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Historia 190400 — capítulo 43

Al día siguiente, los prefectos despertaron al resto de los alumnos. Hermione apenas murmuró un buenos días sin mirarlo.

Una vez que las mesas de las cuatro casas volvieron a su ubicación en el gran comedor y se colmaron de comida, se sentaron a desayunar, la chica escondió la cara en uno de sus libros, Harry habría querido hablar con ella pero parecía esquivarlo. Al acabar de desayunar desapareció de su vista y tuvo que ir  su entrenamiento.

En la sesión final de entrenamiento antes de partido del sábado, Oliver Wood comunicó a su equipo una noticia no muy buena:

—¡No vamos a jugar contra Slytherin! —les dijo muy enfadado—. Flint

acaba de venir a verme. Vamos a jugar contra Hufflepuff.

—¿Por qué? —preguntaron todos.

—La excusa de Flint es que su buscador aún tiene el brazo lesionado —

dijo Wood, rechinando con furia los dientes—. Pero está claro el verdadero

motivo: no quieren jugar con este tiempo, porque piensan que tendrán menos

posibilidades...

Durante todo el día había soplado un ventarrón y caído un aguacero, y

mientras hablaba Wood se oía retumbar a los truenos.

—¡No le pasa nada al brazo de Malfoy! —dijo Harry furioso—. Está fingiendo.

—Lo sé, pero no lo podemos demostrar —dijo Wood con acritud—. Y

hemos practicado todos estos movimientos suponiendo que íbamos a jugar

contra Slytherin, y en su lugar tenemos a Hufflepuff, y su estilo de juego es muy

diferente. Tienen un nuevo capitán buscador; Cedric Diggory...

De repente, Angelina, Alicia y Katie soltaron una carcajada.

—¿Qué? —preguntó Wood, frunciendo la frente anta aquella actitud.

—Es ese chico alto y guapo, ¿verdad? —preguntó Angelina.

—¡Y tan fuerte y callado! —añadió Katie, y volvieron a reírse.

—Es callado porque no es lo bastante inteligente para juntar dos palabras

—dijo Fred—. No sé qué te preocupa, Oliver. Los de Hufflepuff son pan

comido. La última vez que jugamos con ellos, Harry cogió la snitch al cabo de

unos cinco minutos, ¿no os acordáis?

—¡Jugábamos en condiciones muy distintas! —gritó Wood, con los ojos

muy abiertos—. Diggory ha mejorado mucho el equipo. ¡Es un buscador

excelente! ¡Ya sospechaba que se lo tomarían así! ¡No debemos confiarnos!

¡Hay que tener bien claro el objetivo! ¡Slytherin intenta pillarnos desprevenidos!

¡Hay que ganar!

—Tranquilízate, Oliver —dijo Fred alarmado—. Nos tomamos muy en serio

a Hufflepuff. Muy en serio.

Wood habló tanto que Harry se dio cuenta de pronto de que llegaba diez minutos tarde a la clase de Defensa Contra las Artes Oscuras, y echó a correr mientras Wood le gritaba:

—¡Diggory tiene un regate muy rápido, Harry! Tendrás que hacerle una

vaselina...

Harry frenó al llegar a la puerta del aula de Defensa Contra las Artes

Oscuras, la abrió y entró apresuradamente.

—Lamento llegar tarde, profesor Lupin. Yo...

Pero no era Lupin quien lo miraba desde la mesa del profesor; era Snape.

—La clase ha comenzado hace diez minutos, Potter. Así que creo que descontaremos a Gryffindor diez puntos. Siéntate.

Pero Harry no se movió.

—¿Dónde está el profesor Lupin? —preguntó.

—No se encuentra bien para dar clase hoy —dijo Snape con una sonrisa

contrahecha—. Creo que te he dicho que te sientes.

Pero Harry permaneció donde estaba.

—¿Qué le ocurre?

A Snape le brillaron sus ojos negros.

—Nada que ponga en peligro su vida —dijo como si deseara lo contrario—. Cinco puntos menos para Gryffindor y si te tengo que volver a decir que te sientes serán cincuenta.

Harry se fue despacio hacia su sitio y se sentó. Snape miró a la clase.

—Como decía antes de que nos interrumpiera Potter, el profesor Lupin no

ha dejado ninguna información acerca de los temas que han estudiado hasta

ahora...

—Hemos estudiado los boggarts, los gorros rojos, los kappasy los *grindylows —*informó Hermione rápidamente—, y estábamos a punto de comenzar...

—Cállate —dijo Snape fríamente—. No te he preguntado. Sólo comentaba

la falta de organización del profesor Lupin.

—Es el mejor profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras que hemos

tenido —dijo Dean Thomas con atrevimiento, y la clase expresó su

conformidad con murmullos. Snape puso el gesto más amenazador que le

habían visto.

—Son fáciles de complacer. Lupin apenas les exige esfuerzo... Yo daría

por hecho que los de primer curso son ya capaces de manejarse con los gorros

rojos y los grindylows. Hoy veremos...

Harry lo vio hojear el libro de texto hasta llegar al último capítulo, que debía

de imaginarse que no habían visto.

—... los hombres lobo —concluyó Snape.

—Pero profesor —dijo Hermione, que parecía incapaz de contenerse—,

todavía no podemos llegar a los hombres lobo. Está previsto comenzar con los

hinkypunks...

—Señorita Granger —dijo Snape con voz calmada—, creía que era yo y no

tú quien daba la clase. Ahora, abran todos el libro por la página 394.—Miró a la

clase—: Todos. Ya.

Con miradas de soslayo y un murmullo de descontento, abrieron los libros.

—¿Quién puede decirme cómo podemos distinguir entre el  hombre lobo y el lobo auténtico?

Todos se quedaron en completo silencio. Todos excepto Hermione, cuya

mano, como de costumbre, estaba levantada.

—¿Nadie? —preguntó Snape, sin prestar atención a Hermione. La sonrisa

contrahecha había vuelto a su rostro—. ¿Es que el profesor Lupin no les ha

enseñado ni siquiera la distinción básica entre...?

—Ya se lo hemos dicho —dijo de repente Parvati—. No hemos llegado a

los hombres lobo. Estamos todavía por...

—¡Silencio! —gruñó Snape—. Bueno, bueno, bueno... Nunca creí que

encontraría una clase de tercero que ni siquiera fuera capaz de reconocer a un

hombre lobo. Me encargaré de informar al profesor Dumbledore de lo

atrasados que están todos...

—Por favor, profesor —dijo Hermione, que seguía con la mano

levantada—. El hombre lobo difiere del verdadero lobo en varios detalles: el

hocico del hombre lobo...

—Es la segunda vez que hablas sin que te corresponda, señorita Granger

—dijo Snape con frialdad—. Cinco puntos menos para Gryffindor por ser una

sabelotodo insufrible.

Hermione se puso muy colorada, bajó la mano y miró al suelo, con los ojos

llenos de lágrimas. Un indicio de hasta qué punto odiaban todos a Snape era

que lo estaban fulminando con la mirada. Todos, en alguna ocasión, habían

llamado sabelotodo a Hermione, pero que el insulto se lo hubiese dirigido un profesor estaba demás, sobre pasaba todos los limites sobre todo los de Harry que dijo en voz alta y clara:

—Usted nos ha hecho una pregunta y ella le ha respondido. ¿Por qué pregunta si no quiere que se le responda?

Sus compañeros comprendieron al instante que había ido demasiado lejos.

—Te quedarás castigado, Potter —dijo Snape con voz suave y

acercando el rostro al de Harry—. Y si vuelvo a oírte criticar mi manera de dar

clase, te arrepentirás.

—solo sigo su ejemplo…Profesor —dijo Harry con una extraña sonrisa en el rostro—¿acaso no es lo que acaba de enseñarnos, criticar la forma de dar clase de los profesores?

Snape lo fulminó con la mirada.

Nadie se movió durante el resto de la clase. Siguió cada uno en su sitio, tomando notas sobre los hombres lobo del libro de texto, mientras Snape rondaba entré las filas de pupitres examinando el trabajo que habían estado haciendo con el profesor Lupin.

—Muy pobremente explicado... Esto es incorrecto... El kappase encuentra

sobre todo en Mongolia... ¿El profesor Lupin te puso un ocho? Yo no te habría

puesto más de un tres.

Cuando el timbre sonó por fin, Snape los retuvo:

—Escribiran una redacción de dos pergaminos sobre las maneras de

reconocer y matar a un hombre lobo. Para el lunes por la mañana. Ya es hora

de que alguien meta en cintura a esta clase. Potter, quédate, tenemos que

hablar sobre tu castigo.

Ron y Hermione salieron del aula.

—Snape nunca ha actuado así con ninguno de los otros profesores de

Defensa Contra las Artes Oscuras, aunque quisiera el puesto —comentó Harry

a Hermione—. ¿Por qué la tiene tomada con Lupin? ¿Será por lo del boggart?

—No sé—dijo Hermione pensativamente—. Pero espero que el profesor Lupin se recupere pronto.

—Espera a Harry, los veo en clase, debo dar a scabbers su tónico.

—Bien…

Harry salió minutos después, estaba tranquilo.

