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Historia 190400 — capítulo 39
Después de alejarse varias calles, se dejó caer sobre un muro bajo de la calle
Magnolia, jadeando a causa del esfuerzo. Se quedó sentado, inmóvil, todavía
furioso, escuchando los latidos acelerados del corazón. Pero después de estar
diez minutos solo en la oscura calle, le sobrecogió una nueva emoción: el
pánico. De cualquier manera que lo mirara, nunca se había encontrado en peor
apuro. El número de teléfono de su casa, se había escapado de su mente por culpa de la tensión del momento, también el del hospital en el que su madre estaba de guardia y ya no le quedaba dinero muggle para tomar un taxi. Dudley había entrado al cuarto dos días antes y lo sorprendió sacando un poco del escondite que su madre le enseñó, su primo le quitó el resto. Pensándolo con cuidado, de nada le habría servido saberse el numero si no tenía ni para pagar un teléfono público. No contaba más que con un poco de dinero mágico que de nada le servía en esa situación. Lo peor de todo era que acababa de utilizar la magia de forma seria, lo que implicaba, con toda seguridad, que sería expulsado de Hogwarts. Había infringido tan gravemente el Decreto para la moderada limitación de la brujería en menores de edad, estaba sorprendido de que los representantes del Ministerio de Magia no se hubieran presentado ya para llevárselo.
Le dio un escalofrío. Miró a ambos lados de la calle Magnolia. ¿Qué le sucedería? ¿Lo detendrían o lo expulsarían del mundo mágico?
Harry pensó en la decepción que sus padres se llevarían, en que ya no estaría con sus amigos, en que Joey entraría a hogwarts y no podría estar para protegerlas a ella y a Hermione de malfoy. Confiaba que los weasley lo harían por él.
Una oscura idea invadió a Harry, no volvería a casa, no iría allí a ser una vergüenza para sus padres, que eran tan destacados en el mundo Mágico, quizás ya ni siquiera lo querrían allí, no los pondría en el compromiso de tener que recibirlo. Iría a Londres, retiraría algo de dinero del banco y comenzaría su vida marginal. Podría tratar de comprar y vender cosas para sobrevivir y con el tiempo, cuando lograra conseguir un trabajo, devolvería ese dinero a su familia. Con suerte podría vivir prófugo o irse antes de que rompan su vara….quizás podría aprender solo consiguiendo los libros.
Miró la varita mágica, que todavía tenía en la mano. Si ya lo habían
expulsado (el corazón le latía con dolorosa rapidez), un poco más de magia no
empeoraría las cosas. Tenía la capa invisible que había heredado de su padre. Podría hacer un hechizo para volver el baúl ligero como pluma, atarlo a la escoba, cubrirse con la capa y llegar a Londres volando. Suerte que pudo llevar esas cosas a casa de sus tíos, para adelantar los deberes. Si no, no podría ni contar con su escoba.
Harry volvió a abrir el baúl y lo fue vaciando en busca de la capa para hacerse invisible. Pero antes de que la encontrara se incorporó y volvió a mirar a su alrededor.
Un extraño cosquilleo en la nuca le provocaba la sensación de que lo
estaban vigilando, pero la calle parecía desierta y no brillaba luz en ninguna
casa.
Volvió a inclinarse sobre el baúl y casi inmediatamente se incorporó de
nuevo, todavía con la varita en la mano. Más que oírlo, lo intuyó: había alguien
detrás de él, en el estrecho hueco que se abría entre el garaje y la valla. Harry
entornó los ojos mientras miraba el oscuro callejón. Si se moviera, sabría si se
trataba de un simple gato callejero o de otra cosa.
—¡Lumos!—susurró Harry. Una luz apareció en el extremo de la varita,
casi deslumbrándole. La mantuvo en alto, por encima de la cabeza, y las
paredes del nº 2, recubiertas de guijarros, brillaron de repente. La puerta del
garaje se iluminó y Harry vio allí, nítidamente, la silueta descomunal de algo
que tenía ojos grandes y brillantes.
