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Historia 190400 — capítulo 62

En la sala de adivinación, tenuemente iluminada, el calor era

sofocante. Los vapores perfumados que emanaban del fuego de la chimenea

eran más densos que nunca. A Harry la cabeza le daba vueltas mientras iba

hacia una de las ventanas cubiertas de cortinas. Cuando la profesora

Trelawney miraba a otro lado para retirar el chal de una lámpara, abrió un

resquicio en la ventana y se acomodó en su sillón tapizado con tela de colores

de manera que una suave brisa le daba en la cara. Resultaba muy agradable.

—Queridos míos —dijo la profesora Trelawney, sentándose en su butaca

de orejas delante de la clase y mirándolos a todos con sus ojos aumentados

por las gafas—, casi hemos terminado nuestro estudio de la adivinación por los

astros. Hoy, sin embargo, tenemos una excelente oportunidad para examinar

los efectos de Marte, ya que en estos momento se halla en una posición muy

interesante. Tengan la bondad de mirar hacia aquí: voy a bajar un poco la luz...

Apagó las lámparas con un movimiento de la varita. La única fuente de luz

en aquel momento era el fuego de la chimenea. La profesora Trelawney se

agachó y cogió de debajo del sillón una miniatura del sistema solar contenida

dentro de una campana de cristal. Era un objeto muy bello: suspendidas en el

aire, todas las lunas emitían un tenue destello al girar alrededor de los nueve

planetas y del brillante sol. Harry miró con desgana mientras la profesora

Trelawney indicaba el fascinante ángulo que formaba Marte con Neptuno. Los vapores densamente perfumados lo embriagaban, y la brisa que entraba por la

ventana le acariciaba el rostro. Oyó tras la cortina el suave zumbido de un

insecto. Los párpados empezaron a cerrársele...

Iba volando sobre un búho real, planeando por el cielo azul claro hacia una

casa vieja y cubierta de hiedra que se alzaba en lo alto de la ladera de una

colina. Descendieron poco a poco, con el viento soplándole agradablemente en

la cara, hasta que llegaron a una ventana oscura y rota del piso superior de la

casa, y la cruzaron. Volaron por un corredor lúgubre hasta una estancia que

había al final. Atravesaron la puerta y entraron en una habitación oscura que

tenía las ventanas cegadas con tablas...

Harry descabalgó del búho, y lo observó revolotear por la habitación e ir a

posarse en un sillón con el respaldo vuelto hacia él. En el suelo, al lado del

sillón, había dos formas oscuras que se movían.

Una de ellas era una enorme serpiente, y la otra un hombre: un hombre

bajo y calvo, de ojos llorosos y nariz puntiaguda. Sollozaba y resollaba sobre la

estera, al lado de la chimenea...

—Has tenido suerte, Colagusano —dijo una voz fría y aguda desde el

interior de la butaca en que se había posado el búho—. Realmente has tenido

mucha suerte. Tu error no lo ha echado todo a perder: está muerto.

—Mi señor —balbuceó el hombre que estaba en el suelo—. Mi señor,

estoy... estoy tan agradecido... y lamento hasta tal punto...

—Nagini—dijo la voz fría—, lo siento por ti. No vas a poder comerte a

Colagusano, pero no importa: todavía te queda Harry Potter...

La serpiente emitió un silbido. Harry vio cómo movía su amenazadora

lengua.

—Y ahora, Colagusano —añadió la voz fría—, un pequeño recordatorio de

que no toleraré un nuevo error por tu parte.

—Mi señor, no, os lo ruego...

La punta de una varita surgió del sillón, apuntando a Colagusano.

—¡Crucio!—exclamó la voz fría.

Colagusano empezó a chillar como si cada miembro de su cuerpo

estuviera ardiendo. Los gritos le rompían a Harry los tímpanos al tiempo que la

cicatriz de la frente le producía un dolor punzante: también él gritó. Voldemort

lo iba a oír, advertiría su presencia...

—¡Harry, Harry!

Abrió los ojos. Estaba tumbado en el suelo del aula de la profesora

Trelawney, tapándose la cara con las manos. La cicatriz seguía doliéndole

tanto que tenía los ojos llenos de lágrimas. El dolor había sido real. Toda la clase se hallaba de pie a su alrededor, y Ron estaba arrodillado a su lado,

aterrorizado.

—¿Te encuentras bien? —le preguntó.

—¡Por supuesto que no se encuentra bien! —dijo la profesora Trelawney,

muy agitada. Clavó en Harry sus grandes ojos—. ¿Qué ha ocurrido, Potter?

¿Una premonición?, ¿una aparición? ¿Qué has visto?

—Nada —mintió Harry. Se sentó, aún tembloroso. No podía dejar de mirar

a su alrededor entre las sombras: la voz de Voldemort se había oído tan

cerca...

—¡Te apretabas la cicatriz! —dijo la profesora Trelawney—. ¡Te revolcabas

por el suelo! ¡Vamos, Potter, tengo experiencia en estas cosas!

Harry levantó la vista hacia ella.

—Creo que tengo que ir a la enfermería. Me duele terriblemente la cabeza.

—¡Sin duda te han estimulado las extraordinarias vibraciones de

clarividencia de esta sala! —exclamó la profesora Trelawney—. Si te vas ahora,

tal vez pierdas la oportunidad de ver más allá de lo que nunca has...

—Lo único que quiero ver es un analgésico.

Se puso en pie. Todos se echaron un poco para atrás. Parecían asustados.

—Hasta luego —le dijo Harry a Ron en voz baja, y, recogiendo la mochila,

fue hacia la trampilla sin hacer caso de la profesora Trelawney, que tenía en la

cara una expresión de intensa frustración, como si le acabaran de negar un

capricho.

Sin embargo, cuando Harry llegó al final de la escalera de mano, no se

dirigió a la enfermería. No tenía ninguna intención de ir allá. Sirius le había

dicho qué tenía que hacer si volvía a dolerle la cicatriz, y Harry iba a seguir su

consejo: se encaminó hacia el despacho de Dumbledore. Anduvo por los

corredores pensando en lo que había visto en el sueño, que había sido tan

vívido como el que lo había despertado en Privet Drive. Repasó los detalles en

su mente, tratando de asegurarse de que los recordaba todos... Había oído a

Voldemort acusar a Colagusano de cometer un error garrafal... pero el búho

real le había llevado buenas noticias: el error estaba subsanado, alguien había

muerto... De manera que Colagusano no iba a servir de alimento a la

serpiente... En su lugar, la serpiente se lo comería a él, a Harry...

