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Historia 190400 — capítulo 66
Cuando Dumbledore abrió la puerta, Harry vio a la señora Weasley, a Bill,
Ron y Hermione rodeando a la señora Pomfrey, que parecía agobiada. Le
estaban preguntando dónde se hallaba él y qué le había ocurrido.
Todos se abalanzaron sobre ellos cuando entraron, y la señora Weasley
soltó una especie de grito amortiguado:
—¡Harry!, ¡ay, Harry!
Fue hacia él, pero Dumbledore se interpuso.
—Molly —le dijo levantando la mano—, por favor, escúchame un momento.
Harry ha vivido esta noche una horrible experiencia. Y acaba de revivirla para
mí. Lo que ahora necesita es paz y tranquilidad, y dormir. Si quiere que estén
con él —añadió, mirando también a Ron, Hermione y Bill—, pueden quedarse,
pero no quiero que le pregunten nada hasta que esté preparado para
responder, y desde luego no esta noche.
La señora Weasley mostró su conformidad con un gesto de la cabeza.
Estaba muy pálida. Se volvió hacia Ron, Hermione y Bill con expresión severa,
como si ellos estuvieran metiendo bulla, y les dijo muy bajo:
—¿Han oído? ¡Necesita tranquilidad!
—Dumbledore —dijo la señora Pomfrey, mirando fijamente el perro grande
y negro en el que se había convertido Sirius—, ¿puedo preguntar qué...?
—Este perro se quedará un rato haciéndole compañía a los Potter —dijo
sencillamente Dumbledore—. Te aseguro que está extraordinariamente bien
educado. Esperaremos a que te acuestes, Harry.
Harry sintió hacia Dumbledore una indecible gratitud por pedirles a los
otros que no le hicieran preguntas. No era que no quisiera estar con ellos, pero
la idea de explicarlo todo de nuevo, de revivirlo una vez más, era superiora sus
fuerzas.
—Volveré en cuanto haya visto a Fudge, Harry —dijo Dumbledore—. Me
gustaría que mañana te quedaras aquí hasta que me haya dirigido al colegio.
Salió. Mientras la señora Pomfrey lo llevaba a una cama próxima, Harry
vislumbró al auténtico Moody acostado en una cama al final de la sala. Tenía el
ojo mágico y la pata de palo sobre la mesita de noche.
—¿Qué tal está? —preguntó Harry.
—Se pondrá bien —aseguró la señora Pomfrey, dándole un pijama a Harry
y rodeándolo de biombos.
Todos rodearon su cama,
A la señora Potter se le empañaron los ojos de lágrimas mientras le
alisaba la colcha de la cama, sin que hiciera ninguna falta.
La señora Pomfrey, que se había marchado aprisa al despacho, volvió con
una copa y una botellita de poción de color púrpura.
—Tendrás que bebértela toda, Harry —le indicó—. Es una poción para
dormir sin soñar.
Harry tomó la copa y bebió unos sorbos. Enseguida le entró sueño: todo a
su alrededor se volvió brumoso, las lámparas que había en la enfermería le
hacían guiños amistosos a través de los biombos que rodeaban su cama, y
sintió como si su cuerpo se hundiera más en la calidez del colchón de plumas.
Antes de que pudiera terminar la poción, antes de que pudiera añadir otra
palabra, la fatiga lo había vencido.
Cuando Harry despertó, los weasley ya no estaban allí. Oía cuchicheos a su alrededor.
—¡Van a despertarlo si no se callan!
—¿Por qué gritan así? No habrá ocurrido nada más, ¿no?
Harry abrió perezosamente los ojos. Alguien le había quitado las gafas.
Pudo distinguir junto a él las siluetas borrosas de sus padres, Joey y Hermione
—Es la voz de Fudge —susurraba Lily—. Y ésa es la de McGonagall. Pero ¿por qué discuten?
Harry también los oía: gente que gritaba y corría hacia la enfermería.
—Ya sé que es lamentable, pero da igual, Minerva —decía Cornelius
Fudge en voz alta.
—¡No debería haberlo metido en el castillo! —gritó la profesora
McGonagall—. Cuando se entere Dumbledore...
Harry oyó abrirse de golpe las puertas de la enfermería.
Fudge entró en la sala con paso decidido. Detrás de él iban Snape y la
profesora McGonagall.
—¿Dónde está Dumbledore? —le preguntó Fudge a Lilian.
