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Historia 190400 — capítulo 40

Como en el año anterior, los Potter se pusieron de acuerdo con los demás para ir a hacer las compras del año escolar, claro que ahora se sumaban Eva y Andy. Cuando se encontraron, todos habían hecho sus compras, asi que

Los Adultos se quedaron bebiendo algo en el caldero chorreante y dejaron a los jóvenes recorrer el lugar y divertirse. Claro que Jo estaba a cargo de Harry, La pequeña, caminaba mas adelante con Ginny . Harry, Andy, Ron y Hermione caminaban más atrás, sin perderlas de vista.

—¿Es verdad que inflaste a tu tía, Harry? —preguntó Hermione muy seria. Habia esperado estar lejos de los adultos para hablar de eso, puesto que no queria tocar la llaga si es que el tema habia causado problemas familiares.

—Fue sin querer —respondió Harry, mientras Ron se partía de risa—. Perdí el control.

—No tiene ninguna gracia, Ron —dijo Hermione con severidad.

—Verdaderamente, me sorprende que no te hayan expulsado—admitió Andrew

—A mí también —admitió Harry—. No sólo expulsado: lo que más temía era ser arrestado. —Miró a Ron—: ¿No sabrá tu padre por qué me ha perdonado Fudge el castigo?

—Probablemente, porque eres tú. ¿No puede ser ése el motivo? —

Encogió los hombros, sin dejar de reírse—. El famoso Harry Potter. No me

gustaría enterarme de lo que me haría a mí el Ministerio si se me ocurriera

inflar a mi tía. Pero primero me tendrían que desenterrar; porque mi madre me

habría matado. De cualquier manera, tú mismo le puedes preguntar a mi padre.

Entraron a una heladería, y todos pidieron sus helados.

—Todavía me quedan diez galeones —dijo comprobando su monedero—.

En septiembre es mi cumpleaños, y mis padres me han dado dinero para

comprarme el regalo de cumpleaños por adelantado.

—¿Por qué no te compras un libro? —dijo Ron poniendo voz cándida.

—No, creo que no —respondió Hermione sin enfadarse—. Lo que más me

apetece es una lechuza. Harry tiene a Hedwigy tú tienes a Errol...

—No, no es mío. Erroles de la familia. Lo único que poseo es a Scabbers.

—Se sacó la rata del bolsillo—. Quiero que le hagan un chequeo —añadió,

poniendo a Scabbersen la mesa, ante ellos—. Me parece que Egipto no le ha

sentado bien.

Scabbersestaba más delgada de lo normal y tenía mustios los bigotes

—Ahí hay una tienda de animales mágicos —dijo Harry—. Puedes mirar a ver si tienen algo para Scabbers. Y Hermione se puede comprar una lechuza…

Así que pagaron los helados, cruzaron la calle para ir a la tienda de

animales.

No había mucho espacio dentro. Hasta el último centímetro de la pared

estaba cubierto por jaulas. Olía fuerte y había mucho ruido, porque los

ocupantes de las jaulas chillaban, graznaban, silbaban o parloteaban. La bruja

que había detrás del mostrador estaba aconsejando a un cliente sobre el

cuidado de los tritones de doble cola, así que Harry, Ron y Hermione

esperaron, observando las jaulas.

Un par de sapos rojos y muy grandes estaban dándose un banquete con

moscardas muertas; cerca del escaparate brillaba una tortuga gigante con

joyas incrustadas en el caparazón; serpientes venenosas de color naranja

trepaban por las paredes de su urna de cristal; un conejo gordo y blanco se

transformaba sin parar en una chistera de seda y volvía a su forma de conejo

haciendo «¡plop!». Había gatos de todos los colores, una escandalosa jaula de

cuervos, un cesto con pelotitas de piel del color de las natillas que zumbaban

ruidosamente y, encima del mostrador; una enorme jaula de ratas negras de

pelo lacio y brillante que jugaban a dar saltos sirviéndose de la cola larga y

pelada.

El cliente de los tritones de doble cola salió de la tienda y Ron se aproximó

al mostrador.

—Se trata de mi rata —le explicó a la bruja—. Desde que hemos vuelto de

Egipto está descolorida.

—Ponla en el mostrador —le dijo la bruja, sacando unas gruesas gafas

negras del bolsillo.

Ron sacó a Scabbersy la puso junto a la jaula de las ratas, que dejaron

sus juegos y corrieron a la tela metálica para ver mejor. Como casi todo lo que

Ron tenía, Scabbersera de segunda mano (antes había pertenecido a su

hermano Percy) y estaba un poco estropeada. Comparada con las flamantes

ratas de la jaula, tenía un aspecto muy desmejorado.

—Hum —dijo la bruja, cogiendo y levantando a Scabbers—, ¿cuántos años

tiene?

—No lo sé —respondió Ron—. Es muy vieja. Era de mi hermano.

—¿Qué poderes tiene? —preguntó la bruja examinando a Scabbersde

cerca.

—Bueenoooo... —dijo Ron.

La verdad era que Scabbersnunca había dado el menor indicio de poseer

ningún poder que mereciera la pena. Los ojos de la bruja se desplazaron desde la partida oreja izquierda de la rata a su pata delantera, a la que le faltaba un

dedo, y chascó la lengua en señal de reprobación.

—Ha pasado lo suyo —comentó la bruja.

—Ya estaba así cuando me la pasó Percy —se defendió Ron.

—No se puede esperar que una rata ordinaria, común o de jardín como

ésta viva mucho más de tres años —dijo la bruja—. Ahora bien, si buscas algo

un poco más resistente, quizá te guste una de éstas...

Señaló las ratas negras, que volvieron a dar saltitos. Ron murmuró:

—Presumidas.

—Bueno, si no quieres reemplazarla, puedes probar a darle este tónico

para ratas —dijo la bruja, sacando una pequeña botella roja de debajo del

mostrador.

—Vale —dijo Ron—. ¿Cuánto...? ¡Ay!

Ron se agachó cuando algo grande de color canela saltó desde la jaula

más alta, se le posó en la cabeza y se lanzó contra Scabbers, bufando sin

parar.

