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Historia 190400 — capítulo 58
—¡Dijiste que ya habías descifrado el enigma! —exclamó Hermione indignada.
—¡Baja la voz! Sólo me falta... afinar un poco, ¿de acuerdo?
Ocupaban un pupitre justo al final del aula de Encantamientos. Aquel día
tenían que practicar lo contrario del encantamiento convocador: el
encantamiento repulsor. Debido a la posibilidad de que ocurrieran
desagradables percances cuando los objetos cruzaban el aula por los aires, el
profesor Flitwick había entregado a cada estudiante una pila de cojines con los
que practicar, suponiendo que éstos no le harían daño a nadie aunque erraran
su diana. No era una idea desacertada, pero no acababa de funcionar. La
puntería de Neville, sin ir más lejos, era tan mala que no paraba de lanzar por
el aula cosas mucho más pesadas: como, por ejemplo, al propio profesor
Flitwick.
—Olvídate por un minuto del huevo ese, ¿quieres? —susurró Harry,
mientras el profesor Flitwick, con aspecto resignado, pasaba volando por su
lado e iba a aterrizar sobre un armario grande—. Lo que quiero es hablarte de
Snape y Moody...
Aquella clase era el marco ideal para contar secretos, porque la gente se
divertía demasiado para prestar atención a las conversaciones de otros.
Durante la última media hora, en episodios susurrados, Harry le había
relatado su aventura de la noche anterior.
—Todo esto me da a entender que Moody revisó el despacho de snape, no se si Dumbledore se lo haya pedido o no, pero estoy casi seguro que vigila a snape y a karkarov. Además, Moody dijo que si Dumbledore permitía a Snape quedarse aquí era por darle una segunda oportunidad...Creo que el sospecha que Snape es quien puso mi nombre en el cáliz.
—Vamos, Harry—dijo Hermione, escéptica—, ya creímos en cierta ocasión
que Snape intentaba matarte, y resultó que te estaba salvando la vida,
¿recuerdas?
Mientras hablaba, repelió un cojín, que se fue volando por el aula y aterrizó
en la caja a la que se suponía que estaban apuntando todos. Harry miró a
Hermione, pensando... Era verdad que Snape le había salvado la vida en una
ocasión, pero lo raro era que no había duda alguna de que lo odiaba, lo odiaba
tal como había odiado a su padre cuando estudiaban juntos. Le encantaba
quitarle puntos a Gryffindor por su causa, y nunca había dejado escapar la
ocasión de castigarlo, e incluso de sugerir que lo expulsaran del colegio.
—Me da igual lo que diga Moody —siguió Hermione—. Dumbledore no es
tonto. No se equivocó al confiar en Hagrid y en el profesor Lupin, aunque hay
muchos que no les habrían dado trabajo; así que ¿por qué no va a tener razón
también con Snape, aunque sea un poco...
—¿imbécil? —se apresuró a decir Harry—. Piensa , Hermione, ¿por
qué le registran el despacho todos esos buscadores de magos tenebrosos?
—¿Y por qué se hace el enfermo el señor Crouch? —preguntó a su vez
Hermione—. Es un poco raro que no pueda venir al baile de Navidad pero que,
cuando le apetece, se meta en el castillo en medio de la noche.
—Lo que pasa es que le tienes manía a Crouch por lo de esa elfina, Winky —dijo harry
—Y tú sólo quieres creer que Snape trama algo —contestó Hermione
metiendo el suyo en la caja.
—Yo me conformaría con saber qué hizo Snape en su primera
oportunidad, si es que va ya por la segunda —dijo Harry en tono grave. Para su
sorpresa, el cojín cruzó el aula sin desviarse y aterrizó de forma impecable
sobre el de Hermione.
—como sea, ahora la prioridad no debe ser saber quien puso tu nombre, en este momento, debes preocuparte por sobrevivir a la segunda prueba…No debes distraerte Harry.
De forma que Harry, diciéndose que pronto habría acumulado bastantes
sesiones de biblioteca para el resto de su vida, se volvió a enfrascar en
polvorientos volúmenes, buscando algún embrujo que capacitara a un ser
humano para sobrevivir sin oxígeno. Pero, a pesar de que él, Jo, Andy Ron y Hermione investigaron durante los mediodías, las noches y los fines de semana, y
aunque Harry solicitó a la profesora McGonagall un permiso para usar la
Sección Prohibida, y hasta le pidió ayuda a la irritable señora Pince, que tenía
aspecto de buitre, no encontraron nada en absoluto que capacitara a Harry
para sumergirse una hora en el agua y vivir para contarlo.
Harry estaba empezando a sentir accesos de pánico, que ya le resultaban
conocidos, y volvió a tener dificultad para concentrarse en las clases. El lago,
que para Harry había sido siempre un elemento más de los terrenos del colegio,
actuaba como un imán cada vez que en un aula se sentaba próximo a
alguna ventana, y le atrapaba la mirada con su gran extensión de agua casi
congelada de color gris hierro, cuyas profundidades oscuras y heladas
empezaban a parecerle tan distantes como la luna.
Exactamente igual que había ocurrido antes de enfrentarse al colacuerno,
el tiempo se puso a correr como si alguien hubiera embrujado los relojes para
que fueran más aprisa. Faltaba una semana para el 24 de febrero (aún quedaba
tiempo); cinco días (tenía que ir encontrando algo sin demora); tres días
(¡por favor, que pueda encontrar algo!, ¡por favor!).
Cuando quedaban dos días, Harry volvió a perder el apetito.
Él, Ron y Hermione estaban en la biblioteca a la puesta del sol, pasando
febrilmente página tras página de encantamientos, ocultos unos de otros por
enormes pilas de libros amontonados en la mesa. El corazón le daba un vuelco
a Harry cada vez que encontraba en una página la palabra «agua», pero casi
siempre era algo así como: «Prepare un litro de agua, doscientos gramos de
hojas de mandrágora cortadas en juliana y una salamandra...»
