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Historia 190400 — capítulo 75
Harry había arreglado las cosas con su hermana hacia unos días atrás, por lo cual estaba de mucho mejor humor. Era domingo, dia en que Hermione había citado a algunos chicos para hablar sobre su idea de que Harry les diera clases.
—Bueno, ¿adónde vamos? —preguntó Harry—. ¿A Las Tres Escobas?
—No, no —repuso Hermione saliendo de su ensimismamiento—. No, siempre está
abarrotado y hay mucho ruido. He quedado con los otros en Cabeza de Puerco, ese otro pub, ya lo conocéis, el que no está en la calle principal. Me parece que no es... muy recomendable, pero los alumnos de Hogwarts no suelen ir allí, así que no creo que nos oiga nadie.
Bajaron por la calle principal y pasaron por delante de la tienda de artículos de broma de Zonko, donde no les sorprendió nada ver a Fred, George y Lee Jordan; luego dejaron atrás la oficina de correos, de donde salían lechuzas a intervalos regulares, y torcieron por una calle lateral al final de la cual había una pequeña posada. Un estropeado letrero de madera colgaba de un oxidado soporte que había sobre la puerta, con un dibujo de una cabeza de jabalí cortada que goteaba sangre sobre la tela blanca en la que estaba colocada. Cuando se acercaron a la puerta, el letrero chirrió agitado por el viento y los tres vacilaron un instante.
—¡Vamos! —urgió Hermione, un tanto nerviosa. Harry fue el primero en entrar.
Aquel pub no se parecía en nada a Las Tres Escobas, que era un local limpio y acogedor.
Cabeza de Puerco consistía en una sola habitación, pequeña, lúgubre y sucísima, donde se notaba un fuerte olor a algo que podría tratarse de cabras. Las ventanastenían tanta mugre incrustada que entraba muy poca luz del exterior. Por eso el local estaba iluminado con cabos de cera colocados sobre las bastas mesas de madera. A primera vista, el suelo parecía de tierra apisonada, pero cuando Harry caminó por él, se dio cuenta de que había piedra debajo de una capa de roña acumulada durante siglos.
En la barra había un individuo que llevaba la cabeza envuelta con grises y sucias vendas, aunque aun así se las ingeniaba para tragar vaso tras vaso de una sustancia humeante y abrasadora por una rendija que tenía a la altura de la
boca. También había dos personas encapuchadas sentadas a una mesa, junto a una de las ventanas; Harry habría jurado que eran Dementores si no las hubiera oído hablar con un fuerte acento de Yorkshire. Y en un oscuro rincón, al lado de la chimenea, estaba sentada una bruja con un grueso velo negro que le llegaba hasta los pies. Lo único que se destacaba bajo el velo era la punta de la nariz, un poco prominente.
—No sé qué decirte, Hermione —murmuró Harry mientras avanzaban hacia la barra ymiraba con desconfianza a la bruja tapada con el grueso velo—. ¿No se te ha ocurrido pensar que la profesora Umbridge podría estar debajo de eso?
Hermione echó una ojeada a la bruja, evaluándola.
—Umbridge es más baja que esa mujer —comentó en voz baja—. Además, aunque ella entrara aquí, no podría hacer nada para interferir en nuestro proyecto, Harry, porque he revisado minuciosamente las normas del colegio. No estamos fuera de los límites establecidos.
Hasta le pregunté al profesor Flitwick si a los alumnos les está permitido entrar en Cabeza de Puerco, y me dijo que sí, aunque me aconsejó que lleváramos nuestros propios vasos. Y he comprobado todo lo que se me ha ocurrido sobre grupos de estudio y trabajo, y son legales. Lo único que no tenemos que hacer es pregonar lo que estamos haciendo.
—Esta bien —dijo Harry con aspereza—, sobre todo dado que lo que estamos organizando no es precisamente un grupo de estudio, ¿verdad?
El camarero salió de la trastienda y se les acercó con sigilo. Era un anciano de aspecto
gruñón, con barba y una mata de largo cabello gris. Era alto y delgado, y a Harry su cara le resultó vagamente familiar.
—¿Qué quieren? —gruñó.
—Cuatro cervezas de mantequilla —contestó Hermione.
El camarero metió una mano bajo la barra y sacó tres botellas sucias y cubiertas de
polvo que colocó con brusquedad sobre la barra.
—ocho sickles —dijo.
—Pago yo —se apresuró a decir Harry, y le entregó las monedas de plata.
El camarero recorrió a Harry de arriba abajo con la mirada, y sus ojos se detuvieron un momento en su cicatriz. Luego se dio la vuelta y depositó las monedas de Harry en una vieja
caja registradora de madera cuyo cajón se abrió automáticamente para recibirlas. Harry, Ron, Josephine y Hermione fueron hacia la mesa más apartada de la barra y se sentaron observando a su alrededor. El individuo de los sucios y grises vendajes dio unos golpes en la barra con los nudillos, y el camarero le sirvió otro vaso lleno de aquella bebida humeante.
—¿Saben qué? —murmuró Ron mirando hacia la barra con entusiasmo—. Aquí
podríamos pedir lo que quisiéramos. Apuesto algo a que ese tipo nos serviría cualquier cosa, seguro que le importa un rábano. Siempre he querido probar el whisky de fuego...
—¡Ron! ¡Ahora eres prefecto! —lo regañó Hermione.
—¡Ah, sí! —exclamó Ron, y la sonrisa se le borró de los labios.
—Bueno, ¿quién dijiste que iba a venir? —le preguntó Harry a su amiga, arrancando el oxidado tapónde su cerveza de mantequilla y dando un sorbo.
—Sólo un par de personas —repitió Hermione. Consultó su reloj y miró nerviosa hacia la puerta—. Ya deberían estar aquí, estoy segura de que saben el camino... ¡Oh, mirad, deben de ser ellos!
La puerta del pub se había abierto. Un ancho haz de luz, en el que bailaban motas de polvo, dividió el local en dos durante un instante y luego desapareció, pues lo ocultaba la multitud que desfilaba por la puerta.
Primero entraron Andy, Neville, Dean y Lavender, seguidos de cerca por Parvati y Padma Patil con Cho Chang y una de sus risueñas amigas. Luego entró Luna Lovegood, sola y con aire despistado, como si hubiera entrado allí por equivocación.
A continuación, aparecieron Katie Bell, Alicia Spinnet y Angelina Johnson, Colin y Dennis Creevey, Ernie Macmillan, Justin Finch-Fletchley, Hannah Abbott y una chica de Hufflepuff con una larga trenza, cuyo nombre Harry no sabía; tres chicos de Ravenclaw que, si no se equivocaba, se llamaban Anthony Goldstein, Michael Corner y Terry Boot; Ginny, seguida por un chico alto y delgado, rubio y con la nariz respingona a quien Harry creyó reconocer como miembro del equipo de quidditch de Hufflepuff, y, cerrando la marcha, Fred y George Weasley
con su amigo Lee Jordan, los tres con enormes bolsas de papel llenas de artículos de Zonko.
—¿Un par de personas? —dijo Harry con voz quebrada—. ¡Un par de personas!
—Bueno, verás, la idea tuvo mucho éxito... —comentó Hermione alegremente—. Ron, ¿quieres traer unas cuantas sillas más?
El camarero, que estaba secando un vaso con un trapo tan sucio que parecía que no lo hubieran lavado nunca, se quedó paralizado. Seguramente, en la vida había visto su pub tan lleno.
—¡Hola! —saludó Fred. Fue el primero en llegar a la barra, y se puso a contar con rapidez a sus acompañantes—. ¿Puede ponernos... veinticinco cervezas de mantequilla, por favor?
El camarero lo fulminó un instante con la mirada; luego, de mala gana, dejó el trapo, como si lo hubieran interrumpido cuando hacía algo importantísimo, y empezó a sacar polvorientas botellas de cerveza de mantequilla de debajo de la barra.
—¡Salud! —exclamó Fred mientras las repartía—. Soltad la pasta, yo no tengo
suficiente oro para pagar todo esto...
Harry, que no salía de su asombro, contemplaba a los numerosos y ruidosos estudiantes, que cogían sus cervezas y hurgaban en los bolsillos de sus túnicas buscando monedas. No podía imaginar a qué había ido allí toda aquella gente, hasta que se le ocurrió, horrorizado, que a lo mejor esperaban oír alguna especie de discurso. Se volvió hacia Hermione y, en voz baja, le susurró:
—¿Qué les has dicho? ¿Qué esperan?
—Ya te lo he explicado, sólo quieren oír lo que tengas que decir —contestó Hermione con voz tranquilizadora. Sin embargo, Harry seguía mirándola tan enfadado que rápidamente añadió—: Pero no tienes que hacer nada todavía, primero hablaré yo.
—¡Hola, Harry! —dijo Neville sonriendo, y se sentó frente a él.
Harry intentó devolverle la sonrisa, pero no dijo nada, pues tenía la boca
extremadamente seca.
Los recién llegados fueron sentándose en grupos de dos y de tres alrededor de Harry, Ron y Hermione. Algunos parecían muy emocionados, otros, curiosos; Luna Lovegood miraba en torno con ojos soñadores. Cuando todos tuvieron su silla, fue cesando el parloteo. Todos miraban a Harry.
—Esto...—empezó Hermione hablando en voz más alta de lo habitual debido al
nerviosismo—. Esto..., bueno..., hola. —Los asistentes giraron la cabeza hacia ella, aunque de vez en cuando las miradas seguían desviándose hacia Harry—. Bueno... ya saben porqué hemos venido aquí. Veran, Harry y yo tuvimos la ide..., es decir —Harry le había lanzado una mirada furibunda—, yo tuve la idea de que sería conveniente que la gente que quisiera estudiar Defensa Contra las Artes Oscuras, o sea, estudiar de verdad, ya saben, y no esas chorradas que nos hace leer la profesora Umbridge —de repente la voz de Hermione se volvió mucho más potente y segura—, porque a eso no se le puede llamar Defensa Contra las Artes Oscuras —«Eso», dijo Anthony Goldstein, y su comentario animó a Hermione—...