Se echó hacia atrás. Tropezó con el baúl. Alargó el brazo para impedir la
caída, la varita salió despedida de la mano y él aterrizó junto al bordillo de la
acera.
Sonó un estruendo y Harry se tapó los ojos con las manos, para
protegerlos de una repentina luz cegadora...
Dando un grito, se apartó rodando de la calzada justo a tiempo. Un
segundo más tarde, un vehículo de ruedas enormes y grandes faros delanteros
frenó con un chirrido exactamente en el lugar en que había caído Harry Era un
autobús de dos plantas, pintado de rojo vivo, que había salido de la nada. En el
parabrisas llevaba la siguiente inscripción con letras doradas: AUTOBÚS
NOCTÁMBULO Durante una fracción de segundo, Harry pensó si no lo habría
aturdido la caída. El cobrador, de uniforme rojo salto del autobús y dijo en voz
alta sin mirar a nadie:
—Bienvenido al autobús noctámbulo, transporte de emergencia para el
brujo abandonado a su suerte. Alargue la varita, suba a bordo y lo llevaremos a
donde quiera. Me llamo Stan Shunpike. Estaré a su disposición esta no...
El cobrador se interrumpió. Acababa de ver a Harry que seguía sentado en
el suelo. Harry cogió de nuevo la varita y se levantó de un brinco. Al verlo de
cerca, se dio cuenta de que Stan Shunpike era tan sólo unos años mayor que
él: no tendría más de dieciocho o diecinueve. Tenía las orejas grandes y
salidas, y un montón de granos.
—¿Qué hacías ahí? —dijo Stan, abandonando los buenos modales.
—Me caí —contestó Harry.
—¿Para qué? —preguntó Stan— con risa burlona.
—No me caí a propósito —contestó Harry enfadado. Se había hecho un agujero en la rodillera de los vaqueros y le sangraba la mano con que había amortiguado la caída. De pronto recordó por qué se había caído y se volvió para mirar en el callejón, entre el garaje y la valla. Los faros delanteros del autobús noctámbulo lo iluminaban y era evidente que estaba vacío.
—¿Qué miras? —preguntó Stan.
—Había algo grande y negro —explicó Harry, señalando dubitativo—.
Como un perro enorme...
Se volvió hacia Stan, que tenía la boca ligeramente abierta. No le hizo
gracia que se fijara en la cicatriz de su frente.
—¿Qué es lo que tienes en la frente? —preguntó Stan.
—Nada —contestó Harry, tapándose la cicatriz con el pelo. Si el Ministerio
de Magia lo buscaba, no quería ponerles las cosas demasiado fáciles.
—¿Cómo te llamas? —insistió Stan.
—Neville Longbottom —respondió Harry, dando el primer nombre que le
vino a la cabeza—. Así que... así que este autobús... —dijo con rapidez,
esperando desviar la atención de Stan—. ¿Has dicho que va a donde yo
quiera?
—Sí —dijo Stan con orgullo—. A donde quieras, siempre y cuando haya un
camino por tierra. No podemos ir por debajo del agua. Nos has dado el alto,
¿verdad? —dijo, volviendo a ponerse suspicaz—. Sacaste la varita y...
¿verdad?
—Sí —respondió Harry con prontitud—. Escucha, ¿cuánto costaría ir a
Londres?
—Once sickles—dijo Stan—. Pero por trece te damos además una taza de
chocolate y por quince una bolsa de agua caliente y un cepillo de dientes del
color que elijas.
Harry rebuscó otra vez en el baúl, sacó el monedero y entregó a Stan unas
monedas de plata. Entre los dos cogieron el baúl, con la jaula de Hedwig
encima, y lo subieron al autobús.
No había asientos; en su lugar al lado de las ventanas con cortinas, había
media docena de camas de hierro. A los lados de cada una había velas
encendidas que iluminaban las paredes revestidas de madera.
Un brujo pequeño con gorro de dormir murmuró en la parte trasera:
—Ahora no, gracias: estoy escabechando babosas. —Y se dio la vuelta,
sin dejar de dormir.