—Ron fue a dar el tónico a scabbers, nos verá ¿Cuál fue el castigo?

—Tengo que limpiar los orinales de la enfermería sin magia…

—teo ayudaré…

—No…si lo sabe me volverá a castigar y acabaras castigada tu también…¿sabes? el no estará allí para verme fregar, los limpiaré con magia uno por uno, esperaré allí el tiempo suficiente para que parezca que lo hice a lo muggle…

—Bien…yo debo ir a la biblioteca…los alcanzaré en el aula…

—Iré contigo.

Caminaron en silencio a la biblioteca, Hermione tomó algunos libros.

—Quiero buscar material extra para la redacción de los hombres lobo.

—Yo …quisiera hablar contigo—dijo Harry incomodo…

—está bien….Emm..

—Quería disculparme si te ofendí anoche…No lo planee…yo solo…

—Estábamos nerviosos y confundimos las cosas—Murmuró Hermione.

—¿Te enfadaste conmigo…?

—No sería justo…—dijo negando con la cabeza—Yo también participé.

—¿cómo quedamos ahora? —Preguntó Harry.

—como siempre…

—Nunca antes había besado a una chica…sé que no fue un beso como en las películas…quiero decir…solo fue algo pequeño.

—Tampoco yo había besado a nadie…—admitió la chica

—creo que fue bastante agradable, dada nuestra inexperiencia…

Hermione enrojeció.

—¿se lo contaste a alguien?

—no—aseguró Harry

—No se lo digas a nadie, ni a Ron, ni a Andy, si  Ginny llegara a enterarse la destruiría…no quiero hacerle daño…

—No me gusta Ginny.

—pero tú le gustas a ella y es mi amiga, y hermana de nuestro mejor amigo….

—sí pero…

—Por favor Harry…yo ya me siento la peor amiga del mundo con Ginny… y lo cierto es que fue algo pequeño y no deberíamos darle más importancia de la que tuvo de modo que no volveremos a hablar de esto…solo hará que nos sintamos mas incómodos…hagamos como que no pasó.

—Bien…

—Hay que ir a clase…

Al día siguiente, Harry se despertó muy temprano. Tan temprano que todavía

estaba oscuro. Por un instante creyó que lo había despertado el ruido del

viento. Luego sintió una brisa fría en la nuca y se incorporó en la cama. Peeves

flotaba a su lado, soplándole en la oreja.

—¿Por qué has hecho eso? —le preguntó Harry enfadado.

Peeves hinchó los carrillos, sopló muy fuerte y salió del dormitorio hacia

atrás, a toda prisa, riéndose.

Harry tanteó en busca de su despertador y lo miró: eran las cuatro y media.

Echando pestes de Peeves, se dio la vuelta y procuró volver a dormirse. Pero

una vez despierto fue difícil olvidar el ruido de los truenos que retumbaban por

encima de su cabeza, los embates del viento contra los muros del castillo y el

lejano crujir de los árboles en el bosque prohibido. Unas horas después se

hallaría allí fuera, en el campo de quidditch, batallando en medio del temporal.

Finalmente, renunció a su propósito de volver a dormirse, se levantó, se vistió,

cogió su Nimbus 2.000 y salió silenciosamente del dormitorio.

Cuando Harry abrió la puerta, algo le rozó la pierna. Se agachó con el

tiempo justo de coger a Crookshankspor el extremo de la cola peluda y sacarlo

a rastras.

—¿Sabes? Creo que Ron tiene razón sobre ti —le dijo Harry receloso—.

Hay muchos ratones por aquí. Ve a cazarlos. Vamos —añadió, echando a

Crookshankscon el pie, para que bajara por la escalera de caracol—. Deja en

paz a Scabbers.

El ruido de la tormenta era más fuerte en la sala común. Harry tenía

demasiada experiencia para creer que se cancelaría el partido. Los partidos de

quidditch no se cancelaban por nimiedades como una tormenta. Sin embargo,

empezaba a preocuparse. Wood le había indicado quién era Cedric Diggory en

el corredor; Diggory estaba en quinto y era mucho mayor que Harry. Los

buscadores solían ser ligeros y veloces, pero el peso de Diggory sería una

ventaja con aquel tiempo, porque tendría muchas menos posibilidades de que

el viento le desviara el rumbo.

Harry pasó ante la chimenea las horas que quedaban hasta el amanecer.

De vez en cuando se levantaba para evitar que Crookshanksvolviera a

escabullirse por la escalera que llevaba al dormitorio de los chicos. Al cabo de

un tiempo le pareció a Harry que ya era la hora del desayuno y se dirigió él solo

hacia el retrato.

Se reanimó algo tomando un plato grande de gachas de avena y cuando

ya había empezado con las tostadas, apareció el resto del equipo.

—Va a ser difícil —dijo Wood, sin probar bocado.

—Deja de preocuparte, Oliver —lo tranquilizó Alicia—. No nos asustamos

por un poquito de lluvia.

Pero era bastante más que un poquito de lluvia. El quidditch era tan

popular que todo el colegio salió a ver el partido, como de costumbre. Corrían

por el césped hasta el campo de quidditch, con la cabeza agachada contra el

feroz viento que arrancaba los paraguas de las manos. Poco antes de entrar en

el vestuario, Harry vio a Malfoy, a Crabbe y a Goyle camino del campo de

quidditch; cubiertos por un enorme paraguas, lo señalaban y se reían.

Los miembros del equipo se pusieron la túnica escarlata y aguardaron la

habitual arenga de Wood, pero ésta no se produjo. Wood intentó varias veces

hablarles, tragó saliva con un ruido extraño, cabeceó desesperanzado y les

indicó por señas que lo siguieran.

El viento era tan fuerte que se tambalearon al entrar en el campo. A causa

del retumbar de los truenos, no podían saber si la multitud los aclamaba. La

lluvia rociaba los cristales de las gafas de Harry ¿Cómo demonios iba a ver la

snitch en aquellas condiciones?

Los papás de Harry estaban en la tribuna Gryffindor, Lily estaba pálida, evidentemente no estaba feliz con que el partido se llevara a cabo con semejante temporal, Para ella era un riesgo innecesario. Por otro lado, James parecía emocionado, su cara daba la sensación que moría de ganas de poder estar montando el también una escoba en aquel partido.

Los de Hufflepuff se aproximaron desde el otro extremo del campo, con la

túnica amarillo canario. Los capitanes de ambos equipos se acercaron y se

estrecharon la mano. Diggory sonrió a Wood, pero Wood parecía tener ahora la

mandíbula encajada y se limitó a hacer un gesto con la cabeza. Harry vio que

la boca de la señora Hooch articulaba:

—Monten en las escobas.

Harry sacó del barro el pie derecho y pasó la pierna por encima de la

Nimbus 2.000. La señora Hooch se llevó el silbato a los labios y dio un pitido

que sonó distante y estridente... Dio comienzo el partido.

Harry se elevó rápidamente, pero la Nimbus 2.000 oscilaba a causa del

viento. La sostuvo tan firmemente como pudo y dio media vuelta de cara a la

lluvia, con los ojos entornados.

Al cabo de cinco minutos, Harry estaba calado hasta los huesos y helado

de frío. Apenas podía ver a sus compañeros de equipo y menos aún la

pequeña snitch. Atravesó el campo de un lado a otro, adelantando bultos rojos

y amarillos, sin idea de lo que sucedía. El viento no le permitía oír los comentarios.

La multitud estaba oculta bajo un mar de capas y de paraguas

maltrechos. En dos ocasiones estuvo a punto de ser derribado por una bludger.

Su visión estaba tan limitada por el agua de las gafas que no las vio acercarse.

Perdió la noción del tiempo. Era cada vez más difícil sujetar la escoba con

firmeza. El cielo se oscureció, como si hubiera llegado la noche en plena

mañana. Dos veces estuvo a punto de chocar contra otro jugador; que no sabía si era de su equipo o del oponente. Todos estaban ahora tan calados, y la lluvia

era tan densa, que apenas podía distinguirlos...

Con el primer relámpago llegó el pitido del silbato de la señora Hooch.

Harry sólo pudo ver a través de la densa lluvia la silueta de Wood, que le

indicaba por señas que descendiera. Todo el equipo aterrizó en el barro,

salpicando.

—¡He pedido tiempo muerto! —gritó a sus jugadores—. Vengan aquí debajo.

Se apiñaron en el borde del campo, debajo de un enorme paraguas. Harry

se quitó las gafas y se las limpió con la túnica.

—¿Cuál es la puntuación?

—Cincuenta puntos a nuestro favor. Pero si no atrapamos la snitch,

seguiremos jugando hasta la noche.

—Con esto me resulta imposible —respondió Harry, blandiendo las gafas.

En ese instante apareció Hermione a su lado. Se tapaba la cabeza con la

capa e, inexplicablemente, estaba sonriendo.

—¡Tengo una idea, Harry! ¡Dame tus gafas, rápido!

Se las entregó, y ante la mirada de sorpresa del equipo, golpeó las gafas

con su varita y dijo:

—Impervius. —Y se las devolvió a Harry diciendo—: Ahí las tienes:

¡repelerán el agua!

Wood la abria besado…Harry habría vuelto a hacerlo.