—Creo que es imposible —declaró la voz de Ron desde el otro lado de la
mesa—. No hay nada. Nada. Lo que más se aproxima a lo que necesitamos es
este encantamiento desecador para drenar charcos y estanques, pero no es ni
mucho menos lo bastante potente para desecar el lago.
—Tiene que haber alguna manera —murmuró Hermione, acercándose una
vela. Tenía los ojos tan fatigados que escudriñaba la diminuta letra de
Encantamientos y embrujos antiguos caldos en el olvidocon la nariz a tres
dedos de distancia de la página—. Nunca habrían puesto una prueba que no
se pudiera realizar.
—Ahora lo han hecho —replicó Ron—. Harry, lo que tienes que hacer
mañana es bajar al lago, meter la cabeza dentro, gritarles a las sirenas que te
devuelvan lo que sea que te hayan mangado y ver si te hacen caso. Es tu
opción más segura.
—¡Hay una manera de hacerlo! —insistió Hermione enfadada—. ¡Tiene
que haberla!
Parecía tomarse como una afrenta personal la falta de información útil que
había sobre el tema en la biblioteca. Nunca le había fallado.
—Ya sé lo que tendría que haber hecho —dijo Harry, dejando descansar la
cabeza en el libro Trucos ingeniosos para casos peliagudos—. Tendría que
haber aprendido a hacerme animago como Sirius.
—¡Claro, así podrías convertirte en carpa cuando quisieras! —corroboró
Ron.
—O en una rana —añadió Harry con un bostezo. Estaba exhausto.
—Lleva unos cuantos años convertirse en animago, y después hay que
registrarse y todo eso —dijo Hermione vagamente, echándole un vistazo al
índice de Problemas mágicos extraordinarios y sus soluciones—. La profesora
McGonagall nos lo dijo, ¿recordáis? Hay que registrarse en el Departamento
Contra el Uso Indebido de la Magia, y decir en qué animal se convierte uno y
con qué marcas, de qué color... para que no se pueda hacer mal uso de ello.
—Estaba hablando en broma, Hermione —le aclaró Harry cansinamente—.
Ya sé que no me puedo convertir en rana mañana por la mañana.
—¡Ah, esto no sirve de nada! —se quejó Hermione cerrando de un golpe
los Problemas mágicos extraordinarios—. Pero ¡quién demonios va a querer
hacerse tirabuzones en los pelos de la nariz!
—A mí no me importaría —dijo la voz de Fred Weasley—. Daría que
hablar, ¿no?
Harry, Ron y Hermione levantaron la vista. Fred y George acababan de
salir de detrás de unas estanterías.
—¿Qué hacen aquí? —les preguntó Ron.
—Buscarlos —repuso George—. McGonagall quiere que vayas, Hermione.
—¿Por qué? —dijo Hermione, sorprendida.
—Ni idea... pero estaba muy seria —contestó Fred.
—Tenemos que llevarte a su despacho —explicó George
Hermione miró a Harry que sintió un vuelco en el estómago.
¿Iría a echarle una reprimenda? A lo mejor se había dado cuenta de lo mucho
que lo ayudaba, cuando se suponía que tenía que arreglárselas él solo.
—Nos veremos en la sala común —le dijo Hermione a Harry al levantarse
—. Llévate todos los libros que puedas,¿si?
—Bien —asintió Harry, incómodo.
Hacia las ocho, la señora Pince había apagado todas las luces y le metía
prisa para que saliera de la biblioteca. Tambaleándose por el peso de todos los
libros que pudieron coger, volvieron a la sala común de Gryffindor y siguieron buscando. No encontró nada en Magia disparatada para**brujos disparatados, ni tampoco en Guía de la brujería medieval, ni una mención a proezas submarinas en la Antología de los encantamientos del siglo**XVIII, ni en Los espantosos moradores de las profundidades, ni en Poderesque no sabías que tenías y lo que puedes hacer con ellos ahora que te hasenterado.
Crookshanksse subió al regazo de Harry y se ovilló, ronroneando. La sala
común se fue vaciando poco a poco. No paraban de desearle suerte para la
mañana siguiente con voces tan alegres y confiadas como la de Hagrid: todos
parecían convencidos de que estaba a punto de llevar a cabo otra
sorprendente actuación como la de la primera prueba. Harry no les podía
contestar; sólo movía la cabeza de arriba abajo, como si tuviera una pelota de
goma en mitad de la garganta. Cuando faltaban diez minutos para las doce de
la noche, se quedó en la sala a solas con Crookshank y Ron que se habia quedado dormido.. Había mirado ya en
todos los libros que tenía, y Hermione seguían sin volver.
«Me rindo —se dijo a sí mismo—. No puedo. No tendré más remedio que
bajar al lago mañana y decírselo a los jueces...»
Se imaginó explicando que no podía hacer la prueba: vio ante sí la cara de
sorpresa de Bagman, sus ojos como platos; y la sonrisa de satisfacción de
Karkarov, con sus dientes amarillos; casi oyó realmente decir a Fleur Delacour:
«Lo sabía... Es demasiado joven, no es más que un niño»; vio a Malfoy, al
frente de la multitud, exhibiendo la insignia donde decía «POTTER APESTA»;
vio la cara de tristeza y decepción de Hagrid...
Olvidando que tenía a Crookshanksen el regazo, se levantó de repente. El
gato bufó molesto al caer al suelo, le dirigió a Harry una mirada de enfado y se
marchó ofendido con su cola de cepillo levantada, pero en esos momentos
Harry subía ya a toda prisa por la escalera de caracol que llevaba al dormitorio.
Cogería la capa invisible y volvería a la biblioteca. Si no había más remedio,
pasaría la noche en ella.
—¡Lumos!—susurró Harry quince minutos después, al abrir la puerta de la
biblioteca.
