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Historia 190400 — capítulo 41

Cuando Harry y Hermione entraron en el Gran Comedor para desayunar

al día siguiente, lo primero que vieron fue a Draco Malfoy, que entretenía a un

grupo de gente de Slytherin con una historia muy divertida. Al pasar por su

lado, Malfoy hizo una parodia de desmayo, coreado por una carcajada general.

—No le hagas caso —le dijo Hermione, que iba junto a el—. Tú, ni el

menor caso. No merece la pena...

—¡Eh, Potter! —gritó Pansy Parkinson, una chica de Slytherin que tenía la

cara como un dogo—. ¡Potter! ¡Que vienen los dementores, Potter!

¡Uuuuuuuuuh!

Harry se dejó caer sobre un asiento de la mesa de Gryffindor. Ron había regresado a dar el tónico a scabbers ya que se le había olvidado. Andy lo acompañaba.

Cuando los dos muchachos llegaron a la mesa, ron hablo primero.

—tengo que decirles algo, antes de que Joey venga a desayunar….

—¿Que sucede?

Los chicos juntaron las cabezas sobre la mesa paraqué ron no tuviera que subir la voz.

—No podía contarles en el tren, no sé si Harry quiere que Joey sepa. Ayer baje por agua, y mis papás estaban discutiendo…se trataba de Black…Fudge, fue a azkaban la noche en que escapo, al pasar por su celda, lo escuchaban murmurar dormido, una y otra vez : Está en Hogwarts, está en Hogwarts. Todos creen que va tras de ti…Black está loco, quiere matarte  Harry.

—¿Por qué querría Matar a Harry? —Preguntó Andrew.

—Papá, cree que Black piensa que con su muerte Quien Tú Sabes volvería al poder.

—por otro lado —razonó Hermione—Black lo perdió todo la noche en que

Harry detuvo a Quien Tú Sabes. Y se ha pasado diez años solo en Azkaban,

Rumiando todo eso, tengo entendido el fue preso cuando voldemort te hizo esa cicatriz.

Fred y George, se sentaron a su lado en la mesa y los chicos no pudieron seguir hablando.

—Los nuevos horarios de tercero —anunció George, pasándolos—. ¿Qué

te ocurre, Harry?

Harry estaba palido, denotaba su preocupación.

—Malfoy —contestó Ron con rapidez, para justificar el malestar de Harry

George alzó la vista y vio que en aquel momento Malfoy volvía a repetir su

pantomima.

—Ese imbécil —dijo sin alterarse— no estaba tan gallito ayer por la noche,

cuando los dementores se acercaron a la parte del tren en que estábamos.

Vino corriendo a nuestro compartimento, ¿verdad, Fred?

—Casi se moja encima —dijo Fred, mirando con desprecio a Malfoy.

—Yo tampoco estaba muy contento —reconoció George—. Son horribles

esos dementores...

—Se le hiela a uno la sangre, ¿verdad? —dijo Fred.

—Pero no ss desmayaron ¿no? —dijo Harry en voz baja.

—No le des más vueltas, Harry —dijo George—. Mi padre tuvo que ir una

vez a Azkaban, ¿verdad, Ron?, y dijo que era el lugar más horrible en que

había estado. Regresó débil y tembloroso... Los dementores absorben la

alegría del lugar en que están. La mayoría de los presos se vuelven locos allí.

—De cualquier modo, veremos lo contento que se pone Malfoy después

del primer partido de quidditch —dijo Fred—. Gryffindor contra Slytherin, primer

partido de la temporada,

La única ocasión en que Harry y Malfoy se habían enfrentado en un partido

de quidditch, Malfoy había llevado las de perder. Un poco más contento, Harry

se sirvió salchichas y tomate frito.

Hermione se aprendía su nuevo horario:

—Bien, hoy comenzamos asignaturas nuevas —dijo alegremente.

—Hermione —dijo Ron frunciendo el entrecejo y mirando detrás de ella—, se han confundido con tu horario. Mira, te han apuntado para unas diez

asignaturas al día. No hay tiempo suficiente.

—Ya me apañaré. Lo he concertado con la profesora McGonagall.

—Pero mira —dijo Ron riendo—, ¿ves la mañana de hoy? A las nueve

Adivinación y Estudios Muggles y... —Ron se acercó más al horario, sin

podérselo creer—, mira, Aritmancia, todo a las nueve. Sé que eres muy buena

estudiante, Hermione, pero no hay nadie capaz de tanto. ¿Cómo vas a estar en

tres clases a la vez?

