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Historia 190400 — capítulo 35
La noche estaba más tranquila de lo habitual, Lily llevaba ya treinta horas en el hospital, se sentía muy cansada, aprovecho aquel momento de paz, buscar la soledad de su consultorio y dormir un poco en la camilla, usando su bata blanca de manta.
Caminaba por los pasillos del Hospital, tenía que encontrar a Harry. Bajó las escaleras hasta el quirófano, empujó la puerta y vio a su hijo sentado en la mesa de operaciones. Caminó hacia el muchacho, pero no alcanzó a llegar, el suelo se derrumbó y ella cayó en lo que parecía una caída interminable, envuelta en oscuridad.
Cuando por fin pudo ver, se dio cuenta de que estaba en aquella casa abandonada, una vez más. Estaba a merced de aquel monstruo.
Las manos de malfoy recorrían su cuerpo, Lily luchaba, trataba de zafarse de él: pero era en vano, estaba atada a la maldita cama.
Con ambas manos el mortifago comenzó a rasgar su vestido dejándola desnuda. Ataco sin piedad sus senos, hiriéndolos con sus dientes. Sentía terror, asco, impotencia., dolor. Intento saquear sus labios, entonces fue su turno de morder, no podía evitar ya que tomara su cuerpo, pero no podía permitir que robara sus besos, sus besos que eran de james. Lucius la golpeó, una, dos, tres, cuatro; quizás seis o diez veces hasta que la pelirroja dejó de sentir su rostro. Lo siguiente que sintió antes de ser cruelmente penetrada, fue su séptima costilla quebrándose bajo el puño de su agresor. Las lágrimas comenzaban a mezclarse con la sangre que salía de su nariz, la chica sentía que se ahogaba entre forcejeos.
Afuera la tormenta estaba en su máxima potencia mezclándose con sus gritos.
Malfoy salió de su cuerpo, Lily comenzaba a sentir alivio que se convirtió en horror cuando el violador llevo su pene hasta la entrada de su ano..
El dolor, la humillación y el sentimiento de degradación humana llegaron a su punto máximo, entre más forcejeaba, más le dolía, pero no se estaría quieta, no se sometería a él. Quería que acabara, que terminara su horrible tortura y la matara de una buena vez. Las nauseas se apoderaban de ella.
—Enviaré tus saludos a tu hijo, le consolara saber que te cogí bien antes de dejarte morir….—dijo con sarcasmo al acabar…..
Sintió un fuerte dolor en la cabeza, como si algo la hubiera golpeado.
Abrió los ojos, se había caído de la camilla, se levanto del suelo presa de arcadas, las lagrimas corrían por sus ojos, y la garganta le dolía como si en verdad hubiera gritado salió del consultorio y corrió al baño a vomitar. Después de jalar la cadena y salir del cubículo, Lily se miró al espejo, se había hecho un pequeño corte en la ceja, cuando al caer se golpeó. La Dra. Evans, se lavó la cara, para quitarse la sangre y las lagrimas, volvió a su consultorio y una vez allí se desinfecto con rapidez la herida y se puso una tirilla. A menudo soñaba con aquella noche, pero estaba vez apareció Harry, ya el año anterior había pasado cuando el salvó la piedra filosofal, algo andaba mal, debía llamar a james.
Levantó el tubo del teléfono y marco a casa.
—diga… —respondió James del otro lado.
—¿James?¿sabes algo de Harry?
—nada…
—algo le pasa….mi sueño…el… —Lily estaba tan asustada que no lograba formular una frase.
—Iré de inmediato a hogwarts…llevare a los chicos, no hay quien se quede con ellos.
—pasa a buscarme, iré.
Lily corrió a hablar con el decano Fisher e informo que debía retirarse por una urgencia familiar. Volvió a su consultorio, saco su varita del cajón, y se la metió en el bolsillo antes de salir a encontrarse con su esposo que se había aparecido con los niños allí.
Harry tuvo que echar atrás la cabeza para poder ver el rostro gigantesco
que la coronaba: era un rostro antiguo y simiesco, con una barba larga y fina
que le llegaba casi hasta el final de la amplia túnica de mago, donde unos
enormes pies de color gris se asentaban sobre el liso suelo. Y entre los pies,
boca abajo, vio una pequeña figura con túnica negra y el cabello de un rojo
encendido.
—¡Ginny! —susurró Harry, corriendo hacia ella e hincándose de rodillas—.
¡Ginny! ¡No estés muerta! ¡Por favor, no estés muerta! —Dejó la varita a un
lado, cogió a Ginny por los hombros y le dio la vuelta. Tenía la cara tan blanca
y fría como el mármol, aunque los ojos estaban cerrados, así que no estaba
petrificada. Pero entonces tenía que estar...—. Ginny, por favor, despierta —
susurró Harry sin esperanza, agitándola. La cabeza de Ginny se movió,
inanimada, de un lado a otro.
—No despertará —dijo una voz suave.
Harry se enderezó de un salto.
Un muchacho alto, de pelo negro, estaba apoyado contra la columna más
cercana, mirándole. Tenía los contornos borrosos, como Harry si lo estuviera
mirando a través de un cristal empañado. Pero no había dudas sobre quién
era.
—Tom... ¿Tom Ryddle?
Ryddle asintió con la cabeza, sin apartar los ojos del rostro de Harry.
—¿Qué quieres decir? ¿Por qué no despertará? —dijo Harry
desesperado—. ¿Ella no está... no está...?
—Todavía está viva —contestó Ryddle—, pero por muy poco tiempo.
Harry lo miró detenidamente. Tom Ryddle había estudiado en Hogwarts
hacía cincuenta años, y sin embargo allí, bajo aquella luz rara, neblinosa y
brillante, aparentaba tener dieciséis años, ni un día más.
—¿Eres un fantasma? —preguntó Harry dubitativo.
—Soy un recuerdo —respondió Ryddle tranquilamente— guardado en un
diario durante cincuenta años.
Ryddle señaló hacia los gigantescos dedos de los pies de la estatua. Allí se
encontraba, abierto, el pequeño diario negro que Harry había hallado en los
aseos de Myrtle la Llorona. Durante un segundo, Harry se preguntó cómo
habría llegado hasta allí. Pero tenía asuntos más importantes en los que
pensar.
—Tienes que ayudarme, Tom —dijo Harry, volviendo a levantar la cabeza
de Ginny—. Tenemos que sacarla de aquí. Hay un basilisco... No sé dónde
está, pero podría llegar en cualquier momento. Por favor, ayúdame...
Ryddle no se movió. Harry, sudando, logró levantar a medias a Ginny del
suelo, y se inclinó a recoger su varita.
Pero la varita ya no estaba.
—¿Has visto...?
Levantó los ojos. Ryddle seguía mirándolo... y jugueteaba con la varita de
Harry entre los dedos.
—Gracias —dijo Harry, tendiendo la mano para que el muchacho se la
Devolviera.
Una sonrisa curvó las comisuras de la boca de Ryddle. Siguió mirando a
Harry, jugando indolente con la varita.
—Escucha —dijo Harry con impaciencia. Las rodillas se le doblaban bajo el
peso muerto de Ginny—. ¡Tenemos que huir! Si aparece el basilisco...
—No vendrá si no es llamado —dijo Ryddle con toda tranquilidad.
Harry volvió a posar a Ginny en el suelo, incapaz de sostenerla.
—¿Qué quieres decir? —preguntó—. Mira, dame la varita, podría
necesitarla.
La sonrisa de Ryddle se hizo más evidente.
—No la necesitarás —repuso.
Harry lo miró.
—¿A qué te refieres, yo no...?
—He esperado este momento durante mucho tiempo, Harry Potter —dijo
Ryddle—. Quería verte. Y hablarte.
—Mira —dijo Harry, perdiendo la paciencia—, me parece que no lo has
entendido: estamos en la Cámara de los Secretos. Ya tendremos tiempo de
hablar luego.
—Vamos a hablar ahora —dijo Ryddle, sin dejar de sonreír, y se guardó en
el bolsillo la varita de Harry.
Harry lo miró. Allí sucedía algo muy raro.
—¿Cómo ha llegado Ginny a este estado? —preguntó, hablando despacio.
