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Historia 190400 — capítulo 72
Hermione soltó un grito ahogado y puso el periódico sobre la mesa para enseñar a sus amigos una gran fotografía de Dolores Umbridge que lucía una amplia sonrisa en los labios y pestañeaba lentamente bajo el siguiente titular:
EL MINISTERIO EMPRENDE LA REFORMA EDUCATIVA Y NOMBRA A DOLORES UMBRIDGE PRIMERA SUMA INQUISIDORA
—¿La profesora Umbridge «Suma Inquisidora»? —repitió Harry, desconcertado. La
tostada que estaba comiendo se le cayó de los dedos—. ¿Qué significa eso?
Hermione leyó en voz alta:
Anoche el Ministerio de la Magia tomó una decisión inesperada y aprobó una nueva
ley con la que alcanzará un nivel de control sin precedentes sobre el Colegio
Hogwarts de Magia y Hechicería.
«Hace tiempo que el ministro está preocupado por los sucesos ocurridos en
Hogwarts —explicó el asistente del ministro, Percy Weasley—. Y el paso que acaba
de dar ha sido la respuesta a la preocupación manifestada por muchos padres
angustiados respecto a la orientación que está tomando el colegio, una orientación
con la que no están de acuerdo.»
No es la primera vez en las últimas semanas que el ministro, Cornelius Fudge,
utiliza nuevas leyes para introducir mejoras en el colegio de magos.
Recientemente, el 30 de agosto, se aprobó el Decreto de Enseñanza n.° 22 para
asegurar que, en caso de que el actual director no pudiera nombrar a un candidato
para un puesto docente, el Ministerio tuviera derecho a elegir ala persona
apropiada.
«Así fue como Dolores Umbridge ocupó su actual puesto como profesora en
Hogwarts —explicó Weasley anoche—. Dumbledore no encontró a nadie para
impartir la asignatura de Defensa Contra las Artes Oscuras... y por eso el ministro
nombró a Dolores Umbridge, lo que ha constituido, por supuesto, un éxito
inmediato...»
—¿Que ha sido QUÉ? —saltó Harry.
—Espera, aún hay más —dijo Hermione, apesadumbrada.
«... por supuesto, un éxito inmediato porque ha revolucionado por completo el
sistema de enseñanza de dicha asignatura y porque así proporciona al ministro
información de primera mano sobre lo que está pasando en Hogwarts.»
El Ministerio ha formalizado esta última función con la aprobación del Decreto
de Enseñanza n.° 23, que crea el nuevo cargo de Sumo Inquisidor de Hogwarts.
«De este modo se inicia una emocionante nueva fase del plan del ministro
para poner remedio a lo que algunos llaman el "descenso de nivel" de Hogwarts —
explicó Weasley—. El Inquisidor tendrá poderes para supervisar a sus colegas y
asegurarse de que su trabajo alcance el nivel requerido. El ministro ha ofrecido este
cargo a la profesora Umbridge, además del puesto docente, y estamos encantados
de anunciar que ella lo ha aceptado.»
Las nuevas medidas adoptadas por el Ministerio han recibido el entusiasta
apoyo de los padres de los alumnos de Hogwarts.
«Estoy mucho más tranquilo desde que sé que Dumbledore estará sometido a
una evaluación justa y objetiva —declaró el señor Lucius Malfoy, de 41 años, en su
mansión de Wiltshire—. Muchos padres, que queremos lo mejor para nuestros
hijos, estábamos preocupados por algunas de las descabelladas decisiones que ha
tomado Dumbledore en los últimos años y nos alegra saber que el Ministerio
controla la situación.»
Entre esas «descabelladas decisiones» están sin duda los controvertidos
nombramientos docentes, anteriormente descritos en este periódico, que incluyen
al hombre lobo Remus Lupin, al semigigante Rubeus Hagrid y al engañoso ex Auror
Ojoloco Moody.
Abundan los rumores, desde luego, de que Albus Dumbledore, antiguo Jefe
Supremo de la Confederación Internacional de Magos y Jefe de Magos del
Wizengamot, ya no está en condiciones de dirigir el prestigioso Colegio Hogwarts.