—No seas tonto —dijo Hermione bruscamente—, por supuesto que no voy

a estar en tres clases a la vez.

—Bueno, entonces...

—Pásame la mermelada —le pidió Hermione.

—Pero...

—¿Y a ti qué te importa si mi horario está un poco apretado, Ron? —dijo

Hermione—. Ya te he dicho que lo he arreglado todo con la profesora

McGonagall.

Harry trató de animarse, cuando joey llegó a desayunar, no notó nada. Acompañaron a la niña a su primera clase, ya que aún no conocía el castillo. Luego se dirigieron a adivinación, luego de un buen rato perdidos, por fin llegaron al aula.

de aspecto más extraño que había visto en su vida. No se

parecía en nada a un aula; era algo a medio camino entre un ático y un viejo

salón de té. Al menos veinte mesas circulares, redondas y pequeñas, se

apretujaban dentro del aula, todas rodeadas de sillones tapizados con tela de

colores y de cojines pequeños y redondos. Todo estaba iluminado con una luz

tenue y roja. Había cortinas en todas las ventanas y las numerosas lámparas

estaban tapadas con pañoletas rojas. Hacía un calor agobiante, y el fuego que

ardía en la chimenea, bajo una repisa abarrotada de cosas, calentaba una

tetera grande de cobre y emanaba una especie de perfume denso. Las

estanterías de las paredes circulares estaban llenas de plumas polvorientas,

cabos de vela, muchas barajas viejas, infinitas bolas de cristal y una gran

cantidad de tazas de té.

Ron fue a su lado mientras la clase se iba congregando alrededor; entre

murmullos.

—¿Dónde está la profesora? —preguntó Ron.

De repente salió de las sombras una voz suave:

—Bienvenidos —dijo—. Es un placer verlos por fin en el mundo físico.

La inmediata impresión de Harry fue que se trataba de un insecto grande y

brillante. La profesora Trelawney se acercó a la chimenea y vieron que era

sumamente delgada. Sus grandes gafas aumentaban varias veces el tamaño

de sus ojos y llevaba puesto un chal de gasa con lentejuelas. De su cuello largo

y delgado colgaban innumerables collares de cuentas, y tenía las manos llenas

de anillos y los brazos de pulseras.

—Sentados, niños míos, sentados —dijo, y todos se encaramaron

torpemente a los sillones o se hundieron en los cojines. Harry, Ron y Hermione

se sentaron a la misma mesa redonda—. Bienvenidos a la clase de Adivinación

—dijo la profesora Trelawney, que se había sentado en un sillón de orejas,

delante del fuego—. Soy la profesora Trelawney. Seguramente es la primera

vez que me veis. Noto que descender muy a menudo al bullicio del colegio

principal nubla mi ojo interior.

Nadie dijo nada ante esta extraordinaria declaración. Con movimientos

delicados, la profesora Trelawney se puso bien el chal y continuó hablando:

—Así que han decidido estudiar Adivinación, la más difícil de todas las

Artes mágicas. Debo advertir desde el principio de que si no poseen la Vista,

no podré enseñaros prácticamente nada. Los libros tampoco los ayudarán

mucho en este terreno... —Al oír estas palabras, Harry y Ron miraron con una

sonrisa burlona a Hermione, que parecía asustada al oír que los libros no iban

a ser de mucha utilidad en aquella asignatura—. Hay numerosos magos y

brujas que, aun teniendo una gran habilidad en lo que se refiere a transformaciones, olores y desapariciones súbitas, son incapaces de penetrar en los velados misterios del futuro —continuó la profesora Trelawney, recorriendo las

caras nerviosas con sus ojos enormes y brillantes—. Es un don reservado a

unos pocos. Dime, muchacho —dijo de repente a Neville, que casi se cayó del

cojín—, ¿se encuentra bien tu abuela?

—Creo que sí —dijo Neville tembloroso.

—Yo en tu lugar no estaría tan seguro, querido —dijo la profesora Trelawney. El fuego de la chimenea se reflejaba en sus largos pendientes de

color esmeralda. Neville tragó saliva. La profesora Trelawney prosiguió

plácidamente—. Durante este curso estudiaremos los métodos básicos de

adivinación. Dedicaremos el primer trimestre a la lectura de las hojas de té. El

segundo nos ocuparemos en quiromancia. A propósito, querida mía —le soltó

de pronto a Parvati Patil—, ten cuidado con cierto pelirrojo.