Bueno, creí que estaría bien que nosotros tomáramos cartas en el asunto. —Hizo una pausa, miró de reojo a Harry y prosiguió—: Y con eso quiero decir aprender a defendernos como es debido, no sólo en teoría, sino poniendo en práctica los hechizos...
—Pero supongo que también querrás aprobar el TIMO de Defensa Contra las Artes
Oscuras, ¿no? —la interrumpió Michael Corner.
—Por supuesto. Pero también quiero estar debidamente entrenada en defensa porque...porque... —inspiró hondo y terminó la frase— porque lord Voldemort ha vuelto.
La reacción de su público fue inmediata y predecible. La amiga de Cho soltó un grito y derramó un chorro de cerveza de mantequilla; Terry Boot dio una especie de respingo involuntario; Padma Patil se estremeció y Neville soltó un extraño chillido que consiguió transformar en una tos. Todos, sin embargo, miraban fijamente, casi con avidez, a Harry.
—Bueno, pues ése es el plan —concluyó Hermione—. Si quieren uniros a nosotros,
tenemos que decidir dónde vamos a...
—¿Qué pruebas tienen de que Quien-ustedes-saben ha regresado? —preguntó el
jugador rubio de Hufflepuff con tono bastante agresivo.
—Bueno, Dumbledore lo cree... —empezó a decir Hermione.
—Querrás decir que Dumbledore le cree a él —aclaró el muchacho rubio señalando a Harry con la cabeza.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó Jo con brusquedad.
—Zacharias Smith —contestó él—, y creo que tenemos derecho a saber qué es
exactamente lo que les permite afirmar que Quien-tú-sabes ha regresado.
—Mira —intervino Hermione con rapidez—, ése no es el tema de esta reunión...
—Déjalo, Hermione —dijo Harry, que acababa de comprender por qué había acudido tanta gente a la convocatoria.
Pensó que Hermione debería haberlo previsto. Algunos de sus compañeros, quizá incluso la mayoría, habían ido a Cabeza de Puerco con la esperanza de oír la historia de Harry contada por su protagonista.
—¿Quieres saber qué es exactamente lo que me permite afirmar que Quien-tú-sabes ha regresado? —preguntó mirando a los ojos a Zacharias—. Yo lo vi. El año pasado, Dumbledore le contó al colegio en pleno lo que había ocurrido, pero si tú no lo creíste, no me creerás a mí, y no pienso malgastar una tarde intentando convencer a nadie.
El grupo en su totalidad había contenido la respiración mientras Harry hablaba, y él tuvo la impresión de que hasta el camarero, que seguía secando el mismo vaso con el trapo mugriento y lo ensuciaba aún más, lo escuchaba.
A continuación Zacharias dijo desdeñosamente:
—Lo único que nos contó Dumbledore el año pasado fue que Quien-tú-sabes había
matado a Cedric Diggory y que tú habías llevado el cadáver a Hogwarts. No nos contó los detalles ni nos dijo cómo habían matado a Diggory, y creo que a todos nos gustaría saber...
—Si has venido a oír un relato detallado de cómo mata Voldemort, no puedo ayudarte — lo interrumpió Harry. Su genio, volvía a descontrolarse. No apartó los ojos del agresivo rostro de Zacharias Smith, y estaba decidido a no mirar a Cho—. No voy a hablar de Cedric Diggory, ¿de acuerdo? De modo que si es a eso a
lo que has venido aquí, ya puedes marcharte.
Y entonces lanzó una airada mirada a Hermione. Ella tenía la culpa de aquella situación; ella había decidido exhibirlo como si fuera un monstruo de feria, y por eso todos habían ido a comprobar lo descabellada que era su historia. Pero ninguno de sus compañeros se levantó de la silla, ni siquiera Zacharias Smith, aunque siguió contemplando a Harry.
—Bueno —saltó Hermione con voz chillona—. Bueno..., como iba diciendo..., si quieren aprender defensa, tenemos que decidir cómo vamos a hacerlo, con qué frecuencia vamos a reunimos y dónde vamos a...
—¿Es verdad —la interrumpió la chica de la larga trenza, mirando a Harry— que puedes hacer aparecer un Patronus*?*
Un murmullo de interés recorrió el grupo.
—Sí —contestó Harry poniéndose a la defensiva.
—¿Un Patronus corpóreo?
Esa frase le sonaba de algo a Harry...
—Oye, ¿tú conoces a la señora Bones? —le preguntó.
—Es mi tía —dijo la chica sonriendo—. Me llamo Susan Bones. Me contó lo de la vista. Bueno, ¿es verdad o no? ¿Sabes hacer aparecer un Patronus con forma de ciervo?
—Sí.
—¡Caramba, Harry! —exclamó Lee, que parecía muy impresionado—. ¡No lo sabía!
—Mi madre hizo prometer a Ron que no lo contaría —intervino Fred dirigiéndole una
sonrisa a Harry—. Dijo que ya atraías suficiente atención.
—Está en lo cierto —murmuró Harry, y un par de personas rieron.
La bruja del velo negro que estaba sentada sola en un rincón se movió un poco en la silla.
—¿Y mataste un basilisco con esa espada que hay en el despacho de Dumbledore? — inquirió Terry Boot—. Eso fue lo que me dijo uno de los retratos de la pared cuando estuve allí el año pasado...
—Pues sí, es verdad... —admitió Harry.
Justin Finch-Fletchley soltó un silbido; los hermanos Creevey se miraron atemorizados y Lavender Brown exclamó «¡Ahí va!» en voz baja.
—Y en primero —dijo Neville dirigiéndose al grupo— salvó la Piedra Filológica...
—Filosofal —lo corrigió Hermione.
—Eso, sí..., de el que no debe ser nombrado. —concluyó Neville.
Hannah Abbott tenía los ojos redondos como galeones.
—Por no mencionar —intervino Cho — las pruebas que tuvo que superar en
el Torneo de los tres magos el año pasado: se enfrentó a dragones, a la gente del agua, a las acromántulas y a todo tipo de cosas...
Los impresionados asistentes emitieron un murmullo de aprobación que recorrió la mesa.
Harry se moría de vergüenza e intentaba controlar la expresión de su rostro para que no pareciera que estaba demasiado satisfecho de sí mismo.
—Miren —dijo sobreponiéndose, y todos callaron al instante—, no... no quisiera pecar de falsa modestia ni nada parecido, pero... en todas esas ocasiones conté con ayuda...
—Con el dragón no —saltó Michael Corner—. Aquello fue un vuelo excepcional...
—Sí, bueno... —cedió Harry creyendo que sería una grosería no admitirlo.
—Y tampoco te ayudó nadie a librarte de los Dementores este verano —aportó Susan Bones.
—No —reconoció Harry—. De acuerdo, ya sé que algunas cosas las conseguí sin ayuda, pero lo que intento haceros entender es...
—¿Intentas escabullirte y no enseñarnos a hacer nada de eso? —sugirió Zacharias Smith.
—Oye, tú —dijo Joey en voz alta antes de que Harry pudiera contestar—, ¿por qué no cierras el pico?
Joey, que estaba perdiendo la paciencia, miraba a Zacharias como si estuviera deseando lanzarle un encantamiento. El chico se ruborizó y se defendió diciendo:
—Hemos venido aquí a aprender de él y ahora resulta que en realidad no puede hacer nada...
—Harry no ha dicho eso —gruñó Fred.
—¿Quieres que te limpiemos las orejas? —le preguntó George sacando un largo
instrumento metálico de aspecto mortífero de la bolsa de Zonko.
—O cualquier otra parte del cuerpo. De verdad, no tenemos manías—añadió Fred.
—Sí, bueno... —los interrumpió Hermione—. Siguiendo con lo que decíamos... Lo que importa es: ¿estamos de acuerdo en que queremos que Harry nos dé clases?
Hubo un murmullo general de aprobación. Zacharias se cruzó de brazos y no dijo nada, aunque quizá fuera porque estaba demasiado ocupado vigilando el instrumento que Fred tenía en la mano.
—Muy bien —dijo Hermione, que pareció aliviada al comprobar que al menos se habían puesto de acuerdo en algo—. Entonces, la siguiente pregunta es con qué frecuencia queremos reunimos. Creo que, como mínimo, deberíamos reunimos una vez por semana...
—Un momento —terció Angelina—, tenemos que asegurarnos de que esto no interferirá con nuestros entrenamientos de quidditch.
—Eso —coincidió Cho—. Ni con los nuestros.
—Ni con los nuestros —añadió Zacharias Smith.
—Estoy segura de que podremos encontrar una noche que le vaya bien a todo el mundo —afirmó Hermione impacientándose un poco—, pero piensen que esto es muy importante, estamos hablando de aprender solos a defendernos de Voldemort y de los mortífagos...
—¡Así se habla! —bramó Ernie Macmillan. A Harry le sorprendía que hubiera tardado tanto en hablar—. Personalmente creo que lo que intentamos es muy importante, con seguridad lo más importante que haremos este curso, más incluso que los TIMOS. —Miró a su alrededor con gesto imponente, como si esperara que los demás gritaran «¡No exageres!».
Pero como nadie dijo nada, prosiguió—: Personalmente no me explico cómo el Ministerio nos ha endilgado una profesora tan inepta en este periodo tan crítico. Es evidente que no quieren aceptar que Quien-vosotros-sabéis ha regresado, pero ponernos una profesora que intenta deliberadamente impedir que utilicemos hechizos defensivos...
—Creemos que la razón por la que Umbridge no quiere entrenarnos en Defensa Contra las Artes Oscuras —explicó Hermione— es que se le ha metido en la cabeza la idea de que Dumbledore podría utilizar a los estudiantes del colegio como una especie de ejército privado.