«Creo que el nombramiento de la Inquisidora es un primer paso hacia la
garantía de que Hogwarts tenga un director en quien todos podamos depositar
nuestra confianza», afirmó una persona perteneciente al Ministerio.
Dos de los miembros de mayor antigüedad del Wizengamot, Griselda
Marchbanks y Tiberius Ogden, han dimitido como protesta ante la introducción del
cargo de Inquisidor de Hogwarts.
«Hogwarts es un colegio, no un puesto de avanzada del despacho de
Cornelius Fudge —afirmó la señora Marchbanks—. Esto no es más que otro
lamentable intento de desacreditar a Albus Dumbledore.»
Hermione terminó de leer y miró a sus amigos, que estaban sentados al otro lado de la mesa.
—¡Ahora ya sabemos por qué nos han puesto a esa Umbridge! ¡Fudge aprobó el Decreto de Enseñanza y nos la ha impuesto! ¡Y ahora va y le da poderes para supervisar a los otros profesores! —Hermione respiraba muy deprisa y le brillaban los ojos—. No puedo creerlo. ¡Es un escándalo!
—Ya lo sé —coincidió Harry, que se miró la mano derecha, apoyada con fuerza en la mesa, y vio el débil trazo de las palabras que la profesora Umbridge le había obligado a grabarse en la piel.
Pero en la cara de Ron estaba dibujándose una sonrisa.
—¿Qué pasa? —preguntaron Harry y Hermione al mismo tiempo, observándolo.
—Es que me muero de ganas de ver cómo supervisan a la profesora McGonagall —dijo Ron alegremente—. Umbridge va a enterarse de lo que es bueno.
—En fin, vámonos —propuso Hermione poniéndose en pie—. Si piensa supervisar la clase de Binns, será mejor que no lleguemos tarde...
Pero la profesora Umbridge no supervisó la clase de Historia de la Magia, que fue tan aburrida como la del lunes anterior; tampoco la encontraron en la mazmorra de Snape cuando llegaron para una clase de dos horas de Pociones, en la que a Harry le devolvieron su redacción sobre el ópalo con una enorme y puntiaguda D negra estampada en una esquina superior.
—les he puesto la nota que les habrían puesto si hubieran presentado este trabajo en el TIMO —explicó Snape con una sonrisita de suficiencia mientras se paseaba entre sus alumnos devolviéndoles los deberes corregidos—. Así se haran una idea de los resultados que puede esperar de sus exámenes. —Snape llegó a la parte delantera de la clase y se dio la vuelta para mirar a los alumnos—. En general, el nivel de la redacción ha sido pésimo. La mayoría de ustedes habrían suspendido si hubiera sido un examen. Espero que se esfuercen mucho más en la redacción de esta semana sobre las diferentes variedades de antídotos para veneno; si no, tendré que empezar a castigar a los burros que obtengan una D.
—¿A alguien le han puesto una D? ¡Ja! —dijo Malfoy en voz baja, y entonces Snape
esbozó una sonrisa de complicidad.
Harry se dio cuenta de que Hermione lo miraba de reojo intentando ver qué nota había tenido, así que guardó su redacción sobre el ópalo en la mochila tan rápido como pudo, pues prefería no divulgar esa información.
Luego de una clase supervisada de adivinación Harry y Ron se reunieron con Hermione para asistir a la segunda clase de DCAO.
—Guarden las varitas —ordenó sin dejar de sonreír, y los estudiantes más optimistas, que las habían sacado, volvieron a guardarlas con pesar en sus mochilas—. En la última clase terminamos el capítulo uno, de modo que hoy quiero que abráis el libro por la página diecinueve y empiecen a leer el capítulo dos, titulado «Teorías defensivas más comunes y su derivación». En silencio, por favor —añadió, y exhibiendo aquella amplia sonrisa de autosuficiencia, se sentó detrás de su mesa.
Los alumnos suspiraron mientras, todos a una, abrían los libros por la página 19. Harry, abatido, se preguntó si habría suficientes capítulos para pasarse el año leyendo en las clases de Defensa Contra las Artes Oscuras, y cuando estaba a punto de revisar el índice se fijó en que Hermione volvía a tener la mano levantada.