Parvati miró con un sobresalto a Ron, que estaba inmediatamente detrás

de ella, y alejó de él su sillón.

—Durante el último trimestre —continuó la profesora Trelawney—, pasaremos a la bola de cristal si la interpretación de las llamas nos deja tiempo.

Por desgracia, un desagradable brote de gripe interrumpirá las clases en

febrero. Yo misma perderé la voz. Y en torno a Semana Santa, uno de vosotros

nos abandonará para siempre. —Un silencio muy tenso siguió a este

comentario, pero la profesora Trelawney no pareció notarlo

—. Querida —añadió dirigiéndose a Lavender Brown, que era quien estaba más cerca de ella y que se hundió contra el respaldo del sillón—, ¿me podrías pasar la tetera grande de plata?

Lavender dio un suspiro de alivio, se levantó, cogió una enorme tetera de

la estantería y la puso sobre la mesa, ante la profesora Trelawney.

—Gracias, querida. A propósito, eso que temes sucederá el viernes 16 de

octubre. —Lavender tembló—. Ahora quiero que se coloquen  por parejas.

Tomen una taza de la estantería, vengan a mí y las llenaré. Luego tomen asiento y bébanlo hasta que sólo queden los posos. Removeran entonces los posos

agitando la taza tres veces con la mano izquierda y pongan luego la taza bocamabajo en el plato. Esperen a que haya caído la última gota de té y pasen la taza a su compañero, para que la lea. Interpretaran los dibujos dejados por losposos utilizando las páginas 5 y 6 de Disipar las nieblas del futuro. Yo pasaré a ayudarlos y a dar instrucciones. ¡Ah!, querido... —asió a Neville por el brazo cuando el muchacho iba a levantarse— cuando rompas la primera taza, ¿serás tan amable de coger una de las azules? Las de color rosa me gustan mucho. Como es natural, en cuanto Neville hubo alcanzado la balda de las tazas, se oyó el tintineo de la porcelana rota. La profesora Trelawney se dirigió a él rápidamente con una escoba y un recogedor; y le dijo:

—Una de las azules, querido, si eres tan amable. Gracias...

Cuando Harry y Ron llenaron las tazas de té, volvieron a su mesa y se

tomaron rápidamente la ardiente infusión.

Removieron los posos como les había indicado la profesora Trelawney, y

después secaron las tazas y las intercambiaron.

—Bien —dijo Ron, después de abrir los libros por las páginas 5 y 6—.

¿Qué ves en la mía?

—Una masa marrón y empapada —respondió Harry. El humo fuertemente

perfumado de la habitación lo adormecía y atontaba.

—¡Ensanchen la mente, queridos, y que sus ojos vean más allá de lo

terrenal! —exclamó la profesora Trelawney sumida en la penumbra.

Harry intentó recobrarse:

—Bueno, hay una especie de cruz torcida... —dijo consultando Disipar las

nieblas del futuro—. Eso significa que vas a pasar penalidades y sufrimientos...

Lo siento... Pero hay algo que podría ser el sol. Espera, eso significa mucha felicidad...

Así que vas a sufrir; pero vas a ser muy feliz...

—Si te interesa mi opinión, tendrían que revisarte el ojo interior —dijo Ron,

y tuvieron que contener la risa cuando la profesora Trelawney los miró.

—Ahora me toca a mí... —Ron miró con detenimiento la taza de Harry,

arrugando la frente a causa del esfuerzo. Hay una mancha en forma de

sombrero hongo —dijo—. A lo mejor vas a trabajar para el Ministerio de

Magia... —Volvió la taza—. Pero por este lado parece más bien como una

bellota... ¿Qué es eso? —Cotejó su ejemplar de Disipar las nieblas del futuro—

. Oro inesperado, como caído del cielo. Estupendo, me podrás prestar. Y aquí

hay algo —volvió a girar la taza— que parece un animal. Sí, si esto es su

cabeza... parece un hipo..., no, una oveja...

La profesora Trelawney dio media vuelta al oír la carcajada de Harry.

—Déjame ver eso, querido —le dijo a Ron, en tono recriminatorio, y le quitó la taza de Harry Todos se quedaron en silencio, expectantes.

La profesora Trelawney miraba fijamente la taza de té, girándola en sentido contrario a las agujas del reloj.

—El halcón... querido, tienes un enemigo mortal.

—Eso lo sabe todo el mundo —dijo Hermione en un susurro alto. La

profesora Trelawney la miró fijamente—. Todo el mundo sabe lo de Harry y Quien Usted Sabe.