Con la luz de la punta de la varita encendida, pasó por entre las
estanterías, cogiendo más libros: libros sobre maleficios y encantamientos,
sobre sirenas, tritones y monstruos marinos, sobre brujas y magos famosos,
sobre inventos mágicos, sobre cualquier cosa que pudiera incluir una referencia
de pasada a la supervivencia bajo el agua. Se los llevó a una mesa y se puso a
trabajar, hojeando los libros al delgado haz de luz de la varita. De vez en
cuando consultaba el reloj.
La una de la madrugada... las dos de la madrugada... la única forma de
aguantar era repetirse una y otra vez: «En el próximo libro, lo encontraré en el
próximo libro...»
La sirena del cuadro del baño de los prefectos se estaba riendo. Harry salía a
flote como un corcho y se volvía a hundir en el agua espumosa que rodeaba la
roca, mientras ella sujetaba la Saeta de Fuego por encima de la cabeza de él.
—¡Ven a cogerla! —le decía entre risas—. ¡Vamos, salta!
—¡No puedo! —respondía jadeando Harry, que intentaba alcanzar la Saeta
de Fuego mientras hacía lo imposible por no hundirse—. ¡Dámela!
Pero ella se limité a punzarlo en un costado con el palo de la escoba,
riéndose.
—Me haces daño... quita... ¡ay!
—¡Harry Potter debe despertar, señor!
—¡Deja de golpearme!
—¡Dobby debe golpear a Harry Potter para que despierte, señor!
Abrió los ojos. Seguía en la biblioteca. La capa invisible se le había caído
al dormirse, y la mejilla que tenía apoyada en el libro Donde hay una varita, hay
una manerase le había pegado a la página. Se incorporó y se colocó bien las
gafas, parpadeando ante la brillante luz del día.
—¡Harry Potter tiene que darse prisa! —chilló Dobby—. La segunda prueba
comienza dentro de diez minutos, y Harry Potter...
—¿Diez minutos? —repitió Harry con voz ronca—. ¿Diez... diez minutos?
Miró su reloj. Dobby tenía razón: eran las nueve y veinte. Un enorme peso
muerto le cayó del pecho al estómago.
—¡Aprisa, Harry Potter! —lo apremió Dobby, tirándole de la manga—. ¡Se
supone que tiene que bajar al lago con los otros campeones, señor!
—Es demasiado tarde, Dobby —dijo Harry desesperanzado—. No puedo
afrontar la prueba, porque no sé como...
—¡Harry Potter afrontará la prueba! —exclamó el elfo con su aguda
vocecita—. Dobby sabía que Harry no había encontrado el libro adecuado, así
que Dobby lo ha hecho por él.
—¿Qué? Pero tú no sabes en qué consiste la segunda prueba.
—¡Claro que Dobby lo sabe, señor! Harry Potter tiene que entrar en el lago,
buscar su prenda...
—¿Buscar mi qué?
—... y liberarla de las sirenas y los tritones.
—¿Qué quiere decir «prenda»?
—Su prenda, señor, su prenda….¡Lo que Harry Potter más puede valorar, señor! —chilló Dobby
—¿Mi madre?
—. Y pasada una hora... —añadió Dobby
—«... ¡negras perspectivas!» —recitó Harry, mirando horrorizado al elfo—;
«demasiado tarde, ya no habrá salida...» ¿Qué tengo que hacer, Dobby?
—¡Tiene que comerse esto, señor! —dijo el elfo, y, metiéndose la mano en
el bolsillo de los pantalones, sacó una bola de algo que parecían viscosas colas
de rata de color gris verdoso—. Justo antes de entrar en el lago, señor:
¡branquialgas!
—¿Para qué? —preguntó Harry, mirando las branquialgas.
—¡Gracias a ellas, Harry Potter podrá respirar bajo el agua, señor!
—Dobby—le dijo Harry frenético—, escucha... ¿estás seguro de eso?
No era fácil olvidar que la última vez que Dobby había intentado ayudarlo
había acabado sin huesos en el brazo derecho.
—¡Dobby está completamente seguro, señor! —contestó el elfo muy
serio—. Dobby oye cosas, señor. Es un elfo doméstico, y recorre el castillo
encendiendo chimeneas y fregando suelos. Dobby oyó a la profesora
McGonagall y al profesor Moody en la sala de profesores, hablando sobre la
próxima prueba... ¡Dobby no puede permitir que Harry Potter pierda su prenda!
Las dudas de Harry quedaron despejadas. Poniéndose en pie de un salto,
se quitó la capa invisible, la guardó en la mochila, cogió las branquialgas y se
las metió en el bolsillo, y luego salió a toda velocidad de la biblioteca, con
Dobby pisándole los talones.
—¡Dobby tiene que volver a las cocinas, señor! —chilló Dobby al entrar en
el corredor—. Si no, se darán cuenta de que no está. ¡Buena suerte, Harry
Potter, señor, buena suerte!
—¡Hasta luego, Dobby! —gritó Harry, que echó a correr lo más aprisa que
podía por el corredor, y luego bajó los peldaños de la escalera de tres en tres.
En el vestíbulo se encontró con algunos rezagados que dejaban el Gran
Comedor después de desayunar y, traspasando las puertas de roble, se
dirigían al lago para contemplar la segunda prueba. Se quedaron mirando a Harry, que pasó a su lado como una flecha, arrollando a Colin y Dennis
Creevey al sortear de un salto la breve escalinata de piedra, para luego salir al
frío y claro exterior.
Al bajar a la carrera por la explanada, vio que las mismas tribunas que
habían rodeado en noviembre el cercado de los dragones estaban ahora
dispuestas a lo largo de una de las orillas del lago. Las gradas, llenas a
rebosar, se reflejaban en el agua. El eco de la algarabía de la emocionada
multitud se propagaba de forma extraña por la superficie del agua y llegaba
hasta la orilla por la que Harry corría a toda velocidad hacia el tribunal, que
estaba sentado en el borde del lago a una mesa cubierta con tela dorada.