—Aquí no —respondió ella, enfadada—. Esto es una enfermería, señor
ministro. ¿No cree que sería mejor...?
Pero la puerta se abrió y entró Dumbledore en la sala.
—¿Qué ha ocurrido? —inquirió bruscamente, pasando la vista de Fudge a
la profesora McGonagall—. ¿Por qué están molestando a los enfermos?
Minerva, me sorprende que tú... Te pedí que vigilaras a Barty Crouch...
—¡Ya no necesita que lo vigile nadie, Dumbledore! —gritó ella—. ¡Gracias
al ministro!
Harry no había visto nunca a la profesora McGonagall tan fuera de sí: tenía
las mejillas coloradas, los puños apretados y temblaba de furia.
—Cuando le dijimos al señor Fudge que habíamos atrapado al mortífago
responsable de lo ocurrido esta noche —dijo Snape en voz baja—, consideró
que su seguridad personal estaba en peligro. Insistió en llamar a un dementor
para que lo acompañara al castillo. Y subió con él al despacho en que Barty
Crouch...
—¡Le advertí que usted no lo aprobaría, Dumbledore! —exclamó la
profesora McGonagall—. Le dije que usted nunca permitiría la entrada de un
dementor en el castillo, pero...
—¡Mi querida señora! —bramó Fudge, que de igual manera parecía más
enfadado de lo que Harry lo había visto nunca—. Como ministro de Magia, me
compete a mí decidir si necesito escolta cuando entrevisto a alguien que puede
resultar peligroso...
Pero la voz de la profesora McGonagall ahogó la de Fudge:
—En cuanto ese... ese ser entró en el despacho —gritó ella, temblorosa y
señalando a Fudge— se echó sobre Crouch y... y...
Harry sintió un escalofrío, en tanto la profesora McGonagall buscaba
palabras para explicar lo sucedido. No necesitaba que ella terminara la frase,
pues sabía qué era lo que debía de haber hecho el dementor: le habría
administrado a Barty Crouch su beso fatal. Le habría aspirado el alma por la
boca. Estaría peor que muerto.
—¡Pero, por todos los santos, no es una pérdida tan grave! —soltó
Fudge—. ¡Según parece, es responsable de unas cuantas muertes!
—Pero ya no podrá declarar, Cornelius —repuso Dumbledore. Miró a
Fudge con severidad, como si lo viera tal cual era por primera vez—. Ya no
puede declarar por qué mató a esas personas.
—¿Que por qué las mató? Bueno, eso no es ningún misterio —replicó
Fudge—. ¡Porque estaba loco de remate! Por lo que me han dicho Minerva y
Severus, ¡creía que actuaba según las instrucciones de Voldemort!
—Es que actuaba según las instrucciones de Voldemort, Cornelius —dijo
Dumbledore—. Las muertes de esas personas fueron meras consecuencias de
un plan para restaurar a Voldemort a la plenitud de sus fuerzas. Ese plan ha
tenido éxito, y Voldemort ha recuperado su cuerpo.
Fue como si a Fudge le pegaran en la cara con una maza. Aturdido y
parpadeando, devolvió la mirada a Dum bledore como si no pudiera dar crédito
a sus oídos. Entonces, sin dejar de mirar a Dumbledore con los ojos
desorbitados, comenzó a farfullar:
—¿Que ha retornado Quien-tú-sabes? Absurdo. ¡Dumbledore, por favor...!
—Como sin duda te han explicado Minerva y Severus —dijo Dumbledore—
, hemos oído la confesión de Barty Crouch. Bajo los efectos del suero de la
verdad, nos ha relatado cómo escapó de Azkaban, y cómo Voldemort, enterado
por Bertha Jorkins de que seguía vivo, fue a liberarlo de su padre y lo utilizó
para capturar a Harry. El plan funcionó, ya te lo he dicho: Crouch ha ayudado a
Voldemort a regresar.
—¡Pero vamos, Dumbledore! —exclamó Fudge, y Harry se sorprendió de
ver surgir en su rostro una ligera sonrisa—, ¡no es posible que tú creas eso!
¿Que ha retornado Quien-tú-sabes? Vamos, vamos, por favor... Una cosa es
que Crouch creyera que actuaba bajo las órdenes de Quien-tú-sabes... y otra
tomarse en serio lo que ha dicho ese lunático...
—Cuando Harry tocó esta noche la Copa de los tres magos, fue
transportado directamente ante lord Voldemort —afirmó Dumbledore—.