—La tuya es ésta —susurró Stan, metiendo el baúl de Harry bajo la cama que había detrás del conductor; que estaba sentado ante el volante—. Éste es nuestro conductor; Ernie Prang. Éste es Neville Longbottom, Ernie.
Ernie Prang, un brujo anciano que llevaba unas gafas muy gruesas, le hizo
un ademán con la cabeza. Harry volvió a taparse la cicatriz con el flequillo y se
sentó en la cama.
—Vámonos, Ernie —dijo Stan, sentándose en su asiento, al lado del
conductor.
Se oyó otro estruendo y al momento Harry se encontró estirado en la
cama, impelido hacia atrás por la aceleración del autobús noctámbulo. Al
incorporarse miró por la ventana y vio, en medio de la oscuridad, que pasaban
a velocidad tremenda por una calle irreconocible. Stan observaba con gozo la
cara de sorpresa de Harry.
—Aquí estábamos antes de que nos dieras el alto —explicó—. ¿Dónde
estamos, Ernie? ¿En Gales?
—Sí —respondió Ernie.
—¿Cómo es que los muggles no oyen el autobús? —preguntó Harry.
—¿Ésos? —respondió Stan con desdén—. No saben escuchar; ¿a que
no? Tampoco saben mirar. Nunca ven nada.
—Vete a despertar a la señora Marsh —ordenó Ernie a Stan—.
Llegaremos a Abergavenny en un minuto.
Stan pasó al lado de la cama de Harry y subió por una escalera estrecha
de madera. Harry seguía mirando por la ventana, cada vez más nervioso. Ernie
no parecía dominar el volante. El autobús noctámbulo invadía continuamente la
acera, pero no chocaba contra nada. Cuando se aproximaba a ellos, los
buzones, las farolas y las papeleras se apartaban y volvían a su sitio en cuanto
pasaba.
Stan reapareció, seguido por una bruja ligeramente verde arropada en una
capa de viaje.
—Hemos llegado, señora Marsh —dijo Stan con alegría, al mismo tiempo
que Ernie pisaba a fondo el freno, haciendo que las camas se deslizaran medio
metro hacia delante. La señora Marsh se tapó la boca con un pañuelo y se bajó
del autobús tambaleándose. Stan le arrojó el equipaje y cerró las portezuelas
con fuerza. Hubo otro estruendo y volvieron a encontrarse viajando a la
velocidad del rayo, por un camino rural, entre árboles que se apartaban.
Harry no habría podido dormir aunque viajara en un autobús que no hiciera
aquellos ruidos ni fuera a tal velocidad. Se le revolvía el estómago al pensar en
lo que podía ocurrirle, y en si los Dursley habrían conseguido bajar del techo a
tía Marge.
Stan había abierto un ejemplar de El Profetay lo leía con la lengua entre los dientes. En la primera página, una gran fotografía de un hombre con rostro
triste y pelo largo y enmarañado le guiñaba a Harry un ojo, lentamente. A Harry
le resultaba extrañamente familiar.
—¡Ese hombre! —dijo Harry, olvidando por unos momentos sus
problemas—. ¡Salió en el telediario de los muggles!
Stan volvió a la primera página y rió entre dientes.
—Es Sirius Black —asintió—. Por supuesto que ha salido en el telediario
muggle, Neville. ¿Dónde has estado este tiempo?
Volvió a sonreír con aire de superioridad al ver la perplejidad de Harry.
Desprendió la primera página del diario y se la entregó a Harry.
—Deberías leer más el periódico, Neville.
Harry acercó la página a la vela y leyó:
BLACK SIGUE SUELTO
El Ministerio de Magia confirmó ayer que Sirius Black, tal vez el más
malvado recluso que haya albergado la fortaleza de Azkaban, aún no
ha sido capturado.