—¡No, Crookshanks, no! —gritó la bruja, pero Scabberssalió disparada de

sus manos como una pastilla de jabón, aterrizó despatarrada en el suelo y huyó

hacia la puerta.

—¡Scabbers!—gritó Ron, saliendo de la tienda a toda velocidad, detrás de

la rata; Harry y Andy lo siguieron.

Tardaron casi diez minutos en encontrar a Scabbers, que se había

refugiado bajo una papelera, en la puerta de la tienda de Artículos de Calidad

para el Juego del Quidditch. Ron volvió a guardarse la rata, que estaba

temblando. Se estiró y se rascó la cabeza.

—¿Qué ha sido?

—O un gato muy grande o un tigre muy pequeño —respondió Andrew.

—¿Dónde está Hermione?

—Supongo que comprando la lechuza—murmuró Harry.

Volvieron por la calle abarrotada de gente hasta la tienda de animales

mágicos. Llegaron cuando salía Hermione con joey y Ginny, pero no llevaba ninguna lechuza: llevaba firmemente sujeto el enorme gato de color canela.

—¿Has comprado ese monstruo? —preguntó Ron pasmado.

—Es precioso, ¿verdad? —preguntó Hermione, rebosante de alegría.

El pelaje canela del gato

era espeso, suave y esponjoso, pero el animal tenía las piernas combadas y

una cara de mal genio extrañamente aplastada, como si hubiera chocado de

cara contra un tabique. Sin embargo, en aquel momento en que Scabbersno

estaba a la vista, el gato ronroneaba suavemente, feliz en los brazos de

Hermione.

—¡Hermione, ese ser casi me deja sin pelo!

—No lo hizo a propósito, ¿verdad, Crookshanks? —dijo Hermione.

—¿Y qué pasa con Scabbers? —preguntó Ron, señalando el bolsillo que

tenía a la altura del pecho—. ¡Necesita descanso y tranquilidad! ¿Cómo va a

tenerlos con ese ser cerca?

—Eso me recuerda que te olvidaste el tónico para ratas —dijo Hermione,

entregándole a Ron la botellita roja—. Y deja de preocuparte. Crookshanks

dormirá en mi dormitorio y Scabbersen el tuyo, ¿qué problema hay? El pobre

Crookshanks... La bruja me dijo que llevaba una eternidad en la tienda. Nadie

lo quería.

—Me pregunto por qué —dijo Ron sarcásticamente, mientras emprendían

el camino del Caldero Chorreante. Encontraron al señor Weasley sentado en el

bar leyendo El Profeta.

—¡Harry! —dijo levantando la vista y sonriendo—, ¿cómo estás?

—Bien, gracias —dijo Harry en el momento en que él, Ron y Hermione

llegaban con todas sus compras.

El señor Weasley dejó el periódico, y Harry vio la fotografía ya familiar de

Sirius Black, mirándole.

—¿Todavía no lo han cogido? —preguntó.

—No —dijo el señor Weasley con el semblante preocupado—. En el

Ministerio nos han puesto a todos a trabajar en su busca, pero hasta ahora no

se ha conseguido nada.

—¿Tendríamos una recompensa si lo atrapáramos? —preguntó Ron—.

Estaría bien conseguir algo más de dinero...

—No seas absurdo, Ron —dijo el señor Weasley, que, visto más de cerca,

parecía muy tenso—. Un brujo de trece años no va a atrapar a Black. Lo

cogerán los guardianes de Azkaban. Ya lo verás.

—¿Dónde fueron todos?

—Percy vino a quejarse de Fred y George, asi que Molly fue a buscarlos, Eva y tu madre fueron a comprar un helado para tus hermanitos. James se fue al baño, Mark y Gia fueron a versi los encontraban para despedirse de Hermione. Supongo que si no se encontraron en el camino, regresaran enseguida para despedirse de ti—dijo mirando a Hermione.

—Eso creo.

La parte trasera de la heladería, tenia juegos para niños, eva— y Lily tomaban su helado mientras veían a los gemelos correteando de un lado a otro.

—¿no trató de ponerse en contacto con ustedes? —preguntó Evy.

—No, es lo que me parece extrañó, a esta altura ya debe saber que estamos con vida, si tan solo se pusiera en contacto con nosotros, podríamos ayudarlo de alguna manera. De verdad no entiendo que es lo que planea.

—Me da miedo lo que podría suceder si lo atrapan…

—James está buscando información, quiere saber todo sobre el caso, encontrar algún hueco, una pista..

—Peter debe seguir suelto…si pudiéramos encontrarlo, probaríamos su inocencia. —Canuto debe estar buscándolo, el quizás sabe algo...quizás es lo que lo animó a escapar, No entiendo porque no nos busca.

—¿arreglaste las cosas con Harry…?

—Yo no estoy enojada… me ofende que crea que el amor que le tenemos está condicionado.  Creo que no hemos hecho nada como para que tuviera un motivo para pensar asi.

—Creo que debes tener en cuenta, que él solo lleva con ustedes tres años, de los cuales pasó en hogwarts la mayor parte del tiempo…asi que no los conoce mucho, no pudo disfrutar mucho de ese amor…el creció viendo a los dursley, quizás ellos son asi…de quererse mientras hagan las cosas bien y llevarse a las patadas cuando las cosas están mal. Tiene trece…si creció viendo eso, es entendible que le cueste creer en la existencia de un amor incondicional.

—Eso es cierto— afirmo Lilian.

Llegando al final de la tarde, todos se rencontraron en el caldero chorreante.

Los Granger de despidieron de Hermione, que pasaría esa noche en casa de Harry y se iría con ellos a la estación King Cross.  Eva y Andrew fueron los segundos en retirarse, entonces los Potter, Hermione y los weasley dijeron hasta mañana y se marcharon cada grupo por su camino.

Cuando scabbers estuvo fuera de la vista, Hermione dejo salir a Crookshanks de la jaula, para enseñárselo a Lily que se mostró encantada.

