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Historia 190400 — capítulo 42
Malfoy no volvió a las aulas hasta última hora de la mañana del jueves, cuando
los de Slytherin y los de Gryffindor estaban en mitad de la clase de Pociones,
que duraba dos horas. Entró con aire arrogante en la mazmorra, con el brazo
derecho en cabestrillo y cubierto de vendajes, comportándose, según le pareció
a Harry, como si fuera el heroico superviviente de una horrible batalla.
—¿Qué tal, Draco? —dijo Pansy Parkinson, sonriendo como una tonta—.¿Te duele mucho?
Aquel día elaboraron una poción para encoger, la clase resultó mas horrible que de costumbre para los Gryfindor. Ron y Harry habían tenido que pasarse la clase entera pelando o cortando los ingredientes para malfoy por ordenes de snape y como si no fuera suficiente, acabó descontado cinco puntos a Hermione por ayudar a neville a corregir la poción que se le había arruinado.
Harry salió de clase pensando en las palabras que acababan de cruzar con Malfoy:
—¡Eh, Harry! —dijo Seamus Finnigan, inclinándose para cogerle prestada
a Harry la balanza de bronce—. ¿Has oído? El Profetade esta mañana
asegura que han visto a Sirius Black.
—¿Dónde? —preguntaron con rapidez Harry y Ron. Al otro lado de la
mesa, Malfoy levantó la vista para escuchar con atención.
—No muy lejos de aquí —dijo Seamus, que parecía emocionado—. Lo ha
visto una muggle. Por supuesto, ella no entendía realmente. Los muggles
piensan que es sólo un criminal común y corriente, ¿verdad? El caso es que
telefoneó a la línea directa. Pero cuando llegaron los del Ministerio de Magia,
ya se había ido.
—No muy lejos de aquí... —repitió Ron, mirando a Harry de forma
elocuente. Dio media vuelta y sorprendió a Malfoy mirando.
—¿Qué, Malfoy? ¿Necesitas que te pele algo más?
Pero a Malfoy le brillaban los ojos de forma malvada y estaban fijos en
Harry. Se inclinó sobre la mesa.
—¿Pensando en atrapar a Black tú solo, Potter?
—Exactamente —dijo Harry.
Los finos labios de Malfoy se curvaron en una sonrisa mezquina.
—Desde luego, yo ya habría hecho algo. No estaría en el colegio como un
chico bueno. Saldría a buscarlo.
—¿De qué hablas, Malfoy? —dijo Ron con brusquedad.
—¿No sabes, Potter...? —musitó Malfoy, casi cerrando sus ojos claros.
—¿Qué he de saber?
Malfoy soltó una risa despectiva, apenas audible.
—Tal vez prefieres no arriesgar el cuello —dijo—. Se lo quieres dejar a los
dementores, ¿verdad? Pero en tu caso, yo buscaría venganza. Lo cazaría yo
mismo.
—¿De qué hablas? —le preguntó Harry de mal humor.
En aquel momento, Snape dijo en voz alta:
—Deberíais haber terminado de añadir los ingredientes. Esta poción tiene
que cocerse antes de que pueda ser ingerida. No os acerquéis mientras está
hirviendo.
Si snape no hubiese interrumpido.
Ron en cambio estaba furioso.
—¡Cinco puntos menos para Gryffindor porque la poción estaba bien
hecha! ¿Por qué no mentiste, Hermione? ¡Deberías haber dicho que lo hizo
Neville solo!
Ella no contestó. Ron miró a su alrededor.
—¿Dónde está Hermione?
Harry también se volvió. Estaban en la parte superior de las escaleras,
viendo pasar al resto de la clase que se dirigía al Gran Comedor para almorzar.
—Venía detrás de nosotros —dijo Ron, frunciendo el entrecejo
Malfoy los adelantó, flanqueado por Crabbe y Goyle. Dirigió a Harry una
sonrisa de suficiencia y desapareció.
—Ahí está —dijo Harry
Hermione jadeaba un poco al subir las escaleras a toda velocidad. Con una
mano sujetaba la mochila; con la otra sujetaba algo que llevaba metido en la
túnica.
—¿Cómo lo hiciste? —le preguntó Ron.
—¿El qué? —preguntó a su vez Hermione, reuniéndose con ellos.
—Hace un minuto venías detrás de nosotros y un instante después
estabas al pie de las escaleras.
—¿Qué? —Hermione parecía un poco confusa—. ¡Ah, tuve que regresar
para coger una cosa! ¡Oh, no...!
En la mochila de Hermione se había abierto una costura. A Harry no le
sorprendía; contenía al menos una docena de libros grandes y pesados.
—¿Por qué llevas encima todos esos libros? —le preguntó Ron.
—Ya sabes cuántas asignaturas estudio —dijo Hermione casi sin aliento—.
¿No me podrías sujetar éstos?
—Pero... —Ron daba vueltas a los libros que Hermione le había pasado y
miraba las tapas—. Hoy no tienes estas asignaturas. Esta tarde sólo hay
Defensa Contra las Artes Oscuras.
—Ya —dijo Hermione, pero volvió a meter todos los libros en la mochila,
como si no la hubieran comprendido—. Espero que haya algo bueno para
comer. Me muero de ham bre —añadió, y continuó hacia el Gran Comedor.
—¿No tienes la sensación de que Hermione nos oculta algo? —preguntó
Ron a Harry.
El profesor Lupin no estaba en el aula cuando llegaron a su primera clase de
Defensa Contra las Artes Oscuras. Todos se sentaron, sacaron los libros, las
plumas y los pergaminos, y estaban hablando cuando por fin llegó el profesor.
Lupin sonrió vagamente y puso su desvencijado maletín en la mesa. Estaba tan
desaliñado como siempre, pero parecía más sano que en el tren, como si
hubiera tomado unas cuantas comidas abundantes.
—Buenas tardes —dijo—. ¿Podrían, por favor; meter los libros en la
Mochila? La lección de hoy será práctica. Sólo necesitan las varitas mágicas.
La clase cambió miradas de curiosidad mientras recogía los libros. Nunca
habían tenido una clase práctica de Defensa Contra las Artes Oscuras, a
menos que se contara la memorable clase del año anterior, en que el antiguo
profesor había llevado una jaula con duendecillos y los había soltado en clase.
—Bien —dijo el profesor Lupin cuando todo el mundo estuvo listo—. Si
tienen la amabilidad de seguirme...
Desconcertados pero con interés, los alumnos se pusieron en pie y
salieron del aula con el profesor Lupin. Este los condujo a lo largo del desierto
corredor. Doblaron una esquina. Al primero que vieron fue a Peeves el
poltergeist, que flotaba boca abajo en medio del aire y tapaba con chicle el ojo
de una cerradura. Peeves no levantó la mirada hasta que el profesor Lupin
estuvo a medio metro. Entonces sacudió los pies de dedos retorcidos y se puso
a cantar una monótona canción:
—Locatis lunático Lupin, locatis lunático Lupin, locatis lunático Lupin...