Le dedico una sonrisa

—Que haríamos sin ti…

—Probablemente jugar toda la noche —bromeo Hermione y volvió a irse.

—¡Magnífico! —exclamó emocionado, mientras ella se alejaba—. ¡De

acuerdo, podre ver la snitch!

El hechizo de Hermione funcionó. Harry seguía entumecido por el frío y

más empapado que nunca en su vida, pero podía ver. Lleno de una renovada

energía, aceleró la escoba a través del aire turbulento buscando en todas

direcciones la snitch, esquivando una bludger; pasando por debajo de Diggory,

que volaba en dirección contraria...

Brilló otro rayo, seguido por el retumbar de un trueno. La cosa se ponía

cada vez más peligrosa. Harry tenía que atrapar la snitch cuanto antes...

Se volvió, intentando regresar hacia la mitad del campo, pero en ese

momento otro relámpago iluminó las gradas y Harry vio algo que lo distrajo

completamente: la silueta de un enorme y lanudo perro negro, claramente

perfilada contra el cielo, inmóvil en la parte superior y más vacía de las gradas.

Las manos entumecidas le resbalaron por el palo de la escoba y la Nimbus

descendió varios metros. Retirándose de los ojos el flequillo empapado, volvió

El hechizo de Hermione funcionó. Harry seguía entumecido por el frío y

más empapado que nunca en su vida, pero podía ver. Lleno de una renovada

energía, aceleró la escoba a través del aire turbulento buscando en todas

direcciones la snitch, esquivando una bludger; pasando por debajo de Diggory,

que volaba en dirección contraria...

Brilló otro rayo, seguido por el retumbar de un trueno. La cosa se ponía

cada vez más peligrosa. Harry tenía que atrapar la snitch cuanto antes...

Se volvió, intentando regresar hacia la mitad del campo, pero en ese

momento otro relámpago iluminó las gradas y Harry vio algo que lo distrajo

completamente: la silueta de un enorme y lanudo perro negro, claramente

perfilada contra el cielo, inmóvil en la parte superior y más vacía de las gradas.

Las manos entumecidas le resbalaron por el palo de la escoba y la Nimbus

descendió varios metros. Retirándose de los ojos el flequillo empapado, volvió

a mirar hacia las gradas: el perro había desaparecido.

—¡Harry! —gritó Wood angustiado, desde los postes de Gryffindor—. ¡Harry, detrás de ti!

Harry miró hacia atrás con los ojos abiertos de par en par. Cedric Diggory

atravesaba el campo a toda velocidad, y entre ellos, en el aire cuajado de

lluvia, brillaba una diminuta bola dorada...

Con un sobresalto, Harry pegó el cuerpo al palo de la escoba y se lanzó

hacia la snitch como una bala.

—¡Vamos! —gritó a la Nimbus, al mismo tiempo que la lluvia le azotaba la

cara—. ¡Más rápido!

Pero algo extraño pasaba. Un inquietante silencio caía sobre el estadio. Ya

no se oía el viento, aunque soplaba tan fuerte como antes. Era como si alguien

hubiera quitado el sonido, o como si Harry se hubiera vuelto sordo de repente.

¿Qué sucedía?

Y entonces le penetró en el cuerpo una ola de frío horrible y ya conocida,

exactamente en el momento en que veía algo que se movía por el campo,

debajo de él. Antes de que pudiera pensar, Harry había apartado la vista de la

snitch y había mirado hacia abajo. Abajo había al menos cien dementores, con

el rostro tapado, y todos señalándole. Fue como si le subiera agua helada por

el pecho y le cortara por dentro. Y entonces volvió a oírlo... Alguien gritaba

dentro de su cabeza..., una mujer...

—A Harry no. A Harry no.A Harry no, porfavor.

—Apártate, estúpida... apártate...

—A Harry no. Te lo ruego, no. Tómame a mí. Mátame a mí en su lugar...

A Harry se le había enturbiado el cerebro con una especie de niebla

blanca. ¿Qué hacía? ¿Por qué montaba una escoba voladora? Tenía que

ayudarla. La mujer iba a morir; la iban a matar...

Harry caía, caía entre la niebla helada.

—A Harry no, por favor. Ten piedad, te lo ruego, ten piedad...

Alguien de voz estridente estalló en carcajadas. La mujer gritaba y Harry

no se enteró de nada más.

Harry oía las voces, pero no encontraba sentido a lo que decían. No tenía

ni idea de dónde se hallaba, ni de por qué se encontraba en aquel lugar; ni de

qué hacia antes de aquel momento. Lo único que sabía era que le dolía cada

centímetro del cuerpo como si le hubieran dado una paliza.

—Es lo más pavoroso que he visto en mi vida.

Horrible... Lo más pavoroso... Figuras negras con capucha... Frío... Gritos...

Harry abrió los ojos de repente. Estaba en la enfermería. El equipo de

quidditch de Gryffindor, lleno de barro, rodeaba la cama. Ron y Hermione

estaban allí también y parecían haber salido de la ducha, sus padres estaban sentados a cada lado de su cama.

—¡Harry! —exclamó Lily, que parecía exageradamente pálida—. ¿Cómo te encuentras?

La memoria de Harry fue recuperando los acontecimientos por orden: el

relámpago..., el Grim..., la snitch..., y los dementores.

—¿Qué sucedió? —dijo incorporándose en la cama, tan de repente que los

demás ahogaron un grito.

—Te caíste —explicó james—. Debieron de ser... ¿cuántos? ¿Veinte

metros?

—Creímos que te habías matado —dijo joey temblando.

Hermione dio un gritito. Tenía los ojos rojos, Había llorado.

—Pero el partido —preguntó Harry—, ¿cómo acabó? ¿Se repetirá?

Nadie respondió. La horrible verdad cayó sobre Harry como una losa.

—¿No habremos... perdido?

—Diggory atrapó la snitch —respondió George— poco después de que te

cayeras. No se dio cuenta de lo que pasaba. Cuando miró hacia atrás y te vio

en el suelo, quiso que se anulara. Quería que se repitiera el partido. Pero

ganaron limpiamente. Incluso Wood lo ha admitido.

—¿Dónde está Wood? —preguntó Harry de repente, notando que no

estaba allí.

—Sigue en las duchas —dijo Fred—. Parece que quiere ahogarse.

Harry acercó la cara a las rodillas y se cogió el pelo con las manos. Fred le

puso la mano en el hombro y lo zarandeó bruscamente.

—Vamos, Harry, es la primera vez que no atrapas la snitch.

—Tenía que ocurrir alguna vez —dijo George.

—No fue tu culpa, los Dementores no debieron estar ahí—le consoló Ron

—Todavía no ha terminado —dijo Fred—. Hemos perdido por cien puntos,

¿no? Si Hufflepuff pierde ante Ravenclaw y nosotros ganamos a Ravenclaw, y

Slytherin...

—Hufflepuff tendrá que perder al menos por doscientos puntos —dijo

George.

—Pero si ganan a Ravenclaw...

—Eso no puede ser. Los de Ravenclaw son muy buenos.

—Pero si Slytherin pierde frente a Hufflepuff..

—Todo depende de los puntos... Un margen de cien, en cualquier caso...

Harry guardaba silencio. Habían perdido. Por primera vez en su vida, había

perdido un partido de quidditch.

El equipo salió en tropel, dejando el suelo manchado de barro. La señora

Pomfrey cerró la puerta detrás del último, con cara de mal humor. Ron y

Hermione se acercaron un poco más a la cama de Harry.

—Dumbledore estaba muy enfadado —dijo Hermione con voz

temblorosa—. Nunca lo había visto así. Corrió al campo mientras tú caías, agitó

la varita mágica y entonces se redujo la velocidad de tu caída. Luego apuntó a

los dementores con la varita y les arrojó algo plateado. Abandonaron

inmediatamente el estadio... Le puso furioso que hubieran entrado en el

campo... lo oímos...

—Entonces te puso en una camilla por arte de magia —explicó Ron—. Y te

llevó al colegio flotando en la camilla. Todos pensaron que estabas...

Su voz se apagó, pero Harry apenas se dio cuenta. Pensaba en lo que le

habían hecho los dementores, en la voz que suplicaba. Alzó los ojos y vio a

Hermione y a Ron tan preocupados que rápidamente buscó algo que decir.

—¿Recogió alguien la Nimbus?

Ron y Hermione se miraron.

—Eh...

—¿Qué pasa? —preguntó Harry

—Bueno, cuando te caíste... se la llevó el viento —dijo Hermione con voz

vacilante.

—¿Y?

—Y chocó... chocó... contra el sauce boxeador.

Harry sintió un pinchazo en el estómago. El sauce boxeador era un sauce

muy violento que estaba solo en mitad del terreno del colegio.

—¿Y? —preguntó, temiendo la respuesta.

—Bueno, ya sabes que al sauce boxeador —dijo Ron— no le gusta que lo

golpeen.

—El profesor Flitwick la trajo poco antes de que recuperaras el

conocimiento —explicó Hermione en voz muy baja.

Se agachó muy despacio para coger una bolsa que había a sus pies, le dio

la vuelta y puso sobre la cama una docena de astillas de madera y ramitas, lo

que quedaba de la fiel y finalmente abatida escoba de Harry.

