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Historia 190400 — capítulo 46

La euforia por haber ganado la copa de quidditch le duró a Harry al menos una

semana. Incluso el clima pareció celebrarlo. A medida que se aproximaba junio,

los días se volvieron menos nublados y más calurosos, y lo que a todo el

mundo le apetecía era pasear por los terrenos del colegio y dejarse caer en la

hierba, con grandes cantidades de zumo de calabaza bien frío, o tal vez

jugando una partida improvisada de gobstones, o viendo los fantásticos

movimientos del calamar gigante por la superficie del lago.

Pero no podían hacerlo. Los exámenes se echaban encima y, en lugar de

holgazanear, los estudiantes tenían que permanecer dentro del castillo

haciendo enormes esfuerzos por concentrarse mientras por las ventanas entraban

tentadoras ráfagas de aire estival. Incluso se había visto trabajar a Fred y a

George Weasley; estaban a punto de obtener el TIMO (Título Indispensable de

Magia Ordinaria). Percy se preparaba para el ÉXTASIS (EXámenes Terribles

de Alta Sabiduría e Invocaciones Secretas), la titulación más alta que ofrecía

Hogwarts. Como Percy quería entrar en el Ministerio de Magia, necesitaba las

máximas puntuaciones. Se ponía cada vez más nervioso y castigaba muy

severamente a cualquiera que interrumpiera por las tardes el silencio de la sala

común. De hecho, la única persona que parecía estar más nerviosa que Percy

era Hermione.

Harry y Ron habían dejado de preguntarle cómo se las apañaba para

acudir a la vez a varias clases, pero no pudieron contenerse cuando vieron el

calendario de exámenes que tenía. La primera columna indicaba:

LUNES

9 en punto: Aritmancia

9 en punto: Transformaciones

Comida

1 en punto: Encantamientos

1 en punto: Runas Antiguas

—¿Hermione? —dijo Ron con cautela, porque aquellos días saltaba

fácilmente cuando la interrumpían—. Eeeh... ¿estás segura de que has copiado

bien el calendario de exámenes?

—¿Qué? —dijo Hermione bruscamente, cogiendo el calendario y

observándolo—. Claro que lo he copiado bien.

—¿Serviría de algo preguntarte cómo vas a hacer dos exámenes a la vez?

—le dijo Harry.

—No —respondió Hermione lacónicamente—. ¿Habéis visto mi ejemplar

de Numerología y gramática?

—Sí, lo cogí para leer en la cama —dijo Ron en voz muy baja.

Hermione empezó a revolver entre montañas de pergaminos en busca del

libro. Entonces se oyó un leve roce en la ventana. Hedwigentró aleteando, con

un sobre fuertemente atenazado en el pico.

—Es de Hagrid —dijo Harry, abriendo el sobre—. La apelación de

Buckbeakse ha fijado para el día 6.

—Es el día que terminamos los exámenes —observó Hermione, que

seguía buscando el libro de Aritmancia.

—Y tendrá lugar aquí. Vendrá alguien del Ministerio de Magia y un

verdugo.

Hermione levantó la vista, sobresaltada.

—¡Traen a un verdugo a la sesión de apelación! Es como si ya estuviera

decidido.

—Sí, eso parece —dijo Harry pensativo.

—¡No pueden hacerlo! —gritó Ron—. ¡He pasado años leyendo cosas para

su defensa! ¡No pueden pasarlo todo por alto!

Pero Harry tenía la horrible sensación de que la Comisión para las

Criaturas Peligrosas había tomado ya su decisión, presionada por el señor

Malfoy. Draco, que había estado notablemente apagado desde el triunfo de

Gryffindor en la final de quidditch, había recuperado parte de su anterior

petulancia. Por los comentarios socarrones que entreoía Harry, Malfoy estaba

seguro de que matarían a Buckbeak, y parecía encantado de ser el causante.

Lo único que podía hacer Harry era contenerse para no imitar a Hermione

cuando abofeteó a Malfoy. Y lo peor de todo era que no tenían tiempo ni

ocasión de visitar a Hagrid, porque las nuevas y estrictas medidas de seguridad

no se habían levantado, y Harry no se atrevía a recoger la capa invisible del

interior de la estatua de la bruja

Comenzó la semana de exámenes y el castillo se sumió en un inusitado

silencio. Los alumnos de tercero salieron del examen de Transformaciones el

lunes a la hora de la comida, agotados y lívidos, comparando lo que habían

hecho y quejándose de la dificultad de los ejercicios, consistentes en transformar

una tetera en tortuga. Hermione irritó a todos porque juraba que su

tortuga era mucho más galápago, cosa que a los demás les traía sin cuidado.

Después de una comida apresurada, la clase volvió a subir para el examen

de Encantamientos. Hermione había tenido razón: el profesor Flitwick puso en

el examen los encantamientos estimulantes. Harry, por los nervios, exageró un

poco el suyo, y Ron, que era su pareja en el ejercicio, se echó a reír como un

histérico. Tuvieron que llevárselo a un aula vacía y dejarlo allí una hora, hasta

que estuvo en condiciones de llevar a cabo el encantamiento. Después de

cenar; los alumnos se fueron inmediatamente a sus respectivas salas

comunes, pero no a relajarse, sino a repasar Cuidado de Criaturas Mágicas,

Pociones y Astronomía.

Hagrid presidió el examen de Cuidado de Criaturas Mágicas, que se

celebró la mañana siguiente, con un aire ciertamente preocupado. Parecía

tener la cabeza en otra parte. Había llevado un gran cubo de gusarajos al aula,

y les dijo que para aprobar tenían que conservar el gusarajo vivo durante una

hora. Como los gusarajos vivían mejor si se los dejaba en paz, resultó el

examen más sencillo que habían tenido nunca, y además concedió a Harry, a

Ron y a Hermione muchas oportunidades de hablar con Hagrid.

—Buckbeakestá algo deprimido —les dijo Hagrid inclinándose un poco,

haciendo como que comprobaba que el gusarajo de Harry seguía vivo—. Ha

estado encerrado demasiado tiempo. Pero... en cualquier caso, pasado

mañana lo sabremos.

Aquella tarde tuvieron el examen de Pociones: un absoluto desastre. Por

más que lo intentó, Harry no consiguió que espesara su «receta para

confundir», y Snape, vigilándolo con aire de vengativo placer, garabateó en el

espacio de la nota, antes de alejarse, algo que parecía un cero.

A media noche, arriba, en la torre más alta, tuvieron el de Astronomía; el

miércoles por la mañana el de Historia de la Magia, en el que Harry escribió

todo lo que Florean Fortescue le había contado acerca de la persecución de las

brujas en la Edad Media, y hubiera dado cualquier cosa por poderse tomar

además en aquella aula sofocante uno de sus helados de nueces y chocolate.

El miércoles por la tarde tenían el examen de Herbología, en los invernaderos,

bajo un sol abrasador. Luego volvieron a la sala común, con la nuca quemada

por el sol y deseosos de encontrarse al día siguiente a aquella misma hora,

cuando todo hubiera finalizado.

El penúltimo examen, la mañana del jueves, fue el de Defensa Contra las

Artes Oscuras. El profesor Lupin había preparado el examen más raro que

habían tenido hasta la fecha. Una especie de carrera de obstáculos fuera, al

sol, en la que tenían que vadear un profundo estanque de juegos que contenía

un grindylow; atravesar una serie de agujeros llenos de gorros rojos; chapotear

por entre ciénagas sin prestar oídos a las engañosas indicaciones de un

hinkypunk; y meterse dentro del tronco de un árbol para enfrentarse con otro

boggart.

—Estupendo, Harry —susurró Lupin, cuando el joven bajó sonriente del

tronco—. Nota máxima.

Sonrojado por el éxito, Harry se quedó para ver a Ron y a Hermione. Ron

lo hizo muy bien hasta llegar al hinkypunk, que logró confundirlo y que se

hundiese en la ciénaga hasta la cintura. Hermione lo hizo perfectamente hasta

llegar al árbol del boggart. Después de pasar un minuto dentro del tronco, salió

gritando.

—¡Hermione! —dijo Lupin sobresaltado—. ¿Qué ocurre?

—La pro... profesora McGonagall —dijo Hermione con voz entrecortada,

señalando al interior del tronco—. Me... ¡me ha dicho que me han suspendido

en todo!

Costó un rato tranquilizar a Hermione. Cuando por fin se recuperó, ella,

Harry y Ron volvieron al castillo. Ron seguía riéndose del boggart de Hermione,

pero cuando estaban a punto de reñir, vieron algo al final de las escaleras.

Cornelius Fudge, sudando bajo su capa de rayas, contemplaba desde

arriba los terrenos del colegio. Se sobresaltó al ver a Harry.

—¡Hola, Harry! —dijo—. ¿Vienes de un examen? ¿Te falta poco para

acabar?

—Sí —dijo Harry. Hermione y Ron, como no tenían trato con el ministro de

Magia, se quedaron un poco apartados.

—Estupendo día —dijo Fudge, contemplando el lago—. Es una pena..., es

una pena... —suspiró ampliamente y miró a Harry—. Me trae un asunto

desagradable, Harry, La Comisión para las Criaturas Peligrosas solicitó que un

testigo presenciase la ejecución de un hipogrifo furioso. Como tenía que visitar

Hogwarts por lo de Black, me pidieron que entrara.

—¿Significa eso que la revisión del caso ya ha tenido lugar? —interrumpió

Ron, dando un paso adelante.

—No, no. Está fijada para la tarde —dijo Fudge, mirando a Ron con

curiosidad.

—¡Entonces quizá no tenga que presenciar ninguna ejecución! —dijo Ron

resueltamente—. ¡El hipogrifo podría ser absuelto!

Antes de que Fudge pudiera responder; dos magos entraron por las

puertas del castillo que había a su espalda. Uno era tan anciano que parecía

descomponerse ante sus ojos; el otro era alto y fornido, y tenía un fino bigote

de color negro. Harry entendió que eran representantes de la Comisión para las

Criaturas Peligrosas, porque el anciano miró de soslayo hacia la cabaña de

Hagrid y dijo con voz débil:

—Santo Dios, me estoy haciendo viejo para esto. A las dos en punto, ¿no,

Fudge?

El hombre del bigote negro toqueteaba algo que llevaba al cinto; Harry

advirtió que pasaba el ancho pulgar por el filo de un hacha. Ron abrió la boca

para decir algo, pero Hermione le dio con el codo en las costillas y señaló el

vestíbulo con la cabeza.

—¿Por qué no me has dejado? —dijo enfadado Ron, entrando en el Gran

Comedor para almorzar—. ¿Los has visto? ¡Hasta llevan un hacha! ¡Eso no es

justicia!

—Ron, tu padre trabaja en el Ministerio. No puedes ir diciéndole esas

cosas a su jefe —respondió Hermione, aunque también ella parecía muy

molesta—. Si Hagrid conserva esta vez la cabeza y argumenta adecuadamente

su defensa, es posible que no ejecuten a Buckbeak...

Pero a Harry le parecía que Hermione no creía en realidad lo que decía. A

su alrededor, todos hablaban animados, saboreando por adelantado el final de

los exámenes, que tendría lugar aquella tarde, pero Harry; Ron y Hermione,

preocupados por Hagrid y Buckbeak, permanecieron al margen.

El último examen de Harry y Ron era de Adivinación. El último de

Hermione, Estudios Muggles. Subieron juntos la escalera de mármol. Hermione

los dejó en el primer piso, y Harry y Ron continuaron hasta el séptimo, donde

muchos de su clase estaban sentados en la escalera de caracol que conducía

al aula de la profesora Trelawney, repasando en el último minuto.

—Nos va a examinar por separado —les informó Neville, cuando se

sentaron a su lado. Tenía Disipar las nieblas del futuroabierto sobre los

muslos, por las páginas dedicadas a la bola de cristal—. ¿Alguno ha visto algo

alguna vez en la bola de cristal? —preguntó desanimado.

—Nanay —dijo Ron.

Miraba el reloj de vez en cuando. Harry se dio cuenta de que calculaba lo

que faltaba para el comienzo de la revisión del caso de Buckbeak.

La cola de personas que había fuera del aula se reducía muy despacio.

Cada vez que bajaba alguien por la plateada escalera de mano, los demás le

preguntaban entre susurros:

—¿Qué te ha preguntado? ¿Qué tal te ha ido?

Pero nadie aclaraba nada.

—¡Me ha dicho que, según la bola de cristal, sufriré un accidente horrible si

revelo algo! —chilló Neville, bajando la escalera hacia Harry y Ron, que

acababa de llegar al rellano en ese momento.

—Es muy lista —refunfuñó Ron—. Empiezo a pensar que Hermione tenía

razón —dijo señalando la trampilla con el dedo—: es una impostora.

—Sí—dijo Harry, mirando su reloj. Eran las dos—. Ojalá se dé prisa

Parvati bajó la escalera rebosante de orgullo.

—Me ha dicho que tengo todas las características de una verdadera

vidente —dijo a Ron y a Harry—. He visto muchísimas cosas... Bueno, que os

vaya bien.

Bajó aprisa por la escalera de caracol, hasta llegar junto a Lavender.

—Ronald Weasley —anunció desde arriba la voz conocida y susurrante.

Ron hizo un guiño a Harry y subió por la escalera de plata.

Harry era el único que quedaba por examinarse. Se sentó en el suelo, con

la espalda contra la pared, escuchando una mosca que zumbaba en la ventana

soleada. Su mente estaba con Hagrid, al otro lado de los terrenos del colegio.

Por fin, después de unos veinte minutos, los pies grandes de Ron volvieron

a aparecer en la escalera.

—¿Qué tal? —le preguntó Harry, levantándose.

—Una porquería —dijo Ron—. No conseguía ver nada, así que me inventé

algunas cosas. Pero no creo que la haya convencido...

—Nos veremos en la sala común —musitó Harry cuando la voz de la

profesora Trelawney anunció:

—¡Harry Potter!

En la sala de la torre hacia más calor que nunca. Las cortinas estaban

echadas, el fuego encendido, y el habitual olor mareante hizo toser a Harry

mientras avanzaba entre las sillas y las mesas hasta el lugar en que la

profesora Trelawney lo aguardaba sentada ante una bola grande de cristal.

—Buenos días, Harry —dijo suavemente—. Si tuvieras la amabilidad de

mirar la bola... Tómate tu tiempo, y luego dime lo que ves dentro de ella...

Harry se inclinó sobre la bola de cristal y miró concentrándose con todas

sus fuerzas, buscando algo más que la niebla blanca que se arremolinaba

dentro, pero sin encontrarlo.

—¿Y bien? —le preguntó la profesora Trelawney con delicadeza—. ¿Qué

ves?

El calor y el humo aromático que salía del fuego que había a su lado

resultaban asfixiantes. Pensó en lo que Ron le había dicho y decidió fingir.

