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Historia 190400 — capítulo 32

Durante la segunda semana de diciembre, la profesora McGonagall pasó,

como de costumbre, a recoger los nom bres de los que se quedarían en el

colegio en Navidades. Harry, Ron y Hermione firmaron en la lista; habían oído

que Malfoy se quedaba, lo cual les pareció muy sospechoso. Las vacaciones

serían un momento perfecto para utilizar la poción multijugose intentar

sonsacarle una confesión.

Por desgracia, la poción estaba a medio acabar. Aún necesitaban el

cuerno de bicornio y la piel de serpiente arbórea africana, y el único lugar del

que podrían sacarlos era el armario privado de Snape.

—Lo que tenemos que hacer —dijo animadamente Hermione, cuando se

acercaba la doble clase de Pociones de la tarde del jueves— es distraerle con

algo. Entonces uno de nosotros podrá entrar en el despacho de Snape y coger

lo que necesitamos. —Harry y Ron la miraron nerviosos—. Creo que es mejor

que me encargue yo misma del robo —continué Hermione, como si tal cosa—

a ustedes los expulsarían si los atrapan en otra, mientras que yo tengo el

expediente limpio. Así que no tenéis más que originar un tumulto lo suficientemente importante para mantener ocupado a Snape unos cinco minutos.

Harry sonrió tímidamente. Provocar un tumulto en la clase de Pociones de

Snape era tan arriesgado como pegarle un puñetazo en el ojo a un dragón

dormido.

Las clases de Pociones se impartían en una de las mazmorras más

espaciosas. Aquella tarde de jueves, la clase se desarrollaba como siempre.

Veinte calderos humeaban entre los pupitres de madera, en los que

descansaban balanzas de latón y jarras con los ingredientes. Snape rondaba

por entre los fuegos, haciendo comentarios envenenados sobre el trabajo de

los de Gryffindor, mientras los de Slytherin se reían a cada crítica.

A Harry la pócima infladora le salía demasiado líquida, pero en aquel

momento le preocupaban otras cosas más im portantes. Aguardaba una seña

de Hermione, y apenas prestó atención cuando Snape se detuvo a mirar con

desprecio su poción agnada. Cuando Snape se volvió y se fue a ridiculizar a

Neville, Hermione captó la mirada de Harry; y le hizo con la cabeza un gesto

afirmativo.

Harry se agachó rápidamente y se escondió detrás de su caldero, se sacó

de un bolsillo una de las bengalas del doctor Filibuster que tenía Fred, y le dio

un golpe con la varita. La bengala se puso a silbar y echar chispas. Sabiendo

que sólo contaba con unos segundos, Harry se levantó, apuntó y la lanzó al

aire. La bengala aterrizó dentro del caldero de Goyle.

La poción de Goyle estalló, rociando a toda la clase. Los alumnos chillaban

cuando los alcanzaba la pócima infladora. A Malfoy le salpicó en toda la cara, y

la nariz se le empezó a hinchar como un balón; Goyle andaba a ciegas

tapándose los ojos con las manos, que se le pusieron del tamaño de platos

soperos, mientras Snape trataba de restablecer la calma y de entender qué

había sucedido. Harry vio a Hermione aprovechar la confusión para salir

discretamente por la puerta.

—¡Silencio! ¡SILENCIO! —gritaba Snape—. Los que hayan sido salpicados

por la poción, que vengan aquí para ser curados. Y cuando averigüe quién ha

hecho esto...

Harry intentó contener la risa cuando vio a Malfoy apresurarse hacia la

mesa del profesor, con la cabeza caída a causa del peso de la nariz, que había

llegado a alcanzar el tamaño de un pequeño melón. Mientras la mitad de la

clase se apiñaba en torno a la mesa de Snape, unos quejándose de sus brazos

del tamaño de grandes garrotes, y otros sin poder hablar debido a la hinchazón

de sus labios, Harry vio que Hermione volvía a entrar en la mazmorra, con un

bulto debajo de la túnica.

Cuando todo el mundo se hubo tomado un trago de antídoto y las diversas

hinchazones remitieron, Snape se fue hasta el caldero de Goyle y extrajo los

restos negros y retorcidos de la bengala. Se produjo un silencio repentino.

—Si averiguo quién ha arrojado esto —susurró Snape—, me aseguraré de

que lo expulsen.

Harry puso una cara que esperaba que fuera de perplejidad. Snape lo

miraba a él, y la campana que sonó al cabo de diez minutos no pudo ser mejor

bienvenida.

—Sabe que fui yo —dijo Harry a Ron y Hermione, mientras iban deprisa a los aseos de Myrtle la Llorona—. Podría jurarlo.

Hermione echó al caldero los nuevos ingredientes y removió con brío.

—Estará lista dentro de dos semanas —dijo contenta.

Una semana más tarde, Harry, Andrew, Ron y Hermione cruzaban el vestíbulo cuando vieron a un puñado de gente que se agolpaba delante del tablón de anuncios

para leer un pergamino que acababan de colgar. Seamus Finnigan y Dean

Thomas les hacían señas, entusiasmados.

—¡Van a abrir un club de duelo! —dijo Seamus—. ¡La primera sesión será

esta noche! No me importaría recibir unas clases de duelo, podrían ser útiles

en estos días...

—¿Por qué? ¿Acaso piensas que se va a batir el monstruo de Slytherin?

—preguntó Ron, pero lo cierto es que también él leía con interés el cartel.

—Podría ser útil —les dijo a Harry y Hermione cuando se dirigían a

cenar—. ¿Vamos?

Harry y Hermione se mostraron completamente a favor, así que aquella

noche, a las ocho, se dirigieron deprisa al Gran Comedor. Las grandes mesas

de comedor habían desaparecido, y adosada a lo largo de una de las paredes

había una tarima dorada, iluminada por miles de velas que flotaban en el aire.

El techo volvía a ser negro, y la mayor parte de los alumnos parecían haberse

reunido debajo de él, portando sus varitas mágicas y aparentemente entusiasmados.

—Me pregunto quién nos enseñará —dijo Hermione, mientras se

internaban en la alborotada multitud—. Alguien me ha dicho que Flitwick fue

campeón de duelo cuando era joven, quizá sea él.

—Con tal de que no sea... —Harry empezó una frase que terminó en un

gemido: Gilderoy Lockhart se encaminaba a la tarima, resplandeciente en su

túnica color ciruela oscuro, y lo acompañaba nada menos que Snape, con su

usual túnica negra.

Lockhart rogó silencio con un gesto del brazo y dijo:

—¡Vengan aquí! ¿Me ve todo el mundo? ¿Me oís todos?

¡Estupendo! El profesor Dumbledore me ha concedido permiso para abrir este modesto club de duelo, con la intención de prepararlos a todos por si

algún día necesitan defenderse tal como me ha pasado a mí en incontables

ocasiones (para más detalles, consulten mis obras).

»Permítanme que les presente a mi ayudante, el profesor Snape —dijo

Lockhart, con una amplia sonrisa—. Él dice que sabe un poquito sobre el arte

de batirse, y ha accedido desinteresadamente a ayudarme en una pequeña

demostración antes de empezar. Pero no quiero que os preocupéis los más

jóvenes: no van a quedarse sin profesor de Pociones después de esta

demostración, ¡no temáis!

—¿No estaría bien que se mataran el uno al otro? —susurró Ron a Harry

al oído.

En el labio superior de Snape se apreciaba una especie de mueca de

desprecio. Harry se preguntaba por qué Lockhart continuaba sonriendo; si

Snape lo hubiera mirado como miraba a Lockhart, habría huido a todo correr en

la dirección opuesta.