Cree que podría movilizarlos para enfrentarse al Ministerio.
Aquella noticia sorprendió a casi todos; a casi todos excepto a Luna Lovegood, que soltó:
—Bueno, es lógico. Al fin y al cabo, Cornelius Fudge tiene su propio ejército privado.
—¿Qué? —saltó Harry, absolutamente desconcertado por aquella inesperada información.
—Sí, tiene un ejército de heliópatas —afirmó Luna con solemnidad.
—Eso no es cierto —le espetó Hermione.
—Claro que sí —la contradijo Luna.
—¿Qué son heliópatas? —preguntó Neville, perplejo.
—Son espíritus de fuego —contestó Luna, y sus saltones ojos se abrieron aún más.—, unas enormes criaturas llameantes que galopan por la tierra quemando cuanto encuentran a su paso...
—No existen, Neville —aseguró Hermione de manera cortante.
—¡Claro que existen! —insistió Luna, furiosa.
—Lo siento, pero ¿qué pruebas hay de que existan? —le preguntó Hermione.
—Hay muchísimos testimonios oculares. Que tú tengas una mentalidad tan cerrada que necesites que te lo pongan todo delante de las narices para que...
—Ejem, ejem —carraspeó Jo imitando a la perfección a la profesora Umbridge; varios estudiantes giraron la cabeza, asustados, y luego rieron—. ¿No estábamos intentando decidir cuántas veces nos íbamos a reunir para dar clase de defensa?
—Sí —se apresuró a confirmar Hermione—, exacto. Tienes razón, Josephine
—Bueno, a mí una vez por semana no me parece mal —opinó Lee Jordan
—Siempre que... —empezó a decir Angelina.
—Sí, sí, ya sabemos lo del quidditch —concedió Hermione con voz tensa—. Bueno, la otra cosa que queda por decidir es dónde vamos a reunimos...
Aquello era mucho más difícil, y el grupo se quedó callado.
—¿En la biblioteca? —propuso Katie Bell tras un largo silencio.
—No creo que la señora Pince se ponga muy contenta si nos ve haciendo hechizos en la biblioteca —comentó Harry.
—¿Y en algún aula que no se utilice? —sugirió Dean.
—Sí —afirmó Ron—. Quizá la profesora McGonagall nos deje la suya. Nos la prestó
cuando Harry tenía que practicar para el Torneo de los tres magos.
Pero Harry estaba seguro de que esa vez la profesora McGonagall no sería tan
complaciente. Pese al convencimiento de Hermione de que los grupos de estudio y trabajo estaban permitidos, él tenía la impresión de que considerarían aquél excesivamente subversivo.
—Bueno, ya buscaremos un sitio —dijo Hermione—. Cuando tengamos el sitio y la hora de la primera reunión les enviaremos un mensaje a todos. —Rebuscó en su mochila, sacó un rollo de pergamino y una pluma y vaciló un momento, como si estuviera armándose de valor para decir algo—. Creo que ahora cada uno debería escribir su nombre, para que sepamos que ha estado aquí. Pero también creo —añadió inspirando hondo— que todos deberíamos comprometernos a no ir por ahí contando lo que estamos haciendo. De modo que si firman, se
comprometen a no hablar de esto, ni con la profesora Umbridge, ni con nadie.
Fred cogió el pergamino y, decidido, firmó en él, pero Harry se fijó enseguida en que varias personas no parecían muy dispuestas a poner su nombre en la lista.
—Esto... —empezó Zacharias con lentitud, y no cogió el pergamino que George intentaba pasarle—. Bueno..., estoy seguro de que Ernie me dirá cuándo es la reunión.
Pero Ernie tampoco parecía muy decidido a firmar. Hermione lo miró arqueando las
cejas.
—Es que... ¡somos prefectos! —dijo Ernie—. Y si alguien encontrara esta lista... Bueno, quiero decir que... ya lo has dicho tú misma, si se entera la profesora Umbridge...
—Acabas de decir que haber formado este grupo es la cosa más importante de este curso—le recordó Harry.
—Sí, ya... —repuso Ernie—. Sí, y lo creo, pero…
—Ernie, ¿de verdad piensas que voy a dejar esta lista por ahí? —le preguntó Hermione con irritación.
—No. No, claro que no —contestó Ernie un poco aliviado—. Yo..., sí, claro que firmo. Después de Ernie nadie puso reparos, aunque Harry vio que la amiga de Cho la miraba con reproche antes de escribir su nombre. Cuando hubo firmado el último, Zacharias,
Hermione cogió el pergamino y lo guardó con cuidado en su mochila. En ese momento, el grupo experimentaba una sensación extraña. Era como si acabaran de firmar una especie de contrato.
—Bueno, el tiempo pasa —dijo Fred con decisión, y se puso en pie—. George, Lee y yo tenemos que comprar unos artículos delicados. Ya nos veremos más tarde.
—Bueno, Iré a dar una vuelta por el pueblo con mis compañeros—Se despidió Jo.
—Recuerda que nos encontraremos con mamá y papá a las tres.
—en las tres escobas…
—si…
—Bueno, creo que ha ido muy bien —opinó Hermione alegremente unos momentos más tarde, mientras ella, Harry y Ron salían de Cabeza de Puerco a la intensa luz de la mañana.
Harry y Ron llevaban en la mano sus botellas de cerveza de mantequilla.
—Ese Zacharias es un cretino —dijo Ron mirando con rabia a Smith, que iba delante de ellos, apenas distinguible en la distancia.
—A mí tampoco me cae muy bien —admitió Hermione—, pero me oyó hablar con Ernie y Hannah en la mesa de Hufflepuff y parecía muy interesado en venir. ¿Qué querías que hiciera?
Y en realidad, cuantos más seamos, mejor. Mira, Michael Corner y sus amigos no habrían venido si él no estuviera saliendo con Ginny...
Ron, que estaba bebiéndose las últimas gotas de cerveza de mantequilla de su botella, se atragantó y derramó toda la que tenía en la boca.
—¿Saliendo CON QUIÉN? —gritó. Tenía las orejas ardiendo—. ¿Que está saliendo con...que mi hermana está saliendo con...? ¿Ginny sale con Michael Corner?
—Bueno, creo que por eso han venido él y sus amigos. Les interesa aprender defensa, desde luego, pero si Ginny no le hubiera contado a Michael lo que estaba...
—¿Desde cuándo salen juntos?
—Se conocieron el año pasado y a final de curso empezaron a salir
—explicó Hermione con serenidad. Habían llegado a la calle principal, y Hermione se detuvo frente a La Casa de las Plumas, en cuyo escaparate había una hermosa exposición de plumas de faisán—. Humm... Me encantaría comprarme una pluma nueva.
Y entonces Hermione entró en la tienda y Harry y Ron la siguieron.
—¿Quién de ellos era Michael Córner? —preguntó éste, furioso.
—El moreno —contestó Hermione.
—No me ha caído bien —dijo Ron de inmediato.
—No me sorprende —respondió Hermione por lo bajo.
—Pero ¡si yo creía que a Ginny le gustaba Harry! —comentó Ron mientras seguía a
Hermione por delante de una hilera de plumas expuestas en tarros de cobre.
La chica no respondió nada, solo hizo un gesto de incomodidad y sus ojos se apagaron un poco. Lo cierto es que todavía sentía un poco de culpa por estar ser novia del chico que le gustaba a su mejor amiga.
Harry puso los ojos en blanco y le dio un codazo a Ron
—lo siento…yo no pretendí… me voy a ver que hacen Fred y George—Dijo Ron comprendiendo que había metido la pata hasta el fondo.
—Estamos solos ahora….—Dijo Harry sonriente y le dio un beso fugas en los labios.
—Ajam…si estamos solos….
—Que te parece si a partir de este momento es una cita….
—Suena más que bien.
La pareja se dedicó a pasear por las calles del pueblo abrazados, de vez en cuando se detenían en alguna tienda a comprar o en alguna esquina para besarse.
Josephine esperaba paciente sentada sobre una roca entre cuatro paredes bajas que era todo lo que quedaba de aquella construcción en ruinas como tantas otras que había en aquel pueblo.
—¿Joey? —La voz de Draco la sacó se sus pensamientos
—Estoy aquí dentro….
El chico ingresó a las ruinas.
—Siento la demora, me costó sacarme de encima a los chicos.
—No te preocupes—Dijo la chica con una sonrisa—¿Quieres una rana de chocolate?
—Gracias…—El chico aceptó la rana. —¿quieres el cromo? Yo ya no los colecciono.
—Yo tampoco, Harry y yo los guardamos para nuestros hermanos.
—Me habría gustado tener al menos un hermano…
—Mi padre también es hijo único…
—¿y tu madre?
—Ella tiene una hermana unos años mayor, pero se tratan muy poco.
—¿Cómo es ella?
—¿mi tía?
—No, tu madre…
—Es genial, un poco estricta, cariñosa y muy inteligente. Es brillante…se parece mucho a Hermione…se llevan muy bien de hecho.
—¿Pero ella es feliz?
—Define feliz…
—Es alegre o triste?
—Es que las personas no estamos siempre del mismo humor… Mamá casi siempre está contenta, en ocasiones parece triste, pero casi siempre está riendo… ¿Cómo todo el mundo debe tener sus días ¿no? nunca le pregunte si es feliz pero supongo que lo es…¿Por qué tanto interés en mi madre?
—Tú sabes lo que mi padre…
—si…no pensé que hablaríamos de esto….Tu padre nunca lo reconoció y fue absuelto.
—Papá siempre lo negó, pero sé que es perfectamente capaz de hacer daño….yo si lo reconozco... eso me atormenta desde que lo supe y siempre me pregunté cómo sería su vida, he escuchado personas contar que ella lo pasó realmente mal.
—Si bueno…ahora vive con ello, se trató de seguir adelante y lo logró, sigue haciéndolo. Pero ahora si se podría decir que es bastante feliz a pesar de todo. ¿Por qué te interesa saber cómo está mamá después de eso?