«Estamos haciendo todo lo que está en nuestra mano para volver
a apresarlo, y rogamos a la comunidad mágica que mantenga la
calma», ha declarado esta misma mañana el ministro de Magia Cornelius
Fudge. Fudge ha sido criticado por miembros de la Federación
Internacional de Brujos por haber informado del problema al Primer
Ministro muggle. «No he tenido más remedio que hacerlo», ha
replicado Fudge, visiblemente enojado. «Black está loco, y supone un
serio peligro para cualquiera que se tropiece con él, ya sea mago o
muggle. He obtenido del Primer Ministro la promesa de que no
revelará a nadie la verdadera identidad de Black. Y seamos realistas,
¿quién lo creería si lo hiciera?»
Mientras que a los muggles se les ha dicho que Black va armado
con un revólver (una especie de varita de metal que los muggles
utilizan para matarse entre ellos), la comunidad mágica vive con miedo
de que se repita la matanza que se produjo hace doce años, cuando
Black mató a trece personas con un solo hechizo*.*
Harry observó los ojos ensombrecidos de Black, la única parte de su cara demacrada que parecía poseer algo de vida. Harry no había visto nunca a un
vampiro, pero había visto fotos en sus clases de Defensa Contra las Artes
Oscuras, y Black, con su piel blanca como la cera, parecía uno.
—Da miedo mirarlo, ¿verdad? —dijo Stan, que mientras leía el artículo se
había estado fijando en Harry.
—¿Mató a trece personas —preguntó Harry, devolviéndole a Stan la
página— con un hechizo?
—Sí —respondió Stan—. Delante de testigos y a plena luz del día. Causó
conmoción, ¿no es verdad, Ernie?
—Sí —confirmó Ernie sombríamente.
Para ver mejor a Harry, Stan se volvió en el asiento, con las manos en el
respaldo.
—Black era un gran partidario de Quien Tú Sabes —dijo.
—¿Quién? ¿Voldemort? —dijo Harry sin pensar.
Stan palideció hasta los granos. Ernie dio un giro tan brusco con el volante
que tuvo que quitarse del camino una granja entera para esquivar el autobús.
—¿Te has vuelto loco? —gritó Stan—. ¿Por qué has mencionado su
nombre?
—Lo siento —dijo Harry con prontitud—. Lo siento, se... se me olvidó.
—¡Que se te olvidó! —exclamó Stan con voz exánime—. ¡Caramba, el
corazón me late a cien por hora!
—Entonces... entonces, ¿Black era seguidor de Quien Tú Sabes? —soltó
Harry como disculpa.
—Sí —confirmó Stan, frotándose todavía el pecho—. Sí, exactamente. Muy
próximo a Quien Tú Sabes, según dicen... De cualquier manera, cuando el
pequeño Harry Potter acabó con Quien Tú Sabes (Harry volvió a aplastarse el
pelo contra la cicatriz), todos los seguidores de Quien Tú Sabes fueron
descubiertos, ¿verdad, Ernie? Casi todos sabían que la historia había
terminado una vez vencido Quien Tú Sabes, y se volvieron muy prudentes.
Pero no Sirius Black. Según he oído, pensaba ser el lugarteniente de Quien Tú
Sabes cuando llegara al poder. El caso es que arrinconaron a Black en una
calle llena de muggles, Black sacó la varita y de esa manera hizo saltar por los
aires la mitad de la calle. Pilló a un mago y a doce muggles que pasaban por
allí. Horrible, ¿no? ¿Y sabes lo que hizo Black entonces? —prosiguió Stan con
un susurro teatral.
—¿Qué? —preguntó Harry
—Reírse —explicó Stan—. Se quedó allí riéndose. Y cuando llegaron los
refuerzos del Ministerio de Magia, dejó que se lo llevaran como si tal cosa, sin
parar de reír a mandíbula batiente. Porque está loco, ¿verdad, Ernie? ¿Verdad
que está loco?
—Si no lo estaba cuando lo llevaron a Azkaban, lo estará ahora —dijo
Ernie con voz pausada—. Yo me maldeciría a mí mismo si tuviera que pisar
ese lugar, pero después de lo que hizo le estuvo bien empleado.
—Les dio mucho trabajo encubrirlo todo, ¿verdad, Ernie? —dijo Stan—.