—Mi intención era ir a la biblioteca e investigar si hay algún hechizo para repararla…pero primero queria estar aquí y ver que estabas bien…

—no…no te molestes, perderías tu tiempo—dijo apenado harry—si existiera el conjuro, el profesor Flitwick la hubiera compuesto ya.

—Compraremos otra…—le dijo James—revisaremos el catalogo en cuanto te den de alta….la que tu quieras.

—Yo ya me siento bien…deberían volver con los gemelos…

—Estas seguro…

—Claro que si…deben estar asustados con la tormenta…ya conocieron al nuevo profesor de DCAO?

—No—respondió James…

—Antes de irse…pasen por su despacho. Estará encantado de verlos...Es un excelente profesor,,,

—bien…volveremos en la mañana para ver como sigues…

Lily beso a Harry en la frente, también a Joey, James hizo lo mismo, se despidieron de los demás y salieron de la enfermería.

Caminaron hacia el aula de DCAO. Caminaron hacia el despacho. James tocó la puerta, Snape la abrió…

—¿Ahora eres el profesor de defensa? —preguntó incrédulo.

—¿Que pasa Potter…llegas a hogwarts y se te desarma la máscara de hombre correcto y maduro que creaste para tu Sra. esposa…?¿recordaras viejos tiempos riéndote de mi? —Dio un paso amenazador hacia delante. James no retrocedió.

Lilian se plantó entre los dos.

—Cuidado severus…eres la persona menos indicada para hablar de madurez y corrección—apuntó lilian defendiendo ayer—No entiendo que te sucede…James solo te ha preguntado si tu enseñas defensa…

—como si no lo supiera ya…—Murmuro mirando enfadado a Lily. —El profesor está dentro, yo pasé a dejar una poción… Adiós Lily.

Snape se fue, los Potter ingresaron al despachp. Lupin estaba recostado con los ojos cerrados.

—¡lunático!

—james…Lily…—El profesor Lupin estaba en su época de metamorfosis, y aunque de día estaba con su apariencia humana, las transformaciones que sufría en la noche lo dejaban muy débil, aún asi se mostró my feliz al verlos allí.

—Con que profesor ¿eh? —observó James orgulloso de su amigo—Harry dice que eres el mejor profesor que han tenido en Dcao.

—es un placer para mí que él sea mi alumno…

Lily se sentó en la que Remus estaba recostado.

—¿te encuentras bien Rem?

—Solo un poco débil…ya sabes cómo es esto.

Los tres amigos estuvieron Charlando durante largo tiempo, y finalemente salió a relucir canuto.

—Hace un par de noches trató de entrar a hogwarts…

—Pobre amigo mío…. Encerrado siendo inocente—dijo tristemente James

—Creí que el ministerio seria lo suficientemente inteligente para saber que si estamos vivos las cosas no sucedieron como ellos creían…sirius no fue nuestro guardián, no nos traicionó…ese maldito de Peter…—murmuro Lily

—Seguro era su espía desde que estábamos en hogwarts…por eso los mortifagos de Slytherin parecían casi siempre estar un paso por delante.

Mientras Harry estuvo en la enfermería, los Potter iban cada día a la escuela para verlo.

En un momento en que el chico quedó solo con su madre, se decidió hablar con ella sobre los dementores.

—No debes sentirte mal…los dementores son espantosos….tienes que entender que actúan asi…absorbiendo tu energía.

—Es que….todos me dicen lo mismo mamá y sin embargo nadie más que yo se desmaya….y escucho gritos…

—Eso no significa que seas débil….significa que sufriste más que los chicos de tu edad…piénsalo….viviste con gente que te trató muy mal, encontraste a tus padres, viniste a hogwarts y empezaste a hacer amigos….justo cuando todo empezaba a ir bien, voldemort se interpuso, y al año siguiente su recuerdo…ahora estas lidiando con mucho, inflaste a Marge y casi te expulsan, ahora los dementores que parecen más interesados en ti que en nadie…¿Qué es lo que escuchas exactamente?

—Creo, que a la parte de ti que se sacrificó por mi… son gritos de mujer… no recuerdo oírte gritar asi que no podría decir que son tus gritos….todo el tiempo dice: A Harry no….mátame a mí en su lugar….

—si…era mi yo futuro…¿ lo ves? Eso mismo te demuestra que nl eres débil, que los dementores te afectan más porque arrastras muchas cosas malas…mira, a mi también me afectaban mucho…antes de que nacieras, cuando estábamos en la academia de aurors trabajábamos con ellos y a mi también me afectaban más.

—¿te desmayaste?

—No,  me daban crisis de llanto y mis pesadillas regresaban…todos reaccionamos diferentes.

—¿Qué escuchabas?

—truenos , lluvia y mis propios gritos….hablemos de otra cosa…¿Ya revisaste el catalogo de escobas? Tu papá está ansioso, creo que también se comprará una.

—Aún no…

—deberías hacerlo, debes tenerla rápido para poder entrenar, aun tienen posibilidades.

Fue un alivio regresar el lunes al bullicio del colegio, donde estaba obligado a

pensar en otras cosas, aunque tuviera que soportar las burlas de Draco Malfoy.

Malfoy no cabía en sí de gozo por la derrota de Gryffindor. Por fin se había

quitado las vendas y lo había celebrado parodiando la caída de Harry. La

mayor parte de la siguiente clase de Pociones la pasó Malfoy imitando por toda

la mazmorra a los dementores. Llegó un momento en que Ron no pudo

soportarlo más y le arrojó un corazón de cocodrilo grande y viscoso. Le dio en

la cara y consiguió que Snape le quitara cincuenta puntos a Gryffindor.

—Si Snape vuelve a dar la clase de Defensa Contra las Artes Oscuras, me

pondré enfermo —explicó Ron, mientras se dirigían al aula de Lupin, tras el

almuerzo—. Mira a ver quién está, Hermione.

Hermione se asomó al aula.

—¡Estupendo!

El profesor Lupin había vuelto al aula. Ciertamente, tenía aspecto de

convaleciente. Las togas de siempre le quedaban grandes y tenía ojeras. Sin

embargo, sonrió a los alumnos mientras se sentaban, y ellos prorrumpieron

inmediatamente en quejas sobre el comportamiento de Snape durante la

enfermedad de Lupin.

—No es justo. Sólo estaba haciendo una sustitución ¿Por qué tenía que

mandarnos trabajo?

—No sabemos nada sobre los hombres lobo...

—¡... dos pergaminos!

—¿Le dijeron al profesor Snape que todavía no habíamos llegado ahí? —

preguntó el profesor Lupin, frunciendo un poco el entrecejo.

Volvió a producirse un barullo.

—Si, pero dijo que íbamos muy atrasados...

—... no nos escuchó...

—¡... dos pergaminos!

El profesor Lupin sonrió ante la indignación que se dibujaba en todas las

caras.

—No se preocupen. Hablaré con el profesor Snape. No tendrán que hacer

el trabajo. Si vuelvo a necesitar un Reemplazo les prometo buscaré alguien más.

—¡Oh, no! —exclamó Hermione, decepcionada—. ¡Yo ya lo he terminado!

Tuvieron una clase muy agradable. El profesor Lupin había llevado una

caja de cristal que contenía un hinkypunk, una criatura pequeña de una sola

pata que parecía hecha de humo, enclenque y aparentemente inofensiva.

—Atrae a los viajeros a las ciénagas —dijo el profesor Lupin mientras los

alumnos tomaban apuntes—. ¿Ven el farol que le cuelga de la mano? Le sale

al paso, el viajero sigue la luz y entonces...

El hinkypunkprodujo un chirrido horrible contra el cristal.

Al sonar el timbre, todos, Harry entre ellos, recogieron sus cosas y se

dirigieron a la puerta, pero...

—Espera un momento, Harry —le dijo Lupin—, me gustaría hablar un

momento contigo.

Harry volvió sobre sus pasos y vio al profesor cubrir la caja del hinkypunk.

—Me han contado lo del partido —dijo Lupin, volviendo a su mesa y

metiendo los libros en su maletín—. Y lamento mucho lo de tu escoba. ¿Será

posible arreglarla?

—No —contestó Harry—, el árbol la hizo trizas.

Lupin suspiró.

—Plantaron el sauce boxeador el mismo año que llegué a Hogwarts. La

gente jugaba a un juego que consistía en aproximarse lo suficiente para tocar

el tronco. Un chico llamado Davey Gudgeon casi perdió un ojo y se nos

prohibió acercarnos. Ninguna escoba habría salido airosa.

—¿Ha oído también lo de los dementores? —dijo Harry, haciendo un esfuerzo.

Lupin le dirigió una mirada rápida.

—Sí, lo oí. Creo que nadie ha visto nunca tan enfadado al profesor

Dumbledore. Están cada vez más rabiosos porque Dumbledore se niega a

dejarlos entrar en los terrenos del colegio... Fue la razón por la que te caíste,

¿no?

—Sí —respondió Harry.—¿Por qué acudieron al partido?