—¡Hermione es bellísimo! —Dijo cargando al gato y acercándolo a los gemelos para que lo acariciaran—Tuvimos uno igual cuando Harry era bebe, huyo la noche en que voldemort fue a buscarnos al valle de Godric , siempre me pregunte que fue de el…se llamaba Sammy.

Hermione, fue todo el camino acariciando al gato, al llegar a casa de los Potter, cenaron y Harry y Hermione subieron al cuarto de este a ver películas. Cuando  Lily subió a darles la buenas noches, ambos se habían quedado dormidos, los cubrió con una manta fina, apagó el televisor y los dejó dormir.

A la mañana siguiente, fue a despertarlos, cuando Harry, Hermione y Jo despertaron, se encontraron con un desayuno especial, con todo lo que a ellos les gustaba comer.

Cerca de las 10:00, james cargo el equipaje en el auto y partieron todos a la estación.

Llegaron diez minutos antes de que el tren partiera.

El sr Potter estaba muy emocionado, su pequeña iría a Hogwarts, Abrazó a su hija sintiéndose temblar, La niña de papá ya no estaría con el para acompañarlo a al súper mercado los días sábados. Ahora pasaría todo el año en la escuela con su hermano, volvería cada verano totalmente diferente a los inicios de clases.

—Adiós Papá…No estés triste…aún están Christopher y Amanda. Te escribiré cada semana y nos veremos cuando haya partidos de quidditch.

—se buena chica…dijo besándole la frente. —Papá te ama.

—También te amo.

Joey abrazó a Lily.

—Adios mamá…te extrañaré.

—También te voy a extrañar mi amor—dijo abrazándola muy fuerte. No te preocupes por la selección, me sentiré orgullosa quedes donde quedes.

La casa en que te pongan, tendrá suerte de adquirirte.

—Gracias.

Mientras jo saludaba a los gemelos, Harry se despidió como en los últimos años de sus padres.

—No te metas en líos por favor —Pidió Lily besándolo—Te amo.

—Disfruta este año socio…—dijo james abrazándolo— cuida a mi princesa y buena suerte con las chicas…

Harry miro de reojo a Hermione, que estaba saludando a Lily y se sonrojó, se despidió rápidamente de los gemelos y cuando Hermione acabo de despedirse los tres subieron al tren.

Encontraron a ron y a Andrew en el tren y juntos buscaron un compartimento pero todos estaban llenos salvo uno que se encontraba justo al final.

En éste sólo había un ocupante: un hombre que estaba sentado al lado de

la ventana y profundamente dormido. Harry, Ron, Andrew y Hermione se detuvieron ante la puerta, Jo no entendía muy bien porque. El expreso de Hogwarts estaba reservado para estudiantes y nunca habían visto a un adulto en él, salvo la bruja que llevaba el carrito de la comida. El extraño llevaba una túnica de mago muy raída y remendada. Parecía enfermo y exhausto. Aunque joven, su pelo castaño claro estaba veteado de gris.

—¿Quién será? —susurró Ron en el momento en que se sentaban y

cerraban la puerta, eligiendo los asientos más alejados de la ventana.

—Es el profesor R. J. Lupin —susurró Hermione de inmediato.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo pone en su maleta —respondió Hermione señalando el portaequipajes que había encima del hombre dormido, donde había una maleta pequeña y vieja atada con una gran cantidad de nudos. El nombre, «Profesor R. J. Lupin», aparecía en una de las esquinas, en letras medio desprendidas.

—Me pregunto qué enseñará —dijo Ron frunciendo el entrecejo y mirando

el pálido perfil del profesor Lupin.

—Está claro —susurró Hermione—. Sólo hay una vacante, ¿no es así?

Defensa Contra las Artes Oscuras.

Harry, Ron y Hermione ya habían tenido dos profesores de Defensa Contra

las Artes Oscuras, que habían durado sólo un año cada uno. Se decía que el

puesto estaba gafado.

—Bueno, espero que no sea como los anteriores —dijo Ron no muy

convencido—. No parece capaz de sobrevivir a un maleficio hecho como Dios

manda. Pero bueno…

—¿Qué es ese ruido? —preguntó de repente Ron.

De algún lugar llegaba un leve silbido. Miraron por el compartimento.

—Viene de tu baúl, Harry —dijo Ron poniéndose en pie y alcanzando el

portaequipajes.

Un momento después, había sacado el chivatoscopio de bolsillo de entre la

túnica de Harry. Daba vueltas muy aprisa sobre la palma de la mano de Ron,

brillando muy intensamente.

—¿Eso es un chivatoscopio? —preguntó Hermione con interés,

levantándose para verlo mejor.

—Sí... Pero claro, es de los más baratos —dijo Ron—. Se puso como loco

cuando lo até a la pata de Errolpara enviárselo a Harry.

—¿No hacías nada malo en ese momento? —preguntó Hermione con

perspicacia.

—¡No! Bueno..., no debía utilizar a Errol. Ya sabes que no está preparado

para viajes largos... Pero ¿de qué otra manera hubiera podido hacerle llegar a

Harry el regalo?

—Vuélvelo a meter en el baúl —le aconsejó Harry, porque su silbido les

perforaba los oídos— o le despertará.

Señaló al profesor Lupin con la cabeza. Ron metió el chivatoscopio en un

calcetín especialmente horroroso de tío Vernon, que ahogó el silbido, y luego

cerró el baúl.

—Podríamos llevarlo a que lo revisen en Hogsmeade —dijo Ron, volviendo

a sentarse. Fred y George me han dicho que en Dervish y Banges, una tienda

de instrumentos mágicos, venden cosas de este tipo.

—¿Sabes más cosas de Hogsmeade? —dijo Hermione con entusiasmo—.

He leído que es la única población enteramente no muggle de Gran Bretaña...

—Sí, eso creo —respondió Ron de modo brusco—. Pero no es por eso por

lo que quiero ir. ¡Sólo quiero entrar en Honeydukes!

Hermione se volvió hacia Harry.

—¿No será estupendo salir del colegio para explorar Hogsmeade?

—Supongo que sí—respondió Harry apesadumbrado—. Ya me lo contaran

cuando lo hayan descubierto.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Ron.