Toda la calle destruida y todos aquellos muggles muertos. ¿Cuál fue la versión
oficial, Ernie?
—Una explosión de gas —gruñó Ernie.
—Y ahora está libre —dijo Stan volviendo a examinar la cara demacrada
de Black, en la fotografía del periódico—. Es la primera vez que alguien se fuga
de Azkaban, ¿verdad, Ernie? No entiendo cómo lo ha hecho. Da miedo, ¿no?
No creo que los guardias de Azkaban se lo pusieran fácil, ¿verdad, Ernie?
Ernie se estremeció de repente.
—Sé buen chico y cambia de conversación. Los guardias de Azkaban me
ponen los pelos de punta.
Stan retiró el periódico a regañadientes, y Harry se reclinó contra la
ventana del autobús noctámbulo, sintiéndose peor que nunca. No podía dejar
de imaginarse lo que Stan contaría a los pasajeros noches más tarde: «¿Has
oído lo de ese Harry Potter? Hinchó a su tía como si fuera un globo. Lo tuvimos
aquí, en el autobús noctámbulo, ¿verdad, Ernie? Trataba de huir...»
Harry había infringido las leyes mágicas, exactamente igual que Sirius
Black. ¿Inflar a tía Marge sería considerado lo bastante grave para ir a
Azkaban? Harry no sabía nada acerca de la prisión de los magos, aunque
todos a cuantos había oído hablar sobre ella empleaban el mismo tono
aterrador. Hagrid, el guardabosques de Hogwarts, había pasado allí dos meses
el curso anterior. Tardaría en olvidar la expresión de terror que puso cuando le
dijeron adónde lo llevaban, y Hagrid era una de las personas más valientes que
conocía.
El autobús noctámbulo circulaba en la oscuridad echando a un lado los
arbustos, las balizas, las cabinas de teléfono, los árboles, mientras Harry
permanecía acostado en el colchón de plumas, deprimido. Después de un rato,
Stan recordó que Harry había pagado una taza de chocolate caliente, pero lo
derramó todo sobre la almohada de Harry con el brusco movimiento del
autobús entre Anglesea y Aberdeen. Brujos y brujas en camisón y zapatillas
descendieron uno por uno del piso superior; para abandonar el autobús. Todos
parecían encantados de bajarse.
Al final sólo quedó Harry.
—Bien, Neville —dijo Stan, dando palmadas—, ¿a que parte de Londres?
—Al callejón Diagon —respondió Harry.
—De acuerdo —dijo Stan—, agárrate fuerte...
Circularon por Charing Cross como un rayo. Harry se incorporó en la cama,
y vio edificios y bancos apretujándose para evitar al autobús. El cielo aclaraba.
Reposaría un par de horas, llegaría a Gringotts a la hora de abrir y se iría, no
sabía dónde.
Ernie pisó el freno, y el autobús noctámbulo derrapó hasta detenerse
delante de una taberna vieja y algo sucia, el Caldero Chorreante, tras la cual
estaba la entrada mágica al callejón Diagon.
—Gracias —le dijo a Ernie. Bajó de un salto y con la ayuda de Stan dejó en
la acera el baúl —. Bueno —dijo Harry—, entonces, ¡adiós!
Pero Stan no le prestaba atención. Todavía en la puerta del autobús,
Miraba con los ojos abiertos de par en par la entrada enigmática del Caldero
Chorreante.
—Conque estás aquí, Harry —dijo una voz.
Antes de que Harry se pudiera dar la vuelta, notó una mano en el hombro.
Al mismo tiempo, Stan gritó:
—¡Caray! ¡Ernie, ven aquí! ¡Ven aquí!
Harry miró hacia arriba para ver quién le había puesto la mano en el
hombro y sintió como si le echaran un caldero de agua helada en el estómago.
Estaba delante del mismísimo Cornelius Fudge, el ministro de Magia.
Stan saltó a la acera, tras ellos.
—¿Cómo ha llamado a Neville, señor ministro? —dijo nervioso.