Lockhart y Snape se encararon y se hicieron una reverencia. O, por lo

menos, la hizo Lockhart, con mucha floritura de la mano, mientras Snape movía

la cabeza de mal humor. Luego alzaron sus varitas mágicas frente a ellos,

como si fueran espadas.

—Como ven, sostenemos nuestras varitas en la posición de combate

convencional —explicó Lockhart a la silenciosa multitud—. Cuando cuente tres,

haremos nuestro primer embrujo. Pero claro está que ninguno de los dos tiene

intención de matar.

—Yo no estaría tan seguro —susurró Harry, viendo a Snape enseñar los

dientes.

—Una..., dos... y tres.

Ambos alzaron las varitas y las dirigieron a los hombros del contrincante.

Snape gritó:

—¡Expelliarmus!

Resplandeció un destello de luz roja, y Lockhart despegó en el aire, voló

hacia atrás, salió de la tarima, pegó contra el muro y cayó resbalando por él

hasta quedar tendido en el suelo.

Malfoy y algunos otros de Slytherin vitorearon. Hermione se puso de

puntillas.

—¿Creéis que estará bien? —chilló por entre los dedos con que se tapaba

la cara.

—¿A quién le preocupa? —dijeron Harry ,Ron y andrew al mismo tiempo.

Lockhart se puso de pie con esfuerzo. Se le había caído el sombrero y su pelo ondulado se le había puesto de punta.

—¡Bueno, ya lo habéis visto! —dijo, tambaleándose al volver a la tarima—.

Eso ha sido un encantamiento de desarme; como podéis ver, he perdido la

varita... ¡Ah, gracias, señorita Brown! Sí, profesor Snape, ha sido una excelente

idea enseñarlo a los alumnos, pero si no le importa que se lo diga, era muy

evidente que iba a atacar de esa manera. Si hubiera querido impedírselo, me

habría resultado muy fácil. Pero pensé que sería instructivo dejarles que

vieran...

Snape parecía dispuesto a matarlo, y quizá Lockhart lo notara, porque dijo:

—¡Basta de demostración! Vamos a colocaros por parejas. Profesor

Snape, si es tan amable de ayudarme...

Se metieron entre la multitud a formar parejas. Lockhart puso a Neville con

Justin Finch-Fletchley, pero Snape llegó primero hasta donde estaban Ron y

Harry

—Ya es hora de separar a este equipo ideal, creo —dijo con expresión

desdeñosa—. Weasley, puedes emparejarte con Finnigan. Potter...

Harry se acercó automáticamente a Hermione.

—Me parece que no —dijo Snape, sonriendo con frialdad—. Señor Malfoy,

aquí. Veamos qué puedes hacer con el famoso Potter. La señorita Granger que

se ponga con Bulstrode. Andy hizo pareja con un Slytherin de primero.

—¡Poneos frente a vuestros contrincantes —dijo Lockhart, de nuevo sobre

la tarima— y haced una inclinación!

Harry y Malfoy apenas bajaron la cabeza, mirándose fijamente.

—. Veamos, Harry —dijo Lockhart—, cuando Draco te apunte

con la varita, tienes que hacer esto.

Levantó la varita, intentó un complicado movimiento, y se le cayó al suelo.

Snape sonrió y Lockhart se apresuró a recogerla, diciendo:

—¡Vaya, mi varita está un poco nerviosa!

Snape se acercó a Malfoy, se inclinó y le susurró algo al oído. Malfoy

también sonrió. Harry miró asustado a Lockhart y le dijo:

—Profesor, ¿me podría explicar de nuevo cómo se hace eso de

interceptar?

—¿Asustado? —murmuró Malfoy, de forma que Lockhart no pudiera oírle.

—Eso quisieras tú —le dijo Harry torciendo la boca.

Lockhart dio una palmada amistosa a Harry en el hombro.

—¡Simplemente, hazlo como yo, Harry!

—¿El qué?, ¿dejar caer la varita?

Pero Lockhart no le escuchaba.

—Tres, dos, uno, ¡ya! —gritó.

Malfoy levantó rápidamente la varita y bramó:

—¡Serpensortia!

Hubo un estallido en el extremo de su varita. Harry vio, aterrorizado, que

de ella salía una larga serpiente negra, caía al suelo entre los dos y se erguía,

lista para atacar. Todos se echaron atrás gritando y despejaron el lugar en un

segundo.

—No te muevas, Potter —dijo Snape sin hacer nada, disfrutando

claramente de la visión de Harry, que se había quedado inmóvil, mirando a los

ojos a la furiosa serpiente—. Me encargaré de ella...

—¡Permitidme! —gritó Lockhart. Blandió su varita apuntando a la serpiente

y se oyó un disparo: la serpiente, en vez de desvanecerse, se elevó en el aire

unos tres metros y volvió a caer al suelo con un chasquido. Furiosa, silbando

de enojo, se deslizó derecha hacia Finch-Fletchley y se irguió de nuevo,

enseñando los colmillos venenosos.

Harry no supo por qué lo hizo, ni siquiera fue consciente de ello. Sólo

percibió que las piernas lo impulsaban hacia delante como si fuera sobre

ruedas y que gritaba absurdamente a la serpiente: «¡Déjale!» Y milagrosa e

inexplicablemente, la serpiente bajó al suelo, tan inofensiva como una gruesa

manguera negra de jardín, y volvió los ojos a Harry. A éste se le pasó el miedo.

Sabía que la serpiente ya no atacaría a nadie, aunque no habría podido

explicar por qué lo sabía.

Sonriendo, miró a Justin, esperando verlo aliviado, o confuso, o

agradecido, pero ciertamente no enojado y asustado.

—¿A qué crees que jugamos? —gritó, y antes de que Harry pudiera

contestar, se había dado la vuelta y abandonaba el salón.

Snape se acercó, blandió la varita y la serpiente desapareció en una

pequeña nube de humo negro. También Snape miraba a Harry de una manera

rara; era una mirada astuta y calculadora que a Harry no le gustó. Fue

vagamente consciente de que a su alrededor se oían unos inquietantes murmullos.

A continuación, sintió que alguien le tiraba de la túnica por detrás.

—Vamos —le dijo Ron al oído—. Vamos...

Ron lo sacó del salón, sus amigos fueron con ellos. Al atravesar las puertas,

los estudiantes se apartaban como si les diera miedo contagiarse. Harry no

tenía ni idea de lo que pasaba, y ni Ron ni Hermione le explicaron nada hasta

llegar a la sala común de Gryfindor, que estaba vacía.

Entonces Ron sentó a

Harry en una butaca y le dijo:

—Hablas pársel. ¿Por qué no nos lo habías dicho?

—¿Que hablo qué? —dijo Harry.

—¡Pársel!—dijo Ron—. ¡Puedes hablar con las serpientes!

—Lo sé —dijo Harry—. Quiero decir, que ésta es la segunda vez que lo

hago. Una vez, accidentalmente, le eché una boa constrictor a mi primo Dudley

en el zoo... Es una larga historia... pero ella me estaba diciendo que no había

estado nunca en Brasil, y yo la liberé sin proponérmelo. Fue antes de saber

que era un mago...

—¿Entendiste que una boa constrictor te decía que no había estado nunca

en Brasil? —repitió Andy con voz débil.

—¿Y qué? —preguntó Harry—. Apuesto a que pueden hacerlo montones

de personas.

—Desde luego que no —dijo Hermione—. No es un don muy frecuente. Harry,

eso no es bueno.

—¿Que no es bueno? —dijo Harry, comenzando a enfadarse—. ¿Qué le

pasa a todo el mundo? Mira, si no le hubiera dicho a esa serpiente que no

atacara a Justin...