Harry pasó de largo la gárgola de piedra que guardaba la entrada al

despacho de Dumbledore. Parpadeó extrañado, miró alrededor, comprendió

que lo había dejado atrás y dio la vuelta, hasta detenerse delante de la gárgola.

Entonces recordó que no conocía la contraseña.

—¿Sorbete de limón? —dijo probando.

La gárgola no se movió.

—Bueno —dijo Harry, mirándola—. Caramelo de pera. Eh... Palo de

regaliz. Meigas fritas. Chicle superhinchable. Grageas de todos los sabores de

Bertie Bott... No, no le gustan, creo... Vamos, ábrete, ¿por qué no te abres? —

exclamó irritado—. ¡Tengo que verlo, es urgente!

La gárgola permaneció inmóvil.

Harry le dio una patada, pero sólo consiguió hacerse un daño terrible en el

dedo gordo del pie.

—¡Ranas de chocolate! —gritó enfadado, sosteniéndose sobre un pie—.

¡Pluma de azúcar! ¡Cucurucho de cucarachas!

La gárgola revivió de pronto y se movió a un lado. Harry cerró los ojos y

volvió a abrirlos.

—¿Cucurucho de cucarachas? —dijo sorprendido—. ¡Lo dije en broma!

Se metió rápidamente por el resquicio que había entre las paredes, y

accedió a una escalera de caracol de piedra, que empezó a ascender

lentamente cuando la pared se cerró tras él, hasta dejarlo ante una puerta de

roble pulido con aldaba de bronce.

Oyó que hablaban en el despacho. Salió de la escalera móvil y dudó un

momento, escuchando.

—¡Me temo, Dumbledore, que no veo la relación, no la veo en absoluto! —

Era la voz del ministro de Magia, Cornelius Fudge—. Ludo dice que Bertha es

perfectamente capaz de perderse sin ayuda de nadie. Estoy de acuerdo en que

a estas alturas tendríamos que haberla encontrado, pero de todas maneras no

tenemos ninguna prueba de que haya ocurrido nada grave, Dumbledore,

ninguna prueba en absoluto. ¡Y en cuanto a que su desaparición tenga alguna

relación con la de Barty Crouch...!

—¿Y qué cree que le ha ocurrido a Barty Crouch, ministro? —preguntó la

voz gruñona de Moody.

—Hay dos posibilidades, Alastor —respondió Fudge—: o bien Crouch ha

acabado por tener un colapso nervioso (algo más que probable dada su

biografía), ha perdido la cabeza y se ha ido por ahí de paseo...

—Y pasea extraordinariamente aprisa, si ése es el caso, Cornelius —

observó Dumbledore con calma.

—O bien... —Fudge parecía incómodo—. Bueno, me reservo el juicio para

después de ver el lugar en que lo encontraron, pero ¿decís que fue nada más

pasar el carruaje de Beauxbatons? Dumbledore, ¿sabes lo que es esa mujer?

—La considero una directora muy competente... y una excelente pareja de

baile —contestó Dumbledore en voz baja.

—¡Vamos, Dumbledore! —dijo Fudge enfadado—. ¿No te parece que

puedes tener prejuicios a su favor a causa de Hagrid? No todos son

inofensivos... eso suponiendo que realmente se pueda considerar inofensivo a

Hagrid, con esa fijación que tiene con los monstruos...

—No tengo más sospechas de Madame Máxime que de Hagrid —declaró

Dumbledore sin perder la calma—, y creo que tal vez seas tú el que tiene

prejuicios, Cornelius.

—¿Podríamos zanjar esta discusión? —propuso Moody.

—Sí, sí, bajemos —repuso Cornelius impaciente.

—No, no lo digo por eso —dijo Moody—. Lo digo porque Potter quiere

hablar contigo, Dumbledore: está esperando al otro lado de la puerta.

Se abrió la puerta del despacho.

—Hola, Potter —dijo Moody—. Entra.

Harry entró. Ya en otra ocasión había estado en el despacho de

Dumbledore: se trataba de una habitación circular, muy bonita, decorada con

una hilera de retratos de anteriores directores de Hogwarts de ambos sexos,

todos los cuales estaban profundamente dormidos. El pecho se les inflaba y

desinflaba al respirar.

Cornelius Fudge se hallaba junto al escritorio de Dumbledore, con sus

habituales sombrero hongo de color verde lima y capa a rayas.

—¡Harry! —dijo Fudge jovialmente, adelantándose un poco—. ¿Cómo

estás?

—Bien —mintió Harry.

—Precisamente estábamos hablando de la noche en que apareció el señor

Crouch en los terrenos —explicó Fudge—. Fuiste tú quien se lo encontró,

¿verdad?

—Sí —contestó Harry. Luego, pensando que no había razón para fingir

que no había oído nada de lo dicho, añadió: Pero no vi a Madame Máxime por

allí, y no le habría sido fácil ocultarse, ¿verdad?

Con ojos risueños, Dumbledore le sonrió a espaldas de Fudge.

—Sí, bien —dijo Fudge embarazado—. Estábamos a punto de bajar a dar

un pequeño paseo, Harry. Si nos perdonas... Tal vez sería mejor que volvieras

a clase.

—Yo quería hablar con usted, profesor —se apresuró a decir Harry

mirando a Dumbledore, quien le dirigió una mirada rápida e inquisitiva.

—Espérame aquí, Harry —le indicó—. Nuestro examen de los terrenos no

se prolongará demasiado.

Salieron en silencio y cerraron la puerta. Al cabo de un minuto más o

menos dejaron de oírse, procedentes del corredor de abajo, los secos golpes

de la pata de palo de Moody. Harry miró a su alrededor.

—Hola, Fawkes—saludó.

Fawkes, el fénix del profesor Dumbledore, estaba posado en su percha de

oro, al lado de la puerta. Era del tamaño de un cisne, con un magnifico plumaje

dorado y escarlata. Lo saludó agitando en el aire su larga cola y mirándolo con

ojos entornados y tiernos.

Harry se sentó en una silla delante del escritorio de Dumbledore. Durante

varios minutos se quedó allí, contemplando a los antiguos directores del

colegio, que resoplaban en sus retratos, mientras pensaba en lo que acababa

de oír y se pasaba distraídamente los dedos por la cicatriz: ya no le dolía.