Harry y Ron la miraron con una mezcla de asombro y admiración. Nunca la

habían visto hablar así a un profesor. La profesora Trelawney prefirió no

contestar. Volvió a bajar sus grandes ojos hacia la taza de Harry y continuó

girándola.

—La porra... un ataque. Vaya, vaya... no es una taza muy alegre...

—Creí que era un sombrero hongo —reconoció Ron con vergüenza.

—La calavera... peligro en tu camino...

Toda la clase escuchaba con atención, sin moverse. La profesora

Trelawney dio una última vuelta a la taza, se quedó boquiabierta y gritó.

Oyeron romperse otra taza; Neville había vuelto a hacer añicos la suya. La

profesora Trelawney se dejó caer en un sillón vacío, con la mano en el corazón

y los ojos cerrados.

—Mi querido chico... mi pobre niño... no... es mejor no decir... no... no me

preguntes...

—¿Qué es, profesora? —dijo inmediatamente Dean Thomas. Todos se

habían puesto de pie y rodearon la mesa de Ron, acercándose mucho al sillón

de la profesora Trelawney para poder ver la taza de Harry.

—Querido mío —abrió completamente sus grandes ojos—, tienes el Grim.

—¿El qué? —preguntó Harry.

Estaba claro que había otros que tampoco comprendían; Dean Thomas lo

miró encogiéndose de hombros, y Lavender Brown estaba anonadada, pero

casi todos se llevaron la mano a la boca, horrorizados.

—¡El Grim, querido, el Grim! —exclamó la profesora Trelawney, que

parecía extrañada de que Harry no hubiera comprendido—. ¡El perro gigante y

espectral que ronda por los cementerios! Mi querido chico, se trata de un

augurio, el peor de los augurios... el augurio de la muerte.

El estómago le dio un vuelco a Harry. Aquel perro de la cubierta del libro

Augurios de muerte, en Flourish y Blotts, el perro entre las sombras de la calle

Magnolia... Ahora también Lavender Brown se llevó las manos a la boca. Todos miraron a Harry; todos excepto Hermione, que se había levantado y se había acercado al respaldo del sillón de la profesora Trelawney.

—No creo que se parezca a un Grim—dijo Hermione rotundamente.

La profesora Trelawney examinó a Hermione con creciente desagrado.

—Perdona que te lo diga, querida, pero percibo muy poca aura a tu

alrededor. Muy poca receptividad a las resonancias del futuro.

Seamus Finnigan movía la cabeza de un lado a otro.

—Parece un Grimsi miras así —decía con los ojos casi cerrados—, pero

así parece un burro —añadió inclinándose a la izquierda.

—¡Cuando hayan terminado de decidir si voy a morir o no...! —dijo Harry,

sorprendiéndose incluso a sí mismo. Nadie quería mirarlo.

—Creo que hemos concluido por hoy —dijo la profesora Trelawney con su

voz más leve—. Sí... por favor; recojan sus cosas...

Harry, Ron y Hermione bajaron en silencio la escalera de mano del aula y

luego la escalera de caracol, y luego se dirigieron a la clase de

Transformaciones de la profesora McGonagall. Tardaron tanto en encontrar el

aula que, aunque habían salido de la clase de Adivinación antes de la hora,

llegaron con el tiempo justo.

Harry eligió un asiento que estaba al final del aula, sintiéndose el centro de

atención: el resto de la clase no dejaba de dirigirle miradas furtivas, como si

estuviera a punto de caerse muerto. Apenas oía lo que la profesora

McGonagall les decía sobre los animagos(brujos que pueden transformarse a

voluntad en animales), y no prestaba la menor atención cuando ella se

transformó ante los ojos de todos en una gata atigrada con marcas de gafas

alrededor de los ojos.

—¿Qué les pasa hoy? —preguntó la profesora McGonagall, recuperando la

normalidad con un pequeño estallido y mirándolos—. No es que tenga

importancia, pero es la primera vez que mi transformación no consigue

arrancar un aplauso de la clase.

Todos se volvieron hacia Harry, pero nadie dijo nada. Hermione levantó la

mano.

—Por favor; profesora. Acabamos de salir de nuestra primera clase de

Adivinación y... hemos estado leyendo las hojas de té y..

—¡Ah, claro! —exclamó la profesora McGonagall, frunciendo el entrecejo

de repente—. No tiene que decir nada más, señorita Granger. cuéntenme, ¿quién

de ustedes morirá este año?