—¿Eso es lo que le dijiste? —Interrogó Andy

— ¿Qué pasa? Tú estabas allí... Tú me oíste.

—Hablaste en lengua pársel—le dijo Hermione —, la lengua de las serpientes.

Podías haber dicho cualquier cosa. No te sorprenda que Justin se asustara,

parecía como si estuvieras incitando a la serpiente, o algo así. Fue

escalofriante.

Harry se quedó con la boca abierta.

—¿Hablé en otra lengua? Pero no comprendo... ¿Cómo puedo hablar en

una lengua sin saber que la conozco?

Ron negó con la cabeza. Por la cara que ponían tanto él como Hermione,

parecía como si acabara de morir alguien. Harry no alcanzaba a comprender

qué era tan terrible.

—¿Me quieren decir qué hay de malo en impedir que una serpiente grande

y asquerosa arranque a Justin la cabeza de un mordisco? —preguntó—. ¿Qué

importa cómo lo hice si evité que Justin tuviera que ingresar en el Club de

Cazadores Sin Cabeza?

—Sí importa —dijo Hermione, hablando en un susurro—, porque

Salazar Slytherin era famoso por su capacidad de hablar con las serpientes.

Por eso el símbolo de la casa de Slytherin es una serpiente.

Harry se quedó boquiabierto.

—Exactamente —dijo Ron—. Y ahora todo el colegio va a pensar que tú

eres su tatara-tatara-tatara-tataranieto o algo así.

—Pero no lo soy —dijo Harry, sintiendo un inexplicable terror.

—Te costará mucho demostrarlo —dijo Andy—. Él vivió hace unos mil

años, así que bien podrías serlo.

Aquella noche, Harry pasó varias horas despierto. Por una abertura en las

colgaduras de su cama, veía que la nieve comenzaba a amontonarse al otro

lado de la ventana de la torre, y meditaba.

¿Era posible que fuera un descendiente de Salazar Slytherin? Al fin y al

cabo, no sabía casi nada sobre la familia de su padre. Debería hablar con ellos.

En voz baja, trató de decir algo en lengua pársel, pero no encontró las

palabras. Parecía que era requisito imprescindible estar delante de una

serpiente.

«Pero estoy en Gryffindor —pensó Harry—. El Sombrero Seleccionador no

me habría puesto en esta casa si tuviera sangre de Slytherin...»

Durante toda la noche, Harry le dio vueltas al asunto de Justin, debía encontrar la forma de que entendiera, incluso a la mañana siguiente, acabó con la paciencia de Hermione que se batía con ron en un juego de ajedrez.

De forma que Harry se levantó y salió por el retrato, preguntándose dónde

estaría Justin.

El castillo estaba más oscuro de lo normal en pleno día, a causa de la

nieve espesa y gris que se arremolinaba en todas las ventanas. Tiritando, Harry

pasó por las aulas en que estaban haciendo clase, vislumbrando algunas escenas

de lo que ocurría dentro. La profesora McGonagall gritaba a un alumno

que, a juzgar por lo que se oía, había convertido a su compañero en un tejón.

Aguantándose las ganas de echar un vistazo, Harry siguió su camino,

pensando que Justin podría estar aprovechando su hora libre para hacer

alguna tarea pendiente, y decidió mirar antes que nada en la biblioteca.

Efectivamente, algunos de los de Hufflepuff que tenían clase de Herbología

estaban en la parte de atrás de la biblioteca, pero no parecía que estudiasen.

Entre las largas filas de estantes, Harry podía verlos con las cabezas casi

pegadas unos a otros, en lo que parecía una absorbente conversación. No

podía distinguir si entre ellos se encontraba Justin. Se les estaba acercando

cuando consiguió entender algo de lo que decían, y se detuvo a escuchar,

oculto tras la sección de «Invisibilidad».

—Así que —decía un muchacho corpulento— le dije a Justin que se

ocultara en nuestro dormitorio. Quiero decir que si Potter lo ha señalado como

su próxima víctima, es mejor que se deje ver poco durante una temporada. Por

supuesto, Justin se temía que algo así pudiera ocurrir desde que se le escapó

decirle a Potter que era de familia muggle. Lo que Justin le dijo exactamente es

que le habían reservado plaza en Eton. No es el mejor comentario que se le

puede hacer al heredero de Slytherin, ¿verdad?

—¿Entonces estás convencido de que es Potter, Ernie? —preguntó

asustada una chica rubia con coletas.

Harry no pudo aguantar más y se fue de allí, que los demás le temieran le resultaba muy doloroso. Se dirigió al castillo a buscar los libros para su clase de transfiguraciones, resignado a que nada podría hacer por ahora.

Harry subió las escaleras y volvió por otro corredor. Estaba mucho más

oscuro, porque el viento fuerte y helado que penetraba por el cristal flojo de una

ventana había apagado las antorchas. Iba por la mitad del corredor cuando tropezó

y cayó de cabeza contra algo que había en el suelo.

Se volvió y afinó la vista para ver qué era aquello sobre lo que había caído,

y sintió que el mundo le venía encima.

Sobre el suelo, rígido y frío, con una mirada de horror en el rostro y los ojos

en blanco vueltos hacia el techo, yacía Justin Finch-Fletchley. Y eso no era

todo. A su lado había otra figura, componiendo la visión más extraña que Harry

hubiera contemplado nunca.

Se trataba de Nick Casi Decapitado, que no era ya transparente ni de color

blanco perlado, sino negro y neblinoso, y flotaba inmóvil, en posición horizontal,

a un palmo del suelo. La cabeza estaba medio colgando, y en la cara tenía una

expresión de horror idéntica a la de Justin.

Harry se puso de pie, con la respiración acelerada y el corazón ejecutando

contra sus costillas lo que parecía un redoble de tambor. Miró enloquecido

arriba y abajo del corredor desierto y vio una hilera de arañas huyendo de los

cuerpos a todo correr. Lo único que se oía eran las voces amortiguadas de los

profesores que daban clase a ambos lados.

Podía salir corriendo, y nadie se enteraría de que había estado allí. Pero

no podía dejarlos de aquella manera..., tenía que hacer algo por ellos. ¿Habría

alguien que creyera que él no había tenido nada que ver?

Aún estaba allí, aterrorizado, cuando se abrió de golpe la puerta que tenía

a su derecha. Peeves el poltergeistsurgió de ella a toda velocidad.

—¡Vaya, si es Potter pipí en el pote! —cacareó Peeves, ladeándole las

gafas de un golpe al pasar a su lado dando saltos—. ¿Qué trama Potter? ¿Por

qué acecha?

Peeves se detuvo a media voltereta. Boca abajo, vio a Justin y Nick Casi

Decapitado. Cayó de pie, llenó los pulmones y, antes de que Harry pudiera

impedirlo, gritó:

—¡AGRESIÓN! ¡AGRESIÓN! ¡OTRA AGRESIÓN! NINGUN MORTAL NI

FANTASMA ESTÁ A SALVO! SALVESE QUIEN PUEDA! AGREESIÓÓÓÓN!

Pataplún, patapán, pataplún: una puerta tras otra, se fueron abriendo todas

las que había en el corredor, y la gente empezó a salir. Durante varios minutos,

hubo tal jaleo que por poco no aplastan a Justin y atraviesan el cuerpo de Nick

Casi Decapitado.

Los alumnos acorralaron a Harry contra la pared hasta que los profesores

pidieron calma. La profesora McGonagall llegó corriendo, seguida por sus

alumnos, uno de los cuales aún tenía el pelo a rayas blancas y negras. La

profesora utilizó la varita mágica para provocar una sonora explosión que

restaurase el silencio y ordenó a todos que volvieran a las aulas. Cuando el

lugar se hubo despejado un poco, llegó corriendo Ernie, el de Hufflepuff.

