿No te das cuenta de cuántas cosasrnvamos a tener que robar,
Hermione? Piel de serpiente arbórearnafricana en tiras, desde luego eso no está
en el armario de los estudiantes, ¿quérnvamos a hacer? ¿Forzar los armarios
privados de Snape? No sé si es buenarnidea...
Hermione cerró el libro con un ruidornseco.
—. Yo no quiero saltarme las normas,rnpero pienso que aterrorizar a los magos de familia mugglees mucho peorrnque elaborar un poco de poción. Pero si no tenéis
interés en averiguar si el heredero esrnMalfoy, iré derecha a la señora Pince y le
devolveré el libro inmediatamente.
—No creí que fuera a verte nunca intentandornpersuadirnos de que
incumplamos las normas —dijo Ron—.rnEstá bien, lo haremos, pero nada de
uñas de los pies, ¿si?
—Pero ¿cuánto nos llevará hacerlo?rn—preguntó Harry, cuando Hermione,
satisfecha, volvió a abrir el libro.
—Bueno, como hay que coger la Descurainiarnsophiacon luna llena, y los
crisopos han de cocerse duranternveintiún días..., yo diría que podríamos tenerla
preparada en un mes, si podemosrnconseguir todos los ingredientes.
—¿Un mes? —dijo Andy—. ¡En ese tiempo,rnMalfoy puede atacar a la mitad
de los hijos de muggles!
Hermione volvió a entornar los ojos amenazadoramente,rny él añadió sin vacilar:
— Pero es el mejor plan que tenemos,rnasí que adelante a toda máquina.
Harry se despertó pronto el sábado porrnla mañana y se quedó un rato en la
cama pensando en el partido de quidditch.rnEl día había llegado.
—Los de Slytherin tienen mejoresrnescobas que nosotros —comenzó—,
eso no se puede negar. Pero nosotrosrntenemos mejores jugadores sobre las
escobas. Hemos entrenado más que ellosrny hemos volado bajo todas las circunstancias climatológicas («¡y tanto!rn—murmuró George Weasley—, no me
he secado del todo desde agosto»), yrnvamos a hacer que se arrepientan del día
en que dejaron que ese pequeñorncanalla, Malfoy, les comprara un puesto en el
equipo.
Con la respiración agitada por larnemoción, Wood se volvió a Harry.
—Es misión tuya, Harry, demostrarlesrnque un buscador tiene que tener algo más que un padre rico. Tienes que coger larnsnitchantes que Malfoy, o perecer en el intento, porque hoy tenemos quernganar.
Cuando salieron al campo, fueronrnrecibidos con gran estruendo; eran sobre
todo aclamaciones de Hufflepuff y dernRavenclaw, cuyos miembros y seguidores
estaban deseosos de ver derrotado alrnequipo de Slytherin, aunque la afición de
Slytherin también hizo oír susrnabucheos y silbidos. La señora Hooch, que era la
profesora de *quidditch,*hizornque Flint y Wood se dieran la mano, y los dos
contrincantes aprovecharon pararndirigirse miradas desafiantes y apretar bastante
más de lo necesario.
—Cuando toque el silbato —dijo larnseñora Hooch—: tres..., dos..., uno...
Animados por el bramido de la multitudrnque les apoyaba, los catorce
jugadores se elevaron hacia el cielornplomizo. Harry ascendió más que ningún
otro, aguzando la vista en busca de larnsnitch.
—¿Todo bien por ahí, cabeza rajada?rn—le gritó Malfoy, saliendo disparado
por debajo de él para demostrarle larnvelocidad de su escoba.
Harry no tuvo tiempo de replicar. Enrnaquel preciso instante iba hacia él una
bludgernegra y pesada; faltórntan poco para que le golpeara, que al pasar le
despeinó.
—¡Por qué poco, Harry! —le dijornGeorge, pasando por su lado como un
relámpago, con el bate en la mano,rnlisto para devolver la bludgercontra
Slytherin. Harry vio que George dabarnun fuerte golpe a la bludgerdirigiéndola
hacia Adrian Pucey, pero la bludgerrncambió de dirección en medio del aire y se
fue directa, otra vez, contra Harry.
Harry descendió rápidamente pararnevitarla, y George logró golpearla fuerte
contra Malfoy. Una vez más, la bludgerrnviró bruscamente como si fuera un
bumerán y se encaminó como una balarnhacia la cabeza de Harry.