Fudge, un hombre pequeño y corpulento vestido con una capa larga de
rayas, parecía distante y cansado.
—¿Neville? —repitió frunciendo el entrecejo—. Es Harry Potter.
—¡Lo sabía! —gritó Stan con alegría—. ¡Ernie! ¡Ernie! ¡Adivina quién es
Neville! ¡Es Harry Potter! ¡Veo su cicatriz!
—Sí —dijo Fudge irritado—. Bien, estoy muy orgulloso de que el autobús
noctámbulo haya transportado a Harry Potter; pero ahora él y yo tenemos que
entrar en el Caldero Chorreante...
Fudge apretó más fuerte el hombro de Harry, y Harry se vio conducido al
interior de la taberna. Una figura encorvada, que portaba un farol, apareció por
la puerta de detrás de la barra. Era Tom, el dueño desdentado y lleno de arrugas.
El chico miraba hacia todos lados, buscando un posible hueco por el que huir en caso de necesitarlo.
—¡Lo ha atrapado, señor ministro! —dijo Tom—. ¿Querrá tomar algo?
¿Cerveza? ¿Brandy?
—Tal vez un té —contestó Fudge, que aún no había soltado a Harry.
Detrás de ellos se oyó un ruido de arrastre y un jadeo, y aparecieron Stan y
Ernie acarreando el baúl de Harry y la jaula de Hedwig, y mirando emocionados
a su alrededor.
—¿Por qué no nos has dicho quién eras, Neville? —le preguntó Stan
sonriendo, mientras Ernie, con su cara de búho, miraba por encima del hombro
de Stan con mucho interés.
—Y un salón privado, Tom, por favor —pidió Fudge lanzándoles una clara
indirecta.
—Adiós —dijo Harry con tristeza a Stan y Ernie, mientras Tom indicaba a
Fudge un pasadizo que salía del bar.
—¡Adiós, Neville! —dijo Stan.
Fudge llevó a Harry por el estrecho pasadizo, tras el farol de Tom, hasta
que llegaron a una pequeña estancia. Tom chascó los dedos, y se encendió un
fuego en la chimenea. Tras hacer una reverencia, se fue.
—Siéntate, Harry —dijo Fudge, señalando una silla que había al lado del
fuego.
Harry se sentó. Se le había puesto carne de gallina en los brazos, a pesar
del fuego. Fudge se quitó la capa de rayas y la dejó a un lado. Luego se subió
un poco los pantalones del traje verde botella y se sentó enfrente de Harry.
—Soy Cornelius Fudge, ministro de Magia.
Por supuesto, Harry ya lo sabía. Había visto a Fudge en una ocasión
anterior, pero como entonces llevaba la capa invisible que le había dejado su
padre en herencia, Fudge no podía saberlo.
Tom, el propietario, volvió con un delantal puesto sobre el camisón y
llevando una bandeja con té y bollos. Colocó la bandeja sobre la mesa que
había entre Fudge y Harry, y salió de la estancia cerrando la puerta tras de sí.
—Bueno, Harry —dijo Fudge, sirviendo el té—, no me importa confesarte
que nos has traído a todos de cabeza. ¡Huir de esa manera de casa de tus tíos!
Había empezado a pensar... Pero estás a salvo y eso es lo importante.
Cornelius, se sirvió un bollo y le acercó el plato a Harry.
—Sírvete muchacho, pareces hambriento y cansado. Creo que debo ponerte al corriente de la situación. El ministerio, envió a dos funcionarios a casa de tus tíos, lograron bajar a la Srta. Dursley y modificaron su memoria. No recordará lo sucedido. Asi concluye este asunto y no hay que lamentar daños. Tus padres, están Buscándote, asi que todo lo que queda por hacer, es avisar a tus padres que estas bien, asi vengan por ti.
—Un momento —interrumpió Harry—. ¿Y mi castigo?
Fudge parpadeó.
—¿Castigo?
—¡He infringido la ley! ¡El Decreto para la moderada limitación de la brujería en menores de edad!