—Yo no puedo ir. Mis Padres no firmaron la autorización. Es mi castigo…

Ron se quedó horrorizado.

—¿Que no puedes venir? Pero... hay que buscar la forma... McGonagall o

algún otro te dará permiso...

Harry se rió con sarcasmo. La profesora McGonagall, jefa de la casa

Gryffindor, era muy estricta.

—Podemos preguntar a Fred y a George. Ellos conocen todos los

pasadizos secretos para salir del castillo...

—¡Ron! —le interrumpió Hermione—. Creo que Harry no debería andar

saliendo del colegio a escondidas.

Mientras hablaba, Hermione enredaba las manos en la correa de la cesta

en que iba Crookshanks.

—¡No dejes suelta esa cosa! —exclamó Ron.

Pero ya era demasiado tarde. Crookshankssaltó con ligereza de la cesta,

se desperezó, bostezó y se subió de un brinco a las rodillas de Ron; el bulto del

bolsillo de Ron estaba temblando y él se quitó al gato de encima, dándole un

empujón irritado.

—¡Apártate de aquí!

—¡No, Ron! —exclamó Hermione con enfado.

Ron estaba a punto de responder cuando el profesor Lupin se movió. Lo

miraron con aprensión, pero él se limitó a volver la cabeza hacia el otro lado,

con la boca todavía ligeramente abierta, y siguió durmiendo.

El expreso de Hogwarts seguía hacia el norte, sin detenerse. Y el paisaje

que se veía por las ventanas se fue volviendo más agreste y oscuro mientras

aumentaban las nubes.

A través de la puerta del compartimento se veía pasar gente hacia uno y

otro lado. Crookshanksse había instalado en un asiento vacío, con su cara

aplastada vuelta hacia Ron, y tenía los ojos amarillentos fijos en su bolsillo

superior.

A la una en punto llegó la bruja regordeta que llevaba el carrito de la

comida.

—¿Crees que deberíamos despertarlo? —preguntó Ron, incómodo,

señalando al profesor Lupin con la cabeza—. Por su aspecto, creo que le

vendría bien tomar algo.

Hermione se aproximó cautelosamente al profesor Lupin.

—Eeh... ¿profesor? —dijo—. Disculpe... ¿profesor?

El dormido no se inmutó.

—No te preocupes, querida —dijo la bruja, entregándole a Harry unos

pasteles con forma de caldero—. Si se despierta con hambre, estaré en la

parte delantera, con el maquinista.

—Está dormido, ¿verdad? —dijo Ron en voz baja, cuando la bruja cerró la

puerta del compartimento—. Quiero decir que... no está muerto, claro.

—No, no: respira —susurró Hermione, cogiendo el pastel en forma de

caldero que le alargaba Harry

Tal vez no fuera un ameno compañero de viaje, pero la presencia del

profesor Lupin en el compartimento tenía su lado bueno. A media tarde, cuando

empezó a llover y la lluvia emborronaba las colinas, volvieron a oír a alguien

por el pasillo, y las tres personas a las que tenían menos aprecio aparecieron

en la puerta: Draco Malfoy y sus dos amigotes, Vincent Crabbe y Gregory

Goyle.

Draco Malfoy y Harry se habían convertido en enemigos desde que se

conocieron, en su primer viaje en tren a Hogwarts. Malfoy, que tenía una cara

pálida, puntiaguda y como de asco, pertenecía a la casa de Slytherin. Era

buscador en el equipo de quidditch de Slytherin, el mismo puesto que tenía

Harry en el de Gryffindor. Crabbe y Goyle parecían no tener otro objeto en la

vida que hacer lo que quisiera Malfoy. Los dos eran corpulentos y musculosos.

Crabbe era el más alto, y llevaba un corte de pelo de tazón y tenía el cuello

muy grueso. Goyle llevaba el pelo corto y erizado, y tenía brazos de gorila.

—Bueno, mirad quiénes están ahí —dijo Malfoy con su habitual manera de

hablar; arrastrando las palabras. Abrió la puerta del compartimento—. El

chalado y la rata.

Crabbe y Goyle se rieron como bobos.

—He oído que tu padre por fin ha tocado oro este verano —dijo Malfoy—. ¿No se habrá muerto tu madre del susto?

Ron se levantó tan aprisa que tiró al suelo el cesto de Crookshanks. El

profesor Lupin roncó.

—¿Quién es ése? —preguntó Malfoy, dando un paso atrás en cuanto se

percató de la presencia de Lupin.

—Un nuevo profesor —contestó Harry, que se había levantado también por si tenía que sujetar a Ron—. ¿Qué decías, Malfoy?

Malfoy entornó sus ojos claros. No era tan idiota como para pelearse

delante de un profesor.

—Vámonos —murmuró a Crabbe y Goyle, con rabia.

Y desaparecieron.

Harry y Ron volvieron a sentarse. Ron se frotaba los nudillos.

—No pienso aguantarle nada a Malfoy este curso —dijo enfadado—. Lo

digo en serio. Si hace otro comentario así sobre mi familia, le cogeré la cabeza

y...

Ron hizo un gesto violento.

—Cuidado, Ron —Andy, señalando al profesor Lupin—. Cuidado...

Pero el profesor Lupin seguía profundamente dormido.

La lluvia arreciaba a medida que el tren avanzaba hacia el norte; las

ventanillas eran ahora de un gris brillante que se oscurecía poco a poco, hasta

que encendieron las luces que había a lo largo del pasillo y en el techo de los

compartimentos. El tren traqueteaba, la lluvia golpeaba contra las ventanas, el

viento rugía, pero el profesor Lupin seguía durmiendo.

—Debemos de estar llegando —dijo Ron, inclinándose hacia delante para

mirar a través del reflejo del profesor Lupin por la ventanilla, ahora

completamente negra.

Acababa de decirlo cuando el tren empezó a reducir la velocidad.

—Estupendo —dijo Ron, levantándose y yendo con cuidado hacia el otro

lado del profesor Lupin, para ver algo fuera del tren—. Me muero de hambre.

Tengo unas ganas de que empiece el banquete...