Harry aumentó la velocidad y saliórnzumbando hacia el otro extremo del
campo. Oía a la bludgersilbarrna su lado. ¿Qué ocurría? Las bludgernunca se
enconaban de aquella manera contra unrnúnico jugador, su misión era derribar a
todo el que pudieran...
Fred Weasley aguardaba en el otrornextremo. Harry se agachó para que
Fred golpeara la bludgerconrntodas sus fuerzas.
—¡Ya está! —gritó Fred contento, perornse equivocaba: como si fuera
atraída magnéticamente por Harry, la bludgerrnvolvió a perseguirlo y Harry se
vio obligado a alejarse a todarnvelocidad.
Había empezado a llover. Harry notabarnlas gruesas gotas en la cara, que
chocaban contra los cristales de lasrngafas. No tuvo ni idea de lo que pasaba
con los otros jugadores hasta que oyórnla voz de Lee Jordan, que era el
comentarista, diciendo: «Slytherin enrncabeza por seis a cero.»
Estaba claro que la superioridad dernlas escobas de Slytherin daba sus
resultados, y mientras tanto, la bludgerrnloca hacía todo lo que podía para
derribar a Harry. Fred y George sernacercaban tanto a él, uno a cada lado, que
Harry no podía ver otra cosa que susrnbrazos, que se agitaban sin cesar, y le
resultaba imposible buscar la snitch,rny no digamos atraparla.
—Alguien... está... manipulando...rnesta... bludger... —gruñó Fred,
golpeándola con todas sus fuerzas pararnrechazar un nuevo ataque contra
Harry.
—Hay que detener el juego —dijornGeorge, intentando hacerle señas a
Wood y al mismo tiempo evitar que la bludgerrnle partiera la nariz a Harry.
Wood captó el mensaje. La señora Hoochrnhizo sonar el silbato y Harry,
Fred y George bajaron al césped,rntodavía tratando de evitar la bludgerloca.
—¿Qué ocurre? —preguntó Wood, cuandornel equipo de Gryffindor se
reunió, mientras la afición de Slytherinrnlos abucheaba—. Nos están haciendo
papilla. Fred, George, ¿dónde estabaisrncuando la bludgerle impidió marcar a
Angelina?
—Estábamos ocho metros por encima dernella, Oliver, para evitar que la
otra bludgermatara a Harryrn—dijo George enfadado—. Alguien la ha
manipulado..., no dejará en paz arnHarry, no ha ido detrás de nadie más en todo
el tiempo. Los de Slytherin deben dernhaberle hecho algo.
—Pero las bludgerhanrnpermanecido guardadas en el despacho de la
señora Hooch desde nuestro últimornentrenamiento, y aquel día no les pasaba
nada... —dijo Wood, perplejo.
La señora Hooch iba hacia ellos.rnDetrás de ella, Harry veía al equipo de
Slytherin que lo señalaban y sernburlaban.
—Escuchen —les dijo Harry mientrasrnella se acercaba—, con ustedes dos
volando todo el rato a mi lado, larnúnica posibilidad que tengo de atrapar la
snitches que se me meta porrnla manga. Vuelvan a proteger al resto del equipo y
dejen que me las arregle solo con esa bludgerrnloca.
—No seas tonto —dijo Fred—, te partirárnen dos.
Wood tan pronto miraba a Harry como arnlos Weasley
—Oliver, esto es una locura —dijornAlicia Spinnet enfadada—, no puedes
dejar que Harry se las apañe solo conrnla bludger. Esto hay que investigarlo.
—¡Si paramos ahora, perderemos elrnpartido! —argumentó Harry—. ¡Y no
vamos a perder frente a Slytherin sólornpor una bludgerloca! ¡Venga, Oliver,
diles que dejen que me las apañe yornsolo!
—Esto es culpa tuya —dijo George arnWood, enfadado—. «¡Atrapa la snitch
o muere en el intento!» ¡Qué idiotezrndecir eso!
Llegó la señora Hooch.
—¿Listos para seguir? —preguntó arnWood.
Wood contempló la expresiónrnabsolutamente segura del rostro de Harry.
—Bien —dijo—. Fred y George, ya lo hanrnoído..., dejen que se enfrente
él solo a la bludger.