—¡No te vamos a castigar por una tontería como ésa! —gritó Fudge,
agitando con impaciencia la mano que sostenía el bollo—. ¡Fue un accidente!
¡No se envía a nadie a Azkaban sólo por inflar a su tía!
Pero aquello no cuadraba del todo con el trato que el Ministerio de Magia
había dispensado a Harry anteriormente.
—¡El año pasado me enviaron una amonestación oficial sólo porque un
elfo doméstico tiró un pastel en la casa de mi tío! —exclamó Harry arrugando el
entrecejo—. ¡El Ministerio de Magia me comunicó que me expulsarían de
Hogwarts si volvía a utilizarse magia en aquella casa!
Si a Harry no le engañaban los ojos, Fudge parecía embarazado.
—Las circunstancias cambian, Harry... Tenemos que tener en cuenta... Tal
como están las cosas actualmente... No querrás que te expulsemos, ¿verdad?
—Por supuesto que no —dijo Harry.
—Bueno, entonces, ¿por qué protestas? —dijo Fudge riéndose, sin darle
importancia—. Ahora cómete un bollo, Harry, mientras voy a ver si Tom tiene
una lechuza libre para avisar a tus padres.
Fudge salió de la estancia con paso firme, y Harry lo siguió con la mirada.
Estaba sucediendo algo muy raro. ¿Por qué lo había esperado Fudge en el
Caldero Chorreante si no era para castigarlo por lo que había hecho? Y pensando
en ello, seguro que no era normal que el mismísimo ministro de Magia
se encargara de problemas como la utilización de la magia por menores de
edad.
Fudge regresó acompañado por Tom, el tabernero.
—La habitación 11 está libre, Harry y a tu disposicion —le comunicó Fudge—. Creo que te
encontrarás muy cómodo y podras descansar hasta que lleguen tus padres. Sólo una petición (y estoy seguro de que lo entenderás): no quiero que vayas al Londres muggle, ¿de acuerdo? No salgas del callejón Diagon. Quedate aquí hasta que tu familia llegue.
Supongo que lo entiendes. Tom te vigilará en mi nombre.
—De acuerdo —respondió Harry—. Pero ¿por qué...?
—No queremos que te vuelvas a perder —explicó Fudge, riéndose con
ganas—. No, no... mejor saber dónde estás... Lo que quiero decir...
Fudge se aclaró ruidosamente la garganta y recogió su capa.
—Me voy. Ya sabes, tengo mucho que hacer.
—¿Han atrapado a Black? —preguntó Harry.
Los dedos de Fudge resbalaron por los broches de plata de la capa.
—¿Qué? ¿Has oído algo? Bueno, no. Aún no, pero es cuestión de tiempo.
Los guardias de Azkaban no han fallado nunca, hasta ahora... Y están más
irritados que nunca. —Fudge se estremeció ligeramente—. Bueno, adiós.
Alargó la mano y Harry la estrechó y el hombre se fue.
—Si quiere seguirme, señor Potter... Ya he subido sus cosas...
Harry siguió a Tom por una escalera de madera muy elegante hasta una
puerta con un número 11 de metal colgado en ella. Tom la abrió con la llave
para que Harry pasara.
Dentro había una cama de aspecto muy cómodo, algunos muebles de
roble con mucho barniz y un fuego que crepitaba alegremente. Harry se sacó los anteojos, se dejó caer en la cama y un sueño profundo se apodero de él.
—Harry…Harry—susurró james sacudiéndolo. El muchacho despertó, estiró la mano y tomo sus gafas.
Su padre había ido por él.
—Papá…
—¿Estas bien?
—si—respondió asintiendo con la cabeza.
—Andando, tu Mamá nos espera abajo.
Harry y james bajaron las escaleras. Lily besó la mejilla de su hijo y salieron al mundo muggle, caminaron hasta el auto y emprendieron el viaje a su casa.
Harry relataba todo lo que sucedió, incluso que decidió ir al callejón diagon porque creía que para ellos ya no sería grato recibirlo, al hacerlos pasar por la vergüenza de la expulsión.