—¡Te han cogido con las manos en la masa! —gritó Ernie, con la cara

Completamente blanca, señalando con el dedo a Harry.

—¡Ya Basta, Macmillan! —dijo con severidad la profesora McGonagall.

Los profesores Flitwick y Sinistra, del departamento de Astronomía, fueron

los encargados de llevar a Justin a la enfermería, pero nadie parecía saber qué

hacer con Nick Casi Decapitado. Al final, la profesora McGonagall hizo

aparecer de la nada un gran abanico, y se lo dio a Ernie con instrucciones de

subir a Nick Casi Decapitado por las escaleras. Ernie obedeció, abanicando a

Nick por el corredor para llevárselo por el aire como si se tratara de un

aerodeslizador silencioso y negro. De esa forma, Harry y la profesora

McGonagall se quedaron a solas.

—Por aquí, Potter —indicó ella.

—Profesora —le dijo Harry enseguida—, le juro que yo no...

—Eso se escapa de mi competencia, Potter —dijo de manera cortante la

profesora McGonagall.

Caminaron en silencio, doblaron una esquina, y ella se paró ante una

gárgola de piedra grande y extremadamente fea.

—¡Sorbete de limón! —dijo la profesora.

Se trataba, evidentemente, de una contraseña, porque de repente la

gárgola revivió y se hizo a un lado, al tiempo que la pared que había detrás se

abría en dos. Incluso aterrorizado como estaba por lo que le esperaba, Harry

no pudo dejar de sorprenderse. Detrás del muro había una escalera de caracol

que subía lentamente hacia arriba, como si fuera mecánica. Al subirse él y la

profesora McGonagall, la pared volvió a cerrarse tras ellos con un golpe sordo Subieron más y más dando vueltas, hasta que al fin, ligeramente mareado,

Harry vio ante él una reluciente puerta de roble, con una aldaba de bronce en

forma de grifo, el animal mitológico con cuerpo de león y cabeza de águila.

Entonces supo adónde lo llevaba. Aquello debía de ser la vivienda de

Dumbledore.

Dejaron la escalera de piedra y la profesora McGonagall llamó a la puerta. Ésta

se abrió silenciosamente y entraron. La profesora McGonagall pidió a Harry

que esperara y lo dejó solo.

Harry miró a su alrededor. Una cosa era segura: de todos los despachos

de profesores que había visitado aquel año, el de Dumbledore era, con mucho,

el más interesante. Si no hubiera tenido tanto miedo a ser expulsado del

colegio, habría disfrutado observando todo aquello.

Era una sala circular, grande y hermosa, en la que se oía multitud de leves

y curiosos sonidos. Sobre las mesas de patas largas y finísimas había chismes

muy extraños que hacían ruiditos y echaban pequeñas bocanadas de humo.

Las paredes aparecían cubiertas de retratos de antiguos directores, hombres y

mujeres, que dormitaban encerrados en los marcos. Había también un gran

escritorio con pies en forma de zarpas, y detrás de él, en un estante, un

sombrero de mago ajado y roto: era el Sombrero Seleccionador.

Harry dudó. Echó un cauteloso vistazo a los magos y brujas que había en

las paredes. Seguramente no haría ningún mal poniéndoselo de nuevo. Sólo

para ver si..., sólo para asegurarse de que lo había colocado en la casa

correcta.

Se acercó sigilosamente al escritorio, cogió el sombrero del estante y se lo

puso despacio en la cabeza. Era demasiado grande y se le caía sobre los ojos,

igual que en la anterior ocasión en que se lo había puesto. Harry esperó pero

no pasó nada. Luego, una sutil voz le dijo al oído:

—¿No te lo puedes quitar de la cabeza, eh, Harry Potter?

—Mmm, no —respondió Harry—. Esto..., lamento molestarte, pero quería

preguntarte...

—Te has estado preguntando si yo te había mandado a la casa acertada

—dijo acertadamente el sombrero—. Sí..., tú fuiste bastante difícil de colocar.

Pero mantengo lo que dije... aunque —Harry contuvo la respiración— podrías

haber ido a Slytherin.

El corazón le dio un vuelco. Cogió el sombrero por la punta y se lo quitó.

Quedó colgando de su mano, mugriento y ajado. Algo mareado, lo dejó de

nuevo en el estante.

—Te equivocas —dijo en voz alta al inmóvil y silencioso sombrero. Éste no

se movió. Harry se separó un poco, sin dejar de mirarlo.

Llevaba largo rato allí cuando la puerta se abrió, dumbledore entro y el corazón de Harry dioun vuelco al ver a sus padres. Justo cuando más los necesitaba.

—Mamá….papá…—dijo con desesperación—les juro…que no lo hice.

James lo abrazó para reconfortarlo.

—tranquilo socio…todo saldrá bien- susurró el Sr. Potter

Harry pensó en cómo se sentiría su madre, que provenía de familia muggle. Levanto la vista y encontró los ojos de su madre. Entonces el chico derramo algunas lagrimas.

—mamá…no fui yo..yo no lo hice…

Lily tomó amorosamente el rostro de su hijo entre las manos y lo besó en la frente.

—Shhh—lo rodeo con sus brazos y con voz quebrada repuso:—ya sé que no, cielo. Lo sabemos.

Lily lo estrechó con fuerza contra su pecho, tratando de contener sus propias lagrimas. Le dolía ver a su niño tan angustiado.

—¿Quieres venir a casa? —Preguntó James—El profesor Dumbledore, te dejaría venir unos días para que te despejes un poco.

Harry negó con la cabeza.

—no voy a huir como si fuera el culpable….

—sabes que no necesitas demostrarle nada a nadie ¿no? Puedes venir a casa…

—tampoco puedo dejar Hermione…es peligroso.

—Lily, James…por favor, esperen en los terrenos, necesito un momento con Harry…

—Estaremos en el lago…

Harry asintió.

Los acompaño abajo y los despido—dijo el profesor y los tres salieron.

Entonces, un ruido como de arcadas le hizo volverse completamente.

No estaba solo. Sobre una percha dorada detrás de la puerta, había un

Pájaro de aspecto decrépito que parecía un pavo medio desplumado. Harry lo

miró, y el pájaro le devolvió una mirada torva, emitiendo de nuevo su particular

ruido. Parecía muy enfermo. Tenía los ojos apagados y, mientras Harry lo

miraba, se le cayeron otras dos plumas de la cola.

Estaba pensando en que lo único que le faltaba es que el pájaro de

Dumbledore se muriera mientras estaba con él a solas en el despacho, cuando

el pájaro comenzó a arder. Harry profirió un grito de horror y retrocedió hasta el escritorio. Buscó por si hubiera cerca un vaso con agua, pero no vio ninguno. El pájaro, mientras tanto, se había convertido en una bola de fuego; emitió un fuerte chillido, y un instante después no quedaba de él más que un montoncito humeante de cenizas en el suelo.

La puerta del despacho se abrió. Entró Dumbledore, con aspecto sombrío.

—Profesor —dijo Harry nervioso—, su pájaro..., no pude hacer nada...,

acaba de arder...

Para sorpresa de Harry, Dumbledore sonrió.

—Ya era hora —dijo—. Hace días que tenía un aspecto horroroso. Yo le

decía que se diera prisa.

Se rió de la cara atónita que ponía Harry.

—Fawkeses un fénix, Harry. Los fénix se prenden fuego cuando les llega

el momento de morir, y luego renacen de sus cenizas. Mira...

Harry dirigió la vista hacia la percha a tiempo de ver un pollito diminuto y

arrugado que asomaba la cabeza por entre las cenizas. Era igual de feo que el

antiguo.