La lluvia volvió a arreciar. Al toquernde silbato de la señora Hooch, Harry dio
una patada en el suelo que lo propulsórnpor los aires, y enseguida oyó tras él el
zumbido de la bludger. Harryrnascendió más y más. Giraba, daba vueltas, se
trasladaba en espiral, en zigzag,rndescribiendo tirabuzones. Ligeramente
mareado, mantenía sin embargo los ojosrncompletamente abiertos. La lluvia le
empañaba los cristales de las gafas yrnse le metió en los agujeros de la nariz
cuando se puso boca abajo para evitarrnotra violenta acometida de la bludger.
Podía oír las risas de la multitud;rnsabía que debía de parecer idiota, pero la
bludgerloca pesaba mucho yrnno podía cambiar de dirección tan rápido como
él. Inició un vuelo a lo montaña rusarnpor los bordes del campo, intentando
vislumbrar a través de la plateadarncortina de lluvia los postes de Gryffindor,
donde Adrian Pucey intentaba pasar arnWood...
Un silbido en el oído indicó a Harryrnque la bludgerhabía vuelto a pasarle
rozando. Dio media vuelta y voló en larndirección opuesta.
—¿Haciendo prácticas de ballet,rnPotter? —le gritó Malfoy, cuando Harry se
vio obligado a hacer una ridícularnfloritura en el aire para evitar la bludger. Harry
escapó, pero la bludgerlornseguía a un metro de distancia. Y en el momento en
que dirigió a Malfoy una mirada dernodio, vio la dorada snitch. Volaba a tan sólo
unos centímetros por encima de larnoreja izquierda de Malfoy... pero Malfoy, que
estaba muy ocupado riéndose de Harry,rnno la había visto.
Durante un angustioso instante, Harryrnpermaneció suspendido en el aire,
sin atreverse a dirigirse hacia Malfoyrna toda velocidad, para que éste no mirase
hacia arriba y descubriera la snitch.
¡PLAM!
Se había quedado quieto un segundo dernmás. La bludgerlo alcanzó por
fin, le golpeó en el codo, y Harryrnsintió que le había roto el brazo. Débil,
aturdido por el punzante dolor delrnbrazo, desmontó a medias de la escoba
empapada por la lluvia, manteniendornuna rodilla todavía doblada sobre ella y su
brazo derecho colgando inerte. La bludgerrnvolvió para atacarle de nuevo, y esta
vez se dirigía directa a su cara.rnHarry cambió bruscamente de dirección, con
una idea fija en su mente aturdida:rncoger a Malfoy.
Ofuscado por la lluvia y el dolor, serndirigió hacia aquella cara de expresión
desdeñosa, y vio que Malfoy abría losrnojos aterrorizado: pensaba que Harry lo
estaba atacando.
—¿Qué...? —exclamó en un gritornahogado, apartándose del rumbo de
Harry.
Harry se soltó finalmente de la escobarne hizo un esfuerzo para coger algo;
sintió que sus dedos se cerraban enrntorno a la fría snitch, pero sólo se sujetaba
a la escoba con las piernas, y larnmultitud, abajo, profirió gritos cuando Harry
empezó a caer, intentando no perder elrnconocimiento.
Con un golpe seco chocó contra elrnbarro y salió rodando, ya sin la escoba.
El brazo le colgaba en un ángulo muyrnextraño. Sintiéndose morir de dolor, oyó,
como si le llegaran de muy lejos,rnmuchos silbidos y gritos. Miró la snitchque
tenía en su mano buena.
—Ajá —dijo sin fuerzas—, hemos ganado.
Y se desmayó.
Cuando volvió en sí, todavía estabarntendido en el campo de juego, con la
lluvia cayéndole en la cara. Alguienrnse inclinaba sobre él. Vio brillar unos
dientes.
—¡Oh, no, usted no! —gimió.
—No sabe lo que dice —explicó Lockhartrnen voz alta a la expectante
multitud de Gryffindor que se agolpabarnalrededor—. Que nadie se preocupe:
voy a inmovilizarle el brazo.
—¡No! —dijo Harry—, me gusta comornestá, gracias.
Intentó sentarse, pero el dolor erarnterrible. Oyó cerca un «¡clic!» que le
resultó familiar.
—No quiero que hagas fotos, Colinrn—dijo alzando la voz.
—Vuelve a tenderte, Harry —dijornLockhart, tranquilizador—. No es más
que un sencillo hechizo que hernempleado incontables veces.
—¿Por qué no me envían a larnenfermería? —masculló Harry.