Todos la miraron fijamente.

—Yo —respondió por fin Harry

—Ya veo —dijo la profesora McGonagall, clavando en Harry sus ojos

brillantes y redondos como canicas—. Pues tendrías que saber, Potter, que

Sybill Trelawney, desde que llegó a este colegio, predice la muerte de un

alumno cada año. Ninguno ha muerto todavía. Ver augurios de muerte es su

forma favorita de dar la bienvenida a una nueva promoción de alumnos. Si no

fuera porque nunca hablo mal de mis colegas... —La profesora McGonagall se

detuvo en mitad de la frase y los alumnos vieron que su nariz se había puesto

blanca. Prosiguió con más calma—: La adivinación es una de las ramas más

imprecisas de la magia. No os ocultaré que la adivinación me hace perder la

paciencia. Los verdaderos videntes son muy escasos, y la profesora

Trelawney... —Volvió a detenerse y añadió en tono práctico—: Me parece

que tienes una salud estupenda, Potter; así que me disculparás que no te

perdone hoy los deberes de mañana. Te aseguro que si te mueres no

necesitarás entregarlos.

Hermione se echó a reír. Harry se sintió un poco mejor. Lejos del aula

tenuemente iluminada por una luz roja y del perfume agobiante, era más difícil

aterrorizarse por unas cuantas hojas de té. Sin embargo, no todo el mundo

estaba convencido. Ron seguía preocupado y Lavender susurró:

—Pero ¿y la taza de Neville?

Cuando terminó la clase de Transformaciones, se unieron a la multitud que

se dirigía bulliciosamente al Gran Comedor; para el almuerzo.

—Animo, Ron —dijo Hermione, empujando hacia él una bandeja de

estofado—. Ya has oído a la profesora McGonagall.

Ron se sirvió estofado con una cuchara y cogió su tenedor; pero no

empezó a comer.

—Harry —dijo en voz baja y grave—, tú no has visto en ningún sitio un

perro negro y grande, ¿verdad?

—Sí, lo he visto —dijo Harry—. Lo vi la noche que abandoné la casa de los

Dursley.

Ron dejó caer el tenedor; que hizo mucho ruido.

—Probablemente, un perro callejero —dijo Hermione muy tranquila

Ron miró a Hermione como si se hubiera vuelto loca.

—Hermione, si Harry ha visto un Grim, eso es... eso es terrible —

aseguró—. Mi tío Bilius vio uno y.. ¡murió veinticuatro horas más tarde!

—Casualidad —arguyó Hermione sin darle importancia, sirviéndose zumo

de calabaza.

—¡No sabes lo que dices! —dijo Ron empezando a enfadarse—. Los

Grimsponen los pelos de punta a la mayoría de los brujos.

—Ahí tienes la prueba —dijo Hermione en tono de superioridad—. Ven al

Grimy se mueren de miedo. El Grimno es un augurio, ¡es la causa de la

muerte! Y Harry todavía está con nosotros porque no es lo bastante tonto para

ver uno y pensar: «¡Me marcho al otro barrio!»

Ron movió los labios sin pronunciar nada, para que Hermione

comprendiera sin que Harry se enterase. Hermione abrió la mochila, sacó su

libro de Aritmancia y lo apoyó abierto en la jarra de zumo.

—Creo que la adivinación es algo muy impreciso —dijo buscando una

página—; si quieres saber mi opinión, creo que hay que hacer muchas

conjeturas.

—No había nada de impreciso en el Grimque se dibujó en la taza —dijo

Ron acalorado.

—No estabas tan seguro de eso cuando le decías a Harry que se trataba

de una oveja —repuso Hermione con serenidad.

—¡La profesora Trelawney dijo que no tenías un aura adecuada para la

adivinación! Lo que pasa es que no te gusta no ser la primera de la clase.

Acababa de poner el dedo en la llaga. Hermione golpeó la mesa con el

libro con tanta fuerza que salpicó carne y zanahoria por todos lados.

—Si ser buena en Adivinación significa que tengo que hacer como que veo

augurios de muerte en los posos del té, no estoy segura de que vaya a seguir

estudiando mucho tiempo esa asignatura. Esa clase fue una porquería

comparada con la de Aritmancia.

Cogió la mochila y se fue sin despedirse.

Ron la siguió con la vista, frunciendo el entrecejo.

—Pero ¿de qué habla? ¡Todavía no ha asistido a ninguna clase de Aritmancia!