—Es una pena que lo hayas tenido que ver el día en que ha ardido —dijo

Dumbledore, sentándose detrás del escritorio—. La mayor parte del tiempo es

realmente precioso, con sus plumas rojas y doradas. Fascinantes criaturas, los

fénix. Pueden transportar cargas muy pesadas, sus lágrimas tienen poderes

curativos y son mascotas muy fieles.

Con el susto del incendio de Fawkes, Harry se había olvidado del motivo

por el que se encontraba allí, pero lo recordó en cuanto Dumbledore se sentó

en su silla de respaldo alto, detrás del escritorio, y fijó en él sus ojos

penetrantes, de color azul claro.

Sin embargo, antes de que el director pudiera decir otra palabra, la puerta

se abrió de improviso e irrumpió Hagrid en el despacho con expresión

desesperada, el pasamontañas mal colocado sobre su pelo negro, y el gallo

muerto sujeto aún en una mano.

—¡No fue Harry, profesor Dumbledore! —dijo Hagrid deprisa—. Yo hablaba

con él segundos antes de que hallaran al muchacho, señor, él no tuvo tiempo...

Dumbledore trató de decir algo, pero Hagrid seguía hablando, agitando el

gallo en su desesperación y esparciendo las plumas por todas partes.

—... No puede haber sido él, lo juraré ante el ministro de Magia si es

necesario...

—Hagrid, yo...

—Usted se confunde de chico, yo sé que Harry nunca...

—¡Hagrid! —dijo Dumbledore con voz potente—, yo no creo que Harry

atacara a esas personas.

—¿Ah, no? —dijo Hagrid, y el gallo dejó de balancearse a su lado—Bueno, en ese caso, esperaré fuera, señor director.

Y, con cierto embarazo, salió del despacho.

—¿Usted no cree que fui yo, profesor? —repitió Harry esperanzado, mientras Dumbledore limpiaba la mesa de plumas.

—No, Harry —dijo Dumbledore, aunque su rostro volvía a ensombrecerse—. Pero aun así quiero hablar contigo.

Harry aguardó con ansia mientras Dumbledore lo miraba, juntando las yemas de sus largos dedos.

—Quiero preguntarte, Harry, si hay algo que te gustaría contarme —dijo

con amabilidad—. Lo que sea.

Harry no supo qué decir. Pensó en Malfoy gritando: «¡Los próximos seréis

los sangre sucia!», y en la poción multijugos, que hervía a fuego lento en los

aseos de Myrtle la Llorona. Luego pensó en la voz que no salía de ningún sitio,

oída en dos ocasiones, y recordó lo que Ron le había dicho: «Oír voces que nadie más puede oír no es buena señal, ni siquiera en el mundo de los

magos.» Pensó, también, en lo que todo el mundo comentaba sobre él, y en su

creciente temor a estar de alguna manera relacionado con Salazar Slytherin...

—No —respondió Harry—, no tengo nada que contarle.

La doble agresión contra Justin y Nick Casi Decapitado convirtió en auténtico

pánico lo que hasta aquel momento había sido inquietud. Curiosamente, resultó

ser el destino de Nick Casi Decapitado lo que preocupaba más a la gente. Se

preguntaban unos a otros qué era lo que podía hacer aquello a un fantasma;

qué terrible poder podía afectar a alguien que ya estaba muerto. La gente se

apresuró a reservar sitio en el expreso de Hogwarts para volver a casa en

Navidad.

—Si sigue así la cosa, sólo nos quedaremos nosotros —dijo Ron a Harry y

Hermione—. Nosotros, Malfoy, Crabbe y Goyle. Serán unas vacaciones

deliciosas.

Crabbe y Goyle, que siempre hacían lo mismo que Malfoy, habían firmado

también para quedarse en vacaciones. Pero Harry estaba contento de que la

mayor parte de la gente se fuera. Estaba harto de que se hicieran a un lado

cuando circulaba por los pasillos, como si fueran a salirle colmillos o a escupir

veneno; harto de que a su paso los demás murmuraran, le señalaran y

hablaran en voz baja.

Fred y George, sin embargo, encontraban todo aquello muy divertido. Le

salían al paso y marchaban delante de él por los corredores gritando:

—Abran paso al heredero de Slytherin, aquí llega el brujo malvado de

veras...

Percy desaprobaba tajantemente este comportamiento.

—No es asunto de risa —decía con frialdad.

—Quítate del camino, Percy —decía Fred—. Harry tiene prisa.

—Sí, va a la Cámara de los Secretos a tomar el té con su colmilludo

sirviente —decía George, riéndose.

Ginny tampoco lo encontraba divertido.

—¡Ah, no! —gemía cada vez que Fred preguntaba a Harry a quién

planeaba atacar a continuación, o cuando, al encontrarse con Harry, George

hacía como que se protegía de Harry con un gran diente de ajo.

A Harry no le importaba; incluso le aliviaba que Fred y George pensaran

que la idea del heredero de Slytherin era para tomársela a broma. Pero sus

payasadas parecían enervar a Draco Malfoy, que se amargaba más cada vez

que los veía con aquel pitorreo.

—Eso es porque está rabiando de ganas de decir que es él —dijo Ron

sentenciosamente—. Ya sabéis cómo aborrece que se le gane en cualquier

cosa, y tú te estás llevando toda la gloria de su sucio trabajo.

—No durante mucho tiempo —dijo Hermione en tono satisfecho—. La

poción multijugosya está casi lista. Cualquier día revelaremos la verdad sobre

él.

Los días pasaron, y la navidad llegó. Aunque estaba castido con pasar las vacaciones en casa sin ver a sus amigos y quedarse le podía traer problemas con sus papás, Harry había firmado la nota para quedarse.

Esa mañana Hermione y Andy  despertaron a Harry y Ron muy temprano.

Iban ya vestidos y llevaban regalos para ambos.

—¡Desperten! —dijo en voz alta, abriendo las cortinas de la ventana.

—Hermione..., sabes que no puedes entrar aquí —dijo Ron, protegiéndose

los ojos de la luz.

—Feliz Navidad a ti también —le dijo Hermione, arrojándole su regalo—.

Me he levantado hace casi una hora, para añadir más crisopos a la poción. Ya

está lista.

Harry se sentó en la cama, despertando por completo de repente.

—¿Estás segura?

—Del todo —dijo Hermione, apartando a la rata Scabberspara poder

sentarse a los pies de la cama—. Si nos decidimos a hacerlo, creo que tendría

que ser esta noche.

Los chicos intercambiaron regalos, y Harry abrió los de su familia. Su papá, le regaló una equipo de protección de quidditch nuevo, su mamá le envió un trineo, para que pudiera divertirse con ron y Hermione en la nieve, también recibió unos bonitos guantes, gorros y bufandas para nieve, de parte de sus tres hermanos.

Además un nuevo jersey weasly con su inicial y una carta de su madre.

Harry:

¡Feliz navidad! Por supuesto que no me molesta que hayas firmado a pesar de estar castigado, entiendo que estas pasándolo mal, y que todo esto es difícil para ti. Me parece bien que quieras acompañar a Hermione. Por favor Harry, solo trata de no meterte en problemas y no se muevan solos.

Todos en casa les deseamos una feliz navidad.

Con amor…

Mamá

Esa noche, estuvieron un rato en el banquete, y luego Hermione los hizo salir para acabar de elaborar su plan.

—Aún nos falta conseguir algo de las personas en que os vais a convertir

—dijo Hermione sin darle importancia, como si los enviara al supermercado a

comprar detergente—. Y, desde luego, lo mejor será que podáis conseguir algo

de Crabbe y de Goyle; como son los mejores amigos de Malfoy, él les contaría

cualquier cosa. Y también tenemos que asegurarnos de que los verdaderos

Crabbe y Goyle no aparecen mientras lo interrogamos.