Aunque casi siempre era desobediente y maleducado, Peeves solía tener
algún respeto por los profesores. Todos miraron de inmediato al profesor Lupin
para ver cómo se lo tomaría. Ante su sorpresa, el mencionado seguía
sonriendo.
—Yo en tu lugar quitaría ese chicle de la cerradura, Peeves —dijo
amablemente—. El señor Filch no podrá entrar a por sus escobas.
Filch era el conserje de Hogwarts, un brujo fracasado y de mal genio que
estaba en guerra permanente con los alumnos y por supuesto con Peeves.
Pero Peeves no prestó atención al profesor Lupin, salvo para soltarle una
sonora pedorreta.
El profesor Lupin suspiró y sacó la varita mágica.
—Es un hechizo útil y sencillo —dijo a la clase, volviendo la cabeza—. Por
favor; atiendan aquí.
Alzó la varita a la altura del hombro, dijo *¡Waddiwasi!*y apuntó a Peeves.
Con la fuerza de una bala, el chicle salió disparado del agujero de la
cerradura y fue a taponar la fosa nasal izquierda de Peeves; éste ascendió
dando vueltas como en un remolino y se alejó como un bólido, zumbando y
echando maldiciones.
Se pusieron otra vez en marcha, mirando al desaliñado profesor Lupin con
creciente respeto. Los condujo por otro corredor y se detuvo en la puerta de la
sala de profesores.
—Entren, por favor —dijo el profesor Lupin abriendo la puerta y cediendo el
paso.
En la sala de profesores, una estancia larga, con paneles de madera en las
paredes y llena de sillas viejas y dispares, no había nadie salvo un profesor.
Snape estaba sentado en un sillón bajo y observó a la clase mientras ésta
penetraba en la sala. Los ojos le brillaban y en la boca tenía una sonrisa
desagradable. Cuando el profesor Lupin entró y cerró la puerta tras él, dijo
Snape:
—Déjela abierta, Lupin. Prefiero no ser testigo de esto. —Se puso de pie y
pasó entre los alumnos. Su toga negra ondeaba a su espalda. Ya en la puerta,
giró sobre sus talones y dijo—: Posiblemente no le haya avisado nadie, Lupin,
pero Neville Longbottom está aquí. Yo le aconsejaría no confiarle nada difícil. A
menos que la señorita Granger le esté susurrando las instrucciones al oído.
Neville se puso colorado. Harry echó a Snape una mirada fulminante; ya
era desagradable que se metiera con Neville en clase, y no digamos delante de
otros profesores.
El profesor Lupin había alzado las cejas.
—Tenía la intención de que Neville me ayudara en la primera fase de la
operación, y estoy seguro de que lo hará muy bien.
El rostro de Neville se puso aún más colorado. Snape torció el gesto, pero
salió de la sala dando un portazo.
—Ahora —dijo el profesor Lupin llamando la atención del fondo de la clase,
donde no había más que un viejo armario en el que los profesores guardaban
las togas y túnicas de repuesto. Cuando el profesor Lupin se acercó, el armario
tembló de repente, golpeando la pared.
»No hay por qué preocuparse —dijo con tranquilidad el profesor Lupin
cuando algunos de los alumnos se echaron hacia atrás, alarmados—. Hay un
boggartahí dentro.
Casi todos pensaban que un boggart era algo preocupante. Neville dirigió
al profesor Lupin una mirada de terror y Seamus Finnigan vio con aprensión
moverse el pomo de la puerta.
—A los boggarts les gustan los lugares oscuros y cerrados —prosiguió el
profesor Lupin—: los roperos, los huecos debajo de las camas, el armario de
debajo del fregadero... En una ocasión vi a uno que se había metido en un reloj
de pared. Se vino aquí ayer por la tarde, y le pregunté al director si se le podía
dejar donde estaba, para utilizarlo hoy en una clase de prácticas. La primera
pregunta que debemos contestar es: ¿qué es un boggart?
Hermione levantó la mano.
—Es un ser que cambia de forma —dijo—. Puede tomar la forma de
aquello que más miedo nos da.
—Yo no lo podría haber explicado mejor —admitió el profesor Lupin, y
Hermione se puso radiante de felicidad—. El boggart que está ahí dentro,
sumido en la oscuridad, aún no ha adoptado una forma. Todavía no sabe qué
es lo que más miedo le da a la persona del otro lado. Nadie sabe qué forma
tiene un boggart cuando está solo, pero cuando lo dejemos salir; se convertirá
de inmediato en lo que más temamos. Esto significa —prosiguió el profesor
Lupin, optando por no hacer caso de los balbuceos de terror de Neville— que
ya antes de empezar tenemos una enorme ventaja sobre el boggart. ¿Sabes
por qué, Harry?
Era difícil responder a una pregunta con Hermione al lado, que no dejaba
de ponerse de puntillas, con la mano levantada. Pero Harry hizo un intento:
—¿Porque somos muchos y no sabe por qué forma decidirse?
—Exacto —dijo el profesor Lupin. —. Siempre es mejor estar acompañado cuando uno se enfrenta a un boggart, porque se despista. ¿En qué se debería convertir; en un cadáver decapitado o en una babosa carnívora? En cierta ocasión vi que un boggart cometía el error de querer asustar a dos personas a la vez y el muy imbécil se convirtió en media babosa. No daba ni gota de miedo. El hechizo para vencer a un boggart es sencillo, pero requiere fuerza mental. Lo que sirve para vencer a un boggart es la risa. Lo que hay que hacer es obligarle a que adopte una
forma que encuentren cómica. Practicaremos el hechizo primero sin la
varita. Repitan conmigo: ¡Riddíkulo!
—¡Riddíkulo!—dijeron todos a la vez.
—Bien —dijo el profesor Lupin—. Muy bien. Pero me temo que esto es lo
más fácil. Como ven, la palabra sola no basta. Y aquí es donde entras tú,
Neville.
El armario volvió a temblar. Aunque no tanto como Neville, que avanzaba
como si se dirigiera a la horca.
—Bien, Neville —prosiguió el profesor Lupin—. Empecemos por el
principio: ¿qué es lo que más te asusta en el mundo? —Neville movió los
labios, pero no dijo nada—. Perdona, amigo, pero no he entendido lo que has
dicho —dijo el profesor Lupin, sin enfadarse.
Neville miró a su alrededor; con ojos despavoridos, como implorando
ayuda. Luego dijo en un susurro:
—El profesor Snape.
Casi todos se rieron. Incluso Neville se sonrió a modo de disculpa. El
profesor Lupin, sin embargo, parecía pensativo.
—El profesor Snape... mm... Neville, creo que vives con tu abuela, ¿es
verdad?
—Sí —respondió Neville, nervioso—. Pero no quisiera tampoco que ggart se transforme en ella.
Lo que quiero saber es si podrías explicarnos cómo va vestida tu abuela
normalmente.
Neville estaba asustado, pero dijo:
—Bueno, lleva siempre el mismo sombrero: alto, con un buitre disecado
encima; y un vestido largo... normalmente verde; y a veces, una bufanda de
piel de zorro.
—¿Y bolso? —le ayudó el profesor Lupin.