Se sentía mucho más tranquilo hallándose en el despacho de Dumbledore

y sabiendo que no tardaría en hablar con él de su sueño. Harry miró la pared

que había tras el escritorio: el Sombrero Seleccionador, remendado y andrajoso,

descansaba sobre un estante. Junto a él había una urna de cristal que

contenía una magnífica espada de plata con grandes rubíes incrustados en la

empuñadura; Harry la reconoció como la espada que él mismo había sacado

del Sombrero Seleccionador cuando se hallaba en segundo. Aquélla era la

espada de Godric Gryffindor, el fundador de la casa a la que pertenecía Harry.

La estaba contemplando, recordando cómo había llegado en su ayuda cuando

lo daba todo por perdido, cuando vio que sobre la urna de cristal temblaba un

punto de luz plateada. Buscó de dónde provenía aquella luz, y vio un brillante

rayito que salía de un armario negro que había a su espalda, con la puerta

entreabierta. Harry dudó, miró a Fawkesy luego se levantó; atravesó el

despacho y abrió la puerta del armario.

Había allí una vasija de piedra poco profunda, con tallas muy raras

alrededor del borde: eran runas y símbolos que Harry no conocía. La luz

plateada provenía del contenido de la vasija, que no se parecía a nada que Harry hubiera visto nunca. No hubiera podido decir si aquella sustancia era un

líquido o un gas: era de color blanco brillante, plateado, y se movía sin cesar.

La superficie se agitó como el agua bajo el viento, para luego separarse

formando nubecillas que se arremolinaban. Daba la sensación de ser luz

licuada, o viento solidificado: Harry no conseguía comprenderlo.

Quiso tocarlo, averiguar qué tacto tenía, pero casi cuatro años de

experiencia en el mundo mágico le habían enseñado que era muy poco

prudente meter la mano en un recipiente lleno de una sustancia desconocida,

así que sacó la varita de la túnica, echó una ojeada nerviosa al despacho,

volvió a mirar el contenido de la vasija y lo tocó con la varita. La superficie de

aquella cosa plateada comenzó a girar muy rápido.

Harry se inclinó más, metiendo la cabeza en el armario. La sustancia

plateada se había vuelto transparente, parecía cristal. Miró dentro esperando

distinguir el fondo de piedra de la vasija, y en vez de eso, bajo la superficie de

la misteriosa sustancia, vio una enorme sala, una sala que él parecía observar

desde una cúpula de cristal.

Estaba apenas iluminada, y Harry pensó que incluso podía ser

subterránea, porque no tenía ventanas, sólo antorchas sujetas en argollas

como las que iluminaban los muros de Hogwarts. Bajando la cara de forma que

la nariz le quedó a tres centímetros escasos de aquella sustancia cristalina, vio

que delante de cada pared había varias filas de bancos, tanto más elevados

cuanto más cercanos a la pared, en los que se encontraban sentados muchos

brujos de ambos sexos. En el centro exacto de la sala había una silla vacía.

Algo en ella le producía inquietud. En los brazos de la silla había unas cadenas,

como si al ocupante de la silla se lo soliera atar a ella.

¿Dónde estaba aquel misterioso lugar? No parecía que perteneciera a

Hogwarts: nunca había visto en el castillo una sala como aquélla. Además, la

multitud que la ocupaba se hallaba compuesta exclusivamente de adultos, y

Harry sabía que no había tantos profesores en Hogwarts. Parecían estar

esperando algo, pensó, aunque no les veía más que los sombreros

puntiagudos. Todos miraban en la misma dirección, sin hablar.

Como la vasija era circular, y la sala que veía, cuadrada, Harry no

distinguía lo que había en los cuatro rincones. Se inclinó un poco más,

ladeando la cabeza para poder ver...

La punta de la nariz tocó la extraña sustancia.

El despacho de Dumbledore se sacudió terriblemente. Harry fue

propulsado de cabeza a la sustancia de la vasija...

Pero no dio de cabeza contra el suelo de piedra: se notó caer por entre

algo negro y helado, como si un remolino oscuro lo succionara...

Y, de repente, se hallaba sentado en uno de los últimos bancos de la sala

que había dentro de la vasija, un banco más elevado que los otros. Miró hacia

arriba esperando ver la cúpula de cristal a través de la que había estado mirando, pero no había otra cosa que piedra oscura y maciza.

Respirando con dificultad, Harry observó a su alrededor. Ninguno de los

magos y brujas de la sala (y eran al menos doscientos) lo miraba. Ninguno de

ellos parecía haberse dado cuenta de que un muchacho de catorce años

acababa de caer del techo y se había sentado entre ellos. Harry se volvió hacia

el mago que tenía a su lado, y profirió un grito de sorpresa que retumbó en toda

la silenciosa sala.

Estaba sentado justo al lado de Albus Dumbledore.

—¡Profesor! —dijo Harry en una especie de susurro ahogado—, lo

lamento... yo no pretendía... Sólo estaba mirando la vasija que había en su

armario... Yo... ¿Dónde estamos?

Pero Dumbledore no respondió ni se inmutó. Hizo caso omiso de Harry.

Como todos los demás, estaba vuelto hacia el rincón más alejado de la sala, en

el que había una puerta.

Harry miró a Dumbledore desconcertado, luego a toda la multitud que

observaba en silencio, y de nuevo a Dum bledore. Y entonces comprendió...

Ya en otra ocasión se había encontrado en un lugar en el que nadie lo veía

ni oía. En aquella oportunidad había caído, a través de la página de un diario

encantado, en la memoria de otra persona. O mucho se equivocaba, o algo

parecido había vuelto a ocurrir.

Levantó la mano derecha, dudó un momento y la movió con brío delante de

la cara de Dumbledore, que ni parpadeó, ni lo miró, ni hizo movimiento alguno.

Y eso, le pareció a Harry, despejaba cualquier duda. Dumbledore no lo hubiera

pasado por alto de aquella manera. Se encontraba dentro de la memoria de

alguien, y aquél no era el Dumbledore actual. Sin embargo, tampoco podía

hacer muchísimo tiempo de aquello, porque el Dumbledore sentado a su lado

ya tenía el pelo plateado. Pero ¿qué lugar era aquél? ¿Qué era lo que

aguardaban todos aquellos magos?

Observó con detenimiento. La sala, tal como había supuesto al observarla

desde arriba, era seguramente subterránea: pensó que, de hecho, tenía más

de mazmorra que de sala. La atmósfera del lugar era sórdida e intimidatoria.