»Lo tengo todo solucionado —siguió ella tranquilamente y sin hacer caso

de las caras atónitas de Harry y Ron. Les enseñó dos pasteles redondos de

chocolate—. Los hemos rellenado con una simple pócima para dormir. Todo lo que

hay que hacer es aseguraros de que Crabbe y Goyle los encuentran. Ya

saben lo glotones que son; seguro que se los tragan. Cuando estén dormidos, los esconderemos en uno de los armarios de la limpieza y les arrancaremos

unos pelos…de eso te vas a encargar tu Andrew. Y vigilaras que no salgan de su escondite si despiertan, tienes que asegurarte que no los encuentren.

—Esta bien—acepto Andy…al menos no debería tomar nada que contenga como ingrediente una parte del cuerpo de un Slytherin .

Harry y Ron se miraron incrédulos.

—Hermione, no creo...

—Podría salir muy mal...

Pero Hermione los miró con expresión severa, como la que habían visto a

veces adoptar a la profesora McGonagall.

—La poción no nos servirá de nada si no tenemos unos pelos de Crabbe y

Goyle —dijo con severidad—. Quieren interrogar a Malfoy, ¿no?

—De acuerdo, de acuerdo —dijo Harry—. Pero ¿y tú? ¿A quién se lo vas a

arrancar tú?

—¡Yo ya tengo el mío! —dijo Hermione alegre, sacando una botellita

diminuta de un bolsillo y enseñándoles un único pelo que había dentro de

ella—. ¿Os acordáis de que me batí con Millicent Bulstrode en el club de

duelo? ¡Al estrangularme se dejó esto en mi túnica! Y se ha ido a su casa a

pasar las Navidades. Así que lo único que tengo que decirles a los de Slytherin

es que he decidido volver.

Pero, para sorpresa de Harry y de Ron, la primera fase de la operación resultó

tan sencilla como Hermione había supuesto. Andrew, se escondió en el vacío

vestíbulo después de la merienda de Navidad, esperando a Crabbe y a Goyle,

que se habían quedado solos en la mesa de Slytherin, acometiendo cuatro

porciones de bizcocho, había dejado previamente los pasteles de chocolate en el

extremo del pasamanos.

El chico sonrio entusiasmado al ver que Crabbe, lleno de alegría, señalaba a Goyle los pasteles y los cogía.

Sonriendo de forma estúpida, se metieron los pasteles enteros en la boca. Los

masticaron glotonamente durante un momento, poniendo cara de triunfo.

Luego, sin el más leve cambio en la expresión, se desplomaron de espaldas en

el suelo.

Lo más difícil fue arrastrarlos hasta el armario, al otro lado del vestíbulo. En eso ayudaron Ron y Harry, cuanto los tuvieron bien escondidos entre las fregonas y los calderos, Harry arrancó un par de pelos como cerdas, de los que Goyle tenía bien avanzada la frente, y Ron arrancó a Crabbe también algunos. Les cogieron asimismo los zapatos, porque los suyos eran demasiado pequeños para el tamaño de lospies de Crabbe y Goyle. Luego, todavía aturdidos por lo que acababan de

hacer, corrieron hasta los aseos de Myrtle la Llorona.

Apenas podían ver nada a través del espeso humo negro que salía del

retrete en que Hermione estaba removiendo el caldero. Subiéndose las túnicas

para taparse la cara, Harry y Ron llamaron suavemente a la puerta.

—¿Hermione?

Se oyó el chirrido del cerrojo y salió Hermione, con la cara sudorosa y una

mirada inquieta. Tras ella se oía el gluglude la poción que hervía, espesa como

melaza. Sobre la taza del retrete había tres vasos de cristal ya preparados.

Harry sacó el pelo de Goyle.

—Bien. Y yo he cogido estas túnicas de la lavandería —dijo Hermione,

enseñándoles una pequeña bolsa—. Necesitaréis tallas mayores cuando os

hayáis convertido en Crabbe y Goyle.

Los tres miraron el caldero. Vista de cerca, la poción parecía barro espeso

y oscuro que borboteaba lentamente.

—Estoy segura de que lo he hecho todo bien —dijo Hermione, releyendo

nerviosamente la manchada página de Moste Potente Potions—. Parece que

es tal como dice el libro... En cuanto la hayamos bebido, dispondremos de una

hora antes de volver a convertirnos en nosotros mismos.

—¿Qué se hace ahora? —murmuró Ron.

—La separamos en los tres vasos y echamos los pelos. Hermione sirvió en

cada vaso una cantidad considerable de poción. Luego, con mano temblorosa,

trasladó el pelo de Millicent Bulstrode de la botella al primero de los vasos.

La poción emitió un potente silbido, como el de una olla a presión, y

empezó a salir muchísima espuma. Al cabo de un segundo, se había vuelto de

un amarillo asqueroso.

—Echen los suyos, venga —les dijo Hermione.

Harry metió el pelo de Goyle en el vaso del medio, y Ron, el pelo de

Crabbe en el último. Una y otra poción silbaron y echaron espuma, la de Goyle

se volvió del color caqui de los mocos, y la de Crabbe, de un marrón oscuro y

turbio.

—Esperen —dijo Harry, cuando Ron y Hermione cogieron sus vasos—.

Será mejor que no los bebamos aquí juntos los tres: al convertirnos en Crabbe

y Goyle ya no estaremos delgados. Y Millicent Bulstrode tampoco es una

sílfide.

—Bien pensado —dijo Ron, abriendo la puerta—. Vayamos a retretes

separados.

Con mucho cuidado para no derramar una gota de poción *multijugos,*Harry

pasó al del medio.

—¿Listos? —preguntó.

—Listos —le contestaron las voces de Ron y Hermione.

—A la una, a las dos, a las tres...

Tapándose la nariz, Harry se bebió la poción en dos grandes tragos. Sabía

a col muy cocida.

Inmediatamente, se le empezaron a retorcer las tripas como si acabara de

tragarse serpientes vivas. Se encogió y temió ponerse malo. Luego, un ardor

surgido del estómago se le extendió rápidamente hasta las puntas de los dedos

de manos y pies. Jadeando, se puso a cuatro patas y tuvo la horrible sensación

de estarse derritiendo al notar que la piel de todo el cuerpo le quemaba como

cera caliente, y antes de que los ojos y las manos le empezaran a crecer, los

dedos se le hincharon, las uñas se le ensancharon y los nudillos se le abultaron

como tuercas. Los hombros se le separaron dolorosamente, y un picor en la

frente le indicó que el pelo se le caía sobre las cejas. Se le rasgó la túnica al

ensanchársele el pecho como un barril que reventara los cinchos. Los pies le

dolían dentro de unos zapatos cuatro números menos de su medida...

Todo concluyó tan repentinamente como había comenzado. Harry se

encontró tendido boca abajo, sobre el frío suelo de piedra, oyendo a Myrtle

sollozar de tristeza al fondo de los aseos. Con dificultad, se desprendió de los

zapatos y se puso de pie. O sea que así se sentía uno siendo Goyle. Con una

gran mano temblorosa se desprendió de su antigua túnica, que le quedaba a

un palmo de los tobillos, se puso la otra y se abrochó los zapatos de Goyle, que

eran como barcas. Se llevó una mano a la frente para retirarse el pelo de los

ojos, y se encontró sólo con unos pelos cortos, como cerdas, que le nacían en

la misma frente. Entonces comprendió que las gafas le nublaban la vista,

porque obviamente Goyle no las necesitaba. Se las quitó y preguntó:

—¿Estáis bien? —De su boca surgió la voz baja y áspera de Goyle.