—Así debería hacerse, profesor —dijornWood, lleno de barro y sin poder
evitar sonreír aunque su buscadorrnestuviera herido—. Fabulosa jugada, Harry,
realmente espectacular, la mejor quernhayas hecho nunca, yo diría.
Por entre la selva de piernas que lernrodeaba, Harry vio a Fred y George
Weasley forcejeando para meter la bludgerrnloca en una caja. Todavía se resistía.
—Apartaos —dijo Lockhart,rnarremangándose su túnica verde jade.
—No... ¡no! —dijo Harry débilmente,rnpero Lockhart estaba revoleando su
varita, y un instante después larnapuntó hacia el brazo de Harry
Harry notó una sensación extraña yrndesagradable que se le extendía
desde el hombro hasta las yemas de losrndedos. Sentía como si el brazo se le
desinflara, pero no se atrevía a mirarrnqué sucedía. Había cerrado los ojos y
vuelto la cara hacia el otro lado,rnpero vio confirmarse sus más oscuros temores
cuando la gente que había alrededorrnahogó un grito y Colin Creevey empezó a
sacar fotos como loco. El brazo ya nornle dolía... pero tampoco le daba la
sensación de que fuera un brazo.
—¡Ah! —dijo Lockhart—. Sí, bueno,rnalgunas veces ocurre esto. Pero el
caso es que los huesos ya no estánrnrotos. Eso es lo que importa. Así que,
Harry, ahora debes ir a la enfermería.rnAh, señor Weasley, señorita Granger,
¿pueden ayudarle? La señora Pomfreyrnpodrá..., esto..., arreglarlo un poco.
Al ponerse en pie, Harry se sintiórnextrañamente asimétrico. Armándose de
valor, miró hacia su lado derecho. Lornque vio casi le hace volver a desmayarse.
Por el extremo de la manga de larntúnica asomaba lo que parecía un grueso
guante de goma de color carne. Intentórnmover los dedos. No le respondieron.
Lockhart no le había recompuesto losrnhuesos: se los había quitado.
A la señora Pomfrey aquello no le hizorngracia, a Lily tampoco.
—¡Tendrías que haber venido enseguidarnaquí! —dijo hecha una furia y
levantando el triste y mustio despojornde lo que, media hora antes, había sido un
brazo en perfecto estado—. Puedornrecomponer los huesos en un segundo...,
pero hacerlos crecer de nuevo...
—Pero podrá, ¿no? —dijo Harry,rndesesperado.
—Desde luego que podré, pero serárndoloroso —dijo en tono grave la
señora Pomfrey, dando un pijama arnHarry—. Tendrás que pasar aquí la noche.
La sra Potter, y los tres amigos dernHarry esperaban del otro lado del biombo, mientras james lo ayudaba arncambiarse.
—idiota…—Masculló lilian. —malditornincompetente si vuelve a tratar de hacer magia en mi hijo voy a destriparlornvivo….
Ron y Andy rieron.
—Soy Lily…la mamá de Harry, es unrnplacer—dijo tendiendo du mano al niño.
—Mi nombre es Andrew Dugés…Mi madrernestuvo gryffindor con usted.
—¿Eres el hijo de Eva? —Lily lornabrazó. —¿como esta tu madre?
—Bien…nos mudamos hace unas semanas,rntrabaja en el departamento de cooperación mágica internacional, en elrnministerio de la Magia.
—¡Genial!....quisiera escribirle , talrnvez podríamos acordar vernos.
—¿Te atreves ahora a defender arnLockhart, Hermione? —le dijo Ron a Hermione —Si Harry hubiera querido que lorndeshuesaran, lo habría pedido.
—Cualquiera puede cometer un errorrn—dijo Hermione—. Y ya no duele,
¿verdad, Harry?
—No —respondió Harry
— ni duele ni sirve para nada. —murmurornLily de mala gana.
La señora Pomfrey abrió la cortina,rnllevaba una botella grande en cuya etiqueta ponía «Crecehuesos».
—Vas a pasar una mala noche —dijornella, vertiendo un líquido humeante
en un vaso y entregándoselo—. Hacerrnque los huesos vuelvan a crecer es
bastante desagradable.
Lo desagradable fue tomar el crecehuesos.rnAl pasar, le abrasaba la boca y
la garganta, haciéndole toser yrnresoplar. Sin dejar de criticar los deportes
peligrosos y a los profesores ineptos,rnla señora Pomfrey se retiró, dejando que
Lily ayudara a Harry a beber agua.