No había cuadros en las paredes, ni ningún otro tipo de decoración, sólo

aquellas apretadas filas de bancos que se elevaban escalonadamente hacia las

paredes, colocados para que todo el mundo tuviera una clara visión de la silla

de las cadenas.

Antes de que Harry pudiera llegar a una conclusión sobre el lugar en que

se encontraba, oyó pasos. Se abrió la puerta del rincón, y entraron tres

personas... O, por lo menos, uno de ellos era una persona, porque los otros

dos, que lo flanqueaban, eran dementores.

Notó frío en las tripas. Los dementores, unas criaturas altas que ocultaban

la cara bajo una capucha, se dirigieron muy lentamente hacia el centro de la

sala, donde estaba la silla, agarrando cada uno, con sus manos de aspecto putrefacto, uno de los brazos del hombre. Éste parecía a punto de desmayarse,

y Harry no se lo podía reprochar: no estando más que en la memoria de

alguien, los dementores no le podían causar ningún daño, pero recordaba

demasiado bien lo que hacían. La multitud se echó un poco para atrás cuando

los dementores colocaron al hombre en la silla con las cadenas para luego salir

de la sala. La puerta se cerró tras ellos.

Harry observó al hombre que habían conducido hasta la silla, y vio que se

trataba de Karkarov.

A diferencia de Dumbledore, Karkarov parecía mucho más joven: tenía

negros el cabello y la perilla. No llevaba sus lustrosas pieles, sino una túnica

delgada y raída.

Temblaba. Ante los ojos de Harry, las cadenas de los brazos de la silla

emitieron un destello dorado y solas se enroscaron como serpientes en torno a

sus brazos, sujetándolo a la silla.

—Igor Karkarov —dijo una voz seca que provenía de la izquierda de Harry.

Éste se volvió y vio al señor Crouch de pie ante el banco que había a su lado.

Crouch tenía el pelo oscuro, el rostro mucho menos arrugado, y parecía fuerte

y enérgico—. Se lo ha traído a este lugar desde Azkaban para prestar

declaración ante el Ministerio de Magia. Usted nos ha dado a entender que

dispone de información importante para nosotros.

Sujeto a la silla como estaba, Karkarov se enderezó cuanto pudo.

—Así es, señor —dijo, y, aunque la voz le temblaba, Harry pudo percibir en

ella el conocido deje empalagoso—. Quiero ser útil al Ministerio. Quiero ayudar.

Sé... sé que el Ministerio está tratando de atrapar a los últimos partidarios del

Señor Tenebroso. Mi deseo es ayudar en todo lo que pueda...

Se escuchó un murmullo en los bancos. Algunos de los magos y brujas

examinaban a Karkarov con interés, otros con declarado recelo. Harry oyó, muy

claramente y procedente del otro lado de Dumbledore, una voz gruñona que le

resultó conocida y que pronunció la palabra:

—Escoria.

Se inclinó hacia delante para ver quién estaba al otro lado de Dumbledore.

Era OjolocoMoody, aunque con aspecto muy diferente. No tenía ningún ojo

mágico, sino dos normales, ambos fijos en Karkarov y relucientes de rabia.

—Crouch va a soltarlo —musitó Moody dirigiéndose a Dumbledore—. Ha

llegado a un trato con él. Me ha costado seis meses encontrarlo, y Crouch va a

dejarlo marchar con tal de que pronuncie suficientes nombres nuevos. Si por mí

fuera, oiríamos su información y luego lo mandaríamos de vuelta con los

dementores.

Por su larga nariz aguileña, Dumbledore dejó escapar un pequeño

resoplido en señal de desacuerdo.

—¡Ah!, se me olvidaba... No te gustan los dementores, ¿eh, Albus? —dijo

Moody con sarcasmo.

—No —reconoció Dumbledore con tranquilidad—, me temo que no. Hace

tiempo que pienso que el Ministerio se ha equivocado al aliarse con semejantes

criaturas.

—Pero con escoria semejante... —replicó Moody en voz baja.

—Dice usted, Karkarov, que tiene nombres que ofrecernos —dijo el señor

Crouch—. Por favor, déjenos oírlos.

—Tienen que comprender —se apresuró a decir Karkarov— que El-queno-

debe-ser-nombrado actuaba siempre con el secretismo más riguroso...

Prefería que nosotros... quiero decir, sus partidarios (y ahora lamento, muy

profundamente, haberme contado entre ellos)...

—No te enrolles —dijo Moody con desprecio.

—... no supiéramos los nombres de todos nuestros compañeros. Él era el

único que nos conocía a todos.

—Muy inteligente por su parte, para evitar que gente como tú, Karkarov,

pudiera delatarlos a todos —murmuró Moody.

—Aun así, usted dice que dispone de algunos nombres que ofrecernos —

observó el señor Crouch.

—Sí... sí —contestó Karkarov entrecortadamente—. Y son nombres de

partidarios importantes. Gente a la que vi con mis propios ojos cumpliendo sus

órdenes. Ofrezco al Ministerio esta información como prueba de que renuncio a

él plena y totalmente, y que me embarga un arrepentimiento tan profundo que a

duras penas puedo...

—¿Y esos nombres son...? —lo cortó el señor Crouch.

Karkarov tomó aire.

—Estaba Antonin Dolohov —declaró—. Lo... lo vi torturar a un sinfín de

muggles y... y de gente que no era partidaria del Señor Tenebroso.

—Y lo ayudaste a hacerlo —murmuró Moody.

—Ya hemos atrapado a Dolohov —dijo Crouch—. Fue apresado poco

después de usted.

—¿De verdad? —exclamó Karkarov, abriendo los ojos—.Me... ¡me alegro

de oírlo!

Pero no daba esa impresión. Harry se dio cuenta de que la noticia era para

él un duro golpe, porque significaba que uno de los nombres que tenía

preparados carecía de utilidad.

—¿Hay más? —preguntó Crouch con frialdad.

—Bueno, sí... estaba Rosier —se apresuró a decir Karkarov—: Evan

Rosier.

—Rosier ha muerto —explicó Crouch—. Lo atraparon también poco

después que a usted. Prefirió resistir antes que entregarse, y murió en la lucha.

—Pero se llevó con él un trozo de mí —susurró Moody a la derecha de

Harry. Lo miró de nuevo, y vio que le indicaba a Dumbledore el trozo que le

faltaba en la nariz.

—Se... ¡se lo tenía merecido! —exclamó Karkarov, con una genuina nota

de pánico en la voz.