Cedric, Fleur y Krum se hallaban junto a la mesa, y lo observaban acercarse.
—Estoy... aquí... —dijo sin aliento Harry, que patinó en el barro al tratar de
detenerse en seco y salpicó sin querer la túnica de Fleur.
—¿Dónde estabas? —inquirió una voz severa y autoritaria—. ¡La prueba
está a punto de dar comienzo!
Miró hacia el lugar del que provenía la voz. Era Percy Weasley, sentado a
la mesa del tribunal. Nuevamente faltaba el señor Crouch.
—¡Bueno, bueno, Percy! —dijo Ludo Bagman, que parecía muy contento
de ver a Harry—. ¡Dejémoslo que recupere el aliento!
Dumbledore le sonrió, pero Karkarov y Madame Maxime no parecían nada
contentos de verlo... Por las caras, resultaba obvio que habían pensado que no
aparecería.
Se inclinó hacia delante poniendo las manos en las rodillas, y respiró
hondo. Tenía flato en el costado, que le dolía como un cuchillo clavado entre
las costillas, pero no había tiempo para esperar a que se le pasara. Ludo
Bagman iba en aquel momento entre los campeones, espaciándolos por la
orilla del lago a una distancia de tres metros. Harry quedó en un extremo, al
lado de Krum, que se había puesto el bañador y sostenía en la mano la varita.
—¿Todo bien, Harry? —susurró Bagman, distanciándolo un poco más de
Krum—. ¿Tienes algún plan?
—Sí —musitó Harry, frotándose las costillas.
Bagman le dio un apretón en el hombro y volvió a la mesa del tribunal.
Apuntó a la garganta con la varita como había hecho en los Mundiales, dijo
«¡Sonorus!», y su voz retumbó por las oscuras aguas hasta las tribunas.
—Bien, todos los campeones están listos para la segunda prueba, que
comenzará cuando suene el silbato. Disponen exactamente de una hora para
recuperar lo que se les ha quitado. Así que, cuando cuente tres: uno... dos...
¡tres!
El silbato sonó en el aire frío y calmado. Las tribunas se convirtieron en un
hervidero de gritos y aplausos. Sin pararse a mirar lo que hacían los otros
campeones, Harry se quitó zapatos y calcetines, sacó del bolsillo el puñado de
branquialgas, se lo metió en la boca y entró en el lago.
El agua estaba tan fría que sintió que la piel de las piernas le quemaba
como si hubiera entrado en fuego. A medida que se adentraba, la túnica
empapada le pesaba cada vez más. El agua ya le llegaba a las rodillas, y los
entumecidos pies se deslizaban por encima de sedimentos y piedras planas y
viscosas. Masticaba las branquialgas con toda la prisa y fuerza de que era
capaz. Eran desagradablemente gomosas, como tentáculos de pulpo. Cuando
el agua helada le llegaba a la cintura, se detuvo, tragó las branquialgas y
esperó a que sucediera algo.
Se dio cuenta de que había risas entre la multitud, y sabía que debía de
parecer tonto, entrando en el agua sin mostrar ningún signo de poder mágico.
En la parte del cuerpo que aún no se le había mojado tenía carne de gallina.
Medio sumergido en el agua helada y con la brisa levantándole el pelo, empezó
a tiritar. Evitó mirar hacia las tribunas. La risa se hacía más fuerte, y los de
Slytherin lo silbaban y abucheaban...
Entonces, de repente, sintió como si le hubieran tapado la boca y la nariz
con una almohada invisible. Intentó respirar, pero eso hizo que la cabeza le
diera vueltas. Tenía los pulmones vacíos, y notaba un dolor agudo a ambos
lados del cuello.
Se llevó las manos a la garganta, y notó dos grandes rajas justo debajo de
las orejas, agitándose en el aire frío: ¡eran agallas! Sin pararse a pensarlo, hizo
lo único que tenía sentido en aquel momento: se echó al agua.
El primer trago de agua helada fue como respirar vida. La cabeza dejó de
darle vueltas. Tomó otro trago de agua, y notó cómo pasaba suavemente por
entre las branquias y le enviaba oxígeno al cerebro. Extendió las manos y se
las miró: parecían verdes y fantasmales bajo el agua, y le habían nacido
membranas entre los dedos. Se retorció para verse los pies desnudos: se
habían alargado y también les habían salido membranas: era como si tuviera
aletas.
El agua ya no parecía helada. Al contrario, resultaba agradablemente
fresca y muy fácil de atravesar... Harry nadó, asombrándose de lo lejos y rápido
que lo propulsaban por el agua sus pies con aspecto de aletas, y también de lo
claramente que veía, y de que no necesitara parpadear. Se había alejado tanto
de la orilla que ya no veía el fondo. Se hundió en las profundidades.
Al deslizarse por aquel paisaje extraño, oscuro y neblinoso, el silencio le
presionaba los oídos. No veía más allá de tres metros a la redonda, de forma
que, mientras nadaba velozmente, las cosas surgían de repente de la
oscuridad: bosques de algas ondulantes y enmarañadas, extensas planicies de
barro con piedras iluminadas por un levísimo resplandor. Bajó más y más
hondo hacia las profundidades del lago, con los ojos abiertos, escudriñando,
entre la misteriosa luz gris que lo rodeaba, las sombras que había más allá,
donde el agua se volvía opaca.
Pequeños peces pasaban en todas direcciones como dardos de plata. Una
o dos veces creyó ver algo más grande ante él, pero al acercarse descubría
que no era otra cosa que algún tronco grande y ennegrecido o un denso
macizo de algas. No había ni rastro de los otros campeones, de sirenas ni
tritones, de Ron ni, afortunadamente, tampoco del calamar gigante.
Unas algas de color esmeralda de sesenta centímetros de altura se
extendían ante él hasta donde le alcanzaba la vista, como un prado de hierba
muy crecida. Miraba hacia delante sin parpadear, intentando distinguir alguna
forma en la oscuridad... y entonces, sin previo aviso, algo lo agarró por el
tobillo.