—¡ Hemos ganado! —le dijo Ron,rnsonriendo tímidamente—. Todo
gracias a tu jugada. ¡Y la cara que harnpuesto Malfoy... Parecía que te quería
matar!
—Me gustaría saber cómo trucó la bludgerrn—dijo Hermione intrigada.
En aquel momento, se abrió de golpe larnpuerta de la enfermería. Sucios y
empapados, entraron para ver a Harryrnlos demás jugadores del equipo de
Gryffindor.
—Un vuelo increíble, Harry —le dijornGeorge—. Acabo de ver a Marcus Flint
gritando a Malfoy algo parecido a querntenía la snitchencima de la cabeza y no
se daba cuenta. Malfoy no parecía muyrncontento.
Habían llevado pasteles, dulces yrnbotellas de zumo de calabaza; se
situaron alrededor de la cama dernHarry, y ya estaban preparando lo que
prometía ser una fiesta estupenda,rncuando se acercó la señora Pomfrey
gritando:
—¡Este chico necesita descansar, tienernque recomponer treinta y tres
huesos! ¡Fuera! ¡FUERA!
Y dejaron solo a Harry, sin nadie quernlo distrajera de los horribles dolores
de su brazo inerte.
Horas después, Harry despertórnsobresaltado en una total oscuridad, dando un
breve grito de dolor: sentía como sirntuviera el brazo lleno de grandes astillas.
Por un instante pensó que era aquellornlo que le había despertado. Pero luego
se dio cuenta, con horror, de que alguien,rnen la oscuridad, le estaba poniendo
una esponja en la frente.
—¡Fuera! —gritó, y luego, al reconocerrnal intruso, exclamó—: ¡Dobby!
Los ojos del tamaño de pelotas derntenis del elfo doméstico miraban
desorbitados a Harry a través de larnoscuridad. Una sola lágrima le bajaba por la
nariz larga y afilada.
—Harry Potter ha vuelto al colegiorn—susurró triste—. Dobby avisó y avisó
a Harry Potter. ¡Ah, señor!, ¿por quérnno hizo caso a Dobby? ¿Por qué no volvió
a casa Harry Potter cuando perdió elrntren?
Harry se incorporó con gran esfuerzo yrntiró al suelo la esponja de Dobby.
—¿Qué hace aquí? —dijo—. ¿Y cómo sabernque perdí el tren? —A Dobby
le tembló un labio, y a Harry lornacometió una repentina sospecha—. ¡Fue usted!
—dijo despacio—. ¡Usted impidió que larnbarrera nos dejara pasar!
—Sí, señor, claro —dijo Dobby,rnmoviendo vigorosamente la cabeza de
arriba abajo y agitando las orejas—.rnDobby se ocultó y vigiló a Harry y selló la
verja, y Dobby tuvo que quemarserndespués las manos con la plancha. —
Enseñó a Harry diez largos dedosrnvendados—. Pero a Dobby no le importó,
señor, porque pensaba que Harry Potterrnestaba a salvo, ¡pero no se le ocurrió
que Harry Potter pudiera llegar alrncolegio por otro medio!
Se balanceaba hacia delante y haciarnatrás, agitando su fea cabeza.
—¡Dobby se llevó semejante disgustorncuando se enteró de que Harry
Potter estaba en Hogwarts, que se lernquemó la cena de su señor! Dobby nunca
había recibido tales azotes, señor...
Harry se desplomó de nuevo sobre lasrnalmohadas.
—Casi consigue que nos expulsen a Ronrny a mí —dijo Harry con dureza—.
Lo mejor es que se vaya antes de quernmis huesos vuelvan a crecer, Dobby, o
podría estrangularle.
Dobby sonrió levemente.
—Dobby está acostumbrado a lasrnamenazas, señor. Dobby las recibe en
casa cinco veces al día.
Se sonó la nariz con una esquina delrnsucio almohadón que llevaba puesto;
su aspecto eran tan patético que Harryrnsintió que se le pasaba el enojo, aunque
no quería.
—¿Esto, señor? —preguntó Dobby,rnpellizcándose el almohadón—. Es un
símbolo de la esclavitud del elforndoméstico, señor. A Dobby sólo podrán
liberarlo sus dueños un día si le danrnalguna prenda. La familia tiene mucho
cuidado de no pasarle a Dobby nirnsiquiera un calcetín, porque entonces podría
dejar la casa para siempre. —Dobby sernsecó los ojos saltones y dijo de
repente—: ¡Harry Potter debe volver arncasa! Dobby creía que su bludger
bastaría para hacerle...