—Sí, un bolso grande y rojo —confirmó Neville.
—Bueno, entonces —dijo el profesor Lupin—, ¿puedes recordar
claramente ese atuendo, Neville? ¿Eres capaz de verlo mentalmente?
—Sí —dijo Neville, con inseguridad, preguntándose qué pasaría a
continuación.
—Cuando el boggart salga de repente de este armario y te vea, Neville,
adoptará la forma del profesor Snape —dijo Lupin—. Entonces alzarás la varita,
así, y dirás en voz alta: ¡Riddíkulo!, concentrándote en el atuendo de tu abuela.
Si todo va bien, el boggart-profesor Snape tendrá que ponerse el sombrero, el
vestido verde y el bolso grande y rojo.
Hubo una carcajada general. El armario tembló más violentamente.
—Si a Neville le sale bien —añadió el profesor Lupin—, es probable que el
boggart vuelva su atención hacia cada uno de nosotros, por turno. Quiero que
ahora todos dediquéis un momento a pensar en lo que más miedo os da y en
cómo podríais convertirlo en algo cómico...
La sala se quedó en silencio. Harry meditó... ¿qué era lo que más le
aterrorizaba en el mundo?
Lo primero que le vino a la mente fue lord Voldemort, un Voldemort que
hubiera recuperado su antigua fuerza. Pero antes de haber empezado a
planear un posible contraataque contra un boggart-Voldemort, se le apareció
una imagen horrible: una mano viscosa, corrompida, que se escondía bajo una
capa negra..., una respiración prolongada y ruidosa que salía de una boca
oculta... luego un frío tan penetrante que le ahogaba...
Harry se estremeció. Miró a su alrededor, deseando que nadie lo hubiera
notado. La mayoría de sus compañeros tenía los ojos fuertemente cerrados.
Ron murmuraba para sí:
—Arrancarle las patas.
Harry adivinó de qué se trataba. Lo que más miedo le daba a Ron eran las arañas.
El hechizo de neville tuvo éxito, uno a uno los chicos fueron enfrentándose al boggart.
Hasta que solo faltaban Harry, Hermione y Ron.
Ron se dirigió hacia delante.
¡Crac!
Algunos gritaron. Una araña gigante, de dos metros de altura y cubierta de
pelo, se dirigía hacia Ron chascando las pinzas amenazadoramente. Por un
momento, Harry pensó que Ron se había quedado petrificado. Pero entonces...
—¡Riddíkulo!—gritó Ron.
Las patas de la araña desaparecieron y el cuerpo empezó a rodar.
Lavender Brown dio un grito y se apartó de su camino a toda prisa. El cuerpo
de la araña fue a detenerse a los pies de Harry. Alzó la varita, pero...
—¡Aquí! —gritó el profesor Lupin de pronto, avanzando rápido hacia la
araña.
¡Crac!
La araña sin patas había desaparecido. Durante un segundo todos miraron
a su alrededor con los ojos bien abiertos, buscándola. Entonces vieron una
esfera de un blanco plateado que flotaba en el aire, delante de Lupin, que dijo
*¡Riddíkulo!*casi con desgana.
¡Crac!
—¡Adelante, Neville, y termina con él! —dijo Lupin cuando el boggart cayó
al suelo en forma de cucaracha. ¡Crac! Allí estaba de nuevo Snape. Esta vez,
Neville avanzó con decisión.
—¡Riddíkulo!—gritó, y durante una fracción de segundo vislumbraron a
Snape vestido de abuela, antes de que Neville emitiera una sonora carcajada y
el boggart estallara en mil volutas de humo y desapareciera.
—¡Muy bien! —gritó el profesor Lupin mientras la clase prorrumpía en
aplausos—. Muy bien, Neville. Todos lo han hecho muy bien. Veamos...
cinco puntos para Gryffindor por cada uno de los que se han enfrentado al
boggart... Diez por Neville, porque lo hizo dos veces. Y cinco por Hermione y
otros cinco por Harry.
—Pero yo no he intervenido —dijo Harry.
—Tú y Hermione contestasteis correctamente a mis preguntas al comienzo
de la clase —dijo Lupin sin darle importancia—. Muy bien todo el mundo. Ha
sido una clase estupenda. Como deberes, van a tener que leer la lección sobre
los boggart y hacerme un resumen. Me lo entregaran el lunes. Eso es todo.
Los alumnos abandonaron entusiasmados la sala de profesores. Harry, sin
embargo, no estaba contento. El profesor Lupin le había impedido
deliberadamente que se enfrentara al boggart. ¿Por qué? ¿Era porque había
visto a Harry desmayarse en el tren y pensó que no sería capaz? ¿Había
pensado que Harry se volvería a desmayar?
—Creo que esto será bueno para Neville, quiero decir que el profesor lupin sabe darle la confianza que le falta—murmuró Hermione—Lo cierto es que aunque el mundo mágico supera por mucho al mundo muggles, en cuestiones psicopedagógicas están muy atrasados.
—es cierto… Lupin fue amable con el, le dio confianza y neville hoy lo hizo muy bien….—respondió Harry.
En muy poco tiempo, la clase de Defensa Contra las Artes Oscuras se convirtió
en la favorita de la mayoría. Sólo Draco Malfoy y su banda de Slytherin
criticaban al profesor Lupin:
—Mira cómo lleva la túnica —solía decir Malfoy murmurando alto cuando
pasaba el profesor—. Viste como nuestro antiguo elfo doméstico.
Pero a nadie más le interesaba que la túnica del profesor Lupin estuviera
remendada y raída. Sus siguientes clases fueron tan interesantes como la
primera. Después de los boggarts estudiaron a los gorros rojos, unas criaturas
pequeñas y desagradables, parecidas a los duendes, que se escondían en
cualquier sitio en el que hubiera habido derramamiento de sangre, en las
mazmorras de los castillos, en los agujeros de las bombas de los campos de
batalla, para dar una paliza a los que se extraviaban. De los gorros rojos pasaron
a los kappas, unos repugnantes moradores del agua que parecían monos
con escamas y con dedos palmeados, y que disfrutaban estrangulando a los
que ignorantes que cruzaban sus estanques.
Harry habría querido que sus otras clases fueran igual de entretenidas. La
peor de todas era Pociones. Snape estaba aquellos días especialmente
propenso a la revancha y todos sabían por qué. La historia del boggart que
había adoptado la forma de Snape y el modo en que lo había dejado Neville,
con el atuendo de su abuela, se había extendido por todo el colegio. Snape no
lo encontraba divertido. A la primera mención del profesor Lupin, aparecía en
sus ojos una expresión amenazadora. A Neville lo acosaba más que nunca.