—Están hambrientos —explicó Lupin tranquilamente, cerrando el maletín,

que dio un chasquido—. Dumbledore no los deja entrar en el colegio, de forma

que su suministro de presas humanas se ha agotado... Supongo que no

pudieron resistirse a la gran multitud que había en el estadio. Toda aquella

emoción... El ambiente caldeado... Para ellos, tenía que ser como un banquete.

—Azkaban debe de ser horrible —masculló Harry

Lupin asintió con melancolía.

—La fortaleza está en una pequeña isla, perdida en el mar. Pero no hacen

falta muros ni agua para tener a los presos encerrados, porque todos están

atrapados dentro de su propia cabeza, incapaces de tener un pensamiento

alegre. La mayoría enloquece al cabo de unas semanas.

—Pero Sirius Black escapó —dijo Harry despacio—. Escapó...

El maletín de Lupin cayó de la mesa. Tuvo que inclinarse para recogerlo:

—Sí —dijo incorporándose—. debe de haber descubierto la manera

de hacerles frente. Yo no lo habría creído posible... En teoría, los dementores

quitan al brujo todos sus poderes si están con él el tiempo suficiente.

—Usted ahuyentó en el tren a aquel dementor —dijo Harry de repente.

—Hay algunas defensas que uno puede utilizar —explicó Lupin—. Pero en

el tren sólo había un dementor. Cuantos más hay, más difícil resulta

defenderse.

—¿Qué defensas? —preguntó Harry inmediatamente—. ¿Puede

enseñarme?

—No soy ningún experto en la lucha contra los dementores, Harry. Más

bien lo contrario...

—Pero si los dementores acuden a otro partido de quidditch, tengo que

tener algún arma contra ellos.

Lupin vio a Harry tan decidido que dudó un momento y luego dijo:

—Bueno, de acuerdo. Intentaré ayudarte. Pero me temo que no podrá ser

hasta el próximo trimestre. Tengo mucho que hacer antes de las vacaciones.

Elegí un momento muy inoportuno para caer enfermo.

Con la promesa de que Lupin le daría clases antidementores, la esperanza de

que tal vez no tuviera que volver a oír la muerte de su madre, y la derrota que

Ravenclaw infligió a Hufflepuff en el partido de quidditch de finales de noviembre,

el estado de ánimo de Harry mejoró mucho. Gryffindor no había perdido

todas las posibilidades de ganar la copa, aunque tampoco podían permitirse

otra derrota. Wood recuperó su energía obsesiva y entrenó al equipo con la

dureza de costumbre bajo la fría llovizna que persistió durante todo el mes de

diciembre. Harry no vio la menor señal de los dementores dentro del recinto del

colegio. La ira de Dumbledore parecía mantenerlos en sus puestos, en las

entradas.

Dos semanas antes de que terminara el trimestre, el cielo se aclaró de

repente, volviéndose de un deslumbrante blanco opalino, y los terrenos

embarrados aparecieron una mañana cubiertos de escarcha. Dentro del castillo

había ambiente navideño. El profesor Flitwick, que daba Encantamientos, ya

había decorado su aula con luces brillantes que resultaron ser hadas de verdad, que revoloteaban.

Para satisfacción de todos menos de Harry, estaba programada otra salida

a Hogsmeade para el último fin de semana del trimestre.

—¡Podemos hacer allí todas las compras de Navidad! —dijo Hermione—.

¡A mis padres les encantaría el hilo dental mentolado de Honeydukes!

Resignado a ser el único de tercero que no iría, Harry tomo el  ejemplar de El mundo de la escoba que james le había llevado, y decidió pasar el día

informándose sobre los diferentes modelos. En los entrenamientos había

montado en una de las escobas del colegio, una antigua Estrella Fugaz muy

lenta que volaba a trompicones; estaba claro que necesitaba una escoba

propia.

La mañana del sábado de la excursión, se despidió de Ron y de Hermione,

envueltos en capas y bufandas, y subió solo la escalera de mármol que

conducía a la torre de Gryffindor. Habla empezado a nevar y el castillo estaba

muy tranquilo y silencioso.

—¡Pss, Harry!

Se dio la vuelta a mitad del corredor del tercer piso y vio a Fred y a George

que lo miraban desde detrás de la estatua de una bruja tuerta y jorobada.

—¿Qué hacen? —preguntó Harry con curiosidad—. ¿Cómo es que no

estan camino de Hogsmeade?

—Hemos venido a darte un poco de alegría antes de irnos —le dijo Fred

guiñándole el ojo misteriosamente—. Entra aquí...

Le señaló con la cabeza un aula vacía que estaba a la izquierda de la

estatua de la bruja. Harry entró detrás de Fred y George. George cerró la

puerta sigilosamente y se volvió, mirando a Harry con una amplia sonrisa.

—Un regalo navideño por adelantado, Harry —dijo.

Fred sacó algo de debajo de la capa y lo puso en una mesa, haciendo con

el brazo un ademán rimbombante. Era un pergam ino grande, cuadrado, muy

desgastado. No tenía nada escrito. Harry, sospechando que fuera una de las

bromas de Fred y George, lo miró con detenimiento.

—¿Qué es?

—Esto, Harry, es el secreto de nuestro éxito —dijo George, acariciando el

pergamino.

—Nos cuesta desprendernos de él —dijo Fred—. Pero anoche llegamos a

la conclusión de que tú lo necesitas más que nosotros.

—De todas formas, nos lo sabemos de memoria. Tuyo es. A nosotros ya

no nos hace falta.

—¿Y para qué necesito un pergamino viejo? —preguntó Harry.

—¡Un pergamino viejo! —exclamó Fred, cerrando los ojos y haciendo una

mueca de dolor; como si Harry lo hubiera ofendido gravemente—. Explícaselo,

George.

—Bueno, Harry.. cuando estábamos en primero.. y éramos jóvenes,

despreocupados e inocentes... —Harry se rió. Dudaba que Fred y George

hubieran sido inocentes alguna vez—. Bueno, más inocentes de lo que somos

ahora... tuvimos un pequeño problema con Filch.

—Tiramos una bomba fétida en el pasillo y se molestó.

—Así que nos llevó a su despacho y empezó a amenazarnos con el

habitual...

—... castigo...

—... de descuartizamiento...

—... y fue inevitable que viéramos en uno de sus archivadores un cajón en

que ponía «Confiscado y altamente peligroso».

—No me digan... —dijo Harry sonriendo.

—Bueno, ¿qué habrías hecho tú? —preguntó Fred— George se encargó

de distraerlo lanzando otra bomba fétida, yo abrí a toda prisa el cajón y saqué...

esto.

—No fue tan malo como parece —dijo George—. Creemos que Filch no

sabía utilizarlo. Probablemente sospechaba lo que era, porque si no, no lo

habría confiscado.

—¿Y saben utilizarlo?

—Si —dijo Fred, sonriendo con complicidad—. Esta pequeña maravilla nos

ha enseñado más que todos los profesores del colegio.

—Me están tomando el pelo —dijo Harry, mirando el pergamino.

—Ah, ¿sí? ¿Te estamos tomando el pelo? —dijo George.

Sacó la varita, tocó con ella el pergamino y pronunció:

—Juro solemnemente que mis intenciones no son buenas.

E inmediatamente, a partir del punto en que había tocado la varita de George, empezaron a aparecer unas finas líneas de tinta, como filamentos de telaraña. Se unieron unas con otras, se cruzaron y se abrieron en abanico en cada una de las esquinas del pergamino. Luego empezaron a aparecer palabras en la parte superior. Palabras en caracteres grandes, verdes y floreados que proclamaban:

Los señores Lunático, Colagusano, Canuto y Cornamenta proveedores

de artículos para magos traviesos están orgullosos de presentar

EL MAPA DEL MERODEADOR

Era un mapa que mostraba cada detalle del castillo de Hogwarts y de sus

terrenos. Pero lo más extraordinario eran las pequeñas motas de tinta que se

movían por él, cada una etiquetada con un nombre escrito con letra diminuta.

Estupefacto, Harry se inclinó sobre el mapa. Una mota de la esquina superior

izquierda, etiquetada con el nombre del profesor Dumbledore, lo mostraba

caminando por su estudio. La gata del portero, la Señora Norris, patrullaba por

la segunda planta, y Peeves se hallaba en aquel momento en la sala de los

trofeos, dando tumbos. Y mientras los ojos de Harry recorrían los pasillos que

conocía, se percató de otra cosa: aquel mapa mostraba una serie de pasadizos

en los que él no había entrado nunca. Muchos parecían conducir...

—Exactamente a Hogsmeade —dijo Fred, recorriéndolos con el dedo—.

Hay siete en total. Ahora bien, Filch conoce estos cuatro. —Los señaló—. Pero

nosotros estamos seguros de que nadie más conoce estos otros. Olvídate de

éste de detrás del espejo de la cuarta planta. Lo hemos utilizado hasta el

invierno pasado, pero ahora está completamente bloqueado. Y en cuanto a

éste, no creemos que nadie lo haya utilizado nunca, porque el sauce boxeador

está plantado justo en la entrada. Pero éste de aquí lleva directamente al

sótano de Honeydukes. Lo hemos atravesado montones de veces. Y la entrada

está al lado mismo de esta aula, como quizás hayas notado, en la joroba de la

bruja tuerta.