—¿Su bludger? —dijo Harry,rnvolviendo a enfurecerse—. ¿Qué quiere decir
con «su bludger»? ¿Usted es elrnculpable de que esa bola intentara matarme?
—¡No, matarle no, señor, nunca! —dijornDobby, asustado—. ¡Dobby quiere
salvarle la vida a Harry Potter!rn¡Mejor ser enviado de vuelta a casa, gravemente
herido, que permanecer aquí, señor!rn¡Dobby sólo quería ocasionar a Harry
Potter el daño suficiente para que lornenviaran a casa!
—Ah, ¿eso es todo? —dijo Harryrnirritado—. Me imagino que no querrá
decirme por qué quería enviarme dernvuelta a casa hecho pedazos.
—¡Ah, si Harry Potter supiera...!rn—gimió Dobby, mientras le caían más
lágrimas en el viejo almohadón—. ¡Sirnsupiera lo que significa para nosotros, los
parias, los esclavizados, la escoriarndel mundo mágico...! Dobby recuerda cómo
era todo cuandornEl-que-no-debe-nombrarse estaba en la cima del poder, señor.
¡A nosotros los elfos domésticos sernnos trataba como a alimañas, señor! Desde
luego, así es como aún tratan a Dobby,rnseñor —admitió, secándose el rostro en
el almohadón—. Pero, señor, en lornprincipal la vida ha mejorado para los de mi
especie desde que usted derrotó alrnQue-no-debe-ser-nombrado. Harry Potter
sobrevivió, y cayó el poder del SeñorrnTenebroso, surgiendo un nuevo amanecer,
señor, y Harry Potter brilló como unrnfaro de esperanza para los que
creíamos que nunca terminarían losrndías oscuros, señor... Y ahora, en
Hogwarts, van a ocurrir cosas terribles,rntal vez están ocurriendo ya, y Dobby no
puede consentir que Harry Potterrnpermanezca aquí ahora que la historia va a
repetirse, ahora que la Cámara de losrnSecretos ha vuelto a abrirse...
Dobby se quedó inmóvil, aterrorizado,rny luego cogió la jarra de agua de la
mesilla de Harry y se dio con ella enrnla cabeza, cayendo al suelo. Un segundo
después reapareció trepando por larncama, bizqueando y murmurando:
—Dobby malo, Dobby muy malo...
—¿Así que es cierto que hay una Cámararnde los Secretos? —murmuró
Harry—. Y... ¿dice que se habíarnabierto en anteriores ocasiones? ¡Hable,
Dobby! —Sujetó la huesuda muñeca delrnelfo a tiempo de impedir que volviera a
coger la jarra del agua—. Además, yornno soy de familia muggle. ¿Por qué va a
suponer la cámara un peligro para mi?
—Ah, señor, no me haga más preguntas,rnno pregunte más al pobre Dobby
—tartamudeó el elfo. Los ojos lernbrillaban en la oscuridad—. Se están
planeando acontecimientos terribles enrneste lugar, pero Harry Potter no debe
encontrarse aquí cuando se lleven arncabo. Váyase a casa, Harry Potter.
Váyase, porque no debe verserninvolucrado, es demasiado peligroso...
—¿Quién es, Dobby? —le preguntó Harry,rnmanteniéndolo firmemente
sujeto por la muñeca para impedirlernque volviera a golpearse con la jarra del
agua—. ¿Quién la ha abierto? ¿Quién larnabrió la última vez?
—¡Dobby no puede hablar, señor, nornpuede, Dobby no debe hablar! —
chillé el elfo—. ¡Váyase a casa, HarryrnPotter, váyase a casa!
—¡No me voy a ir a ningún lado! —dijornHarry con dureza—. ¡Mi mejor
amiga es de familia muggle, yrnsu vida está en peligro si es verdad que la
cámara ha sido abierta!
—¡Harry Potter arriesga su propia vidarnpor sus amigos! —gimió Dobby, en
una especie de éxtasis de tristeza—.rn¡Es tan noble, tan valiente...! Pero tiene
que salvarse, tiene que hacerlo, HarryrnPotter no puede...
Dobby se quedó inmóvil de repente, yrntemblaron sus orejas de murciélago.
Harry también lo oyó: eran pasos quernse acercaban por el corredor.