—No podemos haber llegado aún —dijo Hermione mirando el reloj.

—Entonces, ¿por qué nos detenemos? —Preguntó Joey que no había dicho palabra en todo el viaje debido a los nervios.

El tren iba cada vez más despacio. A medida que el ruido de los pistones

se amortiguaba, el viento y la lluvia sonaban con más fuerza contra los

cristales.

Harry, que era el que estaba más cerca de la puerta, se levantó para mirar

por el pasillo. Por todo el vagón se asomaban cabezas curiosas. El tren se paró

con una sacudida, y distintos golpes testimoniaron que algunos baúles se

habían caído de los portaequipajes. A continuación, sin previo aviso, se

apagaron todas las luces y quedaron sumidos en una oscuridad total.

—¿Qué sucede? —dijo detrás de Harry la voz de Ron.

—¡Ay! —gritó Hermione—. ¡Me has pisado, Ron!

Harry volvió a tientas a su asiento.

—¿Habremos tenido una avería?

—No sé...

Se oyó el sonido que produce la mano frotando un cristal mojado, y Harry

vio la silueta negra y borrosa de Ron, que limpiaba el cristal y miraba fuera.

—Algo pasa ahí fuera —dijo Ron—. Creo que está subiendo gente...

La puerta del compartimento se abrió de repente y alguien cayó sobre las

piernas de Harry, haciéndole daño.

—¡Perdona! ¿Tienes alguna idea de lo que pasa? ¡Ay! Lo siento...

—Hola, Neville —dijo Harry, tanteando en la oscuridad, y tirando hacia

arriba de la capa de Neville.

—¿Harry? ¿Eres tú? ¿Qué sucede?

—¡No tengo ni idea! Siéntate...

Se oyó un bufido y un chillido de dolor. Neville había ido a sentarse sobre

Crookshanks.

—Voy a preguntarle al maquinista qué sucede. —Harry notó que pasaba

por su lado, oyó abrirse de nuevo la puerta, y después un golpe y dos fuertes

chillidos de dolor.

—¿Quién eres?

—¿Quién eres?

—¿Ginny?

—¿Hermione?

—¿Qué haces?

—Buscaba a Ron...

—Entra y siéntate...

—Aquí no —dijo Harry apresuradamente—. ¡Estoy yo!

—¡Ay! —exclamó Neville.

—¡Silencio! —dijo de repente una voz ronca

Por fin se había despertado el profesor Lupin. Harry oyó que algo se movía

en el rincón que él ocupaba. Nadie dijo nada.

Se oyó un chisporroteo y una luz parpadeante iluminó el compartimento. El

profesor Lupin parecía tener en la mano un puñado de llamas que le

iluminaban la cansada cara gris. Pero sus ojos se mostraban cautelosos.

—No os mováis —dijo con la misma voz ronca, y se puso de pie, despacio,

con el puñado de llamas enfrente de él. La puerta se abrió lentamente antes de

que Lupin pudiera alcanzarla.

De pie, en el umbral, iluminado por las llamas que tenía Lupin en la mano,

había una figura cubierta con capa y que llegaba hasta el techo. Tenía la cara

completamente oculta por una capucha. Harry miró hacia abajo y lo que vio le

hizo contraer el estómago. De la capa surgía una mano gris, viscosa y con

pústulas. Como algo que estuviera muerto y se hubiera corrompido bajo el

agua...

Sólo estuvo a la vista una fracción de segundo. Como si el ser que se

ocultaba bajo la capa hubiera notado la mirada de Harry, la mano se metió

entre los pliegues de la tela negra.

Y entonces aspiró larga, lenta, ruidosamente, como si quisiera succionar

algo más que aire.

Un frío intenso se extendió por encima de todos. Harry fue consciente del

aire que retenía en el pecho. El frío penetró más allá de su piel, le penetró en el

pecho, en el corazón...

Los ojos de Harry se quedaron en blanco. No podía ver nada. Se ahogaba

de frío. Oyó correr agua. Algo lo arrastraba hacia abajo y el rugido del agua se

hacía más fuerte...

Y entonces, a lo lejos, oyó unos aterrorizados gritos de súplica. Quería

ayudar a quien fuera. Intentó mover los brazos, pero no pudo. Una niebla

espesa y blanca lo rodeaba, y también estaba dentro de él...

—¡Harry! ¡Harry! ¿Estás bien? —La voz preocupada de su hermana se oia lejana.

Alguien le daba palmadas en la cara.

—¿Qué?

Harry abrió los ojos. Sobre él había algunas luces y el suelo temblaba... El

expreso de Hogwarts se ponía en marcha y la luz había vuelto. Por lo visto

había resbalado del asiento y caído al suelo. Su hermana y sus amigos estaban arrodillados a su lado, y por encima de ellos vio a Neville y al profesor Lupin, mirándolo.

Harry sentía ganas de vomitar. Al levantar la mano para subirse las gafas, notó

su cara cubierta por un sudor frío.

Ron y Hermione lo ayudaron a levantarse y a sentarse en el asiento.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Jo, asustada.

—Sí —dijo Harry, mirando rápidamente hacia la puerta. El ser

encapuchado había desaparecido—. ¿Qué ha sucedido? ¿Dónde está ese...ese ser? ¿Quién gritaba?

—No gritaba nadie —respondió Andy asustado.

Harry examinó el compartimento iluminado. Ginny y Neville lo miraron, muy

pálidos.

—Pero he oído gritos...

Todos se sobresaltaron al oír un chasquido. El profesor Lupin partía en

trozos una tableta de chocolate.

—Toma —le dijo a Harry, entregándole un trozo especialmente grande—.

Cómetelo. Te ayudará.

Harry cogió el chocolate, pero no se lo comió.

—¿Qué era ese ser? —le preguntó a Lupin.

—Un dementor—respondió Lupin, repartiendo el chocolate entre los

demás—. Era uno de los dementores de Azkaban.

Todos lo miraron. El profesor Lupin arrugó el envoltorio vacío de la tableta

de chocolate y se lo guardó en el bolsillo.

—Coman —insistió—. Les vendrá bien. Disculpenme, tengo que hablar

con el maquinista...