La profesora Umbridge también lo había visto, y no sólo eso, sino que al parecer había diseñado una estrategia por si se presentaba aquella eventualidad. En lugar de fingir que no se había fijado en Hermione, se puso en pie y pasó por la primera hilera de pupitres hasta colocarse delante de ella; entonces se agachó y susurró para que el resto de la clase no pudiera oírla:
—¿Qué ocurre esta vez, señorita Granger?
—Ya he leído el capítulo dos —respondió Hermione.
—Muy bien, entonces vaya al capítulo tres.
—También lo he leído. He leído todo el libro.
La profesora Umbridge parpadeó, pero recuperó el aplomo casi de inmediato.
—Estupendo. En ese caso, podrá explicarme lo que dice Slinkhard sobre los
contraembrujos en el capítulo quince.
—Dice que los contraembrujos no deberían llamarse así —contestó Hermione sin vacilar— Dice que «contraembrujo» no es más que un nombre que la gente utiliza para denominar sus embrujos cuando quieren que parezcan más aceptables. —La profesora Umbridge arqueó las cejas y Harry se dio cuenta de que estaba impresionada, a su pesar—. Pero yo no estoy de acuerdo —añadió Hermione.
Las cejas de la profesora Umbridge se arquearon un poco más y su mirada adquirió una frialdad evidente.
—¿No está usted de acuerdo?
—No —contestó Hermione, quien, a diferencia de la profesora, no hablaba en voz baja, sino con una voz clara y potente que ya había atraído la atención del resto de la clase—. Al señor Slinkhard no le gustan los embrujos, ¿verdad? En cambio, yo creo que pueden resultar muy útiles cuando se emplean para defenderse.
—¡¿Ah, sí?! —exclamó la profesora Umbridge olvidando bajar la voz y enderezándose—. Pues me temo que es la opinión del señor Slinkhard, y no la suya, la que nos importa en esta clase, señorita Granger.
—Pero... —empezó a decir ella.
—Basta —la atajó la profesora Umbridge; a continuación, se dirigió a la parte delantera de la clase y se quedó de pie delante de sus alumnos; todo el garbo que había exhibido al principio de la clase había desaparecido—. Señorita Granger, voy a restarle cinco puntos a la casa de Gryffindor.
Sus palabras desencadenaron un arranque de murmullos.
—¿Por qué? —preguntó Harry, furioso.
—¡No te metas en esto! —le susurró Hermione, alarmada.
—Por perturbar el desarrollo de mi clase con interrupciones que no vienen al caso —contestó la profesora Umbridge suavemente—. Estoy aquí para enseñarles a utilizar un método aprobado por el Ministerio que no contempla la posibilidad de animar a los alumnos a expresar sus opiniones sobre temas de los que no entienden casi nada. Es posible que sus anteriores profesores de esta disciplina les hayan permitido más libertades, pero dado que ninguno de ellos, tal vez con la excepción del profesor Quirrell, que al menos se limitó a abordar temas apropiados para vuestra edad, habría aprobado una supervisión del Ministerio...
—Sí, Quirrell era un profesor excelente —dijo Harry en voz alta—, pero tenía un pequeño inconveniente: que por su turbante se asomaba lord Voldemort.
Esa declaración fue recibida con uno de los silencios más aplastantes que Harry había oído en su vida. Y entonces...
—Creo que le sentará bien otra semana de castigos, Potter —sentenció la profesora
Umbridge sin alterarse.
El corte que Harry tenía en la mano todavía no se había curado, y a la mañana siguiente volvía a sangrar. Harry no se quejó durante el castigo de la tarde, pues estaba decidido a no dar aquella satisfacción a la profesora Umbridge. Escribió una y otra vez «No debo decir mentiras» sin que un solo sonido escapara de sus labios, aunque el corte iba haciéndose más profundo con cada letra.
Lo peor de aquella segunda semana de castigos fue, como había predicho George, la reacción de Angelina. El martes, a la hora del desayuno, acorraló a Harry cuando éste llegó a la mesa de Gryffindor y se puso a gritarle de tal modo que la profesora McGonagall se acercó desde la mesa de los profesores.
—Señorita Johnson, ¿cómo se atreve a montar semejante escándalo en el Gran
Comedor? ¡Cinco puntos menos para Gryffindor!
—Pero profesora... Han vuelvo a castigar a Harry...