—¡Dobby tiene que irse! —musitó elrnelfo, aterrorizado.
Se oyó un fuerte ruido, y el puño dernHarry se cerró en el aire. Se echó de
nuevo en la cama, con los ojos fijosrnen la puerta de la enfermería, mientras los
pasos se acercaban.
Dumbledore entró en el dormitorio,rnvestido con un camisón largo de lana y
un gorro de dormir. Acarreaba unrnextremo de lo que parecía una estatua. La
profesora McGonagall apareció unrnsegundo después, sosteniendo los pies.
Entre uno y otra, dejaron la estatuarnsobre una cama.
—Traiga a la señora Pomfrey —susurrórnDumbledore, y la profesora
McGonagall desapareció a toda prisarnpasando junto a los pies de la cama de
Harry. Harry estaba inmóvil,rnhaciéndose el dormido. Oyó voces apremiantes, y
la profesora McGonagall volvió arnaparecer, seguida por la señora Pomfrey, que
se estaba poniendo un jersey sobre elrncamisón de dormir. Harry la oyó tomar
aire bruscamente.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó la señorarnPomfrey a Dumbledore en un
susurro, inclinándose sobre larnestatua.
—Otra agresión —explicó Dumbledore—.rnMinerva lo ha encontrado en las
escaleras.
—Tenía a su lado un racimo de uvasrn—dijo la profesora McGonagall—.
Suponemos que intentaba llegar hastarnaquí para visitar a Potter.
A Harry le dio un vuelco el corazón.rnLentamente y con cuidado, se alzó
unos centímetros para poder ver larnestatua que había sobre la cama. Un rayo
de luna le caía sobre el rostro ErarnColin Creevey. Tenía los ojos muy abiertos y sus manos sujetaban la cámara dernfotos encima del pecho.
—¿Petrificado? —susurró la señorarnPomfrey.
—Sí —dijo la profesora McGonagall—.rnPero me estremezco al pensar... Si
Albus no hubiera bajado por chocolaterncaliente, quién sabe lo que podría
haber...
Los tres miraban a Colin. Dumbledorernse inclinó y desprendió la cámara de
fotos de las manos rígidas de Colin.
—¿Cree que pudo sacar una foto a surnatacante? —le preguntó la profesora
McGonagall con expectación.
Dumbledore no respondió. Abrió larncámara.
—¡Por favor! —exclamó la señorarnPomfrey.
Un chorro de vapor salió de la cámara.rnA Harry, que se encontraba tres
camas más allá, le llegó el olor agriorndel plástico quemado.
—Derretido —dijo asombrada la señorarnPomfrey—. Todo derretido...
—¿Qué significa esto, Albus? —preguntórnapremiante la profesora
McGonagall.
—Significa —contestó Dumbledore— quernes verdad que han abierto de
nuevo la Cámara de los Secretos.
La señora Pomfrey se llevó una mano arnla boca. La profesora McGonagall
miró a Dumbledore fijamente.
—Pero, Albus..., ¿quién...?
—La cuestión no es quién—dijornDumbledore, mirando a Colin—; la
cuestión es cómo.
Y a juzgar por lo que Harry pudornvislumbrar de la expresión sombría de la
profesora McGonagall, ella no lorncomprendía mejor que él
Los Potter esperaban en el pasillo, Nornhabían alcanzado a ver que llevaban a Colin a la enfermeria, pero Lily se diornvuelta justo a tiempo para ver a lockhart que había quedado rezagado, llegarrntras dumbledore y Mcgonagall.
James trató de evitar que lilianrncorriera hacia el, pero no pudo.
—Sra Potter….—dijo el profesor con unarnsonrisa galante a lily.
Lilian travesó la cara del hombre conrnuna sonora cachetada. James habría reido, de no ser porque ahora sentía pena dernaquel hombre, el conocía la ira de su mujer y no se la deseaba a nadie.
—¡Escúchame maldito incompetente! ¡nornquiero que tu varita vuelva jamás a apuntar ninguna parte del cuerpo de mi hijorno de sus amigos, porque juro por Merlin que si llego a saberlo te la quitaré,rnHare que te la tragues, la sacare por tu horrible trasero y te destriparé conrnella…¿Fui clara...."Profesor"?
—Más le vale hacerle caso…—murmuró james—serncomo es cuando se enoja.
—en verdad siento lo ocurrido—dijornLockhart y entró completamente asustado a la enfermería.