Pasó por delante de Harry y desapareció por el pasillo.

—¿Seguro que estás bien, Harry? —preguntó Hermione con preocupación,

mirando a Harry

—No entiendo... ¿Qué ha sucedido? —preguntó Harry, secándose el sudor

de la cara.

—Bueno, ese ser... el dementor... se quedó ahí mirándonos (es decir; creo

que nos miraba, porque no pude verle la cara), y tú, tú...

—Creí que te estaba dando un ataque o algo así —dijo Ron, que parecía

todavía asustado—. Te quedaste como rígido, te caíste del asiento y

empezaste a agitarte...

—Y entonces el profesor Lupin pasó por encima de ti, se dirigió al

dementor y sacó su varita —explicó Hermione—. Y dijo: «Ninguno de nosotros

esconde a Sirius Black bajo la capa. Vete.» Pero el dementor no se movió, así

que Lupin murmuró algo y de la varita salió una cosa plateada hacia el

dementor. Y éste dio media vuelta y se fue...

—Ha sido horrible —dijo Neville, en voz más alta de lo normal—. ¿Notaron el frío cuando entró?

—Yo tuve una sensación muy rara —respondió Andy, moviendo los

hombros con inquietud—, como si no pudiera ya volver a sentirme contento...

Joey, que estaba encogida en su rincón y parecía sentirse casi tan mal

como Harry, sollozó. Hermione se le acercó y le pasó un brazo por detrás, para

reconfortaría.

—Pero ¿no nadie se ha caído del asiento? —preguntó Harry, extrañado.

—No —respondió Ron, volviendo a mirar a Harry con preocupación—.

Ginny temblaba como loca, aunque...

Harry no conseguía entender. Estaba débil y tembloroso, como si se

estuviera recuperando de una mala gripe. También sentía un poco de

vergüenza. ¿Por qué había perdido el control de aquella manera, cuando los

otros no lo habían hecho?

El profesor Lupin regresó. Se detuvo al entrar; miró alrededor y dijo con una breve sonrisa:

—No he envenenado el chocolate, ¿saben?

Harry le dio un mordisquito y ante su sorpresa sintió que algo le calentaba

el cuerpo y que el calor se extendía hasta los dedos de las manos y de los pies.

—Llegaremos a Hogwarts en diez minutos —dijo el profesor Lupin—. ¿Te

encuentras bien, Harry?

Harry no preguntó cómo se había enterado el profesor Lupin de su nombre.

—Sí —dijo, un poco confuso.

No hablaron apenas durante el resto del viaje. Finalmente se detuvo el tren

en la estación de Hogsmeade, y se formó mucho barullo para salir del tren: las

lechuzas ululaban, los gatos maullaban y el sapo de Neville croaba debajo de

su sombrero. En el pequeño andén hacía un frío que pelaba; la lluvia era una

ducha de hielo.

—¡Por aquí los de primer curso! —gritaba una voz familiar. Harry, Ron y

Hermione se volvieron y vieron la silueta gigante de Hagrid en el otro extremo

del andén, indicando por señas a los nuevos estudiantes (que estaban algo

asustados) que se adelantaran para iniciar el tradicional recorrido por el lago.

—¿Están bien todos? —gritó Hagrid, por encima de la multitud.

Lo saludaron con la mano, pero no pudieron hablarle porque la multitud los

empujaba a lo largo del andén.

Harry  alcanzó a Joey corriendo.

—¡Jo!

—¿Olvide algo?

—Escucha…—Harry se acercó a su oído y susurró—El sombrero seleccionador toma en cuenta tus preferencias, el no te obligara a estar donde no te sientas cómoda…solo piensa en que casa quieres estar y el te colocará…sea cual sea…olvídate de mi, de papá o de mamá, la que tú quieras, no importa si no eliges Gryffindor.

—Es la que quiero… asi podre estar contigo.

—bien…díselo en tu mente, el lo tendrá en cuenta…¡ nos vemos en el banquete!

 Harry, Ron y Hermione siguieron al resto de los

alumnos y salieron a un camino embarrado y desigual, donde aguardaban al

resto de los alumnos al menos cien diligencias, todas tiradas (o eso suponía Harry) por caballos invisibles, porque cuando subieron a una y cerraron la

portezuela, se puso en marcha ella sola, dando botes.

La diligencia olía un poco a moho y a paja. Harry se sentía mejor después

de tomar el chocolate, pero aún estaba débil. Ron y Hermione lo miraban todo

el tiempo de reojo, como si tuvieran miedo de que perdiera de nuevo el

conocimiento.

Mientras el coche avanzaba lentamente hacia unas suntuosas verjas de

hierro flanqueadas por columnas de piedra coronadas por estatuillas de cerdos

alados, Harry vio a otros dos dementores encapuchados y descomunales, que

montaban guardia a cada lado. Estuvo a punto de darle otro frío vahído. Se

reclinó en el asiento lleno de bultos y cerró los ojos hasta que hubieron

atravesado la verja. El carruaje cogió velocidad por el largo y empinado camino

que llevaba al castillo; Hermione se asomaba por la ventanilla para ver

acercarse las pequeñas torres. Finalmente, el carruaje se detuvo y Hermione y

Ron bajaron.

Al bajar; Harry oyó una voz que arrastraba alegremente las sílabas:

—¿Te has desmayado, Potter? ¿Es verdad lo que dice Longbottom?

¿Realmente te desmayaste?

Malfoy le dio con el codo a Hermione al pasar por su lado, y salió al paso

de Harry, que subía al castillo por la escalinata de piedra. Sus ojos claros y su

cara alegre brillaban de malicia.

—¡Lárgate, Malfoy! —dijo Ron con las mandíbulas apretadas.

—¿Tú también te desmayaste, Weasley? —preguntó Malfoy, levantando la

voz—. ¿También te asustó a ti el viejo dementor; Weasley?

—¿Hay algún problema? —preguntó una voz amable. El profesor Lupin

acababa de bajarse de la diligencia que iba detrás de la de ellos.