Harry también aborrecía las horas que pasaba en la agobiante sala de la
torre norte de la profesora Trelawney, descifrando símbolos y formas confusas,
procurando olvidar que los ojos de la profesora Trelawney se llenaban de lágrimas
cada vez que lo miraba. No le podía gustar la profesora Trelawney, por
más que unos cuantos de la clase la trataran con un respeto que rayaba en la
reverencia. Parvati Patil y Lavender Brown habían adoptado la costumbre de
rondar la sala de la torre de la profesora Trelawney a la hora de la comida, y
siempre regresaban con un aire de superioridad que resultaba enojoso, como si
supieran cosas que los demás ignoraban. Habían comenzado a hablarle a
Harry en susurros, como si se encontrara en su lecho de muerte
A comienzos de octubre, sin embargo, hubo otra cosa que mantuvo
ocupado a Harry, algo tan divertido que compensaba la insatisfacción de
algunas clases. Se aproximaba la temporada de quidditch y Oliver Wood,
capitán del equipo de Gryffindor; convocó una reunión un jueves por la tarde
para discutir las tácticas de la nueva temporada.
Oliver Wood era un fornido muchacho de diecisiete años que cursaba su
séptimo y último curso. Había cierto tono de desesperación en su voz mientras
se dirigía a sus compañeros de equipo en los fríos vestuarios del campo de
quidditch que se iba quedando a oscuras.
—Es nuestra última oportunidad..., mi última oportunidad... de ganar la
copa de quidditch —les dijo, paseándose con paso firme delante de ellos—. Me
marcharé al final de este curso, no volveré a tener otra oportunidad. Gryffindor
no ha ganado ni una vez en los últimos siete años. De acuerdo, hemos tenido
una suerte horrible: heridos..., cancelación del torneo el curso pasado... —
Wood tragó saliva, como si el recuerdo aún le pusiera un nudo en la garganta—
. Pero también sabemos que contamos con el mejor... equipo... de este...
colegio —añadió, golpeándose la palma de una mano con el puño de la otra y
con el conocido brillo frenético en los ojos—. Contamos con tres cazadoras
estupendas. —Wood señaló a Alicia Spinnet, Angelina Johnson y Katie Bell—.
Tenemos dos golpeadores invencibles.
—Déjalo ya, Oliver; nos estás sacando los colores —dijeron Fred y George
a la vez, haciendo como que se sonrojaban.
—¡Y tenemos un buscador que nos ha hecho ganar todos los partidos! —
dijo Wood, con voz retumbante y mirando a Harry con orgullo incontenible—. Y
estoy yo —añadió.
—Nosotros creemos que tú también eres muy bueno —dijo George.
—Un guardián muy chachi —confirmó Fred.
—La cuestión es —continuó Wood, reanudando los paseos— que la copa
de quidditch debiera de haber llevado nuestro nombre estos dos últimos años.
Desde que Harry se unió al equipo, he pensado que la cosa estaba chupada.
Pero no lo hemos conseguido y este curso es la última oportunidad que
tendremos para ver nuestro nombre grabado en ella...
Wood hablaba con tal desaliento que incluso a Fred y a George les dio
pena.
—Oliver, éste será nuestro año —aseguró Fred.
—Lo conseguiremos, Oliver —dijo Angelina.
—Por supuesto —corroboró Harry.
Con la moral alta, el equipo comenzó las sesiones de entrenamiento, tres
tardes a la semana. El tiempo se enfriaba y se hacía más húmedo, las noches
más oscuras, pero no había barro, viento ni lluvia que pudieran empañar la
ilusión de ganar por fin la enorme copa de plata.
Una tarde, después del entrenamiento, Harry regresó a la sala común de
Gryffindor con frío y entumecido, pero contento por la manera en que se había
desarrollado el entrenamiento, y encontró la sala muy animada.
—¿Qué ha pasado? —preguntó a Ron, Hermione y que estaban sentados
al lado del fuego, en dos de las mejores sillas, terminando unos mapas del cielo
para la clase de Astronomía.
—Primer fin de semana en Hogsmeade —le dijo Ron, señalando una nota
que había aparecido en el viejo tablón de anuncios—. Finales de octubre.
Halloween.
—Estupendo —dijo Fred, que había seguido a Harry por el agujero del
retrato—. Tengo que ir a la tienda de Zonko: casi no me quedan bombas
fétidas.
Harry se dejó caer en una silla, al lado de Ron, y la alegría lo abandonó.
Hermione comprendió lo que le pasaba.
—Harry, estoy segura de que podrás ir la próxima vez —le consoló—. Van a atrapar a Black enseguida. Ya lo han visto una vez.
—Animate Harry—dijo Andrew…yo estaré aquí…tengo que poneme al dia con unos trabajos pero puedes venir conmigo a la biblioteca.
—no te ofendas Andy —pero no estoy de humor para libros.
Los chicos habían llegado a la conclusión de que la Sra. Potter lo había castigado como excusa para que no saliera del colegio y estuviera a salvo.
—Black no está tan loco como para intentar nada en Hogsmeade.
Pregúntale a McGonagall si puedes ir ahora, Harry. Pueden pasar años hasta
la próxima ocasión.
—¡Ron! —dijo Hermione—. Harry tiene que permanecer en el colegio...¿acaso es mas importante una tarde en el pueblo que la vida de tu mejor amigo?
—No puede ser el único de tercero que no vaya. Vamos, Harry, pregúntale
a McGonagall...
—Sí, lo haré —dijo Harry, decidiéndose.
Hermione abrió la boca para sostener la opinión contraria, pero en ese
momento Crookshankssaltó con presteza a su regazo.
Una araña muerta y grande le colgaba de la boca.
—¿Tiene que comerse eso aquí delante? —preguntó Ron frunciendo el
entrecejo.
—Bravo, Crookshanks, ¿la has atrapado tú solito? —dijo Hermione.
Crookshanksmasticó y tragó despacio la araña, con los ojos
insolentemente fijos en Ron.
—No lo sueltes —pidió Ron irritado, volviendo a su mapa del cielo—.
Scabbersestá durmiendo en mi mochila.
Harry bostezó. Le apetecía acostarse, pero antes tenía que terminar su
mapa. Cogió la mochila, sacó pergamino, pluma y tinta, y empezó a trabajar.
—Si quieres, puedes copiar el mío —le dijo Ron, poniendo nombre a su
última estrella con un ringorrango y acercándole el mapa a Harry.
Hermione, que no veía con buenos ojos que se copiara, apretó los labios,
pero no dijo nada.
Minutos más tarde se desató el caos, Crookshanks que hasta hacia unos minutos estaba sobre la falda de Hermione se lazo sobre la mochila de ron en la que scabbers dormía.
Ron se había puesto furioso con Hermione y ni siquiera al día siguiente había vuelto a dirigirle la palabra. De hecho en clase de transformaciones, se sentaron uno a cada lado de Hermione. Harry no había pensado aún qué le iba a decir a la profesora McGonagall
cuando sonara el timbre al final de la clase, pero fue ella la primera en sacar el
tema de Hogsmeade.
—¡Un momento, por favor! —dijo en voz alta, cuando los alumnos
empezaban a salir—. Dado que son todos de Gryffindor; como yo, deberían
entregarme las autorizaciones antes de Halloween. Sin autorización no
hay visita al pueblo, así que no se les olvide.
Neville levantó la mano.
—Perdone, profesora. Yo... creo que he perdido...
—Tu abuela me la envió directamente, Longbottom —dijo la profesora
McGonagall—. Pensó que era más seguro. Bueno, eso es todo, podéis salir.