Se retorció para mirar y vio que un grindylow, un pequeño demonio marino
con cuernos, le había aferrado la pierna con sus largos dedos y le enseñaba
los afilados colmillos. Se apresuró a meterse en el bolsillo la mano membranosa,
y buscó a tientas la varita mágica. Pero, para cuando logró hacerse con
ella, otros dos grindylows habían salido de las algas y, cogiéndolo de la túnica,
intentaban arrastrarlo hacia abajo.
—¡Relaxo!—gritó Harry.
Pero no salió ningún sonido de la boca, sino una burbuja grande, y la
varita, en vez de lanzar chispas contra los grindylows, les arrojó lo que parecía
un chorro de agua hirviendo, porque donde les daba les producía en la piel
verde unas ronchas rojas de aspecto infeccioso. Harry se soltó el tobillo del
grindylow y escapó tan rápido como pudo, echando a discreción de vez en
cuando más chorros de agua hirviendo por encima del hombro. Cada vez que
notaba que alguno de los grindylows le volvía a agarrar el tobillo, le lanzaba
una patada muy fuerte. Por fin, sintió que su pie había golpeado una cabeza
con cuernos; volviéndose a mirar, vio al aturdido grindylow alejarse en el agua,
bizqueando, mientras sus compañeros amenazaban a Harry con el puño y se
hundían otra vez entre las algas.
Aminoró un tanto, guardó la varita en la túnica, y miró en torno,
escuchando, mientras describía en el agua un círculo completo. La presión del
silencio contra los tímpanos se había incrementado. Debía de hallarse a mayor
profundidad, pero nada se movía salvo las ondulantes algas.
—¿Cómo te va?
Harry creyó que le daba un infarto. Se volvió de inmediato, y vio a Myrtle la
Lloronaflotando vaporosamente delante de él, mirándolo a través de sus
gruesas gafas nacaradas.
—¡Myrtle! —intentó gritar Harry.
Pero, una vez más, lo único que le salió de la boca fue una burbuja muy
grande. Myrtle la Lloronase rió.
—¡Deberías mirar por allá! —le dijo, señalando en una dirección—. No te
acompaño. No me gustan mucho: me persiguen cada vez que me acerco.
Harry le hizo un gesto de agradecimiento con la mano, y se fue en la
dirección indicada, con cuidado de nadar algo más distanciado de las algas
para evitar a otros grindylows que pudieran estar al acecho.
Siguió nadando durante unos veinte minutos, hasta que llegó a unas
vastas extensiones de barro negro, que enturbiaba el agua en pequeños
remolinos cuando él pasaba aleteando. Luego, por fin, percibió un retazo del
canto de las criaturas marinas:
Nos hemos llevado lo que más valoras, y para encontrarlo tienes una
hora...
Harry nadó más aprisa, y no tardó en ver aparecer frente a él una roca
grande que se alzaba del lodo. Había en ella pinturas de sirenas y tritones que
portaban lanzas y parecían estar tratando de dar caza al calamar gigante.
Harry pasó la roca, guiado por la canción:
... ya ha pasado media hora, así que no nos des largas si no quieres
que lo que buscas se quede criando algas...
De repente, de la oscuridad que lo envolvía todo surgió un grupo de casas
de piedra sin labrar y cubiertas de algas. Harry distinguió rostros en las
ventanas, rostros que no guardaban ninguna semejanza con el del cuadro de la
sirena que había en el baño de los prefectos...
Las sirenas y los tritones tenían la piel cetrina y el pelo verde oscuro, largo
y revuelto. Los ojos eran amarillos, del mismo color que sus dientes partidos, y
llevaban alrededor del cuello unas gruesas cuerdas con guijarros ensartados.
Le dirigieron a Harry sonrisas malévolas. Dos de aquellas criaturas, que
enarbolaban una lanza, salieron de sus moradas para observarlo, mientras
batían el agua con sus fuertes colas de pez plateadas.
Harry siguió, mirando a su alrededor, y enseguida las casas se hicieron
más numerosas. Alrededor de algunas de ellas había jardines de algas, y hasta
vio un grindylow que parecían tener de mascota, atado a una estaca a la puerta
de una de las moradas. Para entonces las sirenas y los tritones salían de todos
lados y lo contemplaban con mucha curiosidad; señalaban sus branquias y las
membranas de sus extremidades, y se tapaban la boca con las manos para hablar
entre ellos. Harry dobló muy aprisa una esquina, y vio de pronto algo muy
raro.
Una multitud de sirenas y tritones flotaba delante de las casas que se
alineaban en lo que parecía una versión submarina de la plaza de un pueblo
pintoresco. En el medio cantaba un coro de tritones y sirenas para atraer a los
campeones, y tras ellos se erguía una tosca estatua que representaba a una
sirena gigante tallada en una mole de piedra. Había cuatro personas ligadas
con cuerdas a la cola de la sirena.
Lily estaba atada entre Hermione y Cho Chang. Había también una niña
que no parecía contar más de ocho años y cuyo pelo plateado le indicó a Harry
que debía de ser hermana de Fleur Delacour. Daba la impresión de que las
cuatro se hallaban sumidas en un sueño muy profundo: la cabeza les colgaba
sobre los hombros, y de la boca les salía una fina hilera de burbujas.
Se acercó rápidamente a ellas, temiendo que los tritones bajaran las
lanzas para atacarlo, pero no hicieron nada. Las cuerdas de algas que
sujetaban a los rehenes a la estatua eran gruesas, viscosas y muy fuertes. Por
una fracción de segundo, pensó en la navaja que Sirius le había regalado por
Navidad y que tenía guardada en el baúl, dentro del castillo, a cuatrocientos
metros de allí, donde no le podía servir de nada en absoluto.