Malfoy dirigió una mirada insolente al profesor Lupin, y vio los remiendos

de su ropa y su maleta desvencijada. Con cierto sarcasmo en la voz, dijo:

—Oh, no, eh... profesor...

Entonces dirigió a Crabbe y Goyle una sonrisita, y subieron los tres hacia el

castillo.

Hermione pinchaba a Ron en la espalda para que se diera prisa, y los tres

se unieron a la multitud apiñada en la parte superior; a través de las

gigantescas puertas de roble, y en el interior del vestíbulo, que estaba

iluminado con antorchas y acogía una magnífica escalera de mármol que conducía

a los pisos superiores.

A la derecha, abierta, estaba la puerta que daba al Gran Comedor. Harry

siguió a la multitud, pero apenas vislumbró el techo encantado, que aquella

noche estaba negro y nublado, cuando lo llamó una voz:

—¡Potter, Granger, quiero hablar con ustedes!

Harry y Hermione dieron media vuelta, sorprendidos. La profesora

McGonagall, que daba clase de Transformaciones y era la jefa de la casa de

Gryffindor; los llamaba por encima de las cabezas de la multitud. Tenía una

expresión severa y un moño en la nuca; sus penetrantes ojos se enmarcaban

en unas gafas cuadradas. Harry se abrió camino hasta ella con cierta dificultad

y un poco de miedo. Había algo en la profesora McGonagall que solía hacer

que Harry sintiera que había hecho algo malo.

—No necesitan  poner esa cara de asustados, sólo quiero hablar con

Los dos en mi despacho —les dijo—. Ve con los demás, Weasley.

Ron se les quedó mirando mientras la profesora McGonagall se alejaba

con Harry y Hermione de la bulliciosa multitud; la acompañaron a través del

vestíbulo, subieron la escalera de mármol y recorrieron un pasillo.

Ya en el despacho (una pequeña habitación que tenía una chimenea en la

que ardía un fuego abundante y acogedor), hizo una señal a Harry y a

Hermione para que se sentaran. También ella se sentó, detrás del escritorio, y

dijo de pronto:

—El profesor Lupin ha enviado una lechuza comunicando que te sentiste

indispuesto en el tren, Potter.

Antes de que Harry pudiera responder; se oyó llamar suavemente a la

puerta, y la señora Pomfrey, la enfermera, entró con paso raudo. Harry se

sonrojó. Ya resultaba bastante embarazoso haberse desmayado o lo que le

hubiera pasado, para que encima armaran aquel lío.

—Estoy bien —dijo—, no necesito nada...

—Ah, eres tú —dijo la señora Pomfrey, sin escuchar lo que decían e

inclinándose para mirarlo de cerca—. Supongo que has estado otra vez

metiéndote en algo peligroso.

—Ha sido un dementor; Poppy ——dijo la profesora McGonagall.

Cambiaron una mirada sombría y la señora Pomfrey chascó la lengua con

reprobación.

—Poner dementores en un colegio —murmuró echando para atrás la silla

de Harry y apoyando una mano en su frente—. No será el primero que se

desmaya. Sí, está empapado en sudor. Son seres terribles, y el efecto que

tienen en la gente que ya de por sí es delicada...

—¡Yo no soy delicado! —repuso Harry, ofendido.

—Por supuesto que no —admitió distraídamente la señora Pomfrey, tomándole el pulso.

—¿Qué le prescribe? —preguntó resueltamente la profesora McGonagall ¿Guardar cama? ¿Debería pasar esta noche en la enfermería?

—¡Estoy bien! —repuso Harry, poniéndose en pie de un brinco—Por favor…no puedo ir a la cama…tengo que estar en la selección acompañando a mi hermana.

—Bueno. Al menos tendría que tomar chocolate —dijo la señora Pomfrey,

que intentaba examinar los ojos de Harry.

—Ya he tomado un poco. El profesor Lupin me lo dio. Nos dio a todos.

—¿Sí? —dijo con aprobación la señora Pomfrey—. ¡Así que por fin tenemos un profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras que conoce los remedios!

—¿Estás seguro de que te sientes bien, Potter? —preguntó la profesora McGonagall.

—Sí —dijo Harry.

—Muy bien. Haz el favor de esperar fuera mientras hablo un momento con

la señorita Granger sobre su horario. Luego podremos bajar al banquete todos juntos.

Harry salió al corredor con la señora Pomfrey, que se marchó hacia la

enfermería murmurando algo para sí. Harry sólo tuvo que esperar unos

minutos. A continuación salió Hermione, radiante de felicidad, seguida por la

profesora McGonagall, y los tres bajaron las escaleras de mármol, hacia el

Gran Comedor.

Estaba lleno de capirotes negros. Las cuatro mesas largas estaban llenas

de estudiantes. Sus caras brillaban a la luz de miles de velas. El profesor

Flitwick, que era un brujo bajito y con el pelo blanco, salió con un viejo

sombrero y un taburete de tres patas.

Llegaron justo cuando el profesor Snape, que dirigía esta vez la ceremonia de selección llamaba a la hermana de Harry , solo quedaba ella y otra niña mas.

—Josephine Potter—La niña, camino muerta de nervios hacia el taburete.

Apenas el sombrero toco su cabeza gritó: ¡Gryffindor!

Joey corrió feliz hacia la mesa de su casa, donde se abrazó con su hermano.

—Bienvenida a Hogwarts y a Gryffindor hermana!

—¡casi nos perdemos tu selección! —le dijo Hermione abrazándola también para felicitarla.

El Profesor Dumbledore se puso de pie para hacer sus anuncios del año.