—Bueno, ésa es una cuestión interesante —dijo Ryddle, con agrado—. Es
una larga historia. Supongo que el verdadero motivo por el que Ginny está así
es que le abrió el corazón y le reveló todos sus secretos a un extraño invisible.
—¿De qué hablas? —dijo Harry.
—Del diario —respondió Ryddle—. De mi diario. La pequeña Ginny ha
estado escribiendo en él durante muchos meses, contándome todas sus penas
y congojas: que sus hermanos se burlaban de ella, que tenía que venir al
colegio con túnica y libros de segunda mano, que... —A Ryddle le brillaron los
ojos—... pensaba que el famoso, el bueno, el gran Harry Potter no llegaría
nunca a quererla...
Mientras hablaba, Ryddle mantenía los ojos fijos en Harry. Había en ellos
una mirada casi ávida.
—Es una lata tener que oír las tonterías de una niña de once años —
siguió—. Pero me armé de paciencia. Le contesté por escrito. Fui comprensivo,
fui bondadoso. Ginny, simplemente, me adoraba: Nadie me ha comprendido
nunca como tú, Tom... Estoy tan contenta de poder confiar en este diario... Es como tener un amigo que se puede llevar en el bolsillo...
Ryddle se rió con una risa potente y fría que parecía ajena. A Harry se le
erizaron los pelos de la nuca.
—Si es necesario que yo lo diga, Harry, la verdad es que siempre he
fascinado a la gente que me ha convenido. Así que Ginny me abrió su alma, y
era precisamente su alma lo que yo quería. Me hice cada vez más fuerte
alimentándome de sus temores y de sus profundos secretos. Me hice más
poderoso, mucho más que la pequeña señorita Weasley. Lo bastante poderoso
para empezar a alimentar a la señorita Weasley con algunos de mis propios
secretos, para empezar a darle un poco de mi alma...
—¿Qué quieres decir? —preguntó Harry, con la boca completamente seca.
—¿Todavía no lo adivinas, Harry Potter? —dijo sin inmutarse Ryddle—.
Ginny Weasley abrió la Cámara de los Secretos. Ella retorció el pescuezo a los
gallos del colegio y pintarrajeó pavorosos mensajes en las paredes. Ella echó
la serpiente de Slytherin contra los cuatro sangre suciay el gato del squib.
—No —susurró Harry.
—Sí —dijo Ryddle con calma—. Por supuesto, al principio ella no sabía lo
que hacia. Fue muy divertido. Me gustaría que hubieras podido ver las
anotaciones que escribía en el diario... Se volvieron mucho más interesantes...
Querido Tom—recitó, contemplando la horrorizada cara de Harry—, creo que
estoy perdiendo la memoria. He encontrado plumas de gallo en mi túnica y no
sé por qué están ahí. Querido Tom, no recuerdo lo que hice la noche de Halloween,
pero han atacado a un gato y yo tengo manchas de pintura en la
túnica. Querido Tom, Percy me sigue diciendo que estoy pálida y que no
parezco yo. Creo que sospecha de mí... Hoy ha habido otro ataque y no sé
dónde me encontraba en aquel momento. ¿Qué voy a hacer, Tom? Creo que
me estoy volviendo loca. ¡Me parece que soy yo la que ataca a todo el mundo,
Tom!
Harry tenía los puños apretados y se clavaba las uñas en las palmas.
—Le llevó mucho tiempo a esa tonta de Ginny dejar de confiar en su diario
—explicó Ryddle—. Pero al final sospechó e intentó deshacerse de él. Y
entonces apareciste tú, Harry. Tú lo encontraste, y nada podría haberme hecho
tan feliz. De todos los que podrían haberlo cogido, fuiste tú, la persona a la que
yo tenía más ganas de conocer...
—¿Y por qué querías conocerme? —preguntó Harry La ira lo embargaba y
tenía que hacer un gran esfuerzo para mantener firme la voz.
—Bueno, verás, Ginny me lo contó todo sobre ti, Harry —dijo Ryddle—. Toda tu fascinante historia. —Sus ojos vagaron por la cicatriz en forma de rayo
que Harry tenía en la frente, y su expresión se volvió más ávida—. Quería
averiguar más sobre ti, hablar contigo, conocerte si era posible, así que decidí
mostrarte mi famosa captura de ese zopenco, Hagrid, para ganarme tu
confianza.
—Hagrid es mi amigo —dijo Harry, con voz temblorosa—. Y tú lo acusaste,
¿no? Creí que habías cometido un error, pero...
Ryddle volvió a reírse con su risa sonora.
—Era mi palabra contra la de Hagrid. Bueno, ya te puedes imaginar lo que
pensaría el viejo Armando Dippet. Por un lado, Tom Ryddle, pobre pero muy
inteligente, sin padres pero muy valeroso, prefecto del colegio, estudiante
modelo; por el otro lado, el grandón e idiota de Hagrid, que tenía problemas
cada dos por tres, que intentaba criar cachorros de hombre lobo debajo de la
cama, que se escapaba al bosque prohibido para luchar con los trols. Pero
admito que incluso yo me sorprendí de lo bien que funcionó mi plan. Creía que
alguien al fin comprendería que Hagrid no podía ser el heredero de Slytherin.
Me había llevado cinco años averiguarlo todo sobre la Cámara de los Secretos
y descubrir la entrada oculta... ¡como si Hagrid tuviera la inteligencia o el poder
necesarios!
»Sólo el profesor de Transformaciones, Dumbledore, creía en la inocencia
de Hagrid. Convenció a Dippet para que retuviera a Hagrid y le enseñara el
oficio de guarda. Sí, creo que Dumbledore podría haberlo adivinado. A Dumbledore
nunca le gusté tanto como a los otros profesores...
—Me apuesto algo a que Dumbledore descubrió tus intenciones —dijo
Harry, rechinando los dientes.
—Bueno, es verdad que él me vigiló mucho más después de la expulsión
de Hagrid, me fastidió bastante —dijo Ryddle sin darle importancia—. Me di
cuenta de que no sería prudente volver a abrir la cámara mientras siguiera
estudiando en el colegio. Pero no iba a desperdiciar todos los años que había
pasado buscándola. Decidí dejar un diario, conservándome en sus páginas con
mis dieciséis años de entonces, para que algún día, con un poco de suerte,
sirviese de guía para que otro siguiera mis pasos y completara la noble tarea
de Salazar Slytherin.
—Bueno, pues no la has completado —dijo Harry en tono triunfante—.
Nadie ha muerto esta vez, ni siquiera el gato. Dentro de unas pocas horas la
pócima de mandrágora estará lista y todos los petrificados volverán a la normalidad.
—¿No te he dicho todavía —dijo Ryddle con suavidad—que ya no me
preocupa matar a los sangre sucia? Desde hace meses mi nuevo objetivo has
sido... tú. —Harry lo miró—. Imagina mi disgusto cuando alguien volvió a abrir
mi diario, y ya no eras tú quien me escribía, sino Ginny. Ella te vio con el diario
y se puso muy nerviosa. ¿Y si averiguabas cómo funcionaba, y el diario te
contaba todos sus secretos? ¿Y si, lo que aún era peor, te decía quién había
retorcido el pescuezo a los pollos? Así que esa mocosa esperó a que tu
dormitorio quedara vacío y te lo robó. Pero yo ya sabía lo que tenía que hacer.
Era evidente que tú ibas detrás del heredero de Slytherin. Por todo lo que
Ginny me había dicho sobre ti, yo sabía que irías al fin del mundo para resolver
el misterio... y más si atacaban a uno de tus mejores amigos. Y Ginny me había
dicho que todo el colegio era un hervidero de rumores porque te habían oído
hablar pársel...
»Así que hice que Ginny escribiera en la pared su propia despedida y
bajara a esperarte. Luchó y gritó y se puso muy pesada. Pero ya casi no le
quedaba vida: había puesto demasiado en el diario, en mí. Lo suficiente para
que yo pudiera salir al fin de las páginas. He estado esperándote desde que
llegamos. Sabía que vendrías. Tengo muchas preguntas que hacerte, Harry
Potter.
—¿Como cuál? —soltó Harry, con los puños aún apretados.
—Bueno —dijo Ryddle, sonriendo—, ¿cómo es que un bebé sin un talento
mágico extraordinario derrota al mago más grande de todos los tiempos?