Miró a su alrededor. Muchos de los tritones y sirenas que los rodeaban
llevaban lanzas. Se acercó rápidamente a un tritón de más de dos metros de
altura que lucía una larga barba verde y un collar de colmillos de tiburón, y le
pidió por señas la lanza. El tritón se rió y negó con la cabeza.
—No ayudamos —declaró con una voz ronca.
—¡Vamos! —dijo Harry furioso (aunque sólo le salieron burbujas de la
boca), e intentó arrancarle la lanza al tritón, pero él tiró de ella, sin dejar de
negar ni de reírse.
Harry se volvió y buscó algo afilado... algo...
Había piedras en el fondo del lago. Se hundió para coger una
particularmente dentada, y regresó junto a la estatua. Comenzó a cortar las
cuerdas que ataban a su madre, y, tras varios minutos de duro trabajo, lo consiguió. La señora Potter flotó, inconsciente, unos centímetros por encima del fondo del lago, balanceándose ligeramente con el flujo del agua.
Harry miró a su alrededor. No había señal de ninguno de los otros
campeones. ¿Qué hacían? ¿Por qué no se daban prisa? Se volvió hacia
Hermione, levantó la piedra dentada y se dispuso a cortarle las cuerdas
también a ella...
De inmediato lo agarraron varios pares de fuertes manos grises. Media
docena de tritones lo separaban de Hermione, negando con la cabeza y
riéndose.
—Llévate la tuya —le dijo uno de ellos—. ¡Deja a las otras!
—¡De ninguna manera! —respondió Harry furioso... pero de la boca sólo le
salieron dos burbujas grandes.
—Tu misión consiste en liberar a tu madre... ¡Deja a las otras!
—¡Ella es mi novia! —gritó Harry, señalando a Hermione y sin
echar por la boca más que una enorme burbuja plateada— ¡Y tampoco quiero
que ellas mueran!
La cabeza de Cho se indinaba sobre el hombro de Hermione. La niña del
pelo plateado estaba espectralmente pálida y verdosa. Harry intentó apartar a
los tritones, pero ellos se reían más fuerte que antes, deteniéndolo. Harry miró
a su alrededor, desesperado. ¿Dónde estaban los otros? ¿Le daría tiempo de
subir con su mamá a la superficie y volver por Hermione y las otras? ¿Podría
encontrarlas otra vez? Miró el reloj para ver cuánto tiempo le quedaba, pero se
le había parado.
Entonces los tritones y las sirenas que lo rodeaban señalaron hacia lo alto.
Al levantar la vista, Harry vio a Cedric nadando hacia allí. Tenía una enorme
burbuja alrededor de la cabeza, que agrandaba extrañamente los rasgos de su
cara.
—¡Nos perdimos! —dijo moviendo los labios, sin pronunciar ningún sonido,
y estremecido de horror—. ¡Fleur y Krum vienen detrás!
Muy aliviado, Harry vio a Cedric sacar un cuchillo del bolsillo y liberar con
él a Cho, para luego subir con ella hasta perderse de vista.
Harry miró a su alrededor, esperando. ¿Dónde estaban Fleur y Krum? El
tiempo se agotaba y, de acuerdo con la canción, si la hora de plazo concluía,
los rehenes se quedarían allí para siempre.
De pronto, los tritones y las sirenas prorrumpieron en alaridos de
excitación. Los que sujetaban a Harry aflojaron las manos, mirando hacia atrás.
Harry se volvió y vio algo monstruoso que se dirigía hacia ellos abriéndose
paso por el agua: el cuerpo de un hombre en bañador con cabeza de tiburón:
era Krum. Parecía que se había transformado, pero mal.
El hombre-tiburón fue directamente hasta Hermione y empezó a morderle
las cuerdas. El problema estaba en que los nuevos dientes de Krum se
hallaban en una posición poco práctica para morder nada que fuera más
pequeño que un delfín, y Harry se dio cuenta de que, si Krum no ponía mucho
cuidado, cortaría a Hermione por la mitad. Lanzándose hacia Krum, le dio un
golpe en el hombro y le entregó la piedra dentada. Krum la cogió y la usó para
liberar a Hermione. Al cabo de unos segundos ya lo había logrado. Cogió a
Hermione por la cintura y, sin una mirada hacia atrás, se impulsó rápidamente
hacia la superficie con ella.
«¿Y ahora qué?», pensó Harry desesperado. Si estuviera seguro de que
llegaría Fleur... pero no había ni rastro de ella.
Cogió la piedra que Krum había tirado al suelo, pero los tritones se
acercaron a él y a la niña, negando con la cabeza.
Harry sacó la varita.
—¡Apartense!
Sólo le salieron burbujas de la boca, pero tenía la clara impresión de que
los tritones habían comprendido, porque de repente dejaron de reírse. Sus
amarillos ojos estaban fijos en la varita de Harry, y parecían asustados. Podían
ser muchos más que él, pero viendo sus caras comprendió que no sabían más
de magia que el calamar gigante.
—¡Contaré hasta tres! —gritó. Salió una fila de burbujas, pero levantó tres
dedos para asegurarse de que entendían el mensaje—. Uno... —bajó un
dedo—, dos... —bajó el segundo.
Se dispersaron. Harry se lanzó hacia la niña y empezó a cortarle las
cuerdas que la ataban a la estatua. Y al final la liberó. Cogió a su madre por la
cintura y a la niña por el cuello de la túnica, y comenzó a ascender.
El ascenso era muy lento, porque ya no podía usar las manos palmeadas
para avanzar. Movió las aletas con furia, pero su madre y la hermana de Fleur eran
como sacos de patatas que tiraban de él hacia abajo... Alzó los ojos hacia el
cielo, aunque sabía que aún debía de encontrarse muy hondo porque el agua
estaba oscura por encima de él.