Presenció su renacimiento. Te lo explicaré todo si vienes a mi despacho. —
Miró a Harry y vio que estaba despierto, pero añadió: Me temo que no puedo
consentir que interrogues a Harry esta noche.
La sorprendente sonrisa de Fudge no había desaparecido. También él miró
a Harry; luego volvió la vista a Dumbledore, y dijo:
—¿Eh... estás dispuesto a aceptar su testimonio, Dumbledore?
Hubo un instante de silencio, roto por el grañido de Sirius. Se le habían
erizado los pelos del lomo, y enseñaba los dientes a Fudge.
—Desde luego que lo acepto —respondió Dumbledore, con un fulgor en
los ojos—. He oído la confesión de Crouch y he oído el relato de Harry de lo
que ocurrió después de que tocara la Copa: las dos historias encajan y explican
todo lo sucedido desde que el verano pasado desapareció Bertha Jorkins.
Fudge enrojeció un poco,
pero su rostro adquirió una expresión obstinada y desafiante.
—¿Y qué si lo he hecho? —soltó, dirigiéndose a Dumbledore—. ¿Qué
pasa si he descubierto que has estado ocultando ciertos hechos relativos a
este niño? Conque habla pársel, ¿eh? ¿Y conque monta curiosos numeritos
por todas partes?
—Supongo que te refieres a los dolores de la cicatriz —dijo Dumbledore
con frialdad.
—¿O sea que admites que ha tenido dolores? —replicó Fudge—. ¿Dolores
de cabeza, pesadillas? ¿Tal vez... alucinaciones?
—Escúchame, Cornelius —dijo Dumbledore dando un paso hacia Fudge, y
volvió a irradiar aquella indefinible fuerza que Harry había percibido en él
después de que había aturdido al joven Crouch—. Harry está tan cuerdo como
tú y yo. La cicatriz que tiene en la frente no le ha reblandecido el cerebro. Creo
que le duele cuando lord Voldemort está cerca o cuando se siente
especialmente furioso.
Fudge retrocedió medio paso para separarse un poco de Dumbledore, pero
no cedió en absoluto.
—Me tendrás que perdonar, Dumbledore, pero nunca había oído que una
cicatriz actúe de alarma...
—¡Mire, he presenciado el retorno de Voldemort! —gritó Harry. Intentó
volver a salir de la cama, pero la señora Weasley se lo impidió—. ¡He visto a
los mortífagos! ¡Puedo darle los nombres! Lucius Malfoy...
Snape hizo un movimiento repentino; pero, cuando Harry lo miró, sus ojos
estaban puestos otra vez en Fudge.
—¡Malfoy fue absuelto! —dijo Fudge, visiblemente ofendido—. Es de una
familia de raigambre... y entrega donaciones para excelentes causas...
—Tambien fue absuelto por otro motivo—Dijo James mirando a su mujer— Y eso no modifica lo que le hizo. Quizás es hora de aceptar que nuestro sistema judicial esta podrido, y que absolución so es sinónimo de inocencia.
—¡Macnair! —prosiguió Harry.
—¡También fue absuelto! ¡Y trabaja para el Ministerio!
—Avery... Nott... Crabbe... Goyle...
—¡No haces más que repetir los nombres de los que fueron absueltos hace
trece años del cargo de pertenencia a los mortífagos! —dijo Fudge enfadado—.
¡Debes de haber visto esos nombres en antiguas crónicas de los juicios! Por
las barbas de Merlín, Dumbledore... Este niño ya se vio envuelto en una
historia ridícula al final del curso anterior... Los cuentos que se inventa son
cada vez más exagerados, y tú te los sigues tragando. Este niño habla con las
serpientes, Dum bledore, ¿y todavía confías en él?
—Quizás es hora de aceptar que su sistema judicial está podrido, y que absolución hace bastante dejó de ser sinónimo de inocencia—Dijo Lily— Aportar sumas considerables a los bolsillos de los funcionarios del ministerio podrá comprar absolución, pero no compran la inocencia
—¡No sea necio! —gritó la profesora McGonagall—. Cedric Diggory, el
señor Crouch: ¡esas muertes no son el trabajo casual de un loco!
—¡No veo ninguna prueba de lo contrario! —vociferó Fudge, igual de
airado que ella y con la cara colorada—. ¡Me parece que están decididos a
sembrar un pánico que desestabilice todo lo que hemos estado construyendo
durante trece años!