—Porque me gustas Josephine—Dijo draco sonrojándose—Y necesito saber, que mi padre, a pesar de todo, no logró arruinar la vida de tu madre, de lo contrario, nunca podrías quererme.
Josephine no sabía si aquello era de verdad o un sueño y mucho menos sabia que decir, se había sonrojado y todo el aire había escapado de los pulmones.
—Draco…yo
— ¿crees que…que alguna vez yo pueda ser bueno para ti?¿estarias conmigo a pesar de nuestros padres?
La chica suspiró.
—Yo creo que si eres bueno para mí, y no solo eso, eres bueno en general, quiero decir una buena persona aunque te empecines en demostrar lo contrario. Tu también me gustas Draco—Dijo la chica con timidez—Pero no puedo estar contigo a pesar de nuestros padres….mi mamá no lo entenderá y creo que papá no lo aprobaría…y tu padre, seguro lo vería como una traición de tu parte…
—Realmente no me importa lo que mi padre….es una persona horrible asi que…
—Lo sé…pero los míos no.
—¿Entonces no quieres nada conmigo? —Preguntó decepcionado.
—Claro que quiero; pero nadie lo aceptara, es casi…
—Prohibido—completo el rubio.
—Si vamos a hacer esto, debemos ser cautelosos…tendremos que ocultarlo, por un tiempo…
—Sera como tú lo quieras—Dijo el chico tomándole la mano—¿Serás mi novia secreta Joey Potter?
—Si—Respondió con una gran sonrisa antes de que el enemigo de su hermano le diera su primer beso.
Joey salió a encontrarse con sus padres un poco después de las dos de la tarde.
Apenas separarse de Draco y emprender camino a las tres escobas las dudas se hicieron con ella.
¿Habría hecho vienen aceptar a Draco? ¿Cuánto tiempo podrían mantener una relación en secreto? ¿Qué harían sus familias cuando lo supieran? Ellos tenían a draco por una mala persona, no lo conocían como lo hacia ella..¿qué diría su madre? ¿Podría entenderla?¿Le perdonaría aquello? El chico le gustaba mucho, solo debería sentiré feliz y de hecho una parte de ella lo hacía pero la otra se moría de dudas.
Entonces, entró a las tres escobas y vio a su madre con una enorme sonrisa haciéndole señas, la culpa crecía con cada paso que daba para acercarse a la mujer que le había dado la vida.
—Mi cielo…—Lily le dio un beso en la mejilla.
—mamá…— la chica se abrazó a la Sra. Potter y al hacerlo no pudo evitar un sollozo. James le dedicó a su esposa una mirada preocupada, no le gustaba ver a su niñita llorar, la mirada que Lily le devolvió mientras contenía a su hija fue de desconcierto. Joey no era una niña como las demás, rara vez la habían visto llorar.
—Cariño…—dijo Lily con dulzura tratando de apartarla un poco para secar sus lagrimas, pelo la chica se empeñaba en esconder el rostro en el cuello de su madre—¿estas bien Jo?
—Papi…¿Por qué llora mi hemana? —Pregunto Christopher alarmado
—Shh….estará bien respondió James bajito.
—Josephine, querida cuéntame que te sucede….—Pidió Lilian abrazándola mas fuerte para que se sintiera mas contenida…
—Es….es que los extrañé
Verdad a medias, no era exactamente por lo que lloraba, pero si era cierto que los extrañaba, con todo lo que había sucedido el año anterior, con Umbridge agobiándolos las últimas semanas en hogwarts y ahora su confusión con malfoy, la culpa…Sentía tanto que le había tomado unos segundos explotar.
—También te extrañé…
Joey se obligó a separarse de su madre para poder saludar a su papá.
—ya no llores brujita…—Pidió el hombre recogiendo con sus pulgares las lagrimas que caían por las mejillas de la joven. La besó en la frente y la rodeo con sus brazos en gesto protector.
—Te quiero mucho papá—Dijo la chica dejando salir una pequeña risita y sintiéndose como una tonta por romper a llorar.
Los dos niños se abrazaron a la chica al mismo tiempo….
—¿También nos extrañaste a nosotros? —Pregunto Amanda.
—A ustedes más que a nadie dijo la chica llenando de besos a sus hermanitos, para después sentarse.
Harry y Hermione llegaron, tomados de la mano y saludaron a los Potter con besos, abrazos y sonrisas. Almorzaron todos juntos, poniéndose al día. Los chicos enteraron a los papás de Harry sobre lo que pensaban hacer para aprender y estos expresaron su apoyo al proyecto, Joey seguía retraída, su madre la observaba con atención interviniendo de a ratos en la conversación de la familia.
Terminada la sobremesa, Lily buscó la mirada de su esposo.
—Voy a tomar un poco de aire—Anunció la mamá de Harry—¿Me acompañas cielo?
Joey asintió y la siguió hasta la salida.
Llevaban caminando en silencio unos 10 minutos, por el sendero de una montaña hasta un pequeño mirador a las orillas del pueblo.
—No hay mucha gente que venga por aquí…—Le contó Lily—Venia aquí con James cuando estábamos en la escuela…
—Cada fin de semana…
—Y a hasta en días de semana….Nos hemos escapado varias veces—Reconoció Lily—Ahora no es conveniente, dada la situación…es peligroso, pero en aquel tiempo era muy tranquilo, la mayoría de los mortifagos de los que hoy conoces, estaban con nosotros en la escuela. Se puso realmente feo dos años después de que acabáramos el último año.
Lilian se sentó en el pasto, y cruzó un brazo por los hombros de su hija cuando se acomodó a su lado.
—Sé que de verdad nos extrañas, nosotros también los echamos de menos a tu hermano y a ti…pero dudo que lloraras por esa razón…¿Me cuentas lo que sucede?
—Mamá yo no creo que…todo me es confuso ahora
—¿Es por algún enamorado?
—si…es por un chico—Dijo cansinamente Jo.
—¿Es con el que te cateabas este verano?
—Como lo…si es el…
—¿El es de Hogwarts?
—Si…
—No importa quién es…
—Claro que importa…—Dijo Lily.
—No te diré su nombre…
—Bien…lo sabré en algún momento…¿Qué sucede con el chico?
—El …me gusta mucho.
—¿Y lo sabe?¿sabes situ también le gustas?
—Si…también —Dijo sonrojada.
—¿y ese es motivo para llorar?¿ No deberías estar contenta?
—Es que…estoy confundida. Veras el no es el chico ideal…él se comporta como un idiota la mayor parte del tiempo, es egocéntrico y arrogante. Actúa como si fuera superior a los demás. Insulta a las personas y va con sus amiguitos por los pasillos hechizando a todo el que le cae mal y eso me saca de quicio…de hecho el ni siquiera me caía bien…
Lily miraba a su hija con una enorme sonrisa y ojos verdes resplandecientes…vaya que esa historia le sonaba, por supuesto que sí, conocía de memoria aquella historia.
—Cuando era joven, también me gusto un chico asi…él era un sin vergüenza, todas las chicas lo perseguían y eso no hacía más que aumentar su autoestima…El era un presumido, se pasaba el día despeinándose el cabello, le gustaba lucir como si acabara de bajar de la escoba, siempre buscaba problemas, nunca podía estarse quieto, y yo era prefecta y él me desafiaba todo el tiempo, su pasatiempo favorito, además de ir hechizando a los que le caían mal por los pasillos, era hacer que yo me enoje, en verdad agotaba mi paciencia y siempre encontraba la forma de avergonzarme. Cada día me invitaba a salir…
—eso es tierno—Dijo Jo…
—No si te lo piden a los gritos delante de toda la escuela, como si te diera una orden o te estuviera haciendo un favor. Una vez, hizo que madame Prince me prohibiera entrar a la biblioteca durante dos semanas… a mi me gustaba y mucho, pero me enfadaba tanto que siempre terminaba por rechazarlo… siempre.
—¿y cómo termino esa historia?
—Aún no ha terminado. Llevamos quince años casados…
—¿Cómo supiese que era amor, que el realmente te importaba y no solo te gustaba?
—Por el poder que tenia sobre mis emociones, él era el único que lograba sacarme de mis casillas…y cuando se proponía hacerme reír…por más que me aguantara y no quisiera, acababa sonriendo. Joey mi amor por él es tanto que cuando discutimos, cuando estoy muy enfadada con él yo muero por besarlo. Creo que siempre estuve enamorada de él pero que no me atrevía a estarlo, me costó mucho aceptar lo que sentía.
—¿Alguna vez dudaste si fue correcto comenzar una relación con él?
—Antes de aceptarlo tenía mis dudas. Luego no, el es increíble…
—Ni siquiera cuando pelean…
—Ni siquiera cuando peleamos….las peleas son parte de convivir Joey, las personas somos distintas unas de otras, cuando hay convivencia es inevitable que existan ciertos roces y discrepancias, y eso está bien, es natural y hace las cosas más interesantes . Pero todas relaciones son diferentes…
—Me siento tan confundida…yo se que él es capaz de ser una buena persona…
—¿Cómo te trata a ti…?¿El es respetuoso contigo?
—Bien….soy de las pocas personas a las que trata bien de hecho….y también soy la única persona con la que habla de lo que siente… todos creen que su vida es perfecta y que es un niño malcriado, pero en realidad el…
—¿El qué?
—El está muy triste y enojado, su padre no lo trata muy bien, siempre lo humilla y golpea a su madre…el odia venir a la escuela y dejarla sola, también detesta no poder protegerla y trata de hacer de todo para conformar a su papá, el cree que si su papá se siente orgulloso dejara de ser tan cruel, asi que se siente frustrado cuando no le salen bien las cosas….