¿Cómo escapaste sin más daño que una cicatriz, mientras que lord Voldemort
perdió sus poderes?
En aquel momento apareció un extraño brillo rojo en su mirada.
—¿Por qué te preocupa cómo me libré? —dijo Harry despacio—.
Voldemort fue posterior a ti.
—Voldemort —dijo Ryddle imperturbable— es mi pasado, mi presente y mi
futuro, Harry Potter...
Sacó del bolsillo la varita de Harry y escribió en el aire con ella tres
resplandecientes palabras:
TOM SORVOLO RYDDLE
Luego volvió a agitar la varita, y las letras cambiaron de lugar:
SOY LORD VOLDEMORT
—¿Ves? —susurró—. Es un nombre que yo ya usaba en Hogwarts,
aunque sólo entre mis amigos más íntimos, claro. ¿Crees que iba a usar
siempre mi sucio nombre muggle? ¿Yo, que soy descendiente del mismísimo
Salazar Slytherin, por parte de madre? ¿Conservar yo el nombre de un vulgar
muggleque me abandonó antes de que yo naciera, sólo porque se enteró de
que su mujer era bruja? No, Harry. Me di un nuevo nombre, un nombre que
sabía que un día temerían pronunciar todos los magos, ¡cuando yo llegara a
ser el hechicero más grande del mundo!
—No lo eres —dijo. Su voz aparentemente calmada estaba llena de odio.
—¿No soy qué? —preguntó Ryddle bruscamente.
—No eres el hechicero más grande del mundo —dijo Harry, con la
respiración agitada—. Lamento decepcionarte pero el mejor mago del mundo
es Albus Dumbledore. Todos lo dicen. Ni siquiera cuando eras fuerte te
atreviste a apoderarte de Hogwarts. Dumbledore te descubrió cuando estabas
en el colegio y todavía le tienes miedo, te escondas donde te escondas.
De la cara de Ryddle había desaparecido la sonrisa, y había ocupado su
lugar una mirada de desprecio absoluto.
—¡A Dumbledore lo han echado del castillo gracias a mi simple recuerdo!
—dijo Ryddle, irritado.
—No está tan lejos como crees —replicó Harry. Hablaba casi sin pensar,
con la intención de asustar a Ryddle y deseando, más que creyendo, que lo
que afirmaba fuese verdad.
Ryddle abrió la boca, pero no dijo nada.
Llegaba música de algún lugar. Ryddle se volvió para comprobar que en la
cámara no había nadie más. Pero aquella música sonaba cada vez más y más
fuerte. Era inquietante, estremecedora, sobrenatural. A Harry le puso los pelos
de punta y le pareció que el corazón iba a salírsele del pecho. Luego, cuando la
música alcanzó tal fuerza que Harry la sentía vibrar en su interior, surgieron
llamas de la columna más cercana a él.
Apareció de repente un pájaro carmesí del tamaño de un cisne, que
entonaba hacia el techo abovedado su rara música. Tenía una cola dorada y
brillante, tan larga como la de un pavo real, y brillantes garras doradas, con las
que sujetaba un fardo de harapos.
El pájaro se encaminó derecho a Harry, dejó caer el fardo a sus pies y se
le posó en el hombro. Cuando plegó las grandes alas, Harry levantó la mirada y
vio que tenía un pico dorado afilado y los ojos redondos y brillantes.
El pájaro dejó de cantar y acercó su cuerpo cálido a la mejilla de Harry, sin
dejar de mirar fijamente a Ryddle.
—Es un fénix —dijo Ryddle, devolviéndole una mirada perspicaz.
—¿Fawkes?—musitó Harry, sintiendo la suave presión de las garras
doradas.
—Y eso —dijo Ryddle, mirando el fardo que Fawkeshabía dejado caer—, eso no es más que el viejo Sombrero Seleccionador del colegio.
Así era. Remendado, deshilachado y sucio, el sombrero yacía inmóvil a los pies de Harry.
Ryddle volvió a reír. Rió tan fuerte que su risa se multiplicó en la oscura
cámara, como si estuvieran riendo diez Ryddles al mismo tiempo.
—¡Eso es lo que Dumbledore envía a su defensor: un pájaro cantor y un
sombrero viejo! ¿Te sientes más seguro, Harry Potter? ¿Te sientes a salvo?
Harry no respondió. No veía la utilidad de Fawkesni del viejo sombrero,
pero ya no se sentía solo, y aguardó con creciente valor a que Ryddle dejara
de reír.
—A lo que íbamos, Harry —dijo Ryddle, sonriendo todavía con ganas—.
En dos ocasiones, en tu pasado, en mi futuro, nos hemos encontrado. Han sido
dos ocasiones en que no he logrado matarte. ¿Cómo sobreviviste? Cuéntamelo
todo. Cuanto más hables —añadió con voz suave—, más tardarás en morir.
—Nadie sabe por qué perdiste tus poderes al atacarme —dijo bruscamente
Harry—. Yo tampoco. Pero sé por qué no pudiste matarme: fue por "mi vulgar madre de origen muggle", se interpuso para morir en mi lugar—añadió, temblando de rabia, omitiendo que en realidad hubieron dos Lily y dos james—; ella evitó que me mataras. Y yo te he visto de verdad, te vi el año pasado. Eres una ruina. Apenas estás vivo. A esto te ha llevado todo tu poder. Te ocultas. ¡Eres horrible, inmundo!
Ryddle tenía el rostro contorsionado. Forzó una horrible sonrisa.
—O sea que tu madre murió para salvarte. Sí, ése es un potente contrahechizo. Tenía curiosidad, ¿sabes? Porque existe una extraña afinidad
entre nosotros, Harry Potter. Incluso tú lo habrás notado. Los dos somos de
sangre mezclada, los dos criados por muggles. Tal vez somos los dos únicos hablantes de párselque ha habido en Hogwarts después de Slytherin. Incluso nos parecemos físicamente... Pero, después de todo, sólo fue suerte lo que te salvó de mí. Eso es lo que quería saber.
Harry permaneció quieto, tenso, aguardando que Ryddle levantara su
varita. Pero Ryddle se limitaba a exagerar más su sonrisa contrahecha.
—Ahora, Harry, voy a darte una pequeña lección. Enfrentemos los poderes
de lord Voldemort, heredero de Salazar Slytherin, contra el famoso Harry
Potter, que tiene de su parte las mejores armas de Dumbledore.
Ryddle dirigió una mirada socarrona a Fawkesy al Sombrero
Seleccionador, y luego anduvo unos pasos en dirección opuesta. Harry,
notando que el miedo se le extendía por las entumecidas piernas, vio que Ryddle se detenía entre las altas columnas y dirigía la mirada al rostro de
Slytherin, que se elevaba sobre él en la oscuridad. Ryddle abrió la boca y silbó...
pero Harry comprendió lo que decía.
—Háblame, Slytherin, el más grande de los Cuatro de Hogwarts.
Harry se volvió hacia la estatua. Fawkesse balanceaba sobre su hombro.
El gigantesco rostro de piedra de la estatua de Slytherin se movió y Harry
vio, horrorizado, que abría la boca, más y más, hasta convertirla en un gran
agujero. Algo se movía dentro de la boca de la estatua. Algo que salía de su
interior. Harry retrocedió hasta dar de espaldas contra la pared de la cámara y
cerró fuertemente los ojos. Sintió que el ala de Fawkesle rozaba el rostro al
emprender el vuelo. Harry quiso gritar: «¡No me dejes!» Pero ¿de qué le podía
valer un fénix contra el rey de las serpientes?
Una gran mole golpeó contra el suelo de piedra de la cámara, y Harry notó
que toda la estancia temblaba. Sabía lo que estaba ocurriendo, podía sentirlo,
podía ver sin abrir los ojos la gran serpiente desenroscándose de la boca de
Slytherin. Entonces oyó una voz silbante.
—Mátalo.
El basilisco se movía hacia Harry, éste podía oír su pesado cuerpo
deslizándose lentamente por el polvoriento suelo. Con los ojos cerrados, Harry
comenzó a moverse a ciegas hacia un lado, palpando con las manos el
camino. Ryddle reía...