Harry no podía dar crédito a sus oídos. Siempre había visto a Fudge como
alguien bondadoso: un poco jactancioso, un poco pomposo, pero básicamente
bueno. Sin embargo, lo que en aquel momento tenía ante él era un mago
pequeño y furioso que se negaba rotundamente a aceptar cualquier cosa que
supusiera una alteración de su mundo cómodo y ordenado, que se negaba a
creer en el retorno de Voldemort.
—Voldemort ha regresado —repitió Dumbledore—. Si afrontas ese hecho,
Fudge, y tomas las medidas necesarias, quizá aún podamos encontrar una
salvación. Lo primero y más esencial es retirarles a los dementores el control
de Azkaban.
—¡Absurdo! —volvió a gritar Fudge—. ¡Retirar a los dementores! ¡Me
echarían a puntapiés sólo por proponerlo! ¡La mitad de nosotros sólo dormimos
tranquilos porque sabemos que ellos están custodiando Azkaban!
—¡A la otra mitad nos cuesta más conciliar el sueño, Cornelius, sabiendo
que has puesto a los partidarios más peligrosos de lord Voldemort bajo la
custodia de unas criaturas que se unirán a él en cuanto se lo pida! —repuso
Dumbledore—. ¡No te serán leales, Fudge, porque Voldemort puede ofrecerles
muchas más satisfacciones que tú a sus apetitos! ¡Con el apoyo de los
dementores y el retorno de sus antiguos partidarios, te resultará muy difícil
evitar que recupere la fuerza que tuvo hace trece años!
Fudge abría y cerraba la boca como si no encontrara palabras apropiadas
para expresar su ira.
—El segundo paso que debes dar, y sin pérdida de tiempo —siguió
Dumbledore—, es enviar mensajeros a los gigantes.
—¿Mensajeros a los gigantes? —gritó Fudge, recuperando la capacidad
de hablar—. ¿Qué locura es ésa?
—Debes tenderles una mano ahora mismo, antes de que sea demasiado tarde —repuso Dumbledore—, o de lo contrario Voldemort los persuadirá,
como hizo antes, de que es el único mago que está dispuesto a concederles
derechos y libertad.
—No... no puedes estar hablando en serio —dijo Fudge
entrecortadamente, negando con la cabeza y alejándose un poco más de
Dumbledore—. Si la comunidad mágica sospechara que yo pretendo un
acercamiento a los gigantes... La gente los odia, Dumbledore... Sería el fin de
mi carrera...
—¡Estás cegado por el miedo a perder la cartera que ostentas, Cornelius!
—dijo Dumbledore, volviendo a levantar la voz y con los ojos de nuevo
resplandecientes, evidenciando otra vez su aura poderosa—. ¡Le das
demasiada importancia, y siempre lo has hecho, a lo que llaman «limpieza de
sangre»! ¡No te das cuenta de que no importa lo que uno es por nacimiento,
sino lo que uno es por sí mismo! Tu dementor acaba de aniquilar al último
miembro de una familia de sangre limpia, de tanta raigambre como la que
más... ¡y ya ves lo que ese hombre escogió hacer con su vida! Te lo digo
ahora: da los pasos que te aconsejo, y te recordarán, con cartera o sin ella,
como uno de los ministros de Magia más grandes y valerosos que hayamos
tenido; pero, si no lo haces, ¡la Historia te recordará como el hombre que se
hizo a un lado para concederle a Voldemort una segunda oportunidad de
destruir el mundo que hemos intentado construir!
—¡Loco! —susurró Fudge, volviendo a retroceder—. ¡Loco...!
Se hizo el silencio. La señora Pomfrey estaba inmóvil al pie de la cama de
Harry, tapándose la boca con las manos. La señora Potter seguía de pie al
lado de Harry, poniéndole la mano en el hombro para impedir que se levantara.
—Si sigues decidido a cerrar los ojos, Cornelius —dijo Dumbledore—,
nuestros caminos se separarán ahora. Actúa como creas conveniente. Y yo...
yo también actuaré como crea conveniente.
La voz de Dumbledore no sonó a amenaza, sino como una mera
declaración de principios, pero Fudge se estremeció como si Dumbledore
hubiera avanzado hacia él apuntándole con una varita.
—Veamos pues, Dumbledore —dijo blandiendo un dedo amenazador—.
Siempre te he dado rienda suelta. Te he mostrado mucho respeto. Podía no
estar de acuerdo con algunas de tus decisiones, pero me he callado. No hay
muchos que en mi lugar te hubieran permitido contratar hombres lobo, o tener a
Hagrid aquí, o decidir qué enseñar a tus estudiantes sin consultar al Ministerio.