—Pobrecito…—Dijo Lily con pesar— tienes que explicarle, que no hay nada que él pueda hacer en este momento para que su papá deje de golpear a su mamá… ni siquiera haciendo todo bien, el dejara de ser como es, la única que tiene el poder de cambiar eso es su mamá, ella tiene que decidir abandonar a ese hombre y pedir ayuda. Es probable que el muchacho se comporte mal con todos porque se sienta frustrado, los adolescentes tienden a descargar sus frustraciones en quien no tiene nada que ver, no es lo correcto, pero no suelen hallar otra manera de lidiar con lo que les está sucediendo.
—Gracias….Me ayudó mucho la charla.
—Me alegro, siempre puedes contar conmigo…Quiero pedirte algo.
—dime.
—Se que no te sientes lista para contarme quien es el chico, pero en algún momento debes decírmelo, es necesario, para poder ayudarte en lo que sea que se presente.
La chica asintió.
Harry experimentaba un sentimiento de inmensa satisfacción cuando se acordaba de que estaban tomando medidas para oponer resistencia a la profesora Umbridge y al Ministerio, y que él era un elemento fundamental en la rebelión. No paraba de recordar la reunión del sábado: la gente que había acudido a él para aprender Defensa Contra las Artes Oscuras; la expresión de los rostros de los demás cuando escucharon algunas de las cosas que Harry había hecho...
Pensar que había tantos chicos y chicas que no lo consideraban un mentiroso ni un loco, sino alguien digno de admiración, le levantó tanto el ánimo que todavía estaba contento el lunes por la mañana, pese a la inminente perspectiva de las clases que menos le gustaban.
Ron y él bajaron del dormitorio hablando acerca de la idea que había tenido Angelina de trabajar en una nueva jugada, bautizada como «voltereta con derrape, en el entrenamiento de aquella noche, y hasta que llegaron al otro extremo de la iluminada sala común no se fijaron en un nuevo elemento que ya había atraído la atención de un pequeño grupo de estudiantes.
En el tablón de anuncios de Gryffindor habían colgado un enorme letrero, tan grande que tapaba casi todos los demás carteles: la lista de libros de hechizos de segunda mano que estaban a la venta, los habituales recordatorios de Argus Filch sobre las normas del colegio, el horario de entrenamiento del equipo de quidditch, las ofertas de intercambio de cromos de ranas de chocolate, los últimos anuncios de los Weasley para contratar cobayas, las fechas de las excursiones a Hogsmeade y las listas de objetos perdidos y encontrados. El nuevo letrero estaba escrito con grandes letras negras, y al final había un sello oficial junto a una pulcra firma cargada de florituras.
POR ORDEN DE LA SUMA INQUISIDORA DE HOGWARTS
De ahora en adelante quedan disueltas todas las organizaciones y sociedades, y
todos los equipos, grupos y clubes.
Se considerará organización, sociedad, equipo, grupo o club cualquier reunión
asidua de tres o más estudiantes.
Para volver a formar cualquier organización, sociedad, equipo, grupo o club
será necesario un permiso de la Suma Inquisidora (profesora Umbridge).
No podrá existir ninguna organización ni sociedad, ni ningún equipo, grupo ni
club de estudiantes sin el conocimiento y la aprobación de la Suma Inquisidora.
Todo alumno que haya formado una organización o sociedad, o un equipo,
grupo o club, o bien haya pertenecido a alguna entidad de este tipo, que no haya
sido aprobada por la Suma Inquisidora, será expulsado del colegio.
Esta medida está en conformidad con el Decreto de Enseñanza n.° 24.
Firmado:
Dolores Jane Umbridge
Suma Inquisidora
Harry y Ron leyeron el letrero mirando por encima de las cabezas de un grupo de
afligidos alumnos de segundo.
—Esto no puede ser una coincidencia —afirmó apretando los puños—. La profesora
Umbridge lo sabe.
—No puede ser —replicó Ron de inmediato.
—En aquel pub había gente escuchando. Y seamos realistas: no sabemos con certeza en cuántas personas de las que se presentaron podemos confiar. Cualquiera de ellas pudo ir corriendo a contárselo a la dichosa Umbridge...
Y él que había pensado que lo creían, que lo admiraban incluso...
—¡Zacharias Smith! —exclamó Ron dándose con el puño en la palma de la otra mano—. O... ese Michael Corner también tenía un aspecto sospechoso...
—No sé si Hermione habrá visto esto ya —comentó Harry, mirando hacia la puerta de los dormitorios de las chicas.
—Vamos a contárselo —propuso Ron, y fue hacia la puerta de los dormitorios, la abrió y empezó a subir la escalera de caracol.
Cuando había llegado al sexto escalón, sonó una especie de sirena y los escalones se unieron y formaron un largo y liso tobogán de piedra en espiral. Al principio Ron intentó continuar el ascenso, agitando los brazos, pero cayó hacia atrás, resbaló por el recién creado tobogán y fue a parar a los pies de Harry.
—Me parece que no nos dejan entrar en los dormitorios de las chicas —dijo Harry
conteniendo la risa mientras ayudaba a levantarse a Ron.
Dos chicas de cuarto bajaron riendo por el tobogán de piedra.
—¿Quién era el que intentaba subir? —preguntaron alegremente, poniéndose en pie y comiéndose con los ojos a Harry y a Ron.
—Yo —contestó éste, que todavía estaba muy despeinado—. No tenía ni idea de que pudiera pasar esto. ¡No hay derecho! —añadió dirigiéndose a Harry mientras las chicas iban hacia la abertura del retrato sin parar de reír—. Hermione puede subir a nuestro dormitorio, ¿por qué nosotros no...?
—Bueno, es una norma anticuada —explicó Hermione, que acababa de bajar por el
tobogán y había aterrizado limpiamente en una alfombra que había delante de Harry y Ron—, pero en Historia de Hogwartsse dice que los fundadores del colegio creían que los chicos eran menos dignos de confianza que las chicas. En fin, ¿para qué querían subir?
—Para verte. ¡Mira eso! —dijo Ron, y la arrastró hasta el tablón de anuncios.
Hermione leyó rápidamente el letrero y puso una expresión glacial.
—¡Alguien se ha chivado! —exclamó Ron, indignado.
—Es imposible —murmuró Hermione en voz baja.
—¡Qué ingenua eres! —explotó Ron—. ¿Crees que porque tú eres honrada y digna de confianza...?
—No, es imposible porque hice un embrujo en el rollo de pergamino en que firmamos todos —explicó Hermione gravemente—. Créeme, si alguien se ha chivado a Umbridge, sabremos exactamente quién ha sido y te aseguro que lo lamentará.
—¿Qué le pasará? —preguntó Ron, intrigado.
—Bueno, para que te hagas una idea —contestó Hermione—, parecerá que el acné de Eloise Midgeon se trata solamente de unas cuantas pecas. Vamos a desayunar y veamos qué piensan los demás... ¿Habrán colgado el letrero en todas las casas?
En cuanto entraron en el Gran Comedor comprendieron que el letrero de la profesora Umbridge no había aparecido únicamente en la torre de Gryffindor. En el comedor se percibía un rumor de una intensidad peculiar y una agitación mayor que la habitual: los alumnos iban y venían por sus mesas, comentando unos con otros lo que habían leído. Harry, Ron y Hermione acababan de sentarse cuando Neville, Dean, Fred, George y Ginny formaron un corro a su alrededor.
—¿Lo han visto?
—¿Creén que lo sabe?
—¿Qué vamos a hacer?
Todos miraban a Harry, y él echó un vistazo alrededor para asegurarse de que no había ningún profesor cerca.
—Seguiremos adelante de todos modos, desde luego —dijo con serenidad.
—Sabía que dirías eso —repuso George, sonriente, y le dio una palmada en el brazo.
—¿Los prefectos también? —preguntó Fred observando inquisitivamente a Ron y a
Hermione.
—Por supuesto —afirmó ella con frialdad.
—Miren, ahí vienen Ernie y Hannah Abbott —observó Ron, que había girado la cabeza—. Y esos de Ravenclaw y Smith... Y ninguno tiene muchos granos.
Hermione parecía alarmada.
—Olvídate de los granos. ¿Se han vuelto locos? No pueden venir aquí ahora, resultará sumamente sospechoso. ¡Sientense! —les dijo a Ernie y a Hannah sin que se la oyera, pero moviendo exageradamente los labios y haciéndoles señas para que regresaran a la mesa de Hufflepuff—. ¡Más tarde! ¡Ya... hablaremos... más tarde!
—Se lo diré a Michael —terció Ginny, impaciente, y se levantó del banco—. Qué
torpes, francamente...
Pero no comprendieron el alcance de las repercusiones del anuncio hasta que salieron del Gran Comedor y se encaminaron hacia la clase de Historia de la Magia.
—¡Harry! ¡Ron!
Era Angelina, que corría hacia ellos. Parecía absolutamente desesperada.
—No pasa nada —afirmó Harry en voz baja cuando Angelina se le acercó lo suficiente—. Seguiremos adelante de todos...
—¿Te das cuenta de que el quidditch está incluido en la prohibición? —le comentó
Angelina—. ¡Tenemos que ir a pedirle permiso para volver a formar el equipo de Gryffindor!
—¡¿Qué?! —exclamó Harry, incrédulo.
—¡No puede ser! —dijo Ron, atónito.
—¡Ya vieron el letrero! ¡Incluye los equipos! Escucha, Harry... Te lo digo por última
vez... ¡Por favor, no vuelvas a perder los estribos con la profesora Umbridge o no nos dejará jugar!
—Está bien —aseguró Harry, pues Angelina parecía a punto de llorar—. No te preocupes, me comportaré...
—Seguro que Umbridge está en Historia de la Magia —comentó Ron gravemente cuando emprendieron de nuevo el camino hacia la clase de Binns—. Todavía no ha supervisado a Binns... Me apuesto lo que quieras a que está allí...
Pero Ron se equivocaba: cuando entraron en el aula sólo encontraron al profesor Binns, que estaba flotando un par de centímetros por encima de su silla, como de costumbre, mientras se preparaba para continuar su monótono discurso sobre las guerras de los gigantes.