Harry tropezó. Cayó contra la piedra y notó el sabor de la sangre. La
serpiente se encontraba a un metro escaso de él, y Harry la oía acercarse.
De repente oyó un ruido fuerte, como un estallido, justo encima de él, y
algo pesado lo golpeó con tanta fuerza que lo tiró contra el muro. Esperando
que la serpiente le hincara los colmillos, oyó más silbidos enloquecidos y algo
que azotaba las columnas.
No pudo evitarlo. Abrió los ojos lo suficiente para vislumbrar qué sucedía.
La serpiente, de un verde brillante y gruesa como el tronco de un roble, se
había alzado en el aire y su gran cabeza roma zigzagueaba como borracha
entre las columnas. Temblando, Harry se preparó a cerrar los ojos en cuanto el
monstruo hiciera ademán de volverse, y entonces vio qué era lo que había
enloquecido a la serpiente.
Fawkesplaneaba alrededor de su cabeza, y el basilisco le lanzaba furiosos
mordiscos con sus colmillos largos y afilados como sables.
Entonces Fawkesdescendió. Su largo pico de oro se hundió en la carne
del monstruo y un chorro de sangre negruzca salpicó el suelo. La cola de la
serpiente golpeaba muy cerca de Harry, y antes de que pudiera cerrar los párpados,
el basilisco se volvió. Harry miró de frente a su cabeza y se dio cuenta
de que el fénix lo había picado en los ojos, aquellos grandes y prominentes
ojos amarillos. La sangre resbalaba hasta el suelo y la serpiente escupía
agonizando.
—¡No!—oyó Harry gritar a Ryddle—. ¡Deja al pájaro! ¡Deja al pájaro! ¡El
chico está detrás de ti! ¡Puedes olerlo! ¡Mátalo!
La serpiente ciega se balanceaba desorientada, herida de muerte. Fawkes
describía círculos alrededor de su cabeza, silbando su inquietante canción,
picando aquí y allá en el morro lleno de escamas del basilisco, mientras
brotaba la sangre de sus ojos heridos.
—¡Ayuda, ayuda! —pedía Harry enloquecido—. ¡Que alguien me ayude!
La cola de la serpiente volvió a golpear contra el suelo. Harry se agachó.
Un objeto blando le golpeó en la cara.
El basilisco había lanzado en su furia el Sombrero Seleccionador sobre
Harry, y éste lo cogió. Era cuanto le quedaba, su última oportunidad. Se lo caló
en la cabeza y se echó al suelo antes de que la serpiente sacudiera la cola de
nuevo.
—Ayúdame..., ayúdame... —pensó Harry, apretando los ojos bajo el
sombrero—, ¡ayúdame, por favor!
No hubo una voz que le respondiera. En su lugar, el sombrero encogió,
como si una mano invisible lo estrujara.
Algo muy duro y pesado golpeó a Harry en lo alto de la cabeza, dejándolo
casi sin sentido. Viendo todavía parpadear estrellas en los ojos, cogió el
sombrero para quitárselo y notó que debajo había algo largo y duro.
Se trataba de una espada plateada y brillante, con la empuñadura llena de
fulgurantes rubíes del tamaño de huevos.
—¡Mata al chico! ¡Deja al pájaro! ¡El chico está detrás de ti! Olfatea...
¡Huélelo!
Harry empuñó la espada, dispuesto a defenderse. El basilisco bajó la
cabeza, retorció el cuerpo, golpeando contra las columnas, y se volvió para
enfrentarse a Harry. Pudo verle las cuencas de los ojos llenas de sangre, y la
boca que se abría. Una boca lo bastante grande para tragarlo entero, bordeada
de colmillos tan largos como su espada, delgados, brillantes, venenosos...
La bestia arremetió a ciegas. Harry, al esquivarla, dio contra la pared de la
cámara. El monstruo arremetió de nuevo, y su lengua bífida azotó un costado
de Harry. Entonces levantó la espada con ambas manos.
El basilisco atacó de nuevo, pero esta vez fue directo a Harry, que hincó la espada con todas sus fuerzas, hundiéndola hasta la empuñadura en el velo del
paladar de la serpiente.
Pero mientras la cálida sangre le empapaba los brazos, sintió un agudo
dolor encima del codo. Un colmillo largo y venenoso se le estaba hundiendo
más y más en el brazo, y se partió cuando el monstruo volvió la cabeza a un
lado y con un estremecimiento se desplomó en el suelo.
Harry; apoyado en la pared, se dejó resbalar hasta quedar sentado en el
suelo. Agarró el colmillo envenenado y se lo arrancó. Pero sabía que ya era
demasiado tarde. El veneno había penetrado. La herida le producía un dolor
candente que se le extendía lenta pero regularmente por todo el cuerpo. Al
extraer el colmillo y ver su propia sangre que le empapaba la túnica, se le nubló
la vista. La cámara se disolvió en un remolino de colores apagados.
Una mancha roja pasó a su lado y Harry oyó un ruido de garras.
—Fawkes—dijo con dificultad—. Eres estupendo, Fawkes... —Sintió que
el pájaro posaba su hermosa cabeza en el brazo, donde la serpiente lo había
herido.
Oyó unos pasos que resonaban en la cámara, y luego vio una negra
sombra delante de él.
—Estás muerto, Harry Potter —dijo sobre él la voz de Ryddle—. Muerto.
Hasta el pájaro de Dumbledore lo sabe. ¿Ves lo que hace, Potter? Está
llorando.
Harry parpadeó. Sólo un instante vio con claridad la cabeza de Fawkes.
Por las brillantes plumas le corrían unas lágrimas gruesas como perlas.
—Me voy a sentar aquí a esperar que mueras, Harry Potter. Tómate todo
el tiempo que quieras. No tengo prisa.
Harry cayó en un profundo sopor. Todo le daba vueltas.
—Éste es el fin del famoso Harry Potter —dijo la voz distante de Ryddle—.
Solo en la Cámara de los Secretos, abandonado por sus amigos, derrotado al
fin por el Señor Tenebroso al que él tan imprudentemente se enfrentó. Volverás
con tu querida madre sangre sucia, Harry... Ella compró con su vida doce años
de tiempo para ti... pero al final te ha vencido lord Voldemort. Sabías que
sucedería.
Si aquello era morirse, pensó Harry, no era tan desagradable. Incluso el
dolor se iba...
Pero ¿de verdad era aquello la muerte? En lugar de oscurecerse, la
cámara se volvía más clara. Harry movió un poco la cabeza, y allí estaba
Fawkes, apoyándole todavía la suya en el brazo. Un charquito de lágrimas
brillaba en torno a la herida... Sólo que ya no había herida.
—Te equivocas otra vez Tom. Mi madre no esta muerta….y yo tampoco lo estaré.
Harry levantó la cabeza. Ryddle apuntaba a Fawkescon la varita de Harry
Sonó como un disparo y Fawkesemprendió el vuelo en un remolino de rojo y
oro.
—Lágrimas de fénix... —dijo Ryddle en voz baja, contemplando el brazo de
Harry—. Naturalmente... Poderes curativos..., me había olvidado.... —miró a
Harry a la cara—. Pero igual da. De hecho, lo prefiero así. Solos tú y yo, Harry
Potter..., tú y yo...
Levantó la varita.
Entonces, con un batir de alas, Fawkespasó de nuevo por encima de sus
cabezas y dejó caer algo en el regazo de Harry: el diario.
Lo miraron los dos durante una fracción de segundo, Ryddle con la varita
levantada. Luego, sin pensar, sin meditar, como si todo aquel tiempo hubiera
esperado para hacerlo, Harry cogió el colmillo de basilisco del suelo y lo clavó
en el cuaderno.
Se oyó un grito largo, horrible, desgarrado. La tinta salió a chorros del
diario, vertiéndose sobre las manos de Harry e inundando el suelo. Ryddle se
retorcía, gritando, y entonces...
Desapareció. Se oyó caer al suelo la varita de Harry y luego se hizo el
silencio, sólo roto por el goteo de la tinta que aún manaba del diario. El veneno
del basilisco había abierto un agujero incandescente en el cuaderno.
Harry se levantó temblando. La cabeza le daba vueltas, como si hubiera
recorrido kilómetros con los polvos flu. Recogió la varita y el sombrero y, de un
fuerte tirón, extrajo la brillante espada del paladar del basilisco.