—Pregúntaselo ahora —susurró Ron a Harry
—Ah, pero... —fue a decir Hermione.
—Adelante, Harry —le incitó Ron con testarudez.
Harry aguardó a que saliera el resto de la clase y se acercó nervioso a la
mesa de la profesora McGonagall.
—¿Sí, Potter?
Harry tomó aire.
—Profesora, mis papás... olvidaron... firmarme la autorización —dijo.
La profesora McGonagall lo miró por encima de sus gafas cuadradas, pero
no dijo nada.
—Y por eso... eh... ¿piensa que podría... esto... ir a Hogsmeade?
La profesora McGonagall bajó la vista y comenzó a revolver los papeles de
su escritorio.
—Me temo que no, Potter. Ya has oído lo que dije. Sin autorización no hay
visita al pueblo. Es la norma.
—Pero... mis papas... ¿sabe?,. No estaban muy atentos a mis cosas de Hogwarts, con toda la emoción y los preparativos para el primer año de josephine y los gemelos que están en una edad difícil…no lo tuvieron en cuenta —explicó Harry, mientras Ron le hacía señas de ánimo—. Si usted me diera permiso...
—Pero no te lo doy —dijo la profesora McGonagall poniéndose en pie y
guardando ordenadamente sus papeles en un cajón—. El impreso de
autorización dice claramente que el padre o tutor debe dar permiso. —Se volvió para mirarlo, con una extraña expresión en el rostro. ¿Era de pena?—. Lo
siento, Potter; pero es mi última palabra. Lo mejor será que te des prisa o
llegarás tarde a la próxima clase.
—Entiendo—murmuró Harry apenado—siento hacerle perder su tiempo.
—podrías encargar a tus amigos lo que quisieras que te trajeran…
—si…tal vez lo haga…gracias.
La mañana del día de Halloween, Harry se despertó al mismo tiempo que los
demás y bajó a desayunar muy triste, pero tratando de disimularlo.
—Te traeremos un montón de golosinas de Honeydukes —le dijo
Hermione, compadeciéndose de él.
—Sí, montones —dijo Ron. Por fin habían hecho las paces él y Hermione.
—No os preocupéis por mí —dijo Harry con una voz que procuró que le
saliera despreocupada—. Ya nos veremos en el banquete. Divertios.
Los acompañó hasta el vestíbulo, donde Filch, el conserje, de pie en el
lado interior de la puerta, señalaba los nombres en una lista, examinando
detenida y recelosamente cada rostro y asegurándose de que nadie salía sin
permiso.
—¿Te quedas aquí, Potter? —gritó Malfoy, que estaba en la cola, junto a
Crabbe y a Goyle—. ¿No te atreves a cruzarte con los dementores?
Harry no le hizo caso y volvió solo por las escaleras de mármol y los
pasillos vacíos, y llegó a la torre de Gryffindor.
—¿Contraseña? —dijo la señora gorda despertándose sobresaltada
—«Fortuna maior»—contestó Harry con desgana.
El retrato le dejó paso y entró en la sala común. Estaba repleta de chavales
de primero y de segundo, todos hablando, y de unos cuantos alumnos mayores
que obviamente habían visitado Hogsmeade tantas veces que ya no les interesaba.
—¡Harry! ¡Harry! ¡Hola, Harry! —Era Colin Creevey, un estudiante de
segundo que sentía veneración por Harry y nunca perdía la oportunidad de
hablar con él—. ¿No vas a Hogsmeade, Harry? ¿Por qué no? ¡Eh! —Colin miró
a sus amigos con interés—, ¡si quieres puedes venir a sentarte con nosotros!
—No, gracias, Colin —dijo Harry, que no estaba de humor para ponerse
delante de gente deseosa de contemplarle la cicatriz de la frente—.Yo... he de
ir a la biblioteca. Tengo trabajo.
Después de aquello no tenía más remedio que dar media vuelta y salir por
el agujero del retrato.
—¿Con qué motivo me has despertado? —refunfuñó la señora gorda
cuando pasó por allí.
Harry anduvo sin entusiasmo hacia la biblioteca, pero a mitad de camino
cambió de idea; no le apetecía trabajar. Dio media vuelta y se topó de cara con
Filch, que acababa de despedir al último de los visitantes de Hogsmeade.
—¿Qué haces? —le gruñó Filch, suspicaz.
—Nada —respondió Harry con franqueza.
—¿Nada? —le soltó Filch, con las mandíbulas temblando—. ¡No me digas!
Husmeando por ahí tú solo. ¿Por qué no estás en Hogsmeade, comprando
bombas fétidas, polvos para eructar y gusanos silbantes, como el resto de tus
desagradables amiguitos?
Harry se encogió de hombros.
—Bueno, regresa a la sala común de tu colegio —dijo Filch, que siguió
mirándolo fijamente hasta que Harry se perdió de vista.
Pero Harry no regresó a la sala común; subió una escalera, pensando en
que tal vez podía ir a la pajarera de las lechuzas, e iba por otro pasillo cuando
dijo una voz que salía del interior de un aula:
—¿Harry? —Harry retrocedió para ver quién lo llamaba y se encontró al
profesor Lupin, que lo miraba desde la puerta de su despacho—. ¿Qué haces?
—le preguntó Lupin en un tono muy diferente al de Filch—. ¿Dónde están Ron
y Hermione?
—En Hogsmeade —respondió Harry; con voz que fingía no dar importancia
a lo que decía.
—Ah —dijo Lupin. Observó a Harry un momento—. ¿Por qué no pasas?
Acabo de recibir un grindylowpara nuestra próxima clase.
—¿Un qué? —preguntó Harry.
Entró en el despacho siguiendo a Lupin. En un rincón había un enorme
depósito de agua. Una criatura de un color verde asqueroso, con pequeños
cuernos afilados, pegaba la cara contra el cristal, haciendo muecas y doblando
sus dedos largos y delgados.
—Es un demonio de agua —dijo Lupin, observando el grindylow
ensimismado—. No debería darnos muchas dificultades, sobre todo después
de los kappas. El truco es deshacerse de su tenaza. ¿Te das cuenta de la
extraordinaria longitud de sus dedos? Fuertes, pero muy quebradizos.
El grindylowenseñó sus dientes verdes y se metió en una espesura de
algas que había en un rincón.
—¿Una taza de té? —le preguntó Lupin, buscando la tetera—. Iba a
prepararlo.
—Bueno —dijo Harry, algo embarazado.
Lupin dio a la tetera un golpecito con la varita y por el pitorro salió un
chorro de vapor.
—Siéntate —dijo Lupin, destapando una caja polvorienta—. Lo lamento,
pero sólo tengo té en bolsitas. Aunque me imagino que estarás harto del té
suelto.
Harry lo miró. A Lupin le brillaban los ojos.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó Harry
—Me lo ha dicho la profesora McGonagall —explicó Lupin, pasándole a
Harry una taza descascarillada—. No te preocupa, ¿verdad?