—¡Bienvenidos! —dijo Dumbledore, con la luz de la vela reflejándose en su

barba—. ¡Bienvenidos a un nuevo curso en Hogwarts! Tengo algunas cosas

que deciros a todos, y como una es muy seria, la explicaré antes de que

nuestro excelente banquete los deje aturdidos. —Dumbledore se aclaró la

garganta y continuó—: Como todos saben después del registro que ha tenido

lugar en el expreso de Hogwarts, tenemos actualmente en nuestro colegio a

algunos dementores de Azkaban, que están aquí por asuntos relacionados con

el Ministerio de Magia. —Se hizo una pausa y Harry recordó que el señor

Weasley había dicho sobre que a Dumbledore no lo le agradaba que los

dementores custodiaran el colegio—. Están apostados en las entradas a los

terrenos del colegio —continuó Dumbledore—, y tengo que dejar muy claro que

mientras estén aquí nadie saldrá del colegio sin permiso. A los dementores no

se les puede engañar con trucos o disfraces, ni siquiera con capas invisibles —

añadió como quien no quiere la cosa, y Harry y Ron se miraron—. No está en

la naturaleza de un dementor comprender ruegos o excusas. Por lo tanto, les

advierto a todos y cada uno de ustedes que no deben darles ningún motivo

para que les hagan daño. Confío en los prefectos y en los últimos ganadores de

los Premios Anuales para que se aseguren de que ningún alumno intenta

burlarse de los dementores.

Percy, que se sentaba a unos asientos de distancia de Harry, volvió a

sacar pecho y miró a su alrededor orgullosamente. Dumbledore hizo otra

pausa. Recorrió la sala con una mirada muy seria y nadie movió un dedo ni dijo

nada.

—Por hablar de algo más alegre —continuó—, este año estoy encantado

de dar la bienvenida a nuestro colegio a dos nuevos profesores. En primer

lugar, el profesor Lupin, que amablemente ha accedido a enseñar Defensa

Contra las Artes Oscuras.

Hubo algún aplauso aislado y carente de entusiasmo. Sólo los que habían

estado con él en el tren aplaudieron con ganas, Harry entre ellos. El profesor

Lupin parecía un adán en medio de los demás profesores, que iban vestidos

con sus mejores togas.

—¡Mira a Snape! —le susurró Ron a Harry en el oído.

El profesor Snape, el especialista en Pociones, miraba al profesor Lupin

desde el otro lado de la mesa de los profesores. Era sabido que Snape

anhelaba aquel puesto, pero incluso a Harry, que aborrecía a Snape, le

asombraba la expresión que tenía en aquel momento, crispando su rostro

delgado y cetrino. Era más que enfado: era odio. Harry conocía muy bien

aquella expresión: era la que Snape adoptaba cada vez que lo veía a él.

—En cuanto al otro último nombramiento —prosiguió Dumbledore cuando

se apagó el tibio aplauso para el profesor Lupin—, siento decirles que el

profesor Kettleburn, nuestro profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas, se

retiró al final del pasado curso para poder aprovechar en la intimidad los

miembros que le quedan. Sin embargo, estoy encantado de anunciar que su

lugar lo ocupará nada menos que Rubeus Hagrid, que ha accedido a

compaginar estas clases con sus obligaciones de guardabosques.

Harry, Ron y Hermione se miraron atónitos. Luego se unieron al aplauso,

que fue especialmente caluroso en la mesa de Gryffindor. Harry se inclinó para

ver a Hagrid, que estaba rojo como un tomate y se miraba las enormes manos,

con la amplia sonrisa oculta por la barba negra.

—¡Tendríamos que haberlo adivinado! —dijo Ron, dando un puñetazo en

la mesa—. ¿Qué otro habría sido capaz de mandarnos que compráramos un

libro que muerde?

Harry, Ron y Hermione fueron los últimos en dejar de aplaudir; y cuando el

profesor Dumbledore volvió a hablar, pudieron ver que Hagrid se secaba los

ojos con el mantel.

—Bien, creo que ya he dicho todo lo importante —dijo Dumbledore—. ¡Que

comience el banquete!

Las fuentes doradas y las copas que tenían delante se llenaron de pronto

de comida y bebida. Harry, que de repente se dio cuenta de que tenía un

hambre atroz, se sirvió de todo lo que estaba a su alcance, y empezó a comer.

Fue un banquete delicioso. El Gran Comedor se llenó de conversaciones,

de risas y del tintineo de los cuchillos y tenedores. Harry, Ron, Andrew y Hermione, sin embargo, tenían ganas de que terminara para hablar con Hagrid. Sabían

cuánto significaba para él ser profesor. Hagrid no era un mago totalmente

cualificado; había sido expulsado de Hogwarts en tercer curso por un delito que

no había cometido. Fueron los cuatro los que durante el curso

anterior; habían limpiado el nombre de Hagrid.

Finalmente, cuando los últimos bocados de tarta de calabaza

desaparecieron de las bandejas doradas, Dumbledore anunció que era hora de

que todos se fueran a dormir y ellos vieron llegado su momento.

—¡Enhorabuena, Hagrid! —gritó Hermione muy alegre, cuando llegaron a

la mesa de los profesores.

—Todo ha sido gracias a ustedes cuatro —dijo Hagrid mientras los miraba,

secando su cara brillante en la servilleta—. No puedo creerlo... Un gran tipo,

Dumbledore... Vino derecho a mi cabaña después de que el profesor Kettleburn

dijera que ya no podía más. Es lo que siempre había querido.

Embargado de emoción, ocultó la cara en la servilleta y la profesora

McGonagall les hizo irse.

Harry, Ron y Hermione se reunieron con los demás estudiantes de la casa

Gryffindor que subían en tropel la escalera de mármol y, ya muy cansados,

siguieron por más corredores y subieron más escaleras, hasta que llegaron a la

entrada secreta de la torre de Gryffindor. Los interrogó un retrato grande de

señora gorda, vestida de rosa:

—¿Contraseña?

—¡Dejenme pasar; dejanme pasar! —gritaba Percy desde detrás de la

multitud—. ¡La última contraseña es «Fortuna Maior»!

—¡Oh, no! —dijo con tristeza Neville Longbottom. Siempre tenía problemas

para recordar las contraseñas.

Después de cruzar el retrato y recorrer la sala común, chicos y chicas se

separaron hacia las respectivas escaleras. Harry subió la escalera de caracol

sin otro pensamiento que la alegría de estar otra vez en Hogwarts. Llegaron al

conocido dormitorio de forma circular; con sus cinco camas con dosel, estaba agotado, se dejo caer aun vestido en la cama, se quedó profundamente dormido.