Le llegó un débil gemido del fondo de la cámara. Ginny se movía. Mientras
Harry corría hacia ella, la muchacha se sentó, y sus ojos desconcertados
pasaron del inmenso cuerpo del basilisco a Harry, con la túnica empapada de
sangre, y luego al cuaderno que éste llevaba en la mano. Profirió un grito
estremecido y se echó a llorar.
—Harry..., ah, Harry, intenté decíroslo en el desayuno, pero delante de
Percy no fui capaz. Era yo, Harry, pero te juro que no quería... Ryddle me
obligaba a hacerlo, se apoderó de mí y... ¿cómo lo has matado? ¿Dónde está
Ryddle? Lo último que recuerdo es que salió del diario.
—Ha terminado todo bien —dijo Harry, cogiendo el diario para enseñarle a
Ginny el agujero hecho por el colmillo—. Ryddle ya no existe. ¡Mira! Ni él ni el
basilisco. Vamos, Ginny, salgamos...
—¡Me van a expulsar! —se lamentó Ginny, incorporándose torpemente con
la ayuda de Harry—. Siempre quise estudiar en Hogwarts, desde que vino Bill,
y ahora tendré que irme y.. ¿qué pensarán mis padres?
Fawkeslos estaba esperando, revoloteando en la entrada de la cámara.
Harry apremió a Ginny. Dejaron atrás el cuerpo retorcido e inanimado del
basilisco, y a través de la penumbra resonante regresaron al túnel. Harry oyó
cerrarse las puertas tras ellos con un suave silbido.
Tras unos minutos de andar por el oscuro túnel, a los oídos de Harry llegó
un distante ruido de piedras.
—¡Ron! —gritó Harry, apresurándose—. ¡Ginny está bien! ¡La traigo
conmigo!
Oyó que Ron daba un grito ahogado de alegría, y al doblar la última curva
vieron su cara angustiada que asomaba por el agujero que había logrado abrir
en el montón de piedras.
—¡Ginny! —Ron sacó un brazo por el agujero para ayudarla a pasar—.
¡Estás viva! ¡No me lo puedo creer! ¿Qué ocurrió?
Intentó abrazarla, pero Ginny se apartó, sollozando.
—Pero estás bien, Ginny —dijo Ron, sonriéndole—. Todo ha pasado. ¿De
dónde ha salido ese pájaro?
Fawkeshabía pasado por el agujero después de Ginny.
—Es de Dumbledore —dijo Harry, encogiéndose para pasar.
—¿Y cómo has conseguido esa espada? —dijo Ron, mirando con la boca
abierta el arma que brillaba en la mano de Harry.
—Te lo explicaré cuando salgamos —dijo Harry, mirando a Ginny de
soslayo.
—Pero...
—Más tarde —insistió Harry. No creía que fuera buena idea decirle en
aquel momento quién había abierto la cámara, y menos delante de Ginny—.
¿Dónde está Lockhart?
—Volvió atrás —dijo Ron, sonriendo y señalando con la cabeza hacia el
principio del túnel—. No está bien. Ya veréis.
Guiados por Fawkes, cuyas alas rojas emitían en la oscuridad reflejos
dorados, desanduvieron el camino hasta la tubería. Gilderoy Lockhart estaba
allí sentado, tarareando plácidamente.
—Ha perdido la memoria —dijo Ron—. El embrujo desmemorizante le salió
por la culata. Le dio a él. No tiene ni idea de quién es, ni de dónde está, ni de
quiénes somos. Le dije que se quedara aquí y nos esperara. Es un peligro para
sí mismo.
Lockhart los miró a todos afablemente.
—Hola —dijo—. Qué sitio tan curioso, ¿verdad? ¿Vivís aquí?
—No —respondió Ron, mirando a Harry y arqueando las cejas.
Harry se inclinó y miró la larga y oscura tubería.
—¿Has pensado cómo vamos a subir? —preguntó a Ron.
Ron negó con la cabeza, pero Fawkesya había pasado delante de Harry y
se hallaba revoloteando delante de él. Los ojos redondos del ave brillaban en la
oscuridad mientras agitaba sus alas doradas. Harry lo miró, dubitativo.
—Parece como si quisiera que te cogieras a él... —dijo Ron, perplejo—.
Pero pesas demasiado para que un pájaro te suba.
—Fawkes—aclaró Harry— no es un pájaro normal.
—Se volvió inmediatamente a los otros—. Vamos a darnos la mano. Ginny,
coge la de Ron. Profesor Lockhart...
—Se refiere a usted —aclaró Ron a Lockhart.
—Coja la otra mano de Ginny.
Harry se metió la espada y el Sombrero Seleccionador en el cinto. Ron se
agarró a los bajos de la túnica de Harry, y Harry, a las plumas de la cola de
*Fawkes,*que resultaban curiosamente cálidas al tacto.
Una extraordinaria luminosidad pareció extenderse por todo el cuerpo del
ave, y en un segundo se encontraron subiendo por la tubería a toda velocidad.
Harry podía oír a Lockhart que decía:
—¡Asombroso, asombroso! ¡Parece cosa de magia!
El aire helado azotaba el pelo de Harry, y cuando empezaba a disfrutar del
paseo, el viaje por la tubería terminó. Los cuatro fueron saltando al suelo
mojado junto a Myrtle la Llorona, y mientras Lockhart se arreglaba el sombrero,
el lavabo que ocultaba la tubería volvió a su lugar cerrando la abertura.
Myrtle los miraba con ojos desorbitados.
—Estás vivo —dijo a Harry sin comprender.
—Pareces muy decepcionada —respondió serio, limpiándose las motas de
sangre y de barro que tenía en las gafas.
—No, es que... había estado pensando. Si hubieras muerto, aquí serías
bienvenido. Te dejaría compartir mi retrete —le dijo Myrtle, ruborizándose de
color plata.
—¡Uf! —dijo Ron, cuando salieron de los aseos al corredor oscuro y
desierto—. ¡Harry, creo que le gustas a Myrtle! ¡Ginny, tienes una rival!
Pero por el rostro de Ginny seguían resbalando unas lágrimas silenciosas.
—¿Adónde vamos? —preguntó Ron, mirando a Ginny con impaciencia.
Harry señaló hacia delante.
Fawkesiluminaba el camino por el corredor, con su destello de oro. Lo
siguieron a grandes zancadas, y en un instante se hallaron ante el despacho de
la profesora McGonagall. Harry llamó y abrió la puerta.
Hubo un momento de silencio cuando Harry, Ron, Ginny y Lockhart
aparecieron en la puerta, llenos de barro, suciedad y, en el caso de Harry,
sangre. Luego alguien gritó:
—¡Ginny!
Era la señora Weasley, que estaba llorando delante de la chimenea. Se
puso en pie de un salto, seguida por su marido, y se abalanzaron sobre su hija.
Harry, sin embargo, miraba detrás de ellos. El profesor Dumbledore estaba
ante la repisa de la chimenea, sonriendo, junto a la profesora McGonagall, que
respiraba con dificultad y se llevaba una mano al pecho. Fawkespasó
zumbando cerca de Harry para posarse en el hombro de Dumbledore. Sin
apenas darse cuenta, Harry y Ron se encontraron atrapados en el abrazo de la
señora Weasley
—¡La han salvado! ¡La han salvado! ¿Cómo lo hicieron?
—Creo que a todos nos encantaría enterarnos —dijo con un hilo de voz la
profesora McGonagall.
La señora Weasley soltó a Harry, que dudó un instante, luego se acercó a
la mesa y depositó encima el Sombrero Seleccionador, la espada con rubíes
incrustados y lo que quedaba del diario de Ryddle.
—¡Harry!
Lily entró prácticamente corriendo al despacho y abrazó a Harry con fuerza.
—¿estas bien?
—si mamá, solo un poquito sucio…tu ropa-dijo notando que llevaba su ambo sanitario.
—No importa querido.
Harry se soltó del brazo de su madre, saludo al resto de su familia, estaba feliz, había estado tan cerca de no verlos más.
—¿Qué ha pasado esta vez? —preguntó Lily sentándose.
—estábamos a punto de oírlo—dijo Dumbledore animando a Harry a empezar su relato.