Harry notó que empezaba a preocuparse por no poder dar al Ministerio

ninguna información de utilidad. Los ojos de Karkarov se dirigieron a la puerta

del rincón, tras la cual, sin duda, aguardaban los dementores.

—¿Alguno más? —preguntó Crouch.

—¡Sí! —dijo Karkarov—. ¡Estaba Travers, que ayudó a matar a los

McKinnons! Mulciber... Su especialidad era la maldición imperius, ¡y obligó a un

sinfín de personas a hacer cosas horrendas! ¡Rookwood, que era espía y le

pasó a El-que-no-debe-ser-nombrado mucha información desde el mismo

Ministerio!

Harry comprendió que, aquella vez, Karkarov había dado en el clavo. Hubo

murmullos entre la multitud.

—¿Rookwood? —preguntó el señor Crouch, haciendo un gesto con la

cabeza dirigido a una bruja sentada delante de él, que comenzó a escribir en

un trozo de pergamino—. ¿Augustus Rookwood, del Departamento de

Misterios?

—El mismo —confirmó Karkarov—. Creo que disponía de una red de

magos ubicados en posiciones privilegiadas, tanto dentro como fuera del

Ministerio, para recoger información...

—Pero a Travers y Mulciber ya los tenemos —dijo el señor Crouch—. Muy

bien, Karkarov. Si eso es todo, se lo devolverá a Azkaban mientras decidimos...

—¡No! —gritó Karkarov, desesperado—. ¡Espere, tengo más!

A la luz de las antorchas, Harry pudo verlo sudar. Su blanca piel

contrastaba claramente con el negro del cabello y la barba.

—¡Snape! —gritó—. ¡Severus Snape!

—Snape ha sido absuelto por esta Junta —replicó el señor Crouch con

frialdad—. Albus Dumbledore ha respondido por él.

—¡No! —gritó Karkarov, tirando de las cadenas que lo ataban a la silla—.

¡Se lo aseguro! ¡Severus Snape es un mortífago!

Dumbledore se puso en pie.

—Ya he declarado sobre este asunto —dijo con calma—. Es cierto que

Severus Snape fue un mortífago. Sin embargo, se pasó a nuestro lado antes de

la caída de lord Voldemort y se convirtió en espía a nuestro servicio, asumiendo

graves riesgos personales. Ahora no tiene de mortífago más que yo

mismo.

Harry se volvió para mirar a OjolocoMoody. A espaldas de Dumbledore, su

expresión era de escepticismo.

—Muy bien, Karkarov —dijo Crouch fríamente—, ha sido de ayuda.

Revisaré su caso. Mientras tanto volverá a Azkaban...

La voz del señor Crouch se apagó, y Harry miró a su alrededor. La

mazmorra se disolvía como si fuera de humo, todo se desvanecía; sólo podía

ver su propio cuerpo: todo lo demás era una oscuridad envolvente.

Y entonces volvió la mazmorra. Estaba sentado en un asiento distinto: de

nuevo en el banco superior, pero esta vez a la izquierda del señor Crouch. La

atmósfera parecía muy diferente: relajada, se diría que alegre. Los magos y

brujas hablaban entre sí, casi como si se hallaran en algún evento deportivo.

Una bruja sentada en las gradas del medio, enfrente de Harry, atrajo su

atención. Tenía el pelo rubio y corto, llevaba una túnica de color fucsia y

chupaba el extremo de una pluma de color verde limón: se trataba, sin duda

alguna, de una Rita Skeeter más joven que la que conocía. Dumbledore se

encontraba de nuevo sentado a su lado, pero vestido con una túnica diferente.

El señor Crouch parecía más cansado y demacrado, pero también más temible...

Harry comprendió: se trataba de un recuerdo diferente, un día diferente,

un juicio distinto.

Se abrió la puerta del rincón, y Ludo Bagman entró en la sala.

Pero no era el Ludo Bagman apoltronado y fondón, sino que se hallaba

claramente en la cumbre de su carrera como jugador de quidditch: aún no tenía

la nariz rota, y era alto, delgado y musculoso. Bagman parecía nervioso al

sentarse en la silla de las cadenas; unas cadenas que no lo apresaron como

habían hecho con Karkarov, y Bagman, tal vez animado por ello, miró a la

multitud, saludó con la mano a un par de personas y logró esbozar una ligera

sonrisa.

—Ludo Bagman, se lo ha traído ante la Junta de la Ley Mágica para

responder de cargos relacionados con las actividades de los mortífagos —dijo

el señor Crouch—. Hemos escuchado las pruebas que se han presentado

contra usted, y nos disponemos a emitir un veredicto. ¿Tiene usted algo que

añadir a su declaración antes de que dictemos sentencia?

Harry no daba crédito a sus oídos: ¿Ludo Bagman un mortífago?

—Solamente —dijo Bagman, sonriendo con embarazo—, bueno, que sé

que he sido bastante tonto.

Una o dos personas sonrieron con indulgencia desde los asientos. El señor

Crouch no parecía compartir sus simpatías: miraba a Ludo Bagman con la más

profunda severidad y desagrado.

—Nunca dijiste nada más cierto, muchacho —murmuró secamente alguien

detrás de Harry, para que lo oyera Dumbledore. Miró y vio de nuevo a Moody—

. Si no supiera que nunca ha tenido muchas luces, creería que una de esas

bludgers le había afectado al cerebro...

—Ludovic Bagman, usted fue sorprendido pasando información a los

partidarios de lord Voldemort —dijo el señor Crouch—. Por este motivo pido

para usted un período de prisión en Azkaban de no menos de...

Pero de los bancos surgieron gritos de enfado. Algunos magos y brujas se

habían puesto en pie y dirigían al señor Crouch gestos amenazadores alzando

los puños.

—¡Pero ya les he dicho que yo no tenía ni idea! —gritó Bagman de todo

corazón por encima de la algarabía, abriendo más sus redondos ojos azules—.

¡Ni la más remota idea! Rookwood era un amigo de la familia... ¡Ni se me pasó

por la cabeza que pudiera estar en tratos con Quien-ustedes-saben! ¡Yo creía

que la información era para los nuestros! Y Rookwood no paraba de ofrecerme

un puesto en el Ministerio para cuando mis días en el quidditch hubieran

concluido, ya saben... No puedo seguir parando bludgers con la cabeza el resto

de mi vida, ¿verdad?

Hubo risas entre la multitud.