Los tritones y las sirenas lo acompañaban en la subida. Los vio girar a su
alrededor con gracilidad, observando cómo él forcejeaba contra las aguas. ¿Lo
arrastrarían a las profundidades cuando el tiempo hubiera concluido? Tal vez
devoraban humanos... Las piernas se le agarrotaban del esfuerzo de nadar, y
los hombros le dolían terriblemente de arrastrar a Lily y a la niña...
Respiraba con dificultad. Volvían a dolerle los lados del cuello, y era muy
consciente de la humedad del agua en la boca... pero, por otro lado, el agua se
aclaraba. Podía ver sobre él la luz del día...
Dio un potente coletazo con las aletas, pero descubrió entonces que ya no
eran más que pies... El agua que le entraba por la boca le inundaba los
pulmones. Empezaba a marearse, pero sabía que la luz y el aire se hallaban
sólo a unos tres metros por encima de él. Tenía que llegar... tenía que
conseguirlo...
Hizo tal esfuerzo con las piernas que le pareció que los músculos se
quejaban a gritos. Incluso su cerebro parecía lleno de agua: no podía respirar,
necesitaba oxígeno, tenía que seguir subiendo, no podía parar...
Y entonces notó que rompía con la cabeza la superficie del agua. Un aire
limpio, fresco y maravilloso le produjo escozor en la cara empapada. Tomó una
bocanada de aquel aire, con la sensación de que nunca había respirado de
verdad y, jadeando, tiró de Lilian y de la niña hasta la superficie. Alrededor de
ellos, por todas partes, emergían unas primitivas cabezas de pelo verde, pero
ahora le sonreían.
Desde las tribunas, la multitud armaba muchísimo jaleo: todos estaban de
pie, gritando y chillando. Tuvo la impresión de que creían que su mamá y la niña
habían muerto, pero se equivocaban: tanto uno como otro habían abierto los
ojos. La niña parecía asustada y confusa, Lily lo abrazó fuerte y estampo un beso en su cabeza.
—Fleur no apareció. No podía dejarla allí —contó Harry jadeando.
—Harry, serás ingenuo... —dijo Lily—. ¡No me digas que te tomaste la
canción en serio! Dumbledore no nos habría dejado ahogarnos allí.
—Pero la canción decía...
—¡Era sólo para asegurarse de que te dabas prisa en volver! —replicó
Su madre—. ¡De todos modos me siento orgullosa, actuaste como un héroe!
Harry vio a la señora Pomfrey prodigando sus atenciones a Hermione,
Krum, Cedric y Cho, que estaban envueltos en mantas muy gruesas. Desde la
orilla a la que se dirigían, Dumbledore y Ludo Bagman les sonreían,
James, que parecía muy pálido y, en cierto modo, más joven de lo habitual, fue
a su encuentro chapoteando en el agua.
Mientras tanto, Madame Maxime
intentaba sujetar a Fleur Delacour, que estaba completamente histérica y
peleaba con uñas y dientes para volver al agua.
—¡«Gabguielle»!, ¡«Gabguielle»! ¿Está viva? ¿Está «heguida»?
—¡Está bien! —intentó decirle Harry, pero llegaba tan cansado que apenas
podía hablar, y mucho menos gritar.
James agarró a Lily y tiró de él hacia la orilla («¡cielo, estoy bien!»); Dumbledore y Bagman cogieron a Harry; Fleur se había soltado
de Madame Maxime y corría a abrazar a su hermana.
—Fue «pog» los «guindylows»... Me «atacagon»... ¡Ah, Gabguielle,
pensé... pensé...!
—Tú, ven aquí —dijo la voz de la señora Pomfrey.
Agarró a Harry y, llevándolo hasta donde estaban Hermione y los otros, lo envolvió tan apretado en una manta que le pareció que le había puesto una
camisa de fuerza, y lo obligó a beber una poción muy caliente que le hizo salir
humo por las orejas.
—¡Muy bien, Harry! —gritó Hermione—. ¡Lo hiciste, averiguaste el modo, y
todo por ti mismo!
—Gracias….
—Tienes un «escarrabajo» en el pelo, Herr... mío... ne —dijo Krum.
Harry tuvo la impresión de que Krum intentaba recuperar la atención de
Hermione, tal vez para recordarle que había sido él quien la había rescatado
del lago, pero Hermione se quitó el escarabajo del pelo con un gesto de impaciencia
y continuó:
—Pero te has pasado un montón del tiempo, Harry... ¿Te costó mucho
encontrarnos?
—No, los encontré sin problemas….de hecho yo llegue primero, pero es…es difícil qu pongan a tu madre y a tu novia en el mismo sitio para salves a una…y luego cuando viktor por fin te sacó, vi que fleur no venia y me pareció mal dejar a la niña..
Harry se sentía más idiota a cada momento. Una vez fuera del agua, le
parecía evidente que las medidas de seguridad de Dumbledore no habrían
permitido la muerte de uno de los rehenes sólo porque el campeón no hubiera
conseguido llegar a tiempo. ¿Por qué no había cogido a su madre y se había
marchado con ella? Habría sido el primero... Ni Cedric ni Krum habían perdido un
instante preocupándose por los otros: no se habían tomado en serio la canción
de las sirenas.
—Eres un héroe….—Hermione beso a Harry en los labios—es hermoso que siempre pienses en los demás.
—Estoy orgulloso de ti hijo—Dijo james abrazándolo.
—Pero llegué al último.
—Podrías haber sido el primero, pero elegiste ser una buena persona, un héroe antes que el triunfar. Si hubieras salido primero, no me sentiría más orgulloso que ahora.
—En realidad no estaban en verdadero peligro….
—Pero tú no sabias…actuaste como el hombre que tu madre y yo soñamos formar en ti.
Justo entonces la voz mágicamente amplificada de Ludo Bagman retumbó
junto a ellos y los sobresaltó. En las gradas, la multitud se quedó de repente en
silencio.