Harry empezó a contarlo todo. Habló durante casi un cuarto de hora, mientras los demás lo escuchaban absortos y en silencio. Explicó, como se habían hecho pasar por estudiantes de Slytherin , y como el niño y Hermione habían preparado la poción. Contó lo de la voz que no salía de ningún sitio; que Hermione había comprendido que lo que él oía era un basilisco que se movía por las tuberías; que él y Ron siguieron a las arañas por el bosque; que Aragog les había dicho dónde había matado a su víctima el basilisco; que había adivinado que Myrtle la Lloronahabía sido la víctima, y que la entrada a la Cámara de los Secretos podía encontrarse en los aseos...
—Muy bien —señaló la profesora McGonagall, cuando Harry hizo una
pausa—, así que averiguaron dónde estaba la entrada, quebrantando un
centenar de normas, añadiría yo. Pero ¿cómo demonios conseguiste salir con
vida, Potter?
Así que Harry, con la voz ronca de tanto hablar, les relató la oportuna
llegada de Fawkesy del Sombrero Seleccionador, que le proporcionó la
espada. Pero luego titubeó. Había evitado hablar sobre la relación entre el
diario de Ryddle y Ginny. Ella apoyaba la cabeza en el hombro de su madre, y
seguía derramando silenciosas lágrimas por las mejillas. ¿Y si la expulsaban?,
pensó Harry aterrorizado. El diario de Ryddle no serviría ya como prueba, pues
había quedado inservible... ¿cómo podrían demostrar que era el causante de
todo?
Instintivamente, Harry miró a Dumbledore, y éste esbozó una leve sonrisa.
La hoguera de la chimenea hacía brillar sus lentes de media luna.
—Lo que más me intriga —dijo Dumbledore amablemente—, es cómo se
las arregló lord Voldemort para embrujar a Ginny, cuando mis fuentes me
indican que actualmente se halla oculto en los bosques de Albania.
Harry se sintió maravillosamente aliviado.
—¿Qué... qué? —preguntó el señor Weasley con voz atónita—. ¿Sabe quiquién?
¿Ginny embrujada? Pero Ginny no ha... Ginny no ha sido... ¿verdad?
—Fue el diario —dijo inmediatamente Harry, cogiéndolo y enseñándoselo a
Dumbledore—. Ryddle lo escribió cuando tenía dieciséis años.
Dumbledore cogió el diario que sostenía Harry y examinó minuciosamente
sus páginas quemadas y mojadas.
—Soberbio —dijo con suavidad—. Por supuesto, él ha sido probablemente
el alumno más inteligente que ha tenido nunca Hogwarts. —Se volvió hacia los
Weasley, que lo miraban perplejos—. Muy pocos saben que lord Voldemort se
llamó antes Tom Ryddle. Yo mismo le di clase, hace cincuenta años, en
Hogwarts. Desapareció tras abandonar el colegio... Recorrió el mundo...,
profundizó en las Artes Oscuras, tuvo trato con los peores de entre los
nuestros, acometió peligros, transformaciones mágicas, hasta tal punto que
cuando resurgió como lord Voldemort resultaba irreconocible. Prácticamente
nadie relacionó a lord Voldemort con el muchacho inteligente y encantador que
recibió aquí el Premio Anual
—Pero Ginny —dijo la señora Weasley—. ¿Qué tiene que ver nuestra
Ginny con él?
—¡Su... su diario! —dijo Ginny entre sollozos—. He estado escribiendo en
él, y me ha estado contestando durante todo el curso...
—¡Ginny! —exclamó su padre, atónito—. ¿No te he enseñado una cosa?
¿Qué te he dicho siempre? No confíes en cosas que tengan la capacidad de
pensar pero de las cuales no sepas dónde tienen el cerebro. ¿Por qué no me
enseñaste el diario a mí o a tu madre? Un objeto tan sospechoso como ése,
¡tenía que ser cosa de magia negra!
—No..., no lo sabía —sollozó Ginny—. Lo encontré dentro de uno de los
libros que me había comprado mamá. Pensé que alguien lo había dejado allí y
se le había olvidado...
—La señorita Weasley debería ir directamente a la enfermería —terció
Dumbledore con voz firme—. Para ella ha sido una experiencia terrible. No
habrá castigo. Lord Voldemort ha engañado a magos más viejos y más sabios.
—Fue a abrir la puerta—. Reposo en cama y tal vez un tazón de chocolate
caliente. A mí siempre me anima —añadió, guiñándole un ojo
bondadosamente—. La señora Pomfrey estará todavía despierta. Debe de
estar dando zumo de mandrágora a las víctimas del basilisco. Seguramente
despertarán de un momento a otro.
—¡Así que Hermione está bien! —dijo Harry con alegría.
—No les han causado un daño irreversible —dijo Dumbledore.
La señora Weasley salió con Ginny, y el padre iba detrás, todavía muy
impresionado.
—¿Sabes, Minerva? —dijo pensativamente el profesor Dumbledore a la
profesora McGonagall—, creo que esto se merece un buen banquete. ¿Te
puedo pedir que vayas a avisar a los de la cocina?
—Bien —dijo resueltamente la profesora McGonagall, encaminándose
también hacia la puerta—, te dejaré para que ajustes cuentas con Potter y
Weasley.
—Eso es —dijo Dumbledore.
Salió, y Harry y Ron miraron a Dumbledore dubitativos. ¿Qué había
querido decir exactamente la profesora McGonagall con aquello de «ajustar
cuentas»? ¿Acaso los iban a castigar?
—Creo recordar que dije que tendría que expulsarlos si volvían a
quebrantar alguna norma del colegio —dijo Dumbledore.
Ron abrió la boca horrorizado.
—Lo cual demuestra que todos tenemos que tragarnos nuestras palabras alguna vez —prosiguió Dumbledore, sonriendo—. Recibiran los cuatro el Premio
por Servicios Especiales al Colegio y... veamos..., sí, creo que doscientos
puntos para Gryffindor por ustedes tres y cien por el Sr. Dugés.
Ron se puso tan sonrosado como las flores de San Valentín de Lockhart, y
volvió a cerrar la boca.
—Pero hay alguien que parece que no dice nada sobre su participación en
la peligrosa aventura —añadió Dumbledore—. ¿Por qué esa modestia,
Gilderoy?
Harry dio un respingo. Se había olvidado por completo de Lockhart. Se
volvió y vio que estaba en un rincón del despacho, con una vaga sonrisa en el
rostro. Cuando Dumbledore se dirigió a él, Lockhart miró con indiferencia para
ver quién le hablaba.
—Profesor Dumbledore —dijo Ron enseguida—, hubo un accidente en la
Cámara de los Secretos. El profesor Lockhart..
—¿Soy profesor? —preguntó sorprendido—. ¡Dios mío! Supongo que seré
un inútil, ¿no?
—... intentó hacer un embrujo desmemorizante y el tiro le salió por la culata
—explicó Ron a Dumbledore tranquilamente.
—Hay que ver —dijo Dumbledore, moviendo la cabeza de forma que le
temblaba el largo bigote plateado—, ¡herido con su propia espada, Gilderoy!
—¿Espada? —dijo Lockhart con voz tenue—. No, no tengo espada. Pero
este chico sí tiene una. —señaló a Harry—. Él se la podrá prestar.
—¿Te importaría llevar también al profesor Lockhart a la enfermería? —
dijo Dumbledore a Ron—. Quisiera tener unas palabras con Harry.
Lockhart salió. Ron miró con curiosidad a Harry y Dumbledore mientras
cerraba la puerta.
Dumbledore fue hacia una de las sillas que había junto al fuego.
—Siéntate, Harry —dijo, y Harry tomó asiento, incomprensiblemente
azorado—. Antes que nada, Harry, quiero darte las gracias —dijo Dumbledore,
parpadeando de nuevo—. Debes de haber demostrado verdadera lealtad hacia
mí en la cámara. Sólo eso puede hacer que acuda Fawkes.
Acarició al fénix, que agitaba las alas posado sobre una de sus rodillas.
Harry sonrió con embarazo cuando Dumbledore lo miró directamente a los
ojos.
—Así que has conocido a Tom Ryddle —dijo Dumbledore pensativo—.
Imagino que tendría mucho interés en verte.