A Harry le encantó salir del castillo después del almuerzo. La lluvia del día

anterior había terminado; el cielo era de un gris pálido, y la hierba estaba

mullida y húmeda bajo sus pies cuando se pusieron en camino hacia su

primera clase de Cuidado de Criaturas Mágicas.

Ron y Hermione no se dirigían la palabra. Harry caminaba a su lado, en

silencio, mientras descendían por el césped hacia la cabaña de Hagrid, en el

límite del bosque prohibido. Sólo cuando vio delante tres espaldas que le

resultaban muy familiares, se dio cuenta de que debían de compartir aquellas

clases con los de Slytherin. Malfoy decía algo animadamente a Crabbe y

Goyle, que se reían a carcajadas. Harry creía saber de qué hablaban.

Hagrid aguardaba a sus alumnos en la puerta de la cabaña. Estaba

impaciente por empezar; cubierto con su abrigo de ratina, y con Fang, el perro

jabalinero, a sus pies.

—¡Vamos, daos prisa! —gritó a medida que se aproximaban sus

alumnos—. ¡Hoy tengo algo especial para vosotros! ¡Una gran lección! ¿Ya

está todo el mundo? ¡Bien, seguidme!

Durante un desagradable instante, Harry temió que Hagrid los condujera al

bosque; Harry había vivido en aquel lugar experiencias tan desagradables que

nunca podría olvidarlas. Sin embargo, Hagrid anduvo por el límite de los árboles

y cinco minutos después se hallaron ante un prado donde no había nada.

—¡Aproximense todos a la cerca! —gritó—. Asegúrense de tener buena vista. Lo primero que tenéis que hacer es abrir los libros...

—¿De qué modo? —dijo la voz fría y arrastrada de Draco Malfoy.

—¿Qué? —dijo Hagrid.

—¿De qué modo abrimos los libros? —repitió Malfoy. Sacó su ejemplar de

El monstruoso libro de los monstruos, que había atado con una cuerda. Otros

lo imitaron. Unos, como Harry, habían atado el libro con un cinturón; otros lo

habían metido muy apretado en la mochila o lo habían sujetado con pinzas.

—¿Nadie ha sido capaz de abrir el libro? —preguntó Hagrid decepcionado.

La clase entera negó con la cabeza.

—tienen que acariciarlo —dijo Hagrid, como si fuera lo más obvio del

mundo—. Miren...

Cogió el ejemplar de Hermione y desprendió el celo mágico que lo

sujetaba. El libro intentó morderle, pero Hagrid le pasó por el lomo su enorme

dedo índice, y el libro se estremeció, se abrió y quedó tranquilo en su mano.

—¡Qué tontos hemos sido todos! —dijo Malfoy despectivamente—.

¡Teníamos que acariciarlo! ¿Cómo no se nos ocurrió?

—Yo... yo pensé que les haría gracia —le dijo Hagrid a Hermione dubitativo.

—¡Ah, qué gracia nos hace...! —dijo Malfoy—. ¡Realmente ingenioso,

hacernos comprar libros que quieren comernos las manos!

—Cierra la boca, Malfoy —le dijo Harry en voz baja. Hagrid se había

quedado algo triste y Harry quería que su primera clase fuera un éxito.

—Bien, pues —dijo Hagrid, que parecía haber perdido el hilo—. Así que...

ya tienen los libros y... y... ahora les hacen falta las criaturas mágicas. Sí, así

que iré por ellas. Esperen un momento...

Se alejó de ellos, penetró en el bosque y se perdió de vista.

—Dios mío, este lugar está en decadencia —dijo Malfoy en voz alta—.

Estas clases idiotas... A mi padre le dará un patatús cuando se lo cuente.

—Cierra la boca, Malfoy —repitió Harry.

—Cuidado, Potter; hay un dementor detrás de ti.

—¡Uuuuuh! —gritó Lavender Brown, señalando hacia la otra parte del

prado.

Trotando en dirección a ellos se acercaba una docena de criaturas, las

más extrañas que Harry había visto en su vida. Tenían el cuerpo, las patas

traseras y la cola de caballo, pero las patas delanteras, las alas y la cabeza de

águila gigante. El pico era del color del acero y los ojos de un naranja brillante.

Las garras de las patas delanteras eran de quince centímetros cada una y

parecían armas mortales. Cada bestia llevaba un collar de cuero grueso

alrededor del cuello, atado a una larga cadena. Hagrid sostenía en sus grandes

manos el extremo de todas las cadenas. Se acercaba corriendo por el prado,

detrás de las criaturas.