—Sí —contestó, proveniente de su derecha, el gruñido de Crabbe.

Harry abrió su puerta y se acercó al espejo quebrado. Goyle le devolvió la

mirada con ojos apagados y hundidos en las cuencas. Harry se rascó una

oreja, tal como hacía Goyle.

Se abrió la puerta de Ron. Se miraron. Salvo por estar pálido y asustado,

Ron era idéntico a Crabbe en todo, desde el pelo cortado con tazón hasta los largos brazos de gorila.

—Es increíble —dijo Ron, acercándose al espejo y pinchando con el dedo

la nariz chata de Crabbe—. Increíble.

—Mejor que nos vayamos —dijo Harry, aflojándose el reloj que oprimía la

gruesa muñeca de Goyle—. Aún tenemos que averiguar dónde se encuentra la

sala común de Slytherin. Espero que demos con alguien a quien podamos

seguir hasta allí.

Ron dijo, contemplando a Harry:

—No sabes lo raro que se me hace ver a Goyle pensando.

Golpeó en la puerta de Hermione.

—Vamos, tenemos que irnos... Una voz aguda le contestó:

—Me... me temo que no voy a poder ir.

—Hermione, ya sabemos que Millicent Bulstrode es fea, nadie va a saber

que eres tú.

—No, de verdad... no puedo ir. Daos prisa vosotros, no perdáis tiempo.

Harry miró a Ron, desconcertado.

—Pareces Goyle —dijo Ron—. Siempre pone esta cara cuando un

profesor pregunta.

—Hermione, ¿estás bien? —preguntó Harry a través de la puerta.

—Sí, estoy bien... Marchaos.

Harry miró el reloj. Ya habían transcurrido cinco de sus preciosos sesenta

minutos.

—Espera aquí hasta que volvamos, ¿vale? —dijo él.

Harry y Ron abrieron con cuidado la puerta de los lavabos, comprobaron

que no había nadie a la vista y salieron.

—No muevas así los brazos —susurró Harry a Ron.

—¿Eh?

—Crabbe los mantiene rígidos...

—¿Así?

—Sí, mucho mejor.

Bajaron por la escalera de mármol. Lo que necesitaban en aquel momento

era a alguien de Slytherin a quien pudieran seguir hasta la sala común, pero no

había nadie por allí.

—¿Tienes alguna idea? —susurró Harry.

—Cuando los de Slytherin bajan a desayunar, creo que vienen de por allí

—dijo Ron, señalando con un gesto de la cabeza la entrada de las mazmorras.

Apenas lo había terminado de decir, cuando una chica de pelo largo rizado

salió de la entrada.

—Perdona —le dijo Ron, yendo deprisa hacia ella—, se nos ha olvidado

por dónde se va a nuestra sala común.

—Me parece que no os entiendo —dijo la chica muy tiesa—. ¿Nuestra sala

común? Yo soy de Ravenclaw.

Y se alejó, volviendo recelosa la vista hacia ellos.

Harry y Ron bajaron corriendo los escalones de piedra y se internaron en la

oscuridad. Sus pasos resonaban muy fuerte cuando los grandes pies de

Crabbe y Goyle golpeaban contra el suelo, pero temían que la cosa no

resultara tan fácil como se habían imaginado.

Los laberínticos corredores estaban desiertos. Fueron bajando más y más

pisos, mirando constantemente sus relojes para comprobar el tiempo que les

quedaba. Después de un cuarto de hora, cuando ya estaban empezando a

desesperarse, oyeron un ruido delante.

—¡Eh! —exclamó Ron, emocionado—. ¡Uno de ellos!

La figura salía de una sala lateral. Sin embargo, después de acercarse a

toda prisa, se les cayó el alma a los pies: no se trataba de nadie de Slytherin,

era Percy.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Ron, con sorpresa. Percy lo miró

ofendido.

—Eso —contestó fríamente— no es asunto de tu incumbencia. Tú eres

Crabbe, ¿no?

—Eh... sí —respondió Ron.

—Bueno, id a vuestros dormitorios —dijo Percy con severidad—. En estos

días no es muy prudente merodear por los corredores.

—Pues tú lo haces —señaló Ron.

—Yo —dijo Percy, dándose importancia— soy un prefecto. Nadie va a

atacarme.

Repentinamente, resonó una voz detrás de Harry y Ron. Draco Malfoy

caminaba hacia ellos, y por primera vez en su vida, a Harry le encantó verlo.

Malfoy echó una mirada fulminante a Percy.

—¿Y qué haces tú aquí, Weasley? —le preguntó con aire despectivo.

Percy se ofendió aún más.

—¡Tendrías que mostrar un poco más de respeto a un prefecto! —dijo—.

¡No me gusta ese tono!

Malfoy lo miró despectivamente e indicó a Harry y a Ron que lo siguieran.

A Harry casi se le escapa disculparse ante Percy, pero se dio cuenta justo a

tiempo. Él y Ron salieron a toda prisa detrás de Malfoy, que les decía, mientras

tomaban el siguiente corredor:

—Ese Peter Weasley...

—Percy —le corrigió automáticamente Ron.

—Como sea —dijo Malfoy—. He notado que últimamente entra y sale

mucho por aquí, a hurtadillas. Y apuesto a que sé qué es lo que pasa. Cree

que va a pillar al heredero de Slytherin él solito.

Lanzó una risotada breve y burlona. Harry y Ron se cambiaron miradas de

emoción.

Malfoy se detuvo ante un trecho de muro descubierto y lleno de humedad.

—¿Cuál es la nueva contraseña? —preguntó a Harry.

—Eh... —dijo éste.

—¡Ah, ya! «¡Sangre limpia!»—dijo Malfoy, sin escuchar, y se abrió una

puerta de piedra disimulada en la pared. Malfoy la cruzó y Harry y Ron lo

siguieron.

La sala común de Slytherin era una sala larga, semisubterránea, con los

muros y el techo de piedra basta. Varias lámparas de color verdoso colgaban

del techo mediante cadenas. Enfrente de ellos, debajo de la repisa labrada de

la chimenea, crepitaba la hoguera, y contra ella se recortaban las siluetas de

algunos miembros de la casa Slytherin, acomodados en sillas de estilo muy

recargado.

—Esperad aquí —dijo Malfoy a Harry y Ron, indicándoles un par de sillas

vacías separadas del fuego—. Voy a traerlo. Mi padre me lo acaba de enviar.

Preguntándose qué era lo que Malfoy iba a enseñarles, Harry y Ron se

sentaron, intentando aparentar que se encontraban en su casa.

Malfoy volvió al cabo de un minuto, con lo que parecía un recorte de

periódico. Se lo puso a Ron debajo de la nariz.

—Te vas a reír con esto —dijo.

Harry vio que Ron abría los ojos, asustado. Leyó deprisa el recorte, rió muy

forzadamente y pasó el papel a Harry.

Era de El Profeta, y decía:

INVESTIGACIÓN EN EL MINISTERIO DE MAGIA

Arthur Weasley, director del Departamento Contra el Uso Indebido de

la Magia, ha sido multado hoy con cincuenta galeones por embrujar un

automóvilmuggle.

El señor Lucius Malfoy, miembro del Consejo Escolar del Colegio

Hogwarts de Magia, en donde el citado coche embrujado se estrelló a

comienzos del presente curso, ha pedido hoy la dimisión del señor

Weasley.

«Weasley ha manchado la reputación del Ministerio», declaró el

señor Malfoy a nuestro enviado. «Es evidente que no es la persona

adecuada para redactar nuestras leyes, y su ridícula Ley de defensa

de losmuggles debería ser retirada inmediatamente.»