De pronto, Harry mencionó algo que le reconcomía:
—Profesor Dumbledore... Ryddle dijo que yo soy como él. Una extraña
afinidad, dijo...
—¿De verdad? —preguntó Dumbledore, mirando a un Harry pensativo, por
debajo de sus espesas cejas plateadas—. ¿Y a ti qué te parece, Harry?
—¡Me parece que no soy como él! —contestó Harry, más alto de lo que
pretendía—. Quiero decir que yo..., yo soy de Gryffindor, yo soy...
Pero calló. Resurgía una duda que le acechaba.
—Profesor —añadió después de un instante—, el Sombrero Seleccionador
me dijo que yo... haría un buen papel en Slytherin. Todos creyeron un tiempo
que yo era el heredero de Slytherin, porque sé hablar pársel...
—Tú sabes hablar pársel, Harry —dijo tranquilamente Dumbledore—,
porque lord Voldemort, que es el último descendiente de Salazar Slytherin,
habla pársel. Si no estoy muy equivocado, él te transfirió algunos de sus
poderes la noche en que te hizo esa cicatriz. No era su intención, seguro...
—¿Voldemort puso algo de él en mí? —preguntó Harry, atónito.
—Eso parece.
—Así que yo debería estar en Slytherin —dijo Harry, mirando con
desesperación a Dumbledore—. El Sombrero Seleccionador distinguió en mí
poderes de Slytherin y...
—Te puso en Gryffindor —dijo Dumbledore reposadamente—. Escúchame,
Harry. Resulta que tú tienes muchas de las cualidades que Slytherin apreciaba
en sus alumnos, que eran cuidadosamente escogidos: su propio y rarísimo
don, la lengua pársel..., inventiva..., determinación..., un cierto desdén por las
normas —añadió, mientras le volvía a temblar el bigote—. Pero aun así, el
sombrero te colocó en Gryffindor. Y tú sabes por qué. Piensa.
—Me colocó en Gryffindor —dijo Harry con voz de derrota— solamente
porque yo le pedí no ir a Slytherin...
—Exacto —dijo Dumbledore, volviendo a sonreír—. Eso es lo que te
diferencia de Tom Ryddle. Son nuestras elecciones, Harry, las que muestran lo
que somos, mucho más que nuestras habilidades. —Harry estaba en su silla,
atónito e inmóvil—. Si quieres una prueba de que perteneces a Gryffindor, te
sugiero que mires esto con más detenimiento.
Dumbledore se acercó al escritorio de la profesora McGonagall, cogió la
espada ensangrentada y se la pasó a Harry. Sin mucho ánimo, Harry le dio la
vuelta y vio brillar los rubíes a la luz del fuego. Y luego vio el nombre grabado
debajo de la empuñadura: Godric Gryffindor:
—Sólo un verdadero miembro de Gryffindor podría haber sacado esto del
sombrero, Harry —dijo simplemente Dumbledore…
—¿Cómo llegaron aquí? ¿andy les avisó? —pregunto Harry a sus padres.
—yo estaba de guardia, tuve una pesadilla, y es como lo supe, igual que el año pasado, llamea tu padre, fueron por mi al hospital, y llegamos aquí…
—¿Cómo es que sueñas cuando estoy …?
—Justamente, iba a preguntar al profesor Dumbledore lo mismo.
—Pues…solo podemos suponer…mi teoría, es que tu, compartes la conexión existente entre Harry y Voldemort, Eres es al fin y al cabo quien te protegió. No estoy seguro como, pero están relacionados. A Harry le duele la cicatriz, tú tienes pesadillas…
—Pero esta vez no me dolió—aclaró Harry.
—Bien…eso es porque estas conectado a vodemort, no al recuerdo de Tom, pero que no te duela no significa que tu madre no lo haya sabido, estas conectado a ella por la protección, supongo que sabrá cuando estés en peligro aunque no sea por voldemort.
Durante un minuto, ninguno de los dos dijo nada. Luego Dumbledore abrió
uno de los cajones del escritorio de la profesora McGonagall y sacó de él una
pluma y un tintero.
—Lo que necesitas, Harry, es una ducha, comer algo y dormir. Te sugiero que bajes al banquete, mientras escribo a Azkaban: necesitamos que vuelva nuestro
guarda. Y tengo que redactar un anuncio para El Profeta, además —añadió
pensativo—. Necesitamos un nuevo profesor de Defensa Contra las Artes
Oscuras. Vaya, parece que no nos duran nada, ¿verdad?
Los Potter se levantaron.
—Por favor, Quédense al banquete. —les dijo Dumbledore. —Pero acompáñenme, mientras redacto esto. Luego iremos juntos.
—será un placer…—aceptó James.
—Harry…ve a prepararte para el banquete—le indicó su madre con una sonrisa.
Harry se levantó y se dispuso a salir. Pero apenas tocó el pomo de la
puerta, ésta se abrió tan bruscamente que pego contra la pared y rebotó.
Lucius Malfoy estaba allí, con el semblante furioso; y también Dobby,
encogido de miedo y cubierto de vendas. Lily Dio un respingo y desvió la mirada, para no tener que verlo, apretó la mano que james le ofreció y Harry le puso la suya en el hombro en señal de apoyo .
—Buenas noches, Lucius —dijo Dumbledore amablemente.
El señor Malfoy casi derriba a Harry al entrar en el despacho. Dobby lo
seguía detrás, pegado a su capa, con una expresión de terror.
—¡Vaya! —dijo Lucius Malfoy, fijos en Dumbledore sus fríos ojos—. Ha
vuelto. El consejo escolar lo ha suspendido de sus funciones, pero aun así,
usted ha considerado conveniente volver.
—Bueno, Lucius, verá —dijo Dumbledore, sonriendo serenamente—, he
recibido una petición de los otros once representantes. Aquello parecía un
criadero de lechuzas, para serle sincero. Cuando recibieron la noticia de que la
hija de Arthur Weasley había sido asesinada, me pidieron que volviera
inmediatamente. Pensaron que, a pesar de todo, yo era el hombre más
adecuado para el cargo. Además, me contaron cosas muy curiosas. Algunos
incluso decían que usted les había amenazado con echar una maldición sobre
sus familias si no accedían a destituirme.
El señor Malfoy se puso aún más pálido de lo habitual, pero seguía con los
ojos cargados de furia.
—¿Así que... ha puesto fin a los ataques? —dijo con aire despectivo—.
¿Ha encontrado al culpable?
—Lo hemos encontrado —contestó Dumbledore, con una sonrisa.
—¿Y bien? —preguntó bruscamente Malfoy—. ¿Quién es?
—El mismo que la última vez, Lucius —dijo Dumbledore—. Pero esta vez
lord Voldemort actuaba a través de otra persona, por medio de este diario.
Levantó el cuaderno negro agujereado en el centro, y miró a Malfoy
atentamente. Harry, por el contrario, no apartaba los ojos de Dobby.
El elfo hacia cosas muy raras. Miraba fijamente a Harry, señalando el
diario, y luego al señor Malfoy. A continuación se daba puñetazos en la cabeza.
—Ya veo... —dijo despacio Malfoy a Dumbledore.
—Un plan inteligente —dijo Dumbledore con voz desapasionada, sin dejar
de mirar a Malfoy directamente a los ojos—. Porque si Harry, aquí presente —
el señor Malfoy dirigió a Harry una incisiva mirada de soslayo—, y su amigo
Ron no hubieran descubierto este cuaderno..., Ginny Weasley habría aparecido
como culpable. Nadie habría podido demostrar que ella no había actuado
libremente...
El señor Malfoy no dijo nada. Su cara se había vuelto de repente como de
piedra.
—E imagine —prosiguió Dumbledore— lo que podría haber ocurrido
entonces... Los Weasley son una de las familias de sangre limpia más
distinguidas. Imagine el efecto que habría tenido sobre Arthur Weasley y su Ley
de defensa de los muggles, si se descubriera que su propia hija había atacado
y asesinado a personas de origen muggle. Afortunadamente apareció el diario,
con los recuerdos de Ryddle borrados de él. Quién sabe lo que podría haber
pasado si no hubiera sido así.
El señor Malfoy hizo un esfuerzo por hablar.
—Ha sido una suerte —dijo fríamente.