—¿Qué pasa, Potter? —preguntó la profesora McGonagall con enojo dirigiéndose a
Harry—. ¿Te han castigado? ¿Quién?
—La profesora Umbridge —masculló esquivando los negros y pequeños ojos de la
profesora McGonagall, que lo taladraban a través de las gafas cuadradas.
—¿Estás diciéndome que, después de la advertencia que te hice el lunes pasado —dijo, bajando la voz para que no la oyera un grupo de curiosos de Ravenclaw que tenía detrás—, has vuelto a perder los estribos en la clase de la profesora Umbridge?
—Sí —confesó Harry mirando al suelo.
—¡Tienes que aprender a controlarte, Potter! ¡Estás buscándote problemas! ¡Cinco
puntos menos para Gryffindor!
—Pero... ¿qué? ¡No, profesora! —se rebeló Harry, furioso ante aquella injusticia—. Ya me ha castigado ella, ¿por qué tiene que restarme puntos también?
—¡Porque por lo visto los castigos no surten el más mínimo efecto! —exclamó la
profesora McGonagall de manera cortante—. ¡No, Potter, no quiero oír ni una palabra más! ¡Y usted, señorita Johnson, haga el favor de reservar en el futuro sus gritos para el campo de quidditch si no quiere perder la capitanía del equipo!
Y tras pronunciar esas palabras, la profesora McGonagall se encaminó pisando fuerte hacia la mesa de los profesores. Angelina lanzó a Harry una mirada de profundo desprecio y se alejó de él, tras lo cual el chico se sentó en el banco junto a Ron, echando chispas.
—¡Le quita puntos a Gryffindor porque todas las tardes me abro la mano con una
plumilla! ¿Es eso justo?
—Te comprendo, Harry —dijo su amigo compasivamente mientras le servía beicon—. Está completamente chiflada.
Hermione, sin embargo, se limitó a hojear El Profeta yno comentó nada.
—Crees que la profesora McGonagall tiene razón, ¿verdad? —le preguntó Harry a la
fotografía de Cornelius Fudge que le tapaba la cara a Hermione.
—Lamento que te haya quitado puntos, pero creo que hace bien advirtiéndote que no pierdas los estribos con Umbridge —sentenció la voz de su amiga mientras Fudge gesticulaba enérgicamente en la primera plana cuando pronunciaba un discurso. Harry no le dirigió la palabra a Hermione en Encantamientos, pero cuando entraron en Transformaciones se le olvidó que estaba enfadado con ella. La profesora Umbridge estaba sentada en un rincón sosteniendo las hojas de pergamino, y al verla, lo ocurrido durante el desayuno se borró de su memoria.
—Estupendo —murmuró Ron cuando se sentaron en los asientos que solían ocupar—. Ahora veremos cómo le dan su merecido a esa Umbridge.
La profesora McGonagall entró en el aula con aire marcial sin dar ni la más leve muestra de saber que la profesora Umbridge estaba allí.
—¡Ya basta! —exclamó, y la clase se calló de inmediato—. Señor Finnigan, haga el favor de venir a buscar los trabajos y repártalos. Señorita Brown, coja esta caja de ratones, por favor; no seas tonta, niña, no te van a hacer nada, y dale uno a cada alumno.
—Ejem, ejem.
La profesora Umbridge utilizó la misma tosecilla ridícula con que había interrumpido a Dumbledore la primera noche del curso. La profesora McGonagall, sin embargo, la ignoró por completo. Seamus le devolvió su redacción a Harry, quien la cogió sin mirarlo y vio, con gran alivio, que le habían puesto una A.
—Muy bien, escuchadme todos con atención. Dean Thomas, si vuelves a hacerle eso a tu ratón voy a castigarte. La mayoría de vosotros ya han conseguido que sus caracoles desaparezcan, e incluso quienes les dejaron un poco de caparazón han captado lo esencial del hechizo. Hoy vamos a...
—Ejem, ejem —insistió la profesora Umbridge.
—¿Sí? —dijo la profesora McGonagall volviéndose con las cejas tan juntas que formaban una larga y severa línea.
—Estaba preguntándome, profesora, si habría recibido usted la nota en la que le
detallaba la fecha y la hora de su supervi...