—Se someterá a votación —declaró con frialdad el señor Crouch. Se volvió

hacia la derecha de la mazmorra—. El jurado tendrá la bondad de alzar la

mano: los que estén a favor de la pena de prisión...

Harry miró hacia la derecha de la mazmorra: nadie levantaba la mano.

Muchos de los magos y brujas de la parte superior de la sala empezaron a

aplaudir. Una de las brujas del jurado se puso en pie.

—¿Sí? —preguntó Crouch.

—Simplemente, querríamos felicitar al señor Bagman por su espléndida

actuación dentro del equipo de Inglaterra en el partido contra Turquía del

pasado sábado —dijo la bruja con voz entrecortada.

El señor Crouch parecía furioso. En aquel momento, la mazmorra vibraba

con los aplausos. Bagman respondió a ellos poniéndose en pie, inclinándose y

sonriendo.

—Una infamia —dijo Crouch al sentarse junto a Dum bledore, mientras

Bagman salía de la sala—. Claro que Rookwood le iba a dar un puesto... El día

en que Ludo Bagman entre en el Ministerio será un día muy triste...

Y la sala volvió a desvanecerse. Cuando reapareció, Harry observó a su

alrededor. El y Dumbledore seguían sentados al lado del señor Crouch, pero el

ambiente no podía ser más distinto. El silencio era total, roto solamente por los

secos sollozos de una bruja menuda y frágil que se hallaba al lado del señor

Crouch. Con manos temblorosas, se apretaba un pañuelo contra la boca. Harry

miró a Crouch y lo vio más demacrado y pálido que nunca. En la sien se

apreciaban las contracciones de un nervio.

—Tráiganlos —ordenó, y su voz retumbó en la silenciosa mazmorra.

La puerta del rincón volvió a abrirse. Aquella vez entraron seis dementores

flanqueando a un grupo de cuatro personas. Harry vio que todo el mundo se

volvía a mirar al señor Crouch. Algunos cuchicheaban.

Los dementores colocaron al grupo en cuatro sillas con cadenas que

habían puesto en el centro de la mazmorra. Había un hombre robusto que miró

a Crouch inexpresivamente; otro hombre más delgado y de aspecto nervioso,

cuyos ojos recorrían la multitud; una mujer con cabello negro, brillante y

espeso, y párpados caídos, que se sentó en la silla de cadenas como si fuera

un trono, y un muchacho de unos veinte años que parecía petrificado: estaba

temblando, y el pelo color de paja le caía sobre la cara de piel blanca como la

leche y pecosa. La bruja menuda sentada al lado de Crouch comenzó a

balancearse hacia atrás y hacia delante en su asiento, lloriqueando sobre el

pañuelo.

Crouch se levantó. Miró a los cuatro que tenía ante él con expresión de

odio.

—Se los ha traído ante la Junta de la Ley Mágica —dijo pronunciando con

claridad— para que podamos juzgarlos por crímenes tan atroces...

—Padre —suplicó el muchacho del pelo color paja—. Por favor, padre...

—... que raramente este juzgado ha oído otros semejantes —siguió

Crouch, hablando más alto para ahogar la voz de su hijo—. Hemos oído las

pruebas presentadas contra ustedes. Los cuatro están acusados de haber

capturado a un auror, Frank Longbottom, y haberlo sometido a la maldición

cruciatuspor creerlo en conocimiento del paradero actual de su jefe exiliado,

El-que-no-debe-ser-nombrado...

—¡Yo no, padre! —gritó el muchacho encadenado—. Yo no, padre, lo juro.

¡No vuelvas a enviarme con los dementores...!

—Se los acusa también —continuó el señor Crouch— de haber usado la

maldición cruciatuscontra la mujer de Frank Longbottom cuando él no les

proporcionó la información. Planearon restaurar en el poder a El-que-no-debeser-

nombrado, y volver a la vida de violencia que presumiblemente llevaron

ustedes mientras él fue poderoso. Ahora pido al jurado...

—¡Madre! —gritó el muchacho, y la bruja menuda que estaba junto a

Crouch sollozó con más fuerza—. ¡No lo dejes, madre! ¡Yo no lo hice, yo no fui!

—Pido a los miembros del jurado —prosiguió el señor Crouch— que

levanten las manos si creen, como yo, que estos crímenes merecen la cadena

perpetua en Azkaban.

Todos a la vez, los magos y brujas del lado de la derecha, levantaron las

manos. La multitud de la parte superior prorrumpió en aplausos, tal cual habían

hecho con Bagman, con el entusiasmo plasmado en la cara. El muchacho gritó

con desesperación:

—¡No, madre, no! ¡Yo no lo hice, no lo hice, no sabía! ¡No me envíes allí,

no lo dejes!

Los dementores volvieron a entrar en la sala. Los tres compañeros del

muchacho se levantaron con serenidad de las sillas. La mujer de los párpados

caídos miró a Crouch y vociferó:

—¡El Señor Tenebroso se alzará de nuevo, Crouch! ¡Echadnos a Azkaban:

podemos esperar! ¡Se alzará de nuevo y vendrá a buscarnos, nos

recompensará más que a ningún otro de sus partidarios! ¡Sólo nosotros le

hemos sido fieles! ¡Sólo nosotros hemos tratado de encontrarlo!

El muchacho, en cambio, se debatía contra los dementores, aun cuando

Harry notó que el frío poder absorbente de éstos empezaba a afectarlo. La

multitud los insultaba, algunos puestos en pie, mientras la mujer salía de la sala

con decisión y el muchacho seguía luchando.

—¡Soy tu hijo! —le gritó al señor Crouch—. ¡Soy tu hijo!

—¡Tú no eres hijo mío! —chilló el señor Crouch, con los ojos

repentinamente desorbitados—. ¡Yo no tengo ningún hijo!

La bruja menuda que estaba a su lado lanzó un gemido ahogado y se

desplomó en el asiento. Se había desmayado. Crouch no parecía haberse

dado cuenta.

—¡Lleváoslos! —ordenó Crouch a los dementores, salpicando saliva—.

¡Lleváoslos, y que se pudran allí!

—¡Padre, padre, yo no tengo nada que ver! ¡No! ¡No! ¡Por favor, padre!

—Creo, Harry, que ya es hora de volver a mi despacho —le dijo alguien al

oído.

Se sobresaltó. Miró a un lado y luego al otro.

Había un Albus Dumbledore sentado a su derecha, que observaba cómo

se llevaban los dementores al hijo de Crouch, y otro Albus Dumbledore a su

izquierda, mirándolo a él.