—Lunático, Colagusano, Canuto y Cornamenta —suspiró George,

señalando la cabecera del mapa—. Les debemos tanto...

—Hombres nobles que trabajaron sin descanso para ayudar a una nueva

generación de quebrantadores de la ley —dijo Fred solemnemente.

—Bien —añadió George—. No olvides borrarlo después de haberlo

utilizado.

—De lo contrario, cualquiera podría leerlo —dijo Fred en tono de advertencia.

—No tienes más que tocarlo con la varita y decir: «¡Travesura realizada!»,

y se quedará en blanco.

—Así que, joven Harry —dijo Fred, imitando a Percy admirablemente—,

pórtate bien.

—Nos veremos en Honeydukes —le dijo George, guiñándole un ojo.

Salieron del aula sonriendo con satisfacción.

Harry se quedó allí, mirando el mapa milagroso. Vio que la mota de tinta

que correspondía a la Señora Norrisse volvía a la izquierda y se paraba a

olfatear algo en el suelo. Si realmente Filch no lo conocía, él no tendría que

pasar por el lado de los dementores. Pero incluso mientras permanecía allí,

emocionado, recordó algo que en una ocasión había oído al señor Weasley:

«No confíes en nada que piense si no ves dónde tiene el cerebro.»

Aquel mapa parecía uno de aquellos peligrosos objetos mágicos contra los

que el señor Weasley les advertía. «Artículos para magos traviesos...» Ahora

bien, meditó Harry, él sólo quería utilizarlo para ir a Hogsmeade. No era lo

mismo que robar o atacar a alguien... Y Fred y George lo habían utilizado

durante años sin que ocurriera nada horrible.

Harry recorrió con el dedo el pasadizo secreto que llevaba a Honeydukes.

Entonces, muy rápidamente, como si obedeciera una orden, enrolló el

mapa, se lo escondió en la túnica y se fue a toda prisa hacia la puerta del aula.

La abrió cinco centímetros. No había nadie allí fuera. Con mucho cuidado, salió

del aula y se colocó detrás de la estatua de la bruja tuerta.

¿Qué tenía que hacer? Sacó de nuevo el mapa y vio con asombro que en

él había aparecido una mota de tinta con el rótulo «Harry Potter». Esta mota se

encontraba exactamente donde estaba el verdadero Harry, hacia la mitad del

corredor de la tercera planta. Harry lo miró con atención. Su otro yo de tinta

parecía golpear a la bruja con la varita. Rápidamente, Harry extrajo su varita y

le dio a la estatua unos golpecitos. Nada ocurrió. Volvió a mirar el mapa. Al

lado de la mota había un diminuto letrero, como un bocadillo de tebeo. Decía:

«Dissendio.»

—¡Dissendio!—susurró Harry, volviendo a golpear con la varita la estatua

de la bruja.

Inmediatamente, la joroba de la estatua se abrió lo suficiente para que

pudiera pasar por ella una persona delgada. Harry miró a ambos lados del

corredor, guardó el mapa, metió la cabeza por el agujero y se impulsó hacia

delante. Se deslizó por un largo trecho de lo que parecía un tobogán de piedra

y aterrizó en una tierra fría y húmeda. Se puso en pie, mirando a su alrededor.

Estaba totalmente oscuro. Levantó la varita, murmuró ¡Lumos!, y vio que se

encontraba en un pasadizo muy estrecho, bajo y cubierto de barro. Levantó el

mapa, lo golpeó con la punta de la varita y dijo: «¡Travesura realizada!» El

mapa se quedó inmediatamente en blanco. Lo dobló con cuidado, se lo guardó

en la túnica, y con el corazón latiéndole con fuerza, sintiéndose al mismo tiempo tembloroso y entusiasmado.

Una vez fuera Harry recorrió varios locales buscando la famosa tienda de golocinas.

Harry se apretujó entre una multitud de chicos de sexto, y vio un letrero

colgado en el rincón más apartado de la tienda («Sabores insólitos»). Ron y

Hermione estaban debajo, observando una bandeja de pirulíes con sabor a

sangre. Harry se les acercó a hurtadillas por detrás.

—Uf, no, Harry no querrá de éstos. Creo que son para vampiros —decía

Hermione.

—¿Y qué te parece esto? —dijo Ron acercando un tarro de cucarachas a

la nariz de Hermione.

—Aún peor —dijo Harry.

A Ron casi se le cayó el bote.

—¡Harry! —gritó Hermione—. ¿Qué haces aquí? ¿Cómo... como lo has

hecho...?

—¡Ahí va! —dijo Ron muy impresionado—. ¡Has aprendido a

materializarte!

—Por supuesto que no —dijo Harry. Bajó la voz para que ninguno de los

de sexto pudiera oírle y les contó lo del mapa del merodeador.

—¿Por qué Fred y George no me lo han dejado nunca? ¡Son mis

hermanos!

—¡Pero Harry no se quedará con él! —dijo Hermione, como si la idea fuera

absurda—. Se lo entregará a la profesora McGonagall. ¿A que sí, Harry?

—¡No! —contestó Harry

—¿Estás loca? —dijo Ron, mirando a Hermione con ojos muy abiertos—.

¿Entregar algo tan estupendo?

—¡Si lo entrego tendré que explicar dónde lo conseguí! Filch se enteraría

de que Fred y George se lo cogieron.

—Pero ¿y Sirius Black? —susurró Hermione—. ¡Podría estar utilizando

alguno de los pasadizos del mapa para entrar en el castillo! ¡Los profesores

tienen que saberlo!

—No puede entrar por un pasadizo —dijo enseguida Harry—. Hay siete

pasadizos secretos en el mapa, ¿verdad? Fred y George saben que Filch

conoce cuatro. Y en cuanto a los otros tres... uno está bloqueado y nadie lo

puede atravesar; otro tiene plantado en la entrada el sauce boxeador; de forma

que no se puede salir; y el que acabo de atravesar yo..., bien..., es realmente

difícil distinguir la entrada, ahí abajo, en el sótano... Así que a menos que upiera que se encontraba allí...Harry dudó. ¿Y si Black sabía que la entrada del pasadizo estaba allí?

Ron, sin embargo, se aclaró la garganta y señaló un rótulo que estaba pegado

en la parte interior de la puerta de la tienda:

POR ORDEN DEL MINISTERIO DE MAGIA

Se recuerda a los clientes que hasta nuevo aviso los dementores

patrullarán las calles cada noche después de la puesta de sol. Se ha

tomado esta medida pensando en la seguridad de los habitantes de

Hogsmeade y se levantará tras la captura de Sirius Black. Es

aconsejable, por lo tanto, que los ciudadanos finalicen las compras

mucho antes de que se haga de noche.

¡Felices Pascuas!

—¿Lo ven? —dijo Ron en voz baja—. Me gustaría ver a Black tratando de

entrar en Honeydukes con los dementores por todo el pueblo. De cualquier

forma, los propietarios de Honeydukes lo oirían entrar, ¿no? Viven encima de la

tienda.

—Sí, pero... —Parecía que Hermione se esforzaba por hallar nuevas

objeciones—. Mira, a pesar de lo que digas, Harry no debería venir a

Hogsmeade porque no tiene autorización. ¡Si alguien lo descubre se verá en un

grave aprieto! Y todavía no ha anochecido: ¿qué ocurriría si Sirius Black

apareciera hoy? ¿Si apareciera ahora?

—Pues que las pasaría moradas para localizar aquí a Harry —dijo Ron,

señalando con la cabeza la nieve densa que formaba remolinos al otro lado de

las ventanas con parteluz. Vamos, Hermione, es Navidad. Harry se merece un

descanso.

Hermione se mordió el labio. Parecía muy preocupada.

—¿Me vas a delatar? —le preguntó Harry con una sonrisa.

—Claro que no, pero, la verdad...

—¿Has visto las Meigas Fritas, Harry? —preguntó Ron, cogiéndolo del

brazo y llevándoselo hasta el tonel en que estaban—. ¿Y las babosas de

gelatina? ¿Y las píldoras ácidas? Fred me dio una cuando tenía siete años. Me

hizo un agujero en la lengua. Recuerdo que mi madre le dio una buena tunda

con la escoba. —Ron se quedó pensativo, mirando la caja de píldoras—¿Creéis que Fred picaría y cogería una cucaracha si le dijera que son

cacahuetes?

Después de pagar los dulces que habían cogido, salieron los tres a la

ventisca de la calle.

Hogsmeade era como una postal de Navidad. Las tiendas y casitas con

techumbre de paja estaban cubiertas por una capa de nieve crujiente. En las

puertas había adornos navideños y filas de velas embrujadas que colgaban de

los árboles.

A Harry le dio un escalofrío. A diferencia de Ron y Hermione, no había

cogido su capa. Subieron por la calle, inclinando la cabeza contra el viento.

Ron y Hermione gritaban con la boca tapada por la bufanda.

—Ahí está correos.

—Zonko está allí.

—Podríamos ir a la cabaña de los gritos.

—Os propongo otra cosa —dijo Ron, castañeteando los dientes—. ¿Qué

tal si tomamos una cerveza de mantequilla en Las Tres Escobas?