—Es evidente que la he recibido, porque si no ya le habría preguntado qué está haciendo en mi aula —la interrumpió la profesora McGonagall, y dicho eso le dio la espalda. Muchos estudiantes intercambiaron miradas de regocijo—. Como iba diciendo, hoy vamos apracticar el hechizo desvanecedor con ratones, lo cual resulta mucho más difícil. Bien, el hechizo desvanecedor...
—Ejem, ejem.
—Me gustaría saber —empezó la profesora McGonagall, conteniendo su ira y volviéndose hacia la profesora Umbridge— cómo espera hacerse una idea de mis métodos de enseñanza si no para de interrumpirme. Verá, por lo general, no tolero que la gente hable cuando estoy hablando yo.
La profesora Umbridge se quedó como si acabara de recibir una bofetada. No dijo nada, pero colocó bien las hojas de pergamino que estaban cogidas con el sujetapapeles y empezó a escribir furiosamente.
La profesora McGonagall, haciendo gala de una indiferencia suprema, se dirigió de nuevo a los alumnos.
—Como iba diciendo, la dificultad del hechizo desvanecedor es proporcional a la
complejidad del animal que queremos hacer desaparecer. El caracol, que es un invertebrado, no supone un gran desafío; el ratón, que es un mamífero, plantea un reto mucho mayor. Por lo tanto, éste no es un hechizo que puedan realizar si estan pensando en la cena. Bien, ya conocen el conjuro, veamos de qué son capaces.
—¡Cómo se atreve a sermonearme por perder los estribos con Umbridge! —le murmuró Harry a Ron, aunque sonreía: casi se le había pasado del todo el enfado con la profesora McGonagall.
Dolores Umbridge no siguió a la profesora McGonagall por el aula como había hecho con la profesora Trelawney; quizá se diese cuenta de que la profesora McGonagall no lo permitiría.
Sin embargo, tomó muchas notas, sentada en un rincón, y cuando finalmente la profesora McGonagall dijo a sus alumnos que podían recoger, se levantó con semblante adusto.
—Bueno, algo es algo —comentó Ron mientras cogía una larga y escurridiza cola de
ratón y la metía en la caja que Lavender estaba pasando por los pasillos.
Cuando salían en fila del aula, Harry vio que la profesora Umbridge se acercaba a la
mesa de la profesora McGonagall; entonces le dio un codazo a Ron, que a su vez le dio un codazo a Hermione, y los tres se quedaron rezagados adrede para escuchar.
—¿Cuánto tiempo hace que imparte clases en Hogwarts? —le preguntó la profesora
Umbridge.
—En diciembre hará treinta y nueve años —contestó la profesora McGonagall
bruscamente, y cerró su bolso con brío.
La profesora Umbridge anotó algo una vez más.
—Muy bien —añadió—, recibirá el resultado de su supervisión dentro de diez días.
—Me muero de impaciencia —replicó la profesora McGonagall con desprecio, y se
encaminó hacia la puerta con grandes zancadas—. Dense prisa, ustedes tres —añadió dirigiéndose a Harry, Ron y Hermione.
Harry no pudo evitar dirigirle una tímida sonrisa, y habría jurado que la profesora
McGonagall se la devolvía.
Era casi medianoche cuando Harry salió del despacho de la profesora Umbridge. La mano le sangraba tanto que se le había manchado el pañuelo con que se la había envuelto. Se había imaginado que al regresar encontraría la sala común vacía, pero Ron y Hermione estaban esperándolo. Se alegró de verlos, sobre todo porque Hermione no se mostró crítica con él, sino comprensiva.
—Toma —dijo con inquietud mientras le acercaba un pequeño cuenco lleno de un líquido amarillo—, pon la mano en remojo, es una solución de tentáculos de murtlap pasteurizados y escabechados. Te irá bien.
Harry metió la mano, dolorida y sangrante, en el cuenco y experimentó una agradable sensación de alivio. Crookshanks se enroscó alrededor de sus piernas maullando fuerte; luego saltó a su regazo y se quedó acurrucado.
—Gracias —dijo Harry reconfortado, acariciando a Crookshanks detrás de las orejas con la mano izquierda.