Pero si vas a actuar contra mí...
—El único contra el que pienso actuar —puntualizó Dumbledore— es lord
Voldemort. Si tú estás contra él, entonces seguiremos del mismo lado,
Cornelius.
Fudge no encontró respuesta a aquello. Durante un instante se balanceó hacia atrás y hacia delante sobre sus pequeños pies, e hizo girar en las manos
el sombrero hongo. Al final, dijo con cierto tono de súplica:
—No puede volver, Dumbledore, no puede...
Snape se adelantó, levantándose la manga izquierda de la túnica.
Descubrió el antebrazo y se lo enseñó a Fudge, que retrocedió.
—Mire —dijo Snape con brusquedad—. Mire: la Marca Tenebrosa. No está
tan clara como lo estuvo hace una hora aproximadamente, cuando era de color
negro y me abrasaba, pero aún puede verla. El Señor Tenebroso marcó con
ella a todos sus mortífagos. Era una manera de reconocernos entre nosotros, y
también el medio que utilizaba para convocarnos. Cuando él tocaba la marca
de cualquier mortífago teníamos que desaparecernos donde estuviéramos y
aparecernos a su lado al instante. Esta marca ha ido haciéndose más clara
durante todo este curso, y la de Karkarov también. ¿Por qué cree que Karkarov
ha huido esta noche? Porque los dos hemos sentido la quemazón de la Marca.
Entonces, los dos supimos que él había retornado. Karkarov teme la venganza
del Señor Tenebroso porque traicionó a demasiados de sus compañeros
mortífagos para esperar una bienvenida si volviera al redil.
Fudge también se alejó un paso de Snape, negando con la cabeza. Daba
la impresión de que no había entendido ni una palabra de lo que éste le había
dicho. Miró fijamente, con repugnancia, la fea marca que Snape tenía en el
brazo. A continuación, levantó la vista hacia Dumbledore y susurró:
—No sé a qué estáis jugando tú y tus profesores, Dumbledore, pero creo
que ya he oído bastante. No tengo más que añadir. Me pondré en contacto
contigo mañana, Dumbledore, para tratar sobre la dirección del colegio. Ahora
tengo que volver al Ministerio.
Casi había llegado a la puerta cuando se detuvo. Se volvió, regresó a
zancadas hasta la cama de Harry.
—Tu premio —dijo escuetamente, sacándose del bolsillo una bolsa grande
de oro y dejándola caer sobre la mesita de la cama de Harry—. Mil galeones.
Tendría que haber habido una ceremonia de entrega, pero en estas circunstancias...
Se encasquetó el sombrero hongo y salió de la sala, cerrando de un
portazo. En cuanto desapareció, Dumbledore se volvió hacia el grupo que
rodeaba la cama de Harry.
—Minerva —dijo Dumbledore, volviéndose hacia la profesora
McGonagall—, quiero ver a Hagrid en mi despacho tan pronto como sea
posible. Y también... si consiente en venir, a Madame Maxime.
La profesora McGonagall asintió con la cabeza y salió sin decir una
palabra.
—Poppy —le dijo Dumbledore a la señora Pomfrey—, ¿serías tan amable
de bajar al despacho del profesor Moody, donde me imagino que encontrarás a
una elfina doméstica llamada Winky sumida en la desesperación? Haz lo que
puedas por ella, y luego llévala a las cocinas. Creo que Dobby la cuidará.
—Muy... muy bien —contestó la señora Pomfrey, asustada, y también
salió.
Dumbledore se aseguró de que la puerta estaba cerrada, y de que los
pasos de la señora Pomfrey habían dejado de oírse, antes de volver a hablar.
—Y, ahora —dijo—, es momento de que algunos de nosotros se acepten.
Sirius... te ruego que recuperes tu forma habitual.
El gran perro negro levantó la mirada hacia Dumbledore, y luego, en un
instante, se convirtió en hombre.
—¡Él! —gruñó, mirando a Sirius, cuyo rostro mostraba el mismo
desagrado—. ¿Qué hace aquí?
—Está aquí porque yo lo he llamado —explicó Dumbledore, pasando la
vista de uno a otro—. Igual que tú, Severus. Yo confío de igual forma en todos ustedes. Ya es hora de que olviden sus antiguas diferencias, y confíen
también en ustedes.