—¡para allá! —les gritaba, sacudiendo las cadenas y forzando a las

bestias a ir hacia la cerca, donde estaban los alumnos. Todos se echaron un

poco hacia atrás cuando Hagrid llegó donde estaban ellos y ató los animales a

la cerca.

—¡Hipogrifos!—gritó Hagrid alegremente, haciendo a sus alumnos una

señal con la mano—. ¿A que son hermosos?

Harry pudo comprender que Hagrid los llamara hermosos. En cuanto uno se

recuperaba del susto que producía ver algo que era mitad pájaro y mitad

caballo, podía empezar a apreciar el brillo externo del animal, que cambiaba

paulatinamente de la pluma al pelo. Todos tenían colores diferentes: gris fuerte,

bronce, ruano rosáceo, castaño brillante y negro tinta.

—Vengan —dijo Hagrid frotándose las manos y sonriéndoles—, aproxímense un poco...

Nadie parecía querer acercarse. Harry, Ron y Hermione, sin embargo, se

Aproximaron con cautela a la cerca.

—Lo primero que hay que saber de los hipogrifos es que son orgullosos

—dijo Hagrid—. Se molestan con mucha facilidad. Nunca ofendan a ninguno,

porque podría ser lo último que hicieran

Malfoy, Crabbe y Goyle no escuchaban; hablaban en voz baja y Harry tuvo

la desagradable sensación de que estaban tramando la mejor manera de

incordiar.

—Tienen que esperar siempre a que el hipogrifo haga el primer movimiento

—continuó Hagrid—. Es educado, ¿se dan cuenta? Van hacia él, se inclinan y

esperán. Si él responde con una inclinación, querrá decir que les permite tocarlo.

Si no hace la inclinación, entonces es mejor que se alejen de él

enseguida, porque puede hacer mucho daño con sus garras. Bien, ¿quién

quiere ser el primero?

Como respuesta, la mayoría de la clase se alejó aún más. Incluso Harry,

Ron y Hermione recelaban. Los hipogrifos sacudían sus feroces cabezas y

desplegaban sus poderosas alas; parecía que no les gustaba estar atados.

—¿Nadie? —preguntó Hagrid con voz suplicante.

—Yo —se ofreció Harry.

Detrás de él se oyó un jadeo, y Lavender y Parvati susurraron:

—¡No, Harry, acuérdate de las hojas de té!

Harry no hizo caso y saltó la cerca.

—¡Buen chico, Harry! —gritó Hagrid—. Veamos cómo te llevas con

Buckbeak.

Soltó la cadena, separó al hipogrifo gris de sus compañeros y le

desprendió el collar de cuero. Los alumnos, al otro lado de la cerca, contenían

la respiración. Malfoy entornaba los ojos con malicia.

—Tranquilo ahora, Harry —dijo Hagrid en voz baja—. Primero mírale a los

ojos. Procura no parpadear. Los hipogrifos no confían en ti si parpadeas

demasiado...

A Harry empezaron a irritársele los ojos, pero no los cerró. Buckbeakhabía

vuelto la cabeza grande y afilada, y miraba a Harry fijamente con un ojo terrible

de color naranja.

—Eso es —dijo Hagrid—. Eso es, Harry. Ahora inclina la cabeza A Harry no le hacía gracia presentarle la nuca a Buckbeak, pero hizo lo que

Hagrid le decía. Se inclinó brevemente y levantó la mirada.

El hipogrifo seguía mirándolo fijamente y con altivez. No se movió.

—Ah —dijo Hagrid, preocupado—. Bien, vete hacia atrás, tranquilo,

despacio...

Pero entonces, ante la sorpresa de Harry, el hipogrifo dobló las arrugadas

rodillas delanteras y se inclinó profundamente.

—¡Bien hecho, Harry! —dijo Hagrid, eufórico—. ¡Bien, puedes tocarlo! Dale

unas palmadas en el pico, vamos.

Pensando que habría preferido como premio poder irse, Harry se acercó al

hipogrifo lentamente y alargó el brazo. Le dio unas palmadas en el pico y el

hipogrifo cerró los ojos para dar a entender que le gustaba.

La clase rompió en aplausos. Todos excepto Malfoy, Crabbe y Goyle, que

parecían muy decepcionados.

—Bien, Harry —dijo Hagrid—. ¡Creo que el hipogrifo dejaría que lo

montaras!