—Eeh... —dijo Harry—. Una forma oscura...

—¿A qué se parece? —susurró la profesora Trelawney—. Piensa...

La mente de Harry echó a volar y aterrizó en Buckbeak.

—Un hipogrifo —dijo con firmeza.

—¿De verdad? —susurró la profesora Trelawney, escribiendo deprisa y

con entusiasmo en el pergamino que tenía en las rodillas—. Muchacho, bien

podrías estar contemplando la solución del problema de Hagrid con el

Ministerio de Magia. Mira más detenidamente... El hipogrifo ¿tiene cabeza?

—Sí —dijo Harry con seguridad.

—¿Estás seguro? —insistió la profesora Trelawney—. ¿Totalmente

seguro, Harry? ¿No lo ves tal vez retorciéndose en el suelo y con la oscura

imagen de un hombre con un hacha detrás?

—No —dijo Harry, comenzando a sentir náuseas.

—¿No hay sangre? ¿No está Hagrid llorando?

—¡No! —contestó Harry, con crecientes deseos de abandonar la sala y

aquel calor—. Parece que está bien. Está volando...

La profesora Trelawney suspiró.

—Bien, querido. Me parece que lo dejaremos aquí... Un poco

decepcionante, pero estoy segura de que has hecho todo lo que has podido.

Aliviado, Harry se levantó, cogió la mochila y se dio la vuelta para salir.

Pero entonces oyó detrás de él una voz potente y áspera:

—Sucederá esta noche.

Harry dio media vuelta. La profesora Trelawney estaba rígida en su sillón.

Tenía la vista perdida y la boca abierta.

—¿Cómo dice? —preguntó Harry.

Pero la profesora Trelawney no parecía oírle. Sus pupilas comenzaron a

moverse. Harry estaba asustado. La profesora parecía a punto de sufrir un

ataque. El muchacho no sabía si salir corriendo hacia la enfermería. Y

entonces la profesora Trelawney volvió a hablar con la misma voz áspera, muy

diferente a la suya:

—El Señor de las Tinieblas está solo y sin amigos, abandonado por sus

seguidores. Su vasallo ha estado encadenado doce años. Hoy, antes de la

medianoche, el vasallo se liberará e irá a reunirse con su amo. El Señor de las

Tinieblas se alzará de nuevo, con la ayuda de su vasallo, más grande y más terrible

que nunca. Hoy... antes de la medianoche... el vasallo... irá... a reunirse...

con su amo...

Su cabeza cayó hacia delante, sobre el pecho. La profesora Trelawney

emitió un gruñido. Luego, repentinamente, volvió a levantar la cabeza.

—Lo siento mucho, chico —añadió con voz soñolienta—. El calor del día,

¿sabes...? Me he quedado traspuesta.

Cinco minutos más tarde pasaba aprisa por entre los troles de seguridad

que estaban a la puerta de la torre de Gryffindor. Las palabras de la profesora

Trelawney resonaban aún en su cabeza. Se cruzó con muchos que caminaban

a zancadas, riendo y bromeando, dirigiéndose hacia los terrenos del colegio y

hacia una libertad largamente deseada. Cuando llegó al retrato y entró en la

sala común, estaba casi desierta. En un rincón, sin embargo, estaban sentados

Ron, Hermione, Andrew y Joey

—La profesora Trelawney me acaba de decir...

Pero se detuvo al fijarse en sus caras.

—Buckbeakha perdido —dijo Jo con voz débil—. Hagrid acaba de enviar

esto.

La nota de Hagrid estaba seca esta vez: no había lágrimas en ella. Pero su

mano parecía haber temblado tanto al escribirla que apenas resultaba legible.

Apelación perdida. La ejecución será a la puesta del sol. No se puede

hacer nada. No vengan. No quiero que lo vean.

Hagrid

—Tenemos que ir —dijo Harry de inmediato—. ¡No puede estar allí solo,

esperando al verdugo!

—Pero es a la puesta del sol —dijo andy, mirando por la ventana con los ojos empañados—. No nos dejarán salir, y menos a ti, Harry...

Harry se tapó la cabeza con las manos, pensando.

—Si al menos tuviéramos la capa invisible...

—¿Dónde está? —Preguntó joey.

Harry le explicó que la había dejado en el pasadizo, debajo de la estatua

de la bruja tuerta.

—... Si Snape me vuelve a ver por allí, me veré en un serio aprieto —

concluyó.

—Eso es verdad —dijo Hermione, poniéndose en pie—. Si te ve... ¿Cómo

se abre la joroba de la bruja?

—Se le dan unos golpecitos y se dice «¡Dissendio!»—explicó Harry—.

Pero...

Hermione no aguardó a que terminara la frase; atravesó la sala con

decisión, abrió el retrato y se perdió de vista.

—¿Habrá ido a buscarla? —dijo Ron, mirando el punto por donde había

desaparecido la muchacha.

A eso había ido. Hermione regresó al cuarto de hora, con la capa plateada

cuidadosamente doblada y escondida bajo la túnica.

—¡Hermione, no sé qué te pasa últimamente! —dijo Ron, sorprendido—.

Primero le pegas a Malfoy, luego te vas de la clase de la profesora Trelawney...

Hermione se sintió halagada.

—Hermano…yo no iré…en verdad no quiero ver eso…me disculparas con Hagrid?

—claro joey…el entenderá, no te preocupes y si surge algo, cúbrenos.

La chica asintió.

Bajaron a cenar con los demás, pero no regresaron luego a la torre de

Gryffindor. Harry llevaba escondida la capa en la parte delantera de la túnica.

Tenía que llevar los brazos cruzados para que no se viera el bulto. Esperaron

en una habitación contigua al vestíbulo hasta asegurarse de que éste estuviese

completamente vacío. Oyeron a los dos últimos que pasaban aprisa y cerraban

dando un portazo. Hermione asomó la cabeza por la puerta.

—Vale —susurró—. No hay nadie. Podemos taparnos con la capa.

Caminando muy juntos, de puntillas y bajo la capa, para que nadie los

viera, bajaron la escalera y salieron. El sol se hundía ya en el bosque prohibido,

dorando las ramas más altas de los árboles.

Llegaron a la cabaña y llamaron a la puerta. Hagrid tardó en contestar;

cuando por fin lo hizo, miró a su alrededor; pálido y tembloroso, en busca de la

persona que había llamado.

—Somos nosotros —susurró Harry—. Llevamos la capa invisible. Si nos

dejas pasar; nos la quitaremos.

—No deberían haber venido —dijo Hagrid, también susurrando.

Pero se hizo a un lado, y ellos entraron. Hagrid cerró la puerta rápidamente

y Harry se desprendió de la capa. Hagrid no lloró ni se arrojó al cuello de sus

amigos. No parecía saber dónde se encontraba ni qué hacer. Resultaba más

trágico verlo así que llorando.

—¿Quieren un té? —invitó.

Sus manos enormes temblaban al coger la tetera.

—¿Dónde está Buckbeak, Hagrid? —preguntó Ron, vacilante.

—Lo... lo tengo en el exterior —dijo Hagrid, derramando la leche por la

mesa al llenar la jarra—. Está atado en el huerto, junto a las calabazas. Pensé

que debía ver los árboles y oler el aire fresco antes de...

A Hagrid le temblaba tanto la mano que la jarra se le cayó y se hizo añicos.

—Yo lo haré, Hagrid —dijo Hermione inmediatamente, apresurándose a

limpiar el suelo.

—Hay otra en el aparador —dijo Hagrid sentándose y limpiándose la frente

con la manga. Harry miró a Ron, que le devolvió una mirada de desesperanza.

—¿No hay nada que hacer; Hagrid? —preguntó Andy sentándose a su

lado—. Dumbledore...

—Lo ha intentado —respondió Hagrid—. No puede hacer nada contra una

sentencia de la Comisión. Les ha dicho que Buckbeakes inofensivo, pero

tienen miedo. Ya saben cómo es Lucius Malfoy... Me imagino que los ha

amenazado... Y el verdugo, Macnair, es un viejo amigo suyo. Pero será rápido

y limpio, y yo estaré a su lado.

Hagrid tragó saliva. Sus ojos recorrían la cabaña buscando algún retazo de

esperanza.

—Dumbledore estará presente. Me ha escrito esta mañana. Dice que

quiere estar conmigo. Un gran hombre, Dumbledore...

Hermione, que había estado rebuscando en el aparador de Hagrid, dejó

escapar un leve sollozo, que reprimió rápidamente. Se incorporó con la jarra en

las manos y esforzándose por contener las lágrimas.

—Nosotros también estaremos contigo, Hagrid —comenzó, pero Hagrid negó con la despeinada cabeza.

—deben volver al castillo. Les he dicho que no quería que lo vieran. Y

tampoco deberían estar aquí. Si Fudge y Dumbledore te pillan fueran sin

permiso, Harry, te verás en un aprieto.

Por el rostro de Hermione corrían lágrimas silenciosas, pero disimuló ante

Hagrid preparando el té. Al coger la botella de leche para verter parte de ella en

la jarra, dio un grito.

—¡Ron! No... no puedo creerlo. ¡Es Scabbers!

Ron la miró boquiabierto.

—¿Qué dices?

Hermione acercó la jarra a la mesa y la volcó. Con un gritito asustado y

desesperado por volver a meterse en el recipiente, Scabbersapareció

correteando por la mesa.

—¡Scabbers!—exclamó Ron desconcertado—. Scabbers, ¿qué haces

aquí?

Cogió a la rata, que forcejeaba por escapar; y la levantó para verla a la luz.

Tenía un aspecto horrible. Estaba más delgada que nunca. Se le había caído

mucho pelo, dejándole amplias lagunas, y se retorcía en las manos de Ron,

desesperada por escapar.

—No te preocupes, Scabbers—dijo Ron—. No hay gatos. No hay nada

que temer.

De pronto, Hagrid se puso en pie, mirando la ventana fijamente. Su cara,

habitualmente rubicunda, se había puesto del color del pergamino.

—Ya vienen...

Harry, Ron y Hermione se dieron rápidamente la vuelta. Un grupo de

hombres bajaba por los lejanos escalones de la puerta principal del castillo.

Delante iba Albus Dumbledore. Su barba plateada brillaba al sol del ocaso. A

su lado iba Cornelius Fudge. Tras ellos marchaban el viejo y débil miembro de

la Comisión y el verdugo Macnair.

—deben irse —dijo Hagrid. Le temblaba todo el cuerpo—. No deben

verlos aquí... vayanse ya.

Ron se metió a Scabbersen el bolsillo y Hermione cogió la capa.

—Salgan por detrás.

Lo siguieron hacia la puerta trasera que daba al huerto. Harry se sentía

muy raro y aún más al ver a Buckbeaka pocos metros, atado a un árbol, detrás

de las calabazas. Buckbeakparecía presentir algo. Volvió la cara afilada de un

lado a otro y golpeó el suelo con la zarpa, nervioso.

—No temas, Buckbeak—dijo Hagrid con voz suave—. No temas. —Se

volvió hacia los tres amigos—. Ahora, a la sala comun.

Pero no se movieron.

—Hagrid, no podemos... Les diremos lo que de verdad sucedió.

—No pueden matarlo...

—¡largo! —ordenó Hagrid con firmeza—. Ya es bastante horrible y

sólo faltaría que además se metan en un lío.

No tenían opción. Mientras Hermione echaba la capa sobre los otros ,

oyeron hablar al otro lado de la cabaña. Hagrid miró hacia el punto por el que

acababan de desaparecer.

—vayanse, rápido —dijo con acritud—. No escuchen.

Y volvió a entrar en la cabaña al mismo tiempo que alguien llamaba a la

puerta de delante.

Lentamente, como en trance, Harry, Ron y Hermione rodearon

silenciosamente la casa. Al llegar al otro lado, la puerta se cerró con un golpe

seco.

—Vámonos aprisa, por favor —susurró Hermione—. No puedo seguir aquí,

no lo puedo soportar...

Empezaron a subir hacia el castillo. El sol se apresuraba a ocultarse; el

cielo se había vuelto de un gris claro teñido de púrpura, pero en el oeste había

destellos de rojo rubí.

Ron se detuvo en seco.

—Por favor; Ron —comenzó Hermione.

—Se trata de Scabbers..., quiere salir.

Ron se inclinaba intentando impedir que Scabbersse escapara, pero la

rata estaba fuera de sí; chillando como loca, se debatía y trataba de morder a

Ron en la mano.

—Scabbers, tonta, soy yo —susurró Ron.

Oyeron abrirse una puerta detrás de ellos y luego voces masculinas.

—¡Por favor; Ron, vámonos, están a punto de hacerlo! —insistió Hermione.

—Vale, ¡quédate quieta, Scabbers!

Siguieron caminando; al igual que Hermione, Harry procuraba no oír el sordo rumor de las voces que sonaban detrás de ellos. Ron volvió a detenerse.

—No la puedo sujetar... Calla, Scabbers, o nos oirá todo el mundo.

La rata chillaba como loca, pero no lo bastante fuerte para eclipsar los

sonidos que llegaban del jardín de Hagrid. Las voces de hombre se mezclaban

y se confundían. Hubo un silencio y luego, sin previo aviso, el inconfundible

silbido del hacha rasgando el aire. Hermione se tambaleó.

—¡Ya está! —susurró a Harry—. ¡No me lo puedo creer; lo han hecho!

Escondió la cara en el cuello de Harry comenzando a llorar.

—Hagrid! —susurró Harry. Sin pensar en lo que hacia, fue a darse la

vuelta, pero Ron y andrew lo cogieron por los brazos.

—No podemos —dijo Ron, blanco como una pared—. Se verá en un

problema más serio si se descubre que lo hemos ido a visitar...

Hermione respiraba floja e irregularmente.

—¿Cómo... han podido...? —preguntó jadeando, como si se ahogase—.

¿Cómo han podido?

—Vamos —dijo Ron, tiritando.

Reemprendieron el camino hacia el castillo, andando muy despacio para

no descubrirse. La luz se apagaba. Cuando llegaron a campo abierto, la

oscuridad se cernía sobre ellos como un embrujo.

—*Scabbers,*estate quieta —susurró Ron, llevándose la mano al pecho. La

rata se retorcía como loca. Ron se detuvo, obligando a Scabbersa que se

metiera del todo en el bolsillo—. ¿Qué te ocurre, tonta? Quédate quieta... ¡AY!

¡Me ha mordido!

—¡Ron, cállate! —susurró Hermione—. Fudge se presentará aquí dentro

de un minuto...

—No hay manera.

Scabbersestaba aterrorizada. Se retorcía con todas sus fuerzas,

intentando soltarse de Ron.

—¿Qué le ocurre?

Pero Harry acababa de ver a Crookshanksacercándose a ellos

sigilosamente, arrastrándose y con los grandes ojos amarillos destellando

pavorosamente en la oscuridad. Harry no sabía si el gato los veía o se

orientaba por los chillidos de Scabbers.