—Sigo pensando que deberías quejarte de esto —afirmó Ron en voz baja.
—No —contestó Harry cansinamente.
—La profesora McGonagall se pondría furiosa si supiera...
—Sí, lo más probable —admitió Harry—. Pero ¿cuánto crees que tardaría Umbridge en aprobar otro decreto diciendo que cualquier profesor que se queje de la Suma Inquisidora será inmediatamente despedido?
Ron despegó los labios para responder, pero no articuló ningún sonido, y al cabo de un momento volvió a cerrarlos, derrotado.
—Esa mujer es repugnante —afirmó Hermione con un susurro—. Repugnante. Cuando has entrado estaba diciéndole a Ron... que tenemos que tomar cartas en el asunto.
—Yo propongo que la envenenemos —sugirió Ron con gravedad.
—No, en serio... Tendríamos que decir algo sobre lo mala profesora que es y sobre el hecho de que con ella no vamos a aprender nada de Defensa —propuso Hermione.
—Pero ¿qué quieres que hagamos? —le preguntó Ron con un bostezo—. Es demasiado tarde, ¿no? Ya le han dado el empleo, y ahora no se va a marchar. De eso se encargará Fudge.
—Bueno —aventuró Hermione—, se me ha ocurrido... —Miró con cierto nerviosismo a Harry y prosiguió—: Se me ha ocurrido que a lo mejor ha llegado el momento... de que actuemos por nuestra cuenta.
—¿De que actuemos por nuestra cuenta? —repitió recelosamente Harry, que todavía tenía la mano metida en la solución de tentáculos de murtlap.
—Me refiero a... aprender Defensa Contra las Artes Oscuras nosotros solos—aclaró
Hermione.
—¿Pretendes hacernos trabajar aún más? ¿No te das cuenta de que Harry y yo volvemos a tener los deberes atrasados y sólo llevamos dos semanas de curso?
—Pero ¡esto es mucho más importante que los deberes! —protestó Hermione.
Harry y Ron la miraron con los ojos desorbitados.
—¡No sabía que en el universo hubiera algo más importante que los deberes! —exclamó Ron.
—No seas tonto, claro que lo hay —replicó Hermione, y Harry percibió atemorizado que de pronto la cara de su amiga denotaba aquel tipo de fervor que el PEDDO le solía inspirar—.Se trata de prepararnos, como dijo Harry en la primera clase de Umbridge, para lo que nos espera fuera del colegio. Se trata de asegurarnos de que verdaderamente sepamos defendernos. Si no aprendemos nada durante un año...
—No podremos hacer gran cosa nosotros solos —repuso Ron con desánimo—. Sí,
podemos buscar embrujos en la biblioteca e intentar practicarlos, supongo...
—No, estoy de acuerdo contigo: ya hemos superado esa etapa en la que sólo podíamos aprender cosas en los libros —dijo Hermione—. Necesitamos un profesor, un profesor de verdad que nos enseñe a usar los hechizos y nos corrija si los hacemos mal.
—Si estás pensando en Lupin... —empezó a decir Harry.
—No, no, no estoy pensando en Lupin —dijo Hermione—. Él está demasiado ocupado con la Orden, y además sólo podríamos verlo los fines de semana que fuéramos a Hogsmeade, y eso no sería suficiente.
—Entonces, ¿en quién? —preguntó Harry, mirándola con el entrecejo fruncido.
Hermione suspiró profundamente.
—¿No lo han captado? —se lamentó—. Podrías hacerlo tú, cariño.
Hubo un momento de silencio. Una ligera brisa nocturna hacía crujir los cristales de las ventanas y el fuego ardía con luz parpadeante.
—Podría hacer ¿qué? —se sorprendió él.
—Podrías enseñarnos Defensa Contra las Artes Oscuras.
Harry la miró fijamente. Luego dirigió la vista hacia Ron, dispuesto a cambiar con él una
de aquellas miradas de exasperación que compartían cuando Hermione les salía con algún descabellado proyecto como el PEDDO. Sin embargo, para desesperación de Harry, Ron no parecía nada exasperado, y, después de reflexionar unos instantes con el entrecejo un poco fruncido, dijo:
—No es mala idea.
—¿Qué es lo que no es mala idea? —le preguntó Harry.