El señor Weasley no ha querido hacer declaraciones, si bien su

esposa amenazó a los periodistas diciéndoles que si no se marchaban,

les arrojaría el fantasma de la familia.

—¿Y bien? —dijo Malfoy impaciente, cuando Harry le devolvió el recorte—.

¿No os parece divertido?

—Ja, ja —rió Harry lúgubremente.

—Arthur Weasley tiene tanto cariño a los mugglesque debería romper su

varita mágica e irse con ellos —dijo Malfoy desdeñosamente—. Por la manera

en que se comportan, nadie diría que los Weasley son de sangre limpia.

A Ron (o, más bien, a Crabbe) se le contorsionaba la cara de la rabia.

—¿Qué te pasa, Crabbe? —dijo Malfoy bruscamente.

—Me duele el estómago —gruñó Ron.

—. ¿Saben qué? Me sorprende que El Profetaaún no haya dicho nada de todos esos ataques —continuó diciendo pensativamente—. Supongo que Dumbledore está tapándolo todo. Si no para la cosa pronto, tendrá que dimitir. Mi padre dice siempre que la dirección de Dumbledore es lo peor que le ha ocurrido nunca a este colegio. Le gustan los que vienen de familia muggle. Un director decente no habría admitido nunca una basura como el Creevey ése.

Malfoy empezó a sacar fotos con una cámara imaginaria, imitando a Colin,

cruel pero acertadamente.

—Potter, ¿puedo sacarte una foto, Potter? ¿Me concedes un autógrafo?

¿Puedo lamerte los zapatos, Potter, por favor?

Demasiado tarde, Harry y Ron se rieron a la fuerza; sin embargo, Malfoy

pareció satisfecho.

—SanPotter, el amigo de los sangre sucia—dijo Malfoy lentamente—. Ése

es otro de los que no tienen verdadero sentimiento de mago, de lo contrario no

iría por ahí con esa sangre suciapresuntuosa que es Granger. ¡Y se creen que

él es el heredero de Slytherin!

Harry y Ron estaban con el corazón en un puño; quizás a Malfoy le

faltaban unos segundos para decirles que el heredero era él. Pero en aquel

momento...

—Me gustaría saber quién es —dijo Malfoy, petulante—. Podría ayudarle.

A Ron se le quedó la boca abierta, de manera que la cara de Crabbe

parecía aún más idiota de lo usual. Afortunadamente, Malfoy no se dio cuenta,

y Harry, pensando rápido, dijo:

—Tienes que tener una idea de quién hay detrás de todo esto.

—Ya sabes que no, Goyle, ¿cuántas veces tengo que decírtelo? —dijo

Malfoy bruscamente—. Y mi padre tampoco quiere contarme nada sobre la

última vez que se abrió la Cámara de los Secretos. Aunque sucedió hace

cincuenta años, y por tanto antes de su época, él lo sabe todo sobre aquello,

pero dice que la cosa se mantuvo en secreto y asegura que resultaría

sospechoso si yo supiera demasiado. Pero sé algo: la última vez que se abrió

la Cámara de los Secretos, murió un sangre sucia. Así que supongo que sólo

es cuestión de tiempo que muera otro esta vez... Espero que sea Granger —

dijo con deleite.

—¿Sabes si cogieron al que abrió la cámara la última vez?

—Sí... Quienquiera que fuera, lo expulsaron —dijo Malfoy—. Aún debe de

estar en Azkaban.

—¿En Azkaban? —preguntó Harry, sin entender.

—Claro, en Azkaban, la prisión mágica, Goyle —dijo Malfoy, mirándole, sin

dar crédito a su torpeza—. La verdad es que si fueras más lento irías para

atrás.

Se movió nervioso en su silla y dijo:

—Mi padre dice que tengo que mantenerme al margen y dejar que el

heredero de Slytherin haga su trabajo. Dice que el colegio tiene que librarse de

toda esa infecta sangre sucia, pero que yo no debo mezclarme. Naturalmente,

él ya tiene bastantes problemas por el momento. ¿Sabéis que el Ministerio de

Magia registró nuestra casa la semana pasada? —Harry intentó que la

inexpresiva cara de Goyle expresara algo de preocupación—. Sí... —dijo

Malfoy—. Por suerte, no encontraron gran cosa. Mi padre posee algunos

objetos de Artes Oscuras muy valiosos. Pero afortunadamente nosotros

también tenemos nuestra propia cámara secreta debajo del suelo del salón.

—¡Ah! —exclamó Ron.

Malfoy lo miró. Harry hizo lo mismo. Ron se puso rojo, incluso el pelo se le

volvió un poco rojo. También se le alargó la nariz. La hora de que disponían

llegaba a su fin, de forma que Ron estaba empezando a convertirse en sí

mismo, y a juzgar por la mirada de horror que dirigía a Harry, a éste le estaba

sucediendo lo mismo.

Se pusieron de pie de un salto.

—Necesito algo para el estómago —gruñó Ron, y sin más preámbulos

echaron a correr hasta llegar al tocador de chicas.

—Bueno, no ha sido completamente inútil —dijo Ron, cerrando tras ellos la

puerta de los aseos—. Ya sé que todavía no hemos averiguado quién ha

cometido las agresiones, pero mañana voy a escribir a mi padre para decirle

que miren debajo del salón de Malfoy.

Harry se miró la cara en el espejo roto. Volvía a la normalidad. Se puso las

gafas mientras Ron llamaba a la puerta del retrete de Hermione.

—Hermione, sal, tenemos muchas cosas que contarte.

—¡Marchaos! —chilló Hermione

Harry y Ron se miraron el uno al otro.

—¿Qué pasa? —dijo Ron—. Tienes que estar a punto de volver a la

normalidad, nosotros ya...

Pero Myrtle la Lloronasalió de repente atravesando la puerta del retrete.

Harry nunca la había visto tan contenta.

—¡Aaaaaaaah, ya la veréis! —dijo—. ¡Es horrible!

Oyeron descorrerse el cerrojo, y Hermione salió, sollozando, tapándose la

cara con la túnica.

—¿Qué pasa? —preguntó Ron, vacilante—. ¿Todavía te queda la nariz de

Millicent o algo así?

Hermione se descubrió la cara y Ron retrocedió hasta darse en los riñones

con un lavabo.

Tenía la cara cubierta de pelo negro. Los ojos se le habían puesto

amarillos y unas orejas puntiagudas le sobresalían de la cabeza.

—¡Era un pelo de gato! —maulló—. ¡Mi-Millicent Bulstrode debe de tener

un gato! ¡Y la poción no está pensada para transformarse en animal!

—No te preocupes, Hermione —se apresuró a decir Harry—. Te

llevaremos a la enfermería. La señora Pomfrey no hace nunca demasiadas

preguntas...

Les costó mucho trabajo convencer a Hermione de que saliera de los

aseos. Myrtle la Lloronalos siguió riéndose con ganas.

—¡Pues ya verás cuando todos se enteren de que tienes cola!

Hermione pasó varias semanas en la enfermería. Corrieron rumores sobre su

desaparición cuando el resto del colegio regresó a Hogwarts al final de las

vacaciones de Navidad, porque naturalmente todos creyeron que la habían

atacado. Eran tantos los alumnos que se daban una vuelta por la enfermería

tratando de echarle la vista encima, que la señora Pomfrey quitó las cortinas de

su propia cam a y las puso en la de Hermione para ahorrarle la vergüenza de

que la vieran con la cara peluda.

Harry y Ron iban a visitarla todas las noches. Cuando comenzó el nuevo

trimestre, le llevaban cada día los deberes.