Harry pensó que Dumbledore pedía un milagro. Snape miraba a James y a Sirius con intensa antipatía.
—Me conformaré, a corto plazo, con un alto en las hostilidades —dijo
Dumbledore con un deje de impaciencia—. Dense la mano: ahora están del
mismo lado. El tiempo apremia, y, a menos que los pocos que sabemos la
verdad estemos unidos, no nos quedará esperanza.
Muy despacio, pero sin dejar de mirarse como si se desearan lo peor,
Sirius y Snape se acercaron y se dieron la mano. Se soltaron enseguida.
—Siento haberme comportado como un idiota contigo en el colegio—Dijo James estrechando su mano—Te ofrezco mis disculpas. No me siento orgulloso de aquello. Sería una enorme falta de respeto de mi parte, solicitar tu amistad severus, lo entiendo y por eso no lo haré. Pero estamos del mismo bando ahora, eres mi compañero y por tal quiero que sepas que estoy disponible para lo que necesites. Si en algún momento hay algo que pueda hacer por ti, no dudes en decirlo.
—Gracias— dijo Severus entre dientes.
Lily se acercó a snape .
—¿Borrón y cuenta nueva Sev?¿Sin rencores y del mismo equipo?
—Asi parece. —dijo con suavidad.
—Con eso bastará por ahora —dijo Dumbledore, colocándose una vez
más entre ellos—. Ahora, tengo trabajo que daros a los 4. La actitud de
Fudge, aunque no nos pille de sorpresa, lo cambia todo. Sirius, James necesito que salgan ahora mismo: tienes que alertar a Remus Lupin, Arabella Figg y
Mundungus Fletcher: el antiguo grupo. Sirius, escóndete por un tiempo en casa de
Lupin. Yo iré a buscarte. Lily, debes reincorporarte cuanto antes a tu trabao en el hospital, seguramente comenzaran a perseguir muggles, debes llevar un registro de casos extraños, que pienses que puedan relacionarse con la magia..
—Severus —continuó Dumbledore dirigiéndose a Snape—, ya sabes lo
que quiero de ti. Si estás dispuesto...
—Lo estoy —contestó Snape.
Parecía más pálido de lo habitual, y sus fríos ojos negros resplandecieron
de forma extraña.
—Buena suerte entonces —le deseó Dumbledore, y, con una mirada de
aprehensión, lo observó salir en silencio de la sala, detrás de Sirius.
Pasaron varios minutos antes de que el director volviera a hablar.
—Tengo que bajar —dijo por fin—. Tengo que ver a los Diggory. Tómate la
poción que queda, Harry. los veré a todos más tarde.
Mientras Dumbledore se iba, Harry se dejó caer en las almohadas Nadie habló por un tiempo.
—Te tienes que tomar lo que queda de la poción, Harry —dijo Hermione. Al ir a coger la botellita y la copa, dio con la mano contra la
bolsa de oro que estaba en la mesita—. Tienes que dormir bien y mucho.
Intenta pensar en otra cosa por un rato... ¡piensa en lo que vas a comprarte con
el dinero!
—No lo quiero —replicó Harry con voz inexpresiva—. Se los daré a los diggori o a los wealey. Quien sea. No me lo merezco. Se lo merecía Cedric.
Aquello contra lo que había estado luchando por momentos desde que
había salido del laberinto amenazaba con ser más fuerte que él. Sentía una
sensación ardorosa y punzante por dentro de los ojos. Parpadeó y miró al
techo.
—No fue culpa tuya, Harry —susurró Joey.
—Yo le dije que cogiéramos juntos la Copa —musitó Harry.
En aquel momento tenía aquella sensación ardorosa también en la
garganta. Le hubiera gustado que Hermione desviara la mirada.
La señora Potter posó la poción en la mesita, se inclinó y abrazó a
Harry, todo empezó a darle vueltas en la cabeza hasta que apenas pudo soportarlo y su rostro se tensó para contener el grito de angustia que pugnaba por salir.
Se oyó un ruido como de portazo, y lily y Harry se separaron. Hermione estaba en la ventana. Tenía algo en la mano firmemente agarrado.
—Lo siento —se disculpó.
—La poción, Harry —dijo rápidamente la señora Potter, enjugándose las
lágrimas con el dorso de la mano.
Harry se la bebió de un trago. El efecto fue instantáneo. Lo sumergió una
ola de sueño grande e irresistible, y se hundió entre las almohadas, dormido sin
pensamientos y sin sueños.