—¡Crookshanks!—gimió Hermione—. ¡No, vete, Crookshanks! ¡Vete!

Pero el gato se acercaba más...

—Scabbers... ¡NO!

Demasiado tarde... La rata escapó por entre los dedos de Ron, se echó al

suelo y huyó a toda prisa. De un salto, Crookshanksse lanzó tras el roedor; y

antes de que Harry y Hermione pudieran detenerlo, Ron se salió de la capa y

se internó en la oscuridad.

—¡Ron! —gimió Hermione.

Ella y Harry se miraron y lo siguieron a la carrera. Era imposible correr a

toda velocidad debajo de la capa, así que se la quitaron y la llevaron al vuelo,

ondeando como un estandarte mientras seguían a Ron. Oían delante de ellos

el ruido de sus pasos y los gritos que dirigía a Crookshanks.

—Aléjate de él..., aléjate... Scabbers, ven aquí...

Oyeron un golpe seco.

—¡Te he atrapado! Vete, gato asqueroso.

Harry y Hermione casi chocaron contra Ron. Estaba tendido en el suelo.

Scabbershabía vuelto a su bolsillo y Ron sujetaba con ambas manos el

tembloroso bulto.

—Vamos, Ron, volvamos a cubrirnos —dijo Andy jadeando—. Dumbledore y el ministro saldrán dentro de un minuto.

Pero antes de que pudieran volver a taparse, antes incluso de que

pudieran recuperar el aliento, oyeron los pasos de unas patas gigantes. Algo se

acercaba a ellos en la oscuridad: un enorme perro negro de ojos claros.

Harry quiso coger la varita, pero era ya demasiado tarde. El perro había dado un gran salto y sus patas delanteras le golpearon el pecho. Harry cayó de

espaldas, con un fardo de pelo. Sintió el cálido aliento del fardo, sus dientes de

tres centímetros de longitud...

Pero el empujón lo había llevado demasiado lejos. Se apartó rodando.

Aturdido, sintiendo como si le hubieran roto las costillas, trató de ponerse en

pie; oyó rugir al animal, preparándose para un nuevo ataque.

Ron se levantó. Cuando el perro volvió a saltar contra ellos, Ron empujó a

Harry hacia un lado y el perro mordió el brazo estirado de Ron. Harry embistió y

agarró al animal por el pelo, pero éste arrastraba a Ron con tanta facilidad

como si fuera un muñeco de trapo.

Entonces, algo surgido de no se sabía dónde golpeó a Harry tan fuerte en

la cara que volvió a derribarlo. Oyó a Hermione chillar de dolor y caer también.

Harry manoteó en busca de la varita, parpadeando para quitarse la sangre de

los ojos.

—¡Lumos!—susurró.

La luz de la varita iluminó un grueso árbol. Habían perseguido a Scabbers

hasta el sauce boxeador; y sus ramas crujían como azotadas por un fortísimo

viento y oscilaban de atrás adelante para impedir que se aproximaran.

Al pie del árbol estaba el perro, arrastrando a Ron y metiéndolo por un

hueco que había en las raíces. Ron luchaba denodadamente, pero su cabeza y

su torso se estaban perdiendo de vista.

—¡Ron! —gritó Harry, intentando seguirlo, pero una gruesa rama le propinó

un restallante y terrible trallazo que lo obligó a retroceder.

Lo único que podían ver ya de Ron era la pierna con la que el muchacho

se había enganchado en una rama para impedir que el perro lo arrastrase. Un

horrible crujido cortó el aire como un pistoletazo. La pierna de Ron se había

roto y el pie desapareció en aquel momento.

—Harry, tenemos que pedir ayuda —gritó Hermione. Ella también

sangraba. El sauce le había hecho un corte en el hombro.

—¡No! ¡Este ser es lo bastante grande para comérselo! ¡No tenemos

tiempo!

—No conseguiremos pasar sin ayuda—exclamó Andy con determinación.

Otra rama les lanzó otro latigazo, con las ramitas enroscadas como puños.

—Si ese perro ha podido entrar, nosotros también —jadeó Harry, corriendo

y zigzagueando, tratando de encontrar un camino a través de las ramas que

daban trallazos al aire, pero era imposible acercarse un centímetro más sin ser

golpeados por el árbol.

—¡Socorro, socorro! —gritó Hermione, como una histérica, dando brincos sin moverse del sitio—. ¡Por favor...!

Crookshanksdio un salto al frente. Se deslizó como una serpiente por

entre las ramas que azotaban el aire y se agarró con las zarpas a un nudo del

tronco.

De repente, como si el árbol se hubiera vuelto de piedra, dejó de moverse.

—¡Crookshanks!—gritó Hermione, dubitativa. Cogió a Harry por el brazo

tan fuerte que le hizo daño—. ¿Cómo sabía...?

—Es amigo del perro —dijo Harry con tristeza—. Los he visto juntos...

Vamos. Tengan la varita a punto.

En unos segundos recorrieron la distancia que les separaba del tronco,

pero antes de que llegaran al hueco que había entre las raíces, Crookshanks

se metió por él agitando la cola de brocha. Harry lo siguió. Entró a gatas,

metiendo primero la cabeza, y se deslizó por una rampa de tierra hasta la boca

de un túnel de techo muy bajo. Crookshanksestaba ya lejos de él y sus ojos

brillaban a la luz de la varita de Harry. Un segundo después, Andy entró seguido de Hermione.

—¿Dónde está Ron? —le preguntó con voz aterrorizada.

—Por aquí —indicó Harry, poniéndose en camino con la espalda arqueada,

siguiendo a Crookshanks.

—¿Adónde irá este túnel? —le preguntó Andrew, sin aliento.

—No sé... Está señalado en el mapa del merodeador; pero Fred y George

creían que nadie lo había utilizado nunca. Se sale del límite del mapa, pero

daba la impresión de que iba a Hogsmeade...

Avanzaban tan aprisa como podían, casi doblados por la cintura. Por

momentos podían ver la cola de Crookshanks. El pasadizo no se acababa.

Parecía tan largo como el que iba a Honeydukes. Lo único en que podía pensar

Harry era en Ron y en lo que le podía estar haciendo el perrazo... Al correr agachado, le costaba trabajo respirar y le dolía...

Y entonces el túnel empezó a elevarse, y luego a serpentear; y

Crookshankshabía desaparecido. En vez de ver al gato, Harry veía una tenue

luz que penetraba por una pequeña abertura.

Se detuvieron jadeando, para coger aire. Avanzaron con cautela hasta la

abertura. Levantaron las varitas para ver lo que había al otro lado.

Había una habitación, muy desordenada y llena de polvo. El papel se

despegaba de las paredes. El suelo estaba lleno de manchas. Todos los

muebles estaban rotos, como si alguien los hubiera destrozado. Las ventanas

estaban todas cegadas con maderas.

Harry miró a sus amigos, que parecían muy asustada, pero asintió con la

cabeza.

Harry salió por la abertura mirando a su alrededor. La habitación estaba

desierta, pero a la derecha había una puerta abierta que daba a un vestíbulo en

sombras. Hermione volvió a cogerse del brazo de Harry. Miraba de un lado a

otro con los ojos muy abiertos, observando las ventanas tapadas.

—Harry —susurró—. Creo que estamos en la Casa de los Gritos.

Harry miró a su alrededor. Posó la mirada en una silla de madera que

estaba cerca de ellos. Le habían arrancado varios trozos y una pata.

—Eso no lo han hecho los fantasmas —observó.

En ese momento oyeron un crujido en lo alto. Algo se había movido en la

parte de arriba. Miraron al techo. Hermione le cogía el brazo con tal fuerza que

perdía sensibilidad en los dedos. La miró. Hermione volvió a asentir con la

cabeza y lo soltó.

Tan en silencio como pudieron, entraron en el vestíbulo y subieron por la

escalera, que se estaba desmoronando. Todo estaba cubierto por una gruesa

capa de polvo, salvo el suelo, donde algo arrastrado escaleras arriba había

dejado una estela ancha y brillante.

Llegaron hasta el oscuro descansillo.

—Nox—susurraron a un tiempo, y se apagaron las luces de las varitas.

Solamente había una puerta abierta. Al dirigirse despacio hacia ella,

oyeron un movimiento al otro lado. Un suave gemido, y luego un ronroneo

profundo y sonoro. Cambiaron una última mirada y un último asentimiento con

la cabeza.

Sosteniendo la varita ante sí, Harry abrió la puerta de una patada.

Crookshanksestaba acostado en una magnífica cama con dosel y

colgaduras polvorientas. Ronroneó al verlos. En el suelo, a su lado,

sujetándose la pierna que sobresalía en un ángulo anormal, estaba Ron. Harry

y Hermione se le acercaron rápidamente.

—¡Ron!, ¿te encuentras bien?

—¿Dónde está el perro?

—No hay perro —gimió Ron. El dolor le hacía apretar los dientes—. Harry,

esto es una trampa...

—¿Qué...?

—Él es el perro. Es un animago...

Ron miraba por encima del hombro de Harry. Harry se dio la vuelta. El

hombre oculto en las sombras cerró la puerta tras ellos.

Una masa de pelo sucio y revuelto le caía hasta los codos. Si no le

hubieran brillado los ojos en las cuencas profundas y oscuras, habría creído

que se trataba de un cadáver. La piel de cera estaba tan estirada sobre los

huesos de la cara que parecía una calavera. Una mueca dejaba al descubierto

sus dientes amarillos. Era Sirius Black.

—¡Expeliarmo!—exclamó, dirigiendo hacia ellos la varita de Ron.

Las varitas que empuñaban Harry y Hermione saltaron de sus manos, y

Black las recogió. Dio un paso hacia ellos, con los ojos fijos en Harry.

—Pensé que vendrías a ayudar a tu amigo —dijo con voz ronca. Su voz

sonaba como si no la hubiera empleado en mucho tiempo—. Tu padre habría

hecho lo mismo por mí. son muy valientes por no salir corriendo en

busca de un profesor. Muchas gracias. Esto lo hará todo mucho más fácil...

Harry oyó la burla sobre su padre como si Black la hubiera proferido a

voces. Notó la quemazón del odio, que no dejaba lugar al miedo. Por primera

vez en su vida habría querido volver a tener en su mano la varita, no para

defenderse, sino para atacar... para matar. Sin saber lo que hacía, se adelanté,

pero algo se movió a sus costados, y dos pares de manos lo sujetaron y lo

hicieron retroceder.

—¡No, Harry! —exclamó Hermione, petrificada.

Ron , sin embargo, se dirigió a Black:

—Si quiere matar a Harry, tendrá que matarnos también a nosotros —dijo

con fiereza, aunque el esfuerzo que había hecho para levantarse lo había

Algo titiló en los ojos sombríos de Black.

—Échate —le dijo a Ron en voz baja— o será peor para tu pierna.

—¿No ha oído? —dijo Andy débilmente—. Tendrá que matarnos a los tres.

—Sólo habrá un asesinato esta noche —respondió Black, acentuando la

mueca.

—¿Por qué? —preguntó Harry, tratando de soltarse de Ron y de

Hermione—. No le importó la última vez, ¿a que no? No le importó matar a

todos aquellos muggles al mismo tiempo que a Pettigrew... ¿Qué ocurre, se ha

ablandado usted en Azkaban?

—¡Harry! —sollozó Hermione—. ¡Cállate!

—¡ÉL ENTREGÓ A MIS PADRES! —gritó Harry.

Y haciendo un último esfuerzo se liberó de Andy y de Hermione, y se lanzó

Había olvidado la magia. Había olvidado que era bajito y poca cosa y que

tenía trece años, mientras que Black era un hombre adulto y alto. Lo único que

sabía Harry era que quería hacerle a Black todo el daño posible, y que no le importaba el que recibiera a cambio.

Tal vez fuera por la impresión que le produjo ver a Harry cometiendo

aquella necedad, pero Black no levantó a tiempo las varitas. Harry sujetó por la

muñeca la mano libre de Black, desviando la orientación de las varitas. Tras

propinarle un puñetazo en el pómulo, los dos cayeron hacia atrás, contra la

pared.

Los otros tres gritaron. Vieron un resplandor cegador cuando las varitas

que Black tenía en la mano lanzaron un chorro de chispas que por unos

centímetros no dieron a Harry en la cara. Harry sintió retorcerse bajo sus dedos

el brazo de Black, pero no lo soltó y golpeó con la otra mano.

Pero Black aferró con su mano libre el cuello de Harry.

—No —susurró—. He esperado demasiado tiempo.

Apretó los dedos. Harry se ahogaba. Las gafas se le habían caído hacia un

lado.

Entonces vio el pie de Hermione, salido de no se sabía dónde. Black soltó

a Harry profiriendo un alarido de dolor. Ron se arrojó sobre la mano con que

Black sujetaba la varita y Harry oyó un débil tintineo.

Se soltó del nudo de cuerpos y vio su propia varita en el suelo. Se tiró

hacia ella, pero...

—¡Ah!

Crookshanksse había unido a la lucha, clavándole las zarpas delanteras

en el brazo. Harry se lo sacudió de encima, pero Crookshanksse dirigió como

una flecha hacia la varita de Harry.

—¡NO! —exclamó Harry, y propinó a Crookshanksun puntapié que lo tiró a

un lado bufando. Harry recogió la varita y se dio la vuelta.

—¡Apartaos! —gritó a los demas.

No necesitaron oírlo dos veces. Hermione, sin aliento y con sangre en el

labio, se hizo a un lado, recogiendo su varita  y  la de los chicos. Ron se arrastró hasta

la cama y se derrumbó sobre ella, jadeando y con la cara ya casi verde,

asiéndose la pierna rota con las manos. Andy apuntaba a Black con su varita a la distancia.

Black yacía de cualquier manera junto a la pared. Su estrecho tórax subía

y bajaba con rapidez mientras veía a Harry aproximarse muy despacio,

apuntándole directamente al corazón con la varita.

—¿Vas a matarme, Harry? —preguntó.

Harry se paró delante de él, sin dejar de apuntarle con la varita, y bajando

la vista para observarle la cara. El ojo izquierdo se le estaba hinchando y le

sangraba la nariz.

—Por su culpa mis padres podrían haber muerto —dijo Harry con voz algo temblorosa, pero con la mano firme.

Black lo miró fijamente con aquellos ojos hundidos.

—No lo niego —dijo en voz baja—. Pero si supieras toda la historia...

—¿Toda la historia? —repitió Harry, con un furioso martilleo en los oídos—

. Los entregó a Voldemort, eso es todo lo que necesito saber.

—Tienes que escucharme —dijo Black con un dejo de apremio en la voz—. Lo lamentarás si no... si no comprendes...