Aquello era más de lo que Harry había esperado. Estaba acostumbrado a

la escoba; pero no estaba seguro de que un hipogrifo se le pareciera.

—Súbete ahí, detrás del nacimiento del ala —dijo Hagrid—. Y procura no

arrancarle ninguna pluma, porque no le gustaría...

Harry puso el pie sobre el ala de Buckbeaky se subió en el lomo.

Buckbeakse levantó. Harry no sabía dónde debía agarrarse: delante de él todo

estaba cubierto de plumas.

—¡Vamos! —gritó Hagrid, dándole una palmada al hipogrifo en los cuartos

traseros.

A cada lado de Harry, sin previo aviso, se abrieron unas alas de más de

tres metros de longitud. Apenas le dio tiempo a agarrarse del cuello del

hipogrifo antes de remontar el vuelo. No tenía ningún parecido con una escoba

y Harry tuvo muy claro cuál prefería. Muy incómodamente para él, las alas del

hipogrifo batían debajo de sus piernas. Sus dedos resbalaban en las brillantes

plumas y no se atrevía a asirse con más fuerza. En vez del movimiento suave

de su Nimbus 2.000, sentía el zarandeo hacia atrás y hacia delante, porque los

cuartos traseros del hipogrifo se movían con las alas.

Buckbeaksobrevoló el prado y descendió. Era lo que Harry había temido.

Se echó hacia atrás conforme el hipogrifo se inclinaba hacia abajo. Le dio la

impresión de que iba a resbalar por el pico. Luego sintió un fuerte golpe al

aterrizar el animal con sus cuatro patas revueltas, y se las arregló para

sujetarse y volver a incorporarse.

—¡Muy bien, Harry! —gritó Hagrid, mientras lo vitoreaban todos menos

Malfoy, Crabbe y Goyle—. ¡Bueno!, ¿quién más quiere probar?

Envalentonados por el éxito de Harry, los demás saltaron al prado con

cautela. Hagrid desató uno por uno los hipogrifos y, al cabo de poco rato, los

alumnos hacían timoratas reverencias por todo el prado. Neville retrocedió

corriendo en varias ocasiones porque su hipogrifo no parecía querer doblar las

rodillas. Ron y Hermione practicaban con el de color castaño, mientras Harry

observaba.

Malfoy, Crabbe y Goyle habían escogido a Buckbeak. Había inclinado la

cabeza ante Malfoy, que le daba palmaditas en el pico con expresión

desdeñosa.

—Esto es muy fácil —dijo Malfoy, arrastrando las sílabas y con voz lo

bastante alta para que Harry lo oyera—. Tenía que ser fácil, si Potter fue

capaz... ¿A que no eres peligroso? —le dijo al hipogrifo—. ¿Lo eres, bestia

asquerosa?

Sucedió en un destello de garras de acero. Malfoy emitió un grito

agudísimo y un instante después Hagrid se esforzaba por volver a ponerle el

collar a Buckbeak, que quería alcanzar a un Malfoy que yacía encogido en la

hierba y con sangre en la ropa.

—¡Me muero! —gritó Malfoy, mientras cundía el pánico—. ¡Me muero,

mirad! ¡Me ha matado!

—No te estás muriendo —le dijo Hagrid, que se había puesto muy pálido—

. Que alguien me ayude, tengo que sacarlo de aquí...

Hermione se apresuró a abrir la puerta de la cerca mientras Hagrid

levantaba con facilidad a Malfoy. Mientras desfilaban, Harry vio que en el brazo

de Malfoy había una herida larga y profunda; la sangre salpicaba la hierba y

Hagrid corría con él por la pendiente, hacia el castillo.

Los demás alumnos los seguían temblorosos y más despacio. Todos los

de Slytherin echaban la culpa a Hagrid.

—¡Deberían despedirlo inmediatamente! —exclamó Pansy Parkinson, con

lágrimas en los ojos.

—¡La culpa fue de Malfoy! —lo defendió Dean Thomas.

Crabbe y Goyle flexionaron los músculos amenazadoramente.

Subieron los escalones de piedra hasta el desierto vestíbulo.

—¡Voy a ver si se encuentra bien! —dijo Pansy.

Y la vieron subir corriendo por la escalera de mármol. Los de Slytherin se

alejaron hacia su sala común subterránea, sin dejar de murmurar contra

Hagrid; Harry, Ron y Hermione continuaron subiendo escaleras hasta la torre.