Aquel día Harry ni siquiera intentó seguir lo que decía el profesor; se puso a garabatear, distraído, en su pergamino, ignorando las frecuentes miradas y los codazos de Hermione, hasta que un golpe particularmente doloroso en las costillas lo obligó a levantar la cabeza.
—¿Qué pasa? —preguntó con enojo.
Hermione señaló la ventana y Harry giró la *cabeza.*Hedwig estaba posada en el estrecho alféizar, mirándolo a través del grueso cristal, con una carta atada a la pata. Harry no lo entendía: acababan de desayunar, ¿por qué demonios no le había entregado la carta entonces,
como hacía normalmente? Varios de sus compañeros de clase señalaban también a Hedwig*.*
—Siempre me ha encantado esa lechuza, es tan bonita... —oyó Harry que Lavender le comentaba a Parvati.
Entonces giró la cabeza y miró al profesor Binns, que continuaba leyendo sus notas con tranquilidad, sin darse cuenta de que los alumnos le prestaban aún menos atención de lo habitual. Harry se levantó con sigilo de la silla, se agachó y recorrió el pasillo hasta la ventana.
Una vez allí, soltó el cierrey la abrió muy despacio.
Suponía que Hedwig extendería la pata para que él pudiera retirar la carta, y que luego
echaría a volar hacia la lechucería, pero en cuanto abrió la ventana lo suficiente, la lechuza dio un salto y entró, ululando lastimeramente. Harry cerró la ventana y miró preocupado al profesor Binns; después volvió a agacharse y regresó corriendo a su asiento con Hedwig sobre el hombro. Llegó a su silla, se puso a Hedwig en el regazo y fue a retirar la carta que llevaba atada a la pata.
Entonces se dio cuenta de que su lechuza tenía las plumas muy alborotadas; unas
cuantas estaban del revés, y tenía un ala en una extraña postura.
Está herida! —susurró Harry agachando la cabeza. Hermione y Ron se inclinaron hacia él; Hermione hasta dejó la pluma—. Mirad, le pasa algo en el ala...
Hedwig estaba temblando; cuando Harry le tocó el ala, la lechuza dio un respingo y se le erizaron las plumas, como si se le inflaran, y miró a su amo con reproche.
—Profesor Binns —dijo Harry en voz alta, y todos giraron la cabeza hacia él—, no me encuentro bien.
El profesor Binns levantó la vista de sus notas, sorprendido, como siempre, al ver que estaba ante un aula llena de alumnos.
—¿No se encuentra bien? —preguntó vagamente.
—No, me encuentro muy mal —aseguró Harry con firmeza, y escondiendo a Hedwig
detrás de la espalda, se levantó—. Creo que necesito ir a la enfermería.
—Sí —repuso el profesor Binns, a quien Harry había pillado desprevenido—. Sí, ya... A la enfermería... Bueno, pues vaya, Perkins...
En cuanto salió del aula, Harry se puso a Hedwig sobre el hombro y echó a correr por el pasillo; sólo se paró a pensar cuando perdió de vista la puerta del aula de Binns.
La persona idónea para curar aHedwig habría sido Hagrid, por descontado, pero como no sabía dónde se hallaba su amigo, la única opción que tenía era encontrar a la profesora Grubbly-Plank y confiar en que lo ayudara.
Miró por la ventana hacia los jardines: el cielo estaba nublado y borrascoso. No había ni rastro de la profesora Grubbly-Plank cerca de la cabaña de Hagrid; si no estaba dando clase, seguramente estaría en la sala de profesores. Entonces Harry bajó por la escalera mientras Hedwig oscilaba sobre su hombro y ululaba débilmente.
Dos gárgolas de piedra flanqueaban la puerta de la sala de profesores. Cuando Harry se acercó, una de ellas dijo con voz ronca:
—Deberías estar en clase, hijito.
—Esto es urgente —contestó Harry con tono cortante.
—¡Oh! ¡Es urgente! ¿En serio? —repuso la otra gárgola con voz chillona—. ¡No me digas!
Harry llamó a la puerta. Oyó pasos, y entonces la puerta se abrió. Harry se encontró cara a cara con la profesora McGonagall.
—¡No habrán vuelto a castigarte! —exclamó ella inmediatamente, alarmada, mirándolo a través de sus gafas de montura cuadrada.
—No, profesora —contestó Harry.
—Entonces, ¿por qué no estás en clase?
—Por lo visto es urgente —afirmó la segunda gárgola con malicia.
—Busco a la profesora Grubbly-Plank —explicó Harry—. Es mi lechuza. Está herida.
—¿Una lechuza herida? —La profesora Grubbly-Plank apareció detrás de la profesora McGonagall, fumando una pipa y con un ejemplar de El Profetaen las manos.
—Sí —dijo Harry levantando con cuidado a Hedwig de su hombro—. Ha llegado más tarde que el resto de las lechuzas y no sé qué le pasa en el ala, mire...
La profesora Grubbly-Plank sujetó firmemente la pipa entre los dientes y cogió a Hedwig mientras la profesora McGonagall los miraba.
—Humm —dijo la profesora Grubbly-Plank. La pipa se le movía un poco cuando
hablaba—. Parece que la han atacado. Pero no sé qué criatura puede habérselo hecho. A veces los thestrals atacan a los pájaros, desde luego, pero Hagrid tiene a los thestrals de Hogwarts muy bien entrenados para que no se acerquen a las lechuzas.
Harry ni sabía qué eran los thestrals ni le importaba; lo único que le interesaba saber era si Hedwig iba a ponerse bien. La profesora McGonagall, sin embargo, miró con dureza a Harry y le preguntó:
—¿Sabes si esta lechuza viene de muy lejos, Potter? —Esto... —dijo Harry—. Desde
Londres, creo. Harry miró brevemente a la profesora McGonagall, pero al ver que ésta fruncía el entrecejo, se dio cuenta de que la profesora había comprendido que «Londres» significaba en realidad «el número 12 de Grimmauld Place».
La profesora Grubbly-Plank sacó un monóculo de un bolsillo de su túnica y se lo colocó en un ojo para examinar meticulosamente el ala de Hedwig*.*
—Si me la dejas, intentaré averiguar qué le ha pasado, Potter —dijo—. De todos modos, no conviene que vuele largas distancias durante unos días.
—Gracias... —dijo Harry, y entonces sonó la campana que anunciaba el descanso.
—No pasa nada—dijo la profesora Grubbly-Plank con brusquedad; a continuación, se dio la vuelta y entró en la sala de profesores.
—¡Un momento, Wilhelmina! —exclamó la profesora McGonagall—. ¡La carta de Potter!
—¡Ah, sí! —dijo Harry, que había olvidado quitarle el rollo de pergamino a Hedwig*.*
La profesora Grubbly-Plank se lo entregó y a continuación desapareció en la sala de
profesores con la lechuza, que miraba a su amo como si no pudiera creer que se hubiera desprendido de ella tan fácilmente. Harry, sintiéndose ligeramente culpable, se dio la vuelta para marcharse, pero la profesora McGonagall lo llamó:
—¡Potter!
—¿Sí, profesora?
La profesora McGonagall miró hacia ambos lados del pasillo, por donde empezaban a llegar alumnos.
—Recuerda —dijo rápidamente y en voz baja, mirando el pergamino que Harry tenía en la mano— que los canales de comunicación de entrada y de salida de Hogwarts podrían estar controlados.
—Ya... —respondió Harry, pero el tropel de alumnos que se acercaba por el pasillo casi había llegado hasta donde se hallaban.
Entonces la profesora McGonagall hizo un brusco movimiento con la cabeza y entró en la sala de profesores, mientras que la multitud arrastró a Harry hacia el patio. Este vio que Ron y Hermione estaban esperándolo en un rincón apartado, con el cuello de las capas levantado para protegerse del viento. Harry abrió el rollo de pergamino mientras iba hacia ellos y descubrió que sólo había cinco palabras escritas con la letra de Sirius:
«Hoy, misma hora, mismo sitio.»
—¿Cómo está Hedwig? —preguntó Hermione, preocupada, tan pronto como Harry llegó junto a ellos.
—¿Adonde la has llevado? —preguntó Ron a su vez.
—Se la he llevado a la profesora Grubbly-Plank —respondió Harry—. Y he visto a McGonagall... —les contó lo que había dicho la profesora McGonagall. Para sorpresa de Harry, ninguno de los dos se mostró sorprendido. Más bien al contrario: intercambiaron miradas de complicidad.
—¿Qué pasa? —inquirió Harry observándolos con desconcierto.
—Bueno, precisamente estaba diciéndole a Ron... ¿Y si alguien ha intentado interceptar a Hedwig*?*Es la primera vez que llega herida de un vuelo, ¿verdad?
—Bueno, ¿de quién es la carta? —preguntó Ron quitándole la nota a Harry de las manos.
—De Hocicos —contestó Harry en voz baja.
—¿«Misma hora, mismo sitio»? ¿Se refiere a la chimenea de la sala común?
—Evidentemente —confirmó Hermione, que también había leído la nota. Parecía
nerviosa—. Espero que nadie más haya visto esto...
—El rollo todavía estaba sellado —comentó Harry intentando convencerse también a sí mismo—. Y nadie entendería qué significa el mensaje si no sabe dónde hemos hablado con él la vez anterior, ¿no?
—No lo sé —dijo su novia, angustiada. En ese momento volvió a sonar la campana y se colgó la mochila del hombro—. No sería muy difícil volver a sellar el rollo mediante magia... Y si hay alguien vigilando la Red Flu... Pero ¡no sé cómo vamos a decirle que no venga sin que nos intercepten a nosotros también!