—Comprendo más de lo que cree —dijo Harry con la voz cada vez más

temblorosa—. Usted no la ha oído nunca, ¿verdad? A mi madre, impidiendo

que Voldemort me matara... ¡usted los traicionó!

Antes de que nadie pudiera decir nada más, algo canela pasó por delante

de Harry como un rayo. Crookshankssaltó sobre el pecho de Black y se quedó

allí, sobre su corazón. Black cerró los ojos y los volvió a abrir mirando al gato.

—Vete —ordenó Black, tratando de quitarse de encima al animal. Pero

Crookshanksle hundió las garras en la túnica. Volvió a Harry su cara fea y

aplastada, y lo miró con sus grandes ojos amarillos. Hermione, que estaba a su

derecha, lanzó un sollozo.

Harry miró a Black y a Crookshanks, sujetando la varita aún con más

fuerza. ¿Y qué si tenía que matar también al gato? Era un aliado de Black... Si

estaba dispuesto a morir defendiéndolo, no era asunto suyo. Si Black quería

salvarlo, eso sólo demostraría que le importaba más Crookshanksque los

padres de Harry...

Harry levantó la varita. Había llegado el momento de vengar a sus padres.

Iba a matar a Black. Tenía que matarlo. Era su oportunidad...

Pasaron unos segundos y Harry seguía inmóvil, con la varita en alto. Black

lo miraba fijamente, con Crookshankssobre el pecho. En la cama en la que

estaba tendido Ron se oía una respiración jadeante. Hermione permanecía en

silencio.

Y entonces oyeron algo que no habían oído hasta entonces.

Unos pasos amortiguados. Alguien caminaba por el piso inferior.

—¡ESTAMOS AQUÍ ARRIBA! —gritó Hermione de pronto—. ¡ESTAMOS

AQUÍ ARRIBA! ¡SIRIUS BLACK! ¡DENSE PRISA!

Black sufrió tal sobresalto que Crookshanksestuvo a punto de caerse.

Harry apretó la varita con una fuerza irracional. ¡Mátalo ya!, dijo una voz en su

cabeza. Pero los pasos que subían las escaleras se oían cada vez más fuertes,

y Harry seguía sin moverse.

La puerta de la habitación se abrió de golpe entre una lluvia de chispas

rojas y Harry se volvió cuando el profesor Lupin entró en la habitación como un

rayo. El profesor Lupin tenía la cara exangüe, y la varita levantada y dispuesta.

Miró a Ron, que yacía en la cama; a Hermione, encogida de miedo junto a la

puerta; a Harry, que no dejaba de apuntar a Black con la varita; y al mismo

Black, desplomado a los pies de Harry y sangrando.

—¡Expeliarmo!—gritó Lupin.

La varita de Harry salió volando de su mano. También lo hicieron las de ron, Hermione y andrew. Lupin las cogió todas hábilmente y luego penetró en la

habitación, mirando a Black, que todavía tenía a Crookshanksprotectoramente

encaramado en el pecho.

Harry se sintió de pronto como vacío. No lo había matado. Le había faltado

valor. Black volvería a manos de los dementores.

Entonces habló Lupin, con una voz extraña que temblaba de emoción

contenida:

—¿Dónde está, Sirius?

Harry miró a Lupin. No comprendía qué quería decir. ¿De quién hablaba?

Se volvió para mirar de nuevo a Black, cuyo rostro carecía completamente de

expresión. Durante unos segundos no se movió. Luego, muy despacio, levantó

la mano y señaló a Ron. Desconcertado, Harry se volvió hacia el sorprendido

Ron.

—Pero entonces... —murmuró Lupin, también lo hicieron las de los demás.

intensamente a Black

que parecía leer sus pensamientos—, ¿por qué no se ha manifestado antes? A

menos que... —De repente, los ojos de Lupin se dilataron como si viera algo

más allá de Black, algo que no podía ver ninguno de los presentes— ... a

menos que fuera él quien... a menos que te transmutaras... sin decírmelo...

Muy despacio, sin apartar los hundidos ojos de Lupin, Black asintió con la

cabeza.

—Profesor Lupin, ¿qué pasa? —interrumpió Harry en voz alta—. ¿Qué...?

Pero no terminó la pregunta, porque lo que vio lo dejó mudo. Lupin bajaba

la varita. Un instante después, se acercó a Black, le cogió la mano, tiró de él

para incorporarlo y para que Crookshankscayese al suelo, y abrazó a Black —

como a un hermano.

Harry se sintió como si le hubieran agujereado el fondo del estómago.

—¡NO LO PUEDO CREER! —gritó Hermione

Lupin soltó a Black y se volvió hacia ella. Hermione se había levantado del

suelo y señalaba a Lupin con ojos espantados.

—Usted... usted...

—Hermione...

—¡... usted y él!

—Tranquilízate, Hermione.

—¡No se lo dije a nadie! —gritó Hermione—. ¡Lo he estado encubriendo!

—¡Hermione, escúchame, por favor! —exclamó Lupin—. Puedo explicarlo...

Harry temblaba, no de miedo, sino de una ira renovada.

—Yo confié en usted —gritó a Lupin, flaqueándole la voz— y en realidad

era amigo de él.

—Estas en un error —explicó Lupin—. No he sido amigo suyo durante

estos doce años, pero ahora sí... Déjame que se los explique...

—¡NO! —Gritó Hermione—. Harry, no te fíes de él. Ha ayudado a Black a

entrar en el castillo. También él quiere matarte. ¡Es un hombre lobo!

Se hizo un vibrante silencio. Todos miraban a Lupin, que parecía tranquilo,

aunque estaba muy pálido.

—Estás acertando mucho menos que de costumbre, Hermione —dijo—.

Me temo que sólo una de tres. No es verdad que haya ayudado a Sirius a

entrar en el castillo, y te aseguro que no quiero matar a Harry... —Se

estremeció visiblemente—. Pero no negaré que soy un hombre lobo.

¿Cuánto hace que lo sabes?

—Siglos —contestó Hermione—. Desde que hice el trabajo para el

profesor Snape.

—Estará encantado —dijo Lupin con poco entusiasmo—. les puso ese

trabajo para que alguno se percatara de mis síntomas.

¿Comprobaste el mapa lunar y te diste cuenta de que yo siempre estaba

enfermo en luna llena? ¿Te diste cuenta de que el boggart se transformaba en

luna al verme?

—Las dos cosas —respondió Hermione en voz baja.

Lupin lanzó una risa forzada.

—Nunca he conocido una bruja de tu edad tan inteligente, Hermione.

—No soy tan inteligente —susurró Hermione—. ¡Si lo fuera, le habría dicho

a todo el mundo lo que es usted!

—Ya lo saben —dijo Lupin—. Al menos, el personal docente lo sabe.

—¿Dumbledore lo contrató sabiendo que era usted un licántropo? —

preguntó Ron con voz ahogada—. ¿Está loco?

—Hay profesores que opinan que sí —admitió Lupin—. Le costó convencer

a ciertos profesores de que yo era de fiar.

—¡Y ESTABA EN UN ERROR! —gritó Andy—. ¡HA ESTADO

AYUDÁNDOLO TODO ESTE TIEMPO!

Señalaba a Black, que se había dirigido hacia la cama adoselada y se

había echado encima, ocultando el rostro con mano temblorosa. Crookshanks

saltó a su lado y se subió en sus rodillas ronroneando. Ron se alejó,

arrastrando la pierna.

—No he ayudado a Sirius —dijo Lupin—. Si me dejan,  lo explicaré.

Miren... —Separó las varitas de Harry, Ron y Hermione y las lanzó hacia sus

respectivos dueños. Harry cogió la suya asombrado—. Ya ven —prosiguió

Lupin, guardándose su propia varita en el cinto—. Ahora están.

armados y nosotros no. ¿podrían escucharme?

Harry no sabía qué pensar. ¿Sería un truco?

—Si no lo ha estado ayudando —dijo mirando furiosamente a Black—,

¿cómo sabía que se encontraba aquí?

—Por el mapa —explicó Lupin—. Por el mapa del merodeador. Estaba en

mi despacho examinándolo...

—¿Sabe utilizarlo? —le preguntó Harry con suspicacia.

—Por supuesto —contestó Lupin, haciendo con la mano un ademán de

impaciencia—. Yo colaboré en su elaboración. Yo soy Lunático... Es el apodo

que me pusieron mis amigos en el colegio.

—¿Usted hizo...?

—Lo importante es que esta tarde lo estaba examinando porque tenía la

idea de que intentarían salir furtivamente del castillo para visitar a Hagrid antes de que su hipogrifo fuera ejecutado. Y estaba en lo cierto,

¿a que sí? —Comenzó a pasear sin dejar de mirarlos, levantando el polvo con

los pies—. Supuse que te cubrirías con la vieja capa de James, Harry.

—¿Cómo sabe lo de la capa?

—¡La de veces que vi a James desaparecer bajo ella! —dijo Lupin,

repitiendo el ademán de impaciencia—. Que lleven una capa invisible no les

impide aparecer en el mapa del merodeador. los vi cruzar los terrenos del

colegio y entrar en la cabaña de Hagrid. Veinte minutos más tarde dejaron a

Hagrid y volveron hacia el castillo. Pero en aquella ocasión los acompañaba

alguien.

—¿Qué dice? —interrumpió Harry—. Nada de eso. No nos acompañaba

nadie.

—No podía creer lo que veía —prosiguió Lupin, todavía paseando, sin

escuchar a Harry—. Creía que el mapa estaría estropeado. ¿Cómo podía estar

con ustedes?

—¡No había nadie con nosotros! —declaró andrew.

—Y entonces vi otro punto que se acercaba rápidamente, con la

inscripción «Sirius Black». Vi que chocaba con vosotros, vi que arrastraba a

dos de ustedes hasta el interior del sauce boxeador.

—¡A uno de nosotros! —dijo Ron enfadado.

—No, Ron —dijo Lupin—. A dos.

Dejó de pasearse y miró a Ron.

—¿Me dejas echarle un vistazo a la rata? —dijo con amabilidad.

—¿Qué? —preguntó Ron—. ¿Qué tiene que ver Scabbersen todo esto?

—Todo —respondió Lupin—. ¿Podría echarle un vistazo, por favor?

Ron dudó. Metió la mano en la túnica. Scabberssalió agitándose como

loca. Ron tuvo que agarrarla por la larga cola sin pelo para impedirle escapar.

Crookshanks, todavía en las rodillas de Black, se levantó y dio un suave bufido.

Lupin se acercó más a Ron. Contuvo el aliento mientras examinaba

detenidamente a Scabbers.

—¿Qué? —volvió a preguntar Ron, con cara de asustado y manteniendo a

Scabbersjunto a él—. ¿Qué tiene que ver la rata en todo esto?

—No es una rata —graznó de repente Sirius Black.

—¿Qué quiere decir? ¡Claro que es una rata!

—No lo es —dijo Lupin en voz baja—. Es un mago.

—Un animago —aclaró Black— llamado Peter Pettigrew.

Era tan absurdo que les costó un rato comprender lo que había dicho. Luego,

Ron dijo lo mismo que Harry pensaba:

—Están ustedes locos.

—¡Absurdo! —dijo Hermione con voz débil.

—¡Peter Pettigrew está muerto! ¡Lo mató hace doce años!

Señaló a Black, cuya cara sufría en ese momento un movimiento

espasmódico.

—Tal fue mi intención —explicó, enseñando los dientes amarillos—, pero el

pequeño Peter me venció. ¡Pero esta vez me vengaré!

Y dejó en el suelo a Crookshanksantes de abalanzarse sobre Scabbers;

Ron gritó de dolor cuando Black cayó sobre su pierna rota.

—¡Sirius, NO! —gritó Lupin, corriendo hacia ellos y separando a Black de

Ron—. ¡ESPERA! ¡No puedes hacerlo así! ¡Tienen que comprender! ¡Tenemos

que explicárselo!

—Podemos explicarlo después —gruñó Black, intentando desprenderse de

Lupin y dando un zarpazo al aire para atrapar a Scabbers, que gritaba como un

cochinillo y arañaba a Ron en la cara y en el cuello, tratando de escapar.

—¡Tienen derecho... a saberlo... todo! —jadeó Lupin sujetando a Black—.

¡Es la mascota de Ron! ¡Hay cosas que ni siquiera yo comprendo! ¡Y Harry...!

¡Tienes que explicarle la verdad a Harry, Sirius!

Black dejó de forcejear; aunque mantuvo los hundidos ojos fijos en

Scabbers, a la que Ron protegía con sus manos arañadas, mordidas y

manchadas de sangre.

—De acuerdo, pues —dijo Black, sin apartar la mirada de la rata—.

Explícales lo que quieras, pero date prisa, Remus. Quiero cometer el asesinato

por el que fui encarcelado...

—Están locos los dos —dijo Andy con voz trémula.

—. Ya he tenido bastante. Me marcho—Dijo Ron.

Intentó incorporarse sobre su pierna sana, pero Lupin volvió a levantar la

varita apuntando a Scabbers.

—Me vas a escuchar hasta el final, Ron —dijo en voz baja—. Pero sujeta

bien a Peter mientras escuchas.

—¡NO ES PETER, ES SCABBERS! —gritó Ron, obligando a la rata a

meterse en su bolsillo delantero, aunque se resistía demasiado. Ron perdió el

equilibrio. Harry lo cogió y lo tendió en la cama. Sin hacer caso de Black, Harry

se volvió hacia Lupin.

—Hubo testigos que vieron morir a Pettigrew —dijo—. Toda una calle llena

de testigos.

—¡No vieron, creyeron ver! —respondió Black con furia, vigilando a

Scabbers, que se debatía en las manos de Ron.

—Todo el mundo creyó que Sirius mató a Peter —confirmó Lupin—. Yo

mismo lo creía hasta hace poco. Por otro lado, el mapa del

merodeador nunca miente... Peter está vivo. Ron lo tiene entre las manos,

Harry.

Harry bajó la mirada hacia Ron, y al encontrarse sus ojos, se entendieron

sin palabras: indudablemente, Black y Lupin estaban locos. Nada de lo que

decían tenía sentido. ¿Cómo iba Scabbersa ser Peter Pettigrew? Azkaban

debía de haber trastornado a Black, después de todo. Pero ¿por qué Lupin le

seguía la corriente?

Entonces habló Hermione, con una voz temblorosa que pretendía parecer

calmada, como si quisiera que el profesor Lupin recobrara la sensatez.

—Pero profesor Lupin: Scabbersno puede ser Pettigrew... Sencillamente

es imposible, usted lo sabe.

—¿Por qué no puede serlo? —preguntó Lupin tranquilamente, como si

estuvieran en clase y Hermione se limitara a plantear un problema en un

experimento con grindylows.