A Harry le apetecía muchísimo, porque el viento era horrible y tenía las

manos congeladas. Así que cruzaron la calle y a los pocos minutos entraron en

el bar.

Estaba calentito y lleno de gente, de bullicio y de humo. Una mujer guapa y

de buena figura servía a un grupo de pendencieros en la barra.

—Ésa es la señora Rosmerta —dijo Ron—. Voy por las bebidas, ¿eh? —

añadió sonrojándose un poco.

Harry y Hermione se dirigieron a la parte trasera del bar; donde quedaba

libre una mesa pequeña, entre la ventana y un bonito árbol navideño, al lado de

la chimenea. Ron regresó cinco minutos más tarde con tres jarras de caliente y

espumosa cerveza de mantequilla.

—¡Felices Fiestas! —dijo levantando la jarra, muy contento.

Harry bebió hasta el fondo. Era lo más delicioso que había probado en la

vida, y reconfortaba cada célula del cuerpo.

Una repentina corriente de aire lo despeinó. Se había vuelto a abrir la

puerta de Las Tres Escobas. Harry echó un vistazo por encima de la jarra y

casi se atragantó.

El profesor Flitwick y la profesora McGonagall acababan de entrar en el bar

con una ráfaga de copos de nieve. Los seguía Hagrid muy de cerca, inmerso

en una conversación con un hombre corpulento que llevaba un sombrero

hongo de color verde lima y una capa de rayas finas: era Cornelius Fudge, elministro de Magia. En menos de un segundo, Ron y Hermione obligaron a

Harry a agacharse y esconderse debajo de la mesa, empujándolo con las

manos. Chorreando cerveza de mantequilla y en cuclillas, empuñando con

fuerza la jarra vacía, Harry observó los pies de los tres adultos, que se

acercaban a la barra, se detenían, se daban la vuelta y avanzaban hacia donde

él estaba.

Hermione susurró:

—¡Mobiliarbo!

El árbol de Navidad que había al lado de la mesa se elevó unos

centímetros, se corrió hacia un lado y, suavemente, se volvió a posar delante

de ellos, ocultándolos. Mirando a través de las ramas más bajas y densas,

Harry vio las patas de cuatro sillas que se separaban de la mesa de al lado, y

oyó a los profesores y al ministro resoplar y suspirar mientras se sentaban.

Luego vio otro par de pies con zapatos de tacón alto y de color turquesa

brillante, y oyó una voz femenina:

—Una tacita de alhelí...

—Para mí —indicó la voz de la profesora McGonagall.

—Dos litros de hidromiel caliente con especias...

—Gracias, Rosmerta —dijo Hagrid.

—Un jarabe de cereza y gaseosa con hielo y sombrilla.

—¡Mmm! —dijo el profesor Flitwick, relamiéndose.

—El ron de grosella tiene que ser para usted, señor ministro.

—Gracias, Rosmerta, querida —dijo la voz de Fudge—. Estoy encantado

de volver a verte. Tómate tú otro, ¿quieres? Ven y únete a nosotros...

—Muchas gracias, señor ministro.

Harry vio alejarse y regresar los llamativos tacones. Sentía los latidos del

corazón en la garganta. ¿Cómo no se le había ocurrido que también para los

profesores era el último fin de semana del trimestre? ¿Cuánto tiempo se

quedarían allí sentados? Necesitaba tiempo para volver a entrar en

Honeydukes a hurtadillas si quería volver al colegio aquella noche... A la pierna

de Hermione le dio un tic.

——¿Qué le trae por estos pagos, señor ministro? —dijo la voz de la señora

Rosmerta.

Harry vio girarse la parte inferior del grueso cuerpo de Fudge, como si

estuviera comprobando que no había nadie cerca. Luego dijo en voz baja:

—¿Qué va a ser; querida? Sirius Black. Me imagino que sabes lo que

ocurrió en el colegio en Halloween.

—Sí, oí un rumor —admitió la señora Rosmerta.

—¿Se lo contaste a todo el bar; Hagrid? —dijo la profesora McGonagall

enfadada.

—¿Cree que Black sigue por la zona, señor ministro? —susurró la señora

Rosmerta.

—Estoy seguro —dijo Fudge escuetamente.

—¿Sabe que los dementores han registrado ya dos veces este local? —

dijo la señora Rosmerta—. Me espantaron a toda la clientela. Es fatal para el

negocio, señor ministro.

—Rosmerta querida, a mí no me gustan más que a ti —dijo Fudge con

incomodidad—. Pero son precauciones necesarias... Son un mal necesario.

Acabo de tropezarme con algunos: están furiosos con Dumbledore porque no

los deja entrar en los terrenos del castillo.

—Menos mal —dijo la profesora McGonagall tajantemente.

—¿Cómo íbamos a dar clase con esos monstruos rondando por allí?

—Bien dicho, bien dicho —dijo el pequeño profesor Flitwick, cuyos pies

colgaban a treinta centímetros del suelo.

—De todas formas —objetó Fudge—, están aquí para defendernos de algo

mucho peor. Todos sabemos de lo que Black es capaz...

—¿Saben? Todavía me cuesta creerlo —dijo pensativa la señora

Rosmerta—. De toda la gente que se pasó al lado Tenebroso, Sirius Black era

el último del que hubiera pensado... Quiero decir, lo recuerdo cuando era un

muchacho en Hogwarts. Si me hubieran dicho entonces en qué se iba a convertir;

habría creído que habian tomado demasiado hidromiel.

—No sabes la mitad de la historia, Rosmerta —dijo Fudge con aspereza— La gente desconoce lo peor.

—¿Lo peor? —dijo la señora Rosmerta con la voz impregnada de curiosidad ¿Peor que matar a toda esa gente?

—Desde luego, eso quiero decir —dijo Fudge.

—No puedo creerlo. ¿Qué podría ser peor?

—Dices que te acuerdas de cuando estaba en Hogwarts, Rosmerta —

susurró la profesora McGonagall—. ¿Sabes quién era su mejor amigo?

—Pues claro —dijo la señora Rosmerta riendo ligeramente—. Nunca se veía al uno sin el otro. ¡La de veces que estuvieron aquí! Siempre me hacían

reír. ¡Un par de cómicos, Sirius Black y James Potter!

A Harry se le cayó la jarra de la mano, produciendo un fuerte ruido de

metal. Ron le dio con el pie.

—Exactamente —dijo la profesora McGonagall—. Black y Potter.

Cabecillas de su pandilla. Los dos eran muy inteligentes. Excepcionalmente

inteligentes. Creo que nunca hemos tenido dos alborotadores como ellos.

—No sé —dijo Hagrid, riendo entre dientes—. Fred y George Weasley

podrían dejarlos atrás.

—¡Cualquiera habría dicho que Black y Potter eran hermanos! —terció el

profesor Flitwick—. ¡Inseparables!

—¡Por supuesto que lo eran! —dijo Fudge—. Potter confiaba en Black más

que en ningún otro amigo. Nada cambió cuando dejaron el colegio. Black fue el

padrino de boda cuando James se casó con Lily. Luego fue el padrino de

Harry. Harry no sabe nada, claro. Ya te puedes imaginar cuánto se

impresionaría si lo supiera.

—¿Porque Black se alió con Quien Ustedes Saben? —susurró la señora

Rosmerta.

—Aún peor; querida... —Fudge bajó la voz y continuó en un susurro casi

inaudible—. Los Potter no ignoraban que Quien Tú Sabes iba tras ellos.

Dumbledore, que luchaba incansablemente contra Quien Tú Sabes, tenía cierto

número de espías. Uno le dio el soplo y Dumbledore alertó inmediatamente a

James y a Lily. Les aconsejó ocultarse. Bien, por supuesto que Quien Tú

Sabes no era alguien de quien uno se pudiera ocultar fácilmente. Dumbledore

les dijo que su mejor defensa era el encantamiento Fidelio.

—¿Cómo funciona eso? —preguntó la señora Rosmerta, muerta de curiosidad.

El profesor Flitwick carraspeó.

—Es un encantamiento tremendamente complicado —dijo con voz de

pito— que supone el ocultamiento mágico de algo dentro de una sola mente.

La información se oculta dentro de la persona elegida, que es el guardián

secreto. Y en lo sucesivo es imposible encontrar lo que guarda, a menos que el

guardián secreto opte por divulgarlo. Mientras el guardián secreto se negara a

hablar, Quien Tú Sabes podía registrar el pueblo en que estaban James y Lily

sin encontrarlos nunca, aunque tuviera la nariz pegada a la ventana de la salita

de estar de la pareja.

—¿Así que Black era el guardián secreto de los Potter? —susurró la

señora Rosmerta.

—Naturalmente —dijo la profesora McGonagall—. James Potter le dijo a

Dumbledore que Black daría su vida antes de revelar dónde se ocultaban, y que Black estaba pensando en ocultarse él también... Y aun así, Dumbledore

seguía preocupado. Él mismo se ofreció como guardián secreto de los Potter.

—¿Sospechaba de Black? —exclamó la señora Rosmerta.