Aunque james estaba de excelente humor, y hacia divertidas observaciones a medida que Harry iba contando todo, Lily estaba extrañamente callada. Harry estaba preocupado, era terrible que no dijera nada, se preguntaba si estaba enojada. Prefería que si era asi, le gritara a que se sumiera en aquel silencio torturador.
Antes de dormir, cuando Harry estaba en casa, Lily acudía a su cuarto para desearle buenas noches como a sus hermanos. Aquella ocasión no fue la excepción, poco después de llegar, cuando Harry ya había cenado un sándwich y acostado, su madre entró en la habitación. Lo arropó, beso su frente y abrió la boca para hablar, luego pareció pensarlo mejor y la cerró sin decir nada, se limito a acariciar su rostro mirándolo con una mezcla de dulzura y tristeza.
—Mamá—decidió hablar primero—lo siento, de verdad no quería inflar a la hermana de tio vernon, yo…perdí el control, ni siquiera tenía mi varita. ..pr favor no te enojes.
Lily se tomo su tiempo para hablar, cuando rompió el silencio, lo hizo desde su corazón y con toda franqueza.
—Lo sé…No estoy enojada por eso Harry. En verdad lo comprendo, Pero estoy triste, también ofendida…Hoy descubrí que mi hijo mayor no confía en mí y en su padre, que no cree que puede contar con nosotros siempre. Incluso no está para nada seguro de que lo amamos. Asi que estoy triste y estoy ofendida; créeme que si estoy enojada con alguien es conmigo, porque si actuaste asi es que seguramente algo estoy haciendo mal…mi cabeza piensa en eso a toda máquina pero no se me ocurre que es... porque en verdad te juro que desde que te tenemos de vuelta con nosotros, tu padre y yo hemos dado no mejor de nosotros, tratamos de estar siempre para ayudarte, Para apoyarte. Pero de repente, decidiste que no contarías mas con nosotros. Supusiste que ya no te querríamos, condicionaste el amor que te tenemos y huiste solo, no lo lograste pero tenias intención de hacerlo. Preferiste creer dejaríamos de amarte, que nos daría vergüenza ser tu familia y jamás se te cruzo por la cabeza que él no volver a casa romperías mi corazón, el de tu padre….que lastimarías a tus hermanos—la sra potter hizo una pausa, tragó saliva tratando de deshacer el nudo que traía en la garganta—Sabes cuándo amas a alguien, como yo te amo, lo haces de forma incondicional. Uno no ama hoy y deja de amar mañana por un error, o por una pelea, quizás puedes estar enojado, distanciarte un poco, pero sigues amando. Ahora mismo estoy tan dolida, tan ofendida contigo y aun asi te adoro con toda mi alma. ¿Sabes qué habría pasado si te expulsaban?
—No…
—te habriamos amado de todos modos, te habriamos enviado a una escuela muggle, luego a la universidad a estudiar lo que quisieras y estaríamos muy orgullosos de tener un hijo profesional una vez que te graduaras de lo que eligieras. Lo de esta noche fue un accidente, nadie puede recriminarte perder el control, para eso aun estas asistiendo a una escuela, si esperáramos que sepas controlar tu poder en tercer año, la escuela no duraría 7. Tampoco puedo recriminarte que no confíes en nosotros, puesto que nadie puede obligar a otra persona a confiar. Pero si es reprochable el que hayas huido, irte asi fue cobarde, inmaduro y egoísta. Debiste esperar a los funcionarios y aclarar la situación. No tienes idea lo que sentí cuando petunia me llamó y me dijo que habías huido. Que estabas solo en la calle por la noche. Podría haberte pasado algo, estaba muy preocupada. Con todo mi pesar, te voy a castigar.
No vas a ir al pueblo, no firmaremos la autorización, al menos no durante los primeros meses. ¿está bien?
Harry asintió, su madre tenía razón, de todos modos, no participar de la excursión
Parecía leve cuando podrían haberte expulsado o detenido.
—si…—aceptó Harry.
—bien, descansa—dijo Lily y le dio un ultimo beso. —Te amo mucho.