—Porque si Peter Pettigrew hubiera sido un animago, la gente lo habría

sabido. Estudiamos a los animagos con la profesora McGonagall. Y yo los

estudié en la enciclopedia cuando preparaba el trabajo. El Ministerio vigila a los

magos que pueden convertirse en animales. Hay un registro que indica en qué

animal se convierten y las señales que tienen. Yo busqué «Profesora

McGonagall» en el registro, y vi que en este siglo sólo ha habido siete

animagos. El nombre de Peter Pettigrew no figuraba en la lista.

Iba a asombrarse Harry de la escrupulosidad con que Hermione hacía los

deberes cuando Lupin se echó a reír.

—¡Bien otra vez, Hermione! —dijo—. Pero el Ministerio ignora la existencia de otros tres animagos en Hogwarts.

—Si se lo vas a contar; date prisa, Remus —gruñó Black, que seguía

vigilando cada uno de los frenéticos movimientos de Scabbers—. He esperado

doce años. No voy a esperar más.

—De acuerdo, pero tendrás que ayudarme, Sirius —dijo Lupin—. Yo sólo

sé cómo comenzó...

Lupin se detuvo en seco. Había oído un crujido tras él. La puerta de la

habitación acababa de abrirse. Los cinco se volvieron hacia ella. Lupin se

acercó y observó el rellano.

—No hay nadie.

—¡Este lugar está encantado! —dijo Ron.

—No lo está —dijo Lupin, que seguía mirando a la puerta, intrigado—. La

Casa de los Gritos nunca ha estado embrujada. Los gritos y aullidos que oían

los del pueblo los producía yo. —Se apartó el ceniciento pelo de los ojos.

Meditó un instante y añadió—: Con eso empezó todo... cuando me convertí en

hombre lobo. Nada de esto habría sucedido si no me hubieran mordido... y si

no hubiera sido yo tan temerario.

Estaba tranquilo pero fatigado. Iba Ron a interrumpirle cuando Hermione,

que observaba a Lupin muy atentamente, se llevó el dedo a la boca.

—¡Chitón!

—Era muy pequeño cuando me mordieron —prosiguió Lupin—. Mis padres

lo intentaron todo, pero en aquellos días no había cura. La poción que me ha

estado dando el profesor Snape es un descubrimiento muy reciente. Me vuelve

inofensivo, ¿se dan cuenta? Si la tomo la semana anterior a la luna llena,

conservo mi personalidad al transformarme... Me encojo en mi despacho,

convertido en un lobo inofensivo, y aguardo a que la luna vuelva a menguar.

Sin embargo, antes de que se descubriera la poción de matalobos, me

convertía una vez al mes en un peligroso lobo adulto. Parecía imposible que

pudiera venir a Hogwarts. No era probable que los padres quisieran que sus

hijos estuvieran a mi merced. Pero entonces Dumbledore llegó a director y se

hizo cargo de mi problema. Dijo que mientras tomáramos ciertas precauciones,

no había motivo para que yo no acudiera a clase. —Lupin suspiró y miró a

Harry—. Te dije hace meses que el sauce boxeador lo plantaron el año que

llegué a Hogwarts. La verdad es que lo plantaron porque vine a Hogwarts. Esta

casa —Lupin miró a su alrededor melancólicamente—, el túnel que conduce a

ella... se construyeron para que los usara yo. Una vez al mes me sacaban del

castillo furtivamente y me traían a este lugar para que me transformara. El árbol

se puso en la boca del túnel para que nadie se encontrara conmigo mientras yo

fuera peligroso.

Harry no sabía en qué pararía la historia, pero aun así escuchaba con gran

interés. Lo único que se oía, aparte de la voz de Lupin, eran los chillidos

asustados de Scabbers.

—En aquella época mis transformaciones eran... eran terribles. Es muy

doloroso convertirse en licántropo. Se me aislaba de los humanos para que no

los mordiera, de forma que me arañaba y mordía a mí mismo. En el pueblo

oían los ruidos y los gritos, y creían que se trataba de espíritus especialmente

violentos. Dumbledore alentó los rumores... Ni siquiera ahora que la casa lleva

años en silencio se atreven los del pueblo a acercarse. Pero aparte de eso, yo

era más feliz que nunca. Por primera vez tenía amigos, tres estupendos

amigos: Sirius Black, Peter Pettigrew y tu padre, Harry, James Potter. Mis tres

amigos no podían dejar de darse cuenta de mis desapariciones mensuales. Yo

inventaba historias de todo tipo. Les dije que mi madre estaba enferma y que

tenía que ir a casa a verla... Me aterrorizaba que pudieran abandonarme

cuando descubrieran lo que yo era. Pero al igual que tú, Hermione, averiguaron

la verdad. Y no me abandonaron. Por el contrario, convirtieron mis

metamorfosis no sólo en soportables, sino en los mejores momentos de mi

vida. Se hicieron animagos.

—¿fue entonces que se transformó en ciervo? —preguntó Harry.

—Sí, claro —respondió Lupin—. Les costó tres años averiguar cómo

hacerlo. Tu padre y Sirius eran los alumnos más inteligentes del colegio y

tuvieron suerte porque la transformación en animago puede salir fatal. Es la

razón por la que el Ministerio vigila estrechamente a los que lo intentan. Peter

necesitaba toda la ayuda que pudiera obtener de James y Sirius. Finalmente,

en quinto, lo lograron. Cada cual tuvo la posibilidad de convertirse a voluntad

en un animal diferente.

—Pero ¿en qué le benefició a usted eso? —preguntó Hermione con

perplejidad.

—No podían hacerme compañía como seres humanos, así que me la

hacían como animales —explicó Lupin—. Un licántropo sólo es peligroso para

las personas. Cada mes abandonaban a hurtadillas el castillo, bajo la capa

invisible de James. Peter, como era el más pequeño, podía deslizarse bajo las

ramas del sauce y tocar el nudo que las deja inmóviles. Entonces pasaban por

el túnel y se reunían conmigo. Bajo su influencia yo me volvía menos peligroso.

Mi cuerpo seguía siendo de lobo, pero mi mente parecía más humana mientras

estaba con ellos.

—Date prisa, Remus —gritó Black, que seguía mirando a Scabberscon

una horrible expresión de avidez.

—Ya llego, Sirius, ya llego... Al transformarnos se nos abrían posibilidades

emocionantes. Abandonábamos la Casa de los Gritos y vagábamos de noche

por los terrenos del colegio y por el pueblo. Sirius y James se transformaban en

animales tan grandes que eran capaces de tener a raya a un licántropo. Dudo

que ningún alumno de Hogwarts haya descubierto nunca tantas cosas sobre el

colegio como nosotros. Y de esa manera llegamos a trazar el mapa del merodeador

y lo firmamos con nuestros apodos: Sirius era Canuto, Peter

Colagusano y James Cornamenta.

—¡Aun así, era peligroso! ¡Andar por ahí, en la oscuridad, con un

licántropo! ¿Qué habría ocurrido si les hubiera dado esquinazo a los otros y

mordido a alguien?

—Ése es un pensamiento que aún me reconcome —respondió Lupin en

tono de lamentación—. Estuve a punto de hacerlo muchas veces. Luego nos

reíamos. Éramos jóvenes e irreflexivos. Nos dejábamos llevar por nuestras

ocurrencias. A menudo me sentía culpable por haber traicionado la confianza

de Dumbledore. Me había admitido en Hogwarts cuando ningún otro director lo

habría hecho, y no se imaginaba que yo estuviera rompiendo las normas que

había establecido para mi propia seguridad y la de otros. Nunca supo que por

mi culpa tres de mis compañeros se convirtieron ilegalmente en animagos.

Pero olvidaba mis remordimientos cada vez que nos sentábamos a planear la

aventura del mes siguiente. Y no he cambiado... —Las facciones de Lupin se

habían tensado y se le notaba en la voz que estaba disgustado consigo

mismo—. Todo este curso he estado pensando si debería decirle a

Dumbledore que Sirius es un animago. Pero no lo he hecho. ¿Por qué? Porque

soy demasiado cobarde. Decírselo habría supuesto confesar que yo traicionaba

su confianza mientras estaba en el colegio, habría supuesto admitir que

arrastraba a otros conmigo... y la confianza de Dum bledore ha sido muy

importante para mí. Me dejó entrar en Hogwarts de niño y me ha dado un

trabajo cuando durante toda mi vida adulta me han rehuido y he sido incapaz

de encontrar un empleo remunerado debido a mi condición. Y por eso supuse  que

Sirius entraba en el colegio utilizando artes oscuras aprendidas de Voldemort y

de que su condición de animago no tenía nada que ver... Así que, de alguna

manera, Snape tenía razón en lo que decía de mí.

—¿Snape? —dijo Black bruscamente, apartando los ojos de Scabberspor

primera vez desde hacía varios minutos, y mirando a Lupin—. ¿Qué pinta

Snape?

—Está aquí, Sirius —dijo Lupin con disgusto—. Tam bién da clases en

Hogwarts. —Miró a Harry, a Ron y a Hermione—. El profesor Snape era

compañero nuestro. —Se volvió otra vez hacia Black—: Ha intentado por todos

los medios impedir que me dieran el puesto de profesor de Defensa Contra las

Artes Oscuras. Le ha estado diciendo a Dumbledore durante todo el curso que

no soy de fiar. Tiene motivos... Sirius le gastó una broma que casi lo mató, una

broma en la que me vi envuelto.

—Le estuvo bien empleado. —Black se rió con una mueca—. Siempre

husmeando, siempre queriendo saber lo que tramábamos... para ver si nos

expulsaban.

—Severus estaba muy interesado por averiguar adónde iba yo cada mes

—explicó Lupin a los tres jóvenes—. Estábamos en el mismo curso, ¿sabéis? Y

no nos caíamos bien. En especial, le tenía inquina a James. Creo que era

envidia por lo bien que se le daba el quidditch... De todas formas, Snape me

había visto atravesar los terrenos del colegio con la señora Pomfrey cierta tarde

que me llevaba hacia el sauce boxeador para mi transformación. Sirius pensó

que sería divertido contarle a Snape que para entrar detrás de mí bastaba con

apretar el nudo del árbol con un palo largo. Bueno, Snape, como es lógico, lo hizo. Si hubiera llegado hasta aquí, se habría encontrado con un licántropo

completamente transformado. Pero tu padre, que había oído a Sirius, fue tras

Snape y lo obligó a volver, arriesgando su propia vida, aunque Snape me

entrevió al final del túnel. Dumbledore le prohibió contárselo a nadie, pero

desde aquel momento supo lo que yo era...

—Entonces, por eso lo odia Snape —dijo Harry—. ¿Pensó que estaba

usted metido en la broma?

—Exactamente —admitió una voz fría y burlona que provenía de la pared,

a espaldas de Lupin.

Severus Snape se desprendió de la capa invisible y apuntó a Lupin con la

varita.

Hermione dio un grito. Black se puso en pie de un salto. Harry saltó también

como si hubiera recibido una descarga eléctrica.

—He encontrado esto al pie del sauce boxeador —dijo Snape, arrojando la

capa a un lado y sin dejar de apuntar al pecho de Lupin con la varita—. Muchas

gracias, Potter, me ha sido muy útil.

Snape estaba casi sin aliento, pero su cara rebosaba sensación de triunfo.

—Tal vez se pregunten cómo he sabido que estaban aquí —dijo con los

ojos relampagueantes—. Acabo de ir a tu despacho, Lupin. Te olvidaste de

tomar la poción esta noche, así que te llevé una copa llena. Fue una suerte. En

tu mesa había cierto mapa. Me bastó un vistazo para saber todo lo que

necesitaba. Te vi correr por el pasadizo.

—Severus... —comenzó Lupin, pero Snape no lo oyó.

—Le he dicho una y otra vez al director que ayudabas a tu viejo amigo

Black a entrar en el castillo, Lupin. Y aquí está la prueba. Ni siquiera se me

ocurrió que tuvieran el valor de utilizar este lugar como escondrijo.

—Te equivocas, Severus —dijo Lupin, hablando aprisa—. No lo has oído

todo. Puedo explicarlo. Sirius no ha venido a matar a Harry.

—Dos más para Azkaban esta noche —dijo Snape, con los ojos llenos de

odio—. Me encantará saber cómo se lo toma Dumbledore. Estaba convencido

de que eras inofensivo, ¿sabes, Lupin? Un licántropo domesticado...

—Idiota —dijo Lupin en voz baja—. ¿Vale la pena volver a meter en

Azkaban a un hombre inocente por una pelea de colegiales?

¡PUM!

Del final de la varita de Snape surgieron unas cuerdas delgadas,

semejantes a serpientes, que se enroscaron alrededor de la boca, las muñecas

y los tobillos de Lupin. Este perdió el equilibrio y cayó al suelo, incapaz de

moverse. Con un rugido de rabia, Black se abalanzó sobre Snape, pero Snape

apuntó directamente a sus ojos con la varita.

—Dame un motivo —susurró—. Dame un motivo para hacerlo y te juro que

lo haré.

Black se detuvo en seco. Era imposible decir qué rostro irradiaba más odio.

Harry se quedó paralizado, sin saber qué hacer ni a quién creer. Dirigió una

mirada a Ron y a Hermione. Ron parecía tan confundido como él, intentando

todavía retener a Scabbers. Hermione, sin embargo, dio hacia Snape un paso

vacilante y dijo casi sin aliento:

—Profesor Snape, no... no perdería nada oyendo lo que tienen que decir;

¿no cree?

—Señorita Granger; me temo que vas a ser expulsada del colegio —dijo

Snape—. Tú, Potter y Weasley os encontráis en un lugar prohibido, en

compañía de un asesino escapado y de un licántropo. Y ahora te ruego que,

por una vez en tu vida, cierres la boca.

—Pero si... si fuera todo una confusión...

—¡CALLATE, IMBÉCIL! —gritó de repente Snape, descompuesto—. ¡NO

HABLES DE LO QUE NO COMPRENDES! —Del final de su varita, que seguía

apuntando a la cara de Black, salieron algunas chispas. Hermione guardó

silencio, mientras Snape proseguía—. La venganza es muy dulce —le dijo a

Black en voz baja—. ¡Habría dado un brazo por ser yo quien te capturara!

—Eres tú quien no comprende, Severus —gruñó Black—. Mientras este

muchacho meta su rata en el castillo —señaló a Ron con la cabeza—, entraré

en él sigilosamente.

—¿En el castillo? —preguntó Snape con voz melosa—. No creo que

tengamos que ir tan lejos. Lo único que tengo que hacer es llamar a los

dementores en cuanto salgamos del sauce. Estarán encantados de verte,

Black... Tanto que te darán un besito, me atrevería a decir...

El rostro de Black perdió el escaso color que tenía.

—Tienes que escucharme —volvió a decir—. La rata, mira la rata...

Pero había un destello de locura en la expresión de Snape que Harry no

había visto nunca. Parecía fuera de sí.

—Vamos todos —ordenó. Chascó los dedos y las puntas de las cuerdas

con que había atado a Lupin volvieron a sus manos—. Arrastraré al licántropo.