—No —respondió Harry
Pensó por un momento en contarle a Lupin lo del perro que había visto en
la calle Magnolia, pero se contuvo. No quería que Lupin creyera que era un
cobarde y menos desde que el profesor parecía suponer que no podía
enfrentarse a un boggart.
Algo de los pensamientos de Harry debió de reflejarse en su cara, porque
Lupin dijo:
—¿Estás preocupado por algo, Harry?
—No —mintió Harry. Sorbió un poco de té y vio que el grindylowlo
amenazaba con el puño—. Sí —dijo de repente, dejando el té en el escritorio
de Lupin—. ¿Recuerda el día que nos enfrentamos al boggart?
—Sí —respondió Lupin.
—¿Por qué no me dejó enfrentarme a él? —le preguntó.
Lupin alzó las cejas.
—Creí que estaba claro —dijo sorprendido.
Harry, que había imaginado que Lupin lo negaría, se quedó atónito.
—¿Por qué? —volvió a preguntar.
—Bueno —respondió Lupin frunciendo un poco el entrecejo—, pensé que
si el boggart se enfrentaba contigo adoptaría la forma de lord Voldemort.
Harry se le quedó mirando, impresionado. No sólo era aquélla la respuesta
que menos esperaba, sino que además Lupin había pronunciado el nombre de
Voldemort. La única persona a la que había oído pronunciar ese nombre
(aparte de él mismo) era el profesor Dumbledore.
—Es evidente que estaba en un error —añadió Lupin, frunciendo el
entrecejo—. Pero no creí que fuera buena idea que Voldemort se materializase
en la sala de profesores. Pensé que se aterrorizarían.
—El primero en quien pensé fue Voldemort —dijo Harry con sinceridad—.
Pero luego recordé a los dementores.
—Ya veo —dijo Lupin pensativamente—. Bien, bien..., estoy impresionado.
—Sonrió ligeramente ante la cara de sorpresa que ponía Harry—. Eso sugiere
que lo que más miedo te da es... el miedo. Muy sensato, Harry.
Harry no supo qué contestar; de forma que dio otro sorbo al té.
—¿Así que pensabas que no te creía capaz de enfrentarte a un boggart?
—dijo Lupin astutamente.
—Bueno..., sí —dijo Harry. Estaba mucho más contento—. Profesor Lupin,
usted conoce a los dementores...
Le interrumpieron unos golpes en la puerta.
—Adelante —dijo Lupin.
Se abrió la puerta y entró Snape. Llevaba una copa de la que salía un poco
de humo y se detuvo al ver a Harry. Entornó sus ojos negros.
—¡Ah, Severus! —dijo Lupin sonriendo—. Muchas gracias. ¿Podrías
dejarlo aquí, en el escritorio? —Snape posó la copa humeante. Sus ojos
pasaban de Harry a Lupin—. Estaba enseñando a Harry mi grindylow—dijo
Lupin con cordialidad, señalando el depósito.
—Fascinante —comentó Snape, sin mirar a la criatura—. Deberías
tomártelo ya, Lupin.
—Sí, sí, enseguida —dijo Lupin.
—He hecho un caldero entero. Si necesitas más...
—Seguramente mañana tomaré otro poco. Muchas gracias, Severus.
—De nada —respondió Snape. Pero había en sus ojos una expresión que
a Harry no le gustó. Salió del despacho retrocediendo, sin sonreír y receloso.
Harry miró la copa con curiosidad. Lupin sonrió.
—El profesor Snape, muy amablemente, me ha preparado esta poción —
dijo—. Nunca se me ha dado muy bien lo de preparar pociones y ésta es
especialmente difícil. —Cogió la copa y la olió—. Es una pena que no admita
azúcar —añadió, tomando un sorbito y torciendo la boca.
—¿Por qué...? —comenzó Harry.
Lupin lo miró y respondió a la pregunta que Harry no había acabado de
formular:
—No me he encontrado muy bien —dijo—. Esta poción es lo único que me
sana. Es una suerte tener de compañero al profesor Snape; no hay muchos
magos capaces de prepararla.
—Mi madre…es muy buena con las pociones, tal vez ella pueda hacerla…
—oh me consta…Lily siempre fue excelente en pociones, en todas las asignaturas de hecho.
—¿conoce a mi madre?
—si…tu papá es mi mejor amigo….aunque hace años no nos vemos. Lily me preparaba la poción antes.
El profesor Lupin bebió otro sorbo y Harry tuvo el impulso de quitarle la
copa de las manos.
—El profesor Snape está muy interesado por las Artes Oscuras —barbotó.
—¿De verdad? —preguntó Lupin, sin mucho interés, bebiendo otro trago
de la poción.
—Hay quien piensa... —Harry dudó, pero se atrevió a seguir hablando—,
hay quien piensa que sería capaz de cualquier cosa para conseguir el puesto
de profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras.
Lupin vació la copa e hizo un gesto de desagrado.
—Asqueroso —dijo—. Bien, Harry. ¿Cómo están tus padres?
—Están bien…Un poco atareados con sus trabajos y el cuidado de los gemelos, pero bien.
—¿tienen gemelos?
—Si…tienen 2 años, Christopher y Amanda…y ya conoce a mi hermana Josephine.
—si…es una buena niña…asi que cuatro hijos….¿y qué hacen ahora?
—mi papá se dedica a sus negocios, mi mamá es doctora en medicina. Ellos vendrán para el primer partido, les avisaré que está usted aquí…
—No lo hagas…dejemos que sea una sorpresa si?
—De acuerdo —dijo Harry, dejando su taza de té. La copa, ya vacía,
seguía echando humo.
—Aquí tienes —dijo Ron—. Hemos traído todos los que pudimos.
Un chaparrón de caramelos de brillantes colores cayó sobre las piernas de
Harry. Ya había anochecido, y Ron y Hermione acababan de hacer su aparición en la sala común, con la cara enrojecida por el frío viento y con pinta
de habérselo pasado mejor que en toda su vida.
—Gracias —dijo Harry, cogiendo un paquete de pequeños y negros
diablillos de pimienta—. ¿Cómo es Hogsmeade? ¿Dónde han ido?
A juzgar por las apariencias, a todos los sitios. A Dervish y Banges, la
tienda de artículos de brujería, a la tienda de artículos de broma de Zonko, a
Las Tres Escobas, para tomarse unas cervezas de mantequilla caliente con
espuma, y a otros muchos sitios...
—¡La oficina de correos, Harry! ¡Unas doscientas lechuzas, todas
descansando en anaqueles, todas con claves de colores que indican la
velocidad de cada una!
Honeydukes tiene un nuevo caramelo: daban muestras gratis. Aquí tienes
un poco, mira.
—Nos ha parecido ver un ogro. En Las Tres Escobas hay todo tipo de
gente...
—Ojalá te hubiéramos traído cerveza de mantequilla. Realmente te
reconforta.
—¿Y tú que has hecho? —le preguntó Hermione—. ¿Has trabajado?
—No —respondió Harry—. Lupin me invitó a un té en su despacho. Y entró
Snape...
Les contó lo de la copa. Ron se quedó con la boca abierta.