A continuación bajaron cansinamente la escalera de piedra que conducía a las
mazmorras donde daban la clase de Pociones. Iban los tres absortos en sus pensamientos, pero, cuando llegaron al final de la escalera, la voz de Draco Malfoy los sacó de su ensimismamiento. Draco estaba de pie junto a la puerta del aula de Snape y exhibía una hoja de pergamino de aspecto oficial mientras hablaba en voz mucho más alta de lo necesario para que lo oyera todo el mundo.
—Sí, la profesora Umbridge ha concedido permiso al equipo de quidditch de Slytherin para seguir jugando. He ido a pedírselo esta mañana a primera hora. Bueno, ha sido prácticamente automático, porque la profesora Umbridge conoce muy bien a mi padre, ya que mi padre frecuenta el Ministerio... Será interesante saber si al equipo de Gryffindor también le dan permiso para seguir jugando, ¿verdad?
—No se alteren —imploró con un susurro Hermione a Harry y a Ron, que miraban a
Malfoy con los puños apretados y gesto amenazador—. Eso es precisamente lo que está buscando.
—Lo digo —prosiguió Malfoy levantando un poco más la voz y mirando a Harry y Ron —porque si es cuestión de influencia en el Ministerio, no creo que tengan muchas posibilidades... Según dice mi padre, hace años que buscan un pretexto para despedir a Arthur Weasley... Y en cuanto a Potter..., mi padre dice que cualquier día el Ministerio lo factura parael Hospital San Mungo... Por lo visto, tienen una planta reservada para gente a la que la magia ha trastornados
Lo cierto es que aunque draco molestaba menos a Harry y sus amigos, de vez en cuando, trataba de provocarlos en público, para que nadie sospechara nada de lo suyo con Joey.
Malfoy hizo una mueca grotesca, con la boca abierta y los ojos bizcos, Crabbe y Goyle se rieron a carcajadas, como de costumbre, y Pansy Parkinson soltó una risita idiota.
De pronto, Harry notó un golpe en el hombro que lo desvió hacia un lado. Unas
milésimas de segundo más tarde, se dio cuenta de que Neville lo había apartado de un empujón e iba derechito hacia Malfoy.
—¡No, Neville!
Harry saltó hacia delante y agarró a Neville por la túnica; éste forcejeó con ímpetu,
agitando los puños, e intentó abalanzarse sobre Malfoy, que durante un momento se quedó completamente perplejo.
—¡Ayudadme! —gritó Harry.
Consiguió rodear el cuello de Neville con un brazo, tiró de él hacia atrás y lo alejó de los de Slytherin. Crabbe y Goyle se colocaron delante de Malfoy y flexionaron los brazos, listos para pelear. Ron agarró a Neville por los brazos, y Harry y él lograron volver a colocarlo en la fila de alumnos de Gryffindor. Neville estaba rojo como un tomate; la presión que Harry ejercía
sobre su cuello hacía que apenas se le entendiera, pero seguía farfullando:
—No tiene... gracia... San Mungo..., ya verás...
Entonces se abrió la puerta de la mazmorra y Snape apareció en el umbral. Recorrió con sus negros ojos a los alumnos de Gryffindor hasta llegar a donde estaban Harry y Ron intentando sujetar a Neville.
—¿Peleando, Potter, Weasley, Longbottom? —preguntó Snape con su fría y socarrona voz—. Diez puntos menos para Gryffindor. Suelta a Longbottom, Potter, o serás castigado. Todos adentro.
Harry soltó a Neville, que se quedó mirándolo y jadeando.
—He tenido que frenarte —se excusó Harry entrecortadamente mientras recogía su
mochila—. Crabbe y Goyle te habrían hecho pedazos.
Neville no dijo nada; se limitó a recoger su mochila y entró muy ofendido en la
mazmorra.
—Por las barbas de Merlín —comentó Ron en voz baja mientras seguían a Neville—. ¿Qué le ha pasado?
Harry no contestó. Sabía perfectamente por qué aquella alusión a la gente que estaba en San Mungo con secuelas cerebrales a causa de la magia había afectado tanto a Neville, pero había jurado que no revelaría a nadie el secreto de Longbottom. Ni siquiera el propio Neville podía imaginarse que Harry estaba al corriente.
Si Harry odiaba las clases de pociones y a Snape, aquella había sido sin duda la peor de las clases que había tenido en los cinco años que llevaba en la escuela. Tener en la misma aula a Snape y a Umbridge era francamente espantoso. Si Harry hubiera podido pedir un deseo en aquel momento sin duda habría deseado que nadie más tuviera que estar una hora encerrado con los dos profesores que le odiaban. Para colmo, por tratar de escuchar lo que Umbridge le preguntaba a Snape, acabo perdiendo el hilo de su poción y acabo por ganarse un llamado de atención.
—Otro cero, Potter —dijo Snape con malicia, y vació el caldero de Harry con una
sacudida de la varita—. Quiero que me escribas una redacción sobre la correcta composición de esta poción, indicando dónde y por qué te has equivocado, y que me la entregues en la próxima clase. ¿Entendido?
—Sí —contestó Harry, furioso.
Snape ya les había mandado un trabajo, y Harry tenía entrenamiento de quidditch
aquella tarde; eso significaba que pasaría un par de noches más sin dormir. No podía creer que aquella mañana hubiera despertado contento. Lo único que sentía en ese instante era un intenso deseo de que el día llegara a su fin.
—A lo mejor me saltoAdivinación —les comentó con desánimo a Ron y a Hermione en el patio, después de comer. El viento agitaba el bajo de sus túnicas y las alas de sus sombreros—. Fingiré que estoy enfermo y escribiré la redacción para Snape, así no tendré que pasar otra noche en blanco.
—No puedes saltarte Adivinación —le regañó su novia con severidad.
—¡Mira quién habla! ¡Tú te has borrado de esa asignatura porque no soportas a la
profesora Trelawney! —exclamó Ron, indignado.
—No la odio —aseguró Hermione con altivez—. Sencillamente pienso que es una
profesora atroz y una farsante como la copa de un pino. Pero Harry ya se ha saltado Historia de la Magia y no creo que hoy deba perderse ninguna otra clase.
Hermione tenía razón, y a Harry no le quedó más remedio que hacerle caso. Media hora más tarde se encontraba envuelto en el caluroso y perfumado ambiente del aula de Adivinación, furioso con todo el mundo. La profesora Trelawney volvió a repartir ejemplares de *El oráculo de los sueños.*Harry estaba seguro de que emplearía mejor su tiempo haciendo la redacción que Snape le había puesto como castigo que permaneciendo allí sentado, intentando encontrar el significado de un montón de sueños inventados.
Sin embargo, resultó que Harry no era el único que estaba de mal humor. Dando un porrazo, la profesora Trelawney dejó un ejemplar del libro de texto sobre la mesa que había entre Harry y Ron, y se alejó con los labios fruncidos. Lanzó el siguiente ejemplar de El oráculo
a Seamus y Dean, rozando la cabeza de Seamus, y el último libro se lo puso a Neville en el pecho con tanto ímpetu que éste se cayó del puf donde estaba sentado.
—¡Ya podéis empezar! —gritó la profesora Trelawney con una voz chillona y un tanto histérica—. ¡Ya sabén lo que deben que hacer! ¿O soy una profesora con un nivel de conocimientos tan bajo que ni siquiera les he enseñado a abrir un libro?
Los alumnos la observaron perplejos y luego se miraron unos a otros. Sin embargo,
Harry creyó comprender cuál era el motivo del enfado de la profesora Trelawney. Cuando ella volvió haciendo aspavientos a su silla, con los ojos agrandados por las gafas de aumento y llenos de lágrimas de rabia, Harry inclinó la cabeza hacia Ron y murmuró:
—Me parece que ya ha recibido los resultados de su supervisión.
—Profesora... —dijo Parvati Patil con voz queda (Lavender y ella siempre habían
admirado enormemente a la profesora Trelawney)—. Profesora, ¿le ocurre... algo?
—¡¿Si me ocurre algo?! —exclamó la profesora Trelawney con una voz cargada de
emoción—. ¡No, claro que no! Me han insultado, desde luego... Han hecho insinuaciones contra mí... Han formulado acusaciones infundadas... Pero ¡no, no me ocurre nada! —Inspiró hondo con un estremecimiento y dejó de mirar a Parvati; las lágrimas resbalaban por debajo de sus gafas—. No me importa que no hayan tenido en cuenta mis dieciséis años de abnegado servicio... —prosiguió entrecortadamente—. Por lo visto, eso ha pasado desapercibido... Pero
¡no voy a permitir que me insulten, no, señor!
—Pero profesora, ¿quién la ha insultado? —preguntó Parvati con timidez.
—¡Las autoridades! —contestó la profesora Trelawney con una voz grave, dramática y temblorosa—. Sí, aquellos que tienen los ojos tan cegados por las cosas vulgares que no pueden ver como yo veo, para saber como yo sé... Las videntes siempre han inspirado temor, desde luego; siempre han sido objeto de persecución... Ése es, lamentablemente, nuestro destino.
A continuación tragó saliva, se secó las mejillas con una punta del chal, sacó un pequeño pañuelo bordado de la manga de su túnica y se sonó la nariz, produciendo un ruido como el que producía Peeves al hacer pedorretas.
—Profesora... —dijo Parvati—, ¿se refiere a... la profesora Umbridge?
—¡No menciones a esa mujer en mi presencia! —gritó la profesora Trelawney poniéndose en pie; sus collares de cuentas tintinearon y sus gafas lanzaron destellos—. ¡Hagan el favor de seguir con su trabajo!
Y pasó el resto de la clase paseándose entre los alumnos. Las lágrimas continuaban
brotando detrás de sus gafas y no paraba de murmurar lo que parecían amenazas.
—... podría presentar mi dimisión... Qué humillación... Ponerme en periodo de prueba... Ya veremos... Cómo se atreve...
—Parece que la profesora Umbridge y tú tenéis algo en común —le dijo Harry a Hermione en voz baja cuando volvieron a verse en la clase de Defensa Contra las Artes Oscuras—. Es evidente que ella también opina que Trelawney es una farsante. La ha puesto en periodo de prueba.