Puede que los dementores lo besen también a él.

Sin saber lo que hacía, Harry cruzó la habitación con tres zancadas y

bloqueó la puerta.

—Quítate de en medio, Potter. Ya estás metido en bastantes problemas —

gruñó Snape—. Si no hubiera venido para salvarte...

—El profesor Lupin ha tenido cientos de oportunidades de matarme este

curso —explicó Harry—. He estado solo con él un montón de veces,

recibiendo clases de defensa contra los dementores. Si es un compinche de

Black, ¿por qué no acabó conmigo?

—No me pidas que desentrañe la mente de un licántropo —susurró

Snape—. Quítate de en medio, Potter.

—¡DA USTED PENA! —gritó Harry—. ¡SE NIEGA A ESCUCHAR SÓLO

PORQUE SE BURLARON DE USTED EN EL COLEGIO!

—¡SILENCIO! ¡NO PERMITIRÉ QUE ME HABLES ASÍ! —chilló Snape,

más furioso que nunca—. ¡De tal palo tal astilla, Potter! ¡Acabo de salvarte el

pellejo, tendrías que agradecérmelo de rodillas! ¡Te estaría bien empleado si te

hubiera matado! Habrías muerto como casi lo hace tu padre, demasiado arrogante para desconfiar de Black. Ahora quítate de en medio o te quitaré yo. ¡APARTATE,

POTTER!

Harry se decidió en una fracción de segundo. Antes de que Snape pudiera

dar un paso hacia él había alzado la varita.

—¡Expeliarmo!—gritó.

Pero la suya no fue la única voz que gritó. Una ráfaga de aire movió la

puerta sobre sus goznes. Snape fue alzado en el aire y lanzado contra la

pared. Luego resbaló hasta el suelo, con un hilo de sangre que le brotaba de la

cabeza. Estaba sin conocimiento.

Harry miró a su alrededor. Ron y Hermione habían intentado desarmar a

Snape en el mismo momento que él. La varita de Snape planeó trazando un

arco y aterrizó sobre la cama, al lado de Crookshanks.

—No deberías haberlo hecho —dijo Black mirando a Harry—. Tendrían que

habérmelo dejado a mí.

Harry rehuyó los ojos de Black. No estaba seguro, ni siquiera en aquel

momento, de haber hecho lo que debía.

—¡Hemos agredido a un profesor...! ¡Hemos agredido a un profesor...!

—gimoteaba Hermione, mirando asustada a Snape, que parecía muerto—.

¡Vamos a tener muchos problemas!

Lupin forcejeaba para librarse de las ligaduras. Black se inclinó para

desatarlo. Lupin se incorporó, frotándose los lugares entumecidos por las

cuerdas.

—Gracias, Harry —dijo.

—Aún no creo en usted —repuso Harry.

—Entonces es hora de que te ofrezcamos alguna prueba —dijo Black—.

Muchacho, entrégame a Peter. Ya.

Ron apretó a Scabbersaún más fuertemente contra el pecho.

—Venga —respondió débilmente—, ¿quiere que me crea que escapó

usted de Azkaban sólo para atrapar a Scabbers? Quiero decir... —Miró a Harry

y a Hermione en busca de apoyo—. De acuerdo, supongamos que Pettigrew

pueda transformarse en rata... Hay millones de ratas. ¿Cómo sabía, estando en

Azkaban, cuál era la, que buscaba?

—¿Sabes, Sirius? Ésa es una buena pregunta —observó Lupin,

volviéndose hacia Black y frunciendo ligeramente el entrecejo—. ¿Cómo

supiste dónde estaba?

Black metió dentro de la túnica una mano que parecía una garra y sacó

una página arrugada de periódico, la alisó y se la enseñó a todos. Era la foto de

Ron y su familia que había aparecido en el diario El Profetael verano anterior.

Sobre el hombro de Ron se encontraba Scabbers.

—¿Cómo lo conseguiste? —preguntó Lupin a Black, estupefacto.

—Fudge —explicó Black—. Cuando fue a inspeccionar Azkaban el año

pasado, me dio el periódico. Y ahí estaba Peter, en primera plana... en el

hombro de este chico. Lo reconocí enseguida. Cuántas veces lo vi

transformarse. Y el pie de foto decía que el muchacho volvería a Hogwarts,

donde estaba Harry...

—¡Dios mío! —dijo Lupin en voz baja, mirando a Scabbers, luego la foto y

otra vez a Scabbers—. Su pata delantera...

—¿Qué le ocurre? —preguntó Ron, poniéndose chulito.

—Le falta un dedo —explicó Black.

—Claro —dijo Lupin—. Sencillo... e ingenioso. ¿Se lo cortó él?

—Poco antes de transformarse —dijo Black—. Cuando lo arrinconé, gritó

para que toda la calle oyera que yo había traicionado a Lily y a James. Luego,

para que no pudiera echarle ninguna maldición, abrió la calle con la varita en su

espalda, mató a todos los que se encontraban a siete metros a la redonda y se

metió a toda velocidad por la alcantarilla, con las demás ratas...

—¿Nunca lo has oído, Ron? —le preguntó Lupin—. El mayor trozo que

encontraron de Peter fue el dedo.

—Mire, seguramente Scabberstuvo una pelea con otra rata, o algo así. Ha

estado con mi familia desde siempre.

—Doce años exactamente ¿No te has preguntado nunca por qué vive

tanto?

—Bueno, la hemos cuidado muy bien —dijo Ron.

—Pero ahora no tiene muy buen aspecto, ¿verdad? —observó Lupin—.

Apostaría a que su salud empeoró cuando supo que Sirius se había escapado.

—¡La ha asustado ese gato loco! —repuso Ron, señalando con la cabeza

a Crookshanks, que seguía ronroneando en la cama.

Pero no había sido así, pensó Harry inmediatamente. Scabbersya tenía

mal aspecto antes de encontrar a Crookshanks. Desde que Ron volvió de

Egipto. Desde que Black escapó...

—Este gato no está loco —dijo Black con voz ronca. Alargó una mano

huesuda y acarició la cabeza mullida de Crookshanks—. Es el más inteligente

que he visto en mi vida. Reconoció a Peter inmediatamente. Y cuando me

encontró supo que yo no era un perro de verdad. Pasó un tiempo antes de que

confiara en mí. Finalmente, me las arreglé para hacerle entender qué era lo

que pretendía, y me ha estado ayudando...

—¿Qué quiere decir? —preguntó Hermione en voz baja.

—Intentó que Peter se me acercara, pero no pudo... Así que se apoderó de

las contraseñas para entrar en la torre de Gryffindor. Según creo, las cogió de

la mesilla de un muchacho...

El cerebro de Harry empezaba a hundirse por el peso de las muchas cosas

que oía. Era absurdo... y sin embargo...

—Sin embargo, Peter se olió lo que ocurría y huyó. Este gato, ¿decís que

se llama Crookshanks?, me dijo que Peter había dejado sangre en las

sábanas. Supongo que se mordió... Simular su propia muerte ya había

resultado en otra ocasión.

Estas palabras impresionaron a Harry y lo sacaron de su ensimismamiento.

—¿Y por qué fingió su muerte? —preguntó furioso—. Porque sabía que

usted lo quería matar; como trató de matar a mis padres.

—No, Harry —dijo Lupin.

—Y ahora ha venido para acabar con él.

—Sí, es verdad —dijo Black, dirigiendo a Scabbersuna mirada diabólica.

—Entonces yo tendría que haber permitido que Snape lo entregara —gritó

Harry.

—Harry —dijo Lupin apresuradamente—, ¿no te das cuenta? Durante todo

este tiempo hemos pensado que Sirius había traicionado a tus padres y que

Peter lo había perseguido. Pero fue al revés, ¿no te das cuenta? Peter fue

quien traicionó a tus padres. Sirius le siguió la pista y...

—¡ESO NO ES CIERTO! —gritó Harry—. ¡ERA SU GUARDIÁN

SECRETO! ¡LO RECONOCIÓ ANTES DE QUE USTED APARECIESE!

¡ADMITIÓ QUE LOS MATÓ!

Señalaba a Black, que negaba lentamente con la cabeza. Sus ojos

hundidos brillaron de repente.

—Harry..., la verdad es que aquel dia mes sentí  como si los hubiera matado yo —gruñó—.Persuadí a Lily y a James en el último momento de que utilizaran a Peter. Los persuadí de que lo utilizaran a él como guardián secreto y no a mí. Yo tengo la

culpa, lo sé. La noche que voldemort fue por ellos, había decidido vigilar a Peter, asegurarme de que todavía era de fiar. Pero cuando llegué a su guarida, ya se había ido.

No había señal de pelea alguna. No me dio buena espina. Me asusté. Me puse

inmediatamente en camino hacia la casa de tus padres. Y cuando la vi

destruida y sus cuerpos... me di cuenta de lo que Peter había hecho. Y de lo

que había hecho yo…claro que yo no sabía que en realidad era un montaje….¿sabes lo difícil que es llegar a casa de tu mejor amigo y verlo muerto?

Durante años me la culpa no me dejaba en paz…y cuando supe que en realidad estaban vivos… sentí alivio…ellos saben que soy inocente Harry… pregúntales y te confirmaran todo lo que estoy diciendo.

Su voz se quebró. Se dio la vuelta.

—que conveniente….para hacerlo debemos dejarlo huir—atacó ron

—Harry…tal vez por eso, tus papás no estaban preocupados como el resto.

—Es suficiente. Avise a tus padres antes de venir, no deben tardar —dijo Lupin, con una nota de acero en la voz que Harry no

le había oído nunca—. Hay un medio infalible de demostrar lo que

verdaderamente sucedió. Ron, entrégame la rata.

—¿Qué va a hacer con ella si se la doy? —preguntó Ron con nerviosismo.

—Obligarla a transformarse —respondió Lupin—. Si de verdad es sólo una

rata, no sufrirá ningún daño.

Ron dudó. Finalmente puso a Scabbersen las manos de Lupin. Scabbers

se puso a chillar sin parar; retorciéndose y agitándose. Sus ojos diminutos y

negros parecían salirse de las órbitas.

—¿Preparado, Sirius? —preguntó Lupin.

Black ya había recuperado la varita de Snape, que había caído en la cama.

Se aproximó a Lupin y a la rata. Sus ojos húmedos parecían arder.

—¿A la vez? —preguntó en voz baja.

—Venga —respondió Lupin, sujetando a Scabberscon una mano y la

varita con la otra—. A la de tres. ¡Una, dos y... TRES!

Un destello de luz azul y blanca salió de las dos varitas. Durante un

momento Scabbersse quedó petrificada en el aire, torcida, en posición extraña.

Ron gritó. La rata golpeó el suelo al caer. Hubo otro destello cegador y

entonces...

Fue como ver la película acelerada del crecimiento de un árbol. Una

cabeza brotó del suelo. Surgieron las piernas y los brazos. Al cabo de un

instante, en el lugar de Scabbersse hallaba un hombre, encogido y

retorciéndose las manos. Crookshanksbufaba y gruñía en la cama, con el pelo

erizado.

Era un hombre muy bajito, apenas un poco más alto que Harry y Hermione.

Tenía el pelo ralo y descolorido, con calva en la coronilla. Parecía encogido,

como un gordo que hubiera adelgazado rápidamente. Su piel parecía roñosa,

casi como la de Scabbers, y le quedaba algo de su anterior condición roedora

en lo puntiagudo de la nariz y en los ojos pequeños y húmedos. Los miró a

todos, respirando rápida y superficialmente. Harry vio que sus ojos iban

rápidamente hacia la puerta.

—Hola, Peter —dijo Lupin con voz amable, como si fuera normal que las

ratas se convirtieran en antiguos compañeros de estudios—. Cuánto tiempo sin

verte.

—Si... Sirius. Re... Remus —incluso la voz de Pettigrew era como de rata.

Volvió a mirar a la puerta—. Amigos, queridos amigos...

Black levantó el brazo de la varita, pero Lupin lo sujetó por la muñeca y le

echó una mirada de advertencia. Entonces se volvió a Pettigrew con voz ligera

y despreocupada.

—Acabamos de tener una pequeña charla, Peter, sobre lo que sucedió la

noche en que murieron Lily y James. Quizás te hayas perdido alguno de los

detalles más interesantes mientras chillabas en la cama.

—Remus —dijo Pettigrew con voz entrecortada, y Harry vio gotas de sudor

en su pálido rostro—, no lo creerás, ¿verdad? Intentó matarme a mí...

—Eso es lo que hemos oído —dijo Lupin más fríamente—. Me gustaría

aclarar contigo un par de puntos, Peter; si fueras tan...

—¡Ha venido porque otra vez quiere matarme! —chilló Pettigrew señalando

a Black, y Harry vio que utilizaba el dedo corazón porque le faltaba el índice—.

¡entregó a Lily y a James, y ahora quiere matarme a mí...! ¡Tienes que protegerme,

Remus!

El rostro de Black semejaba más que nunca una calavera, mientras miraba

a Peter Pettigrew con sus ojos insondables.

—Nadie intentará matarte antes de que aclaremos algunos puntos —dijo

Lupin.

—¿Aclarar puntos? —chilló Pettigrew, mirando una vez más a su

alrededor; hacia las ventanas cegadas y hacia la única puerta—. ¡Sabía que

me perseguiría! ¡Sabía que volvería a buscarme! ¡He temido este momento

durante doce años!

—¿Sabías que Sirius se escaparía de Azkaban cuando nadie lo había

conseguido hasta ahora? —preguntó Lupin, frunciendo el entrecejo.

—¡Tiene poderes oscuros con los que los demás sólo podemos soñar! —

chilló Pettigrew con voz aguda—. ¿Cómo, si no, iba a salir de allí? Supongo

que El Que No Debe Nom brarse le enseñó algunos trucos.

Black comenzó a sacudirse con una risa triste y horrible que llenó la

habitación.

—¿Que Voldemort me enseñó trucos? —dijo y Peter Pettigrew retrocedió

como si Black acabara de blandir un látigo en su dirección—. ¿Qué te ocurre?

¿Te asustas al oír el nombre de tu antiguo amo? —preguntó Black—. No te

culpo, Peter. Sus secuaces no están muy contentos de ti, ¿verdad?

—No sé... qué quieres decir, Sirius —murmuró Pettigrew, respirando más

aprisa aún. Todo su rostro brillaba de sudor.

—No te has estado ocultando durante doce años de mí —dijo Black—. Te

has estado ocultando de los viejos seguidores de Voldemort. En Azkaban oí

cosas. Todos piensan que si no estás muerto, deberías aclararles algunas

dudas. Les he oído gritar en sueños todo tipo de cosas. Cosas como que el

traidor les había traicionado. Voldemort acudió a la casa de los Potter por

indicación tuya y allí conoció la derrota. Y no todos los seguidores de

Voldemort han terminado en Azkaban, ¿verdad? Aún quedan muchos libres,

esperando su oportunidad, fingiendo arrepentimiento... Si supieran que sigues

vivo...