—¿Y Lupin se la bebió? —exclamó—. ¿Está loco?
Hermione miró la hora.
—Será mejor que vayamos bajando El banquete empezará dentro de cinco
minutos Pasaron por el retrato entre la multitud, todavía hablando de Snape.
—Pero si él..., ya saben... —Hermione bajó la voz, mirando a su alrededor
con cautela—. Si intentara envenenar a Lupin, no lo haría delante de Harry.
—Sí, quizá tengas razón, pero de tods modos escribiré a Mamá para que prepare esa poción. —dijo Harry mientras llegaban al vestíbulo y locruzaban para entrar en el Gran Comedor. Lo habían decorado con cientos de calabazas con velas dentro, una bandada de murciélagos vivos que revoloteaban y muchas serpentinas de color naranja brillante que caían del techo como culebras de río.
La comida fue deliciosa. Incluso Hermione y Ron, que estaban que
reventaban de los dulces que habían comido en Honeydukes, repitieron. Harry
no paraba de mirar a la mesa de los profesores. El profesor Lupin parecía
alegre y más sano que nunca. Hablaba animadamente con el pequeñísimo
profesor Flitwick, que impartía Encantamientos. Harry recorrió la mesa con
mirada hasta el lugar en que se sentaba Snape. ¿Se lo estaba imaginando o
Snape miraba a Lupin y parpadeaba más de lo normal?
El banquete terminó con una actuación de los fantasmas de Hogwarts.
Saltaron de los muros y de las mesas para llevar a cabo un pequeño vuelo en
formación. Nick Casi Decapitado, el fantasma de Gryffindor; cosechó un gran
éxito con una representación de su propia desastrosa decapitación.
Fue una noche tan estupenda que Malfoy no pudo enturbiar el buen humor
de Harry al gritarle por entre la multitud, cuando salían del Gran Com edor:
—¡Los dementores te envían recuerdos, Potter!
Harry, Ron y Hermione siguieron al resto de los de su casa por el camino
de la torre de Gryffindor, pero cuando llegaron al corredor al final del cual
estaba el retrato de la señora gorda, lo encontraron atestado de alumnos.
—¿Por qué no entran? —preguntó Ron intrigado.
Harry miró delante de él, por encima de las cabezas. El retrato estaba
cerrado.
—Dejadme pasar; por favor —dijo la voz de Percy. Se esforzaba por
abrirse paso a través de la multitud, dándose importancia—. ¿Qué es lo que
ocurre? No es posible que nadie se acuerde de la contraseña. Dejadme pasar,
soy el Premio Anual.
La multitud guardó silencio entonces, empezando por los de delante. Fue
como si un aire frío se extendiera por el corredor. Oyeron que Percy decía con
una voz repentinamente aguda:
—Que alguien vaya a buscar al profesor Dumbledore, rápido.
Las cabezas se volvieron. Los de atrás se ponían de puntillas.
—¿Qué sucede? —preguntó Ginny, que acababa de llegar. Al cabo de un
instante hizo su aparición el profesor Dumbledore, dirigiéndose velozmente
hacia el retrato. Los alum nos de Gryffindor se apretujaban para dejarle paso, y
Harry; Ron y Hermione se acercaron un poco para ver qué sucedía.
—¡¿pero qué demo...?! —exclamó Hermione, cogiéndose al brazo de Harry.
La señora gorda había desaparecido del retrato, que había sido rajado tan
ferozmente que algunas tiras del lienzo habían caído al suelo. Faltaban varios
trozos grandes.
Dumbledore dirigió una rápida mirada al retrato estropeado y se volvió.
Con ojos entristecidos vio a los profesores McGonagall, Lupin y Snape, que se
acercaban a toda prisa.
—Hay que encontrarla —dijo Dumbledore—. Por favor; profesora
McGonagall, dígale enseguida al señor Filch que busque a la señora gorda por
todos los cuadros del castillo.
—¡Apañados vais! —dijo una voz socarrona.
Era Peeves, que revoloteaba por encima de la multitud y estaba
encantado, como cada vez que veía a los demás preocupados por algún
problema.
—¿Qué quieres decir, Peeves? —le preguntó Dumbledore tranquilamente.
La sonrisa de Peeves desapareció. No se atrevía a burlarse de Dumbledore.
Adoptó una voz empalagosa que no era mejor que su risa.
—Le da vergüenza, señor director. No quiere que la vean. Es un desastre
de mujer. La vi correr por el paisaje, hacia el cuarto piso, señor; esquivando los
árboles y gritando algo terrible —dijo con alegría—. Pobrecita —añadió sin convicción.
—¿Dijo quién lo ha hecho? —preguntó Dumbledore en voz baja.
—Sí, señor director —dijo Peeves, con pinta de estar meciendo una bomba
en sus brazos—. Se enfadó con ella porque no le permitió entrar, ¿sabe? —
Peeves dio una vuelta de campana y dirigió a Dumbledore una sonrisa por
entre sus propias piernas—. Ese Sirius Black tiene un genio insoportable.
El profesor Dumbledore mandó que los estudiantes de Gryffindor volvieran al
Gran Comedor; donde se les unieron, diez minutos después, los de Ravenclaw,
Hufflepuff y Slytherin. Todos parecían confusos.
—Los demás profesores y yo tenemos que llevar a cabo un rastreo por
todo el castillo —explicó el profesor Dumbledore, mientras McGonagall y
Flitwick cerraban todas las puertas del Gran Comedor—. Me temo que, por
Su propia seguridad, tendran que pasar aquí la noche. Quiero que los
prefectos monten guardia en las puertas del Gran Comedor y dejo de
encargados a los dos Premios Anuales. Comunicadme cualquier novedad —
añadió, dirigiéndose a Percy, que se sentía inmensamente orgulloso—.
Avisenme por medio de algún fantasma. —El profesor Dumbledore se detuvo
antes de salir del Gran Comedor y añadió—: Bueno, necesitaran...
Con un movimiento de la varita, envió volando las largas mesas hacia las
paredes del Gran Comedor. Con otro movimiento, el suelo quedó cubierto con
cientos de mullidos sacos de dormir rojos.
—Felices sueños —dijo el profesor Dumbledore, cerrando la puerta.
El Gran Comedor empezó a bullir de excitación. Los de Gryffindor
contaban al resto del colegio lo que acababa de suceder.
—¡Todos a los sacos! —gritó Percy—. ¡Ahora mismo, se acabó la charla!
¡Apagaré las luces dentro de diez minutos!
—Vamos —dijo Ron a Hermione y a Harry. Cogieron tres sacos de dormir
y se los llevaron a un rincón.
—¿Creés que Black sigue en el castillo? —susurró Hermione con
preocupación.
—Evidentemente, Dumbledore piensa que es posible —dijo Ron.
—Es una suerte que haya elegido esta noche, ¿os dais cuenta? —dijo
Hermione, mientras se metían vestidos en los sacos de dormir y se apoyaban
en el codo para hablar—. La única noche que no estábamos en la torre...
—Supongo que con la huida no sabrá en qué día vive —dijo Ron—. No se
ha dado cuenta de que es Halloween. De lo contrario, habría entrado aquí a
saco.