—Nada de entrenamientos de quidditch —murmuró Angelina con voz apagada aquella noche cuando Harry, Ron y Hermione entraron en la sala común después de cenar.
—Pero ¡si he controlado mi genio! —exclamó Harry, horrorizado—. No le he dicho nada, Angelina, te lo juro...
—Ya lo sé, ya lo sé —dijo Angelina con tristeza—. Me ha dicho que necesita un poco de tiempo para pensarlo.
—Para pensar ¿qué? —preguntó Ron muy enojado—. A los de Slytherin les ha dado
permiso. ¿Por qué no va a dárnoslo a nosotros?
Pero Harry se imaginaba cómo debía de estar disfrutando la profesora Umbridge al
mantener la amenaza de disolver el equipo de quidditch de Gryffindor, y comprendía perfectamente por qué no quería renunciar demasiado pronto a utilizar aquel recurso contra ellos.
—Bueno —comentó Hermione—, mira la parte positiva del asunto. ¡Al menos ahora
tendrás tiempo para escribir la redacción para Snape!
—¿Ésa es la parte positiva? —le espetó Harry mientras Ron miraba con incredulidad a Hermione—. ¿Una redacción de Pociones en lugar de un entrenamiento de quidditch?
—Escucha…te voy a ayudar con la redacción—Dijo en tono conciliador Hermione—Asi la terminas rápido y podemos utilizar el tiempo del entrenamiento para dar un paseo o hacer algo juntos.
—Está bien aceptó un poco enfurruñado.
Sirius Black solía aparecerse al menos cada dos semanas en la chimenea, a altas horas de la noche para poder ver a su hijo y a su ahijado. Advertidos de su "visita" Andy, Harry, Hermione y Ron se quedaron esperando hasta que los últimos alumnos subieron a los cuartos, dejando la sala común para ellos solos.
—¡papá! —exclamó.
Harry se volvió con brusquedad. La oscura y despeinada cabeza de su padrino había vuelto a aparecer entre las llamas.
—¡Hola! —saludó sonriente.
—¡Hola! —corearon, los chicos y se arrodillaron en la alfombra que había
delante de la chimenea. Crookshanks se acercó al fuego, ronroneando ruidosamente, e intentó, pese al calor, acercar su cara a la de Sirius.
—¿Cómo va todo?
—No muy bien —contestó Harry mientras Hermione apartaba a Crookshanks para que no se chamuscara los bigotes—. El Ministerio ha aprobado otro decreto por el que quedan prohibidos los equipos de quidditch...
—... ¿y los grupos secretos de Defensa Contra las Artes Oscuras? —preguntó Sirius.
Hubo una breve pausa.
—¿mis papás te contaron? —inquirió Harry
—me lo contaron pero yo ya lo sabía….
—¿Cómo lo supiste? —Quizo saber Andrew.
—Deberían elegir con más cuidado sus lugares de reunión —repuso Sirius sonriendo
abiertamente—. Mira que escoger Cabeza de Puerco, ¡menuda ocurrencia!
—¡Bueno, no me negarás que era mejor que Las Tres Escobas! —replicó Hermione a la defensiva—, porque ese local siempre está abarrotado de gente...
—Lo cual significa que no habría sido tan fácil que los oyeran —comentó Sirius—. Todavía tienes mucho que aprender, Hermione.
—¿Quién nos oyó? —preguntó Harry
—Mundungus, por supuesto —respondió Sirius, y como todos parecían muy
desconcertados, rió y añadió—: Era la bruja del velo negro.
—¿La bruja era Mundungus? —se extrañó Harry, atónito—. ¿Y qué hacía en Cabeza denPuerco?
—¿A ti qué te parece que hacía allí? —dijo Sirius, impaciente—. Vigilarte, claro.
—¿Todavía me siguen? —preguntó Harry con enojo.
—Sí —confirmó Sirius—, y me alegro de que así sea, si lo único que se te ocurre hacer en la primera excursión es organizar un grupo ilegal de defensa… El me lo contó, porque no sabía si hablar o no con tus padres, no quería meterte en problemas, Por supuesto que no se imaginaba que tu solito se los contarías.
Pero Sirius no parecía ni enfadado ni preocupado, sino que, al contrario, miraba a Harry con evidente orgullo.
—¿Por qué se escondió Dung de nosotros? —inquirió Ron un tanto decepcionado—. A todos nos habría encantado verlo.
—Le prohibieron la entrada en Cabeza de Puerco hace veinte años —explicó Sirius—, y ese camarero tiene una memoria de elefante. Perdimos la capa invisible de recambio de Moody cuando detuvieron a Sturgis, de modo que últimamente Dung se disfraza a menudo de bruja...
En fin, antes que nada, Ron, me he comprometido a hacerte llegar un mensaje de tu madre.
—¿Ah, sí? —dijo Ron con aprensión.
—Dice que ni se te ocurra, bajo ningún concepto, formar parte de un grupo secreto e ilegal de Defensa Contra las Artes Oscuras porque te expulsarán del colegio y arruinarás tu futuro. Dice que ya tendrás tiempo de aprender a defenderte por tus propios medios más adelante y que aún eres demasiado joven para preocuparte por esas cosas. Del mismo modo aconseja a Harry y a Hermione —Sirius dirigió la mirada hacia ellos— que no sigan adelante con el grupo, aunque admite que no tiene ninguna autoridad para ordenarles nada, pero simplemente les ruega que recuerden que sólo quiere lo mejor para ustedes. Le habría gustado
explicarte todo esto por escrito, Ron, pero si hubieran interceptado la lechuza, habrías tenido graves problemas, y no te lo puede decir en persona porque esta noche está de guardia
—Eso no es asunto tuyo, son cosas de la Orden —respondió Sirius—. Así que me ha
tocado a mí hacer de mensajero y asegurarme de que le comunicas que te he transmitido el mensaje, porque me parece que no se fía de mi.
Hubo otra pausa, durante la cual Crookshanks*,*que maullaba, intentó tocar con la pata la cabeza de Sirius, y Ron se puso a hurgar en un agujero que había en la alfombrilla.
—¿Qué quieres, que te diga que no voy a participar en el grupo de defensa? —murmuró finalmente.
—¿Yo? ¡Claro que no! —exclamó Sirius con sorpresa—. ¡Creo que es una idea excelente!
—¿Ah, sí? —dijo Andy, y se le levantaron los ánimos.
—claro, al igual que James y Lily….volvieron a discutir con Molly por esto….fue divertido verlas…
—Pero... el curso pasadolo único que hiciste fue decirme que tuviera cuidado y que no me arriesgara...
—¡El curso pasado había indicios de que dentro de Hogwarts había alguien que intentaba matarte, Harry! —argumentó Sirius con impaciencia—. Este año sabemos que hay alguien fuera de Hogwarts que está deseando liquidarnos a todos, así que creo que es una idea estupenda que aprendáis a defenderos vosotros mismos.
—¿Y si nos expulsan? —preguntó Hermione, desafiante.
—¡Todo esto fue idea tuya, Hermione! —gritó Harry mirándola fijamente.
—Ya lo sé. Sólo quería saber qué opinaba Sirius —replicó ella encogiéndose de hombros.
—Bueno, estaran mejor si los expulsan pero son capaces de defenderse, que si se
quedan sentados a salvo en el colegio sin hacer nada —consideró Sirius.
—¡Eso, eso! —saltaron Harry y Ron con entusiasmo.
—Y bien —continuó Sirius—, ¿cómo van a organizar ese grupo? ¿Dónde van a
reunirse?
—Bueno, ése es un problema que todavía no hemos solucionado —admitió Harry—. No sabemos adonde podemos ir.
—¿Y la Casa de los Gritos? —propuso Sirius.
—¡Eh, no es mala idea! —exclamó Ron, pero Hermione puso cara de escepticismo y lostres la miraron.
—Verás, Sirius, es que en la Casa de los Gritos sólo se reunían los cuatro cuando venían a este colegio —explicó Hermione—, y los cuatro podían transformarse en animales; supongo que también habrían podido apretujarse bajo una única capa invisible si hubieran querido.
Pero nosotros somos veintiocho y ninguno es animago, así que no necesitaríamos una capa invisible, sino un toldo invisible...
—Tienes razón —coincidió Sirius, que parecía un poco alicaído—. Bueno, estoy seguro de que ya se les ocurrirá algo. Había un pasadizo secreto muy espacioso detrás de ese gran espejo del cuarto piso; allí quizá tendríais suficiente espacio para practicar embrujos.
—Fred y George me dijeron que está bloqueado —dijo Harry haciendo un gesto negativo con la cabeza—. Creo que se derrumbó o algo así.
—Ah... —dijo Sirius frunciendo el entrecejo—. Bueno, ya lo pensaré y les...
Se interrumpió antes de terminar la frase. De pronto, su expresión se tornó tensa y
alarmada. Se volvió hacia un lado y tuvieron la sensación de que intentaba encontrar algo en la sólida pared de ladrillo de la chimenea.
—¡Papa! —dijo Andy, preocupado.
Pero Sirius había desaparecido. Harry se quedó mirando las llamas y luego se volvió
hacia Ron y Hermione.
—¿Por qué ha...?
Entonces Hermione soltó un grito ahogado y se puso en pie de un brinco sin apartar la vista del fuego.
Entre las llamas había aparecido una mano que buscaba a tientas como si quisiera coger algo; era una mano de dedos cortos y regordetes llenos de feos y anticuados anillos.
Los tres echaron a correr. Al llegar a la puerta de los dormitorios de los chicos, Harry miró hacia atrás. La mano de la profesora Umbridge seguía agitándose entre las llamas con la intención de agarrar algo, como si supiera exactamente dónde había estado el cabello de Sirius hasta momentos antes y estuviera decidida a aferrarse a él.