Pero Dobby seguía, a su espalda, señalando primero al diario, después a
Lucius Malfoy, y luego pegándose en la cabeza.
Y Harry comprendió de pronto. Hizo un gesto a Dobby con la cabeza, y
éste se retiró a un rincón, retorciéndose las orejas para castigarse.
—¿Sabe cómo llegó ese diario a Ginny, señor Malfoy? —le preguntó Harry.
Lucius Malfoy se volvió hacia él.
—¿Por qué iba a saber yo de dónde lo cogió esa tonta? —preguntó.
—Porque usted se lo dio —respondió Harry—. En Flourish y Blotts. Usted
le cogió su libro de transformación y metió el diario dentro, ¿a que sí?
Vio que el señor Malfoy abría y cerraba las manos.
—Demuéstralo —dijo, furioso.
—Nadie puede demostrarlo —dijo Dumbledore, y sonrió a Harry—, puesto
que ha desaparecido del libro todo rastro de Ryddle. Por otro lado, le aconsejo,
Lucius, que deje de repartir viejos recuerdos escolares de lord Voldemort. Si algún
otro cayera en manos inocentes, Arthur Weasley se asegurará de que le
sea devuelto a usted...
Lucius Malfoy se quedó un momento quieto, y Harry vio claramente que su
mano derecha se agitaba como si quisiera empuñar la varita. Pero en vez de
hacerlo, se volvió a su elfo doméstico.
—¡Nos vamos, Dobby!
Tiró de la puerta, y cuando el elfo se acercó corriendo, le dio una patada
que lo envió fuera. Oyeron a Dobby gritar de dolor por todo el pasillo. Harry
reflexionó un momento, y entonces tuvo una idea.
—Profesor Dumbledore —dijo deprisa—, ¿me permite que le devuelva el
diario al señor Malfoy?
—Claro, Harry —dijo Dumbledore con calma—. Pero date prisa. Recuerda
el banquete.
Harry cogió el diario y salió del despacho corriendo. Aún se oían
alejándose los gritos de dolor de Dobby, que ya había doblado la esquina del
corredor. Rápidamente, preguntándose si sería posible que su plan tuviera
éxito, Harry se quitó un zapato, se sacó el calcetín sucio y embarrado, y metió
el diario dentro. Luego se puso a correr por el oscuro corredor.
Los alcanzó al pie de las escaleras.
—Señor Malfoy —dijo jadeando y patinando al detenerse—, tengo algo
para usted.
Y le puso a Lucius Malfoy en la mano el calcetín maloliente.
—¿Qué diablos...?
El señor Malfoy extrajo el diario del calcetín, tiró éste al suelo y luego pasó
la vista, furioso, del diario a Harry.
—Harry Potter, pídele a tu madre que te cuente lo que le sucedió por no saber su lugar —dijo bajando la voz—. También tus padres solían ser unos idiotas entrometidos. Pregúntale a tu querida mamá y piensa como actuaras, o lo mismo podría pasarle a ciertas personas que conoces —Y se volvió para irse—. Ven, Dobby. ¡He dicho que vengas!
Pero Dobby no se movió. Sostenía el calcetín sucio y embarrado de Harry,
contemplándolo como si fuera un tesoro de valor incalculable.
—Mi amo le ha dado a Dobby un calcetín —dijo el elfo asombrado—. Mi
amo se lo ha dado a Dobby.
—¿Qué? —escupió el señor Malfoy—. ¿Qué has dicho?
—Dobby tiene un calcetín —dijo Dobby aún sin poder creérselo—. Mi amo
lo tiró, y Dobby lo cogió, y ahora Dobby... Dobby es libre.
Lucius Malfoy se quedó de piedra, mirando al elfo. Luego embistió a Harry.
—¡Por tu culpa he perdido a mi criado, mocoso! —dijo sacando la varita.
—¡NI SIQUIERA LO PIENSES! —Gritó Lily antes de hacer un movimiento de varita.
Una Luz escarlata salió de esta, se oyó un fuerte golpe, y el señor Malfoy cayó de espaldas. Bajó las escaleras de tres en tres y aterrizó hecho una masa de arrugas. Se levantó, lívido, y sacó la varita, pero Lily ya lo apuntaba con ella.
—Los dos sabemos que solo eres valiente cuando la tu rival esta desarmado, creo que imaginas que no tendré reparo en matarte como la cucaracha que eres…NO DEJARÉ QUE TE METAS CON MIS HIJOS, NI A SUS AMIGOS. Saca tu asquerosa presencia de este lugar…VETE O NO RESPONDO.
Lucius Malfoy no tuvo elección. Dirigiéndoles una última mirada de odio, se
cubrió por completo con la capa y salió apresuradamente.
—¡Harry Potter ha liberado a Dobby! —chilló el elfo, mirando a Harry. La
luz de la luna se reflejaba, a través de una ventana cercana, en sus ojos
esféricos—. ¡Harry Potter ha liberado a Dobby!
—Es lo menos que podía hacer, Dobby —dijo Harry, sonriendo—. Pero
prométame que no volverá a intentar salvarme la vida.
Una sonrisa amplia, con todos los dientes a la vista, cruzó la fea cara
cetrina del elfo.
—Sólo tengo una pregunta, Dobby —dijo Harry, mientras Dobby se ponía
el calcetín de Harry con manos temblorosas—. Usted me dijo que esto no tenía
nada que ver con El-que-no-debe-ser-nombrado, ¿recuerda? Bueno...
—Era una pista, señor —dijo Dobby, con los ojos muy abiertos, como si
resultara obvio—. Dobby le daba una pista. Antes de que cambiara de nombre,
el Señor Tenebroso podía ser nombrado tranquilamente, ¿se da cuenta?
—Bien —dijo Harry con voz débil—. Será mejor que me vaya. Hay un
banquete, y mi amiga Hermione ya estará recobrada...
Dobby le echó los brazos a Harry en la cintura y lo abrazó con fuerza.
—¡Harry Potter es mucho más grande de lo que Dobby suponía! —
sollozó—. ¡Adiós, Harry Potter!
Y dando un sonoro chasquido, Dobby desapareció.
—MA…¡HICISTE MAGIA! —grito Harry con emoción.
—Es…cierto—murmuró Lily riendo contrariada—Hice magia…
—Prueba de hacer otro hechizo…sugirió el chico agarrándola de la mano.
Lily sacudió su varita y Harry estuvo limpio otra vez.
—wow…ni siquiera pronuncias el hechizo.
Lily sonrió con satisfecha.
—cuando estaba en quinto año, ya no necesitaba pronuncia más de la mitad de los hechizos…necesitas mucho poder para eso….y lo tienes….seguro con el tiempo lo dominaras.
Harry había estado presente en varios banquetes de Hogwarts, pero en
ninguno como aquél. Todos iban en pijama, y la celebración duró toda la
noche. Harry no sabía si lo mejor había sido cuando Hermione corrió hacia él
gritando: ¡Lo has conseguido! ¡Lo has conseguido!, o cuando su madre le quito los anteojos a su padre y los destrozó de un pisotón, para luego sorprenderlo al repararlo ella misma con la varita y este la hizo dar vueltas en sus brazos muy feliz; o cuando Justin se levantó
de la mesa de Hufflepuff y se le acercó veloz para estrecharle la mano y
disculparse infinitamente por haber sospechado de él; o cuando Hagrid llegó, a
las tres y media, y dio a Harry y a Ron unas palmadas tan fuertes en los hombros
que los tiró contra el postre; o cuando dieron a Gryffindor los 700 puntos ganados por él, Ron, Andrew y hermione con lo que se aseguraron la copa de las casas por segundo año consecutivo; o cuando la profesora McGonagall se levantó para anunciar que el colegio, como obsequio a los alumnos, había decidido
prescindir de los exámenes («¡Oh, no!», exclamó Hermione); o cuando
Dumbledore anunció que, por desgracia, el profesor Lockhart no podría volver
el curso siguiente, debido a que tenía que ingresar en un sanatorio para recuperar
la memoria. Algunos de los profesores se unieron al grito de júbilo con el
que los alumnos recibieron estas noticias.
—¡Qué pena! —dijo Andrew, cogiendo una rosquilla rellena de mermelada
—Estaba empezando a caerme bien.