Hermione se estremeció.
A su alrededor todos se hacían la misma pregunta:
—¿Cómo ha podido entrar?
—A lo mejor sabe cómo aparecerse —dijo un alumno de Ravenclaw que
estaba cerca de ellos—. Cómo salir de la nada.
—A lo mejor se ha disfrazado —dijo uno de Hufflepuff, de quinto curso.
—Podría haber entrado volando—sugirió Dean Thomas.
—Hay que ver; ¿es que soy la única persona que ha leído Historia de
Hogwarts? —preguntó Hermione a Harry y a Ron, perdiendo la paciencia.
—Casi seguro —dijo Ron—. ¿Por qué lo dices?
—Porque el castillo no está protegido sólo por muros —indicó Hermione—,
sino también por todo tipo de encantamientos para evitar que nadie entre
furtivamente. No es tan fácil aparecerse aquí. Y quisiera ver el disfraz capaz de
engañar a los dementares. Vigilan cada una de las entradas a los terrenos del
colegio. Si hubiera entrado volando, también lo habrían visto. Filch conoce
todos los pasadizos secretos y estarán vigilados.
Joey había tomado un saco de dormir, y se dirigía con cara de susto donde su hermano estaba. Draco de paró delante de ella.
—Apártate Malfoy….
—No seas tan grosera Potter…no es correcto en una chica como tú. —Murmuró Malfoy—Solo me acerqué para ver si estabas bien….luces asustada.
—En primer lugar…no eres nadie para decirme que debo hacer y que no. En segundo lugar, yo no tengo miedo….en cualquier caso lo único que asusta es tu feo rostro—Murmuró alejándose de ellos….
—Miren eso…la hermana de Potter tiene carácter…—rio malfoy con sus amigos.
Jo llegó a grupo y Andrew también se había reunido con ellos. Ginny estaba con fre y George.
—iba a ir por ti—le dijo Harry—Creo que es mejor permanecer juntos
—Pensé lo mismo.
—estupendo linda…ahora descansa o mañana te dormirás en clases.
Andy y Josephine fueron los primeros en dormirse.
—Creo que debemos montar guardia—susurró Hermione—si viene aquí Percy no podrá solo…..deberíamos al menos quedarnos despiertos para darle una mano si lo necesita.
—yo seré el primero—se ofreció Ron…
Percy apagó las luces, el comedor quedo a la penumbra de una pocas velas que iluminaban lo justo para que los premios anuales recorrieran el comedor.
Quince minutos más tarde, ron estaba dormido mucho antes que sus dos amigos. —Creo que deberemos montar nosotros la guardia—Susurró con diversión Harry al oído de Hermione
—No es gracioso…No es un momento de reír.
—solo trato de animarte…Hermione no debes preocuparte…yo no dejare que nada te suceda…si debo irme con el para que no te lastime a ti o a Joey o a cualquier otro , lo haré.
—Yo no tengo miedo de que me lastime a mi—afirmo Hermione con franqueza—eres tu quien me preocupa..
—Todo saldrá bien,,, —murmuró encontrando sus ojos, casi sin darse cuenta y sin siquiera planearlo sus bocas se acercaron lentamente, sus respiraciones se mezclaban. El aliento de Hermione le parecía rico. Cuando sus labios se juntaron en algo mas que un roce, cuando estaba a punto de convertirse en gran un beso el crujido de la puerta los sobresaltó.
entró el profesor Dumbledore. Harry vio
que iba buscando a Percy, que rondaba por entre los sacos de dormir
amonestando a los que hablaban. Percy estaba a corta distancia de espaldas a los chicos. Harry y Hermione, que fingieron estar dormidos cuando se acercaron los pasos de Dumbledore.
La chica trataba de serenarse, no entendía que había pasado, y su corazón latía tan fuerte que apenas podía escuchar los que hablaban.
—¿Han encontrado algún rastro de él, profesor? —le preguntó Percy en un
susurro.
—No. ¿Por aquí todo bien?
—Todo bajo control, señor.
—Bien. No vale la pena moverlos a todos ahora. He encontrado a un
guarda provisional para el agujero del retrato de Gryffindor. Mañana podrás
llevarlos a todos.
—¿Y la señora gorda, señor?
—Se había escondido en un mapa de Argyllshire del segundo piso. Parece
que se negó a dejar entrar a Black sin la contraseña, y por eso la atacó. Sigue
muy consternada, pero en cuanto se tranquilice le diré al señor Filch que
restaure el lienzo.
Harry oyó crujir la puerta del salón una vez más cuando volvió a abrirse, y más pasos.
—¿Señor director? —Era Snape. Harry se quedó completamente inmóvil,
aguzando el oído—. Hemos registrado todo el primer piso. No estaba allí. Y
Filch ha examinado las mazmorras. Tampoco ha encontrado rastro de él.
—¿Y la torre de astronomía? ¿Y el aula de la profesora Trelawney? ¿Y la
pajarera de las lechuzas?
—Lo hemos registrado todo...
—Muy bien, Severus. La verdad es que no creía que Black prolongara su
estancia aquí.
—¿Tiene alguna idea de cómo pudo entrar; profesor? —preguntó Snape
Harry alzó la cabeza ligeramente, para desobstruirse el otro oído.
—Muchas, Severus, pero todas igual de improbables.
Harry abrió un poco los ojos y miró hacia donde se encontraban ellos.
Dumbledore estaba de espaldas a él, pero pudo ver el rostro de Percy, muy
atento, y el perfil de Snape, que parecía enfadado.
—¿Se acuerda, señor director; de la conversación que tuvimos poco antes
de... comenzar el curso? —preguntó Snape, abriendo apenas los labios, como
para que Percy no se enterara.
—Me acuerdo, Severus —dijo Dumbledore. En su voz había como un dejo
de reconvención.
—Parece... casi imposible... que Black haya podido entrar en el colegio sin
ayuda del interior. Expresé mi preocupación cuando usted señaló...
—No creo que nadie de este castillo ayudara a Black a entrar —dijo
Dumbledore en un tono que dejaba bien claro que daba el asunto por zanjado.
Snape no contestó—. Tengo que bajar a ver a los dementores. Les dije que les
informaría cuando hubiéramos terminado el registro.
—¿No quisieron ayudarnos, señor? —preguntó Percy.
—Sí, desde luego —respondió Dumbledore fríamente—. Pero me temo
que mientras yo sea director; ningún dementor cruzará el umbral de este
castillo.
Percy se quedó un poco avergonzado. Dumbledore salió del salón con
rapidez y silenciosamente. Snape aguardó allí un momento, mirando al director
con una expresión de profundo resentimiento. Luego también él se marchó.
—Ok…ya todo paso—dijo Hermione nerviosa en voz baja—será mejor dormir o mañana nos caeremos de sueño en los pasillos.
—buenas noches…—saludo incomodo Harry.
—Hasta mañana—murmuro Hermione y se volteo.
Ni uno ni el otro, logró pegar el ojo. Pero fingir que dormían, era mas fácil que enfrentase a lo que acababa de pasar,