—Que nos enseñes tú.
—Pero si... —Harry sonrió, convencido de que sus amigos estaban tomándole el pelo—. Pero si yo no soy profesor. Yo no puedo...
—Harry, eres el mejor de nuestro curso en Defensa Contra las Artes Oscuras —le recordó Hermione.
—¿Yo? —dijo Harry sonriendo más abiertamente—. Eso no es verdad, tú me has
superado en todos los exámenes que...
—No, Harry —aseguró Hermione cortante—. Tú me superaste en tercero, el único curso en que ambos hicimos el examen y tuvimos un profesor que sabía algo de la asignatura. Pero no estoy hablando de resultados de exámenes, Harry. ¡Piensa en todo lo que has hecho!
—¿Qué quieres decir?
—¿Sabes qué? No estoy seguro de querer que me dé clases alguien tan estúpido —le insinuó Ron a Hermione con una sonrisita y dijo—: Vamos a ver... En primero salvaste la Piedra Filosofal de las manos de Quien-tú-sabes...
—Pero no gracias a mi habilidad —explicó Harry—, sino porque tuve suerte.
—En segundo —lo interrumpió Ron— mataste al basilisco y destruiste a Ryddle.
—Sí, pero si no llega a ser por Fawkes*...*
—En tercero —prosiguió Ron, subiendo el tono de voz— ahuyentaste a más de un
centenar de Dementores de una sola vez...
—Sabes perfectamente que eso fue por casualidad, si el giratiempo no hubiera...
—El año pasado —continuó Ron ya casi a voz en grito— volviste a vencer a Quien-túsabes...
—¿Quieren hacer el favor de escucharme? —saltó Harry casi enfadado porque Ron y
Hermione lo miraban sonriendo—. Escuchenme, ¿de acuerdo? Dicho así suena fabuloso, pero lo que pasó fue que tuve suerte, yo ni siquiera sabía lo que estaba haciendo, no planeé nada, me limité a hacer lo que se me ocurría, y casi siempre conté con ayuda...
Ron y Hermione seguían sonriendo y Harry se puso aún más nervioso; ni siquiera sabía con exactitud por qué estaba tan enfadado.
—¡No se queden ahí sentados sonriendo como si supieran más que yo! Era yo
el que estaba allí, ¿no? —dijo acaloradamente—. Yo sé lo que pasó. Y si salí bien parado de esas situaciones no fue porque supiera mucho de Defensa Contra las Artes Oscuras, sino porque..., porque recibí ayuda en el momento preciso, o porque acerté por casualidad... Pero me libré por los pelos, no tenía ni idea de lo que estaba haciendo... ¡PAREN DE REÍR!
El cuenco que contenía la solución de murtlap cayó al suelo y se rompió y Harry se dio cuenta de que estaba de pie, aunque no recordaba haberse levantado. Crookshanks se escondió debajo de un sofá y la sonrisa de Ron y Hermione desapareció.
—¡No tienen ni idea! ¡ nunca han tenido que enfrentaros a él! ¿Creen que
basta con memorizar un puñado de hechizos y lanzárselos, como si estuvieran en clase? En esas circunstancias, eres totalmente consciente de que no hay nada que te separe de la muerte salvo..., salvo tu propio cerebro o tus agallas o lo que sea, como si fuera posible pensar fríamente cuando sabes que estás a milésimas de segundo de que te maten, o de que te torturen, o de ver morir a tus amigos... Lo que se siente cuando uno se enfrenta a situaciones así... nunca nos lo han enseñado en las clases. Y ustedes dos me miran como si yo fuera muy
listo porque estoy aquí de pie, vivo, y Diggory fuera un estúpido, como si él hubiera metido la pata... No lo entienden; pudo pasarme a mí, me habría pasado de no ser porque Voldemort me necesitaba para...
—Nosotros no queríamos decir eso, Harry —se excusó Ron, que contemplaba aterrado a su amigo—. No nos estábamos metiendo con Diggory, no pretendíamos... Nos has interpretado mal —añadió mirando desesperado a Hermione, que estaba muy afligida.
—Harry —dijo ella con timidez—, ¿es que no lo ves? Por eso..., por eso precisamente te necesitamos. Necesitamos saber... có-cómo es en realidad... enfrentarse a..., enfrentarse a Vo-Voldemort.