—No entiendo de qué hablas... —dijo de nuevo Pettigrew, con voz más

chillona que nunca. Se secó la cara con la manga y miró a Lupin—. No creerás

nada de eso, de esa locura...

—Tengo que admitir; Peter, que me cuesta comprender por qué un hombre

inocente se pasa doce años convertido en rata —dijo Lupin impasible.

—¡Inocente, pero asustado! —chilló Pettigrew—. Si los seguidores de

Voldemort me persiguen es porque yo metí en Azkaban a uno de sus mejores

hombres: el espía Sirius Black.

El rostro de Black se contorsionó.

—¿Cómo te atreves? —gruñó, y su voz se asemejó de repente a la del

perro enorme que había sido—. ¿Yo, espía de Voldemort? ¿Cuándo he

husmeado yo a los que eran más fuertes y poderosos? Pero tú, Peter... no

entiendo cómo no comprendí desde el primer momento que eras tú el espía.

Siempre te gustó tener amigos corpulentos para que te protegieran, ¿verdad?

Ese papel lo hicimos nosotros: Remus y yo... y James...

Pettigrew volvió a secarse el rostro; le faltaba el aire.

—¿Yo, espía...? Estás loco. No sé cómo puedes decir...

—Lily y James te nombraron guardián secreto sólo porque yo se lo

recomendé —susurró Black con tanto odio que Pettigrew retrocedió—.

Pensé que era una idea perfecta... una trampa. Voldemort iría tras de mí,

nunca pensaría que los Potter utilizarían a alguien débil y mediocre como tú...

Sin duda fue el mejor momento de tu miserable vida, cuando le dijiste a

Voldemort que podías entregarle a los Potter.

Pettigrew murmuraba cosas, aturdido. Harry captó palabras como

«inverosímil» y «locura», pero no podía dejar de fijarse sobre todo en el color

ceniciento de la cara de Pettigrew y en la forma en que seguía mirando las

ventanas y la puerta.

—¿Profesor Lupin? —dijo Hermione, tímidamente—. ¿Puedo decir algo?

—Por supuesto, Hermione —dijo Lupin cortésmente.

—Pues bien, Scabbers..., quiero decir este... este hombre... ha estado

durmiendo en el dormitorio de Harry durante tres años. Si trabaja para Quien

Usted Sabe, ¿cómo es que nunca ha intentado hacerle daño?

—Eso es —dijo Pettigrew con voz aguda, señalando a Hermione con la

mano lisiada—. Gracias. ¿Lo ves, Remus? ¡Nunca le he hecho a Harry el más

leve daño! ¿Por qué no se lo he hecho?

—Yo te diré por qué —dijo Black—. Porque no harías nada por nadie si no

te reporta un beneficio. Voldemort lleva doce años escondido, dicen que está

medio muerto. Tú no cometerías un asesinato delante de Albus Dumbledore

por servir a una piltrafa de brujo que ha perdido todo su poder; ¿a que no?

Tendrías que estar seguro de que es el más fuerte en el juego antes de volver

a ponerte de su parte. ¿Para qué, si no, te alojaste en una familia de magos?

Para poder estar informado, ¿verdad, Peter? Sólo por si tu viejo protector recuperaba las fuerzas y volvía a ser conveniente estar con él.

Pettigrew abrió y cerró la boca varias veces. Se había quedado sin habla.

—Eh... ¿Señor Black... Sirius? —preguntó tímidamente Hermione. —A

Black le sorprendió que lo interpelaran de esta manera, y miró a Hermione

fijamente, como si nadie se hubiera dirigido a él con tal respeto en los últimos

años—. Si no le importa que le pregunte, ¿cómo escapó usted de Azkaban? Si

no empleó magia negra...

—¡Gracias! —dijo Pettigrew, asintiendo con la cabeza—. ¡Exacto! ¡Eso es

precisamente lo que yo...!

Pero Lupin lo silenció con una mirada. Black fruncía ligeramente el entrecejo con los ojos puestos en Hermione, pero no como si estuviera enfadado con ella: más bien parecía meditar la respuesta.

—No sé cómo lo hice —respondió—. Creo que la única razón por la que

nunca perdí la cabeza es que sabía que era inocente. No era un pensamiento

agradable, así que los dementores no me lo podían absorber... Gracias a eso

conservé la cordura y no olvidé quién era... Gracias a eso conservé mis

poderes... así que cuando ya no pude aguantar más me convertí en perro. Los

dementores son ciegos, como sabéis. —Tragó saliva—. Se dirigen hacia la

gente porque perciben sus emociones... Al convertirme en perro, notaron que

mis sentimientos eran menos humanos, menos complejos, pero pensaron,

claro, que estaba perdiendo la cabeza, como todo el mundo, así que no se

preocuparon. Pero yo me encontraba débil, muy débil, y no tenía esperanza de

alejarlos sin una varita. Entonces vi a Peter en aquella foto... comprendí que

estaba en Hogwarts, con Harry... en una situación perfecta para actuar si oía

decir que el Señor de las Tinieblas recuperaba fuerzas... —Pettigrew negó con

la cabeza y movió la boca sin emitir sonido alguno, mirando a Black como

hipnotizado—... Estaba dispuesto a hacerlo en cuanto estuviera seguro de sus

aliados..., estaba dispuesto a entregarles al último de los Potter. Si les

entregaba a Harry, ¿quién se atrevería a pensar que había traicionado a lord

Voldemort? Lo recibirían con honores...

—Así que ya ven, tenía que hacer algo. Yo era el único que sabía que

Peter estaba vivo...

Harry recordó lo que el padre de Ron le había dicho a su esposa: «Los

guardianes dicen que hacía tiempo que Black hablaba en sueños. Siempre

decía las mismas palabras: "Está en Hogwarts."»

—Era como si alguien hubiera prendido una llama en mi cabeza, y los

dementores no podían apagarla. No era un pensamiento agradable..., era una

obsesión... pero me daba fuerzas, me aclaraba la mente. Por eso, una noche,

cuando abrieron la puerta para dejarme la comida, salí entre ellos, en forma de

perro. Les resulta tan difícil percibir las emociones animales que se

confundieron. Estaba delgado, muy delgado... Lo bastante delgado para pasar

a través de los barrotes. Nadé como un perro. Viajé hacia el norte y me metí en

Hogwarts con la forma de perro... He vivido en el bosque desde entonces...

menos cuando iba a ver el partido de quidditch, claro... Vuelas tan bien como tu

padre, Harry... —Miró al muchacho, que esta vez no apartó la vista—. Créeme

—añadió Black—. Créeme. Nunca traicioné a James y a Lily. Antes habría

muerto.

Y Harry lo creyó. Asintió con la cabeza, con un nudo en la garganta.

—¡No!

Pettigrew se había arrodillado, como si el gesto de asentimiento de Harry

hubiera sido su propia sentencia de muerte. Fue arrastrándose de rodillas,

humillándose, con las manos unidas en actitud de rezo.

—Sirius, soy yo, soy Peter... tu amigo. No..., tú no...

Black amagó un puntapié y Pettigrew retrocedió.

—Ya hay bastante suciedad en mi túnica sin que tú la toques.

—¡Remus! —chilló Pettigrew volviéndose hacia Lupin, retorciéndose ante

él, implorante—. Tú no lo crees. ¿No te habría contado Sirius que habían

cambiado el plan?

—No si creía que el espía era yo, Peter —dijo Lupin—. Supongo que por

eso no me lo contaste, Sirius —dijo Lupin despreocupadamente, mirándolo por

encima de Pettigrew.

—Perdóname, Remus —dijo Black.

—No hay por qué, Canuto, viejo amigo —respondió Lupin, subiéndose las

mangas—. Y a cambio, ¿querrás perdonar que yo te creyera culpable?

—Por supuesto —respondió Black, y un asomo de sonrisa apareció en su

demacrado rostro. También empezó a remangarse—. ¿Lo matamos juntos?

—Creo que será lo mejor —dijo Lupin con tristeza.

—No lo hara, no serian capaces... —dijo Pettigrew. Y se volvió hacia Ron,

arrastrándose—. Ron, ¿no he sido un buen amigo?, ¿una buena mascota? No

dejes que me maten, Ron. Estás de mi lado, ¿a que sí?

Pero Ron miraba a Pettigrew con repugnancia.

—¡Te dejé dormir en mi cama! —dijo.

—Buen muchacho... buen amo... —Pettigrew siguió arrastrándose hacia

Ron—. No lo consentirás... yo era tu rata... fui una buena mascota...

—Si eras mejor como rata que como hombre, no tienes mucho de lo que

alardear —dijo Black con voz ronca.

Ron, palideciendo aún más a causa del dolor; alejó su pierna rota de

Pettigrew. Pettigrew giró sobre sus rodillas, se echó hacia delante y asió el

borde de la túnica de Hermione.

—Dulce criatura... inteligente muchacha... no lo consentirás... ayúdame...

Hermione tiró de la túnica para soltarla de la presa de Pettigrew y

retrocedió horrorizada.

Pettigrew temblaba sin control y volvió lentamente la cabeza hacia Harry

—Harry, Harry.. qué parecido eres a tu padre... igual que él...

—¿CÓMO TE ATREVES A HABLAR A HARRY? —bramó Black—.

¿CÓMO TE ATREVES A MIRARLO A LA CARA? ¿CÓMO TE ATREVES A

MENCIONAR A JAMES DELANTE DE ÉL?

—Harry —susurró Pettigrew, arrastrándose hacia él con las manos

extendidas—, Harry, James no habría consentido que me mataran... James

habría comprendido, Harry... Habría sido clemente conmigo...Tú no puedes creerles

—No eres quien para decirle a mi hijo que habría hecho yo…estoy aquí ahora…¿vas a seguir negándolo?

James había entrado seguido de Lily y Eva.

—Harry …todo lo que Remus y Sirius dijeron es cierto…El guardián fue Peter­­—confirmó Lily saludando a Harry y dejando su mochila sobre una silla, evidentemente habia ido desde el hospital.

James abrazó a su mejor amigo. Remus, Harry, Hermione y Lily apuntaban a peter

—¡Hermano!

—te tardaste demasiado en presentarte…murmuró james.

—lo siento…que gusto verte Lily

—lo mismo digo canuto.

Sirius se paró delante de Eva, que lloraba en silencio.

—Evy…

—lo siento tanto—La mujer hacia un esfuerzo enorme para—creí lo que todos…te abandoné en una prisión…

—no fue tu culpa…no llores.

Los ojos de Sirius, recuperon algo de calidez, ella busco sus labios, pero el la esquivó..

—No asi….no besaras un prisionero zaparrastroso… cuando sea yo otra vez…—depositó un beso en la frente de la mujer que había sido su prometida.

—Mamá….

—Andy…acércate…

Cuando el chico se aproximó, Eva lo rodeo con los brazos.

—tienes un hijo…—murmuró Sirius….

Eva asintió.

—Su nombre es Andrew…tiene 12 años…

—entonces…es…

—es tu hijo….

—¿Enserio? —Preguntó sirius agachándose frente a su hijo—Fantastico…

Padre e hijo se miraron por un momento,

—Es un placer conocerte Hijo…—Murmuró tendiéndole la mano.

—¡Papá! El muchacho se arrojo a sus brazos llorando.

—todo estará bien muchacho…—sirius le secó las lagrimas—voy a solucionar esto y no volveremos a separarnos…

Las varitas de Lily y los tres merodeadores, apuntaban de nuevo a colagusano.

—Lily, piedad ¿qué otra cosa podía hacer? El Señor de las Tinieblas... no

tienes ni idea... Tiene armas que no puedes imaginar... Estaba aterrado,

Yo nunca fui valiente como tú, como Remus, sirius y como James. Nunca quise que sucediera... El Que No Debe Nombrarse me obligó.

—¡NO MIENTAS! —Bramó Lily furiosa—. ¡LE HABÍAS ESTADO PASANDO

INFORMACIÓN DURANTE AÑOS ANTES! ¡ERAS SU ESPÍA! LES DIJISTE TAMBIEN QUE FUI A CASA PARA LA BODA DE MI HERMANA, ¿NO ES ASI? AQUELLA NOCHE ME SECUESTRARON PORQUE TU LES DIJISTE QUE NO ESTABA EN LA ESCUELA ¡ LES DISTE UNA PRESA FACIL! ¡ERES BASURA!

—¡Estaba tomando el poder en todas partes! —dijo Pettigrew

entrecortadamente—. ¿Qué se ganaba enfrentándose a él?

—¿Qué se ganaba enfrentándose al brujo más malvado de la Historia? —

preguntó  sirius furioso—. ¡Sólo vidas inocentes, Peter!

—¡No lo comprendes! —gimió Pettigrew—. Me habría matado, Sirius.

—¡ENTONCES DEBERÍAS HABER MUERTO! —Rugió Black—. ¡MEJOR

MORIR QUE TRAICIONAR A TUS AMIGOS! ¡TODOS HABRÍAMOS

PREFERIDO LA MUERTE A TRAICIONARTE A TI!

Los cuatro se mantenían uno al lado del otro, con las varitas levantadas.

—Tendrías que haberte dado cuenta —dijo Lupin en voz baja— de que si

Voldemort no te mataba lo haríamos nosotros. Adiós, Peter.

Hermione se cubrió el rostro con las manos y se volvió hacia la pared.

—¡No! —gritó Harry Se adelantó corriendo y se puso entre Pettigrew y las

varitas—. ¡No pueden matarlo! —dijo sin aliento—. No pueden hacerlo.

—Harry, esta alimaña es la causa de que pasaras tu niez sin padres—gruñó

REMUS—. Este ser repugnante te habría visto morir sin mover ni un

dedo. Ya lo has oído. Su propia piel maloliente significaba más para él que toda

tu familia. Separó a sirius de Eva y causó que tu amigo no conozca a su padre… Por su culpa casi arruinan la vida de tu madre…

—Lo sé —jadeó Harry—. Lo llevaremos al castillo. Lo entregaremos a los

dementores. Puede ir a Azkaban. Pero no lo maten.

—¡Harry! —exclamó Pettigrew entrecortadamente, y rodeó las rodillas de

Harry con los brazos—. Tú... gracias. Es más de lo que merezco. Gracias.

—Suéltame —dijo Harry, apartando las manos de Pettigrew con asco—.

No lo hago por ti. Lo hago porque no quiero ver que mis padres y

sus mejores amigos se conviertan en asesinos por culpa tuya.

Nadie se movió ni dijo nada, salvo Pettigrew, que jadeaba con la mano

crispada en el pecho. Los adultos se miraron. Y bajaron las varitas a la vez.