—Dumbledore estaba convencido de que alguien cercano a los Potter

había informado a Quien Tú Sabes de sus movimientos —dijo la profesora

McGonagall con voz misteriosa—. De hecho, llevaba algún tiempo

sospechando que en nuestro bando teníamos un traidor que pasaba

información a Quien Tú Sabes.

—¿Y a pesar de todo James Potter insistió en que el guardián secreto

fuera Black?

—Así es —confirmó Fudge—. Y apenas una semana después de que se

hubiera llevado a cabo el encantamiento Fidelio...

—¿Black los traicionó? —musitó la señora Rosmerta.

—Desde luego. Black estaba cansado de su papel de espía. Estaba

dispuesto a declarar abiertamente su apoyo a Quien Tú Sabes. Y parece que

tenía la intención de hacerlo en el momento en que murieran los Potter. Pero

como sabemos todos, Quien Tú Sabes sucumbió ante el pequeño Harry Potter.

Con sus poderes destruidos, completamente debilitado, huyó. Y esto dejó a

Black en una situación incómoda. Su amo había caído en el mismo momento

en que Black había descubierto su juego. No tenía otra elección que escapar.

—¡Me lo encontré —bramó Hagrid—, seguramente fui yo el último que lo

vio antes de que matara a toda aquella gente! ¡Fui yo quien rescató a Harry de

la casa de Lily y James, después de que supuestamente los asesinaran! El lo tenía en brazos. Pobre criatura,tenía una herida grande en la frente y sus padres habían muerto...  No se me ocurrió preguntarme lo que había ido el a hacer allí. No sabia que él había sido el guardián secreto de Lily y James. Pensé que se había enterado del ataque y había acudido para ver en qué podía ayudar. Estaba

pálido y tembloroso. ¿Y saben lo que hice? ¡ME PUSE A CONSOLAR A

AQUEL TRAIDOR ASESINO! —exclamó Hagrid.

—Hagrid, por favor —dijo la profesora McGonagall—, baja la voz.

—¿Cómo iba a saber yo que su turbación no se debía a lo que supuestamente les había pasado a Lily y a James? ¡Lo que le turbaba era la suerte del que no debe ser nombrado ! Y entonces me dijo: «Me llevaré a Harry, Hagrid. Soy su padrino. Yo cuidaré de él...» ¡Ja! ¡Pero yo tenía órdenes de Dumbledore y le dije a Black

que no! Dumbledore me había dicho que Harry tenía que ir a casa de sus tíos.

Black discutió, pero al final tuvo que ceder. Me dijo que cogiera su moto para

llevar a Harry hasta la casa de los Dursley. «No la necesito ya», me dijo.

Tendría que haberme dado cuenta de que había algo raro en todo aquello.

Adoraba su moto. ¿Por qué me la daba? ¿Por qué decía que ya no la

necesitaba? La verdad es que una moto deja demasiadas huellas, es muy fácil

de seguir. Dumbledore sabía que él era el guardián de los Potter. Black tenía

que huir aquella noche. Sabía que el Ministerio no tardaría en perseguirlo. Pero

¿y si le hubiera entregado a Harry, eh? Apuesto a que lo habría arrojado de la

moto en alta mar. ¡Al hijo de su mejor amigo! Y es que cuando un mago se

pasa al lado tenebroso, no hay nada ni nadie que le importe...

Tras la perorata de Hagrid hubo un largo silencio. Luego, la señora

Rosmerta dijo con cierta satisfacción:

—Pero no consiguió huir; ¿verdad? El Ministerio de Magia lo atrapó al día

siguiente.

—¡Ah, si lo hubiéramos encontrado nosotros...! —dijo Fudge con

amargura—. No fuimos nosotros, fue el pequeño Peter Pettigrew: otro de los

amigos de Potter. Enloquecido de dolor; sin duda,  sabiendo que Black era el

guardián secreto de los Potter y creyéndolos muertos, él mismo lo persiguió.

—¿Pettigrew...? ¿Aquel gordito que lo seguía a todas partes? —preguntó

la señora Rosmerta.

—Adoraba a Black y a Potter. Eran sus héroes —dijo la profesora

McGonagall—. No era tan inteligente como ellos y a menudo yo era brusca con

él. Pueden imaginar cómo me pesa ahora... —Su voz sonaba como si tuviera

un resfriado repentino.

— Minerva —le dijo Fudge amablemente—. Pettigrew murió

como un héroe. Los testigos oculares (muggles, por supuesto, tuvimos que

borrarles la memoria...) nos contaron que Pettigrew había arrinconado a Black.

Dicen que sollozaba: «¡A Lily y a James, Sirius! ¿Cómo pudiste...?» Y entonces

sacó la varita. Aunque, claro, Black fue más rápido. Hizo polvo a Pettigrew.

La profesora McGonagall se sonó la nariz y dijo con voz llorosa:

—¡Qué chico más alocado, qué bobo! Siempre fue muy malo en los duelos.

Tenía que habérselo dejado al Ministerio...

—les digo que si yo hubiera encontrado a Black antes que Pettigrew, no

habría perdido el tiempo con varitas... Lo habría descuartizado, miembro por

miembro —gruñó Hagrid.

—No sabes lo que dices, Hagrid —dijo Fudge con brusquedad—. Nadie

salvo los muy preparados Magos de Choque del Grupo de Operaciones

Mágicas Especiales habría tenido una oportunidad contra Black, después de

haberlo acorralado. En aquel entonces yo era el subsecretario del Departamento

de Catástrofes en el Mundo de la Magia, y fui uno de los primeros en

apersonarse en el lugar de los hechos cuando Black mató a toda aquella gente.

Nunca, nunca lo olvidaré. Todavía a veces sueño con ello. Un cráter en el

centro de la calle, tan profundo que había reventado las alcantarillas. Había

cadáveres por todas partes. Muggles gritando. Y Black allí, riéndose, con los restos de Pettigrew delante... Una túnica manchada de sangre y unos... unos

trozos de su cuerpo.

La voz de Fudge se detuvo de repente. Cinco narices se sonaron.

—Bueno, ahí lo tienes, Rosmerta —dijo Fudge con la voz tomada—. A

Black se lo llevaron veinte miembros del Grupo de Operaciones Mágicas

Especiales, y Pettigrew fue investido Caballero de primera clase de la Orden de

Merlín, que creo que fue de algún consuelo para su pobre madre. Black ha

estado desde entonces en Azkaban.

La señora Rosmerta dio un largo suspiro.

—¿Es cierto que está loco, señor ministro?

—Me gustaría poder asegurar que lo estaba —dijo Fudge—. Ciertamente

creo que la derrota de su amo lo trastornó durante algún tiempo. El asesinato

de Pettigrew y de todos aquellos muggles fue la acción de un hombre

acorralado y desesperado: cruel, inútil, sin sentido. Sin embargo, en mi última

inspección de Azkaban pude ver a Black. La mayoría de los presos que hay allí

hablan en la oscuridad consigo mismos. Han perdido el juicio... Pero me quedé

sorprendido de lo normal que parecía Black. Estuvo hablando conmigo con

total sensatez. Fue desconcertante. Me dio la impresión de que se aburría. Me

preguntó si había acabado de leer el periódico. Tan sereno como como pueden

imaginar; me dijo que echaba de menos los crucigramas. Sí, me quedé

estupefacto al comprobar el escaso efecto que los dementores parecían tener

sobre él. Y él era uno de los que estaban más vigilados en Azkaban, ¿saben?

Tenía dementores ante la puerta día y noche.

—Pero ¿qué pretende al fugarse? —preguntó la señora Rosmerta—. ¡Dios

mío, señor ministro! No intentará reunirse con Quien Usted Sabe, ¿verdad?

—Me atrevería a afirmar que es su... su... objetivo final —respondió Fudge

evasivamente—. Pero esperamos atraparlo antes. Tengo que decir que Quien

Tú Sabes, solo y sin amigos, es una cosa... pero con su más devoto seguidor,

me estremezco al pensar lo poco que tardará en volver a alzarse...

Hubo un sonido hueco, como cuando el vidrio golpea la madera. Alguien

había dejado su vaso.

—Si tiene que cenar con el director, Cornelius, lo mejor será que nos

vayamos acercando al castillo.

Todos los pies que había ante Harry volvieron a soportar el cuerpo de sus

propietarios. La parte inferior de las capas se balanceó y los llamativos tacones

de la señora Rosmerta desaparecieron tras el mostrador. Volvió a abrirse la

puerta de Las Tres Escobas, entró otra ráfaga de nieve y los profesores

desaparecieron.

—¿Harry?

Las caras de Ron y Hermione se asomaron bajo la mesa. Los dos lo miraron fijamente, sin saber qué decir.

Harry no sabía muy bien cómo se las había apañado para regresar al sótano

de Honeydukes, atravesar el pasadizo y entrar en el castillo. Lo único que

sabía era que el viaje de vuelta parecía no haberle costado apenas tiempo y

que no se daba muy clara cuenta de lo que hacía, porque en su cabeza aún resonaban

las frases de la conversación que acababa de oír.

¿Por qué nadie le había explicado nada de aquello? Dumbledore, Hagrid,

el señor Weasley, Cornelius Fudge... sus padres ¿Por qué nadie le había explicado nunca que sus padres podrían haber muerto porque les había traicionado su mejor amigo?