—Vamos —le dijo el Dumbledore de la izquierda, agarrándolo del codo.

Harry notó que se elevaba en el aire; la mazmorra se desvaneció. Por un instante la oscuridad fue total, y luego sintió como si diera una voltereta a

cámara lenta y se posara de pronto sobre sus pies en lo que parecía la luz

cegadora del soleado despacho de Dumbledore. La vasija de piedra brillaba en

el armario, delante de él, y a su lado se encontraba Albus Dumbledore.

—Profesor —dijo Harry con voz entrecortada—, sé que no debería... Yo no

pretendía... La puerta del armario estaba algo abierta y...

—Lo comprendo perfectamente —lo tranquilizó Dum bledore. Levantó la

vasija, la llevó a su escritorio, la puso sobre la superficie pulida y se sentó en la

silla detrás de la mesa. Con una seña, le indicó a Harry que tomara asiento

enfrente de él.

Harry lo hizo, sin dejar de mirar la vasija de piedra. El contenido había

vuelto a su estado original, blanco plateado, y se arremolinaba y agitaba bajo

su atenta mirada.

—¿Qué es? —preguntó con voz temblorosa.

—¿Esto? Se llama pensadero—explicó Dumbledore—. A veces me

parece, y estoy seguro de que tú también conoces esa sensación, que tengo

demasiados pensamientos y recuerdos metidos en el cerebro.

—Eh... —dijo Harry, que en realidad no podía decir que hubiera sentido

nunca nada parecido.

—En esas ocasiones —siguió Dumbledore, señalando la vasija de piedra—

uso el pensadero: no hay más que abrir el grifo de los pensamientos que

sobran, verterlos en la vasija y examinarlos a placer. Es más fácil descubrir las

pautas y las conexiones cuando están así, ¿me entiendes?

—¿Quiere decir que esas cosas son sus pensamientos? —preguntó Harry,

observando la sustancia blanca que giraba en la vasija.

—Eso es —asintió Dumbledore—. Déjame que te lo muestre.

Dumbledore sacó la varita de la túnica y apoyó la punta en el canoso pelo

de su sien. Al separar la varita, el pelo parecía haberse pegado a la punta, pero

luego Harry se dio cuenta de que era una hebra brillante de la misma extraña

sustancia plateada que había en el pensadero. Dumbledore añadió a la vasija

aquel nuevo pensamiento, y Harry, anonadado, vio su propia cara en la

superficie de la vasija.

Dumbledore colocó sus largas manos a cada lado del pensadero y lo

movió de forma parecida a un buscador de oro que buscara pepitas... y Harry

vio que su cara se transmutaba paulatinamente en la de Snape, que abría la

boca y se dirigía al techo con una voz que resonaba ligeramente:

—Está volviendo... y la de Karkarov también... mas intensa y más clara que

nunca...

—Una conexión que yo podría haber hecho sin ayuda —dijo Dumbledore suspirando—, pero no importa. —Miró por encima de sus gafas de media lunaa Harry, que a su vez miraba con la boca abierta cómo Snape seguía

moviéndose en la superficie de la vasija—. Estaba utilizando el pensadero

cuando llegó el señor Fudge a nuestra cita, y lo guardé apresuradamente.

Supongo que no dejé bien cerrado el armario. Es lógico que atrajera tu

atención.

—Lo siento —murmuró Harry.

Dumbledore movió la cabeza a los lados.

—La curiosidad no es pecado —replicó— Pero tenemos que ser cautos

con ella, claro... antes de que te

perdieras entre mis pensamientos, querías decirme algo.

—Si. Profesor... yo estaba en clase de Adivinación, y... eh... me dormí.

Dudó, preguntándose si iba a recibir una regañina, pero Dumbledore sólo

dijo:

—Lo puedo entender. Prosigue.

—Bueno, y soñé. Un sueño sobre lord Voldemort. Estaba torturando a

Colagusano... ya sabe usted...

—Sí, lo conozco —dijo Dumbledore enseguida—. Continúa.

—A Voldemort le llegó una carta por medio de una lechuza. Dijo algo como

que el error garrafal de Colagusano había quedado reparado. Dijo que había

muerto alguien. Y luego dijo que Colagusano no tendría que servir de alimento

a la serpiente (había una serpiente al lado del sillón). Dijo... dijo que, en vez de

a él, la serpiente podría comerme a mí. Luego utilizó contra Colagusano la

maldición cruciatus... y la cicatriz empezó a dolerme. Me desperté porque el

dolor era muy fuerte.

Dumbledore simplemente lo miró.

—Eh... eso es todo —concluyó Harry.

—Ya veo —respondió Dumbledore en voz baja—. Ya veo. ¿Te había

vuelto a doler la cicatriz este curso alguna vez, aparte de cuando lo hizo en

verano?

—No

Dumbledore se levantó y comenzó a pasear por detrás del escritorio. De

vez en cuando se ponía en la sien la punta de la varita, se sacaba otro

pensamiento brillante y plateado, y lo echaba al pensadero. Dentro de éste, los

pensamientos empezaron a girar tan rápido que Harry no podía distinguir nada:

no era más que un borrón de colores.

—Profesor... —lo llamó después de un par de minutos.

Dumbledore dejó de pasear y miró a Harry.

—Disculpa —dijo, y volvió a sentarse tras el escritorio.

—¿Sabe por qué me duele la cicatriz?

Dumbledore lo observó en silencio durante un momento antes de

responder.

—Tengo una teoría, nada más... Me da la impresión de que te duele la

cicatriz tanto cuando Voldemort está cerca de ti como cuando a él lo acomete

un acceso de odio especialmente intenso.

—Pero... ¿por qué?

—Porque tú y él estan conectados por una maldición malograda —explicó Dumbledore—. Eso no es una cicatriz ordinaria.

—¿Y piensa que ese sueño... sucedió de verdad?

—Es posible —admitió Dumbledore—. Diría que probable. ¿Viste a

Voldemort, Harry?

—No. Sólo la parte de atrás del asiento. Pero... no habría nada que ver,

¿verdad? Quiero decir que... no tiene cuerpo, ¿o sí? Pero... pero entonces,

¿cómo pudo sujetar la varita? —dijo Harry pensativamente.

—Buena pregunta —murmuró Dumbledore—. Buena pregunta...

Ni Harry ni Dumbledore hablaron durante un rato. Dumbledore tenía la

vista fija en el otro lado del despacho, y de vez en cuando se ponía la punta de

la varita en la sien y añadía otro pensamiento brillante y plateado a la sustancia

en continuo movimiento del pensadero.