—Que vaya a Azkaban —repitió Harry—. Si alguien merece ese lugar; es

él.

Pettigrew seguía jadeante detrás de él.

—De acuerdo —dijo Lupin—. Hazte a un lado, Harry

—Harry dudó—. Voy a atarlo —añadió Lupin—. Nada más, te lo juro.

Harry se quitó de en medio. Esta vez fue de la varita de Lupin de la que

salieron disparadas las cuerdas, y al cabo de un instante Pettigrew se retorcía

en el suelo, atado y amordazado.

—Pero si te transformas, Peter —gruñó Black, apuntando a Pettigrew con

su varita—, te mataremos. ¿Estás de acuerdo, Harry?

Harry bajó la vista para observar la lastimosa figura, y asintió de forma que

lo viera Pettigrew.

—De acuerdo —dijo de repente Lupin, como cerrando un trato—. Ron, no

sé arreglar huesos como la señora Pomfrey pero creo que lo mejor será que te

entablillemos la pierna hasta que te podamos dejar en la enfermería.

Se acercó a Ron aprisa, se inclinó, le golpeó en la pierna con la varita y

murmuró:

—¡Férula!

Unas vendas rodearon la pierna de Ron y se la ataron a una tablilla. Lupin

lo ayudó a ponerse en pie. Ron se apoyó con cuidado en la pierna y no hizo ni

un gesto de dolor.

—Mejor —dijo—. Gracias.

—¿Y qué hacemos con el profesor Snape? —preguntó Hermione, en voz

baja, mirando a Snape postrado en el suelo.

——No le pasa nada grave —explicó Lupin, inclinándose y tomándole el

pulso—. Sólo se pasaron un poco. Sigue sin conocimiento. Eh... tal vez sea

mejor dejarlo así hasta que hayamos vuelto al castillo. Podemos llevarlo tal

como está. —Luego murmuro—: Mobilicorpus.

El cuerpo inconsciente de Snape se incorporó como si tiraran de él unas

cuerdas invisibles atadas a las muñecas, el cuello y las rodillas. La cabeza le

colgaba como a una marioneta grotesca. Estaba levantado unos centímetros

del suelo y los pies le colgaban. Lupin cogió la capa invisible y se la guardó en

el bolsillo.

—Dos de nosotros deberían encadenarse a esto —dijo Black, dándole a

Pettigrew un puntapié—, sólo para estar seguros.

—Yo lo haré —se ofreció Lupin.

—Y yo —dijo Ron, con furia.

Black hizo aparecer unas esposas macizas. Pettigrew volvió a encontrarse

de pie, con el brazo izquierdo encadenado al derecho de Lupin y el derecho al

izquierdo de Ron. El rostro de Ron expresaba decisión. Se había tomado la

verdadera identidad de Scabberscomo un insulto. Crookshankssaltó ágilmente

de la cama y se puso el primero, con la cola alegremente levantada.

Harry no había formado nunca parte de un grupo tan extraño. Crookshanks

bajaba las escaleras en cabeza de la comitiva. Lupin, Pettigrew y Ron lo

seguían, como si participaran en una carrera.  Tras ellos caminaban Lily y james. Detrás iba el profesor Snape,

flotando de manera fantasmal, tocando cada peldaño con los dedos de los pies

y sostenido en el aire por su propia varita, con la que Sirius le apuntaba, con Eva y Andy a cada lado .Harry y Hermione cerraban la marcha.

Fue difícil volver a entrar en el túnel. Lupin, Pettigrew y Ron tuvieron que

ladearse para conseguirlo.

Lupin seguía apuntando a Pettigrew con su varita. Harry los veía avanzar

de lado, poco a poco, en hilera. Crookshanksseguía en cabeza. Harry iba inmediatamente detrás de Sirius, que continuaba dirigiendo a Snape con la

varita. Éste, de vez en cuando, se golpeaba la cabeza en el techo, y Harry tuvo

la impresión de que Sirius no hacía nada por evitarlo.

—¿Saben lo que significa entregar a Pettigrew? —le dijo Sirius a Harry

bruscamente, mientras avanzaban por el túnel.

—Que tú quedarás libre —respondió Harry

—Sí... —dijo Sirius—. No sé si te lo ha dicho alguien, pero yo también soy

tu padrino.

—Sí, ya lo sabía —respondió Harry.

—Pues felicidades…te eligieron un padrino muy sexy….

Todos rieron.

—volviendo al tema…tanto Remus, Lily, james, Eva y yo, nos sentíamos como familia…aun es asi por lo visto…Creo que cuando todo esto acabe…deberíamos tomar juntos unas vacaciones.

Todos estuvieron de acuerdo. No volvieron a hablar hasta que llegaron al final del pasadizo.

—Un paso en falso, Peter; y... —dijo Lupin delante de ellos, amenazador;

apuntando con la varita al pecho de Pettigrew.

Atravesaron los terrenos del colegio en silencio, con pesadez. Las luces

del castillo se dilataban poco a poco. Snape seguía inconsciente,

fantasmalmente transportado por Sirius, la barbilla rebotándole en el pecho. Y

entonces...

Una nube se desplazó. De repente, aparecieron en el suelo unas sombras

oscuras. La luz de la luna caía sobre el grupo.

Snape tropezó con Lupin, Pettigrew y Ron, que se habían detenido de

repente. Sirius se quedó inmóvil. Con un brazo indicó a Harry y a Hermione que

no avanzaran.

Harry vio la silueta de Lupin. Se puso rígido y empezó a temblar.

—¡Dios mío! —dijo Hermione con voz entrecortada—. ¡No se ha tomado la

poción esta noche! ¡Es peligroso!

—Corran —gritó Sirius—. ¡Corran! ¡Ya!

Pero Harry no podía correr. Ron estaba encadenado a Pettigrew y a Lupin.

Saltó hacia delante, pero Lily  lo agarró por el pecho y lo echó hacia atrás.

—James y sirius lo harán. ¡Entren!

Oyeron un terrible gruñido. La cabeza de Lupin se alargaba, igual que su

Cuerpo. Los hombros le sobresalían. El pelo le brotaba en el rostro y las manos,

que se retorcían hasta convertirse en garras. A Crookshanksse le volvió a

Erizar el pelo. Retrocedió.

Mientras el licántropo retrocedía, abriendo y cerrando las fauces, Sirius y James

desaparecieron . Se habían transformado. El perro grande como

un oso saltó hacia delante. Cuando el licántropo se liberó de las esposas que lo

sujetaban, el ciervo lo embistió, el perro lo atrapó por el cuello y lo arrastró hacia atrás, alejándolo de Ron y de Pettigrew. Estaban enzarzados, mandíbula con mandíbula. Eva se encargó de meter a Ron dentro de la cueva y Lily se apuntaba a Peter. Nadie noto la varita de Remus en el suelo, al verse librado de ron, cola gusano rodó con rapidez por el suelo y la tomó.

Se oyó un estallido, se vio un relámpago y otro estallido: Crookshanks saltó por el aire y volvió a caer al suelo.

—¡Expeliarmo!—exclamó Lily, apuntando a Pettigrew con su varita. La

varita de Lupin salió volando y se perdió de vista

—. ¡Quédate dónde estás! —gritó Harry saliendo detrás de su madre mientras corría.

Demasiado tarde. Pettigrew también se había transformado. Harry vio su

cola pelona azotar el antebrazo de Ron a través de las esposas, y lo oyó huir a

toda prisa por la hierba. Oyeron un aullido y un gruñido sordo. Al volverse,

Harry vio al hombre lobo adentrándose en el bosque a la carrera.

 Oyeron un aullido y un gruñido sordo. Al volverse,

Harry vio al hombre lobo adentrándose en el bosque a la carrera.

—¡Papá, Sirius…! —gritó Harry —se ha escapado. ¡Pettigrew se ha transformado!

Sirius sangraba. Tenía heridas en el hocico y en la espalda, pero al oír las

palabras de Harry volvió a salir velozmente y al cabo de un instante el rumor de

sus patas se perdió.

James estaba herido, había vuelto a su forma humana, trataba de volver a ser un siervo pero automáticamente volvía a ser el, rendido se dejó caer apoyado contra una piedra donde comenzó a desvanecerse-

—Papá….

Harry y Lily corrieron hacia él, la mujer noto como su rostro comenzaba a tornarse azul.

—James….—Lily palpo su pulso, estaba acelerado­—con retiró la camisa de su esposo para revisarlo, notó sus costillas rotas y el tórax inestable. Lily sufrió un bloqueo

—¡Mamá! —la sacudió Harry—Regresa...¿qué le pasa a papá?

Lilian volvió la cabeza…

­­­—neumotórax hipertensivo…no llegaremos a la enfermería….corre a la casa, trae mi mochila. ¡Corre…!

Harry se metió al pasadizo y corrió hasta la casa de los gritos.

—Lily….

—James…resiste, estarás bien…

—te amo…

—no te despidas…no puedes dejarme….—Lily perdía el control, las lagrimas caian por sus majillas, trato de calmarse y volvió a hablar—No puedes dejarme entiendes? Quédate conmigo…aun nos queda mucho por vivir juntos.

Lo besó.

Harry llegó con la mochila de su madre, Lily siempre cargaba un pequeño, pero completo botiquín.

Se coloco guantes y desinfectó la zona, como no poseía un catéter, extrajo una aguja para inyectar y la insertó dentro del espacio pleural en el segundo espacio intercostal, Lily sintió alivio cuando oyó por fin salir el aire, disminuyendo un poco la tensión.

—Esto me da tiempo de llevarlo a la enfermería y poder hacer un drenaje pleural ... Volveré en cuanto pueda—apuntó a james con la varita—¡movilicorpus!

Lily corrió con james flotando en el aire hacia el castillo.

Hermione salió del túnel. Eva y Andy se habían quedado más atrás, ayudando a andar a Ron.

Oyeron un aullido que venía de la oscuridad: un perro dolorido.

—Sirius —murmuró Harry, mirando hacia la negrura.

Harry echó a correr; seguido por Hermione. El aullido parecía proceder de

los alrededores del lago. Corrieron en aquella dirección y Harry notó un frío

intenso sin darse cuenta de lo que podía suponer.

El aullido se detuvo. Al llegar al lago vieron por qué: Sirius había vuelto a

transformarse en hombre. Estaba en cuclillas, con las manos en la cabeza.

—¡Noooo! —gemía—. ¡Noooooo, por favor!

Y entonces los vio Harry. Eran los dementores. Al menos cien, y se

acercaban a ellos como una masa negra. Se dio la vuelta. Aquel frío ya

conocido

penetró en su interior y la niebla empezó a oscurecerle la visión. Por

cada lado surgían de la oscuridad más y más dementores. Los estaban

rodeando...

—¡Hermione, piensa en algo alegre! —gritó Harry levantando la varita y

parpadeando con rapidez para aclararse la visión, sacudiendo la cabeza para

alejar el débil grito que había empezado a oír por dentro...

«Tengo padrino. Andy encontró a su papá.»

Se obligó a no pensar más que en Sirius y comenzó a repetir a gritos:

—¡Expecto patronum! ¡Expecto patronum!

Black se estremeció. Rodó por el suelo y se quedó inmóvil, pálido como la

muerte.

«Todo saldrá bien. Todos iremos de vacaciones.»

—¡Expecto patronum!¡Ayúdame, Hermione! ¡Expecto patronum!

—¡Expecto...!—susurró Hermione—. ¡Expecto... expecto!

Pero no era capaz. Los dementores se aproximaban y ya estaban a tres

metros escasos de ellos. Formaban una sólida barrera en torno a Harry y

Hermione, y seguían acercándose...

—¡EXPECTO PATRONUM!—gritó Harry, intentando rechazar los gritos de

sus oídos—. ¡EXPECTO PATRONUM!

Un delgado hilo de plata salió de su varita y bailoteó delante de él, como si

fuera niebla. En ese instante, Harry notó que Hermione se desmayaba a su

lado. Estaba solo, completamente solo...

—¡Expecto...! ¡Expecto patronum!

Harry sintió que sus rodillas golpeaban la hierba fría. La niebla le nublaba

los ojos. Haciendo un enorme esfuerzo, intentó recordar. Sirius era inocente,

inocente...

—¡Expecto patronum!—dijo entrecortadamente.

A la débil luz de su informe patronus, vio detenerse un dementor muy cerca

de él. No podía atravesar la niebla plateada que Harry había hecho aparecer,

pero sacaba por debajo de la capa una mano viscosa y pútrida. Hizo un

ademán como para apartar al patronus.

—¡No... no! —exclamó Harry entrecortadamente—. Es inocente. ¡Expecto

patronum!

Sentía sus miradas y oía su ruidosa respiración como un viento

demoníaco. El dementor más cercano parecía haberse fijado en él. Levantó sus dos manos putrefactas y se bajó la capucha.

En el lugar de los ojos había una membrana escamosa y gris que se

extendía por las cuencas. Pero tenía boca: un agujero informe que aspiraba el

aire con un estertor de muerte.

Un terror de muerte se apoderó de Harry, impidiéndole moverse y hablar.

Su patronus tembló y desapareció. La niebla blanca lo cegaba. Tenía que

luchar... *Expecto patronum...*No podía ver..., a lo lejos oyó un grito conocido...,

*expecto patronum...*Palpó en la niebla en busca de Sirius y encontró su brazo.

No se lo llevarían...

Pero, de repente, un par de manos fuertes y frías rodearon el cuello de

Harry. Lo obligaron a levantar el rostro. Sintió su aliento..., iban a eliminarlo

primero a él... Sintió su aliento corrupto..., su madre le gritaba en los oídos...,

sería lo último que oyera en la vida.

Y entonces, a través de la niebla que lo ahogaba, le pareció ver una luz

plateada que adquiría brillo. Se sintió caer de bruces en la hierba.

Boca abajo, demasiado débil para moverse, sintiéndose mal y temblando,

Harry abrió los ojos. Una luz cegadora iluminaba la hierba... Habían cesado los

gritos, el frío se iba...

Algo hacía retroceder a los dementores... algo que daba vueltas en torno a

él, a Sirius y a Hermione. Los estertores dejaban de oírse. Se iban. Volvía a

hacer calor.

Haciendo acopio de todas sus fuerzas, Harry levantó la cabeza unos

centímetros y vio entre la luz a un animal que galopaba por el lago. Con la

visión empañada por el sudor, Harry trató de distinguir de qué se trataba. Era

brillante como un unicornio. Haciendo un esfuerzo por conservar el sentido,

Harry lo vio detenerse al llegar a la otra orilla. Durante un instante vio también,

junto al brillo, a alguien que daba la bienvenida al animal y levantaba la mano

para acariciarlo. Alguien que le resultaba familiar. Pero no podía ser...

Harry no lo entendía. No podía pensar en nada. Sus últimas fuerzas lo

abandonaron y al desmayarse dio con la cabeza en el suelo.