—Damas y caballeros, hemos tomado una decisión. Murcus, la jefa sirena,
nos ha explicado qué ha ocurrido exactamente en el fondo del lago, y hemos
puntuado en consecuencia. El total de nuestras puntuaciones, que se dan
sobre un máximo de cincuenta puntos a cada uno de los campeones, es el
siguiente:
»La señorita Delacour, aunque ha demostrado un uso excelente del
encantamiento casco-burbuja, fue atacada por los grindylows cuando se
acercaba a su meta, y no consiguió recuperar a su hermana. Le concedem os
veinticinco puntos.
Aplaudieron en las tribunas.
—Me «meguezco» un «cego» —dijo Fleur con voz ronca, agitando su
magnífica cabellera.
—El señor Diggory, que también ha utilizado el encantamiento cascoburbuja,
ha sido el primero en volver con su rehén, aunque lo hizo un minuto
después de concluida la hora.
Se escucharon unos vítores atronadores procedentes de la zona de
Hufflepuff.
—Por tanto le concedemos cuarenta y siete puntos.
A Harry se le cayó el alma a los pies. Si Cedric había llegado demasiado
tarde, él desde luego mucho más.
—El señor Viktor Krum ha utilizado una forma de transformación
incompleta, que sin embargo dio buen resultado, y ha sido el segundo en volver
con su rescatada. Le concedemos cuarenta puntos.
Karkarov aplaudió muy fuerte y de manera muy arrogante.
—El señor Harry Potter ha utilizado con mucho éxito las branquialgas —
prosiguió Bagman—. Volvió en último lugar, y mucho después de terminado el
plazo de una hora. Pero la jefa sirena nos ha comunicado que el señor Potter
fue el primero en llegar hasta las rehenes, y que el retraso en su vuelta se
debió a su firme decisión de salvarlas a todas, no sólo a su madre .
Lily y james afirmaron su mano en cada hombro de Harry para demostrarle su apoyo.
—La mayoría de los miembros del tribunal —y aquí Bagman le dirigió a
Karkarov una mirada muy desagradable— están de acuerdo en que esto
demuestra una gran altura moral y que merece ser recompensado con la
máxima puntuación. No obstante... la puntuación del señor Potter son cuarenta
y cinco puntos.
A Harry le dio un vuelco el estómago. Estaba empatado en el primer
puesto con Cedric Diggory. Joey y Hermione, muy sorprendidas, miraron a
Harry; luego se rieron y empezaron a aplaudir muy fuerte con el resto de la
multitud.
—¿Has visto, Harry? —le gritó Lily por encima del estruendo—. ¡Después
de todo, hacer el bien siempre tiene su recompensa! ¡Estabas demostrando gran altura moral!
—¡Felicidades Hermanito! —Dijo Jo revolviéndole el cabello, Amanda y Christopher aplaudían y se contagiaron de la felicidad que los rodeaba, aunque no entendían bien que pasaba.
—Mamá….¿Puedo yo también nadar en el lago? —preguntó Chris.
—Ni se te ocurra, el agua esta helada.
—¿Por qué entraste entonces? —Preguntó Amanda extrañada.la niña siempre trataba de analizar y buscar los porque de todo.
—Fue sin querer—Justificó la pelirroja dándole un beso maternal.
Fleur también aplaudía con mucho entusiasmo. Krum, en cambio, no
parecía nada contento. Volvió a intentar entablar conversación con Hermione,
pero ella estaba demasiado ocupada vitoreando a Harry para escuchar.
—La tercera y última prueba tendrá lugar al anochecer del día veinticuatro
de junio —continuó Bagman—. A los campeones se les notificará en qué
consiste dicha prueba justo un mes antes. Gracias a todos por el apoyo que les
brindáis.
«Ya ha pasado», pensaba Harry algo aturdido mientras la señora Pomfrey
se lo llevaba con el resto de los campeones y las rehenes de regresó al castillo,
para que se pusieran ropa seca. Ya había pasado todo: había superado la
prueba, y no tenía que preocuparse por nada más hasta el 24 de junio...
. Mientras subía la escalinata de piedra que daba acceso al castillo, decidió
que en cuanto volviera a Hogsmeade le compraría a Dobby un par de
calcetines para cada día del año.
Mientras se dirigían a la enfermería, Joey aprovechó aquel alboroto de gente causado por la prueba para ir a la lechucería. Llevaba más de un mes analizando la mejor forma de devolverle el abrigo a Malfoy y acabo decidiéndose por hacerlo con lechuza, no podía usar a Hedwig, ni la Letthy (la suya) porque todos la reconocerían y se preguntarían porque le enviaba algo a él. Debía ser discreta.
Había envuelto la prenda en un paquete y lo llevaba a diario en su mochila, para enviarlo en cuanto se presentara la oportunidad, pero con sus papas y sus hermanitos en hogwarts, con sus amigos y ayudar a su hermano a investigar en la biblioteca no había tenido ocasión.
Una vez en la lechucería garabateo una nota rápida.
Draco:
Siento mucho no haberte devuelto tu abrigo antes, quería hacerlo de forma discreta y no encontraba el momento. Aquí está, entonces.
Te agradezco el préstamo y aquella agradable charla.
Buena suerte.
Josephine.
Al día siguiente, Jo caminaba a clases de pociones. Los chicos de cuarto salían en aquel momento.
—Que te sea leve hermana— le dijo Harry al pasar—Esta de pésimo humor hoy. Mientras caminaba, la chica. volteó para preguntar a su hermano que es lo que snape había hecho ahora, cuando alguien chocó con alguien, sus libros se desparramaron.
—¡Mira por donde caminas Potter! —Dijo Malfoy con mala cara—Crabbe y Goyle la miraban amenazadoramente a los costados del chico.
—Lo-lo siento—Se disculpo confusa.
Los tres chicos siguieron su camino.
¿Por qué le había tratado mal? Antes había sido amable. ¿estaría enojado por demorar en devolverle su abrigo?
Josephine, se inclinó a levantar sus libros. Había una nota entre ellos. Malfoy habia chocado con ella apropósito.