Era la primera vez que Hermione pronunciaba el nombre de Voldemort, y fue eso más que ninguna otra cosa lo que calmó a Harry. Se sentó en la butaca, respirando agitadamente, y entonces se dio cuenta de que volvía a dolerle muchísimo la mano. Enseguida lamentó haber roto el cuenco del murtlap.
—Bueno, piénsalo... —insinuó Hermione con voz queda—. Por favor
Harry no sabía qué decir. Estaba arrepentido de aquel arrebato, así que asintió sin
reparar apenas en lo que estaba aceptando.
—En fin, me voy a la cama —anunció, Ron esforzándose por hablar con naturalidad—. Buenas noches...—¿Vienes? —le preguntó a Harry.
—Sí. Ahora mismo... Voy a limpiar esto —dijo señalando el cuenco roto. Ron asintió y se marchó—. ¡Reparo!—murmuró luego Harry apuntando con la varita a los trozos de porcelana rotos. Los fragmentos se unieron solos y el cuenco quedó como nuevo, pero no había forma de devolver la solución de murtlap al cuenco.
—¿No te vas a la cama?
—¿Podemos…podemos quedarnos un poco más? Si no estas muy cansado.
—No quiero hablar de eso…ya dije que me lo pensaría.
—No…no es para hablar de eso…quiero estar contigo un rato, te extraño—Admitió un poco avergonzada.
—Me quedo entonces respondió Harry con una sonrisa.
—Últimamente no hemos tenido tiempo para nosotros—Dijo Hermione—Cuando no estas cansado, estas enfadado y cuando no es ninguna de esas, estamos rodeados de gente.
—O tú tienes rondas, o tienes que ir al vagón de los prefectos…—Señaló el chico besándola.
—¿Sabes? Cuando creía que tú eras el prefecto, me puse feliz. Pensé: ¡Más tiempo juntos! creo que no logré disimular muy bien mi decepción…—Confesó Hermione entre besos—No es porque sea Ron el prefecto, en verdad creo que si se lo propone lo hará bien, y creo que será bueno para el resaltar en algo….solo me decepcione por eso, por no estar a tu lado un poco más….
—Entiendo….y yo también te extraño, últimamente ni siquiera sentía que eras mi novia….quiero decir que parecía que aviamos retrocedido a cuando solo éramos amigos que de vez en cuando se besaban…—Admitió el chico rodeando su cintura— No quería decírtelo, porque no queria que te sintieras presionada a dedicarme tiempo con todo lo que tienes que hacer, pero ahora que me dices que te sientes igual….
—¿Te gustaría que hiciéramos esto cada dia….quedarnos hasta que todos van a dormir? —Preguntó la chica metiendo sus dedos entre el cabello de su novio
—¿no sería demasiado para ti? Te despiertas muy temprano.
—No me importaría….y si un día estoy muy cansada, ese día no nos quedamos y ya…
—Me parece bien…—Murmuró Harry volviendo a buscar los labios de su novia.
Llevaban largo rato en el sofá, besándose apasionadamente y acariciándose. Habían acabado recostados, el sobre Hermione. Era la primera vez que llegaban a ese punto, que se dejaban llevar por aquel impulso natural y primitivo. Eran las dos de la mañana cuando dejó los labios de Hermione y miro sus ojos brillantes de pasión.
—Creo que es hora de…—empezó a decir con dificultad el chico
—Si…Buenas noches….— respondió sin dejarlo terminar
—Descansa…—murmuró todavía observando sus ojos.
—no puedo irme si tu estas sobre mi…¿lo sabes no? —Preguntó risueña robándole un beso rápido.
—Lo siento…—Dijo riendo avergonzado haciéndose a un lado y ayudándola a ponerse de pie. —Dulces sueños Herms…
—Que duermas bien Harry…
Se despidieron con un roce de labios y la chica caminó hacia la escalera que llevaba al dormitorio de las chicas.
—¡Hermione!
—¿sí? —Se detuvo al pie de las escaleras y lo miró.
—¡Te quiero!
La chica sonrió ampliamente.
—¡También te quiero mucho! —respondió lanzándole un beso con la mano.