—Profesor —dijo Harry al fin—, ¿cree que está cobrando fuerzas?

—¿Voldemort? —Dumbledore miró a Harry por encima del pensadero. Era

la misma mirada característica y penetrante que le había dirigido en otras

ocasiones, y a Harry siempre le daba la impresión de que el director veía a

través de él, de una manera en que ni siquiera podía hacerlo el ojo mágico de

Moody—. Una vez más, Harry, me temo que sólo puedo hacer suposiciones.

Dumbledore volvió a suspirar, y de pronto pareció más viejo y más débil

que nunca.

—Los años del ascenso de Voldemort estuvieron salpicados de

desapariciones —explicó—. Ahora Bertha Jorkins ha desaparecido sin dejar

rastro en el lugar en que Voldemort fue localizado por última vez. El señor

Crouch también ha desaparecido... en estos mismos terrenos. Y ha habido una

tercera desaparición, que el Ministerio, lamento tener que decirlo, no considera

de importancia porque es la de un muggle. Se llama Frank Bryce; vivía en la

aldea donde se crió el padre de Voldemort, y no se lo ha visto desde finales de

agosto. Como ves, leo los periódicos muggles, cosa que no hacen mis amigos

del Ministerio. —Dumbledore miró a Harry muy serio—. Creo que estas

desapariciones están relacionadas, pero el ministro no está de acuerdo

conmigo, como tal vez notaras cuando esperabas a la puerta.

Harry asintió con la cabeza. Volvieron a quedarse en silencio, y

Dumbledore, de vez en cuando, se sacaba de la cabeza un pensamiento. Harry

pensó que quizá debía marcharse, pero la curiosidad lo retuvo en la silla.

—Profesor... —repitió.

—¿Sí, Harry?

—Eh... ¿puedo preguntarle por... esos juicios que presencié en el

pensadero?

—Puedes —contestó Dumbledore apesadumbrado—. Asistí a muchos juicios, pero algunos regresan a mi memoria con más claridad que otros... especialmente ahora...

—¿Recuerda... recuerda el juicio en que me encontró?, ¿el del hijo de

Crouch? Bien... ¿se referían a los padres de Neville?

Dumbledore dirigió a Harry una mirada penetrante.

—¿No te ha contado nunca Neville por qué lo ha criado su abuela? —

inquirió el director.

Harry negó con la cabeza, preguntándose por qué nunca había hablado

con Neville del tema en los casi cuatro años que hacía que se conocían.

—Sí, se referían a los padres de Neville —admitió Dumbledore con amargura. Harry habría querido preguntar mas sobre ellos, pero se limito a pasar a lo siguiente, no podía arriesgarse a tentar la paciencia de su director.

—Eh —dijo—, el señor Bagman...

—Nadie lo ha vuelto a acusar de ninguna actividad tenebrosa —contestó

Dumbledore con su voz impasible.

—Bien —dijo Harry apresuradamente, volviendo a observar el contenido

del pensadero, que giraba más despacio porque Dumbledore había dejado de

añadir pensamientos—. Y... eh...

Pero el pensadero parecía estar haciendo la pregunta por él. El rostro de

Snape volvía a flotar en la superficie. Dumbledore lo miró, y luego levantó la

vista hacia Harry.

—Tampoco al profesor Snape —respondió.

Harry miró los ojos de color azul claro de Dumbledore, y lo que realmente

quería saber le salió de la boca antes de que pudiera evitarlo:

—¿Qué le hizo pensar que Snape había dejado de apoyar a Voldemort,

profesor?

Dumbledore aguantó durante unos segundos la mirada de Harry, y luego

dijo:

—Eso, Harry, es un asunto entre el profesor Snape y yo.

Harry comprendió que la entrevista había concluido. Dumbledore no

parecía enfadado, pero el tono terminante de su voz daba a entender que era

el momento de irse. Se levantó, y lo mismo hizo Dumbledore.

—Harry —lo llamó cuando éste se hubo acercado a la puerta— Buena suerte en la última prueba.

Harry salió del despacho y fue directo a buscar a sus padres.

—Hola cielo…—Saludó Lily

—Hola mamá…

—¿Por qué no estas en clases? —preguntó james—¿Pasa algo?

Harry les contó lo de su sueño, aunque no tan detallado como a dumbledore.

—Acabo de hablar con dumbledore….

—¿Todavía sientes dolor? —quiso saber su madre, preocupada.

—Un poco, estaré bien…¿ ustedes conocieron a los papás de neville?

—Claro, coincidimos aquí en el colegio y luego en la academia de aurores…son excelentes personas.

—Entonces….¿no están muertos? Hoy supe que fueron torturados.

—Lo fueron, pero no murieron…—Explicó James con tristeza—Están locos, permanecen internados en san mungo desde hace años.

—Neville y su abuela, los visitan en las vacaciones, ellos no lo reconocen. Quizás sea el motivo por el que neville sea tan introvertido—dijo la pelirroja, ellos no lo reconocen. —Debe ser duro para el que sus papás no sepan quien es.

—Es evidente que no le gusta hablar del tema, asi que no le preguntes, ni lo divulgues, el hablara de eso cuando se sienta preparado y vera con quien se abre para contarlo. Pero sería bueno, si pudieras integrarlo un poco más, ayudarlo a reforzar su confianza—sugirió cornamenta.

—¿No hay forma de que mejoren? Quiero decir….en tantos años, nadie logró…

—No, de haber existido alguna poción o encantamiento sanador que los ayudara, sin duda los habría ayudado, pero ya ves…la magia también tiene limitaciones.

—¿Y la ciencia mamá? ¿Sabes si los vio un médico?

—No sé…todo esto sucedió luego de que nosotros nos alejáramos de la magia. Asi que no supimos lo que les pasó hasta que reaparecimos. Pero dudo, que hayan recurrido a la medicina Muggle.¿ cómo le explicas al dr que están asi luego de ser sometidos a una tortura mágica?

—¿Podrías hacer algo?

—No soy neuróloga, ni psiquiatra…pero puedo hablar con augusta, si ella está de acuerdo, podría evaluarlos, practicar una serie de estudios, y buscar una manera de ayudarlos, en caso de que hubiese algo que se pueda hacer. No será fácil convencerla…ella es una mujer muy terca y es una bruja muy anticuada. Trataremos de hablar con ella .